domingo, 27 de diciembre de 2009

Constatación



Cada vez algunos políticos, harto envanecidos, y esos personajillos públicos, harto estomagantes, se parecen más a sus imitadores y se identifican mejor con sus burladores.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aforismo



Una sociedad inteligente no requiere de políticos.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Las cintas de mi capa



Qué hermosa es la nostalgia si evoca un tiempo feliz. El otoño, dicen las voces que así lo sienten, es la estación del recuerdo. En esta época, como en cualquier otra de buscarlos, acuden a la memoria activa esos episodios que describen el paisaje y las personas entre sones bien conocidos, muy queridos, siempre presentes; con sus respectivas letras, con sus respectivas imágenes que a fuerza de voluntad permanecen imborrables.
    Cuando imponderables como el tiempo transcurrido y la distancia física, también la ausencia de los protagonistas en sus diferentes grados, dejan únicamente lugar a la evocación, es precisamente entonces, y con ansia enamorada, momento de escuchar los sonidos de la vida; momento de reproducir lo que fue y jamás ha de perderse mientras acompañe la intención y el deseo por vencer a la desidia, a la imposición, a la falacia, al sibilino mercantilismo, a las espurias inercias que acaban hasta con la fragancia de las flores, hasta con esos detalles, entrañables y necesarios, que tanto gustan a hombres y mujeres conscientes de ser hombres y mujeres.
    A nadie sorprende a estas alturas de la imposición política que los indeseables, vividores palaciegos, de la SGAE, exijan un pago dinerario —cómo no— a la Tuna por interpretar sus canciones. Para reír a mandíbula batiente si no fuera porque el asunto es para llorar, maldecir y barrer a quienes actúan de esta guisa impúdica, obscena, economicista hasta la náusea y más allá.
    Probablemente tales sujetos, adictos a una manera arancelaria de sustentarse viciada, representantes de la tenebrosa alineación, no conciben más obra popular que las proclamas y consignas de harto conocidos medios de comunicación a través de sus portavocías; lo que si bien los descalifica para el gusto, el tacto y la inteligencia, los califica para la servidumbre, el vasallaje y la remunerada pleitesía. Seguramente, ni esos ni esas han servido para lucir, para transmitir sentimientos ni para enamorar bajo una balconada, a la luz de la Luna en una Plaza Mayor, caminando soportales, descubriendo atajos, susurrando en los mil oídos dispuestos a escuchar lo que la pasión demanda.
    Que un mal viento arrastre a los indignos. Que el buen viento difunda la voz inmarcesible de la Tuna:

Y enredándose en el viento
van las cintas de mi capa.
Y cantando a coro dicen
quiéreme niña del alma.

Una sobria noche ginebrina, allá por mil novecientos cincuenta y ocho, bajo el cielo apagado de la fresca primavera suiza, un matrimonio de vacaciones contemplaba desde el balcón la calle desierta. Al poco, invitando él a ella a echar vistazos en lontananza y a prestar oído, un rumor alegre, acompasado, dicharachero y español fue ganando terreno, escenario y audiencia. Los tunos de la Tuna, una Tuna de facultad española, se enseñoreaban del mundo cercano con sus timbradas voces y su característico ágil danzar. Y dieron, concertada la cita, en congregarse bajo aquel balcón donde una joven esposa era gentilmente requebrada por aquel festivo grupo de compatriotas en tierra extraña.
Son las cintas de mi capa,
de mi capa estudiantil.
Y un repique de campana
y un repique de campana,
cuando yo te rondo a ti.

Huelga comentar la emoción de mi madre y el contento de mi padre tarareando, quizá entonando, las canciones de la Tuna; ese cantar y ese hacer nuestro que se protege con el uso y la difusión; que ha de ser legado y heredado.

