jueves 1 de julio de 2010

Los caminos de la perdición

Los caminos del socialismo son previsibles, por lo que nadie con inteligencia y ganas de oponerse debe caer en el engaño o la pervertida resignación. Son varios estos caminos —socialismo o muerte es el lema de la revolución socialista— y sobradamente conocidos; además, ampliamente publicitados como vías hacia el paraíso de la justicia (el sometimiento a una sola idea), la igualdad (el igualitarismo a ras de miseria y la desnaturalización) y el progreso (la imposición con viso tiránico). Siendo los caminos del socialismo notorios, todavía lo son más sus proselitistas y una enormidad los adeptos ha dejarse conducir al redil.

Uno de los caminos del socialismo para su implantación es el de la propaganda, que si no inventaron los ideólogos del totalitarismo bolchevique son sus herederos reconocibles los que mejor han desarrollado esta vía de penetración, asentamiento y consolidación en la hueste receptiva. Para que el mensaje cunda efecto en el ámbito que se persigue se requiere una planificación del motivo, una síntesis coral y los difusores adecuados. Conseguidos los elementos, el resultado salta a la vista.

El paradigma rojo se viste del color homónimo para contrarrestar un impulso social que, peligrosamente para los intereses socialistas, retornaba al común de los españoles el vínculo con el nombre de su patria y sus símbolos. Una tragedia para el socialismo que debía atajar como fuere, sin reparar en gastos o medios —qué suerte tienen los dirigentes socialistas con sus dispendios y desafueros, no hay financiero que les cobre ni autoridad judicial o gubernativa que los sancione, procese y encarcele—; y así dieron la vuelta a la terrible inercia y convirtieron a España en un sinónimo de la aspiración socialista: la roja. Con la habilidad que les caracteriza, los capitostes de la comunicación socialista encauzaban el fervor patriótico español en adhesión roja a los rojos.

Para qué dar vivas a España pudiendo vitorear a la roja. Para qué hablar de España, de la nación española, de los nacionales, del equipo nacional, si diciendo somos la roja o los rojos ya se sobreentiende y economizamos palabras y sentimientos. El peligro ha quedado neutralizado, España es la roja y los españoles, consiguientemente, los rojos adictos a la roja. Un paso más, porque no sea que la categoría quede en simple apodo; había que intensificar el concepto ampliándolo en todos los órdenes: el valor de los rojos, la astucia roja, el poder rojo, la furia roja, el pensamiento rojo, la unidad de los rojos, el estilo de la roja, etc. Un compendio ilustrador de la acción indirecta.

A todo eso, la comparsa se presta a lo que haga falta. Lucen fachadas y balcones de buena parte de España con la bandera nacional, de colores rojo y gualdo, testimoniando que en cada uno de esos hogares habita una familia que se siente española, identificada con uno de los símbolos nacionales por excelencia. Da gusto ver ondear la bandera española aunque sea gracias a un acontecimiento deportivo. Me pregunto, sin ánimo de mostrar mi sarcasmo, ¿el día 12 de octubre, Fiesta Nacional de España, del año que se elija, dónde estaban las banderas, las familias y el espíritu patrio? ¿Dónde estarán en este 2010? A nadie le quepa duda que la inmensa mayoría de estas manifestaciones españolas individualizadas fenecerán cuando al equipo nacional, que los socialistas y asimilados denominan los rojos o la roja, concluya su participación en tierras sudafricanas con mayor o menor éxito.

Quiérese decir que o bien la ignorancia respecto al día de la Fiesta Nacional es supina o bien, lo probable y vomitivo, que la cobardía se ha instalado en los aspectos públicos y en las timoratas conciencias de los llamados españoles. En cualquier caso, una pena. Si para demostrar que uno se siente español hace falta que un equipo de fútbol, uno de baloncesto, un tenista o un piloto de coches de carrera favorezca el tránsito de la clandestinidad a la publicidad, no sólo mal vamos, es que no existimos. Cuánta hipocresía, cuánta necedad, cuánto miedo adquirido a bajo precio.

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La acción indirecta socialista también ofrece pinceladas institucionales. Primero hay que infiltrarse, luego tomar posesión y por último ejecutar. Tarea de años y paciencia. El cambio de régimen en España es una realidad desde el 6 de diciembre de 1978 —o sea, España ya no es España desde entonces—, amoldándose a los cambios con cierta estudiada lentitud, por si acaso, hasta que las prisas vencen a la prudencia y el supuesto recato. Por la vía de los hechos consumados se ha venido modificando el marco constitucional, de por sí dañino, aunque no siendo suficiente para derramar las ansias socialistas hasta que se da carta de naturaleza a una componenda discriminatoria y presuntamente confederal, avalada por la judicatura constitucionalista que está para eso desde el origen; que al cabo se ofrecerá a los terroristas y demás especímenes nocivos pero cuidados y nutridos. Ríase el lector, por no llorar, ante el apaño sintáctico: “la indisoluble unidad de España”, sin eliminar fehacientemente lo destacado del preámbulo soberanista en la ley de leyes catalana. Visto bueno al desmantelamiento no sólo de la Nación, ya logrado hace décadas, sino también del Estado. Otra victoria del socialismo que hace siglo y medio que lo intenta y por fin ha parido el engendro.

Quisiera, para fastidiar el proyecto en lo posible, que el resto de estados-autonomías (exceptuados vascos, navarros y los triunfadores catalanes, claro está), exigieran el mismo trato, el mismo articulado estatutario-constitucional, las mismas ventajas, idénticos recursos y similar fuerza petitoria; de ser así, los que ahora se frotan las manos se mesarían los cabellos con gesto vesánico. Un espectáculo grandioso, reconfortante. Venga, a ponerle ganas y que cada palo aguante su vela. Pienso yo que si los andaluces, que son tantos y tan esparcidos, en vez de apoyar sistemáticamente las ínfulas de los catalanes, en vez de integrar a Andalucía como la quinta provincia de Cataluña, se dedicaran a ejercer como españoles o a reivindicar esos derechos que conceden a quienes tanto los desprecian, incluso compartiendo sangre, mejor les iría y nos iría. A ver si de esta tanto cobarde y entregado su vuelve medianamente valiente y audaz.

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Pero qué sería del socialismo sin la acción directa, la algarada, la coacción. Un tercer ejemplo de los caminos hacia el socialismo lo están sufriendo estos días los madrileños; estos días y desde hace años, a qué negarlo. Uno de los tentáculos socialistas, los perpetuados sindicatos de clase —bien cebados—, a través de su ejército de liberados, distribuido en comandos, ha decidido dar otra batalla contra la legalidad y la libertad. Ya que el sindicalismo socialista se ha visto forzado a negociar una huelga general con el socialismo político, una huelga que espero no tenga ninguna repercusión y que provoque los menos desperfectos urbanos y la menor suciedad posibles, las cabezas rectoras del socialismo han planteado una batalla de distracción allá donde su enemigo continúa resistiendo. Ante el mismo hecho de reducción salarial a funcionarios muy bien pagados, en Cataluña y las otrora provincias vascongadas, el socialismo político y sindicalista quedó difuminado, tal vez consolado por pagos bajo cuerda o, simplemente, porque los suyos han decidido lo que han decidido —militancia pura y dura, a obedecer, a cobrar. Pero Madrid hoy por hoy no se rinde (exceptúo a la alcaldía de Madrid que bastante tiene con disimular que una central térmica es exactamente eso), resiste y a lo mejor sigue venciendo porque a diferencia de otros lugares de la extinta España, los madrileños deploran y combaten el socialismo evidenciando lo que es.