jueves, 30 de julio de 2015

Las hazañas y pendencias del Sansón extremeño



Salía de su ciudad, con la aurora el cielo despertando, el hijodalgo Diego García de Paredes, caballero en un cuartago tordo de gran alzada y anchos pechos, canturreando la copla:

Porque me parto lejos

llora mi amor;

ya reirá cuando vuelva,

si lo quiere Dios.

Recordaba uno de sus galanteos nocturnos, más célebre y narrado de boca en boca porque "arrancó la reja que le molestaba mientras cortejaba a una dama", "la prenda de su alma a quien no vería sino en sueños al llegar el alba, y Dios sabe si nunca ya con los ojos".

"Dejadme estar a vuestro lado" pidió a ella "que es estar en el cielo, y yo haré que el agua no pueda denunciarnos". En aquel instante de arrebato amoroso, víctima del que fue la reja, la lluvia era tromba y el viento vendaval.

Horas después las nubes vacías arrumbaban otro horizonte y la Luna reflejaba su esplendor en los charcos. El mozo y gallardo Diego salía por el espacio mismo de la impetuosa entrada y mientras la joven se llevaba a los labios una mano blanca su voz, con pausas de sollozo, murmuró:


"Nadie creerá mañana que mi honra no necesita hierros que la guarden, porque sólo Dios es testigo de que como me hallasteis quedo. Esta reja torcida será pregón de mi perdida fama y mis padres morirán de vergüenza y de dolor".

A lo que replicó Diego:


"No harán tal vuestros padres, vida mía, o tendrán que morir muchos vecinos de Trujillo. Adiós, que te guarde como sabes guardarte tú, y aguárdame, que yo prometo venir aventajado en honra y en fortuna".

Partió a por honra y fortuna escogiendo de camino las casas donde vivían doncellas, abriendo o arrancando las rejas en cincuenta viviendas, librando así, se supone, de castigo, murmullo o maledicencia a su amada.

Marchaba don Diego camino de Andalucía, para embarcar en Huelva rumbo a Italia. Atrás también quedaba su destacada participación en las últimas fases de la Reconquista; desde 1483 hasta 1492, Diego García de Paredes contribuyó con sus proezas, que maravillaron a propios y extraños, a la victoria cristiana.

 

Las aventuras y hazañas militares del coronel Diego García de Paredes (1468 - 1533), natural de Trujillo, hijo de Sancho Jiménez de Paredes y de Juana de Torres, de la casa de los condes de Castrillo, prosiguieron y parecerían leyenda si su mismo autor no hubiese dictado a su vástago, el alférez Sancho, el relato puntual.

En las guerras de Italia y de Alemania le conocieron, temieron y admiraron por el apodo del Sansón extremeño. Sus fuerzas sobrenaturales no se adivinaban en su aspecto, pues era de estatura media, corpulencia normal y rostro enjuto; lo que a nadie hacía sospechar lo peligroso de enfrentarse a él (señala el historiador Luis Bermúdez de Castro). En otro sentido describió la fisonomía de Diego García de Paredes el escritor y político italiano del siglo XIX, Massimo D'Azeglio, en su obra Ettore Fieramosca o la disfida di Barletta (El condotiero Ettore Fieramosca o el desafío de Barleta).


"El español (en referencia a Diego García de Paredes), el hombre más audaz y forzudo de todo el ejército, y acaso de toda Europa, producía la impresión de que la naturaleza, al formarlo, había querido mostrar en él el tipo de hombre de armas, en las cuales tanto más grande era el éxito cuanto mayores la robustez y la fuerza muscular. Su estatura aventajaba en mucho a la de sus compañeros, y en un temperamento como el suyo, de acción incesante, el ejercicio había enjugado sus carnes de toda grasa, dando a sus músculos un tal desarrollo, que su pecho, su espalda y la complexión toda de sus miembros semejaban la de un coloso de la antigua estatutaria, de formas atléticas y bellísimas a un mismo tiempo. El cuello, grueso como el de un toro, sostenía una cabeza pequeña y engallada, coronada en lo alto de la nuca por un penacho de cabellos crespos; su rostro, viril y de expresión firme y decidida, pero sin sombra de jactancia ni de altanería. No faltaba a su aspecto cierta gracia natural, y en sus ojos se leía a las claras la simplicidad de un espíritu leal y lleno de nobleza".

 

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, le ascendió a coronel muy joven; fue un leal amigo de don Gonzalo y uno de sus discípulos predilectos, a pesar del recelo inicial hacia Diego por haber sentado éste plaza en las tropas pontificias en vez de hacerlo en las españolas. Otros ilustres nombres de nuestra Historia obraron del mismo modo y a la vez: su hermano Álvaro García de Paredes, Juan de Urbina, Pedro Navarro, Cristóbal Zamudio, Villalba (posteriormente coronel Villalba) y Gonzalo Pizarro; hombres de armas y reputado valor. Pasando estrecheces más que acusadas, acogiéronse los citados a la protección del cardenal de Santa Cruz, don Bernardino Carvajal, a la sazón tío de Diego y Álvaro, quien les procuró sendas plazas de alabarderos en la Guardia Pontificia. De breve duración el empleo pues, urgida una disputa de juego entre varios, los españoles se vieron acorralados y no hubo para salvarse sino que pelear a más y mejor, tomando la iniciativa de la liberación del cerco Diego García de Paredes, que con una barra en ristre, acabó con la reyerta y la vida de unos cuantos. El Papa Alejandro VI aceptó la versión española y mandó prender a los atacantes extranjeros todavía vivos, pero despidió a los nuestros del servicio.

Les valió que a los pocos meses el Pontífice, los Borja o Borgia y la familia Orsini declararon la guerra a Próspero Colonna a quien protegía el Gran Capitán, y requeridos los licenciados a engancharse se formaron seis Banderas: cuatro de Infantería y dos de caballos, dando una compañía a Diego la primera que mandó, quien nombró alférez a Juan de Urbina, sargento a su hermano Álvaro y cabos de escuadra a Pizarro, Villalba y Zamudio.

Mostraba el Papa predilección por Diego, aunado a lo referido por el cardenal de Santa Cruz una hombrada de niño allá por su Extremadura natal. Así se cuenta: Salía Diego de misa con su madre y, habiendo olvidado ella tomar el agua bendita, queriendo volver al templo la detuvo su hijo quien, ni corto ni perezoso cual suele decirse, entró en la iglesia, arrancó de cuajo la pila de mármol y la presentó, reverente, a la pasmada mujer, ante los no menos asombrados ojos de los testigos.

La leyenda de Diego García de Paredes dio inicio y paulatinamente fue agrandándose con sus gestas guerreras y las victorias que aportaba a las causas que defendía. Por ejemplo, para empezar, el asalto, a escala vista, de Montefrascon o Montefiascone, en el que su compañía, dueña de la muralla, se adentró y diseminó por la villa venciendo a los defensores, mientras el capitán, corriendo a la puerta fortificada, mataba a los de la guardia y arrancaba a puñetazos los férreos cerrojos para que accediese al recinto el resto de la tropa. Diego, durante el combate, animaba a los suyos gritando: "¡España!, ¡España!".

Entre combate y combate, asalto, toma, defensa, celada y carga, no faltaron lances de honor en la trayectoria del hercúleo español. Un capitán apellidado Romano, italiano él, le llamó traidor; batidos más que en duelo en feroz pugna, Diego le separó la cabeza del cuerpo de un certero mandoble. Lo prendieron y escapó matando al centinela y a la soldadesca que de la guardia salió a perseguirle sirviéndose de las armas cogidas al centinela. Luego de la escabechina fue a parara las órdenes del duque de Urbino, Guidobaldo de Montefeltro, y su gente, enemigo de los Borja-Borgia, que le recibió encantado para guerrear en territorio de la Romaña Finalizado este episodio, sin poder retornar a las filas papales ni engrosar las inexistentes españolas, dio en incorporarse al campo del condotiero (jefe de soldados mercenarios) Próspero Colonna; y con él, al cabo, el alférez, el sargento y los cabos de la primera compañía de Diego.

 

Volvía Diego a los estandartes de España y con ellos a cimentar su leyenda. Fue enviado al asedio de la ciudad de Cefalonia, a luchar contra los jenízaros, hueste de renombre bélico al servicio del imperio otomano. Y a fe que se distinguió, introduciéndose en la fortaleza aprovechando un artilugio de captura turco y sosteniendo combate individual contra los asediados durante tres heroicas jornadas; al cabo, herido y famélico, se entregó al enemigo le respetó la vida creyendo que valiendo tanto para el ejército sitiador pagarían en correspondencia una suma formidable de dinero. La respuesta, tras cincuenta días de sitio, fue un ataque demoledor, con artillería, que permitió a los infantes sobrepasar las murallas poniendo pie en la plaza. Tuvo lugar una lucha encarnizada en la que intervino el cautivo García de Paredes. En el fragor de la batalla Diego quebró su encadenamiento a viva fuerza, derribando la puerta de su mazmorra y acabando con el centinela cuyas armas cambiaron de manos que dieron tajos y mandobles en pro de la causa de los atacantes.

El mito de un coloso resistiendo tres días contra una guarnición de soldados turcos encontraba parangón en las hazañas de los aguerridos Hércules y Sansón, figuras de leyenda admiradas por los soldados. Desde entonces, y bien ganada la fama, a Diego García de Paredes se le conoció como El Sansón de Extremadura, o como El Hércules de España y El Sansón de España.

 

Acantonado en Sicilia quedó el Ejército español. Pero Diego no asimilaba tal situación de calma y expectativa siendo su temperamento de ardoroso guerrero, bulléndole la sangre al vislumbrar el combate; por lo que de nuevo fue a prestar servicio se armas al Papado pues César Borgia retomaba la empresa de conquistar la Romaña. El capitán Paredes contribuyó decisivamente a la toma de Faenza, Rímini y Pésaro, y también dejó su huella de noble guerrero. A una orden de ajusticiamiento masivo a los derrotados por parte de César Borgia se opuso gallardamente el español: "No esperéis tal cosa de mi brazo, yo os ayudo aquí como soldado y no como asesino, y no he de permitir ensangrentar una victoria". Hubo amnistía para los aterrados civiles.

Finalizó bruscamente la campaña militar por reclamación ineludible de la alta política, y Diego emigró a tierras con menos burocracia y más acción.

 

El retorno al Ejército español fue celebrado por los mandos y la tropa. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que tenía buen ojo para la selección de soldados e inteligencia para difuminar rencillas, puso a las órdenes del Sansón extremeño tres Banderas (cada Bandera similar en número de efectivos al Batallón) de escopeteros y un escuadrón (entonces denominado Corneta) de Caballería, con el empleo (título) de coronel.

