viernes, 28 de agosto de 2015

José Boves y los llaneros del Orinoco



A finales de 1813 en Venezuela los realistas han sido rechazados a la zona costera de Coro y Maracaibo, donde cuentan con el apoyo mayoritario de la población. A todo esto, Simón Bolívar ha lanzado su célebre decreto de "guerra a muerte" contra los peninsulares y los venezolanos partidarios del Rey, lo que da lugar a grandes matanzas de prisioneros dirigidas por el propio Libertador que en febrero de 1814 ordena la ejecución de 800 prisioneros en Valencia y sus lugartenientes, entre los que se distinguen Briceño y sobre todo Arismendi, que por orden de Bolívar ejecuta a un millar de españoles prisioneros en Caracas y La Guaira.

Pero mientras tienen lugar estos acontecimientos, se fragua, tanto a espaldas de los insurgentes como de los principales jefes de las fuerzas regulares realistas algo hasta ese momento casi inimaginable para todos: uno de los fenómenos más originales y terribles del conflicto americano. Se trata del movimiento organizado y dirigido por Boves en los Llanos del Orinoco.

Es José Tomás Boves (o Bobes) un español peninsular, nacido en Asturias y de origen muy modesto, establecido en esa región venezolana desde hace años. Sumado a las fuerzas realistas en los últimos tiempos de la lucha contra la primera república (en Venezuela), en la que ya toma parte en alguna acción, recibe un nombramiento, inicialmente poco más que simbólico, de oficial de Caballería de la Milicia urbana de Calabozo, una de las pequeñas poblaciones de los Llanos, y el encargo de movilizar una fuerza de Caballería en esa región, actividad que inicia en agosto de 1813, tras separarse del contingente realista de Juan Manuel Cagigal.

Buen conocedor de la zona y de sus habitantes los llaneros, pronto su carisma y dotes de mando consigue reunir aproximadamente 700 de éstos; aunque el contingente crece a velocidad gracias a la activa recluta a que se entregan Boves y sus lugartenientes, empleando para la finalidad tanto argumentos políticos e ideológicos de servicio al Rey de España y combate contra la odiada oligarquía de la provincia, como promesas de carrera en el Ejército y participación en el botín de guerra; también duras medidas contra los prófugos y los desertores.

 

En octubre de ese 1813, ya con un millar de efectivos combatientes, de los que sólo unos sesenta son europeos, Boves actúa contra Calabozo. Con sus llamados "hombres vagos", gentes acostumbradas a una vida de corte selvático, infunde por primera vez temores a los jefes insurgentes.

Poco después, el jefe militar español al servicio de los insurgentes, Juan Vicente Campo Elías, derrota a Boves en la sabana de Mosquitero y lleva a cabo diversas acciones punitivas contra las poblaciones y habitantes de los Llanos, que no consiguen sino favorecer la recluta de su oponente que improvisa todo lo necesario para la guerra que sostiene e igualmente todo tipo de pertrechos de utilidad bélica.

Recobrado enseguida de la derrota, en diciembre es él y sus llaneros quienes vencen en la reiteración de la batalla, ocupando Calabozo; ya reúne a tres mil hombres. Mientras, su segundo, Tomás Morales, capta en nuevas reclutas contingentes de cierta relevancia en la Guayana.

Pese al revés, Bolívar no acaba de dar importancia a este nuevo oponente, y desde esa actitud despreciativa hace pública su reflexión de que lo que no ha logrado contra sus fuerzas un ejército disciplinado como era el de Domingo Monteverde, no lo van a conseguir los contingentes que aparecen fantasmales y de improviso en la sabana apureña.

Pero en esta ocasión Bolívar yerra en sus planteamientos. Las fuerzas de Boves, a las que su jefe entrena en el médano de Cazorla en marchas, cargas y combates, no paran de crecer y a lo largo de los primeros meses de 1814 obtienen sucesivos éxitos contra los insurgentes. En febrero, Rosete figura apocalíptica según los insurgentes, uno de los lugartenientes de Boves, derrota a Arismendi, y poco después el propio jefe del Ejército Real de Barlovento, título con el que se proclama y autoconcede el jefe realista José Tomás Boves desde finales del año anterior, combate en San Mateo contra Simón Bolívar.

El jefe realista cuenta entonces con aproximadamente 6.500 hombres, de ellos 4.000 de Caballería armados con lanzas; en cambio apenas dispone de artillería, únicamente seis piezas ligeras, cuando la proporción adecuada en la época se considera de tres piezas por cada mil efectivos humanos.

La acción de Boves en San Mateo facilita la recuperación de la iniciativa por parte de las fuerzas regulares realistas (los españoles peninsulares y aquellos seguidores del Rey Fernando VII en el continente americano, foráneos y autóctonos) que operan desde sus fortalezas en la costa.

En paralelo a estas maniobras bélicas, en febrero de 1814 tiene lugar en la región de Barlovento una sublevación de los esclavos de las haciendas en contra de las fuerzas republicanas (las de Simón Bolívar y otros jefes insurrectos contra el gobierno español). Asume la jefatura de este movimiento Juan José Navarro, que derrota a Arismendi y dirige una campaña en la retaguardia republicana que supone un nuevo inconveniente grave para las fuerzas de Bolívar.

Las victorias de Boves presentan además el correspondiente efecto moral en los elementos favorables al mando realista en las zonas dominadas por los insurgentes, lo que se traduce en una agitación creciente con la subsiguiente aparición de guerrillas.

 

En el mes de junio de ese 1814, Bolívar logra una victoria en Carabobo contra las fuerzas regulares de Cagigal, pero pocos días después es materialmente deshecho por Boves en la segunda batalla de la Puerta. Explotando el éxito, Boves ocupa en julio Valencia y Caracas, donde asume en la práctica las funciones de capitán general, ignorando ex profeso a Cagigal al cual, tras la victoria de la Puerta, ha enviado una misiva de la que se extrae el siguiente párrafo: "He recobrado las armas y el honor de las banderas que vuestra excelencia perdió en Carabobo". Boves se revelará en esta etapa y en su nueva faceta como un buen administrador de los territorios ocupados.

