Qué bien sabe y cuánto reconforta estar junto a quien lo necesita y merece, compartiendo la emoción de un sentido recuerdo que trasciende la intimidad.
Unos cuantos —sin que importe si más, menos, bastantes o suficientes—, hemos vuelto a ocupar desinteresadamente las calles de Madrid un sábado de luz y espíritu, con el irrenunciable propósito de ofrecer número, sí, afecto, siempre y dignidad, íntegra, a las víctimas directas del terrorismo. Pues víctimas indirectas somos todos los que profesamos nuestra identidad nacional como españoles.
No es que sobre las víctimas del terrorismo, y los que a ellas unimos nuestra voz, se cierna la sospecha de un acuerdo a diverso plazo con la función política del terrorismo; es que tienen y tenemos la certeza de que la ejecución de lo pactado es una constante desde hace décadas (léase Transición, léase concesiones en la Carta Magna, léase práctica del Tribunal Constitucional, vívase en las zonas y núcleos de perenne reivindicación con suministro dinerario a espuertas). Pero a diferencia de otras componendas que han acabado imponiendo en las gentes y en los electores su lenguaje, su arbitrio y, prioritariamente, sus objetivos, en las víctimas del terrorismo que no acuñan sesgo ideológico purulento ni intencionalidad política de integración en el sistema de partidos, se persigue y se proclama la reivindicación de aquello justo e imprescindible para mirar de frente lo que por delante se ponga; sin que un supuesto beneficio común obligue, desnaturalizando, a echar ignominia sobre los restos mortales de los caídos.
Quien haya podido, o querido, escuchar de cerca, respirando el mismo aire, a las víctimas de ese anejo político que es el empleo del terror, habrá comprobado su entereza, su ejemplar humanidad y su contagiosa fuerza. Párese un momento a pensar quien guste, si en vez de cualquiera de las tantas víctimas o emparentados en sea cual fuere el grado con ellas, cuyos nombres alguna o muchas veces han calado en la privada reflexión, el directamente afectado se llamara como usted, como tú o como yo. Es un ejercicio sano y conveniente en una sociedad que alardea de su magnanimidad para con los desfavorecidos, humildes, atrapados en la desgracia o, simplemente, desposeídos de lo esencial.
¿Cree el lector que a una víctima directa del terrorismo es posible adecuarla en alguna de las características que configuran la protección social y el público reconocimiento a la tragedia; o en todas? Una tragedia, insisto, que trasciende lo privado para alcanzar de lleno a lo público.
* * *
Es comprensible y hasta satisfactorio para el ánimo, señalar a los culpables de los pactos bajo cuerda. Uno queda afónico pero contento al hacerse notar ante las víctimas: que me vean y me oigan, que nos vean y nos oigan; igual de contento y orgulloso queda uno cuando con intensidad se vitorea a España acompañada la voz de aplauso. Son muestras personales que suman y no requieren de explicación complementaria.
Las víctimas del terrorismo que exigen memoria, dignidad y justicia, ofrecen a diario un ejemplo máximo de civismo y honra a España; el que de tanto en cuanto comprueben nuestra presencia activa nos hace cívicos y honrados.
