lunes, 17 de mayo de 2010

El sentido de la vida (en un apunte)



La vida no es una ni igual para todas las criaturas que pueblan el planeta Tierra y su acogedora atmósfera. Hay vidas de varias clases cuya enumeración resultaría prolija y, a buen seguro, redundante para las conciencias y los intelectos que así puedan considerarse y no mero producto de la adición a la silueta antropomorfa. No obstante, pemítaseme el atrevimiento, clasificaré en dos los tipos de vida, o, y es equivalente, los tipos que viven una y otra vida: las (los) que tienden a la plenitud y las (los) que tienden a la vacuidad.
    Cuál de ambas es más frecuente salta a la vista del que quiere ver y mirar. Quedándome en el concepto de vida, que integra el de los seres vivos-vivientes-vividores, decido que la primera, esa que tiende a la plenitud, escasea; mientras que la segunda, esa que tiende a la vaciedad, abunda.
    Sin incurrir en presupuestos filosóficos, que a veces más que explicar complican el entendimiento, opino que la vida considerada en sí misma, exenta de sensaciones, desprendida de sentimientos, carente de reflexiones sinceras y profundas, se queda en anécdota; dicho de otra manera, no llega a convalidarse en categoría; dicho con mayúscula claridad, la vida aislada de espíritu es una historia contada por un indebido presuntuoso expendedor obsceno de vana palabrería con propósito de engaño.
    Cuántos cuerpos con fisonomía humana atestiguan cotidianamente como aspiración sublime, e irrenunciable a costa de lo que sea, el disponer de todo sin esfuerzo; en lenguaje coloquial, el tener sin hacer. Claro que esa inacción no es como se pinta sino, y ejemplos sobran, que deriva en actuar demoliendo o acompañando necesariamente la tarea destructiva. Escribe Camilo José Cela a esta sazón: “Que la holganza cría holganza y la pregonada vocación del holgazán es pedir más jornal y menos jornada; por eso los países van de cabeza, aunque eso no suela importarle demasiado a nadie.” A lo que, modesta y respetuosamente, añado: el arribista, vulgo vividor, a cambio de bulla y desmán, disciplinas sociales de nulo currículum académico, por los cauces previstos obtiene el favor de patrocinadores munificentes cuya ambición en la vida es controlar y dirigir la del resto de los congéneres.
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La vida, por lo general, acaba siendo breve. Quien más, quien menos, suplicaría una prórroga sine díe cuando acecha el desenlace. Hay vidas que pasan volando, que siendo ajenas se añoran y bendicen; hay otras, ajenas también, a las que no hay manera de ver el cierre.
    Metafóricamente, un instante es una vida y viceversa. Si la vida es un instante, cuán largo es el de algunos, cuán gravoso, cuán aniquilador para cuerpos, almas, loables iniciativas y haciendas. Cuán breve, en cambio, el de algunos bien distintos de los anteriores; son sus vidas plétoras de gratificantes acciones a las que ha faltado tiempo; a las que ha faltado ese tiempo que a las vidas repelentes sobra.
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Me gustaría, a sabiendas que es demasiado pedir, que muchos de los vivos dejaran su postración equivalente a una muerte en vida, un pasar adocenado con pena y sin gloria; porque llegado el trance de tomar partido, si por fin asoma la dignidad, aun teñida de utilitarismo, de lo perdido se recupera un tanto nada desdeñable; más vale empezar poco y tarde que mal o nunca.
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Para mí la vida tiene un sentido máximo o principal: el de elegir, el de poder y saber elegir. Cuesta, es verdad; pero resulta plenamente satisfactorio.
 

martes, 4 de mayo de 2010

Mal hablados



La reiteración en el error induce a pensar en que o bien se ignora o bien no se asume; en ambos casos la conclusión es negativa aunque en diferente grado. Un error sucesivo, contumaz, manifestado a los cuatro vientos e integrado en el paisaje o es una burla o es la constatación de la dejadez. Porque tontos, tontos, lo que se dice zopencos, los parlamentarios políticos no son. La estulticia les viene de otros orígenes.
    Sin el lenguaje en sus distintas vertientes como medio, la comunicación se hace más que difícil y sin comunicación, es obvio, nada de lo que se quiere decir llega a su destino. Pero con una comunicación deficiente lo que llega produce sensaciones contrapuestas, generalmente perjudiciales para el emisor; eso siempre que el nivel del receptor sea el que una educación con propósito de enseñanza clásica otorga.
    Día tras día, locución a locución —basta dedicar un tiempo breve y atento para darse cuenta—, el lenguaje es vapuleado con escarnio por esas voces de autoridad política y comunicativa, íntegramente sufragadas las primeras con nuestros haberes y en parte nada desdeñable las segundas. Y como de costumbre, aquí no pasa nada, a nadie se le cae la cara de vergüenza ni nadie pide perdón por las afrentas a la inteligencia.
    Haga memoria el lector en busca de atentados al idioma, pasados y presentes, que sin esfuerzo encontrará con los que reírse o llorar, con los que enfadarse y denunciar; los hay para todos los gustos del mal gusto: supresión de letras, invención de vocablos, tergiversación de conceptos, adaptaciones chocarreras dirigidas a sectores de población predefinidos, neologismos improcedentes que en realidad son barbarismos, suma y sigue. Y lo peor, insisto, en que tales aberraciones idiomáticas, tal estropicio léxico y sintáctico pasa desapercibido o se consiente librándose de la merecida reprimenda; ¡sin advertencia no habrá enmienda! Tan perjudicial es el hábito como la ignorancia para la salud del lenguaje en todas sus variaciones.
    Oigo con asombro —es una forma de expresarme, pues de según quienes me asombraría lo contrario de lo que ofrecen— que en las Cortes laboran algunos parlamentarios de calidad y consistencia cuyas voces se escuchan o se oyen, semana a semana durante el periodo de sesiones; entiéndase la referencia a los portavoces de los distintos grupos con plaza en las cámaras. Si tales portavoces son lo más granado de la oratoria nacional, permítaseme el casticismo, apaga y vámonos. Basta seguir el resumen documental de los respectivos discursos para hacerse una idea de los dislates lingüísticos que vez tras vez acompañan la información, hasta el punto de entretenerse con el señalamiento de los yerros antes que con la perorata del deponente de turno cuyo mensaje es conocido por lo invariable.
    No es una minucia lo que traigo a colación ni un exceso de prurito en materia que, al fin y al cabo alegarán los irredentos acusados, está sometida al abuso y a la sacudida por la frecuencia de uso. Al cabo de una jornada de percepción auditiva ya se detectan síntomas de fatiga y hastío por la indigencia de los oradores, tertulianos y contertulios; al cabo de ciento, la decepción se equipara al desapego; y al cabo de los años o resistimos a sangre y fuego o engrosamos la lista de necios pero sin el consolador beneficio de la nómina.