En los meses siguientes su ejército alcanza el máximo desarrollo. Cerca de 20.000 hombres, de ellos seis o siete mil operativos, organizados en regimientos de Caballería que constituyen la mayor parte del contingente de fuerza variable y vinculación a diversas poblaciones y zonas de los Llanos: Tiznados, el preferido por Boves, Guayba, Guardatinaja; lo que origina una útil emulación entre sus componentes. Boves dirige personalmente la Caballería, la mejor del mundo, tomando parte en las cargas y en los combates cuerpo a cuerpo asumiendo el mayor riesgo, con resultado de heridas en varias ocasiones. Autores hostiles a su causa lo califican como el más grande jefe de Caballería que haya conocido Venezuela.

La Infantería, contando unos 2.500 hombres, está formada por dos regimientos a tres batallones cada uno, mandados por Guía Calderón y Manuel Machado, y el denominado Batallón de preferencia, mandado por Rafael López. En las marchas de esta tropa a pie se acostumbra a organizar un cuerpo de vanguardia, bajo el mando de Ramón González, que avanza doce horas por delante del grueso de la fuerza expedicionaria.

Boves también cuenta con partidas de guerrilleros, configuradas como unidades de guerrilla compuestas por indios y mestizos principalmente, actuando bajo su exclusiva dirección estratégica. En cambio, utiliza poco e indirectamente a los cimarrones (esclavos refugiados en los montes buscando su libertad), unos 25.000 en la Venezuela anterior a la revolución, y otros esclavos huidos al compás de los acontecimientos.

Los combatientes llaneros no lucen uniforme habitualmente. Van vestidos a la manera del país: calzón corto, sandalias, sombrero; los jinetes usan unas grandes espuelas características, y a guisa de escarapela una pluma negra o una oreja humana colgada del sombrero. También se decoran y anuncian con banderas negras, a diferencia de la blanca española del momento.

Dominada gran parte de la provincia, Boves inicia la creación de una flotilla que inicialmente sólo tiene un bergantín, bautizado General Boves. La flotilla en ciernes está financiada mayormente por particulares, al frente de los cuales figura un realista de origen vizcaíno, íntimo amigo del padre de Simón Bolívar.

 

Dadas las características de la lucha, las fuerzas de José Boves, el caudillo llanero, llevan a cabo frecuentes saqueos en las zonas o ciudades conquistadas donde hay para cometerlo; pues más bien tales saqueos quedan en intentos y limitados a los bienes de carácter mueble. Los bienes de auténtico interés propiedad de los insurgentes: los productivos, las fincas rústicas y urbanas, las explotaciones agrícolas, son confiscados por la autoridad realista y arrendados o vendidos en beneficio de la Hacienda de la provincia. Los premios de orden material que Boves entrega a aquellos de los suyos distinguidos en la lucha son de tipo simbólico o en relacionados con el servicio de armas: elección de los mejores caballos o armas capturadas y similares. Para Boves tampoco había réditos más allá de la satisfacción, pues nunca cobró un sueldo y años después se gestionará una pensión para su madre residente en Asturias.

La represión contra los insurgentes responde a la proclama de guerra a muerte proferida por Bolívar al comienzo de su campaña. Es usual la matanza de los jefes políticos y militares insurgentes vencidos y la de muchos oficiales. La generosidad para con los prisioneros es aleatoria, graciosamente dispensada por quien puede. Conviene recordar que la lucha en Venezuela ofrece el aspecto de una contienda social-racial en esta etapa de la guerra entre realistas e insurgentes-independentistas.

La circunstancia acaso curiosa para algunos que nos e aproximan a la realidad de la situación y los hechos cotidianos, es que los defensores del Rey de España encuentran su principal apoyo en los sectores populares de la población. Sectores que en el continente americano suman un porcentaje de indígenas y mestizos en diverso grado proporcionalmente superior al de las clases pudientes, acomodadas y dirigentes, que son en las que básicamente da inicio la insurgencia. Por supuesto, contando siempre con las excepciones en uno y otro bando.

 

Con la derrota de Bolívar la causa independentista en la provincia sucumbe. Las fuerzas de Boves actúan en las postrimerías de 1814 sobre la zona oriental, todavía en poder de los insurgentes, cuyos últimos restos a la defensiva son aniquilados.

Pero desgraciadamente para la causa realista, en la última batalla importante ya en el mes de diciembre, en Urica, Boves cae víctima de una lanzada al dirigir cual su costumbre una carga de su Caballería. Le sucede en el mando su hasta entonces segundo, el canario Tomás Morales, que tomará parte en las sucesivas campañas en la provincia hasta la conclusión de la lucha regular.

José Tomás Boves, el taita, como le llamaron sus hombres, es una de las figuras más originales y merecedoras de estudio con las que contó el bando realista, y en general la contienda americana de emancipación. Al frente de su Ejército Real de Barlovento, pone fin a la segunda república venezolana (1813-1814) tras derrotar repetidas veces a Simón Bolívar y otros jefes secesionistas. Su temprana muerte a los treinta y un años supuso un sesgo importante, quizá decisivo, en el desarrollo de la misma.

José Tomás Boves

lunes, 24 de agosto de 2015

Orden Naval de Santa María de España



En tiempos de la Reconquista y durante el reinado de Alfonso X el Sabio, Castilla reafirmaba su vocación marinera con la instauración de la Orden Naval de Santa María de España para fechos allend mar. Corría el año 1273 y su sede quedó establecida en Cartagena.

Una Orden Naval que portara la bandera de Castilla y los pendones y gallardetes de sus ilustres naturales, para honor y gloria de su representada y de sus representantes, allende los mares.

