lunes, 30 de noviembre de 2015

Examen de ingenios



Humanista y médico del siglo XVI, Juan Huarte de San Juan es autor de una obra didáctica en la que destaca su Examen de ingenios para la ciencia, que recogió gran éxito nacional e internacional.

La obra, más bien tratado, es precursora de tres ciencias, ampliamente desarrolladas y valoradas posteriormente: la psicología diferencial, la orientación profesional y la eugenesia. De igual modo aportando campo con incipiente destreza a la Neurología, la Pedagogía, la Antropología, la Patología y la Sociología. En este tratado Juan Huarte se propuso mejorar la sociedad seleccionando la instrucción adecuada a cada persona según las aptitudes físicas e intelectuales derivadas de la constitución física y neurológica específicas de cada una, tomando en consideración los lugares de residencia y los hábitos de conducta alimentaria y social.

He aquí las primeras páginas de la edición de 1884.

 

Examen de ingenios para la ciencia


Advertencia preliminar de los editores



Es achaque de los españoles, dicen, no haber sabido nunca encarecer el propio mérito, ignorantes del arte de ponerlo a clara luz y en alto pedestal, donde todos lo vean, que importa tanto como poseerlo.

Mientras otras naciones, particularmente Francia, hicieron de cada una de sus glorias símbolo y compendio de las ajenas, y elevan a la categoría de maestros de la humanidad a sus hombres ilustres, aquí los olvidamos lastimosamente y hasta nos admira luego hallar sus nombres en libros extranjeros, tratados con la justicia que merecen. Allí se publican, incluso de los autores medianos, estudios, biografías, memorias y aun sus cartas; aquí sólo conocemos de los mejores o los más famosos (que no siempre es lo mismo) las obras más leídas.

A nuestros inventores o primeros padres de una idea o hipótesis, que tomó luego carta de naturaleza en los dominios dela verdad, no sólo les alcanza este olvido sino que con frecuencia su invento pasa a otro país, y allí se engalana con su paternidad el primer ocupante y lo muestra al mundo. Para ello le basta encaramarse al proscenio de su nación, donde, como está más alto,, cualquier idea nueva se hace más visible y parece mayor. Este es el principal prestigio que comunica al éxito el arte de saber exhibirlo y que concede a sus hijos la mayor grandeza y notoriedad de una nación.

¿Qué duda tiene que hoy un descubrimiento hecho por un alemán será más sonado y más prontamente encarecido que si se hiciera en España? Si algún día gozamos de esta ventaja la verdad es que hoy la hemos perdido, y aun es dudoso que la hayamos aprovechado nunca gracias a nuestra natural negligencia.

 


El Examen de ingenios para las ciencias, del Dr. D. Juan Huarte, famoso fisiólogo español del siglo XVI, sugirió, al decir de algunos, los elementales principios del sistema del célebre Gall, fundador de la frenología moderna, y por tanto fue nuestro autor de los primeros que, anticipándose algunos siglos a los modernos fisiólogos, pretendieron basar en el íntimo consorcio de lo físico con lo moral el conocimiento de lo físico con lo moral, el conocimiento de las aptitudes morales e intelectuales de los individuos. El mismo Gall cita a Huarte en su Craneoscopia, y no obstante, mientras en todas las naciones es conocido el ilustre doctor alemán, pocos serán los que hayan oído hablar del español.

Los estudios fisiológicos aplicados a la psicología, aunque tan antiguos como la misma observación del hombre, han tomado asombroso desarrollo en nuestros tiempos; grandes e ilustres nombres se hallan inscritos en los mojones del camino que conduce paso a paso al conocimiento de nuestra naturaleza: ¿se halla en alguno de ellos el de Huarte? Y, sin embargo, su mérito fue mucho mayor que el de los sabios contemporáneos nuestros, puesto que el doctor español disponía de un caudal de observaciones muchísimo menor y de una ciencia casi rudimentaria, de modo que debió construir el edificio con sólo el esfuerzo de su poderosa inventiva y con materiales de propia cantera.

Es indudable que estas condiciones rebajan por una parte el valor científico de su obra en nuestros días, como no puede menos de ser, pero en cambio la adornan por otra con mayores atractivos literarios, que son los que principalmente nos mueven a publicarla en nuestra BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA. La ciencia no parece en este libro ni árida y cejijunta ni ajustada al rigor de sus preceptos, sino que se permite amenas excursiones por los dominios de la hipótesis y la paradoja, acompañada del sutil ingenio del autor y de su viva imaginación, que da cuerpo y color a agudísimas observaciones, y con sólo su fuerza poderosa construye todo un sistema que puede derribar la crítica pero que admira por su incomparable belleza.

La materia, además, es interesantísima, puesto que se trata de averiguar por las señales del temperamento y la complexión física de los individuos su aptitud intelectual y la educación y el ejercicio que más les convienen, y hasta hallar entre las ruinas del sistema algunas e innegables verdades, aparte del encanto del estilo, para que merezca el libro el respeto y estudio de los contemporáneos.

Daniel Cortezo y C.ª, editores, 1884.

* * *

A la Majestad del Rey nuestro señor D. Felipe II
Proemio



Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la república, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una ley.

Que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sólo aquel arte para el que tenía talento natural y dejase los demás.

Dice Platón en De Legibus: "Nemo aerarius simul et lignarius faber fit: duas enim artes, aut studia duo, diligenter exercere humana natura non potest."

Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase; y porque no errase en elegir la que a su natural estaba mejor, había de haber diputados en la república, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía y no dejarlo a su elección. De lo cual resultaría en los estados y señoríos de vuestra Majestad haber los mayores artífices del mundo y las obras de mayor perfección, no más de por juntar el arte con naturaleza.

Esto mismo quisiera yo que hicieran las academias de estos renos, que pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas ciencias ha menester, porque si no, fuera del daño que éste tal hará después en la república usando su mal arte mal sabido, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología, y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina, y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte.

El estudiante que aprende la ciencia que no viene bien con su ingenio se hace esclavo de ella. Y así dice Platón en su Diálogo del justo: "Non decet liberum hominem cum servitute disciplinam aliquam discere; quippe ingentes corporis labores vi suscepti, nihilo deterius hábeas aficint; nulla vero animae violenta disciplina establis est."

Pero ninguno ha dicho con distinción y claridad qué naturaleza es la que hace al hombre hábil para una ciencia y para otra incapaz; ni cuántas diferencias de ingenio se hallan en la especie humana; ni qué artes y ciencias corresponden a cada uno en particular; ni con qué señales se había de conocer qué era lo que más importaba. Estas cuatro cosas (aunque parecen imposibles) contienen la materia sobre la que se ha de tratar, fuera de otras muchas que se tocan a propósito de esta doctrina, con intento que los padres curiosos tengan arte y manera para descubrir el ingenio a sus hijos, y sepan aplicar a cada uno la ciencia en que más ha de aprovechar; "que es un aviso que Galeno cuenta haberle dado un demonio a su padre, al cual le aconsejó, estando durmiendo, que hiciese estudiar a su hijo medicina porque para esta ciencia tenía ingenio único y singular"; de lo cual entenderá vuestra Majestad cuánto importa a la república que haya en ella esta elección y examen de ingenios para las ciencias, pues de estudiar Galeno medicina resultó tanta salud a los enfermos de su tiempo y para los venideros dejó tantos remedios escritos.

Y si como Baldo (aquel ilustre varón en derecho) estudió medicina, y la usó, pasara adelante con ella, fuera un médico vulgar (como ya realmente lo era) por faltarle la diferencia de ingenio que esta ciencia ha menester, y las leyes perdieran una de las mayores habilidades de hombre que para su declaración se podía hallar.

Cicerón sentencia en lib. I. Offic.: "Qui igitur ad nature suae non vitiosae genus consilium vivendi omne contulerit; id constantiam teneat; id máxime decet, nisi forte se errase intellexerit in diluyendo genere vitae."

Queriendo, pues, reducir a arte esta nueva manera de filosofar y probarla en algunos ingenios, luego me ocurrió el de vuestra Majestad, por ser más notorio, de quien todo el mundo se admira, viendo un príncipe de tanto saber y prudencia, del cual aquí no se puede tratar sin hacer fealdad en la obra. El penúltimo capítulo dónde se declara a qué diferencia de habilidad pertenece el arte militar y con qué señales se ha de conocer el hombre que alcanzare esta manera de ingenio es su conveniente lugar, donde su Majestad verá la manera de su ingenio y el arte y letras con que había de aprovechar la república, si como es rey y señor nuestro por naturaleza fuera un hombre particular. Vale.

* * *

Proemio al lector



Cuando Platón quería enseñar alguna doctrina grave, sutil y apartada de la vulgar opinión, escogía de sus discípulos los que a él le parecían de más delicado ingenio y a sólo estos decía su parecer, sabiendo por experiencia que enseñar cosas delicadas a hombres de bajo entendimiento era gastar el tiempo en vano, quebrarse la cabeza y echarse a perder la doctrina. "La misma elección hacía Cristo, nuestro Redentor, entre sus discípulos, cuando quería enseñarles alguna doctrina muy alta. Como pareció en la transfiguración, que eligió a san Pedro, a san Juan y a Santiago. La razón por qué a éstos y no a los otros él lo sabía."

Lo segundo que hacía Platón, después de la elección, era prevenirlos con algunos presupuestos claros y verdaderos y que no estuviesen lejos de la conclusión, porque los dichos y sentencias que de improviso se publican contra lo que el vulgo tiene persuadido no sirven de más, al principio (no haciéndose tal prevención), que alborotar al auditorio y enojarle; de manera que viene a perder la pía afección y aborrecer la doctrina.

Esta manera de proceder quisiera yo poder guardar contigo, curioso lector, si hubiera forma para poderte primero tratar y descubrir a mis solas el talento de tu ingenio porque si fuera tal cual convenía a esta doctrina, apartándote de los ingenios comunes, en secreto te dijera sentencias tan nuevas y particulares cuales jamás pensaste que podían caer en la imaginación de los hombres. Pero como no se puede hacer, habiendo de salir en público para todos esta obra, no es posible dejar de alborotarte, porque si tu ingenio es de los comunes y vulgares bien sé que estás persuadido que el número de las ciencias y su perfección ha muchos días que por los antiguos está ya cumplido, movido con una vana razón que pues ellos no hallaron más que decir, argumento es que no hay otra novedad en las cosas; y si por ventura tienes tal opinión no pases de aquí ni leas más adelante, porque te dará pena ver probado cuán miserable diferencia de ingenio te cupo. Pero si eres discreto, bien compuesto y sufrido, decirte he tres conclusiones muy verdaderas, aunque por su novedad son dignas de grande admiración.

La primera es que de muchas diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sólo una te puede, con eminencia, caber, si no es que naturaleza, como muy poderosa, al tiempo que te formó echó todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos o tres, o por más no poder te dejó estulto y privado de todas.

La segunda, que a cada diferencia de ingenio le corresponde, en eminencia, sólo una ciencia no más; de tal condición, que si no aciertas a elegir la que corresponde a tu habilidad natural tendrás de las otras gran remisión aunque trabajes días y noches.

La tercera, que después de haber entendido cuál es la ciencia que a tu ingenio más le corresponde, te queda otra dificultad mayor por averiguar, y es si tu habilidad es más acomodada a la práctica que a la teórica, porque estas dos partes (en cualquier género de letras que sea) son tan opuestas entre sí y piden tan diferentes ingenios que la una a la otra se remiten como si fuesen verdaderos contrarios.

Duras sentencias son (yo lo confieso), pero otra cosa tiene de más dificultad y aspereza, que de ellas no hay a quién apelar ni poder decir de agravios, porque siendo Dios el autor de naturaleza y viendo que esta no da a cada hombre más que una diferencia de ingenio (como atrás dije), por la oposición o dificultad que de juntarlas hay, se acomoda con ella, y de las ciencias que gratuitamente reparte entre los hombres por maravilla da más que una en grado eminente.

Este repartimiento de ciencias yo no dudo que lo hace Dios, teniendo cuenta con el ingenio y natural disposición de cada uno; y pensar que estas ciencias sobrenaturales no piden ciertas disposiciones en el sujeto antes que se infundan es error muy grande. Para Aristóteles, lib. II, De anima. Eccles., 17: "La razón de esto es que las ciencias sobrenaturales se han de sujetar en el ánimo racional, y el ánima está sujeta al temperamento y compostura del cuerpo como forma sustancial." Porque cuando Dios formó a Adán y Eva, es cierto que primero los llenase de sabiduría, les organizó el cerebro de tal manera que la pudiesen recibir con sabiduría y fuese cómodo instrumento para con ella poder discurrir y raciocinar.

Y así dice la divina Escritura: "Et cor dedit illis excogitandi, et disciplina intellectus replevit illos." Y que según la diferencia de ingenio que cada uno tiene se infunda una ciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas es cosa que se deja entender en el mismo ejemplo de nuestros primeros padres.