Hubo guerra contra el francés en la península itálica y muchas batallas en las que la de por sí gran reputación de Diego cobró nuevos y, cómo no, envidiados bríos. Se sucedieron las batallas y con ellas los hechos memorables. En la de Rávena, que se perdió porque los franceses triplicaban a los españoles, la coronelía de Paredes protegió la retirada tan obstinadamente que cayó la mitad de su gente. Gonzalo de Córdoba le felicitó y en prueba de reconocimiento le dio la vanguardia en la batalla de Serrrarés, que fue victoriosa. También en ésta quedó diezmada la coronelía, lo que hizo soltar al coronel Palomino que la acción había sido de poca honra para Paredes, porque más que valentía fue saña; la maledicencia de la envidia habla por todas las bocas y en todos los idiomas. Llegó la acusación al criticado que, solicitando permiso al Gran Capitán, siéndole concedido, envió al maldiciente un cartel de desafío.

Siendo señores del campo del honor Córdoba y Colonna, tuvo ocasión el duelo, recibiendo Paredes una cuchillada desde el codo a la mano y perdiendo Palomino un brazo, al corte. Cuando el vencedor iba a separar la cabeza del tronco derrotado, intercedió el Gran Capitán por el vencido dándolo por muerto; con lo que accedió Diego al punto final.

 

Comenzó la segunda guerra de Nápoles entre el rey Fernando el Católico de España y Luis XII de Francia por el Reino napolitano en 1501. Campaña triunfante que registró las conquistas de Cosenza, Manfredonia, Tarento y Rossano, ésta rendida a sangre y fuego tras recuperarse el coronel Diego de Paredes de una herida de arcabuz que estuvo a punto de acabar con su vida. Luego, y en la inercia victoriosa, luchó Diego heroicamente en las más famosas batallas libradas en aquella época cual las de Ceriñola y Garellano de 1503. Durante una de las fases de esta última batalla, Diego llevó a cabo la considerada a nivel historiográfico más célebre de sus hazañas bélicas.

Se cuenta que el Sansón extremeño herido en el orgullo tras un reproche injusto del Gran Capitán relacionado con el curso de la batalla (una sugerencia en aquel momento enjuiciada desaforada y a los pocos días puesta en práctica), se dispuso con un montante (que es un espadón de grandes gavilanes, que es preciso esgrimir con ambas manos, empleado por los maestros de armas para resolver contendiendo las batallas demasiado empeñadas) o una alabarda, citan otras fuentes a la entrada del puente del río Garellano, desafiando en solitario a un importante destacamento del ejército francés. Diego García de Paredes, blandiendo con rapidez y furia el descomunal acero, provocó una matanza entre los franceses que solamente podían acometerle mano a mano por la estrechez del paso, ahora repleto de cadáveres, incapaces de abatir al español, firme e irreducible, sin ceder un paso ante la comprimida avalancha francesa. Quizá las palabras del Gran Capitán le infundían sobrehumana fuerza y desvelo hasta lo infatigable, concibiendo a ojos vistas la legendaria heroicidad en cantos de gesta transcrita: "Con la espada de dos manos que tenía se metió entre ellos, y peleando como un bravo león, empezó de hacer tales pruebas de su persona, que nunca las hicieron mayores en su tiempo Héctor y Julio César, Alejandro Magno ni otros antiguos valerosos capitanes, pareciendo verdaderamente otro Horacio en su denuedo y animosidad". Acudieron algunos refuerzos españoles a sostenerle en aquel colosal empeño entablándose una sangrienta escaramuza en la cual entre muertos a golpe de furibunda espada y ahogados en el río, fallecieron quinientos franceses.

 

Apretado el francés hasta la derrota en los lugares citados, pidió tregua; concedida que fue por el Rey Católico. Mas la tregua no alcanzó a todos con la misma intensidad ni el sentido propio que es público.

En 1502, el 19 de septiembre para más señas, los sucumbidos franceses en las batallas previas, provocaron un duelo de caballeros con los siempre dispuestos a la pendencia españoles. Concertado el desafío en el lugar de Barleta, donde, por así pomposamente decir, los principales paladines de los dos ejércitos defenderían el honor de su patria, y mientras los franceses seleccionaban tras exhaustivo entrenamiento a sus doce campeones, los españoles dejaron el asunto de la elección en manos de la cabeza militar, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Entre lo mejor de los franceses se encontraba el célebre Pierre Terraill de Bayard, que ha pasado a la historia como el caballero sin miedo y sin tacha, el cual gozaba de enorme prestigio entre los suyos que le consideraban el más hábil caballero de armas del mundo.

Por la parte española, Diego García de Paredes andaba reponiéndose de importantes heridas. El Gran Capitán fue a conocer de su estado físico y de paso le dijo que era uno de los once elegidos para luchar contra los franceses. Diego se mostró cauto, preocupado de no dar la talla que le adornaba ante el mundo al no acabar de concretarse su convalecencia. El Gran Capitán le replicó que así como estaba había de ser uno de los designados para el desafío. Y no opuso ninguna objeción más el valiente Diego.

Fueron los paladines españoles: los coroneles Paredes, Villalba, Aldama, Pizarro y Santa Cruz, y los capitanes Alvarado, Haro, Gomado, y dos de gente de armas y otros dos italianos que la Historia no cita.

Vencieron en justicia y poderío los españoles; pero no con la plenitud a la que aspiraba el coronel Paredes. Los franceses, pie y el resto del cuerpo en el duro suelo, reconociendo la derrota pero eludiendo que sus rivales remataran la faena, solicitaron que allí quedara todo y cada cual a su retiro y como si no hubiera pasado nada. El negocio no gustó a Diego que adujo tonante que "de aquel lugar los había de sacar la muerte de los unos o de los otros". Y para dejar constancia que él no hablaba por hablar, luciendo sus fuerzas prodigiosas y su temperamento "con muy grande enojo de ver cómo tanto tiempo les duraban aquellos vencidos franceses", viéndose con las manos desnudas tras haber quebrado las armas durante el combate, comenzó a lanzar a los franceses las enormes piedras que delimitaban el campo de batalla, causando grandes estragos, ante el asombro de la multitud, de los jueces y de los propios caballeros franceses, que, no sabiendo donde meterse ante semejante demostración "salieron del campo y los españoles se quedaron en él con la victoria".

No obstante, esta contundente victoria no satisfizo del todo al Gran Capitán, porque no todos los franceses quedaron tendidos, pues al darle Diego cuenta que los españoles e italianos se habían portado como buenos, respondió Gonzalo: "No por buenos sino por mejores os envié yo".

 

Del anterior lance caballeresco resultaron consecuencias para García de Paredes, pues un capitán francés a quien él había matado dos hermanos en aquella liza, le retó a combate singular.

Diego, como buen pendenciero, era un consumado duelista, muchos envites y todos victoriosos le avalaban. Para este último eligió como armas las porras de hierro, pero sintiendo el francés el peso de la suya la arrojó al suelo y puso mano al estoque, contra lo convenido, pensando que el español no podría manejarse bien. Asestó una estocada por la escarcela del arnés que hirió a Diego, a lo que este replicó con tan tremendo porrazo que hundió el lámete en la desventurada cabeza, aplastándole los sesos.

Por vengar al compañero, otros oficiales franceses desafiaron al portento, con lo que durante sesenta días el Sansón extremeño sostuvo duelos en liza abierta, siempre con muerte de los adversarios.

 

Diego García de Paredes se cubrió de gloria en los campos de batalla: Cefalonia, Tarento, Barleta, Ceriñola, Nápoles, Montecassino, Garellano y Vicencio, que fue la última victoria de la guerra, tras la que llamado a España el Gran Capitán, a dar parte al rey de sus famosas cuentas y sus hechos, llevó consigo al ya legendario hombre de armas y desafíos, el Sansón de Extremadura.

Estando un día en la sala del trono el rey Fernando el Católico y muchos caballeros, entre ellos ilustres españoles e italianos, aliados en la guerra, alguno con otro dio en decir mientras el rey concluía sus oraciones, más bien se les ocurrió soltar el infundio de que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, no rendía buena cuenta. Diego García de paredes, presente en la recepción, hincando la rodilla elevó su voz para que todos, y en primera instancia Su Majestad la oyeran: "Suplico a V. M. deje de rezar y me oiga delante de estos señores, caballeros y capitanes que aquí están y hasta que no acabe mi razonamiento no me interrumpa". Todos quedaron asombrados, expectantes ante la posible reacción del Monarca ante semejante osadía, pero Paredes prosiguió: "Yo, señor he sido informado que en esta sala están personas que han dicho a V. A. mal del Gran Capitán, en perjuicio de su honra. Yo digo así: que si hubiese persona que afirme o dijere que el Gran Capitán, ha jamás dicho ni hecho, ni le ha pasado por pensamiento hacer cosa en daño a vuestro servicio, que me batiré de mi persona a la suya y si fueren dos o tres, hasta cuatro, me batiré con todos cuatro, o uno a uno tras otro, a fe de Dios de tan mezquina intención contra la misma verdad y desde aquí los desafío, a todos o a cualquiera de ellos". Remató su airado y desconcertante discurso arrojando uno de sus guantes (también se cuenta que fue un sombrero) a ver quién lo recogía en señal de desafío.

Fernando el Católico por toda respuesta le dijo: "Esperad señor que poco me falta para acabar de rezar lo que soy obligado".

Se produjo un movimiento de provocación y tienta de valentía, de respuesta al guante lanzado; aunque ninguno de los presentes se atrevió a proclamar que aceptaba el reto. Luego, la victoria, de nuevo, era para Diego.

Después de concluir sus oraciones, el Monarca se vino hacia Paredes y colocando sus manos sobre sus hombros, en gesto de afinidad, le dijo: "Bien sé yo que donde vos estuviéredes y el Gran Capitán, vuestro señor, que tendré yo seguras las espaldas. Tomad vuestro chapeo (si sombreo, en otro caso guante), pues habéis hecho el deber que los amigos de vuestra calidad suelen hacer". Fernando el Católico, sólo él, porque nadie se atrevió a tocarlo, hizo entrega a García de Paredes de la prenda arrojada en señal de desafío. Cuando el incidente llegó a oídos del Gran Capitán, Gonzalo, agradecido y emocionado, selló una amistad inquebrantable con aquél que le había defendido públicamente.

 

Deseaba Diego regresar a España a estar con los suyos, y tal vez aquella doncella de la reja forzada. Lo que no obsta para que sus aventuras belicosas cesaran al poner pie en la Patria. Refiere su hijo al dictado nueva crónica de sucesos. Este es el texto original:


"Me fui a mi tierra por Coria; llegué tarde, con sólo un paje, que a mi casa no pude andar tanto, y hallé en la posada dos rufianes, dos mujeres de malvivir y unos bulderos (los que repartían y cobraban las bulas de la Santa Cruzada, y tenían que recorrer los campos y las ciudades) que querían cenar, y como vestido de pardillo me viesen, y con un papahigo (gorro de paño que cubre el cuello y parte de la cara, usado por la gente rural para el viaje a caballo), pensaron que era merchán (comerciante) de puercos, y comenzaron a preguntarme si iba a comprar puercos, que allí los había buenos. Y no respondiendo, pensaron que era judío y sordo, y llegó uno de los rufianes a tirarme del papahigo, diciendo que era sordo. Yo estuve quieto, por ver qué haría; mas un buldero que parescía hombre de bien, les dijo quedito que no se burlasen conmigo, pues no sabía quién era, y se me parescían armas debajo del sayo. Estos rufianes llegaron a mí, por ver las armas. De que me vieron armado, los muy judíos no hicieron más escarnio. Las mujercillas decían si las habría robado, y que yo era un escapado del sepulcro huyendo.