Las investigaciones de los profesores Juan Torres-Fontes, principalmente, y Ángel Luis Molina, explican lo que el historiador Ricardo de la Cierva define como noble y efímero intento.

 

Tras la conquista de Sevilla, el 23 de noviembre de 1248, el rey de Castilla y León (1217-1252) Fernando III el Santo, proseguía la campaña de hostigamiento contra los moros hasta llevar la guerra al núcleo del territorio enemigo.

Una vez alcanzada la costa, dispuso que se equipara una flota capaz de transportar a su ejército al continente africano. Los modestos medios marinos de la flota castellana se limitaban a pequeños barcos actuando como disuasión y defensa ante los ataques normandos y otros piratas en las costas del Norte y del Noroeste; luego, no cabe hablar de una Marina propiamente dicha, sino de una flota de emergencia. Estas pequeñas naves se hallaban en manos de particulares, por regla general, y únicamente en casos de necesidad como los apuntados eran comprados o alquilados; igual ocurría con las fuerzas a bordo.

Merece destacarse el deseo de Alfonso X por implicar a las constituidas órdenes de Caballería, del Ejército en definitiva, para el diseño de una frontera naval, de ataque y defensa según el caso, llevado a efecto aun de modo incipiente y precario en 1253 con la Orden de Santiago, aparejando una galera con 200 hombres al servicio del monarca durante tres meses al año. Insuficiente y muy escasamente rentable.

De las importantes ciudades costeras italianas se traían los constructores de barcos y los pilotos, de ahí el establecimiento de una comunidad de intereses con Italia. Las expediciones marítimas a África o Tierra Santa no eran factibles sin la colaboración de estas poderosas ciudades marítimas cuales Pisa o Marsella.

En la planificación y el desarrollo de una Marina castellana se dio la circunstancia de que, durante la Reconquista, las tierras costeras ocupadas por los moros cayeron en manos de los portugueses, con lo que a Castilla se le cerraban los puertos del océano Atlántico. Esta situación cambió en septiembre de 1262, cuando Castilla y su rey Alfonso X arrebatan a los moros la plaza fuerte de Cádiz. Tras este acontecimiento se sientan las bases para un desarrollo orgánico del poder marítimo, fundamental en el presente y el futuro, con la finalidad en primera instancia de avanzar hacia el Sur, hacia las tierras africanas frente a España. La flota serviría para asegurar y extender la Reconquista, pero exigía unos medios de los que se carecía ni podían ser costeados sin detraerlos de lugares que todavía los exigían con mayor premura e insistencia.
 

Antonio Cabral y Bejarano: Reconquista de Cádiz por Alfonso X el Sabio. Alcázar de Segovia.

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Además, el servicio marítimo no gozaba de buena reputación entre las clases que tradicionalmente formaban y consolidaban el Ejército.; sobre todo entre la nobleza. La conquista de Andalucía supuso un conocimiento real del valor que tenía la flota. De acuerdo con el espíritu de la época, el rey Alfonso X decidió hacer atractivo el servicio en la Marina creando a tal propósito una Orden Militar que, como las preexistentes, debía combatir al enemigo en el mar y por mar, completando la acción de las antiguas órdenes de Caballería en su lucha por tierra.

La Orden Naval (Militar) de Santa María de España se funda el año 1273, con sede en el gran puerto murciano de Cartagena. Las reglas para los miembros de la Orden eran exactas a las de los monjes cistercienses. El rey dotó abundantemente a la Orden, aunque su historia como tal resultó efímera: siete años que evidenciaron la falta de preparación y la necesidad de sumar tiempo y efectivos a la causa. Con un final apropiado, digno, ya que renació dentro de la insigne Orden de Santiago. El gran maestre de la Orden de Santiago había caído en la batalla de Moclín, el 22 de junio de 1280, y con él buena parte de los caballeros. Para sustituir al fallecido se eligió al gran maestre de la Orden de Santa María de España, Pedro Muñoz y a su comendador mayor, Sancho Fernández; también, la despoblada Orden de Santiago fue cubierta con caballeros de la naval de Santa María.

Pese a la brevedad de la Orden de Santa María de España, el sentido de su creación se había cumplido, que era el de levantar la fama de la Marina a los ojos de la Nación.

Virgen del Rosell (Cartagena)

Virgen del Rosell, en Cartagena. Patrona de la Orden de Santa María de España.

 
 


jueves, 20 de agosto de 2015

La tribulación nacional de Larra



Un adagio que por ilustrativo y acusador, como otros que buscando se encuentran, padece severo confinamiento en la inducida ignorancia, tan del agrado al común de los mortales dirigidos y sus dirigentes. Reza lo siguiente: Se es como se piensa.

Variadas y numerosas son las formas léxicas, coloquiales o menos, cultas o a la zaga, menudeando cerca del impulso a escribir, de la firme y consciente intención de comunicar en todas y cada una de sus públicas expresiones. Hay que ser discrecional en la admisión y en el uso; también severo y exclusivista.

No todo cabe ni todo es asumible en el espacio concreto de la inteligencia.

Viene a cuento de se es como se piensa esta apostilla: Para ser hay que pensar.

Quizá más que apostilla, acotación.

Los mecanismos para ejercer el dominio fáctico de una sociedad, entendida como el conjunto de los individuos que la constituyen, sirven eficazmente también para destruir un sistema de valores. A nadie con dos dedos de frente se le escapa u oculta que la supresión de voces, palabras y frases, y la eliminación o adulteración de conceptos, ideas y significados, conduce a la descomposición intelectual del conjunto, primero, a la alienación servil a los promotores, después.

Es una tarea metódica, instrumentalizada desde los ámbitos de poder y difusión, ejercida durante años para conseguir la casi total implantación siempre hay que dar opción estadística a los irreductibles, pero de resultados visibles desde el inicio y contagiosos a nivel de pandemia.

