miércoles, 30 de marzo de 2016

Brigada de Investigación Criminal (1): Las intuiciones


Nos reunimos con el viejo policía en el abrigado bar de la plaza porticada. La tertuliana mesa, concurrida por amigos, discípulos, agradecidos y un invitado silente, deviene un homenaje espontáneo al jubilado inquieto y comunicador. El viejo policía es hombre hecho a riesgos y afincado en determinaciones, asequible, puntual, exigente y todavía, por esencia, vinculado a principios; su experiencia convence, su ironía instruye. Anciano, sí, y por ello y por aplicación, sabio. Ha sobrepasado la edad renovando su vocación y esa abrumadora franqueza que encumbra y premia a la par que hiere y enemista.

    A un espectador sentimental confeso, al que a menudo rasgan las paredes del estómago púas de materia incandescente, conforta la espontánea lección del maestro que conoce el anverso y el reverso de lo que trata. Sentados a la mesa, importa y seduce el dejarse llevar por un discurso perlado de ciencia y praxis, enlazados los temas para que mientras quede mecha la llama no se apague.

 

El viejo policía acude a su cátedra abierta a instancia de parte, si el clima y los naturales achaques no se oponen. A ratos, según lectura de las dentelladas impresas o escucha de los zarpazos teledifundidos, recuerda con inteligente serenidad que piensa estirar su longeva existencia hasta enmarcar entre parietales el certificado de defunción de sujetos delincuentes y conceptos políticamente amnistiados a la abominable moda. No cabe transigencia o tolerancia con esos actos criminales numerosos, inconcebibles y sostenidos, histórica y documentalmente probados, condenables por definición y jamás exonerados de responsabilidad y culpa por víctimas y ciudadanos, ni por la buena gente que cree en la Justicia como garantía máxima de libertad; declara con acerado tono y la mirada fija en el convencimiento.

    La vehemencia del viejo policía viene avalada por un pasado de servicio público sin más acotaciones ni acentos, del que justamente hace gala y que no difiere de este presente didáctico con clientela entregada. Nada peor que el vaivén institucionalizado, sinónimo de mediocridad y conchabanza, nada más peligroso que los vendidos a la envidia y a la molicie, proclama escudriñando a la audiencia; pues de ellos derivan la suma de males que aquejan a la cándida sociedad. Hay que redoblar el empeño, quemarse las pestañas, hincar los codos, despellejarse las rodillas...  dejarse la piel que no la vida para resolver el caso. Y, por supuesto, sin sujeción ni vasallaje a un poder transitorio, diferenciando taxativamente al delincuente común del asalariado criminal y del terrorista.

 

En la ilustradora Galería del Hampa, a la que nos conduce su memoria, cuelgan los avisos de la criminalidad común: topistas, butroneros, carteristas, timadores, bolsilleros, mecheras, descuideros, trileros; con sus alias y actividad delictiva condensada. Algunos fueron asiduos a la detención y al calabozo, veteranos del interrogatorio y la reprobación social por su improcedente conducta, la rueda de reconocimiento, la sala de justicia, la reiteración de sentencias condenatorias y la acumulación de quejas, denuncias, delitos y faltas. Algunos, bien cierto es, eran como de la familia; como unos parientes en tercer grado que visitan la capital para conocer in situ las posibilidades de medro, para infiltrarse en el tráfago como unos más hacia donde muchos, tantear las ofertas del mercado comparando y eligiendo, llevarse unos recuerdos siempre apetecibles y, a la postre, vencida la jornada, saludar a los guardias recalando en la comisaría.

    "Te tienen muy calado". "Es que no escarmientas". "Qué ha sido esta vez".

    "Mala suerte tengo". "Me han empujado a hacerlo". "Usted sabe que no haría daño a una mosca".

    El viejo policía añora el carácter incruento de aquel ratero, su controlada ambición, la estacionalidad de las fechorías, sus ejercitados dedos para el hurto; su colaboración con la Policía una vez desmontado el negocio de sustracción y reventa, y en la localización y neutralización de elementos execrables como los atracadores, violadores, secuestradores, traficantes y los activistas mercenarios.