En las sustancias angélicas hallaremos también la misma cuenta y razón; porque para dar Dios a un ángel más grados de gloria y más subidos dones, le da primero más delicada naturaleza; y preguntando a los teólogos de qué sirve esta naturaleza tan delicada, dicen que en el ángel que tiene más subido entendimiento y mejor natural se convierte con más facilidad a Dios y usa del don con más eficacia, y que lo mismo acontece en los hombres. De aquí se infiere claramente que pues hay elección de ingenios para las ciencias sobrenaturales, y que no cualquiera diferencia de habilidades es cómodo instrumento para ellas, que las letras humanas con más razón le pedirán pues la han de aprender los hombres con las fuerzas del ingenio. Saber, pues, distinguir y conocer estas diferencias naturales del ingenio humano y aplicar con arte a cada una la ciencia en que más ha de aprovechar es el intento de esta mi obra.

Si saliere con él (como lo tengo propuesto) daremos a Dios la gloria de ello, pues de su mano viene lo bueno y acertado; y si no, bien sabes, discreto lector, que es imposible inventar un arte y poderla perfeccionar, porque son tan largas y espaciosas las ciencias humanas que no basta la vida de un hombre a hallarlas y darles la perfección que han de tener. Harto hace el primer inventor en apuntar algunos principios notables, para que los que después sucedieren con esta simiente tengan ocasión de ensanchar el arte y ponerla en la cuenta y razón que es necesaria. Aludiendo a esto Aristóteles, dice que los errores de los que primero comenzaron a filosofar se han de tener en gran veneración, porque como sea tan dificultoso el inventar cosas nuevas y tan fácil añadir a lo que ya está dicho y tratado, las faltas del primero no merecen, pro esta razón, ser muy reprendidas ni al que añade se le debe mucha alabanza.

Yo bien confieso que esta mi obra no se puede escapar de algunos errores por ser la materia tan delicada y donde no había camino abierto para poderla tratar. Pero si fuesen en materia donde el entendimiento tiene lugar de opinar, en tal cosa te ruego, ingenioso lector, antes que des tu decreto, leas primero toda la obra y averigües cuál es la manera de tu ingenio, y si en ella hallares alguna cosa que a tu parecer no esté bien dicha, mira con cuidado las razones que contra ella más fuerza te hacen; y si no las supieres soltar, torna a leer el capítulo XIII donde se prueba que la teoría de la teología pertenece al entendimiento y el predicar, que es su práctica, a la imaginativa, que en él hallarás la respuesta que puede tener. Vale.

 

Una duda me ha traído fatigado el ingenio muchos días ha, pensando, curioso lector, que su respuesta era muy oculta al juicio y sentido de los hombres. Lo había siempre disimulado, hasta que ya (molestado de ocurrirme tantas veces a la imaginación) propuse en mí de saber su razón natural, aunque me costase cualquier trabajo. Y es de dónde puede nacer que siendo todos los hombres de una especie indivisible y las potencias del alma racional, memoria, entendimiento y voluntad, de igual perfección en todos, y lo que más aumenta la dificultad es que siendo el entendimiento potencia espiritual y apartada de los órganos del cuerpo, con todo eso vemos por experiencia que si mil hombres se juntan para juzgar y dar su parecer sobre una misma dificultad, cada uno hace juicio diferente y particular, sin concertarse con los demás, por donde se dijo:

Mille hominum species et rerum discolor usus

Velle suum cuique est, nec voto vivitur uno.

Ningún filósofo antiguo ni moderno, que yo haya visto, ha tocado esta dificultad, asombrados, a mi ver, de su gran oscuridad, aunque todos los veo querellosos del vario juicio y apetito de los hombres, por donde me fue forzado echar el discurso a volar y aprovecharme de la invención, como en otras dificultades mayores que no han tenido primer movedor. Y discurriendo hallé por mi cuenta que en la compostura particular de hombres hay una causa natural, que involuntariamente los inclinaba a diversos pareceres, y que no es odio ni pasión ni ser los hombres detractores y amigos de contradecir (como piensan los que escriben cartas nuncupatorias a sus Mecenas, pidiéndoles contra ellos ayuda y favor); pero cuál fuese esta causa en particular y de qué principios pueda nacer aquí estuvo el dolor y trabajo. Para lo cual es de saber que fue antigua opinión de algunos médicos graves que todos los hombres que vivimos en regiones destempladas estamos actualmente enfermos y con alguna lesión, aunque por habernos engendrado y por haber nacido con ella, y no haber gozado de otra mejor templanza, no lo sentimos.

Pero advirtiendo en las obras depravadas que hacen nuestras potencias, y en los descontentos que cada hora pasan por nosotros, sin saber de qué ni por qué, hallaremos claramente que no hay hombre que pueda decir con verdad que vive sin achaque ni dolor. Todos los médicos afirman que la perfecta salud del hombre estriba en una conmoderación de las cuatro calidades primeras, donde el calor no excede a la frialdad, ni la humedad a la sequedad, de la cual declinando es imposible que pueda hacer tan bien sus obras como antes solía. Y está la razón clara: porque si con la perfecta temperatura hace el hombre sus obras con perfección, forzosamente con la destemplanza, que es su contrario, las ha de hacer con alguna falta y lesión; pero para conservar aquella perfecta sanidad es necesario que los cielos influyan siempre en unas mismas calidades y que no haya invierno, estío ni otoño, y que el hombre no discurra por tantas edades y que los movimientos del cuerpo y del alma sean siempre uniformes; el velar y dormir, las comidas y bebidas, todo templado y correspondiente a la conservación de esta buena temperatura. Todo lo cual es caso imposible así al arte de medicina como a naturaleza: sólo Dios lo pudo hacer con Adán, poniéndolo en el paraíso terrenal y dándole a comer del árbol de la vida, cuya propiedad era conservar al hombre en el punto perfecto de sanidad en que fue criado.

Pero viviendo los hombres en regiones destempladas, sujetas a tantas mudanzas de aire al invierno, estío y otoño, y pasando por tantas edades cada una de su temperatura, y comiendo unos manjares fríos y otros calientes, forzosamente se ha de destemplar el hombre y perder cada hora la buena templanza de las primeras calidades; delo cual es evidente argumento ver que todos cuantos hombres se engendran nacen unos flemáticos y otros sanguíneos, unos coléricos, otros melancólicos y por gran maravilla uno templado, y a este no le dará la buena temperatura un momento sin alterarse. A estos médicos reprende Galeno en su De sanitante, libro I, diciendo que hablan con mucho rigor porque la sanidad de los hombres no consiste en un punto indivisible sino que tiene anchura y latitud, y que las primeras calidades pueden declinar del perfecto temperamento sin caer luego en enfermedad.

Los flemáticos se apartan notablemente por frialdad y humedad, y los coléricos por calor y sequedad, y los melancólicos por frialdad y sequedad, y todos viven salvos y sin achaque de dolor, y aunque es verdad que estos no hacen tan perfectas obras como los templados pero pasan con ellas sin notable lesión y sin llamar al médico que se las corrija. Por la cual razón, el arte de medicina los guarda y conserva como disposiciones naturales, aunque con esto confiesa Galeno que son destemplanzas viciosas y que se han de tratar como si fueran enfermedades, aplicando a cada una sus calidades contrarias, para reducirlas si fuese posible a la perfecta sanidad donde no hay dolores ni achaques. De lo cual es evidente argumento ver que nunca naturaleza con sus irritaciones y apetitos trata de conservar el destemplado con causas semejantes, sino siempre procura reducirlo con contrarios, como si estuviese enfermo, y así vemos que el colérico aborrece el estío y se huelga con el invierno, el vino le abrasa y con el agua se amansa. Que es lo que dijo Hipócrates: Calidade naturae, qui est aquae potus et refrigeratio.

Pero para el fin que hoy pretendo, impertinente es que estas templanzas sean enfermedades, como dijeron aquellos médicos antiguos, o sanidades imperfectas como confiesa Galeno, porque de la una y de la otra opinión se infiere claramente lo que yo quiero probar, y es que por razón de las destemplanzas que los hombres padecen, y por no tener entera su composición natural, están inclinados a gustos y apetitos contrarios, no solamente en la irascible y concupiscible, pero también en la parte racional. Lo cual se ve claramente discurriendo por todas las facultades que gobiernan al hombre destemplado: el que es colérico, según las potencias naturales, desea alimentos fríos y húmedos, y el flemático alientes y secos. El colérico, según la potencia generativa, se pierde por mujeres y el flemático las aborrece; el colérico según la irascible adora en la honra, en la vanagloria imperio y mando y ser a todos superior, y el flemático estima más hartarse de dormir que todos los señoríos del mundo. Y donde se echa de ver también los varios apetitos de los hombres es entre los mismos coléricos, flemáticos, sanguíneos y melancólicos, por razón de las muchas diferencias que ya hay de cólera, flema y melancolía. Pero para que más claro se entienda que las varias destemplanzas y enfermedades que los hombres padecen, es la causa total de hacer varios juicios (en lo que toca a la parte racional) será bien poner ejemplo de las potencias exteriores, porque lo que fuere de ellas será también de las interiores.

Todos los filósofos naturales convienen en que las potencias con que se han de hacer algún conocimiento han de estar sanas y limpias delas calidades del objeto que han de conocer, so pena que harán juicios varios y todos falsos. Finjamos, pues, cuatro hombres enfermos en la compostura de la potencia visiva, y que el uno tenga en el humor cristalino una gota de sangre empapada y otro de cólera y otro de flema y otro de melancolía: si a éstos (no sabiendo ellos de su enfermedad) les pusiésemos delante un pedazo de paño azul para que juzgasen del color verdadero que tenía, es cierto que el primero diría que era colorado y el segundo amarillo y el tercero blanco y el cuarto negro. Y todos lo jurarían y se reirían unos de otros como que erraban en cosa tan manifiesta y notoria. Y si estas cuatro gotas de humores las pasásemos a la lengua y les diésemos a beber un jarro de agua, el uno diría que era dulce, el otro amarga, el otro salada y el otro ácida. Veis aquí cuatro juicios diferentes en dos potencias, por razón de tener cada una su enfermedad, y ninguna atinó a la verdad.

La misma razón y proporción tienen las potencias interiores con sus objetos, y si no pasemos aquellos cuatro humores en mayor cantidad al cerebro, de manera que lo inflamen, y veremos mil diferencias de locuras y disparates, por donde se dijo: cada loco con su tema. Los que no llegan a tanta enfermedad parece que están en su juicio y que dicen y hacen cosas convenientes, pero realmente disparatan sino que no se echa de ver por la mansedumbre con la que algunos proceden. Los médicos de ninguna señal se aprovechan tanto para conocer y entender si un hombre está sano o enfermo como mirarle a las obras que hace, y si éstas son buenas y sanas es cierto que tiene salud, y si lesas y dañadas infaliblemente está enfermo.

En este argumento se fundó aquel gran filósofo Demócrito Abderita, cuando le probo a Hipócrates que el hombre desde que nace hasta que se muere no es otra cosa más que una perpetua enfermedad, según las obras racionales. Hipócrates aceptó la sentencia y la trasladó a su amigo Damageto. Hipócrates siguió visitando y aprendiendo de Demócrito Abderita que contaba sobre los varios apetitos de los hombres y las locuras que hacen y dicen por razón de estar todos enfermos. Y concluyendo le dijo que este mundo no era más que una casa de locos representada para hacer reír a los hombres. Alegaba Hipócrates ante ello que si los hombres fuéramos todos templados y viviéramos en regiones templadas y usáramos de alimentos templados, todos, aunque no siempre, pero por la mayor parte, tuviéramos unos mismos conceptos, unos mismos apetitos y antojos.

Y si alguno tomara la mano a razonar y dar su parecer en alguna dificultad, todos, de la misma manera, casi a una mano, lo firmarán de su nombre, pero viviendo como vivimos en regiones destempladas y con tantos desórdenes en el comer y beber, con tantas pasiones y cuidados del alma y tan continuas alteraciones del cielo, no es posible dejar de estar enfermos o por lo menos destemplados; y como no enfermamos todos con un mismo género de enfermedad, no seguimos comúnmente todos una misma opinión ni tenemos comúnmente un mismo apetito y antojo, sino cada uno el suyo conforme a la destemplanza que padece.

Con esta filosofía viene muy bien aquella parábola de san Lucas, que dice: Homo quidam descendebat ab Ierusalem in Ierico, et incidit in latrones qui etiam despoliaverunt eum et plagis impositis abierunt semivivo relicto. La cual declaran algunos doctores diciendo que aquel hombre así llagado representa la naturaleza humana después del pecado; porque antes lo había Dios creado perfectísimo en la compostura y temperamento que naturalmente se debía a su especie, y le había dado muchas gracias y dones sobrenaturales para mayor perfección suya; especialmente le dio la justicia original, con la cual alcanzó el hombre toda la salud y concierto que en su compostura se podía desear. Y así la llamó san Agustín sanitas naturae, porque de ella resultaba la armonía y concierto del hombre, sujetando la porción inferior a la superior y la superior a Dios.