Incidamos en el emético este país caballo de batalla antiguo, que motivó a Mariano José de Larra, con su alias Fígaro, uno de sus característicos artículos, expresión cumbre de la posmodernidad, fusión cultural y cultual cimera del nuevo orden, frase pronunciada de carrerilla y con sonoridad biliosa y engolada, enseña reiterativa del desarraigo, la soberbia, el menosprecio y la cesión incontinente a los ideólogos del relativismo.

Destila acomodo y estulticia titulada la frase validada en palabra: estepaís. Rezuma desprecio y descrédito obvios a lo nacional; probablemente porque es nacional. Nacional suena a Nación, a Nacionales, a España, a español, a Historia de España, a sentimiento nacional, a tradición, a raíz. Asunto, el nacional, que reconcome a los otrora derrotados y siempre enemigos de fuera y dentro, en mayor número dentro, medrando en el interior.

 

Lo apuntado en las líneas precedentes no es caso aparte. Más quisiéramos los españoles ejercientes que nuestros males acabaran en un modismo que, con suerte y mucho empeño, fuera en definitiva pasajero.

Abundan los iletrados (dicho en género neutro) en el gabinete ministerial en este principio del siglo XXI que a punto está de cumplir su primera década y su segundo lustro, y en otras instancias aledañas, dependientes, asimiladas o enrocadas al poder ejecutivo, al omnímodo poder político. Y por ende, como consecuencia, al conjunto de una sociedad a lo que le dicten aquellos que ocupan todos los espacios desde todos los ámbitos.

 

Casi doscientos años antes, en 1833, un artículo titulado En este país, de Mariano José de Larra, denuncia actitudes semejantes a las que hoy confunden y alienan. Lástima que la sociedad española, en el presente que se cuenta, no haya heredado la crítica, el buen juicio, la valentía y el despliegue intelectual del denunciante. He aquí el artículo completo.

 

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buen hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que halagando las pasiones de los partidos han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escenas y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; estas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto patrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

En este país..., esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarlo perfectamente con la frasecilla: ¡cosas de este país!, que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce; de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía, ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Este es acaso nuestro estado, y este, a nuestro entender, el origen que la fatuidad en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos, para dar a entender a los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: ¡Cosas de este país!

Solo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el Salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden, de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

Este cuarto está hecho una leonera me dijo. ¿Qué quiere usted? En este país... y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

"Vive Dios dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo a la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champaña."

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio; de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme su desgracia.

Ciertamente le respondí, sonriéndome de su injusticia, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

¡Cosas de España! me repitió.

"Sí, porque en otras partes colocan a los necios", dije yo para mí.

Llevóme en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

Ni uno.

¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo; ¿lo ve usted. En este país no se puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez ediciones.

Ciertamente le contesté yo, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean ni autores necios que se mueran de hambre.

Desengáñese usted; en este país no se lee prosiguió diciendo.

"Y usted que de eso se queja, señor don periquito, usted ¿qué lee? le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos."

¿Lee usted los periódicos? le pregunté, sin embargo.

No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!!!

Es de advertir que don periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

¡No hay limpieza en España exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo.

¡Ah! ¡País de ladrones! vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre.

¡En este país no hay más que miseria! exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro y:

¡Oh, qué horror! decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida. ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

No entremos. ¡Qué cafés los de este país! gritaba.

Se hablaba de viajes.

¡Oh! Dios me libre. ¡En España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país, que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquito que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del hijo pródigo; o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y polacos repartían a navajazos los premios al talento dramático y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o Mambruc, como dice el vulgo) cantando a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y, en fin..., en que...

Pero acabemos este artículo demasiado largo para nuestro propósito; no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, sino la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

En el día es menos que nunca acreedor este país a nuestro desprecio. Hace años que el Gobierno, granjeándose la gratitud de sus súbditos, comunica a muchas ramas de prosperidad cierto impulso benéfico, que ha de completar por fin algún día la grande obra de nuestra regeneración.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarlo; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámoslo capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan maltratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él le damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Mariano José de Larra

lunes, 17 de agosto de 2015

Los Tercios en Mar y Tierra



La importancia y extensión de los dominios ultramarinos de España en los siglos XVI y XVII, así como la todavía en sentido estricto no formada Infantería de Marina, llevaron a los Tercios a participar asiduamente en operaciones navales; desempeñando, por consiguiente, misiones distintas de las efectuadas en tierra, ya en batallas campales o en asedios.

Los tercios embarcados se movieron básicamente en tres escenarios:


El océano Atlántico y las Indias.

Las costas británicas, francesas y de los Países Bajos.

El mar Mediterráneo.

Las acciones fueron de combate naval y operaciones anfibias; estas últimas consideradas desde el golpe de mano, de un reducido número de soldados, al despliegue masivo en ofensiva. De hecho, los Tercios fueron Infantería de Marina anticipadamente; su peculiar organización los habilitaba para misiones que exigían una adecuada combnación del choque y del fuego y una inmediata reacción ante imprevistos o contraofensivas.

Valga la reseña de las siguientes operaciones como muestra.

 

Desembarco en Lisboa (durante la guerra de anexión de Portugal, en 1580)

Consistía esta operación en franquear el obstáculo del río Tajo, en cuya orilla derecha se situaban los portugueses. Los españoles se posicionaron en la orilla izquierda para desde ahí dar el asalto a Lisboa. El duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, responsable de la operación, decide atacar desde el mar.

Entre el 27 y el 28 de julio de 1580, embarca en la armada de Álvaro de Bazán un total de 15.544 infantes, 170 jinetes, 2 cañones, 1 medio cañón y 40 mulas para el transporte artillero. En la Infantería figuran dos unidades veteranas españolas: el Tercio de Nápoles, con 1.940 hombres, y un Tercio constituido por compañías de los de Lombardía y Sicilia, con 1.000 efectivos. Se cuentan también tres Tercios levantados para esta campaña: el Tercio de Moreno, con 1.709, el Tercio de Niño, con 1.509 y el Tercio de Enríquez, con 1.670. El resto de tropa es italiana y tudesca (alemana).