"En esto llegó mi gente, que traía de Italia veinticinco arcabuceros, y envié al paje a ellos que no dijesen quién yo era e hiciesen que no me conocían, por ver en qué paraba la fiesta. Tornados al tema, vino uno de ellos y tiróme del papahigo diciendo que le mostrase las armas, que eran doradas. Un cabo de escuadra mío, no lo pudiendo sufrir más, puso mano a la espada; yo me levanté, tomé el banco en que estaba sentado y comencé por el rufián de las mujeres, y eché a las mujeres, los rufianes y los bulderos al fuego, y abrí la cabeza al rufián; una mujer que cayó debajo, murió; los otros, quemadas las caras y manos, salieron dando voces a la justicia, y el mesonero con ellos. Nosotros nos sentamos a cenar su cena, hasta que todo el pueblo se juntó a la puerta y vino el alcalde a quemarla. Yo la hice abrir, y entrando de golpe los porquerones (corchete o ministro de justicia encargado de prender a los delincuentes o malhechores y llevarlos a la cárcel), yo, que tenía la tranca de la puerta en la mano, derroqué tres de ellos y no osaron entrar más, y desde fuera me requerían que me diese a prisión, y me querían quemar dentro de la casa. En fin, vino el obispo, que era mi deudo, y asosegóse todo".

 

Tornaron pronto las andanzas guerreras de Diego garcía de Paredes en el extranjero; ahora formando parte de la Cruzada del cardenal Cisneros en tierras africanas dominadas por el islam. En 1505 participaba en la toma de Mers-el-Kebir (Mazalquivir) y en 1509 en el asedio y conquista de Orán.

Vuelto a su muy conocida Italia, ese mismo 1509 ingresó en las fuerzas Imperiales de Maximiliano I como Maestre de Campo (oficial de grado superior al mando de varios Tercios). Aunque la empresa de derrotar a las huestes venecianas no llegó a consumarse, la campaña sirvió para que el audaz español acopiara nuevos laureles heroicos ganando Ponte di Brentaera, el castillo de Este, la fortaleza de Monselices y cubriendo la retirada del ejército Imperial.

Todavía en el año 1509, Diego se incorporó en Ibiza a la Escuadra española presta a poner rumbo a África. En 1510 y a las órdenes de Pedro Navarro, participó en los asedios de las conquistas de Bugía y Trípoli, además de lograr el vasallaje a la Corona española de las codiciadas Argel y Túnez.

Regresó a Italia, incorporándose nuevamente al ejército del Emperador para ocupar su puesto de Maestre de Campo defendiendo a su valeroso estilo la ciudad de Verona, desahuciada por las tropas Imperiales.

Diego García de Paredes era ya una leyenda viva en toda Europa. Razón por la que fue nombrado coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II, desde la que luchó en la batalla de Rávena, en 1512, derrota de la Liga Santa al mando de Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, ante Gastón de Foix, duque de Nemours, a pesar del éxito demostrado por la infantería española, que, comandada por Diego García de Paredes y Pedro Navarro, derrotó a la infantería francesa y a los lansquenetes alemanes, resistió la tremenda carga final de la caballería pesada del ejército francés, durante la cual perdió la vida Gastón de Foix, y logró retirarse con gloria entre la carnicería y en la Batalla de Vicenza o Creazzo, en 1513, donde quedó aniquilado el ejército de la República de Venecia.

En la crónica de las proezas que los capitanes españoles hicieron en esta memorable jornada, a Diego García de Paredes le correspondieron estos épicos elogios por parte del poeta y dramaturgo Bartolomé Torres Naharro:

Mas venía
tras aquél, con gran porfía,
los ojos encarnizados,
el león Diego García,
la prima de los soldados;

porque luego
comenzó tan sin sosiego
y a tales golpes mandaba,
que salía el vivo fuego
de las armas que encontraba;

tal salió,
que por doquier que pasó
quitando a muchos la vida,
toda la tierra quedó
de roja sangre teñida...

 

Diego García de Paredes sirvió con gran crédito y reputación en todas las guerras sostenidas por los Reyes Católicos y por el emperador Carlos I de España y V de Alemania; quien le tuvo en especial estima por su fidelidad, honradez, destreza, valor y lealtad.

Ejercía el mando de nueve Banderas de Infantería española, cual el más afamado jefe militar. Jalonan su trayectoria en esta época nombres de lugares y batallas como Noáin, en 1521, San Marcial, al año siguiente, el asedio al castillo de Maya y el de la fortaleza de Fuenterrabía, expulsando a los franceses del solar patrio. Defendió Nápoles y lució en la famosa batalla de Pavía donde los españoles hicieron prisionero a Francisco I, rey de Francia.

Viajó por toda Europa en el séquito Imperial de Carlos V, por él nombrado Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo en Alemania frente a los seguidores de Lutero. En 1532 acudió marchó a socorrer Viena, asediada por Solimán el Magnífico donde no fue preciso entrar en combate, pues visto el formidable ejército Imperial de más de 200.000 hombres, los turcos levantaron el asedio. En 1533, tras regresar de hacer frente a los turcos en el Danubio, asistió a la coronación oficial del Emperador Carlos V en Bolonia.

Largamente premiado por Carlos I, ya entrado en años y con las fuerzas en inexorable trance de merma por las muchas heridas y penalidades habidas en su belicosa y aventurera existencia, "parece que le place a Dios que por una liviana ocasión se acaben mis días", aunque animoso y predispuesto como en su mocedad, dio en retirarse a Italia, del servicio y de la vida en sí, falleciendo al poco en la ciudad de Bolonia de un accidente fortuito, jugando con unos niños; así es el destino incluso con los héroes se entretuvo en dictar a su hijo Sancho la narración de lo vivido y sentido, Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes, que termina con estas palabras: Venimos a Bolonia, do, siendo Dios servido, daré fin a mis días; dejo estas cosas a mi hijo Sancho de Paredes, por espejo en que haga sus obras conforme a las mías, en servicio de Dios".

Transcurridos unos años de su entierro fueron trasladados sus restos en 1545 a la parroquia de Santa María de Trujillo. Este es su epitafio:


"A Diego García de Paredes, noble español, coronel de los ejércitos del emperador Carlos V, el cual desde su primera edad se ejercitó siempre honesto en la milicia y en los campamentos con gran reputación e integridad; no se reconoció segundo en fortaleza, grandeza de ánimo ni en hechos gloriosos; venció muchas veces a sus enemigos en singular batalla y jamás él lo fue de ninguno, no encontró igual y vivió siempre del mismo tenor como esforzado y excelente capitán. Murió este varón, religiosísimo y cristianísimo, al volver lleno de gloria de la guerra contra los turcos en Bolonia, en las calendas de febrero, a los sesenta y cuatro años de edad. Esteban Gabriel, Cardenal Baronio, puso esta laude piadosamente dedicado al meritísimo amigo el año 1533, y sus huesos los extrajo el Padre Ramírez de Mesa, de orden del señor Sancho de Paredes, hijo del dicho Diego García, en día 3 de las calendas de octubre, y los colocó fielmente en este lugar en 1545".

 

Diego García de Paredes casó en 1517 con María de Sotomayor, siendo de este matrimonio su hijo Sancho de Paredes. Tuvo otro hijo, Diego García de Paredes nacido de su relación con Mencía de Vargas. Este hijo participó en la conquista del Nuevo Mundo y fundó la ciudad de Venezuela.

 

Su fama fue universal, reconocida y admirada; y también inmortalizada por Miguel de Cervantes en El Quijote, la obra cumbre de la narrativa:


"Un Viriato tuvo Lusitania; un César Roma; un Aníbal Cartago; un Alejandro Grecia; un Conde Fernán González Castilla; un Cid Valencia; un Gonzalo Fernández Andalucía; un Diego García de Paredes Extremadura".

"Y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia, y puesto con un montante en la entrada de un puente, detuvo a todo un innumerable ejército que no pasase por ella, e hizo otras tales cosas, que si como él las cuenta y escribe él asimismo con la modestia de caballero y de cronista propio, las escribiera otro libre desapasionado, pusieran en olvido las de los Héctores, Aquiles y Roldanes".

"No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con victoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre".

Diego García de Paredes




Imagen de Antonio Luis Martín Gómez y Ediciones Almena

lunes, 27 de julio de 2015

La Luna nos ve

 
La noche camina en paralelo a una esplendorosa luna de invierno. Un viento solícito, dispensador de poesía, ha despejado el firmamento de nubes y otras interferencias naturales hoy no pretendidas; es un viento cartero que concluida la tarea, ya transformado en brisa ya acondicionado el ambiente, aleja su presencia al confín del sueño.
    Es una noche de invierno con todos los pronunciamientos, fría, evocadora; de estrellas perezosas, retraídas, séquito respetuoso y discreto de la majestad nocturna en su apogeo. Ella primero, ella en su rotundidad, ella con ella recorriendo el cielo; única ella a la vista.
    El poeta y el narrador de este acontecimiento, nos dirigimos a la Luna para vernos en ella fuera del tiempo. Alrededor de lo que es luce un manto de color cambiante, un tránsito del dorado tímido al blanco expuesto surcando las rutas de la memoria. Una de esas rutas acude a nosotros que mantenemos la mirada absorta en el astro de brillo pálido. Fulge la intensidad del aviso, es la traza de un episodio que no está cerca ni lejos la que sale a nuestro encuentro tomándonos de la mano. Es una aventura compartida en la intimidad. Se bienvenida, joven mujer, a este tu momento.
    El poeta se apresta a la poesía, diligente con la solicitud. El narrador cede todo protagonismo a la voz que mece el sentimiento de perdurabilidad por los afectos; los afectos que fueron, los que son y aquellos imaginables que el buen viento transfiere del lugar recoleto donde moran para siempre a ese otro concebido por los poetas que han nacido poetas.
 
La Luna brilla con su luz más intensa. La Luna es incandescente aunque no daña los ojos. La Luna cuenta que una vez la buscaba una niña a través de la ventana apenas abierta. Esa noche de furtivo anhelo la Luna había salido engalanada, igual que hoy, alumbrando a los seres vivos visibles e ilusionando a los seres todavía vivos escondidos; a los unos y los otros dispensaba una fantasía de color.
    A corta distancia de la ventana por la que casi asomaba una joven mujer, una niña hecha mujer a la fuerza en realidad, alentaba su paciencia un gato veterano de dueño ido, lánguido en un tejado de artística inclinación. Por debajo, en la calle, no hablaba nadie aconsejando a un amigo sobre la conveniencia de elegir la oportunidad propicia para viajar ese viaje soñado, ese viaje impuesto, a la ciudad de la luz; o a la persona adecuada para obsequiarle unas flores compradas o tomadas.
    La percepción en calma. La prudencia al acecho; ahora es, pero después no se sabe.
    La mujer que era niña prolongaba su desvelo para sentirse gratamente a solas con la perfecta efigie de la Luna.
 