Todo lo cual perdió en el punto que pecó; porque luego le despojaron de lo gratuito y en lo natural quedó herido y llagado. Y si no, miremos a sus descendientes cómo están y qué obras hacen, y se entenderá claramente que no pueden proceder sino de hombres enfermos y llagados, a lo menos de su libre albedrío está determinado que después del pecado quedó medio muerto, sin las fuerzas que solía tener; porque en pecando Adán, luego lo echaron del paraíso terrenal (lugar templadísimo), y lo privaron del árbol de la vida y de los demás amparos que había para conservarle su buena compostura; la vida que comenzó a tener fue de mucho trabajo, durmiendo por los suelos al frío, al sereno y al calor; la región donde habitaba era destemplada y las bebidas y comidas contrarias a su salud; él andaría descalzo y mal vestido, sudando y trabajando para ganar de comer, sin casa ni abrigo, vagando de región en región; un hombre que se había criado en tanto contento y regalo con tal vida forzosamente había de enfermar y destemplarse, y así no le quedó órgano ni instrumento corporal que no estuviese destemplado, sin poder obrar con la suavidad que antes solía, y con tal destemplanza conoció a su mujer y engendró tan mal hombre como Caín, de tan mal ingenio, malicioso, soberbio, duro, áspero, desvergonzado, envidioso, indevoto y mal acondicionado.

Y así comenzó a comunicar a sus descendientes esta mala salud y desorden; porque la enfermedad que tienen los padres al tiempo de engendrar, esa misma, dicen los médicos, sacan sus hijos después de nacidos; pero una dificultad grande se ofrece en esta doctrina y pide no cualquiera solución, y es: si todos los hombres estamos enfermos y destemplados, como lo hemos probado, y de cada destemplanza nace juicio particular, ¿qué remedios tendremos para conocer cuál dice la verdad de tantos como opinan? Porque si aquellos cuatro hombres erraron en el juicio y conocimiento que hicieron del paño azul, por tener cada uno su enfermedad particular en la vista, lo mismo podría acontecer en otros cuatro si cada uno tuviese su particular destemplanza en el cerebro, y así quedaría la verdad ocultada o ninguno la alcanzaría por estar todos enfermos y destemplados.

A esto se responde: que la sabiduría humana es incierta y caduca por la razón que hemos dicho; pero fuera de esto, es de saber que nunca acontece enfermedad en el hombre que debilitando una potencia por razón de ella, no se fortifique la contraria o la que pide contrario temperamento, como si el cerebro templado se destemplase por humedad es cierto que crecería la memoria y faltaría el entendimiento, como adelante probaremos; y si por sequedad subiría el entendimiento y bajaría la memoria; y así en las obras tocantes al entendimiento mucho más sabría un hombre de seco cerebro que uno muy sano y templado, y en las obras de la memoria mucho más alcanza un destemplado por humedad que el hombre más templado del mundo; porque, según opinión de los médicos, en muchas obras exceden los destemplados a los templados. Por donde dijo Platón, en su Sentent, que por maravilla se halla hombre de muy subido ingenio que no pique algo en manía (que es una destemplanza caliente y seca del cerebro).

De manera que hay destemplanza y enfermedad determinada para cierto género de sabiduría y repugnante para las demás, y así es necesario que el hombre sepa qué enfermedad es la suya y qué destemplanza y a qué ciencia corresponde en particular (que es el tema de este libro); porque con ésta alcanzará la verdad y con las demás hará juicios disparatados.

Los hombres templados (como adelante probaremos) tienen capacidad para todas las ciencias, con cierta mediocridad, sin aventajarse mucho en ellas; pero los destemplados, para una y no más, a la cual si se dan con certidumbre y la estudian con diligencia y cuidado, harán maravillas en ella, y si la yerran sabrán muy poquito en las demás. De lo cual es evidente argumento ver por las historias que cada ciencia se inventó en la región destemplada que le cupo, acomodada a su invención.

Si Adán y todos sus descendientes vivieran en el paraíso terrenal, de ninguna arte mecánica ni ciencia (de las que agora se leen en las escuelas) tuviera necesidad, ni hasta el día de hoy se hubiera inventado ni puesto en práctica; porque andando desnudos y descalzos no eran necesarios sastres, calceteros, zapateros, cardadores, tejedores, carpinteros ni domificadores, porque en el paraíso terrenal no había de llover ni correr aires fríos ni calientes de que se hubieran de guardar. También no hubiera esta teología escolástica y positiva, a lo menos tan extendida como agora tenemos; porque no pecando Adán no naciera Jesucristo, de cuya encarnación, muerte y vida, y el pecado original, y del reparo que tuvo, está compuesta esta facultad. Menos hubiera jurispericia; porque para el justo no son necesarias leyes ni derecho; todas las cosas fueron comunes y no hubiera mío ni tuyo, que es la ocasión de los pleitos y del reñir. La medicina fuera ciencia impertinente porque los hombres fueran inmortales, no sujetos a corrupción ni alteración que les causara enfermedad, comieran todos de aquel árbol de la vida cuya propiedad era repartirles siempre mejor húmedo radical que antes tenían.

En pecando Adán, luego tuvieron principio práctico todas las artes y ciencias que hemos dicho; porque todas fueron menester para remediar su miseria y necesidad. La primera que comenzó en el paraíso terrenal fue la jurisprudencia, donde se sustanció un proceso por el mismo orden judicial que agora tenemos, citando la parte y poniéndole su acusación, y respondiendo el reo, con la sentencia y condenación del juez. La segunda fue la teología; porque cuando dijo Dios a la serpiente: et ipsa conteret caput tuum, entendió Adán, como hombre que tenía el entendimiento lleno de ciencias infusas, que para su remedio el Verbo divino había de encarnar en el vientre virginal de una mujer, y que ésta, con su buen parto, había de poner debajo de un pie al demonio con todo su imperio; en la cual fe y creencia se salvó. Tras la teología salió luego el arte militar, porque en el camino por donde Adán iba a comer del árbol de la vida fabricó Dios un presidio, donde puso un querubín armado para que le impidiese el paso. Tras el arte militar salió luego la medicina; porque en pecando Adán se hizo mortal y corruptible, sujeto a mil enfermedades y dolores.

Todas estas ciencias y artes tuvieron su principio práctico aquí, y después se perfeccionaron y aumentaron cada una en la región destemplada que le cupo, naciendo en ella hombres de ingenio y habilidad acomodada a su invención.

Y así concluyo, curioso lector, confesando llanamente que yo estoy enfermo y destemplado y que tú lo podrás estar también, pues nací en tal región, y que nos pudiera acontecer lo que a aquellos cuatro hombres que siendo el paño azul, el uno juró que era colorado, y el otro blanco, el otro amarillo, y el otro negro, y ninguno acertó por la lesión particular que cada uno tenía en su vista.

Juan Huarte de San Juan

 
 
 

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jueves, 26 de noviembre de 2015

La devoción a la posteridad

 
El Hombre, que bien pudiera haber escapado de un museo, sugería una gran visión retrospectiva. Ella le imitó en el gesto sirenio, deslizando la lengua de lado a lado de la boca entrecerrada mientras observaba competente el mundo alrededor.
    El Hombre, bien sostenido por sus piernas, devolvió la mano a la frente y carraspeó como si buscara la atención de un público inmaduro propenso a distraerse.
    Oye, ¿a quién te gustaría parecerte?; oye, ¿cómo prefieres que te recuerden si haces méritos para ello?; oye, ¿cómo aspiras a inmortalizarte?
    Ante esta antigua y continuamente renovada disyuntiva la Mujer estaba preparada, tenía a su disposición la respuesta absoluta.
    Como la Poetisa de Pompeya proclamó henchida de dignidad.
    El Hombre no aparentaba sorpresa.
    Vaya, vaya. Inmortal y admirada como la hermosa inspiración de bucles castaños, la culta mujer inmortalizada en arte parietal, con el cálamo delicadamente apoyado en los labios y las enceradas tablillas en el atril de la otra mano, magnífica postura. Qué gran elección imposible.
    La Mujer terció disconforme,  herida en el frágil orgullo de la inmortalidad.
    Seré recordada insinuada de perfil, viendo más allá del espectador.
 
   
 
Con el cálamo sutilmente apoyado en los labios, aguardando con sensual paciencia la inspiración, la Poetisa de Pompeya emana gracia en la pose, distinción en el dibujo y finura en el cromatismo.
    Será una obra maestra, si la Mujer lo consigue; pues no habrá mayor belleza, culta o ideal, que la dispensada por su retrato.
 

Poetisa de la casa de Libanio, en Pompeya (siglo I a.C.).

lunes, 23 de noviembre de 2015

Héroes con nombre y héroes anónimos


Cuando Aníbal pone pie con sus legiones en el recinto de la ciudadela de Sagunto siente el espolazo de la victoria, tanto más codiciada cuanto más difícil. Ha llegado el momento de dar por liquidados todos los afanes, odas las vicisitudes de una lucha pertinaz a las puertas de una fortaleza, acorazada reciamente, más que por los sillares por el patriotismo de los héroes que la defienden. Los saguntinos no aceptan la capitulación.

    Aníbal acomete con todo y a punto está de sucumbir a las puertas de la ciudad; pero, por fin, penetra en ella sediento de sangre, enloquecido como fiera herida, en busca de presa en que saciar su venganza bien que ya tardíamente.
    Los resistentes de Sagunto no quieren ser vencidos. Toman sus ajuares, joyas y enseres para con ellos apilados prender una hoguera. Los que no pueden tomar las armas para batirse se precipitan en el fuego buscando así la santificación de su sacrificio por la Patria; los que logran aún esgrimir las armas ofrecen el pecho a la muerte y abandonan el recinto, para morir y también para matar.
 

Expone el militar e historiador Joaquín A. Bonet que a fuerza de admirar a los vencedores de contiendas y litigios, demasiadas e injustificadas veces queda en la penumbra de un segundo plano la grandeza merecida e imponente de los vencidos.

    Recordamos a Sagunto. Y también a Numancia, las guerras de Numancia, que parecían invención de un espíritu romancesco, creador de temas para unos cuadros patéticos con espadas y torsos desnudos, caídos como ruinas de un circo romano, o para unos poemas henchidos de un sentimiento casi desconocido, por inactual, llamado patriotismo. En Numancia nuestras simpatías se inclinan por el lado de los vencidos. Tenía que ser. Los ocho mil hombres que resistían el empuje de los treinta mil de Pompeyo, se agigantan en nuestra admiración cuando los vemos crecer en la defensa de su honor.
    El río Duero, vena española que circunda Numancia, ofrece a los numantinos la cuna de su álveo y el vehículo de sus aguas, para que de ellos se sirvan en la conquista de bastimentos. Escipión es quien ciega el camino fluvial; vigas enormes erizadas de púas cierran el paso a barcas y nadadores. Numancia va a sucumbir sobre sus propios escombros; como los numantinos, que han de morir matando entre las huestes romanas o entregando al veneno o al fuego las vidas que codicia el bárbaro invasor. Y hay quienes hunden en su propio pecho la espada de que se valieran para matar a los suyos antes que éstos puedan caer en manos del enemigo.

    Allí, al pie del Duero, estaba España. Estuvo España en Rocroi: ¡Contad los muertos y sabréis los que éramos! Estuvo España en el cuartel de Simancas: ¡El enemigo está dentro. Disparad sobre nosotros!
 

Tiene Miguel de Cervantes una gran tragedia escrita que lleva por significado título Numancia, donde hablan símbolos eternales y también la Patria. Teógenes, el caudillo de los numantinos, dice una gran letanía de octavas reales:

Y pues nuestros designios descubiertos

han sido, y es locura aventurarnos,

amados hijos, y mujeres nuestras,

nuestras vidas serán de hoy más las vuestras.

Sólo se ha de mirar que el enemigo

no alcance de nosotros triunfo y gloria;

antes ha de servir él de testigo

que admire y eternice nuestra historia,

y si todos venís en lo que digo,

mil siglos durará nuestra memoria.

 

El sentido de la Patria va cobrando en nuestro pecho gran hondura y excelsa majestad en nuestro entendimiento. Era un valor que resucitaba, con la pureza de lo nuevo, de lo creado otra vez.

 
En la época moderna hay ocasión de percibir la nitidez de esa fuerza eterna que mueve a los pueblos.

    Sentimos el fragor de nuestra guerra de la Independencia, aquel gran levantamiento nacional que ha dejado en el aire español el polvillo dorado de una esencia inmarcesible. No la vemos vinculada sólo en los generales y en la masa que les sigue. La tocamos al repasar aquel episodio, de escasa resonancia en la Historia, pero profundamente estremecedor, de Gaspar Melchor de Jovellanos, cuando regresa a la Península después de atravesar la triste laguna de siete años de inicua persecución en Mallorca. Es junio de 1808.

    Festeja el pueblo la vuelta del ilustrado Jovellanos, le agasajan los próceres. José de Palafox que habiendo dispuesto una representación pública de la Numancia, de Cervantes, acaba de conmover con tan sabio arbitrio el espíritu patriótico de Zaragoza es quien mejor le acoge y ensalza, a su paso por la ciudad aprestada a su defensa, porque en él reconoce no ya la sabiduría sino la virtud fundamental que es directriz de su vida: el amor a España.