Para desorientar a los portugueses apostados en torno a Lisboa, el duque de Alba envía un fuerte destacamento en dirección a la localidad de Santarem; el cual, tras este movimiento de distracción, raudo vuelve a Setúbal para embarcar en las naves aprestadas para la conquista. La expedición al completo zarpa la tarde del 28 de julio para arribar a la playa elegida, al norte de Cascaes, al amanecer del día siguiente.

La orden de desembarco es la habitual para los españoles: mezclando unidades y aprovechando las cualidades específicas de cada arma entre las presentes. La primera oleada la forman 1.500 picas tudescas, con 600 arcabuceros de Nápoles y Sicilia, reservando en escuadrón a las alabardas y las banderas en un posterior salto a tierra; con los desembarcados va un grupo de jinetes para explorar el terreno allende la orilla. Los soldados dotados de armas de fugo establecerán las mangas y guarniciones de los que portan armas blancas; los alabarderos, por su parte, se agrupan para conformar una agrupación complementaria a las picas alemanas.

En segunda oleada ha de desembarcar a la cabeza de playa el resto de los Tercios viejos, las vituallas y los Tercios nuevos, seguidos del contingente italiano.

Determinó el Mando que en esta primera fase desembarcaran los gentilhombres u otras personas distintas de los soldados, en evitación de los constantes forcejeos por los puestos de honor y riesgo.

La operación anfibia tiene lugar al amanecer del día 30 de julio, con la cobertura de fuego desde el mar a cargo de los cañones de crujía de las galeras. El bombardeo pretende allanar la llegada de los infantes y los jinetes que transitan de los barcos de transporte a la orilla en esquifes de veinte unidades de capacidad. En sucesivos viajes transportarán estas barcas 1.500 hombres, destacando en tierra la primera acción a pelotones de arcabuceros (armas de fuego portátiles ligeras) y mosqueteros (armas de fuego portátiles pesadas); esta tropa delimita en breve un perímetro de seguridad que posibilita la llegada del grueso militar.

Con 600 hombres arribados a tierra firme, el duque de Alba y los distintos jefes deciden acompañarlos para dirigir el combate sobre el escenario. En cuanto logran formar tres escuadrones, sin esperar a que las unidades se completen, avanzan hacia el interior dando cabeza a la conquista de terreno. El resto, a corta y media distancia sigue la estela sin topar apenas con resistencia.

De esta impetuosa manera pasó el ejército a la orilla derecha del río Tajo, abriendo así la siguiente fase de la campaña que culminaría con la ocupación de Portugal.

 

Desembarco en las islas Terceras o Terceiras o Azores (23 de junio a 2 de agosto de 1583)

Esta operación viene precedida por un gran combate naval, en julio de 1582, en el que el marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, aniquiló una flota francesa con una propia mucho menos numerosa; apresada la nao capitana, hundida la almiranta y causando dos mil muertos y más de trescientos heridos. Las bajas españolas fueron alrededor de ochocientas.

El 23 de junio de 1583, casi un año después de aquel victorioso combate en el mar, Santa Cruz abandona Lisboa con una escuadra que lleva a bordo 20 banderas del Tercio de Figueroa, sumando 3.741 efectivos; 12 banderas del Tercio de Bobadilla (incluyendo 4 compañías "viejas de Flandes"), con 2.084 y quince banderas del Tercio de Sandoval -también denominado de Portugal- (con tropas de los de Nápoles y Sicilia de guarnición en Lisboa y Oporto, más banderas bisoñas reclutadas en Andalucía), con 1.525. Se cuenta, además, con 5 compañías de alemanes, 3 de italianos y 1 de portugueses.

Llegados al archipiélago de las Terceras o Terceiras o de las Azores, la escuadra recala brevemente en la isla San Miguel para recoger al Tercio de Íñiguez, que allí había quedado de una expedición anterior, con 16 compañías y aproximadamente 2.600 efectivos. Reunidos pusieron proa a la isla principal, la Tercera o Terceira, las cien velas incluyendo 12 galeras, transportando en total 11.500 hombres.


 
La isla estaba defendida por 44 fuertes unidos por una línea de trincheras, con 203 piezas de artillería y unos 9.000 soldados; la mayoría portugueses, aunque se cuentan en la defensa 18 compañías de ingleses y franceses que pretenden imponer su hegemonía en el archipiélago. Manda el conjunto el comendador De Chaste.

El 25 de julio se elige la zona de desembarco: la Cala de las Muelas, equidistante de las tropas enemigas concentradas en Angra, la capital de la isla, y el paraje llamado La Playa.

Se adopta una estrategia. Algunas galeras amagarán un desembarco de distracción, para que el comendador crea que ese es el lugar; las demás bogarán hasta la costa remolcando cada una grupos de embarcaciones menores con tropas. En todas las galeras asoman planchas de madera para que la Infantería salte a tierra.

La primera oleada de desembarco la forman elementos escogidos de 12 compañías del Tercio de Figueroa (que desempeña las funciones de maestre de campo general), 8 de Bobadilla, 14 de Sandoval, 11 de Íñiguez, 4 alemanas, 2 italianas y la portuguesa; unos 4.500 soldados. El resto seguirá una vez asegurada la cabeza de playa.

La madrugada del día 26 da inicio el asalto. Santa Cruz lo precede a bordo de una galera cuyo fuego apaga los del enemigo.