El poeta escribe desde el instinto, certeramente acompañado por la intención.
    El narrador cuenta que en una noche de aliada naturaleza un libro de poemas nace y crece hasta redondearse como la luna en lleno; provisto de recuerdos, que son mágicas evocaciones, perdurables y perpetuados, que adquieren carta de naturaleza porque esta ocasión es sentimental.
    Describe el poeta con su poesía el amor antiguo, el amor renovado, el amor que siempre será mientras lo cante, lo busque y lo atrape un poema. Amor que es añoranza y que es consuelo. El poeta persigue con denuedo y también obsesión ese incógnito afán acogido en cada una de las postas que jalonan la experiencia. Y se pregunta y se responde con la voz de las horas que escriben los días que faltan o que han pasado o que son imposibles; y mira con los ojos cerrados y con los ojos abiertos; y ofrece la redención con una esperanza inagotable que pronuncia la voz de su genio.
 
El poeta obra milagros, deduce el narrador. El poeta conmueve, afirma el narrador. Hoy la Luna es gentil con la evocación de una niña que aspiraba a ser mujer con los años. Hoy el viento bueno regala a la niña su luna, la luna de los niños. Hoy la Luna se deja menguar para ser cuarto donde una niña siente su ilusión y su edad.
    Desde su atalaya, Ana ve el mundo un instante; un instante ciego para el mundo; un instante de cómplice encubrimiento.
    El viento bueno y la Luna mecen los lazos con los que se trenzan los propósitos.
    El poeta mira con los ojos del alma para ver esa misma Luna donde por un segundo nadie muere.

jueves, 23 de julio de 2015

Reconocimiento a la abnegación



A LAS DOTACIONES DE LA FLOTA


(Alocución del Almirante Jefe de la Flota Nacional, Francisco Moreno Fernández, con motivo de la toma de Málaga 8 de febrero de 1937 por las tropas nacionales)

Por primera vez desde mi nombramiento para el mando de la Flora Nacional me dirijo a vosotros, tripulantes de todos estos buques, que con tanta firmeza y entusiasmo desempeñáis vuestro cometido en esta dura campaña. Y he querido hacerlo precisamente en esta ocasión porque entiendo que la reconquista de Málaga, en la que habéis tomado parte muy directa, marca una etapa muy importante en el desarrollo de las operaciones navales.

Todos sabéis las condiciones en que empezó para nosotros esta guerra, condiciones que difícilmente se encontrarán en la Historia de las Marinas mundiales desde muchos siglos atrás. Sublevada la Flota, vilmente asesinados multitud de jefes y oficiales, sólo quedaron en nuestras manos desde los primeros momentos un crucero desorganizado por la revuelta, un acorazado arrinconado en el Arsenal de Ferrol desde cinco años atrás, nido de intrigantes y traidores, un destructor antiguo y averiado y unos cuantos cañoneros y torpederos. Con los buques en construcción Canarias (crucero Canarias), Baleares (crucero Baleares) y minadores, no parecía humanamente posible poder contar en mucho tiempo. Frente a esto, el enemigo nos oponía un acorazado en completo armamento, tres cruceros, catorce o dieciséis destructores, doce submarinos y la gran mayoría de buques auxiliares.

Han transcurrido seis meses desde aquellos días memorables. El Cervera (crucero Almirante Cervera) primero, el viejo España (el acorazado arrumbado en Ferrol) por un esfuerzo prodigioso casi inmediatamente después y con ellos el Velasco (destructor), las primeras campañas en el Norte, los ataques a Gijón y San Sebastián (finales de julio a mediados de octubre de 1936), las amenazas de los mejores submarinos rojos enviados apresuradamente a los puertos del Cantábrico (mediado agosto de 1936), la lucha con las continuas averías, propias de un material gastado y servido por voluntarios llenos de entusiasmo pero sin la menor experiencia. En el Sur, bloqueados en indefensos Cádiz, Ceuta y Algeciras; cerrados al tráfico los ríos de Sevilla y Huelva; las tropas de África con la excepción de aquel célebre convoy marítimo (el convoy de la Victoria, el 5 de agosto de 1936), prodigio de audacia y de valor, pasando trabajosamente el Estrecho transportados por la Aviación.

Pasa septiembre; la ocupación de Guipúzcoa decide a los dirigentes rojos a acudir en auxilio de Bilbao, amenazado de cerca, y aquella Flota que pudo haber sido omnipotente, emprende su famoso viaje al Cantábrico (25 de septiembre al 13 de octubre), ocultando su vergüenza e impericia con un resguardo de 120 millas a la costa de Portugal. Llega a su destino al fin, pero en el intervalo y por otro prodigio de improvisación y de actividad, el Canarias prueba sus instalaciones de tiro y pocos días después, sin artillería media, sin defensa contra aviones, en las condiciones en fin que todos conocéis, unido al Cervera, caen de improviso en el Estrecho (29 de septiembre de 1936) y con un solo golpe abren definitivamente los puertos bloqueados, aseguran el transporte de las fuerzas de África y dejan al enemigo bajo una impresión de terror de la que, al parecer, no se ha recobrado todavía. La Flota Roja, amenazada a su vez en Bilbao por los aviones de bombardeo, se decide a bajar de nuevo al Mediterráneo para encerrarse en su cubil de Cartagena, en la misma forma y con iguales precauciones con que se había trasladado al Cantábrico, esto es, cautelosamente, lejos de tierra, esquivando el encuentro con los dos cruceros que valientemente salieron a buscarla lejos de Cádiz (del 16 al 19 de octubre de 1936), interponiéndose en la derrota que lógicamente debía seguir.

Mientras tanto se organiza la defensa de Cádiz y el Estrecho, surgen las heroicas flotillas de pesqueros armados, se improvisan minadores y cruceros auxiliares y el Canarias, solo unas veces, con el Cervera otras, lleva a cabo sus largos cruceros mediterráneos sembrando el pánico en los puertos y cortando la afluencia de vapores contrabandistas, muchos de los cuales esperan semanas enteras para hacerse a la mar por temor a un enemigo en muchos casos imaginario. Nada importa que en estas incursiones no se haya obtenido el rendimiento positivo que era de desear; el enemigo dispone de muy buena información, cuenta con puertos amigos a muy corta distancia de nuestro litoral de Levante, y con los elementos con que actuamos no es posible aspirar a otra cosa; fueran veinte los cruceros disponibles y el contrabando, dada la extensión del litoral, no podría cortarse en absoluto.

Y con esto llegamos a las operaciones que acaban de terminar con la ocupación de la línea de costa entre Estepona y Motril; con el apoyo decisivo de los buques a la columna de Estepona, primero, y a la de Marbella después, hasta dejarla a las puertas de Málaga; con la interrupción de las comunicaciones costeras, las más francas y directas que ha impedido la llegada de refuerzos a Málaga y contenido el éxodo lastimoso de la población civil obligada a marchar hacia Levante en interminable caravana por las cobardes milicias que, incapaces de defender la capital, desatan su ira sobre seres indefensos. Todo esto es obra de nuestro esfuerzo, sin que bastaran a impedirlo ni los repetidos ataques de la aviación ni la posible amenaza de los submarinos ni la eventualidad de una aparición inesperada de la Flota Roja, con su docena de destructores, que sin duda ha creído mejor reservarse para otra ocasión.

Tal ha sido, en líneas generales, la actuación de la Flota Nacional hasta el momento presente; actuación oscura, ingrata, agotadora, sin el aliciente de la lucha abierta que suelta los nervios en tensión. Yo sé que todos, desde el primero hasta el último, deseáis que llegue ese momento y sé también que, si esto ocurre, la fuerza formidable que representan estas dotaciones impulsadas por el patriotismo más puro y forjado durante seis meses de trabajos sin cuento, sabrán vencer, con la ayuda de Dios, todos los obstáculos. Pero si el enemigo no quiere depararnos esa ocasión, no por eso hay que desesperar; ese trabajo silencioso, desconocido y sin embargo de importancia capital para la resolución de la guerra debe ser vuestro principal título de gloria. No esperéis nunca el aplauso clamoroso que el vulgo sólo concede a lo que entra por los ojos; las marchas, las trincheras, el combate en fin con toda su fuerza dramática; en la inmensa mayoría de las campañas navales de todas las Marinas ha ocurrido siempre lo mismo. Es vuestra conciencia de españoles la que os recompensará con creces, y el día en que se escriba la historia de esta guerra tengo la seguridad de que se hará justicia plena a la gesta heroica de estos buques, mil veces gloriosos, que están rescatando palmo a palmo el honor y el prestigio de la Armada, de esta legendaria Marina Española traicionada vilmente por una minoría de miserables asesinos que supo arrastrar a toda una turba de vulgares ambiciosos o acobardados ignorantes, lógico fruto de una política criminal que durante cinco años puso todo su empeño en hundir a la Patria en la abyección y en la barbarie. ¡ADELANTE Y ARRIBA ESPAÑA!

Francisco Moreno Fernández

lunes, 20 de julio de 2015

La persuasión



La persuasión, sea honesta o artera, aúna capacidad y técnica para obtener un fin.