    Los falsarios, los granujas, los ventajistas locuaces, no solían tirar de arma blanca o de fuego y apenas se resistían a la autoridad cuando eran pillados fruto de la investigación, la sorpresa o el chivatazo. Como de la familia, recuerda; incluso se felicitaban las Pascuas. En Navidad, de guardia en la comisaría, el viejo policía conciliaba la prevención, la reprimenda y la sanción con la disposición benevolente y el ágape, reuniendo en la dependencia refectorio ocasional para los funcionarios y allegados, en mesa añadida, a los detenidos en los calabozos. Una disertación concina y general del anfitrión a los postres, con el brindis buenos deseos y armonía; hoy es hoy, mañana Dios dirá.

 

Al viejo policía le enseñaron y aprendió que "nuestros actos son el resultado de una tendencia, que a su vez es el producto de sentimientos y de representaciones, la causa de las anomalías y morbosidades de la conducta debe buscarse en esos factores internos y externos, es decir, en el estado de la sensibilidad y la afectividad, de la percepción y la inteligencia, del impulso y la voluntad. Y el acto delictuoso, lo mismo que los demás actos, siempre es el resultado de esos mismos procesos, más o menos bien caracterizados".

    El viejo policía se aconsejaba del instinto y recurría al olfato para pesquisar. Aunque para distinguirse de los sabuesos cánidos, honorables compañeros de tarea, a tales virtudes profesionales se las denominaba ojo policial u ojo judicial, que era "esa singular o particular aptitud de algunos funcionarios, técnicos y expertos de la Administración de Justicia, jueces, policías, médicos y abogados, principalmente, y también alguna que otra vez periodistas encargados de la sección de sucesos o de las crónicas de los Tribunales, para la averiguación rápida y certera, a primera vista, de los delitos, y para la persecución, el descubrimiento y la detención de los delincuentes".

    Así era entonces. Se hablaba también corrientemente de un exquisito y sagaz olfato de las mismas características, "como expresión de una sobresaliente capacidad para descubrir o entender con acierto lo que está disimulado, encubierto, oculto. De los que lo poseen, se dice que saben husmear entre los acusados el olor del culpable". Quiérase o no la coincidencia con los colegas caninos es obvia.

 

Estas expresiones traducen la intuición, o sea "la percepción misteriosa, clara, íntima, instantánea de una verdad, de una idea, de un hecho, tal como si se tuviera a la vista. Tal intuición no sería más que el notable desarrollo de algo así como una facultad de adivinación, de un don de presentimiento, de profecía a veces, de una especial disposición para ver algo o mucho donde otros ven poco o nada".

    Los intuitivos como el viejo policía al que rendimos homenaje son personas que saben ver, a veces con extrañeza e impetuosidad, a través de pequeños e incontables matices de percepción, de datos captados desde la brumosa periferia de la conciencia, y entre un mar de menudos elementos, que son invisibles, mental y aun físicamente invisibles para los que no aciertan a verlos, reconocerlos, comprenderlos, a valorarlos y clasificarlos con claridad y verosimilitud. "De esta guisa, mediante las inexplicables y aun ilógicas reacciones de la intuición, se realizan importantes descubrimientos y se obtienen indefinibles aciertos".

    Y lo anterior que ha de ser consustancial con el ejercicio de una vocación, no se contrapone ni compite con los recursos científicos y técnicos en estas aplicaciones judiciales y policiales. "La investigación judicial y policial no puede prescindir de utilizar las conquistas del ingenio humano en la más prometeica transformación de toda la historia". La intervención del hombre de ciencia en las pesquisas policiales no es un acto de intrusismo; el campo de la investigación policial también es terreno abonado para el científico mediante una intervención coordinada, específica y diligente que allane la indagación; sin mediatizarla. "Un complemento ha de ser para esa agudeza sensorial sui generis del policía a pie de suceso".

 

Sentencia el viejo policía que no se debe prescindir de ninguna ayuda o facultad cuando se trata de responsabilidades sobre la vida y los bienes ajenos que obligan a contar con todo y a estar en todo.