Los Tercios desembarcan con un orden que De Chaste alabará: "Se ponían en batalla tan pronto como llegaban a tierra". El primero fue el alférez de la compañía personal de Bobadilla, que por haber embarrancado su embarcación fue a nado. Sin formar escuadrón dan el asalto a la trinchera enemiga "tan alta que no se podía subir sin ayuda"; la defienden dos compañías portuguesas y una francesa, que son expulsadas. El ataque ha costado sólo 40 hombres, pero entre ellos figuran cuatro capitanes españoles, dos italianos y el portugués, heridos por picazos, arcabuzazos y pedradas; un ejemplo de que las fuerzas se mandaban desde la vanguardia por sus jefes. Como siempre sucedía en estos casos, las crónicas recogen minuciosamente los nombres de los primeros hombres que alcanzan el objetivo, así como el de los alféreces que se adelantaban a plantar sus banderas.

Alertada por el tiroteo y por toques de campana de los defensores, la guarnición de La Playa acude a rechazar al agresor. Sin conseguirlo. La tropa española ha formado el escuadrón y un sargento mayor organiza las mangas de arcabuceros. El resto de la fuerza expedicionaria, con seis piezas de artillería, ha desembarcado; también Santa Cruz y Figueroa, haciéndose cargo del grueso de la tropa, al tiempo que Bobadilla e Iñiguez cubren el frente con un destacamento de arcabuceros y mosqueteros. De las galeras se había sacado lo preciso para sostener el combate; esclavos turcos conducen a primera línea la pólvora y la munición para las armas de fuego, y cubas con agua para sofocar la sed bajo un sol abrasador. Por último se embebe la lucha a las picas alemanas y españolas.

Tras dieciséis horas de enconada disputa bélica la noche extiende su manto y en el escenario callan las armas. Los españoles tuvieron 370 bajas, pero sostuvieron las posiciones conquistadas. Los enemigos, cerca de 500. Gran parte de la guarnición portuguesa muestra su desánimo abandonando a De Chaste, que se ve obligado al repliegue. Al cabo, los españoles ocupan la capital de la isla, Agra, apresando más de treinta naves portuguesas, francesas y británicas. El marqués de Santa Cruz premia a sus soldados con tres días de saqueo: "lo que se ejecutó con la diligencia y presteza acostumbrada, sin derramamiento de sangre, reservando los monasterios y lugares sagrados".

El 2 de agosto de 1538, el comendador De Chaste firma la capitulación. Tras su valerosa defensa ha obtenido la vida de sus hombres, las espadas de los oficiales y transporte a Francia.

 

La toma del puerto de Blavet (Bretaña, octubre de 1590)

Otra operación notable fue esta, aunque poco citada dados sus merecimientos. En octubre de 1590 zarpó de El Ferrol una flota dirigida a la península de Bretaña, donde desembarca una selecta tropa. Pone pie en tierra bretona el Tercio del maestre de campo Juan del Águila y elementos del de Agustín Messía y Francisco de Toledo: 4.578 hombres. Prestos y ardorosos toman el importante puerto de Blavet, desde el cual, galeras y filipotes efectúan audaces operaciones de incursión corsaria, mientras las tropas de tierra actúan en el interior llegando a amenazar Brest.

 
Los españoles permanecen en la zona conquistada, invictos, hasta que, según los términos de la paz de Vervins, tienen que retirarse, en 1598, a cambio de que Francia desocupara Charolais y las plazas tomadas en Flandes; constituyendo durante todo ese tiempo una constante amenaza contra ingleses y franceses.

Fueron muchos los episodios acaecidos en esos ocho años de presencia, entre otros, el levantamiento del sitio de Croan, con muerte de 1.500 enemigos y cientos de prisioneros frente a 24 españoles; el levantamiento del sitio de Blaye, en el que las bajas de los contrarios superaron los dos millares; la defensa del fuerte de El León, heroica donde las haya, donde dos compañías resisten hasta quedar con un alférez como único oficial vivo y agotar la munición; la guarnición de 300 hombres causó miles de muertos a los sitiadores.

El comandante jefe francés de los sitiadores del fuerte de El León, admirado por la defensa, mandó enterrar con todos los honores al jefe de la misma, capitán Paredes, muerto en el empeño. Además, devolvió a Juan del Águila los trece supervivientes acompañados de una nota elogiando su conducta, la de los vivos y la de los caídos. Sin embargo, la suerte por sobrevivir, tras la heroica defensa, no sonrió a los trece afortunados. El maestre de campo Del Águila les espetó:


"¿De dónde venís, miserables?"

"De entre los muertos" respondieron.

A lo que el maestre de campo opuso:

"Con ellos debisteis quedar, que esa orden teníais"

A duras penas su estado mayor le convenció para que no los mandara ahorcar.

 

La toma del fuerte de Penzance (bahía de Mounts, Cornualles, Inglaterra, agosto de 1595)

Finalizaremos esta sucinta relación de operaciones anfibias con el desembarco en la bahía de Mounts, Inglaterra, de 400 arcabuceros españoles del capitán Carlos de Amézquita a bordo de cuatro galeras, con algunos piqueros. Se apoderaron del fuerte de Penzance, permanecieron tres días en la zona apoderándose de algunos lugares: Mousehole, Newlyn, Paul y Penzance, desmontaron la artillería de los fuertes ingleses y la embarcaron en las galeras sin sufrir bajas. Una aventura conquistadora en cinco jornadas.

Antes de volver a las naves, celebraron una misa en aquellas tierras de "herejes", a modo de desafío.

El 5 de agosto, un día después de zarpar con lo confiscado y el éxito, de vuelta a la base de partida, las 4 galeras se toparon con una escuadra holandesa de 46 barcos de la que se zafaron no sin antes hundir dos buques enemigos. El 10 de agosto, el capitán Amézquita y sus hombres desembarcaron triunfantes en el puerto de Blavet. La expedición se saldaba con 20 bajas, todas ellas en la escaramuza naval contra los holandeses.