A lo largo de una vida con frecuentes desplazamientos, he coincidido con los tunos de la Tuna y sus cantares en geografías pintorescas o de reclamo turístico, en ciudades de húmeda grisura o de esplendente luminiscencia. Estaban ellos allí para alegrar el oído, templar el ánimo y alentar el corazón de nacionales y extranjeros sin distinciones; ganándose un dinero honrado y satisfactorio para el pagador.
    La Tuna es española, su sentir es nacional, su público el que guste serlo, sus canciones de todos y para todos. Fui tuno de la Tuna en mi etapa universitaria. Un tuno de acompañamiento, pues mis dotes musicales eran más voluntariosas que adecuadas. Fui tuno de la Tuna en dos facultades, luciendo los atavíos del honor y los colores distintos de las franjas distintivas. Con orgullo y amable nostalgia recuerdo mi paso por los caminos de la Tuna, aún, y quiera Dios que por siempre, escuchando las voces amigas que regalaban amor y patria derrochando simpatía y entrega joven.
    Qué han de saber esos progresistas de medio pelo y cuartillo de neurona del significado de la Tuna. Con sus avaricias mueven a la pena; con sus torticeros desquites mueven al repudio; con sus cicaterías y su orfandad moral mueven a la conmiseración pero también a la denuncia pública. Quédense ellos con sus igualdades artificiosas, con su igualitarismo biliosamente legislado y con sus odios; qué mala es la envidia mala, dicen en mi tierra. Tendrán que cobrar a los tunos de la Tuna persiguiéndolos de cancela a puerta, de ventana a balcón, de calle a plaza, de pueblo a ciudad, a cielo abierto o bajo techado; tendrán que enviar sus garrudos agentes a seguir la estela de brillo y alegría que traza la Tuna al dispensar, sin distingos ni exacciones, vida y color con su voz, su danza y su característico atavío elegante y español.
Son las cintas de mi capa,
de mi capa estudiantil.
Y un repique de campana
y un repique de campana,
cuando yo te nombro a ti.

¡Aúpa Tuna!

domingo, 8 de noviembre de 2009

Esto es lo que hay, en tres versiones



Lo vemos y lo oímos: Esto es lo que hay. Aunque no queramos mirar ni escuchar: Esto es lo que hay.
    Es lo que hay y, aún peor, lo que abunda y lo que más cunde.
    Finalizado el preámbulo podría concluir el artículo habiendo dejado escrito, en apenas un párrafo, en dos frases sentenciosas, todo lo que me he dispuesto a contar.
    Esto es lo que hay.
   No obstante, hay más. Sí, hay mucho más contenido en tan estricto y excluyente envoltorio.
    La entonación, por ejemplo. Cambia sustancialmente, expresado o leído, un: ¡Esto es lo que hay!, del: ¿Esto es lo que hay?; o, ausentes los signos de puntuación, al modo aséptico, en tono comedido pero muy, muy intencionado, una octava menos que grave, carraspeando el hablante, tendiendo a lo cavernoso, pincelado de autoridad morbosa, de siniestro egotismo, actuando con gesto estudiado, la boca hacia lo fruncido, en un susurro que cala: Es lo que hay.
    Carece de trascendencia el delimitar el énfasis, la agudeza oral, el entorno seleccionado o el ámbito de correspondencia entre los implicados en la emisión-recepción. Es indiferente para la interpretación sincera, cabal y valiente, el incluir los signos de admiración, los de interrogación o la nada, el vacío, la brumazón, cual acompañantes de la sentencia. Qué más da si el protagonista del intercambio noticioso es una pregunta, una respuesta o la conjunción imposible de ambas.
    El alcance de la denuncia que expongo consiste en señalar el nombre —los nombres— y el cargo —los cargos— de quienes utilizan esa forma de dirigirse al público o al privado para comunicar un hecho —unos hechos.
    Pongo por caso, eludiendo una exhaustiva enumeración: Una prueba de cargo contra el ejecutor (el autor es otro, otros) del aviso a los terroristas, entorpeciendo decisivamente el desmantelamiento de su aparato extorsionador; la política de protección, refrendo y sustento a las tiranías que son y surgen allende los mares y las tierras; la pautada transformación social hacia la dependencia, vulgo sumisión, absoluta del poder político, patrocinada sistemáticamente por esos poderes fácticos que a su vez controlan, o, en su defecto, se alían desde el inefable quid pro quo al controlador; el desbarajuste, inepcia, perversión y subordinación a pintorescas reciprocidades, cómo no, de la acción-inacción en el planteamiento económico con o sin crisis, con o sin recesión en el horizonte; las arteras maniobras de las formaciones políticas, cimentadoras y guardianes feroces de su sistema de partidos, para disimular, encubrir o capear los embates y los envites tanto endógenos como exógenos.
    En otras palabras, la mentira, el despotismo, la vanidad y el interés privativo de los grupos dirigentes, en sus diferentes terrenos, manifestados con cínico laconismo.
    Dice el político juez al mostrar a las partes una prueba inválida, manipulada, una burla: ¡Esto es lo que hay!
    Dicen las acusaciones: ¿esto es lo que hay?
    Digo yo: Esto es lo que hay
    Dice el adscrito al omnímodo poder político, vividor, empleado, adicto, asimilado, adjudicatario de cargos o prebendas: ¡Esto es lo que hay!
    Dicen los afectados que se atreven: ¿Esto es lo que hay?
    Digo yo: Esto es lo que hay.
    Dice el que recibe lo que no debiera pero no rechaza ni suelta, aireando el sarcasmo del fementido: Esto es lo que hay.
    Yo digo lo mismo, enfrentado y desde la oposición.
    Hay más, mucho más de lo que aparece, se publica o incluso rumorea. Y todo esa información oculta, desvirtuada, suprimida o eliminada, de quererlo, obliga a pensar y decidir que no sólo es esto lo que hay.
    Resumiendo, es lo que hay cuando por mandato de instancias y a través de múltiples portavocías con el guión aprendido, toda explicación, ante cualquier reclamación, inicia y termina en una muletilla, o estribillo, extraordinariamente elocuente: Esto es lo que hay.