    Francisco de Goya acude a retratarle, vibrante todavía su paleta de haber reflejado dramáticamente los fusilamientos de la Moncloa. Acaso va a Zaragoza requerido por el propio general Palafox, para que su pincel recoja el heroísmo de aquellos sitios; pero antes quiere retratar al gran desterrado, que es una cumbre del honor nacional, cuando el varón ilustre descansa en la alcarreña Jadraque. A la vez que el pintor, se acercan al otrora prisionero de Bellver muchos hombres que representan la negación de la Patria. Allí están los afrancesados, no en persona, sino con sus cartas llenas de lagoterías para atraer al hombre incorruptible. Meléndez Valdés, su viejo amigo, el dulce Batilo, le llama; también su protegido Leandro Fernández de Moratín, y Mazarredo, y Cabarrús, y tantos más. Incluso el rey intruso, José I, hermano de Napoleón Bonaparte, le ofrece la responsable cartera de Interior. El propio Napoleón ordena que el gijonés, Jovellanos, vaya a Asturias a reducir a sus paisanos levantados contra el invasor gabacho. Le escribe, tratando de persuadirle también, el general francés Sebastiani.

    Pero Jovellanos, con la dignidad y la firmeza de un patriota y tras aceptar un puesto en la Junta Central la Junta española sublevada contra el poderío y las influencias extranjeras, contesta a todos en términos que resumen estas palabras enviadas a su antiguo amigo el conde de Cabarrús: "Desde que dejasteis de ser amigo de España, dejasteis de serlo mío. Desde Gijón a Cádiz, desde Lisboa a Tarragona, no suena otro clamor que el de la guerra. La justicia de la causa da tanto valor a nuestras tropas como desaliento a los mercenarios que vendrán a batirlas. El dolor de la injuria, tan punzante en el honor castellano, aguijará continuamente el valor y la constancia de los nuestros; y crea Vm. que cuando el triunfo sea posible el conquistador verá su trono sobre ruinas y cadáveres, y ya no reinará sino en un desierto."

    Así expresa el patriota el sentido de la gran epopeya de 1808.
 

Gaspar Melchor de Jovellanos. Pintura de Goya (h. 1798). Museo del Prado, Madrid.

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Gaspar Melchor de Jovellanos, nacido el año 1744 en Gijón, fue político, poeta, autor teatral y prosista. Estudió en Oviedo, Ávila, El Burgo de Osma y Alcalá, hasta ingresar en la magistratura y en 1767 es nombrado alcalde del crimen en la Audiencia de Sevilla.

    En la capital hispalense asistía a la tertulia que con un grupo de amigos ilustrados organizaba el gobernador Pablo de Olavide, a su vez escritor, jurista y político. Más adelante Jovellanos también sería conocido en los círculos literarios de Madrid y Salamanca.
    Elevado al cargo de alcalde de casa y corte (institución jurídico administrativa castellana de antiguo origen, siglo XIII), marchó de Sevilla a Madrid donde durante doce años, entre 1778 y 1790, participó activamente en la reforma política y cultural de la nación. De este periodo es su paso por la Sociedad económica, la Real Academia Española, la Real Academia de la Historia, la Real Academia de San Fernando, la Real Academia de Cánones (de Sagrados Cánones, Liturgia, Historia, y Disciplina Eclesiástica) y la Real Academia de Derecho y Práctica (de Jurisprudencia y Legislación); habiendo ingresado en cada una de las citadas. Además de involucrarse en la Real Junta de Comercio, Monedas y Minas aportando informes, memorias y censuras de libros.

    Cayó en desgracia a la muerte de Carlos III y sufrió destierro en su localidad natal, de 1790 a 1798, ciudad en la que fundó el Instituto asturiano de náutica y escribió, entre otros, el importante Informe sobre el expediente de la ley agraria y la Memoria sobre espectáculos.

    Cuando Godoy (Manuel Godoy y Álvarez de Faria), primer ministro del rey Carlos IV, nombró ministro a Francisco Cabarrús, éste condujo a Jovellanos de nuevo a Madrid para adjudicarle la cartera de Gracia y Justicia, año 1797, comprometido ministerio en el que tuvo poco tiempo para ejercitarse. Volvió a caer en desgracia y padeció otro destierra en Gijón y al cabo prisión en Mallorca, entre 1801 y 1808. En su reclusión aprovechó para escribir unas memorias y otras obras reflexivas y de consideración general.

    Al ser liberado, habiendo estallado la guerra contra el invasor francés, se unió a la Junta Central de Defensa Nacional sita en Cádiz; lugar de patriotas liberales.

    Un año antes de su muerte, en 1811, escribió una Memoria en defensa de la Junta Central.

 
Gaspar Melchor de Jovellanos tuvo gran influencia como poeta en José Cadalso y la escuela salmantina; y como prosista, a través de sus Diarios, en todos aquellos escritores de prosa autobiográfica.
 

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jueves, 19 de noviembre de 2015

Los caminos del viajero (3)

 

La discrecionalidad de la fortuna en dos líneas y un suspiro.

  
Lo que uno es no todo el mundo lo puede apreciar a simple vista. La habilidad para la venta del producto, que es uno mismo del envoltorio a la materia prima, ayuda a su penetración en las esferas de los muy variados negocios y comercios.

    A lo largo de la propia existencia, que siempre viaja en paralelo a la de la sociedad donde se reside y ejerce aquella actividad que proporciona lucro y un nombre escrito con mayúscula inicial, satisfacción o el indispensable sustento que permite continuar entre los vivos con cierta independencia, de esa existencia que es de uno porque no es posible delegarlo todo, el aprecio de sí mismo y la autoestima nada desdeñosa hacia el prójimo ayudan a digerir los contratiempos, lo que es muy sano para la mente y el cuerpo, al tiempo que validan las acciones del autor incrementando hacia él y ellas el favor del prójimo a distancia de relación.

    No siempre se consigue tal aspiración, por supuesto, aunque haya empeño y suficientes argumentos, la mayoría de peso, para que el pretendido reconocimiento tenga lugar. Al hilo del sabio refranero, afortunado el que goza de salud, cae en gracia y tiene padrino; quien disponga de estas tres dádivas que dé gracias a los hados.

    Hasta aquí lo aceptable, piensa Felio. A su lado, mirando el cielo vespertino, Elena fuma su penúltimo cigarrillo. Lleva tres años fumando el cigarrillo que precede al último, a la despedida.

    No puedo con tanto miserable -lamenta-; y es que no cejan. Dale que te pego con la monserga. Es de lo que hablamos, ¿no?

    Como Felio suele distraerse con los varios paisajes que contempla, no está de más recordar el hilo conductor.

    Sí, de eso hablamos.

    Le importa un comino que Elena fume. Tampoco le importa que fume Luis el risueño o Marisa, Rita la vacilante o Gabriel. Al aire libre y sin soplidos intencionados el humo y el olor molestan menos.

    Hablamos de la pesca subterránea.

    Y de la caza furtiva.

    Es una imagen sugestiva la del penúltimo cigarrillo en el ocaso de la inmediata civilización. Dijo una vez Elena a una audiencia selectiva de amigos y confidentes, y sin que mediara incitación, que el destino estaba trazado hasta para los incrédulos del prodigio sobrenatural. Ella fue contundente al pronunciar y no hubo réplica y sí una solidaria reflexión por sus palabras.

    Felio mostró entonces un gesto indescifrable, de esos que pueden significar una cosa o la contraria, incluso más de una cosa y sus oposiciones.

    Espero que te equivoques, sólo porque quiero añadir a mi historia los textos de mi incumbencia.
    Elena sacudió manos y cabeza.

    ¡Y yo!

    Y los demás allí presentes. Acuerdo unánime.

    Piensa Felio que tras las apariencias hay una realidad certera, tan visible como burladora, tan asequible como pertinaz e infranqueable.

    Hablamos de lo mismo. Los hay que nacen con estrella y los que nacen estrellados.

    Bueno, aun suponiendo que las malas pasadas vengan de la cuna o del útero o del travieso espermatozoide que descarga su genética en el acogedor óvulo, el dedo benefactor juega lo suyo.

    Quizá de la mano de un destino omnímodo, recurrente tanto como esquivo, que se deja querer, con sus partidarios y detractores conviviendo en armonía; a diferencia de otros litigios enquistados en las informaciones de los medios de comunicación.

    Ya se verá -murmuró alguien en la improvisada tertulia.

    Gabriel, el anunciador, avista el crepúsculo de los dioses. No hay melancolía, ni añoranza en la contemplación pretérita del horizonte. Bueno, si remanece algo de cada una de ellas y acaba propagándose sobre el pequeño círculo de afines.

    Debe ser por la hora.  

lunes, 16 de noviembre de 2015

La aguadora María Bellido


La batalla de Bailén confirmó que el Ejército Imperial no era invencible. Aquel 19 de julio de 1808, en Bailén la sed fue una pesadilla y la continua obsesión de los contendientes.
    Escribe Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales, el titulado Bailén, p. 338-339: "Los soldados de los regimientos que allí se rehacían para salir de nuevo al frente clamaban... pidiendo agua. Vimos con alegría que desde el pueblo venían corriendo algunos hombres con cubos... era para los cañones... se oyó decir "allí hay agua, allí se están disputando la noria"..., los franceses defendían su vaso de agua... y nosotros se lo disputamos... sentimos que se duplicaba el calor... las secas espigas ardían como yesca... nos arrojamos sobre el enemigo resueltos a morir, la gota de agua quedó por España al grito de "Viva Fernando VII".
    El pueblo entero de Bailén se sumó al combate y cada uno sin distinción de edades, de sexo o de condición social lo hizo como supo o como buenamente pudo; relata el catedrático de Historia Manuel López Pérez en su obra María Bellido, una mujer para una batalla.
    María Bellido (o María Luisa Vellido o María Inés Juliana Bellido Vallejo) debe su fama al haber dado de beber al general Teodoro de Reding. Cuenta el coronel Rafael Vidal Delgado, historiador militar, en referencia a la batalla de Bailén y a la contribución de María Bellido: "Cuando una bala rompió el cántaro [con agua que aliviaba la sed de los combatientes] y ella, sin inmutarse, recogió un trozo del mismo en el que aún quedaba agua y se lo ofreció al general." Añade: "[La presencia femenina además] proporcionaba al combatiente moral de victoria, ya que el soldado se encuentra con una mujer que al mismo tiempo que le ofrece el jarrillo le conforta."

Monumento a la aguadora María Bellido.

Imagen de www.bailendiario.com
 
El general Francisco Javier Castaños, jefe de la fuerza española enfrentada a la francesa napoleónica, elogia la actitud de los vecinos de Bailén durante la batalla: "Heroicos vecinos, cuya lealtad y patriotismo debe servir de ejemplo y será bien señalada en la historia de nuestra gloriosa guerra; pues aunque algunos podrán querer competir en los auxilios de víveres y agua que arriesgando su vida proporcionaron durante la batalla, sin que las mujeres y niños cediesen en nada a los más esforzados varones."
    El historiador Antonio José Carrero resume la acción de las aguadoras y concretamente de María Bellido: "A tan oportuno auxilio [saciar la sed] concurrieron algunas heroínas mujeres, que desentendiéndose de su sexo y de los riesgos, con barriles y cántaros andaban por medio del Ejército dando de beber a los soldados, que admiraban su valor y patriotismo. Estando una de estas grandes mujeres dando de beber a un soldado, una bala le quebró el cántaro y ella, llena de espíritu, volvió con otro para continuar su importante obra. Compañera de ésta fue la que mitigó la sed al general Reding, quien la trató con el mayor agrado, haciendo después llamarla y tomar su nombre, ofreciendo premiarla."
    Las anotaciones de los oficiales Tomás Pascual Maupoey y Gaspar Goicoechea, las del general Antonio Remón Zarco del Valle y del historiador Ramón Cotta, sintetizan al respecto de la batalla y los hechos que se analizan: "En pleno fervor del combate llegaron hasta el puesto de mando varias mujeres portando unos cántaros de agua. Una de ellas, llamada María Luisa Bellido, ofreció agua al general y en el momento en que elevaba la vasija una bala rompió el cantarillo. La mujer no se inmutó. Recogió un tiesto donde había quedado algo de agua y lo ofreció al general, que alabó su valor y ofreció premiarla.
    Durante el viaje de Isabel II por Andalucía, concretamente en su visita a la localidad de Bailén, la reina fue obsequiada con un relicario en el que se conservaba entre dos coronas de laurel la famosa bala que rompiera el cántaro de María Bellido (recogido por el citado Manuel López Pérez en su obra citada, p. 59).
 
La heroína vio recompensado su valor. Le fue concedida una pensión vitalicia o bien por la Junta Central o bien, a sus legítimos descendientes, por el rey Fernando VII.
    La ciudad de Bailén incorporó a su escudo el cantarillo roto de María Bellido.

Escudo de la ciudad de Bailén.



Artículo complementario

    La batalla de Bailén



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jueves, 12 de noviembre de 2015

Todo tiene su momento

 
Languidece otro día en el emporio.
    A la puesta de Sol se congregan las artes en el acantilado que mira la raya del horizonte.
    He oído que está al llegar.
    Yo también lo he oído.
    Todo tiene su momento, recuerda la brisa del mar sabio.
    A mí me lo ha dicho.
    Y a mí.