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba



Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz

 
 
 

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jueves, 6 de agosto de 2015

Festivo y satírico Quevedo



Francisco de Quevedo Villegas es una de las grandes figuras de la literatura española. Nacido en el seno de la nobleza cortesana, participó en política y fue testigo de una época desgraciada para España. Aspectos de amargura y pesimismo que refleja en sus obras: "En cuanto a mi España, no puedo hablar sin dolor."
    La valentía de su actitud crítica le ocasionó sinsabores varios, incluso la pena de cárcel.
    Su fisonomía desgarbada y risible no mermó un ápice su prestigio público. Era tanta su inteligencia y tanto su ingenio, mordaz y gracioso, que su lenguaje pudo con todas las burlas, venciendo a cuantos burladores le incitaban. Fue denominado ‘El ingenio de la corte', forjándose en torno a él una leyenda de profesional de la bufonada, de la sátira y del chiste obsceno, que ha perdurado hasta hoy principalmente en la esfera popular.

    Junto a Baltasar Gracián, otro extraordinario escritor del Siglo de Oro, Quevedo es el máximo exponente del conceptismo, una de las dos corrientes literarias barrocas, enfrentada al culteranismo o gongorismo.  

 

Novelista, poeta, tratadista y crítico; moralista y filósofo; humorista y escritor erótico, posiblemente no exista en la feraz literatura española otro autor que a él se compare en cuanto a riqueza léxica, a imaginación expresiva y a elaboración artística; siendo, además, una de las figuras estelares en la literatura universal. Quevedo es, ante todo, el creador de un lenguaje nuevo, personal e inimitable., con un estilo extraordinario lleno de contrastes, troquelado hasta el infinito entre conceptos, derivaciones y combinaciones que convierten la lectura de sus obras en un continuo encanto y sobresalto.

    Dentro de su compleja y variada producción, destacan su poesía y sus obras satíricas. Como poeta, es autor de un conjunto de sonetos incomparables cuyos temas son el paso del tiempo y el sentimiento de la muerte, la preocupación política por España, pero también la exaltación de su historia y lengua, y el amor; como escritor satírico, ofrece la más compleja galería de tipos y costumbres de la época.
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Preámbulo a una edición de sus obras festivas y satíricas

(Dedicatoria)
    A ninguna persona de todas cuantas Dios creó en el mundo
Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines, que pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude para la impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obre de los murmuradores; y considerando (por haber sido yo murmurador muchos años) que esto no sirve sino de tener dos de quien murmurar: del necio, que se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso; y del presumido, que paga con su dinero esta lisonja; me he determinado a escribirlo a troche y moche, y a dedicarle a tontas y a locas, y suceda lo que sucediere.
Quien lo compra (el libro) y murmura, primero hace burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor, que se lo hizo gastar mal. Y digan y hagan lo que quisieren los mecenas, que como nunca los he visto andar a cachetes con los murmuradores sobre si dijo o no dijo, y los veo muy pacíficos de amparo, desmentidos de todas las calumnias que hacen a sus encomendados, sin acordarse del libro del duelo, más he querido atreverme que engañarme.
Hagan todos lo que quisieren de mi libro, pues yo he dicho lo que he querido de todos. A Dios, Mecenas, que me despido de dedicatoria.
Yo.

    A los que han leído, y leyeren
Yo escribí con ingenio facinoroso en los hervores de la niñez, más ha de veinte y cuatro años, los que llamaron sueños míos, y, precipitado, les puse nombres más escandalosos que propios.
Admítaseme por disculpa que la sazón de mi vida era por entonces más propia del ímpetu que de la consideración. Tuve facilidad en dar traslados a los amigos, mas no me falto cordura para conocer que en la forma que estaban no eran sufribles a la imprenta; y así, los dejé con desprecio.
Cuando por la ganancia que se prometieron de lo sabroso de aquellas agudezas, sin enmienda ni mejora, algunos mercaderes extranjeros las pusieron en la publicidad de la imprenta, sacándome en las canas lo que atropellé antes del primero bozo; y no sólo publicaron aquellos escritos sin lima ni censura, de que necesitaban, antes añadieron a mi nombre tratados ajenos, añadiendo en unos y dejando en otros muchas cosas considerables. Yo, que me vi padecer no únicamente mis descuidos, sino las malicias ajenas, doctrinado del escándalo que se recibía de ver mezcladas veras y burlas, he desagraviado mi opinión y sacado estas manchas a mis escritos, para darlos bien corregidos, no con menos gracia sino con gracia más decente, pues quitar lo que ofende no es disminuir sino desembarazar lo que agrada.
Y porque no padezcan las demasías del hurto que han padecido los demás papeles, saco de nuevo aquellos la Culta latiniparda y el Cuento de cuentosen que se agotan las imaginaciones que han embarazado mi tiempo. Tanto ha podido el miedo de los impresores, que me ha quitado el gusto que yo tenía de divulgar estas cosas, que me dejan ocupado en su disculpa, y con obligación a la penitencia de haberlas escrito.
Si vuesa merced, señor lector, que me compró facinoroso, no me compra modesto, confesaré que sólo le agradan los delitos y que únicamente le son gustosos discursos malhechores.

Francisco de Quevedo y Villegas


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Nacido en Madrid el año 1580, estudió letras en los jesuitas de la capital y lenguas clásicas y filosofía en Alcalá de Henares entre 1596 y 1600. También se licenció en Artes y se matriculó en Teología, periodo que le trasladó a Valladolid, donde inició estudios de Patrología.