martes, 18 de agosto de 2009

Que no tarde

 

La lectura de algunos epitafios evoca no tanto el pasado, aquello que fue, sino que imagina un futuro que rasga y rompe esa urdimbre de afrenta y opresión tejida durante un inacabable periodo de mal tiempo.
    Escribe a su estilo Camilo José Cela un epitafio dedicado a un poeta:
 


Pasó como el huracán;
sopló,
devastó,
arruinó,
se hizo casero
y murió.
Y sus versos, ¿dónde están?
 

que yo, honrando al maestro literato, traslado escarneciendo a esos arribistas de la política al uso y esos oportunistas en nómina de medios de comunicación a la caza y captura de audiencias insustanciales, a quienes señalo y acuso.

    Que el lector identifique con fisonomías y por actos a los aludidos sin nombrar.
 

miércoles, 1 de julio de 2009

Idiotismos, asimilaciones, tendencias y otras especies contraproducentes



Un adagio que por ilustrativo y acusador, como otros que buscando se encuentran, padece severo confinamiento en la inducida ignorancia, tan del agrado al común de los mortales dirigidos y sus dirigentes. Reza lo siguiente: Se es como se piensa.
    Ni que decir tiene cuántas formas léxicas, coloquiales o menos, cultas o a la zaga, presenta el rescatado para la ocasión que impulsa a escribir; casi tantas como el número de lenguas que la madre latín ha dispersado con tiempo y constancia en una porción considerable del planeta Tierra.
    —Permítame la apostilla, que viene a cuento: Para ser hay que pensar.
    —Bien traída la acotación.
    Los mecanismos para ejercer el dominio fáctico de una sociedad, entendida como el conjunto de los individuos que la constituyen, sirven eficazmente también para destruir un sistema de valores. A nadie con dos dedos de frente se le escapa u oculta que la supresión de voces, palabras y frases, y la eliminación o adulteración de conceptos, ideas y significados, conduce a la descomposición intelectual del conjunto, primero, a la alienación servil a los promotores, después.
    —Al cabo, puestos a desvelar el proceso, lleva a la fosa común.
    Es una tarea metódica, instrumentalizada desde los ámbitos de poder y difusión, ejercida durante años para conseguir la casi total implantación —siempre hay que dar opción estadística a los irreductibles—, pero de resultados visibles desde el inicio y contagiosos a nivel de pandemia.
    —Qué fácil se asume el dictado de los medios de comunicación imperantes y las portavocías unísonas.
    —Pues, sí; tristemente es como señala. No vamos a engañarnos a estas alturas.
    —Mi conciencia me castigaría si me doy a lo contrario.
    Vayamos al examen de algunas muestras tomadas aquí, allá, acullá y donde quiera fijarse el lector, acuñadas por la caterva vírica del progresismo político y acogidas con manifiesta disciplina por el resto, social y político, a sus órdenes.
    —Empiezo, con su permiso.
    —Disponga de él, faltaría más.
    —Latinoamérica, latinoamericanos, latinos por Hispanoamérica (Iberoamérica, en su defecto y complementariedad), hispanoamericanos, hispanos.
    —Sí, señor.
    Nadie parece que en público sea hispanohablante; claro que poca gente en público proclama que habla en español.
    —Sigo. Coste cero, tolerancia cero, por gratis o gratuito o sin coste, intolerancia o sin tolerancia.
    A mí me gusta incidir en el emético estepaís, expresión cumbre de la posmodernidad, fusión cultural y cultual cimera del nuevo orden, pronunciada de carrerilla y con sonoridad biliosa y engolada, enseña reiterativa del desarraigo, la soberbia, el menosprecio y la cesión incontinente a los ideólogos del relativismo.
    —Hay qué ver y hay qué oír como la pronuncian unos y otros, maldita sea la falta de principios.
    —Malditos sean la cobardía, el acomodo y la estulticia titulada.
Desprecio y descrédito obvios a lo nacional; probablemente porque es nacional. Nacional suena a Nación, a Nacionales, a España, a español, a Historia de España, a sentimiento nacional, a tradición, a raíz.
    —A victoria que reconcome a los derrotados, enemigos de fuera y dentro, en mayor número dentro, medrando en el interior.
   —Sempiternos enemigos y hasta hace unas fechas continuamente derrotados.
    La cosa pinta negra a la vuelta de la esquina. Negra para unos, roja para otros. Quizá los gustos se visten de colores como los campos en la primavera. De colores.
    —De color rojo y gualdo o de colores rojo y gualdo. ¿Qué es eso de la roja?
   —Otra maledicencia, otra perversión, otro peldaño que desciende al tenebroso abismo del silencio cómplice. Los colores nacionales, en todos los órdenes y en todas las esferas, son el rojo y el gualdo.