Alphonse Osbert: Crepúsculo antiguo (1908).


 

Previsoras, comparecen al acontecimiento ataviadas con sus dones. Lucen, no obstante, discretas; pacientes en las maneras; comedidas en el habla.
    Son muchas las sendas abiertas en el mar que el mar con presteza sutura. Así, de un tiempo al siguiente, tanto el que va como el que viene, ha de improvisar la ruta en la carta de navegación o atreverse a la odisea; y quien espera suponer el rumbo o la ventura.
    Es agradable.
    Es atractivo.
    Los afortunados habitantes del emporio saben aguardar la llegada y la partida.

lunes, 9 de noviembre de 2015

La Compañía de Esquiadores


La saga de la Compañía de Esquiadores en su esfuerzo por socorrer Vsvad, figura entre los episodios heroicos que se han registrado en cualquiera de los bandos contendientes durante la Segunda Guerra Mundial. Solos, una isla española en un mar de extranjeros, estos bravos lucharon, murieron y ganaron un lugar inmortal en la historia.

A continuación se presenta la crónica resumida de los documentos aportados por el ex combatiente, periodista e historiador Fernando Vadillo y los profesores de Historia Gerald R. Kleinfeld y Lewis A. Tambs.

* * *

En la guerra de invierno (enero-febrero) de 1942, las líneas del frente no se hallaban perfectamente delimitadas; incluso en algunos sectores se carecía de línea. Las unidades alemanas eran aisladas y rodeadas por las tropas soviéticas.

Una pequeña unidad alemana perteneciente a la 290.ª División defendía Vsvad, población situada en la desembocadura del río Lovat, al sur del lago Ilmen. El capitán Pröhl, jefe de la Sección de Cazadores Antitanques, estaba al mando de los 543 hombres que componían la guarnición, restos del 290.º Batallón Divisionario de Anticarros y de otras unidades que pudieron refugiarse en Vsvad al ser copados sus puestos por el avance enemigo.

La mañana del jueves 8 de enero de 1942, el destacamento de Vsvad lucha por sobrevivir sin que el X Cuerpo de Ejército alemán pueda enviar una expedición de socorro. La petición de ayuda se traslada al 16.º Ejército, embebidas sus fuerzas en la batalla de Staraia Russa. El alto mando alemán quiere encontrar una unidad disponible para enviarla a Vsvad y recuerda el reconocimiento español en el hielo del lago Ilmen.

En el Cuartel General de la 250.ª División (Spanische División 250, la División Española de Voluntarios), sito en Grigorovo, se estudian los mapas de la zona. Vsvad se sitúa a una treintena de kilómetros del límite meridional del sector adjudicado a la División Azul. La orden es clara: hay que liberar a la guarnición sitiada. El Cuerpo de Ejército carece de reservas, sólo queda lo que pueda disponer el mando español. En la Comandancia del Grupo de Exploración y Explotación 250, situada en Staraia Rakoma, la Plana Mayor intuye lo que se avecina.

Imagen de Editorial San Martín.



Patrullas y destacamentos enemigos, dotados de esquíes, patines y raquetas, venían atacando con frecuencia y por sorpresa a lo largo de la costa del Ilmen, numerosos puestos de vigilancia y posiciones aisladas españolas. Los soviéticos, envueltos en blancos blusones de camuflaje, surgían de las tinieblas de la noche deslizándose velozmente por la superficie helada del lago, disparaban sus naranjeros y sus ametralladoras Maxim, emplazadas en ligeros trineos de mano, y desaparecían cual fantasmas en dirección Este, dejando atrás unos cuantos cadáveres, unas isbas incendiadas o unos búnkeres volados.

Para repeler estos ataques e impedir la infiltración de fuerzas enemigas por las zonas desguarnecidas o desenfiladas del subsector, mandado por el comandante Ángel Sánchez del Águila, jefe de los exploradores, el general Muñoz Grandes ordenó la formación de la Compañía de Esquiadores al teniente José Otero de Arce. La Comandancia se estableció en el poblado de Babky y la misión de los esquiadores era la de patrullar continuamente por el borde del lago cubriendo un frente de ocho kilómetros, distancia comprendida entre el norte de Babky y el sur de Spasspiskopez. La División Azul iba a contar con una unidad móvil capaz de acudir con rapidez al lugar donde se la requiriera.

 
Los españoles tampoco cuentan con reservas; el Regimiento 269.º está muy mermado de efectivos, el 262.º defiende Novgorod y el 263.º se extiende por todo el frente que corresponde a la División.
Alguien sugiere que pueden disponer del grupo de esquiadores.
La Compañía de Esquiadores tiene su puesto de mando en Samokrazha, una fuerza mixta de aproximadamente dos centenares de hombres al mando del capitán José Manuel Ordás Rodríguez.
La fuerza recibe orden de trasladarse a Spasspiskopez.

Imagen de José María Bueno y Ediciones Almena.



Un viento ululante que soplaba por la despejada amplitud del lago Ilmen y arrastraba la nieve en remolinos, envolvía la desvencijada isba (cabaña, vivienda rural de madera) que servía de caseta de radio a la Compañía de Esquiadores. El radio Varela escucha la voz que le indica: "La División al teléfono". Tras unas cuantas frases, Varela sale corriendo afuera y busca al comandante Sánchez del Águila; una vez de vuelta a la emisora, coge el receptor.
Finalizada la conversación despliega un mapa sobre la mesa de madera de abedul. En la parte superior, a la izquierda, figura la escala: 1:100.000; en el centro un nombre: Novgorod; a la derecha los cartógrafos de Estado Mayor han escrito: Blatt Nr. 0-36 VII Ost. El comandante localiza la posición de Vsvad, a treinta kilómetros en línea recta de donde se encuentra.
El general Agustín Muñoz Grandes había depositado su confianza en la Compañía de Esquiadores, dijo a sus oficiales. Debían disponerse a partir a la mañana siguiente, en diagonal atravesando el lago, lo más rápido que el tiempo y la orografía permitieran. El cálculo del capitán era de ocho horas de origen a destino, no obstante consideró llevar provisiones para tres días. Nueve fusiles automáticos proporcionarían una potencia de fuego extra. Todos los reunidos comprendieron que se trataba de una gesta heroica (así figura en la Hoja de Campaña, del 17 de febrero de 1942, p. 2).

 

Spasspiskopez era una aldea batida por el viento gélido del Ilmen de día, con 30º bajo cero si luce el Sol, y de noche, con 55.

El sábado 10 de enero el termómetro se mantenía en los 32 grados negativos. Era el sábado 10 de enero cuando los 206 hombres de la Compañía formaron con su indumentaria blanca de camuflaje. El viento, incesante y mordedor, les arroja nieve a la cara.

La columna de hombres, caballos, carruajes y el trineo ambulancia estaba dispuesta para partir. Los soldados, españoles, y los conductores, rusos aldeanos que acompañaban a sus cabalgaduras y enseres, habían cargado la impedimenta, las cajas de munición, las granadas de mano, las mantas, los sacos de víveres, los trípodes antiaéreos para fusil individual y ametrallador. A cada Pelotón se le había asignado un trineo y los trineos transportaban los cinco fusiles ametralladores procedentes del Batallón de Depósito 250, el famoso, heroico y diezmado Batallón de la Tía Bernarda; así como las bengalas de paracaídas de seda y el resto de la dotación. Dadas las condiciones climáticas y la orografía, nadie creía que la distancia fuera a cubrirse en las posibles ocho horas que se barajaban.

De la Comandancia sale el capitán Ordás a quien el teniente Otero de Arce, al frente de sus 154 esquiadores da la novedad.

Forman seis Secciones de la Compañía Divisionaria de Esquiadores 250, mandadas por los tenientes Vicente Castañer Enseñat, Antonio García Porta y Jacinto del Val, y los alféreces Germán Bernabéu del Amo, Joaquín García Lario y Alfonso López de Santiago. Forma el personal de la Plana Mayor del teniente José Otero de Arce, jefe de la Compañía, compuesto de un sargento, tres cabos y doce soldados. A estas tropas se habían agregado tres tenientes, un sargento y tres guripas del Grupo de Exploración; los tenientes eran Bernardino Domínguez Díaz, jefe de la unidad, Pedro Sánchez Bejarano, médico, y el intérprete Constantino Alejandrovich, un ruso blanco que había combatido en La Legión durante la pasada guerra española y que había cruzado el Ilmen anteriormente en misiones de enlace, y los también intérpretes Willie Klein y Michael Schumacher, de la Wehrmacht. Otras fuerzas agregadas eran las del Batallón de Depósito 250: un cabo y once soldados, y las del Grupo de Veterinaria: siete soldados. Más los dos sargentos, los dos cabos y los cinco guripas de la Plana Mayor de la 5.ª Compañía Divisionaria de Antitanques cuyo jefe, el capitán Ordás considerado un héroe entre sus hombres por sus méritos en las contiendas del protectorado marroquí y en la reciente guerra civil se trajo consigo al hacerse cargo del mando de la agrupación de fuerzas que se dispone a partir hacia Vsvad.

Muñoz Grandes había enviado a su ayudante, el capitán de Corbeta Manuel Mora Figueroa, a desearles buen viaje. "Vais a liberar a un batallón de camaradas alemanes", dijo Mora Figueroa. "Cruzaréis el lago. La marcha será corta pero dura. Os enfrentaréis a fuerzas soviéticas superiores en número. Si alguno de vosotros está enfermo que lo diga ahora."

 

El capitán Ordás dio la orden de partida. Los guías que señalaban la dirección de marcha, Miguel Piernavieja y Marcos García, comprueban que al llegar a la orilla del lago la temperatura es de 56º bajo cero.

Las penalidades eran continuas. El trineo ambulancia ya no puede acoger más congelados y exhaustos. El capitán Ordás cuenta las bajas y ordena que de se habilite otro trineo para el transporte a origen de los heridos y agonizantes.

"Cortando por ahí señala con su bastón alcanzaréis la costa entre las aldeas de Jerunovo y Jamok, junto a la desembocadura del río Veriasha. Debemos estar a su altura, poco más o menos. De allí subiréis por tierra hasta Spasspiskopez. ¡Ah, y decid a los nuestros que seguimos adelante!

La Compañía de Esquiadores prosigue la penosísima marcha. El teniente Castañer y el sargento Cayetano Montaña animan a la tropa: "¡Vamos, chavales, que esto es una juerga!"

El lago es una llanura tortuosa y abrupta en el centro, con altos acantilados cerrando el paso de la columna, con anchas fisuras obstruyendo la marcha de hombres, caballos y trineos. Tampoco era una losa compacta; debajo de la plancha de hielo se movían las aguas atrapadas y la presión de su oculta corriente era la que había resquebrajado la losa de vidrio, abriendo las grietas y elevando barricadas de acceso imposible. En los ventisqueros, los caballos se sumergen en la nieve por encima de los corvejones y los guripas se hunden hasta la cintura. La nieve errante, zarandeada por el viento, se acumula en los hoyos y las quebraduras.

El teniente médico del Grupo de Exploración y Explotación250, Pedro Sánchez Bejarano, recorría la columna recomendando a los soldados que procuraran respirar solamente por la nariz.

El sargento telegrafista informa al capitán Ordás que se ha estropeado la radio.

A la vanguardia de la columna sigue la 1.ª Sección de la Compañía de Esquiadores, mandada por el teniente Otero de Arce. El plan previsto al comenzar la marcha fue que las Secciones se relevaran cada cierto tiempo en la cabeza; pero al tropezar con las primeras barreras y fisuras, la línea recta que hasta entonces formaba la columna se hizo un ovillo, y la necesidad de bordear los obstáculos en busca de accesos acabó por desorganizar el orden inicial del avance.

El teniente Castañer dice: "Ya falta poco, muchachos." Los oficiales mienten a sabiendas. Y añaden: "¡Esto es una juerga para nosotros!"

El viento cargado de nieve pincha como agujas y empuja y derriba.

La radio ha vuelto a funcionar. A mediodía el Sol consigue rasgar la niebla pero no luce ni calienta.

Los taludes del lago alcanzan una altura de dos metros, las grietas se ensanchan y las simas son más negras y profundas.

 

El capitán Ordás ordena al sargento de Transmisiones que cada media hora comunique con el Cuartel General de Grigorovo. Pero el aparato TSH falla de nuevo. No hay manera de arreglarlo. "Tome el trineo y regrese a Spasspiskopez", ordena el capitán Ordás al sargento Varela. "Que le den un aparato nuevo y regrese inmediatamente."

Otras cinco bajas por congelación que son subidas a un trineo y puestas en camino de regreso.

El movimiento de la columna se entorpece, han de extremarse las precauciones y las medidas de seguridad. Se camina a rito de un kilómetro por hora y no se puede alzar la voz para evitar aludes y porque el enemigo puede estar al acecho.

Sobreviene el crepúsculo. Los sanitarios no dan abasto entablillando brazos y piernas, aplicando compresas de algodón hidrófilo, repartiendo sorbos de brandy, friccionando pies, manos y orejas y cargando en los trineos los cuerpos atacados por las dentelladas del frío. Las caballerías sufren como las personas.