    "La actuación sin sistema, a la diabla modo adverbial familiar con que se expresa lo mal que se ha hecho o se hace una cosa por falta de esmero o de método, puede dar a veces, en esta como en otras cosas, buenos resultados infundiendo un cierto sentido de propia seguridad en las actuaciones". Con más frecuencia de la debida y por motivos no siempre encomiables, el exceso de disciplina mental vulgo rigidez ordenancista no permite ver ni pensar con claridad, embota el cerebro, precipita en la rutina; provocando resultados indeseables básicamente para la sociedad a la que se representa y protege. "Hay policías, jueces, médicos legistas y forenses, abogados y periodistas también, a quienes les basta dirigir una mirada al lugar del suceso o al sospechoso para cerciorarse de los móviles del hecho, para convencerse de que están ante el verdadero delincuente e incluso para descubrir la clase de infracción y hasta el delito mismo que ha cometido; anticipando la vía ordinaria que, de no mediar espurias injerencias, examina cuidadosamente al encartado e indaga los hechos y las circunstancias del caso de forma minuciosa y exhaustiva".

    Constata el veterano en la inacabada guerra contra el crimen como no hubo ni hay ni habrá buen policía sin vocación, intuición y afán de servicio público. "Estos intuitivos expertos y sus modus faciendi y operandi diríase que notan signos y recogen detalles desapercibidos a los demás y al percibirlos, al advertirlos los relacionan con la información pertinente acumulada en una vida de experiencia". Que no engaña ni falsea. "Hay infinidad de elementos valiosísimos sobre la conducta y los hábitos de las personas que no pueden aprenderse únicamente en los libros o en el laboratorio sino en el trato directo, fuente inagotable de sensaciones, sentimientos y conocimientos de primer orden que se adquieren y aprenden individualmente potenciando las humanas facultades".     

 

Citado por Albert Szent-Gyorgy (premio Nobel de Medicina (fisiología) en 1937): Investigar es ver lo que todos han visto, pero pensar lo que los demás no han pensado.

lunes, 28 de marzo de 2016

El sacrificio del Regimiento de Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería

 
La guerra de África fue un verdadero quebradero de cabeza para España, un país en desarrollo, con un ejército mal equipado y peor encuadrado, con un alto índice de analfabetismo y, por tanto, escaso conocimiento de la guerra moderna y, mucho menos, de la que, en plan guerrillas, se iba a encontrar en el Norte de Marruecos y sobre todo en el Rif, territorio agreste, salvaje y poblado por bereberes muy apegados a sus tradiciones y libertad, así como fieros hasta el salvajismo.
    Frente a ellos, los soldados españoles, sin equipo adecuado, conocimientos e instrucción fueron carne de cañón para los rifeños, máxime cuando algunos de sus altos mandos, por aquello de alcanzar la gloria, sin medir sus fuerzas, territorio y rival, lo que alcanzaron fue la muerte propia y de miles de españoles.
    El año 1921 fue aciago, el general Silvestre prometió a Alfonso XIII que para Santiago alcanzarían el núcleo rebelde Abd-el-Krim, Alhucemas, por lo que pleno julio inició una campaña de rápido desarrollo que dejaba posiciones, prácticamente incomunicadas y con escasez de agua. Los rifeños no tardaron en contraatacar cercando Iguiriben, defendido heroicamente por el Comandante Benítez o Abarrán, donde el teniente Flomestá se negó a enseñar el manejo de los cañones al enemigo y murió de sed.
    Cortado en Annual el General Silvestre, surge la duda de si aguantar o intentar retroceder, optándose por esta última decisión, desastrosa porque la retirada se convirtió en una huida que como refiere el informe Picasso: "Se abandona Annual con todos los elementos, sin órdenes, sin instrucciones, sin plan ni dirección. Revueltas las fuerzas, confundidas, sin jefes, acosados por el enemigo y sin m as idea que la salvación en la huida individual, vergonzosa en unos, inexplicable en otros y lamentable en todos. Siendo inútiles los esfuerzos de unos pocos para frenar la avalancha que tan impremeditadamente se había dejado desbordar". La masacre costó más de 10.000 vidas españolas y la humillación de un ejército, una nación y hasta del régimen monárquico.
    Pero frente a tanta cobardía los actos de heroísmo, como hemos visto en Iguiriben o Abarrán, se va a producir un sacrificio colectivo para salvar lo salvable: el Regimiento de Caballería Alcántara mandado en ese momento por el Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, hermano del Teniente General Miguel Primo de Rivera, recibe la orden de proteger la retirada hasta El Batel. Estaba claro que se  enviaba a una muerte segura al ilustre Regimiento que ya luchó en Holanda en tiempos de Felipe IV. Pero nadie dudó, desde los educandos de banda, que morirían todos, hasta los veterinarios y herreros. Nueve cargas lanzó el regimiento, en las orillas del río Igan, el 23 de julio de 1921, frente a una masa rifeña muy superior en número, la última al paso, porque las cabalgaduras no podían más. Sin embargo los heroicos jinetes de Alcántara, consiguieron romper las líneas enemigas y el convoy llegar a El Batel, pero el precio fue espantoso: de 691 hombres, llegaron 67, más muertos que vivos, con su jefe al frente, sin caballo, y herido, más de un 90% de bajas, pero habían cumplido con su deber y habían protegido a sus camaradas, recuperando el honor perdido en Annual, Monte Arruit, etc.
    Pocos días después, su jefe el mencionado Teniente Coronel Primo de Rivera, moriría tras, una gangrena, en Monte Arruit, siendo condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando individual y figura como número uno en el escalafón de Tenientes Coroneles de Caballería. Lo incomprensible es la no concesión de la corbata de la Orden de San Fernando al Regimiento; no fue suficiente la abrumadora mayoría de testimonios a favor en el juicio contradictorio ni el clamor popular que vio en aquellos soldados a verdaderos héroes con los que identificarse y a los que elevar las preces para su eterno descanso junto al agradecimiento por la gesta. Aspectos políticos enturbiaron el veredicto favorable; tal vez porque pesaba en demasía el desastre de Annual; o porque algún bastardo interés y mucha envidia con influencia impidieron honrar como es debido a quienes lo merecen.
    Es en 2012 cuando, por fin, los héroes del Regimiento Alcántara reciben la merecida Cruz Laureada de San Fernando.  
    La Unidad quedó disuelta hasta 1927 y tras muchas vicisitudes ahora recoge su legado el Regimiento Acorazado de Caballería "Alcántara n.º 10".
    Honor a los héroes, desean Carlos Juan Gómez Martín, coautor del artículo en colaboración con los editores de esta página, Miguel Ángel Olmedo Fornas y Luz Trujillo y Trujillo Bosque, y el historiador Antonio Bellido Andréu, autor de la obra El Alcántara en la retirada de Annual: La laureada debida.