Cuesta aceptar una derrota completa, notoria, mayoritaria, esperada, sustancial e imprescindible. Valga un ejemplo que suele aflorar en tertulias que abordan la cuestión: el día que Israel pierda una batalla, además de la guerra habrá vivido su último día en ese fatídico. La derrota de los Nacionales entre 1934 y 1939 hubiera supuesto el fin de España; con su victoria, que fue la victoria Nacional, alcanzada oficialmente el 1 de abril de 1939, consiguió España seguir sumando días. Las pruebas son concluyentes.
    —¿Hasta cuándo?
    —No podría decirle.
   —Yo sí le digo que en el presente tenemos lo que nos merecemos, maldita sea. Pero no tenemos entre tanto funcionario ahormado al Presupuesto General del Estado en sus múltiples deficitarias derivaciones ni en el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, al menos reconocible de una ojeada o por un discurso convincente, nadie con quien identificarnos salvo...
    Resignarnos al mal menor arteramente establecido.
    —Qué asco.
   El mal menor, el menor de los males, la adhesión inquebrantable, la fidelidad sumisa.
    Sobrevuela con frecuencia el páramo renegrido un sonsonete urente: Respetamos la sentencia (aun sin compartirla o compartiéndola).
    —Yo respeto la memoria de mis difuntos, pongo por caso; las sentencias se acatan o se apelan si ha lugar.
    —Si procede, la sentencia judicial, que de ella se trata, se acata o se apela a instancia superior, por supuesto judicial. Lo de respetar es otra adaptación costumbrista para consumo indocto.
    —Salvo...
    Salvo que sea usted de la cuerda hipócrita progresista o nacionalista en mayor o menor grado expoliador y separatista, con lo cual las sentencias se las pasa por el forro, de ellas hace chanza y toma a chacota o las endosa, para redondear la faena de mofa y befa, a esos denunciantes de abusos de poder fáctico —que es el real— y otras prácticas por el estilo para que, hasta que el cuerpo aguante y cabeza y ánimo soporten con entereza, argumento y fuerza los asedios de concertadas querellas, clamen en el yermo por la evanescente Justicia.
    —Déjeme subrayar esto, ande.
    —Le extiendo mi aquiescencia.
   —Léase anteriormente, la ley de la enseñanza del español, las vacaciones fiscales, los cupos-conciertos de orquestación dineraria, las apropiaciones fraudulentas de bienes...
    Vocación de memoria la de algunos. Qué cierto es aquello de que los políticos y los cómicos perviven gracias a la mala memoria del espectador, del votante; y de una extraña simpatía que acepta el ser devorado por su criatura.
    —Continúo con la exposición.
    —No se prive.
    —Alégase por el interesado, y beneficiario de la nómina, que siente vocación de servicio público; lo que traducido a román paladino significa: aspiración a vivir del presupuesto público.
    Y esa supuesta vocación de servicio público la airean en tono de mitin compulsivo con visaje perturbado y ademanes de vesania.
    Prefiero elegir entre personas de marcado altruismo, inteligencia descollante para las causas justas y acendrada conducta, que tienden a lo largo de sus admirables existencias a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes y demás seres vivos y elementos de la Naturaleza. Esto sí que es una utopía y no la que preconizan los rojiverdemorados.
    —Sin distinciones gregarias o ideológicas, a ser posible.
    —Es posible.
    —Incluso en la información meteorológica.
    Es el colmo. A la proliferación de errores que uno no sabe si achacar a falta de formación o a exceso de confianza o a simple necedad sin eximentes, ha saltado a escena una innovación posicional de muy hondo calado. Óyese con la suficiencia de la certeza por quien habla que, por ejemplo, lucirá el Sol (o cundirán las brumas) en la parte derecha del mapa. Sin especificar desde qué situación visual, si en anverso o reverso, si enfrente del mapa o el mapa frente al observador que busca conocer la acumulación nubosa o el despliegue radiante del astro rey.
    —No haga usted caso, que a lo mejor la referencia era política y no meteorológica.
    —Quiere usted decir que a lo mejor, tal vez por casualidad, la referencia era al juego del escondite o aquel otro todavía más intrigante: ¡Averigua dónde está! ¡Averigua quién es!
    Uno no sabe dónde está la derecha en el mapa meteorológico ni en la contienda política. En cambio, sé situar en el mapa, en la tierra, en el mar y en el cielo a Poniente y Levante, a Oriente y Occidente.
    ¿Será que me he abonado a la quisquillosidad? ¿Será que, indefectiblemente, la edad me condiciona? ¿Será que me encaramo en la intransigencia para no ceder un ápice en lo inaceptable?
    —Sea como fuere, si le parece y porque la época invita, demos con los huesos y el seso en la nebulosa vacacional, unos días. Ya que no disponemos de vacaciones fiscales como los siempre afortunados, tomémonos un asueto discreto.
    —Secundo la propuesta. Pase usted unos días agradables y en buena compañía.
    A ver si localizo la parte derecha y departo con ella de honras, reconocimientos, convicciones, logros y sentimientos. A ver.