A las cinco de la tarde es noche cerrada. No se ve más allá del hombre que va delante; si no fuese por el hilacho de luz rojiza de las linternas de los sargentos cualquiera creería estar solo en mitad del lago. Una sima se traga un trineo, incluido el caballo y la carga.

Los soldados pierden la noción del tiempo y el espacio; se insensibilizan los cerebros, se adormecen las ideas, se endurecen los pies, se acorchan las manos. Hasta que un grito despierta del falso sueño: "¡Alto! ¿Quién vive?" Es la voz del centinela de retaguardia. Responde el retornado: "¡España! ¡El sargento de Transmisiones!

El capitán Ordás ordena la comunicación con la División y ahora es posible.

10 de enero. Nueve y media de la noche. Muñoz Grandes a Ordás: "La guarnición de Vsvad se sostiene valientemente. Es absolutamente necesario socorrerlos. El honor de España y el espíritu de la fraternidad de nuestro pueblo lo exigen. Todos estamos pendientes de los heroicos soldados de Ordás. Ánimo, tenéis la gloria en vuestras manos. Atacad resueltamente. ¡Arriba España!"

Respuesta: "Capitán Ordás a general Muñoz Grandes. Atacaremos. ¡Arriba España!"

 

La brújula ha vuelto a estropearse. La columna avanza sin rumbo y es muy probable que éste derive equivocado durante las últimas horas. Por lo que la columna que progresa trazando enormes curvas y hasta círculos en su afán de hallar accesos entre los altos taludes de hielo, corre el riesgo de ir a parar a territorio enemigo.

Los soldados españoles deben seguir avanzando entre riscos y barrancales de cristal, dunas y ventisqueros. Aún deberán marchar horas y más horas con la nieve a la cintura, tropezando con nuevos parapetos de hielo que tienen que bordear, soslayando además gruesos troncos de abedul arrastrados desde la orilla y apresados entre brazadas de maleza, arbustos, lianas y tierra de aluvión. Siguen perdiéndose trineos y caballos succionados en las quebraduras del hielo y arrastrados por la corriente interior. Y continúan desertando los conductores de los carruajes al embozo de las tinieblas.

El teniente Otero de Arce da orden de alto; ordena a su asistente, Ángel Marcos Rivero, que enlace deprisa con la 1.º Sección: "Dile al teniente Castañer que envío un par de patrullas para explorar el terreno y establecer contacto con el enemigo."

El teniente Castañer los ve partir hacia el Sur; seis hombres por un lado, cuatro por el otro. El primer grupo va encabezado por Mariano Sánchez Covisa; el segundo, Ramón Valentí Abadía.

Sánchez Covisa emprende la descubierta en solitario una vez llegado su grupo cerca de la orilla; gana la altura y se arrastra unos metros en lo que ya se supone tierra firme, aunque todo es hielo y nieve. Ve unas isbas y hacia ellas se dirige reptando. Percibe voces humanas, hablando en alemán. Puede ser una trampa. Pero tiene que actuar; empuña una granada de mano y carga contra la puerta que cede con estrépito. Da el alto en alemán y observa con máxima tensión el terror reflejado en los rostros de los tres ocupantes que ha provocado su inesperada irrupción.

Pronuncia con urgencia: "Kameraden." Baja el brazo que sostiene la granada y continúa: "¡Spanien, Spanien! ¡Spanien, Kameraden! ¡Blaue Division!"

Los tres soldados alemanes creen ver visiones. Se aproximan a Covisa con recelo: "¿Spanien?"

No dan crédito a sus ojos. Piensan que ha llegado un fantasma.

Son elementos de la 81.ª División.

El asistente Marcos García García informa al teniente Castañer que han contactado con soldados alemanes destacados en la aldea de la orilla, Ustrika se llama. Eso significa que la columna se ha desviado considerablemente de la ruta prevista. Brumas, ventisca, acantilados, fisuras, ventisqueros y el fallo de las brújulas hacían sospechar este resultado.

Hay que seguir, ordena el capitán Ordás. Y cada hombre carga la atrocidad de cuarenta y cinco kilos para compensar las bajas y las pérdidas; a la espalda y al hombro, arrastrando los pies, encorvados, soportan el peso del macuto, el fusil, el municionamiento y los bultos compartidos.

"¡Hale, hale, muchachos, que ya estamos llegando!"

 

La columna penosamente llega a Ustrika, guarnecida por elementos de la 290.ª División Motorizada del Norte de Alemania. Ha finalizado la travesía del lago. Ahora hay que ir a Vsvad a socorrer a los cercados.

Un descaso para la tropa en Ustrika. El capitán Ordás y el teniente Otero de Arce dictan al sargento de Transmisiones un mensaje: "11-1-1942. 10'10 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes. Después de atravesar seis enormes barreras de hielo y grietas con agua a la cintura hemos llegado a Ustrika. A causa del frío, radio y brújulas averiadas. Tenemos ciento dos congelados, de ellos dieciocho muy graves. En las simas del lago hemos perdido varios trineos. Espíritu elevadísimo."

Respuesta: "11-1-1942. 10'30 horas. General Muñoz Grandes a capitán Ordás. Conozco vuestro esfuerzo durante la penosísima marcha que habéis realizado. Si la suerte no os acompañó en el logro total de vuestro propósito no fue vuestra culpa. La guarnición de Vsvad sigue defendiéndose valientemente y hay que socorrerla cueste lo que cueste, aunque queden todos los nuestros sobre el hielo, aunque sólo sobrevivan unos pocos, incluso tú solo. Seguid adelante hasta morir. Todo por el heroísmo de los defensores de Vsvad. O se les salva o hay que morir con ellos. En nombre de la Patria, gracias; y no desfalleced. Confío en vosotros".

 

La Compañía de Esquiadores queda temporalmente adscrita, sin perder su autonomía ni su dependencia superior a la División Azul, al Grupo Lüer de la 290.ª División de la Wehrmacht.

Tras el breve reposo en Ustrika, los españoles prosiguen su avance por la orilla del congelado Ilmen hacia Vsvad, queriendo despejar el camino por el que habrán de volver con los liberados alemanes, ocupando en primer lugar la aldea de Sadneie Pole: "¡Adelante, muchachos. Estamos llegando!"

Mensaje al Cuartel General español: "Hemos ocupado Sadneie Pole y han salido patrullas de reconocimiento en dirección a Pagost Ushin y Dubrovo."

Los españoles han progresado seis kilómetros por tierra firme; les quedan catorce para enlazar con los alemanes de Vsvad.

 

El día 14, miércoles y nevando, los españoles abandonaban Sadneie Pole con otras veintiocho bajas en el recuento de efectivos desde la llegada a la ribera meridional del Ilmen por heridas y congelaciones. La unidad quedaba limitada a setenta y seis hombres, un tercio de los iniciales.

Comunica el capitán Ordás por radio: "Empujamos para liberar Vsvad."

El objetivo era la ocupación de Dubrovo y Pagost Ushin, dos aldeas de pescadores, manteniendo ambas posiciones hasta nueva orden. A las diez de la mañana se ocupaba la primera localidad y una hora después entraban en la segunda.

Al anochecer, el capitán Ordás preguntó al sargento médico Santiago Cifuentes Langa por el número de hombres útiles: "Cincuenta y ocho, mi capitán." Había sido una jornada muy dura.

El frío acuchillaba las insuficientemente arropadas carnes de los centinelas españoles apostados en los pozos de tirador, abiertos a golpes de pico y pala junto a las isbas extremas del poblado de Schischimorovo. La exigua tropa, que era el segundo grupo que partía de Sadneie Pole, hubo de recorrer a paso de carga los seis kilómetros entre la citada población y Schischimorovo, el destino de la jornada; cuatro horas de marcha terrible con la nieve a la cintura, cuarenta grados bajo cero y cuarenta y cinco kilos de impedimenta a la espalda.

A las 13 horas reporta Ordás: "Hemos tomado Shishimorovo. Nuestra guarnición de allí... reforzada por alemanes y letones."

Un paseo que sumaba la ocupación de media docena de aldeas: Borissovo, Novoie Borissovo, Volkovizy, Vereskovo, Penikovo y Schischimorovo, el cruce del cauce congelado de dos ríos y la toma de un molino de viento.

Los centinelas Emiliano Rodríguez Cecilia uno de ellos avistaron unas siluetas de blanco camuflaje y abrieron fuego, respondido inmediatamente.

"¡Duro con ellos!" Por primera vez desde la llegada de los divisionarios españoles a la orilla meridional del Ilmen tronaba el viejo grito de combate: "¡Arriba España!"

A las once y media de la noche el enemigo se retiraba a sus posiciones de partida, deslizándose sobre sus esquíes.

14-1-1942. 23'30 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "Guarnición de Schischimorovo ha sido atacada por esquiadores soviéticos, que se han retirado después de pequeño combate. Prisioneros cogidos declaran que en el sector comprendido entre Bolshoye Utschno y Maloye Utschno se encuentran tres mil esquiadores siberianos."

 

Nevaba en Grigorovo, sede del Cuartel General de la División Española de Voluntarios cuando se recibió el siguiente parte.

15-1-1942. 5'45 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "Llamado urgentemente por el jefe del sector, éste me comunica haber recibido la orden de liberar Vsvad. Posteriormente, por orden expresa del Führer, queda sin efecto la primera, siendo la propia guarnición de Vsvad la que deberá la que deberá romper el cerco y retirarse en la dirección más favorable. Apoyándome en la buena disposición de mis fuerzas y su elevadísima moral, rogué se me concediera el honor de ayudar a Vsvad. Consultado el general alemán, aceptó el ruego."

El general Muñoz Grandes dictó la respuesta a las 8'40 horas. "General a capitán Ordás: Confío en vuestra pericia, en vuestro valor y en Dios. ¡Arriba España!"

 

16-1-1942. 18'50 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "Mañana avanzaremos."

 

A las diez de la mañana del 17 de enero el teniente García Porta ordena: "¡Atención! ¡Firmes!"

Aparecía una débil luminosidad por la parte del río Polisti cuando el teniente Otero de Arce se ajustó las manoplas, alzó el brazo y exclamó: "¡Arreando!"

Los supervivientes de la Compañía de Esquiadores 250, una cuarta parte de sus efectivos iniciales, se pusieron en movimiento hacia el Sureste. Con ellos iba un refuerzo de 40 soldados letones pertenecientes a la 81.ª División de Infantería de la Wehrmacht.

A los tres kilómetros de dura marcha, como la de días precedentes desde la llegada a la ribera meridional del Ilmen, tres aviones soviéticos en formación de cuña sobrevolaron la columna en dirección a Vsvad, que había rebasado las aldeas de Novoye Ushin, Krassnaya Niva y enfilaban la de Starayi Ushin. El destino era Maloye Utschno.

"¡Hala, muchachos, de prisa!", animan los oficiales.

Los guripas tropezaban entre sí, resbalaban en los montículos barridos de nieve por la ventisca y en los surcos trazados por los patines de los trineos que les precedían. Resbalaban, caían y se incorporaban mascullando imprecaciones. Y seguían andando, paso a paso, maquinalmente, ajenos ya al tronar de la Artillería, al silbido fluctuante de los obuses y a los resplandores que brotaban al fondo de la tundra.

La columna penetra en Maloye Utschno sobre cuya única calleja, formada por una doble hilera de cabañas, confluyen dos caminos carreteros; uno se alarga en dirección Suroeste, hacia Vereskovo, y otro se prolonga hacia el Sur, siguiendo la marcha de la tropa.

Continúa la marcha y al mediodía, a medio kilómetro de Maloye Utschno, la columna atraviesa la aldea de Bolshoye Utschno, donde convergen otros dos caminos vecinales.

El camino de marcha desciende hasta el fondo de una suave vaguada. La columna cruza un puente de rollizos sobre el lecho cristalizado del río Tschernez. Después, a trescientos metros, y aunque la ventisca emborrona el paisaje, está la aldea de Shiloy Tschernez. El teniente Otero de Arce dispone que sus oficiales adopten las precauciones oportunas para evitar un ataque por sorpresa. O un recibimiento con música, como acostumbran decir los guripas, con la sarcástica fatalidad que les caracteriza.

 

La música de ametralladoras y granadas empezó a sonar en cuanto a los treinta y seis españoles que formaban la vanguardia asomaron sus cabezas por encima del ribazo derecho del Tschernez.

¡Desplegarse! ¡Desplegarse! ordenaba el teniente Otero de Arce a la vez que disparaba su pistola ametralladora-. ¡Cubrirse, muchachos! ¡Fuego, fuego, fuego!

Tabletea el fusil ametrallador de 7'92, de largo alcance y cadencia de 300 disparos por minuto, del sargento Cayetano Montaña y del cabo Manuel Muñoz Simón.

¡Al asalto, muchachos! vocifera el teniente Otero de Arce.

El enemigo es superior en hombres y armas y está ventajosamente situado sobre la loma y a resguardo de las isbas.

¡Al asalto! ¡Duro con ellos! ¡Arriba España!