 

Contemplada como un arte digno de elogio el capacitado para persuadir o una artimaña merecedor de reproche quien se valiera de tretas o falacias para persuadir, la codiciada persuasión alcanza el rango divino, personificada como una deidad a la que se rinde culto y tributo, para solicitar y agradecer, a partes iguales. Los sofistas griegos le concedieron gran importancia, y asimismo sus descendientes en la praxis.
    Con el fin siempre latente y no pocas veces manifiesto de persuadir (expresado de otra manera de llana comprensión: para lograr la obediencia del sujeto persuadido, para convencer al oyente o al interlocutor de que lo que se propone y anuncia debe ser aceptado), los sofistas desarrollaron y validaron las reglas de la discusión y de la retórica.
    Al practicarse la persuasión arte o artimaña en  detrimento de la verdadera demostración (que no solamente conduce a la persuasión, sino a la certeza), y al sacrificarse de este modo la verdad de lo dicho a la aceptación de lo dicho, se origina una situación a la que reiteradamente se opuso Platón desde sus numerosos ataques, orales y escritos, a la sofística.
    No obstante, también Platón llegó al convencimiento de que no se puede descartar el arte de la persuasión si es arte como una escenificación inútil, vacua, insustancial y alejada de una finalidad aceptable tanto en lo ético como en lo estético. De ahí el empeño reflexivo por distinguir entre la falsa persuasión y la persuasión verdadera y en consecuencia legítima; apartada esta última del mero bregar verbalmente con el oyente o el interlocutor elegido en el intento de conducir su alma por la vía de la verdad.
    Una conducción pedagógica denominada psicagogía. Esta persuasión legítima, determinada como verdadera, incluso como intrínseco a la condición humana cuando se persigue un propósito que nada contradice para renunciar a él, deviene en una técnica educativa. El maestro enseña a persuadir persuadiendo, muestra la eficacia de la teoría con la mejor práctica, con el más adecuado ejemplo.
    Sirva precisamente como ejemplo idóneo un pasaje del Timeo platónico:
"El universo fue engendrado por una combinación de la necesidad y la inteligencia. Dominando a la necesidad, la inteligencia la persuadió a que orientara hacia lo mejor la mayor parte de las cosas que nacen. Y de este modo, el universo, se formó desde el principio por la sumisión de la necesidad a la persuasión inteligente."
    Cierto que el texto seleccionado acoge en su pragmática brevedad mito y metáfora. Tradicionalmente el mito y la metáfora, también la parábola o la fábula, han sido y son medios didácticos para el aprendizaje. Sin que falten voces de mayor o menor autoridad en desacuerdo con estos recursos, al exponer que aunque la inteligencia fuese capaz de persuadir no sería la necesidad la persuadida. Alegan que la necesidad es justamente la necesidad, y tiene que seguir sus propias vías sin deberse o atender comparativamente a las persuasiones, vengan de donde vengan.
    Otras voces con mayor o menor autoridad que las anteriores, inciden como réplica en que Platón no entiende la necesidad como un conjunto de leyes según las cuales las cosas tiene lugar ordenadamente. Si tal ocurriera, alegan por su parte, este orden tendría una finalidad por lo que no sería menester persuadir a la necesidad. La persuasión, concluyen, interviene porque la necesidad representa aquí lo que Platón ha llamado la causa errática. Desde esta perspectiva se afirma que la necesidad por sí misma no puede llegar a un orden, con lo que la inteligencia debe mediar fiscalizando una intervención diríamos ejecutiva para un discurrir oportuno y beneficioso. La inteligencia persuade a la necesidad para que posibilite el advenimiento del orden; factor imprescindible que es para Platón, en gran medida, una causa final.
    La idea de la persuasión no se limita a introducir un designio, sino que actúa para que semejante designio pueda operar teniendo en cuenta aquello sobre lo cual influye o va a influir. Entendamos la necesidad como materia (los movimientos de los cuatro elementos con los cuales se forma un orden universal). Pero como la necesidad de los movimientos de la materia es aleatoria, caprichosa, el origen se halla viciado; es un origen espurio.
    Se deduce del planteamiento que el verdadero orden se obtiene al combinar tales movimientos, a veces veleidosos, con el designio, la voluntad, de modo parecido a como el artista retomado el concepto de arte enfrentado a la utilidad de la artimaña combina su designio, su voluntad, su intención, su propósito, con la materia sobre la cual trabaja.
    La persuasión no es un mandato, en sentido estricto, sino el modo como se opera cuando se quiere obtener un fin. La necesidad, entonces, cede a la persuasión como la materia transige, obedece, al artista; siendo materia, pero adquirida una forma que deviene en orden, el orden sustancial. La inteligencia educa a los elementos guiándolos a ese buen fin legítimamente propuesto.
 
De vuelta al insoslayable plano humano, cabe señalar que el problema de la persuasión se ha planteado en todas las ocasiones que han suscitado las cuestiones fundamentales de la retórica. Descuidadas por los pensadores durante varias décadas, las cuestiones de referencia quedaron ocultadas por los capciosos asuntos de la demostración y de la prueba, dándose por sentado que probar y persuadir son o tienen que ser lo mismo.
    Persuadir no es lo mismo que convencer; como tampoco es lo mismo la retórica que la dialéctica. Desde la perspectiva del resultado, puede considerarse la convicción como un primer estadio que lleva a la persuasión; mientras que desde la perspectiva del carácter racional de la adhesión se estima que convencer es previo a persuadir.
    La misma complejidad del estudio propone, o posibilita, una distinción entre argumentación persuasiva y argumentación convincente, estimando que la argumentación persuasiva no va más allá del particularismo, reducido auditorio, en tanto que la argumentación convincente presenta un carácter genérico, universalista, abarcando a todo ser racional. Como los auditorios son siempre particulares, es comprensible que haya diversos tipos de persuasión y, por tanto, de argumentación persuasiva. El, digamos, auditorio universal para todos los públicos racionales tiende a la idealización; a una amplitud probablemente desaforada.
    Cada cual ha de concebir una argumentación persuasiva adecuada al propósito y al auditorio, particular o general, desplegando una capacidad inductora (moviendo, u obligando si lo demanda un condicionante estado de necesidad que impide la aprehensión o el juicio del fundamento expuesto por parte del oyente o interlocutor) con razones fuera de toda especulación que consigan en aquel destinatario creer u obrar.

viernes, 17 de julio de 2015

La Pascua Militar



El 7 de febrero de 1782 la isla de Menorca retornaba a soberanía española, tras el victorioso despliegue de las tropas nacionales, contra las británicas de ocupación, embarcadas en la escuadra hispanofrancesa aprestada a tal fin compuesta por 52 velas que llevan a bordo 8.000 soldados.
El rey Carlos III tenía motivos para la satisfacción y quiso extenderla al Ejército de España la metrópoli y el resto del Imperio, también como muestra de aprecio personal. Ordenó a los Virreyes, Capitanes Generales y Gobernadores que en la festividad de los Reyes Magos (6 de enero) reuniesen a las guarniciones y presidios y notificasen, en su nombre, a los Jefes y oficiales de sus Ejércitos su regia felicitación por la Pascua, y las mercedes que se había dignado concederles con ocasión de la fiesta; que en adelante debía llamarse Pascua Militar.
Desde ese momento hubo concesión de títulos nobiliarios, ascensos, condecoraciones, regalos y, para los huérfanos e hijos de militares, bandoleras de Guardia de Corps, charreteras de subteniente, cordones de cadete; y destinos sustanciosos para veteranos generales, como los de Administrador de Órdenes Militares, de Maestranzas de Caballería y de fincas del Real Patrimonio.
La fiesta fue solemne en todas partes; una fiesta ampliada a la tropa según dispusieron los coroneles. Explica el historiador militar y literato, general Luis Bermúdez de Castro y Tomás, que el sentido del acontecimiento, la Pascua Militar, era a la inversa de la costumbre: consistía en que fuese el rey quien cumplimentara a la oficialidad y ésta quien lo hiciera a la tropa. En Madrid y en los virreinatos, capitanías y gobiernos, la oficialidad acudía a los palacios no a la manera de los besamanos desfilando por delante del rey o de la autoridad superior sino reuniéndose en la estancia más capaz para ello y saliendo el monarca o las autoridades respectivas a saludar, felicitar y conversar con los oficiales. Por la noche se celebraban banquetes, exclusivamente militares, ofrecidos por la superioridad.
Con el paso del tiempo, la fiesta como tal fue adaptándose a las circunstancias políticas de cada época, pero conservando la característica de ser los inferiores los agasajados. El rey Fernando VII, que creó la Guardia Real para sostener el absolutismo, porque desconfiaba del resto del Ejército, limitó el agasajo a los oficiales de dicha Guardia.
Dentro de los cuarteles la celebración de la Pascua Militar no decaía. Los oficiales organizaban retretas (fiesta nocturna en la cual recorren las calles tropas de diferentes Armas, con faroles, hachas de viento mechas de esparto y alquitrán, músicas y a veces carrozas con atributos varios), cabalgatas y cortejos enmascarados, con la presencia de los Reyes, barbudos, y las bandas, cuyos instrumentos no siempre los tañían sus propietarios para que en vez de sonido de ellos se extrajera estruendo. Se repartía entre la tropa petacas, pipas, carteras, bolsillos, navajitas, espejos, lapiceros y hasta algún que otro reloj; todo abundantemente regado con vino peleón y sahumado con humo de puros mataquintos, especialidad de la Renta de Tabacos.
Esta costumbre pintoresca y alegra, que jamás arriesgó la imprescindible disciplina en el espíritu castrense, desapareció. Los últimos afortunados en celebrarla fueron los seis batallones de Cazadores de la Brigada de Madrid; el alcalde acostumbraba obsequiar al batallón que llevaba el nombre de la Villa y Corte con sendos pellejos de vino pardillo, madrileño y excelente.


La fiesta de Reyes revive desde hace algo más de medio siglo. La tradición de la Pascua Militar ha vuelvo con la esencia de su origen y permanecerá mientras España sea una Nación orgullosa de su Historia. El principio de la fiesta ha revestido una delicadeza, una finura de sentimientos, un estilo y una forma tan hidalga y conforme con la entraña de la profesión de las armas que es intrínseca a los fastos militares.
Tras un prolongado silencio y una equivalente oscuridad, en el renacer de la fiesta los ancianos soldados, de dilatado servicio a la Patria en todos los frentes, han ido recibiendo de sus compañeros en activo el homenaje que compensa de las épocas de indiferencia, abandono y menosprecio. Reciben los veteranos la prestancia de un servicio marcial y el fondo de una reverencia caballeresca, tan a tono con los hábitos de las Instituciones Militares. Si en las filas la antigüedad es un grado, también lo es en aquellos militares que ya no aguardan otros honores que los que la Ordenanza manda tributar a sus muertos.
El poeta Ramón de Campoamor escribe de la música militar: "Se pierde el eco y se conserva el son".
El militar que cesa en su profesión que ha sido su auténtica vida, que toda su vida se ha supeditado a esa vocacional función, porque así, o con la muerte digna del servicio, lo determina el inexorable paso del tiempo pierde siempre. Es un árbol transplantado de la tierra en que creció, recibiendo el oxígeno del fuero de guerra y dando el fruto de su constitución espiritual. No volverá a vestir los arreos que le eran habituales ni a ostentar las cruces y medallas de los días solemnes, pequeñas vanidades que halagan a la juventud y honran a la vejez. Fuera del servicio es otro hombre con la razón de vivir arrancada. Pero cuando sienta el sonido de la milicia y vuelva a ver la bandera por la que habría dado la vida, y tal vez dio su sangre, asomará a su mirada anciana el llanto de la emoción por una vida dedicada a su amparo.