sábado, 7 de febrero de 2009

Opiniones sobre Miguel de Cervantes y Don Quijote



Quisiera que fuera ocioso el traer a colación a menudo el genio y la figura de Miguel de Cervantes Saavedra, que es tanto como honrar nuestra Literatura, nuestra Historia y nuestra esencia española.


En época como la que sufrimos, amén de vivirla capeando los temporales de mediocridad y farsa que arroja un destino insidioso, para mí es aliento a la par que incentivo el reencontrarme con lo nuestro allá donde siempre ha estado; y quiera Dios y la voluntad obstinada de los españoles que en pie quedan (como tú, amigo lector) que así continúe por tiempo indefinido.


Escribió Cervantes de sí mismo su retrato en el prólogo de las Novelas ejemplares: “Éste que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña; los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies, éste digo que es el rostro del autor de la Galatea y de Don Quijote de la Mancha”.
 
De su amada España, entre otras maravillas imperecederas de imposible publicación en este modesto espacio, escribió: “Las heridas recibidas por la Patria son como estrellas que guían a los demás al cielo de la honra y al deseo de la justa alabanza”.
 
Hablen a continuación, en extracto obligado, voces ilustres y acreditadas de versada opinión, primorosa escritura y estudio docto sobre la eximia figura de Miguel de Cervantes Saavedra y su magna obra. Quien quiera conocer los textos completos, enlace con la dirección respectiva que cada epígrafe contiene. Vale la pena.
 

 




* * *

Es nuestro, es universal y para siempre.
“Y con esto, Dios te dé salud y a mí no olvide. Vale.”