    Es en Valladolid donde se da a conocer como poeta, mientras ha sido por favor empleado en la corte avalado por el duque de Lerma.
    En 1605 comienzan a aparecer sus composiciones y al cabo, admirado dentro y fuera de España, traba amistad con Góngora y Cervantes.
    En 1606 vuelve a Madrid, y allí desarrolla su talento y su carácter.
    Llamado por el poder político, en el que llegó a ejercitarse, viajó a Sicilia en 1613 con su protector el duque de Osuna. Relación enfriada con el paso del tiempo y las desavenencias personales, lo que no obstó para que la pluma de Quevedo le dedicara escritos laudatorios, a la par que el rey Felipe III lo acogía en su séquito como poeta secretario.
    Vicisitudes de la alta política sacudieron a Quevedo del privilegio a la prisión, y del aislamiento creativo a la búsqueda de remedio a una salud quebrantada que acabó con su vida en 1645, en casa del humanista Bartolomé Jiménez Patón en la manchega Villanueva de los Infantes.
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La maestría de Francisco de Quevedo en el uso de la lengua se aguza para fustigar con la sátira. Sirva como muestra completa de tal menester su obra Sueños, que son cinco piezas o vástagos del mismo prodigioso ingenio, donde desfilan condenados de todos los oficios y estados, servidores de la vanidad, la hipocresía y la locura, como bien describe la catedrática en Filología Hispánica Rosa Navarro.
    El primer sueño se titula Sueño del juicio final, en el que resucitan los muertos y tiene lugar el juicio de los hombres. Vemos a filósofos que ocupan "sus entendimientos en hacer silogismos contra su salvación", a poetas "que de puro locos querían hacer creer a Dios que era Júpiter y que por él decían ellos todas las cosas".
    El segundo sueño se titula El alguacil endemoniado, donde el demonio que posee al alguacil narra las verdades que escuchan el autor y un clérigo calabrés que le acompaña. En este sueño también habla de las mujeres satirizadas por la misoginia quevedesca, entre las que una, vieja ella, "se quejaba de dolor de muelas porque pensasen que las tenía; y con tener ya amortajadas las sienes con la sábana blanca de sus canas y arada la frente, huía de los ratones y traía galas, pensando agradarnos a nosotros".
    El tercer sueño lleva por título El sueño del infierno, en el que contemplamos a grupos de pecadores, de todos los oficios que imaginar se quiera, para conocer de cada uno su pasada conducta. Dice de los poetas un diablo: "¡Pues que es verlos cargados de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio!" La caricatura, que al cabo es sátira, más o menos amable, en mayor o menor medida gozosa, según entienda el criterio particular del lector, se unen a la reflexión moral y a los juegos de voces que labran la lengua para perfilar los tipos; así un diablo desmiente a los que aseguran que su muerte fue repentina: "¿Cómo puede morir de repente quien dende que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte?"
    El cuarto sueño se titula El mundo por de dentro, recorrido por un remedo de ciudad, villa o pueblo, cuya calle mayor, la que camina el autor, y el resto quiera o no, es la hipocresía.
    El quinto y último de los sueños se titula El sueño de la muerte, en el que, vencido por el desengaño, el autor queda dormido, como en la primera pieza del gran retablo, y con el sueño dominando verá otro desfile, aquí el que forma la comitiva de la muerte. Oímos hablar a los muertos, veremos geniales retratos: "Parecían azudas en conversación, cuya música era peor que la de órganos destemplados. Unos hablaban de hilván, otros a borbotones, otros a chorretadas; otros, habladorísimos, hablan a cántaros". En otra escena sigue la sátira de los personajes, que en vida fueron poco, nada, imaginación o mucho: "Éstos me dijeron que eran habladores diluvios, sin escampar de día ni de noche".
    Quevedo publica los Sueños en 1631, con el indicador título de Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio.
    Este desglose de crítica seguida de juicio, personal e inapelable, impedida la viceversa, que son los Sueños, culmina en la no menos genial fantasía moral titulada La hora de todos y la fortuna con seso, fechada en 1650. Relato de la "hora" en la que el dios Júpiter decreta "se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece". Personajes que oscilan de rufianes a reyes, de letrados a magos y alquimistas, de taberneros a pretendientes y de dueñas a alcahuetas. Vemos una galería expresionista de tipos, "un enjambre de treinta y dos pretendientes de un oficio, aguardando a hablarle al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba en sí tantos méritos como faltas en los demás". El mundo queda construido al revés; los cuadros con las figuras se enmarcan por dos escenas en el Olimpo: una asamblea inicial y un banquete póstumo de dioses insubordinados. Caricatura de los olímpicos, con Marte y Venus en representación, que muestra los contrastes y las desavenencias tan similares a las de los mortales, y con idéntico desarrollo: "Enfadados Venus y marte de la gravedad del tono y de las veras de la letra, él con dos tejuelas arrojó fuera de la nuez una jácara aburdelada de quejidos; y Venus, aullando de dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado, salpicando de cosquillas con sus bullicios los corazones de los dioses".
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Sinopsis de Vida del buscón llamado don Pablos

Novela.                                                                                           
En Segovia, el pequeño Pablos, hijo de un barbero ladrón y de una bruja, asiste a la escuela en medio de la hostilidad de sus compañeros, que le echan en cara las fechorías de sus padres. En esta ciudad se hace amigo y luego criado de don Diego, hijo del caballero don Alonso Coronel de Zúñiga.
    Juntos también frecuentan la universidad de Alcalá, lugar de estudio de don Diego y donde Pablos, en su condición, es el blanco de bromas pesadas.
    Tras las muchas mortificaciones, se acaba convirtiendo él en maestro de burlas, fullerías y perfidias. Mientras, su padre es ahorcado y su madre encarcelada por delitos varios. Y para colmo de desdichas, se ve obligado a separarse de su amigo Diego.
    Deambulando en viaje de peripecia recala en Madrid, y aquí ingresa en una cofradía de pícaros que vive de amaños. En esta nueva vida, que es vieja, fomenta la amistad de del hidalgo don Toribio.
    A punto de casarse dos veces y otras tantas encarcelado, ora pidiendo limosna ora en compañía de un grupo de cómicos, pasa de Tolosa a Sevilla, y desde la ciudad hispalense embarca para las Indias en busca de mejor vida y fortuna.


Artículo complementario

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