Los guripas, entre ellos el sargento José Sánchez Escudero, de la 6.ª Sección, y los soldados Ángel Gonzalvo González y José Martín Martín, se despliegan en abanico para atenazar la aldea por sus extremos.

¡Al asalto! ¡Armad las bayonetas!

Entre el fuego y los aludes de nieve y tierra, los españoles avanzan lanzando su famoso grito de guerra: ¡Arriba España!, al que los soviéticos replican con su escalofriante y triple exclamación: ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

Blandiendo sus fusiles, lanzando las granadas, los españoles desalojan a los soviéticos de las chozas y ocupan Shiloy Tschernez.

¡Duro con ellos! ¡Perseguidles!

El enemigo se retira hacia el Sur, arrastrando a sus heridos y abandonando a sus muertos.

Pero no todos los heridos fueron acompañados a retaguardia. El soldado Antonio Moya descubrió a cuatro en una de las viviendas situadas a la salida de la aldea.

¡Alto! chilló.

Los cuerpos tendidos en el suelo sobre unos haces de paja alzaron los brazos por encima de sus rostros espantados.

¡Ranieiye! ¡Niet komunisty! explica uno de ellos.

Curados en primera instancia en la misma choza Spasiba fueron trasladados con los heridos españoles a los trineos-ambulancia.

¿Ubiósh meñá?

Nosotros no rematamos a los heridos.

No tardó en llegar el contraataque, avanzando la tropa de asalto en medio del temporal de nieve.

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

 

Los esquiadores rechazaban el contraataque soviético a Shiloy Tschernez. El teniente Otero de Arce ordena que dos escuadras de fusileros salgan en persecución del enemigo por la carretera que conduce a Penikovo.

Ahí van José Sánchez Escudero, Joaquín Escosa, Jorge Hernández Bravo y Virgilio Hernández Rivadulla, entre los doce, con el teniente jefe de la 1.ª Sección Vicente Castañer. Pronto caerá la noche y han de establecer contacto con los esquiadores soviéticos apostados en la aldea de Penikovo y desalojarlos.

¡A tierra! ¡Cuerpo a tierra!

Tableteaban las ametralladoras de 7'62 milímetros de la defensa soviética.

¡Cubrirse, muchachos! ¡Fuego, fuego, fuego!

Carreras, caídas, disparos sueltos.

¡Desplegarse! ¡Desplegarse!

Los españoles corrían, saltaban lateralmente apartándose del camino vecinal enfilado por las ametralladoras ligeras Degtyarev RPD y se arrojaban de bruces en la nieve.

El teniente reagrupó a sus hombres y ordenó el ataque. Había que aprovechar la ventaja de la sorpresa, impedir que el enemigo se rehiciera de ella y sacar partido del efecto psicológico antes de que tomaran conciencia los soviéticos que la tropa asaltante era mínima y agotada. Habían cubierto siete kilómetros y ocupado cinco aldeas esa jornada terrorífica; faltaba la sexta, Penikovo. Pero no pudo ser.

¡Al asalto!

La ametralladora pesada emplazada en la torre de la ermita de Penikovo frenó a los españoles y dio tiempo no sólo a reorganizar a los huidos sino a ser reforzados con efectivos nuevos y abundantes que galopaban desde el invisible Sur.

Los españoles retrocedieron mal que bien hasta Shiloy Tschernez conteniendo como podían el embiste de los soviéticos.

Comienza un repliegue escalonado que ha de alcanzar, al Norte, la aldea de Bolshoye Utschno. Y allí es donde se dispone la defensa para permitir que los replegados encuentren un punto de descanso en la alocada carrera hacia la salvación.

Una lluvia de proyectiles rasga el aire vespertino. Los esquiadores soviéticos se aproximan peligrosamente con el fuego de sus naranjeros y la protección de carros T-26 que disparan granadas incendiarias.

Continúan llegando españoles huidos de las aldeas conquistadas apenas hace unas horas. Antonio Moya Garcés y Antonio Barbasán Larrea, otros de los escuadristas de la exploración, están llegando; y cerca les siguen Manuel Muñoz Simón y el sargento Cayetano Montaña.

Hay que proteger a los heridos montados en los trineos. Pero es una tarea imposible. Grupos de soldados soviéticos aparecen por todas partes disparando a discreción.

¡Adelante, chavales, que esto es una juerga!

Uno de los trineos de heridos sirve como parapeto.

¡Arriba España! ¡Duro con ellos, chavales!

La columna de fugitivos va dejando a su paso un macabro reguero de cadáveres; y de heridos que no pueden ser evacuados y que disparan desesperadamente desde la nieve hasta consumir la munición de las cartucheras o hasta que sus manos se inmovilizan crispadas en el fusil. Armas, carruajes, macutos, caballos, cascos de acero y botiquines de urgencia quedan esparcidos por la nieve. Los trineos volcados obstaculizan la marcha de los que forman la retaguardia.

Los supervivientes españoles retroceden sobre las dunas, los ventisqueros, los hoyos de los obuses, los matorrales y los meandros congelados. Retroceden rendidos de fatiga, de sueño, de hambre, de sed, con los rostros tiznados de humo y los ojos sanguinolentos y febriles.

¡Adelante! ¡De prisa! espolea el teniente Castañer.

Los españoles quieren alcanzar Maloye Utschno antes de que la noche se tienda sobre el desolado paisaje y el enemigo acabe con ellos; para ambas cosas falta muy poco.

El Pelotón de vanguardia con el que avanza el teniente Otero de Arce ha rebasado las isbas de Bolshoye Utschno, ha dejado atrás el lecho congelado del río y se dirige hacia el Norte.

¡Alto! ¡Cuerpo a tierra! ¡Cubrirse!

Carreras, saltos, rafagazos, explosiones. Una patrulla de esquiadores soviéticos se ha infiltrado en el cruce de caminos; pero al ser sorprendidos desaparecen. Rugen los motores de los carros de combate en la cercanía. El enemigo realiza una maniobra de envolvimiento de las isbas, las tejavanas y el molino de viento de Maloye Utschno.

¡Fuego, muchachos! ¡Duro con ellos!

El cabo Manuel Muñoz Simón y el soldado José Vera Encarnación quieren detener la progresión del primero de los seis T-26.

 

Asegurando la retirada hacia las posiciones en el Norte, el sargento Rufino Garay y los guripas Avelino Pascual Santos, Carlos Cenen Figueroa, Mariano Sánchez Covisa y Virgilio Hernández Rivadulla, recogen a los heridos rezagados. Prosigue la penosísima marcha hacia Staryi Ushin cruzándose con patrullas soviética que no entablan combate, que al ser advertidas escapan hacia una distancia de seguridad y luego vigilan el rastro.

Horas después, con la Luna apenas visible, el grupo de heridos y sus custodios llega a Staryi Ushin; pero no es el final de la horrorosa jornada del 17 de enero. Una Escuadra sale al paso para indicarles que sigan hasta Pagost Ushin.

 

17 de enero, 22 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "El enemigo contraatacó con dos batallones con cañones anticarro y seis carros medios, que rápidamente arrollaron a la vanguardia española. El destacamento rodeado se defendió heroicamente. De los 36 españoles de la vanguardia catorce murieron. El resto rompió el cerco y se unió a la compañía. Nos estamos atrincherando en Pagost Ushin y resistiremos el próximo ataque importante. A las 21'00 recibimos orden de establecer un puesto avanzado en Maloye Utschno."

En Pagost Ushin recibe el capitán Ordás a todos los que por sus propios medios o asistidos consiguen llegar. Y da una orden que le duele a él tanto como a los que han de cumplirla.

Saldrán inmediatamente hacia Maloye Utschno los alféreces Joaquín García Lario y Alfonso López de Santiago. Dispondrán de una fuerza de veintitrés soldados españoles y diecinueve letones de la Sección que me ha sido enviada como refuerzo. Es de suponer que el enemigo se haya replegado a sus bases, por lo que el camino hasta Maloye Utschno estará despejado.

El teniente Otero de Arce siente una enorme preocupación por la suerte que puedan correr aquellos hombres lanzados a una ciega aventura, obligados a retroceder sobre sus pasos envueltos en la noche y a través de la tundra infestada de esquiadores soviéticos.

 

18 de enero de 1492. El cerco a la localidad-posición de Vsvad es total. La posición amiga más próxima está a doce kilómetros al Suroeste, y es la aldea de Maloye Utschno guarnecida por veintitrés soldados españoles y diecinueve letones, al mando de los dos alféreces citados.

 

El termómetro ha descendido a 51º bajo cero durante la noche del 18 al 19 de enero.

La ventisca bate la tundra, borra los caminos y senderos, desgarra los matorrales crecidos a resguardo de los montículos, alisa las depresiones de la yerma planicie y, enfilando los lechos congelados de los ríos y meandros del Lovat, salta aullando por encima de la blanca llanura.

En su cuartel general de Voronovo, el general soviético Morosov decide aprovechar el frío y la ventisca de la noche para rastrillar el sector de Sur a Norte. Al Norte, a cinco kilómetros de Voronovo, está enclavado el islote español de Maloye Utschno.

 

Los guripas Juan Muñoz Cassini, Fernando Martínez Laredo hacían guardia en el confín oriental de Maloye Utschno; en el occidental y metido en un pozo de tirador, vigilaba Julián Martín Fabián; en el meridional estaban el cabo Feliciano Cañedo Águilas y el guripa Manuel Sanchís Sánchez; en la zona septentrional se situaba el cabo Julio Mariño Barrios. El intérprete del destacamento español era el sargento Michael Schumacher.

A las siete y cuarto de la mañana del 19 de enero se desató la ofensiva soviética contra la aldea y su exigua guarnición.

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

¡Fuego a discreción! ¡Fuego, muchachos, fuego!

¡Tanques! ¡Vienen los tanques!

¡Fuego, muchachos! ¡Arriba España!

¡Armad las bayonetas!

A las siete y media de la mañana Maloye Utschno ha dejado de existir como posición española.

La guarnición de Pagost Ushin, desde la que se escucha el estruendo de la desigual batalla, permanece en estado de alerta.

 

Una Sección al mando del teniente Otero de Arce sale de Pagost Ushin en dirección a Maloye Utschno. Son las diez y media de la mañana y hay 52º grados negativos en el ambiente. La diminuta columna de exploración y rescate la forman ocho españoles seguidos de dos trineos y por detrás un Panzer alemán de 24 toneladas y dos Secciones alemanas de la 81.ª División.

Los esquiadores españoles han de contraatacar con lo que tienen la aldea de Maloye Utschno y socorrer a los compatriotas allí destacados. Los expedicionarios temen lo peor; dudan que alguien haya sobrevivido al ataque.

Los refuerzos alemanes se retrasan, como si no les venciera la prisa que empuja a los españoles que no esperan el reagrupamiento.

¡Alto!

Unas sombras se mueven hacia los expedicionarios; parecen cuerpos tambaleándose.

¡Alto! ¿Quién vive?

¡Españoles! ¡Somos españoles!

Son cinco españoles y un letón; el número de supervivientes del ataque a la posición de Maloye Utschno.

Aprieta el frío. A unos trescientos metros hacia el Sur se distinguen las ruinas de Maloye Utschno. De allí brota el fuego de ametralladoras, antitanques y carros de combate contra la mínima fuerza española que sigue aproximándose cumpliendo la orden recibida.

¡A tierra! ¡Cuerpo a tierra!

Un cazabombardero soviético se suma al ataque; una, dos pasadas ametrallando.

Desaparece el avión y entonces el teniente Otero de Arce manda reemprender la marcha. Pero vuelve el cazabombardero y por tercera vez los rocía de balas. Hasta que nuevamente se pierde, esta vez hacia el Este.

¡Arriba, muchachos! ¡Adelante!

El silencio impera ahora en la llanada. El teniente estudia mentalmente al silencio enemigo y la posibilidad del asalto a la aldea con los efectivos que le restan. Pero cuando la unidad se encuentra a un centenar de metros aparece por la retaguardia un trineo conducido por un soldado español.

Mi teniente, el capitán le ordena el regreso a la base. Dice que suspende la operación, ya que los tanques enemigos están dentro de Maloye Utschno.

A punto de regresar el guripa Manuel Herrero Granados advierte un ligero movimiento en la nieve, cerca. Es un herido; un sargento letón que todavía ha podido escapar del infierno matutino. Lo recogen y lo embarcan en el trineo. El rescate del malherido ha podido costar la congelación de los salvadores a quienes se les fricciona fuertemente con nieve, sobre la marcha, sin dejar de retroceder hacia Pagost Ushin, acompañados por las explosiones de los proyectiles antitanques que les envían de Maloye Utschno.

 

19 de enero, 13'30 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "A las siete de hoy el enemigo ha lanzado un ataque en masa sobre Maloye Utschno suprimiendo la guarnición de veinticinco españoles y diecinueve alemanes. El ataque fue apoyado por carros. La compañía se desplegó y logró rescatar a cinco españoles heridos y dos letones. La enorme concentración enemiga nos impidió reconquistar el puesto. La guarnición no capituló. Murieron con las armas en la mano. Observamos una gran masa enemiga concentrándose en Maloye Utschno y Bolshoye Utschno. Esperamos el ataque. Sabremos morir como españoles."

