A nadie con dos dedos de frente se le escapa que con el advenimiento de la mediocridad y sus aparejadas ambiciones —que no por sabidas son menos estomagantes, dañinas y oprobiosas—, las antiguas inquinas y los nunca extirpados enconos afloran del pudridero, sito en las cloacas, para conseguir los privilegios que el buen mérito no da porque de donde no hay no se saca. Un confortable pasar y el aquí me las traigan todas, para quien no es nadie, es acicate suficiente para destruir lo que se interponga en el camino de sus patrocinadores; y ejemplares dispuestos, por dinero, a lo que mande el pagador no faltan ni faltarán en las removidos campos de la envidia y el odio.
De excusas andan los mentideros llenos; la excusa es el argumento al que se recurre para aliviar, o esparcir, las presiones de la calle y la oposición política (cuando la hay) de una nefasta gestión a la par que sirve de estímulo a los incondicionales que esperan su oportunidad para ganar titulares y crónicas sobre la marcha. Con una inflamada excusa en ristre se apagan las débiles protestas, meramente protocolarias, y se allana el camino para la consecución del objetivo final: suprimir la Nación negando (o recreando con mentiras) su Historia.
Y para ello, repito, el objetivo final, hay que atinar en la elección; si recae en un símbolo múltiple, miel sobre hojuelas.
Como en la órbita socialista andan sobrados de estrategas a corto plazo y de dinero, con lo uno y lo otro en proporcionada simbiosis, no cabía esperar sino lo sucedido, con renovada bilis y el imprescindible aderezo de la saña. La víctima: España; el símbolo múltiple, inequívoco, perfectamente visible: el Valle de los Caídos.
Enfilado el Monumento por la artillería pesada del conglomerado socialista (y esa inestimable colaboración por pasiva de quienes desde los encastillamientos políticos debieran defender a la Nación y sus nacionales y no lo contrario), la añagaza es lo de menos: que si memoria histórica al uso, que si el retorno al espíritu conciliador de la Transición dando pábulo a los antaño derrotados, que si la ley de libertad religiosa, que si el deterioro del patrimonio, que si el peligro de desprendimientos, que si hay que acabar con los agravios, que si de Francisco Franco y su obra no hay que dejar ni rastro, que si el nuevo orden implica la demolición del viejo, que si la fe es cuestión de una privacidad enclaustrada, que si a la congregación benedictina acogida al Monumento (por decisión de Francisco Franco) mejor le iría lejos de las humedades y las corrientes de aire que se cuelan fantasmagóricamente por las oquedades, que si los columbarios han de ser exhumados a la chita callando para que una familia entre cien mil opte por recoger las partículas de vaya usted a saber quién (pues ya el tiempo ha hermanado a los caídos y viven en una armonía que ya quisiera yo para nosotros los vivos), que si el catolicismo es una rémora y sus fieles una molestia.
Hace una legislatura —nacida de atentado exitoso—, la ubicada entre 2004 y 2008, la oposición a la práctica socialista fue encabezada y tenazmente sostenida por la Asociación de las Víctimas del Terrorismo (AVT), a cuyo frente se situaba su benemérito presidente. Millones de españoles participaron de la protesta cívica continuada y engrosaron las filas de los manifestantes en los diversos actos convocados al efecto. Tal fue la repercusión de las movilizaciones que el acuerdo con los criminales no pudo culminarse como deseaban las partes negociadoras.
Esta legislatura, iniciada en 2008 con idénticos mimbres que su predecesora, con similares rostros políticos en el arco parlamentario, ha vivido y vive un proceso semejante de lucha por España y por la libertad, que no ha recibido el tratamiento informativo acorde con la trascendencia de lo que se juega, quizá porque los esforzados protagonistas en vez de llenar calles y plazas lo que han formado —con la mayor determinación y asistidos de principios y valores denostados por amplios sectores de una sociedad desnaturalizada— es una barrera moral, espiritual, sentimental, histórica, valiente y humana. Adultos y jóvenes, familias e individualidades, se han batido el cobre en circunstancias adversas de todo tipo (también lucharon contra los rigores del clima) para mantener en esencia y presencia lo que es propio, conjunto y decisivo: la Historia, la Conciencia, la Fe, el Arte y la Nación.
Había que verlos, y pudo vérseles, agrupados en la niebla, bajo la lluvia y la nieve, firmes y desafiantes ante el viento y la espuria imposición gubernativa. Había que verlos, y lo pudimos ver y vivir los que quisimos, soportando estoicamente el registro minucioso e impropio de la Guardia Civil, cumpliendo órdenes políticas los agentes, a las puertas del Monumento. A los españoles se les negaba la asistencia a los oficios religiosos en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos; se les negaba el derecho al culto; se les negaba el acceso al recinto; se les negaba la posibilidad de conocer tan grandioso y admirable Monumento, su riqueza artística y sus servicios (anulados tiempo ha); a los españoles se les negaba el paseo por un lugar público de singular belleza natural.
A los españoles y al resto de los humanos se les negaba la libertad y se les cercenaba el sentimiento.
Eran pocos al principio, cuando el poder político destilado en el sumidero inició su labor encubierta de cierre y demolición, quienes advirtiendo la magnitud de lo que iba a suceder pusieron voz y coraje para impedir las acciones encaminadas al ominoso fin. Pocos eran entonces pero suficientes, investidos de dignidad, argumentos y sentido, para despertar de la pérfida indolencia y para alejar de la abominable resignación a miles, me atrevo a decir millones, de personas en España y allende sus fronteras, uniéndolas en una proclama y en un deseo.
Semana a semana, el número de asistentes a los oficios ha ido incrementándose hasta conseguir, en primera instancia, la reapertura de la Basílica y después, habiendo ganado esa batalla, el conocimiento público de lo que sucedía (y sucede).
La difusión mediática, mínima pero eficiente, ha contribuido a la descomposición momentánea del objetivo final del socialismo dirigente y sus diversos aliados distribuidos por doquier. Había que escuchar, y podía escucharse de quererlo, la voz de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, alta, clara y serena, poderosa para contrarrestar desde la convicción el ultraje y el despotismo aniquilador. Había que escuchar, y así nos dispusimos muchos en todas partes, esa voz resuelta, convencida e itinerante que ha logrado frenar a esa otra discordante, mentirosa, sectaria y de intención liberticida que ha querido contaminar a la manipulable opinión pública.
Lo que sucede con el Valle de los Caídos es un remozado ensayo —actualizado, si se prefiere— para destruir y acabar con la raíz cristiana y su modo de vida liberal y democrático. Es una pena que se olvide tan fácilmente aquella represión frentepopulista, la del socialismo real, que se llevó por delante —léase eliminaron— a más de ochenta mil personas, de las cuales un diez por ciento eran religiosos. Luego, y las matemáticas no engañan, los muertos por la acción predefinida de exterminio reúne en el trágico cómputo a toda clase de personas. Téngalo en cuenta el lector.
Desligar el Valle de los Caídos de la Historia de España es un error que nadie inteligente y de bien debe cometer; tampoco puede quedar desvinculado de su magna expresión artística, como no ha de ser obviado su carácter espiritual ni el esplendoroso paisaje que lo enmarca. Fe, Arte, Nación, Naturaleza; Patria, en definitiva.
La división, igual que la ignorancia, la apatía o la componenda, únicamente ofrece bazas al enemigo.
