martes 28 de diciembre de 2010

Con toda intención

El acopio de recursos para la consecución de objetivos es una de las tareas prioritarias en la actuación política. Luego y con esmero, hay que aplicarlos a lo largo y ancho de la cotidianidad para que, en un plazo de tiempo aproximadamente estipulado, causen el efecto pretendido por los rectores de la ordenación.

No es nuevo, ni demasiado viejo, que los cierres de actos castrenses orquestados por el poder político, dentro y fuera, recojan el vítor al Rey y omitan el vítor a España. Haga el lector memoria y visualizará al Presidente del Gobierno, al ministro del Interior, al y a la vicepresidenta del Gobierno y a la ministra de Defensa, proclamando su ‘amor’ a la Corona y su desprecio a la Nación.

La identificación de España, la nación española, con la Casa Real, el rey, el monarca, la Corona, la monarquía, es por algo; más aún cuando la relación la ha establecido el socialismo dirigente; es decir, los manifiestamente republicanos. Que los republicanos den vivas al rey, protocolos aparte, tiene su gracia; aunque la testa coronada que reina en España simpatice con el elenco de políticos socialistas desde que a la camarilla de la UCD se le ocurrió rescatar del saludable merecido ostracismo las siglas PSOE, por aquello de que el votante de izquierda no se decantara mayoritariamente por el PC; organización política visible y reconocible a cien leguas. Se pretendía evitar un mal mayor acogiéndose a la pésima estrategia de ahormar un mal menor; el resultado es el mismo y la sensación de bochorno, para los que conservan la vergüenza, todavía mayor.

En estas andamos, camino de la República como en 1931; por la misma senda que transitan vaquitas, penas y arrieros; las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.

Muerto el perro se acabó la rabia, anuncia el viejo dicho; su traslación: muerto el rey (padre, hijo o nieta), se acabó la Nación, murió España. Porque España, según el doctrinario socialista, es un rey, una monarquía, una Corona, un reino, pero en absoluto una Nación, un pueblo que comparte sentimientos tanto como peculiaridades. España, según el doctrinario socialista, no es.

Recuerde el lector que en el ámbito deportivo, ciñéndonos al fútbol, se equipara el concepto gol a ese jugador que suele marcarlos de todas las facturas: “No diga gol, diga...”; dados a estas efusiones contagiosas son los hispanoamericanos. Siguiendo esta línea conceptual, las portavocías de la casta dirigente ignoran el nombre de España potenciando el asociado por cálculo, para que sea asimilado por inercia entre los españoles que o nadan y guardan la ropa —a verlas venir y entonces, si pueden, ya decidirán— o calzan en sus cabezas las orejeras y en sus cuerpos inclinados por ciertas gravedades el sambenito.

Vamos, que tiene guasa que los republicanos vitoreen la monarquía; y tiene lógica e intención que los socialistas, a la sazón republicanos y siempre adictos al frentepopulismo, ignoren, desprecien y omitan a España. No deja de ser para ellos un incordio, una molestia, la nación española; España.