19 de enero, 23'00 horas. General Muñoz Grandes a capitán Ordás: "Habláis como sólo los héroes lo harían. Así y sólo así se construye un imperio. Ánimo. Vuestra conducta es el orgullo de esta brava División. Pese a todo venceréis. Hay un Dios y Él os concederá la victoria porque sois los hijos más valientes de España. Un abrazo que no será el último."

Los españoles se aprestan a fortificar algunos puntos estratégicos de Pagost Ushin.

El capitán Ordás comunicó telefónicamente con el capitán Lüer, cuya Comandancia continuaba situada en Borissovo, siete kilómetros al Suroeste de Pagost Ushin.

Dijo: "Me quedan solamente veinte hombres en situación de combatir. El resto de mi Compañía ha causado baja. Solicito el envío inmediato de refuerzos.

Pero los refuerzos no llegaron aquel día y sí los cazabombarderos soviéticos, dispuestos a aniquilar al grupo de supervivientes españoles.

¡Cubrirse todo el mundo!

De noche volvieron a pasar y repasar la aldea de pescadores.

¡Sanitarios!

Los sanitarios recogieron a seis guripas heridos.

¡Los puestos de escucha deben ser reforzados!

¿Con qué tropa?, se preguntan oficiales y soldados.

Suponiendo que el enemigo intentaría el cerco, se ordena quemar los almiares para que evitar que dificulten la visión de los defensores. Ángel Santos Conejo y otro guripa se ofrecen para la misión que les aleja unos metros de la posición defensiva avanzada.

Poco después los soviéticos comenzaban a atacar con sus tanques; pero al cabo, desconociendo los españoles el motivo, queda abortado el ataque y se retiran a sus bases.

 

20 de enero, 14'30 horas. Capitán Ordás a general Muñoz Grandes: "Anoche nos bombardearon tres aviones rusos. Al atardecer, grandes masas enemigas avanzaron contra nuestras posiciones. Han salido varios voluntarios para incendiar los carros enemigos (con cócteles Molotov). El movimiento de penetración del ataque ha sido contenido y el enemigo se retira. Dios existe."

16 horas: "El jefe de la 81.ª División nos felicita y concede condecoraciones."

 

En el ocaso del día 20 de enero, el teniente Otero de Arce recibió instrucciones para intentar el enlace con los alemanes sitiados en Vsvad.

Dijo el capitán Ordás: "Los alemanes abandonarán Vsvad esta misma noche. Saldrán hacia el lago por el golfo de Tuleblisky, y siguiendo una línea horizontal procurarán acercarse a nosotros bordeando la costa. Puede usted disponer de los dos sargentos y los quince soldados que nos quedan. Le deseo mucha suerte, teniente."

Los españoles avanzaron en orden de despliegue. Cuando observaran señales de bengalas en el interior del lago, que era la señal convenida con los alemanes en repliegue, debían proceder disparando las que portaban en una secuencia rápida de blancas-verdes-blancas. Pero no advirtieron bengala alguna y sí fuego de ametralladoras proveniente de la orilla derecha que les apuntaba.

A las dos de la madrugada del día 21 callaron las ametralladoras y el teniente ordenó retroceder. A las 3'30 entraban en Pagost Ushin, ateridos de frío y sin contacto con los alemanes de Vsvad que se supone hacía tres horas habían abandonado la posición y comenzado a cubrir los quince kilómetros de distancia en dirección Oeste hasta la Comandancia española.

 

A las 4'45 de la madrugada del 21 de enero, el teniente Otero de Arce, un sargento y cinco soldados, retomaron el camino del lago. A las 5'30 percibieron sonidos, voces, relinchos y crujir de pasos, y el teniente ordenó disparar las bengalas según la secuencia prevista. Al cabo, aunque pareció una eternidad, la secuencia de bengalas obtuvo respuesta; a su resplandor distinguieron los españoles las manchas difusas de una columna en marcha.

Oyen gritos en la oscuridad: "¡Kameraden! ¡Kameraden! ¡Kameraden! Y relinchos y chirriar de patines.

¡Adelante, muchachos! ordena el teniente a su tropa.

Las siluetas de los soldados alemanes se perfilan en la plateada oscuridad, se acercan, se agigantan. Se alzan brazos blandiendo fusiles, surgen gritos de júbilo y risas nerviosas. Los alemanes son muchos y vienen enfundados en gruesos capotes y blusones de camuflaje; detrás de la vanguardia se deslizan varios trineos.

El teniente Otero de Arce y el capitán Pröhl se estrechan la mano antes de abrazarse.

Danke schön.

Los soldados alemanes abrazan a los españoles, que son pocos pero tremendamente animosos y que ahora los preceden, habiendo cumplido por fin la misión, camino de Pagost Ushin.

 

Cuando las fuerzas conjuntas hacen su entrada en Pagost Ushin una Escuadrilla de cazabombarderos soviéticos ataca la columna. Los aviones ametrallan y cañonean la calleja del poblado. Los soldados corren por entre las isbas, se arrojan al interior de las zanjas y de los hoyos, se parapetan detrás de los brocales de los pozos y se escurren bajo las techumbres de los corrales y los graneros que todavía no han sido pulverizados por las explosiones.

El capitán Ordás abraza al teniente Otero de Arce, al capitán Pröhl y al resto de oficiales alemanes.

El teniente Otero de Arce requirió de asistencia médica.

21 de enero, 09,45 horas. Capitán Ordás a Muñoz Grandes: "Un destacamento salió esta mañana de Maloye Utchno para Vsvad. La guarnición de Vsvad, que hizo una salida anoche, abrazó a nuestros hombres (sobre el lago helado) siete kilómetros al este de Uzhin. Vuestras órdenes han sido cumplidas por entero."

 

Aquella mañana del 21 de enero se recibió en la Comandancia de Pagost Ushin un mensaje emitido por radio desde el Cuartel General de la División española en Grigorovo.

21-1-1942. 11'40 horas. General Muñoz Grandes a capitán Ordás: "Envíe por correo urgente relación nominal de los que salisteis, bajas habidas y los que quedan, y por radio relación numérica."

Fueron repasados los estadillos de altas y bajas. Los sanitarios reconocieron a los heridos y congelados hospitalizados en Borissovo, dieron el alta a los menos graves y, a las cuatro de la tarde, el capitán Ordás transmitía la respuesta al Cuartel General de la División Azul: "Salimos 206 hombres. Quedamos 34."

 

Siguieron dos días de descanso, limpieza de armamento y recuperación de las energías físicas; aunque el aderezo de las pasadas de la aviación, con el consiguiente rastro de bombas e incendio, era frecuente, ya familiar. Volvieron a oírse cantos españoles, como este que voceaba Tomás Archeli Fernández: "Dicen los rojos que tienen / que tienen mucho armamento / pero no tienen cojones / para luchar con los del Tercio."

 

Atardecía el día 23 cuando los centinelas españoles apostados en Pagost Ushin vieron aproximarse por el camino vecinal de Borissovo a una columna de soldados. Eran alemanes de la 81.ª División de Infantería.

A las siete de la mañana del 24, sábado, dieciséis soldados españoles, con el teniente Otero de Arce al frente, se preparaban para una operación de despliegue para recuperar las posiciones perdidas en las jornadas precedentes, soportando una cruel ventisca que barre la tundra. Un Panzer IV abre la marcha, los españoles detrás y un contingente de un centenar de alemanes a la espalda flanqueándolos.

Al poco les recibe el fuego nutrido de las ametralladoras PD.

¡A tierra! ¡Cuerpo a tierra!

El cañón del 7'5 del carro responde. Los heridos son evacuados a Pagost Ushin.

La vanguardia española logra alcanzar y penetrar en Maloye Utschno; la única calle está cubierta de escombros y cadáveres y salpicada de cráteres. Los soviéticos han huido.

En el difícil reconocimiento de cadáveres los españoles descubren a algunos de los suyos: el alférez Joaquín García Lario, Juan Muñoz Cassini, Julio Marino barrios, el sargento intérprete Schumacher. Van siendo identificados los dieciocho cadáveres que son agrupados a la izquierda de la entrada de la aldea, junto a la casa de baños donde se habían replegado para establecer el último núcleo de resistencia; una resistencia tan inútil como desesperada pero heroica.

 

El termómetro señala 58º bajo cero; han dejado de funcionar los cerrojos de los fusiles.

¡Preparad las granas de mano!

Están a la vista de Bolshoye Utschno. El tanque en cabeza desciende dando tumbos la leve vaguada que se abre entre Maloye Utschno y Bolshoye Utschno.

¡Adelante, muchachos, adelante!

El teniente Otero de Arce anima a sus hombres en el avance. El enemigo comienza a disparar parapetado en las isbas.

¡A por ellos! ¡Arriba España!

Los españoles saltan sorteando escollos y trepan la ladera soltando con rabia sus granadas de mano. Tabalean las ametralladoras y los naranjeros de la defensa soviética. El estruendo es infernal. Estallan los proyectiles del 7'5 del carro del Panzer IV. La batalla apenas dura diez minutos; el enemigo se repliega hacia el Sur, camino de Shiloy Tschernez, la última de las aldeas que han de recuperar los españoles antes de que concluya la jornada.

¡Duro con ellos!

Surtidores de nieve, hielo y fango. Estallidos, fogonazos, llamaradas. La ventisca arrecia, el cielo se cierne plomizo y el suelo se estremece bajo las explosiones.

¡Alto!

Algunos soviéticos se rinden, agotados también por los días de lucha continua y el intensísimo frío.

Shiloy Tschernez cayó en manos de los españoles sin que el enemigo opusiera una tenaz resistencia.

¡Alto el fuego!

Los esquiadores soviéticos se retiraban hacia la vecina aldea de Penikovo.

Transcurrida media hora de la entrada de los españoles en Shiloy Tschernez hicieron su aparición las vanguardias alemanas de la 81.ª División, que se suponía debían avanzar conjuntamente flanqueándolos. En definitiva, los que se habían batido el cobre eran los dieciséis españoles con la ayuda del Panzer IV.

¡Atrás! ¡Regresamos a casa, muchachos!

El teniente había cumplido la misión reconquistando los tres pueblos perdidos siete días antes; esos mismos tres pueblos que ahora volvían a abandonar escalonadamente.

 

25-1-1942. 1'42 horas. General Muñoz Grandes a capitán Ordás: Dime cuántos valientes quedáis."

18'45 horas. Respuesta del capitán Ordás: "Quedamos doce combatientes."

El general Agustín Muñoz Grandes escribe: "Sobre las aguas heladas del Ilmen, y gracias a la bravura y espíritu de sacrificio con que lo atravesasteis para liberar a los héroes de Vsvad, ha rugido el león español. En nombre del Caudillo os concedo, a ti, capitán Ordás, la Medalla Militar individual, y a todos los valientes que te acompañaron, la Medalla Militar colectiva. Por la Patria agradecida os abraza, Muñoz Grandes." Ordena que transmitan el mensaje inmediatamente.

Patrulla de reconocimiento de la División Azul.

Imagen de Fernando Vadillo y Ediciones García Hispán.



El 27 de enero, el jefe del 16.º Ejército Norte, capitán general Ernst Busch, enviaba una carta al general Muñoz Grandes. "En el día de su cumpleaños, le expreso mis mejores y más sinceras felicitaciones y le deseo obtenga nuevos triunfos al frente de su soberbia División en nuestra lucha común. Aprovecho la oportunidad para expresarle también mi especial reconocimiento hacia los bravos componentes de su División que, para liberar la posición de Vsvad, avanzaron sobre el lago Ilmen y luego, unidos con fiel espíritu de camaradería con las tropas de la 81.ª División realizaron, tanto en la defensiva como en el ataque, gestas tan excepcionales. Esta empresa, de auténtica hermandad, encuentra en todo el Ejército las mayores alabanzas y justifica sienta usted y toda su División la máxima de las satisfacciones. Deseándole a usted, mi general, y a su brava División mucha suerte y nuevas victorias, quedo de usted muy respetuosamente, Busch."

El diez de febrero se recibía en el Cuartel General de la División Azul un mensaje firmado cinco días antes por el general Schopper, jefe de la 81.ª División de Infantería alemana. "En el momento en que cesan de estar a mis órdenes los valientes soldados de su Compañía de Esquiadores, es para mí un deber ineludible expresarle a usted mi agradecimiento y mi admiración por el arrojo temerario y heroico de sus soldados. Ha sido para mí un honor tener bajo mi mando a estas excelentes tropas, y motivo de especial satisfacción que, con la concesión de treinta y dos Cruces de Hierro a la Compañía, haya cristalizado en forma palpable el reconocimiento de los mandos superiores."

 

Sólo una docena de españoles podía enorgullecerse en vida de aquella gesta y de sus bien ganadas condecoraciones, de las alabanzas, el prestigio, el respeto de los aliados y, andando el tiempo, también de sus adversarios. Sólo una docena de los doscientos seis que iniciaron la misión podían levantarse para recibir la recompensa a su heroísmo.

Miembros de la Compañía de Esquiadores

Imagen de www.memoriablau.foros.ws



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