Hace más de tres décadas (finalizando la primera del siglo XXI) que el acto institucional de la Pascua Militar tiene lugar en el Salón del Trono del Palacio de Oriente de Madrid. Para tan solemne ocasión y en marco tan apropiado, el Rey de España, la familia real, el Presidente del Gobierno, el Ministro de Defensa, ministros y autoridades civiles, la Asociación de Veteranos y la Hermandad de Caballeros Mutilados de Guerra por la Patria y una nutrida representación de los tres Ejércitos de las Fuerzas Armadas, así como de todas las jerarquías y empleos militares, se reúnen para la tradicional celebración donde se inicia el año militar y se analiza a modo de balance el año anterior a la par que se marcan las líneas de acción, nacionales y en el exterior, a desarrollar en el que comienza.
En el fondo del Salón y como testigo del solemne acto, el Valor Heroico, representado por los miembros de la Real y Militar Orden de San Fernando, fundada en 1811 a iniciativa de las Cortes de Cádiz. Se alinean los Caballeros Laureados y Medallas Militares como testigos vivos del reconocimiento al valor heroico y el muy distinguido, como virtudes que, con abnegación, invitan a acometer acciones excepcionales o extraordinarias, individuales o colectivas, siempre en servicio y beneficio de España. En el acto, se imponen condecoraciones militares a aquellos civiles y miembros de las Fuerzas Armadas que a ellas se han hecho acreedores durante el año vencido.


jueves, 16 de julio de 2015

Camino de sabiduría y camino de santidad



Domingo de Guzmán fue un monje español, de la orden benedictina, que vivió en el siglo XI, entre los años 1000 y 1073. Prior de San Millán de la Cogolla y abad del monasterio de San Sebastián de Silos. El lema de su orden es ora et labora: reza y trabaja. Alcanzó la santidad con el nombre de Santo Domingo de Silos.
El profesor David López Vizcaíno analiza el cuadro del pintor español Bartolomé Bermejo: Santo Domingo de Silos entronizado como abad (1474-1477), Museo del Prado, Madrid, y desde su contemplación expone en síntesis los dos caminos que el santo ofrece: el de la sabiduría y el de la santidad.
 

El primer camino es el de la sabiduría

 
La sabiduría se alcanza poniendo en práctica tres acciones: estudiar, reflexionar y conocer.
Estudiar el Verbo divino: Santo Domingo de Silos lee un libro cristiano.
Reflexionar: Santo Domingo de Silos hace un descanso en la lectura para su asimilación.
Conocer: Santo Domingo de Silos con su mirada invita al espectador a que conozca su interior y que conozca al prójimo.
 

El segundo camino es el de la santidad

La santidad se alcanza poniendo en práctica las siete virtudes cristianas, las tres teologales: fe, esperanza y caridad; y las cuatro cardinales: justicia, fortaleza, prudencia y templanza.
Fe, con mitra, báculo y cáliz. Fe es creencia, confianza y abandono en Dios Señor uno y trino. En Dios la verdad indubitable, la bondad inagotable y la justicia clemente. Verdad, bondad y justicia universales.
Esperanza, con un arbolito en la mano. Esperanza es no morir nunca porque se vive en Dios Señor.
Caridad, protegiendo a los desvalidos. Caridad es mostrar la generosidad y consuelo de Dios Señor al prójimo necesitado de amor.
Justicia, sosteniendo la balanza y la espada. Justicia es evaluación de actos y búsqueda de Bien.
Fortaleza, manteniendo a raya al demonio. Fortaleza es firmeza en los principios rectos enseñados por Dios Señor y rechazo del Mal.
Prudencia, leyendo un libro mientras se ilumina con una tea. Prudencia es reflexión antes de actuar para buscar el Bien y evitar el Mal.
Templanza, se sirve vino con moderación. Templanza es ánimo sereno en los actos y ante la adversidad y la victoria.

 

 

Epitafio en el sepulcro de Santo Domingo de Silos


En esta tumba se halla quien goza de la luz divina,

llamado Domingo, de nombrada fama,

a quien Cristo envió al mundo como espejo de perfección,

para animar a los buenos y corregir los malos.

Cuando el inicio del invierno da el solsticio a la tierra

es arrebatado al mundo y se une al Señor.

Defienda éste su grey, que con mente segura le es fiel

y guiando ahora a los suyos, los lleve después hasta el cielo.

lunes, 13 de julio de 2015

Reunidos en armonía

 

En un bosque de antigua cultura. En lo profundo de un bosque, inmarcesible por imaginario, posan ajenos al humano supuesto los elementos animales de la venación. Son tres: cérvido, cánido y deidad flanqueada.
    Cuenta la diosa a su hueste y a sus símbolos, inseparable de ambos, que ella protege la inocencia y la virtud. Luminosa en el claro de Luna, susurra ella a tan perspicaces oídos que su ropaje es breve, categórico su instinto y su intención la de amparo.
    En las ocasiones preceptivas que impone su dignidad, viste una túnica larga argentada y un velo largo plateado. Luce destellos de Luna su paso.
    El cérvido y el cánido demoran complacidos la suposición. Sus huellas no muestran prisa y sus finos olfatos no alertan de un peligro cercano o una amenaza inminente.





Anónimo (atribuido a Jean Goujon): Diana y el ciervo (1554).

jueves, 9 de julio de 2015

Las capitulaciones para la rendición de Granada



Refiere en un concienzudo estudio cronológico el historiador Luis Suárez Fernández, gran conocedor de la vida y la obra de los Reyes Católicos, que desde el mes de agosto de 1491 cesaron prácticamente las operaciones militares en torno a la ciudad de Granada y aun en el resto del territorio bajo su dominio; excepto escaramuzas de caballeros, tanteos sin trascendencia táctica. Habían comenzado las negociaciones, aunque llevadas con tanto secreto que de haberse extraviado el archivo de Fernando de Zafra, que guardó las cartas más importantes que entonces se cruzaron, hoy serían desconocidas. En ellas intervinieron, además del citado administrador y secretario Zafra, tres granadinos notables: el visir Abu-l-Qasím el-Muleh, el alguacil Yusuf ibn Comixa y el alfaquí Muhammad el Pequeñi (o Pequení). Cierto Ahmed Uleylas actuó como mensajero de confianza entre ambos bandos.

Sus católicas majestades procedieron con estos negociadores al igual que con los embajadores de países amigos, repartiendo regalos, singularmente de paños y sedas probablemente también caballos, según era costumbre. Parece que la causa de la ruptura, que impidió ya en 1490 la entrega de Granada, fue la negativa de Fernando e Isabel a conceder a Abu 'Abd Allah Muhammad Boabdil el Chico la ciudad de Guadix o la de Alhama como cabeza de su señorío (el que exigía en la negociación celebrada aquel año en Sevilla y Córdoba para salir de la disputada ciudad, final de la Reconquista).

Iniciado el año 1491, Boabdil trataba de establecer unas bases favorables en lo posible para su persona e intereses en el futuro acuerdo de rendición. Los Reyes Católicos, sabiéndose vencedores antes que después, innecesaria la prolongación de la guerra, más o menos activa o cruenta, una vez consolidado el asedio a la ciudad de Granada, pidieron a Boabdil que indicara el plazo definitivo en que estaba dispuesto a entregar las llaves. Según parece, en agosto o primeros días de septiembre, Abu-l-Qasím estuvo en el campamento cristiano con la propuesta de procurar la entrega en mayo de 1492. Fernando, el rey católico, la rechazó amenazando con romper las negociaciones. Por su cuenta, el Muleh rebajó el plazo a cinco meses, hasta finales de febrero, jurando "por Dios y por mi ley, que si pudiese llevar Granada a cuestas, yo la llevase a sus altezas" y "que Dios me destruya si miento".

El 11 de septiembre de 1491 los Reyes Católicos apremiaron a Boabdil: era llegado el momento de hacer efectivas las promesas que tantas veces de él recibieran desde 1487, acelerando la entrega a un plazo admisible para la paciencia. Pero, como advertía Muhammad el Pequeñi, el 'amir necesitaba tiempo para vencer la resistencia de sus súbditos, pues "las ciudades grandes no se toman sino con buenas mañas y con buenas blanduras". Para tal resistencia doblegar, salvando varias papeletas, pedía recursos dinerarios y humanos abundantes: para sí, para Comixa y para Abu-l-Qasím. Los altos magistrados granadinos pretendían disfrutar en el futuro de algunas de las ventajas que sus cargos les otorgaban en el presente.

 

El 25 de noviembre del año 1491 se firmaban las capitulaciones para la entrega de Granada. Las cartas que comunicaron a todas las ciudades del reino aquella entrega expresaban inequívocamente que se iba a recobrar los que los musulmanes habían "tenido y ocupado por más de 780 años".

'Abu-l-Qasím firmó en Santa Fe, el campamento real, los tres documentos en que se contenían las condiciones para la entrega de la ciudad y las indemnizaciones, respectivamente, a Boabdil y a los que intervinieran en la capitulación.

El-Muleh, en nombre de Boabdil, había presentado unas largas peticiones que Fernando e Isabel aceptaron casi en su totalidad lo que demuestra que estaban acordadas de antemano y que luego pasaron a convertirse en solemne privilegio rodado el 30 de diciembre de 1491. Esencialmente se trataba de una transmisión de soberanía sobre la ciudad y el territorio, disponiéndose de sesenta días para efectuarla en Granada y de treinta días más en las Alpujarras; 500 rehenes, entre ellos Yusuf ibn Comixa, garantizaban el cumplimiento de la obligación.

Explica el historiador Miguel Ángel Ladero Quesada que una vez recibida la soberanía, los Reyes garantizaban, sin tener en cuenta las diferencias de religión, todas las libertades que como a súbditos correspondían a los granadinos, añadiendo que no se les pondría bajo dependencia de autoridades que pudieran serles hostiles, como recaudadores judíos o antiguos colaboradores de al-Zagal. Se ofrecía una reconciliación completa en una doble perspectiva: a las nuevas autoridades que se constituyesen se daría traslado solemne de las capitulaciones para que, conservándolas, tuviesen las concesiones como permanente punto de referencia; se otorgaba amnistía para cualquier delito anterior y ni siquiera se exigiría responsabilidad a los musulmanes por los cautivos cristianos que hubiesen vendido en África.

Los Reyes Católicos prometían, en cambio, dar libertad a todos los cautivos musulmanes en el plazo de cinco meses, en Andalucía, o de ocho, en Castilla. Entre tanto, si alguno de estos cautivos huía a Granada o su tierra no sería molestado; al menos 600 cautivos fueron liberados.

Esta liberación, destinada únicamente a los granadinos y no a cualquier musulmán, pagada con cargo a la Hacienda pública, provocó en adelante litigios, querellas y fraudes, pues algunos mudéjares y africanos pretendieron ser granadinos para obtener los beneficios. Los bienes muebles e inmuebles se consolidaban en el estado en que se encontrasen en el momento de la capitulación.

Todos los castillos, torres y puntos fortificados pasaban a poder de oficiales del Rey. A los musulmanes se les permitía conservar caballos y armas, excepto "tiros de pólvora". Esta condición, de marcado carácter moral y magnánima disposición, demostraba a los nuevos súbditos que no se les consideraba perdedores. Pero como entrañaba riesgos que debían evitarse, unos meses después, Fernando de Zafra y el corregidor, aprovechando un periodo de escasez, cambiaron a los habitantes de Granada sus armas por trigo.

 

Las capitulaciones garantizaban la constitución de una libre comunidad de súbditos musulmanes, distinta de la de los mudéjares de Castilla, que tenía sus propias autoridades, y distinta también de la de Aragón. La religión, o creencia religiosa, y las leyes, o normas de comportamiento social de obligado cumplimiento, por las que se regulaban ciertas relaciones fueron declaradas bajo el amparo y la seguridad de los propios monarcas.

A ningún converso al islam, denominados "elche", se le exigió el retorno a su antigua fe y ni siquiera los conversos que habían vuelto a la fe judía fueron castigados: se les dio plazo para que emigrasen a África. De hecho, durante los años siguientes toda la administración judicial, de gobierno local y de mercado, continuó en poder de musulmanes como si no hubiera tenido lugar el cambio de manos; el dominio cristiano se limitaba a ser una superestructura política y militar.

Los Reyes Católicos declararon que no percibirían otros impuestos que aquellos establecidos por los antiguos 'amires (emires). Para aliviar las fatigas de la guerra se eximió a Granada y sus arrabales, durante tres años, del pago de tributos por casas y heredades. Las propiedades quedaron garantizadas, incluyéndose la inviolabilidad de domicilios: ningún cristiano podía entrar en casa de un musulmán salvo invitado por éste y los granadinos quedaron exentos de la obligación de admitir huéspedes. El trabajo sería libre y remunerado: la misma libertad se otorgaba al comercio con África.

Estas cláusulas de generosidad sorprendente, fruto probablemente de la impaciencia por lograr una capitulación espontánea y hasta gozosa, deduce Luis Suárez Fernández, crearon múltiples problemas. La repoblación, necesaria para garantizar el dominio del territorio, no podría hacerse más que utilizando tierras de emigrantes o patrimonio real, que pasaba, junto con la soberanía, a poder de los monarcas.

Planeaba una flagrante contradicción que auguraba conflicto y violencias, antes o después. Si la unidad de la Monarquía se confiaba al fundamento de la fe católica y se admitía que en Granada los súbditos fuesen musulmanes ejercientes, la paradoja estaba servida. Pudiera ser que Isabel y Fernando confiaban en que la mayor parte de los granadinos dispusieran del plazo trienal para incorporarse a África sin gasto alguno. Ciertamente fue grande el número de pasados al continente africano, pero no suficiente para eludir la paradoja y sus consecuencias.

 

En las negociaciones particulares con Boabdil apareció configurada una especie de reserva islámica, separada del mar e instalada en la incómoda, áspera, zona de las Alpujarras. No obstante, se concedía a Boabdil un vasto territorio: las tahas (taha: comarca, distrito) de Berja, Dalia, Márjena, El Boloduy, Luchar, Andarax, Subiles, Ugíjar, Órgiva, El Jubeye, Ferreira y Poqueira, más la promesa del puerto de Adra cuando hubiese sido privado de sus fortificaciones; se le regalaba 30.000 castellanos de oro y quedaba eximido de cualquier tributo que hubiera correspondido pagar a las propiedades que formaban el patrimonio de su familia. Desde esos lugares Boabdil y los suyos podrían comerciar libremente con los puertos de África.

A 'Abu-l-Qasím el-Muleh y a Yusuf ibn Comixa, en remuneración por los trabajos que habían sufrido al lograr la firma de las capitulaciones, dieron los Reyes las tahas de Lecrín y Lanjarón, la aldea de Mala, alquerías y tierras en Pullana, Otura, Quentar y Cacín, las salinas de Mala y dalia, franqueza de impuestos y 20.000 castellanos de oro.

Muhammad el Pequeñi únicamente pidió mantener su oficio de cadí, referido a las Alpujarras; los Reyes añadieron la Alquería de Dilar para sostenimiento de su casa.

Las cláusulas de carácter general, repetidas con más detalle en estos acuerdos particulares, ofrecen el envés de lo pactado, una presunción: Fernando e Isabel confiaban en la conversión de un gran número de granadinos, especialmente entre el pueblo llano, a medida que fuesen patentes las ventajas del cambio de religión y que progresasen las actividades de los predicadores. Tenían adquirido un compromiso con Boabdil, el visir y el alguacil, según el cual ellos, y sólo ellos, adquirirían las vastas propiedades que ahora les reservaban. Seguramente estaban convencidos de que la vida, en aquella reserva alpujarreña, teniendo a la vista una ciudad como Granada, vivida y añorada, en la que no podían entrar, se les haría amarga por lo que preferirían liquidar todos los bienes, juntar el capital inmenso e ir a invertirlo en África entre musulmanes.

* * *

La capitulación de 1492 contenía 77 artículos. Entre las condiciones otorgadas por los Reyes Católicos al capitular con los moros granadinos destaca lo que sigue.


Primeramente, que el rey moro y los alcaides y alfaquíes, cadíes, meftíes, alguaciles y sabios, y los caudillos y hombres buenos, y todo el común de la ciudad de Granada y de su Albaicín y arrabales, darán y entregarán a sus altezas o a la persona que mandaren, con amor, paz y buena voluntad, verdadera en trato y en obra, dentro de cuarenta días primeros siguientes, la fortaleza de la Alhambra y Alhizán, con todas sus torres y puertas, y todas las otras fortalezas, torres y puertas de la ciudad de Granada y del Albaicín y arrabales que salen al campo, para que las ocupen en su nombre con su gente y a su voluntad, con que se mande a las justicias que no consientan que los cristianos suban al muro que está entre el Alcazaba y el Albaicín, de donde se descubren las casas de los moros; y que si alguno subiere, sea luego castigado con rigor.

Que cumplido el término de los cuarenta días, todos los moros se entregarán a sus altezas libre y espontáneamente, y cumplirán lo que son obligados a cumplir los buenos y leales vasallos con sus reyes y señores naturales; y para seguridad de su entrega, un día antes que entreguen las fortalezas darán en rehenes al alguacil Jucef Aben Comixa, con quinientas personas hijos y hermanos de los principales de la ciudad y del Albaicín y arrabales, para que estén en poder de sus altezas diez días, mientras se entregan y aseguran las fortalezas, poniendo en ellas gente y bastimentos; en el cual tiempo se les dará todo lo que hubieren menester para su sustento; y entregadas, los pondrán en libertad.

Que siendo entregadas las fortalezas, sus altezas y el príncipe don Juan, su hijo, por sí y por los reyes sus sucesores, recibirán por sus vasallos naturales, debajo de su palabra, seguro y amparo real, al rey Abí Abdilehi, y a los alcaides, cadíes, alfaquíes, meftíes, sabios, alguaciles, caudillos y escuderos, y a todo el común, chicos y grandes, así hombres como mujeres, vecinos de Granada y de su Albaicín y arrabales, y de las fortalezas, villas y lugares de su tierra y de la Alpujarra, y de los otros lugares que entraren debajo de este concierto y capitulación, de cualquier manera que sea, y los dejarán en sus Casas, haciendas y heredades, entonces y en todo tiempo y para siempre jamás, y no les consentirán hacer mal ni daño sin intervenir en ello justicia y haber causa, ni les quitarán sus bienes ni sus haciendas ni parte de ello; antes serán acatados, honrados y respetados d e sus súbditos y vasallos, como lo son todos los que viven debajo de su gobierno y mando.

Que el día que sus altezas enviaren a tomar posesión de la Alhambra, mandarán entrar su gente por la puerta de Bib Lacha o por la de Bibnest, o por el campo fuera de la ciudad, porque entrando por las calles no hayan algún escándalo.

Que el día que el rey Abí Abdilehi entregare las fortalezas y torres, sus altezas le mandarán entregar a su hijo con todos los rehenes, y sus mujeres y criados, excepto los que se hubieren vuelto cristianos.

Que sus altezas y sus sucesores para siempre jamás dejarán vivir al rey Abí Abdilehi y a sus alcaides, cadíes, meftíes, alguaciles, caudillos y hombres buenos y a todo el común, chicos y grandes, en su ley, y no les consentirán quitar sus mezquitas ni sus torres ni los almuédanos, ni les tocarán en los habices y rentas que tienen para ellas, ni les perturbarán los usos y costumbres en que están.

Que los moros sean juzgados en sus leyes y causas por el derecho del xara que tienen costumbre de guardar, con parecer de sus cadíes y jueces.

Que no les tomarán ni consentirán tomar ahora ni en ningún tiempo para siempre jamás, las armas ni los caballos, excepto los tiros de pólvora chicos y grandes, los cuales han de entregar brevemente a quien sus altezas mandaren.

Que todos los moros, chicos y grandes, hombres y mujeres, así de Granada y su tierra como de la Alpujarra y de todos los lugares, que quisieren irse a vivir a Berbería o a otras partes donde les pareciere, puedan vender sus haciendas, muebles y raíces, de cualquier manera que sean, a quien y como les pareciere, y que sus altezas ni sus sucesores en ningún tiempo las quitarán ni consentirán quitar a los que las hubieren comprado; y que si sus altezas las quisieren comprar, las puedan tomar por el tanto que estuvieren igualadas, aunque no se hallen en la ciudad, dejando personas con su poder que lo puedan hacer.

Que a los moros que se quisieren ir á Berbería o a otras partes les darán sus altezas pasaje libre y seguro con sus familias, bienes muebles, mercaderías, joyas, oro, plata y todo género de armas, salvo los instrumentos y tiros de pólvora; y para los que quisieren pasar luego, les darán diez navíos gruesos que por tiempo de setenta días asístan en los puertos donde los pidieren, y los lleven libres y seguros a los puertos de Berbería, donde acostumbran llegar los navíos de mercaderes cristianos a contratar. Y demás de esto, todos los que en término de tres años se quisieren ir, lo puedan hacer, y sus altezas les mandarán dar navíos donde los pidieren, en que pasen seguros, con que avisen cincuenta días antes, y no les llevarán fletes ni otra cosa alguna por ello.

Que pasados los dichos tres años, todas las veces que se quisieren pasar a Berbería lo puedan hacer, y se les dará licencia para ello pagando a sus altezas un ducado por cabeza y el flete de los navíos en que pasaren.

Que si los moros que quisieren irse a Berbería no pudieren vender sus bienes raíces que tuvieren en la ciudad de Granada y su Albaicín y arrabales, y en la Alpujarra y en otras partes, los puedan dejar encomendados a terceras personas con poder para cobrar los réditos, y que todo lo que rentaren lo puedan enviar a sus dueños a Berbería donde estuvieren, sin que se les ponga impedimento alguno.

Que no mandarán sus altezas ni el príncipe don Juan su hijo, ni los que después de ellos sucedieren, para siempre jamás, que los moros que fueren sus vasallos traigan señales en los vestidos como los traen los judíos.

Que el rey Abdilehi ni los otros moros de la ciudad de Granada ni de su Albaicín y arrabales no pagarán los pechos que pagan por razón de las casas y posesiones por tiempo de tres años primeros siguientes, y que solamente pagarán los diezmos de agosto y otoño, y el diezmo de ganado que tuvieren al tiempo del dezmar, en el mes de abril y en el de mayo, conviene a saber, de lo criado, como lo tienen de costumbre pagar los cristianos.

Que al tiempo de la entrega de la ciudad y lugares, sean los moros obligados a dar y entregar a sus altezas todos los cautivos cristianos varones y hembras, para que los pongan en libertad, sin que por ellos pidan ni lleven cosa alguna; y que si algún moro hubiere vendido alguno en Berbería y se lo pidieren diciendo tenerlo en su poder, en tal caso, jurando en su ley y dando testigos como lo vendió antes de estas capitulaciones, no le será mas pedido ni él esté obligado a darle.

Que sus altezas mandarán que en ningún tiempo se tomen al rey Ahí Abdilehi ni á los alcaides, cadíes, meftíes, caudillos, alguaciles ni escuderos las bestias de carga ni los criados para ningún servicio, si no fuere con su voluntad, pagándoles sus jornales justamente.

Que no consentirán que los cristianos entren en las mezquitas de los moros donde hacen su zalá (oración de los musulmanes) sin licencia de los alfaquíes, y el que de otra manera entrare será castigado por ello.

Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros ni sean recaudadores de ninguna renta.

Que el rey Abdilehi y sus alcaides, cadíes, alfaquíes, meftíes, alguaciles, sabios, caudillos y escuderos, y todo el común de la ciudad de Granada y del Albaicín y arrabales, y de la Alpujarra y otros lugares, serán respetados y bien tratados por sus altezas y ministros, y que su razón será oída y se les guardarán sus costumbres y ritos, y que a todos los alcaides y alfaquíes les dejarán cobrar sus rentas y gozar de sus preeminencias y libertades, como lo tienen de costumbre y es justo que se les guarde.

Que sus altezas mandarán que no se les echen huéspedes ni se les tome ropa ni aves ni bestias ni bastimentos de ninguna suerte a los moros sin su voluntad.

Que los pleitos que ocurrieren entre los moros serán juzgados por su ley y xara, que dicen de la Zuna, y por sus cadíes y jueces, como lo tienen de costumbre, y que si el pleito fuere entre cristiano y moro, el juicio de él sea por alcalde cristiano y cadí moro, porque las partes no se puedan quejar de la sentencia.

Que ningún juez pueda juzgar ni apremiará ningún moro por delito que otro hubiere cometido, ni el padre sea preso por el hijo, ni el hijo por el padre, ni hermano contra hermano, ni pariente por pariente, sino que el que hiciere el mal aquel lo pague.

Que sus altezas harán perdón general a todos los moros que se hubieren hallado en la prisión de Hamete Abí Alí, su vasallo, y así a ellos como a los lugares de Cabtil, por los cristianos que han muerto ni por los deservicios que han hecho a sus altezas, no les será hecho mal ni daño, ni se les pedirá cosa de cuanto han tomado ni robado.

Que si en algún tiempo los moros que están cautivos en poder de cristianos huyeren á la ciudad de Granada o a otros lugares de los contenidos en estas capitulaciones, sean libres, y sus dueños no los puedan pedir ni los jueces mandarlos dar, salvo si fueren canarios o negros de Gelofe o de las islas.

Que los moros no darán ni pagarán á sus altezas más tributo que aquello que acostumbran a dar a los reyes moros.

Que a todos los moros de Granada y su tierra y de la Alpujarra, que estuvieren en Berbería, se les dará término de tres años primeros siguientes para que si quisieren puedan venir y entrar en este concierto y gozar de él. Y que si hubieren pasado algunos cristianos cautivos a Berbería, teniéndolos vendidos y fuera de su poder, no sean obligados a traerlos ni a volver nada del precio en que los hubieren vendido.

Que si el Rey ti otro cualquier moro después de pasado a Berbería quisiere volverse A España, no le contentando la tierra ni el trato de aquellas partes, sus altezas les darán licencia por término de tres años para poderlo hacer, y gozar de estas capitulaciones como todos los demás.

Que si los moros que entraren debajo de estas capitulaciones y conciertos quisieren ir con sus mercaderías A tratar y contratar en Berbería, se les dará licencia para poderlo hacer libremente, y lo mismo en todos los lugares de Castilla y de la Andalucía, sin pagar portazgos ni los otros derechos que los cristianos acostumbran pagar.

Que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra a los cristianos o cristianas que antes de estas capitulaciones se hubieran vuelto moros; y que si algún moro tuviere alguna renegada por mujer, no será apremiada a ser cristiana contra su voluntad, sino que será interrogado en presencia de cristianos y de moros, y se seguirá su voluntad; y lo mismo se entenderá con los niños y niñas nacidos de cristiana y moro.

Que ningún moro ni mora serán apremiados a ser cristianos contra su voluntad; y que si alguna doncella o casada o viuda, por razón de algunos amores, se quisiere tomar cristiana, tampoco será recibida hasta ser interrogada; y si hubiere sacado alguna ropa o joyas de casa de sus padres o de otra parte, se restituirá a su dueño, y serán castigados los culpados por justicia.

Que sus altezas ni sus sucesores en ningún tiempo pedirán al rey Abí Abdilehi ni a los de Granada y su tierra, ni a los demás que entraren en estas capitulaciones, que restituyan caballos, bagajes, ganados, oro, plata, joyas, ni otra cosa de lo que hubieren ganado en cualquier manera durante la guerra y rebelión, así de cristianos como de moros mudéjares o no mudéjares; y que si algunos conocieren las cosas que les han sido tomadas, no las puedan pedir; antes sean castigados si las pidieren.

Que si algún moro hubiera herido o muerto cristiano o cristiana siendo sus cautivos, no les será pedido ni demandado en ningún tiempo.

Que pasados los tres años de las franquezas, no pagarán los moros de renta de las haciendas y tierras realengas mas de aquello que justamente pareciere que deben pagar conforme al valor y calidad de ellas.

Que los jueces, alcaldes y gobernadores que sus altezas hubieren de poner en la ciudad de Granada y su tierra, serán personas tales que honrarán a los moros y los tratarán amorosamente, y les guardarán estas capitulaciones; y que si alguno hiciere cosa indebida, sus altezas lo mandarán mudar y castigar.

Que sus altezas y sus sucesores no pedirán ni demandarán al rey Abdilehi ni á otra persona alguna de las contenidas en estas capitulaciones, cosa que hayan hecho, de cualquier condición que sea, hasta el día de la entrega de la ciudad y de las fortalezas.

Que ningún alcaide, escudero ni criado del rey Zagal no tendrá cargo ni mando en ningún tiempo sobre los moros de Granada.

Que por hacer bien y merced al rey Ahí Abdilehi y a los vecinos y moradores de Granada y de su Albaicín y arrabales, mandarán que todos los moros cautivos, así hombres como mujeres, que estuvieren en poder de cristianos, sean libres sin pagar cosa alguna, los que se hallaren en la Andalucía dentro de cinco meses, y los que en Castilla dentro de ocho; y que dos días después que los moros hayan entregado los cristianos cautivos que hubiere en Granada, sus altezas les mandarán entregar doscientos moros y moras. Y demás de esto pondrán en libertad a Aben Adrami, que está en poder de Gonzalo Hernández de Córdoba, y a Hozmin, que está en poder del conde de Tendilla, y a Reduan, que lo tiene el conde de Cabra, y a Aben Mueden y al hijo del alfaquí Hademi, que todos son hombres principales vecinos de Granada, y a los cinco escuderos que fueron presos en la rota de Brahem Abenc Errax, sabiéndose dónde están.

Que todos los moros de la Alpujarra que vinieren a servicio de sus altezas darán y entregarán dentro de quince días todos los cautivos cristianos que tuvieren en su poder, sin que se les dé cosa alguna por ellos; y que si alguno es tuviere igualado por trueco que dé otro moro, sus altezas mandarán que los jueces se lo hagan dar luego.

Que sus altezas mandarán guardar las costumbres que tienen los moros en lo de las herencias, y que en lo tocante á ellas serán jueces sus cadíes.

Que todos los otros moros, demás de los contenidos en este concierto, que quisieren venirse al servicio de sus altezas dentro de treinta días, lo puedan hacer y gozar de él y de todo lo en él contenido, excepto de la franqueza de los tres años.

Que los haberes y rentas de las mezquitas, y las limosnas y otras cosas que se acostumbran dar a las madrazas y estudios y escuelas donde enseñan a los niños, quedarán a cargo de los alfaquíes para que los distribuyan y repartan como les pareciere, y que sus altezas ni sus ministros no se entremeterán en ello ni en parte de ello, ni mandarán tomarlas ni depositarías en ningún tiempo para siempre jamás.

Que sus altezas mandarán dar seguro á todos los navíos de Berbería que estuvieren en los puertos del reino de Granada, para que se vayan libremente, con que no lleven ningún cristiano cautivo, y que mientras estuvieren en los puertos no consentirán que se les haga agravio ni se les tomará cosa de sus haciendas; mas si embarcaren o pasaren algunos cristianos cautivos, no les valdrá este seguro, y para ello han de ser visitados a la partida.

Que no serán compelidos ni apremiados los moros para ningún servicio de guerra contra su voluntad, y si sus altezas quisieren servirse de algunos de á caballo, llamándolos para algún lugar de la Andalucía, les mandarán pagar su sueldo desde el día que salieren hasta que vuelvan á sus casas.

Que sus altezas mandarán guardar las ordenanzas de las aguas de fuentes y acequias que entran en Granada, y no las consentirán mudar, ni tomar cosa ni parte de ellas; y si alguna persona lo hiciere, o echare alguna inmundicia dentro, será castigado por ello.

Que si algún cautivo moro, habiendo dejado otro moro en prendas por su rescate, se hubiere huido a la ciudad de Granada o a los lugares de su tierra, sea libre, y no obligado el uno ni el otro a pagar el tal rescate, ni las justicias le compelan a ello.

Que las deudas que hubiere entre los moros con recaudos y escrituras se mandarán pagar con efecto, y que por virtud de la mudanza de señorío no se consentirá sino que cada uno pague lo que debe.

Que las carnicerías de los cristianos estarán apartadas de las de los moros, y no se mezclarán los bastimentos de los unos con los de los otros; y si alguno lo hiciere, será por ello castigado.

Que los judíos naturales de Granada y de su Albaicín y arrabales, y los de la Alpujarra y de todos los otros lugares contenidos en estas capitulaciones, gozarán de ellas, con que los que no hubieren sido cristianos se pasen a Berbería dentro de tres años, que corran desde 8 de diciembre de este año.

Y que todo lo contenido en estas capitulaciones lo mandarán sus altezas guardar desde el día que se entregaren las fortalezas de la ciudad de Granada en adelante. De lo cual mandaron dar, y dieron su carta y provisión real firmada de sus nombres, y sellada con su sello, y refrendada de Hernando de Zafra, su secretario, su fecha en el real de la vega de Granada, a 28 días del mes de noviembre del año de nuestra salvación 1491.

Francisco Pradilla: La rendición de Granada (1882). Palacio del Senado, Madrid.

 
 
 

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