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Textos recogidos de la obra El Alcántara en la retirada de Annual: La laureada debida.



Fragmento del discurso del Coronel Director de la Academia de Caballería, D. Conrado Carretero de Pablo, con motivo de la entrega de Despachos de Teniente a la XXI promoción, en julio de 1966.


"Si en algún momento las fuerzas flaquearan, que condición humana es, volved a Valladolid, visitad este viejo solar (sede de la Academia de Caballería), contemplad el monumento que preside su fachada y cuando veáis nuevamente la arrogancia marcial de los lanceros y el gesto viril y enfebrecido del pequeño soldado de Alcántara, que con su heroico desprendimiento y total entrega logró sencillamente lo imposible, tengo la seguridad de que la sangre golpeará con más fuerza vuestras venas, que el corazón subirá a vuestra garganta, que una nube de lágrimas empañará vuestros ojos y que, en lo más íntimo de vuestro ser, sentiréis el inmenso orgullo de ser los continuadores directos de tanta grandeza, de tanto heroísmo, de tanto desprendimiento; y caeréis de rodillas porque el peso de tanta gloria no os permitirá permanecer de pie."

* * *



La conducta gloriosa de los escuadrones de Alcántara



Comprendido este epígrafe entre admiraciones, no diría más que escribiendo sencillamente el nombre de Alcántara. Un eco confuso, una incompleta noticia despertó desde el primer instante la admiración popular. Pero la intuición del pueblo hubo de suplir el relato de este trozo de epopeya, en que resucitan los jinetes de los días más grandiosos de nuestro Ejército. Tampoco esa relación aparece hilada en el expediente, por el curso de sus diligencias. Pero acaso brota con mayor efecto, porque de trecho en trecho, como aliviando la amargura de tanto testimonio descriptivo de las horas crueles, parecen atravesar al galope los escuadrones de Alcántara, llevando por dondequiera la ráfaga de su ímpetu, la ayuda de su arrojo, la barrera protectora de sus pechos.

    Durante todo el día [23 de julio, pero también el 21, tomando posiciones y el 22, actuando a la carga para abrir brecha en el enemigo y proteger al resto de las unidades en marcha], los escuadrones de Alcántara, con marchas inverosímiles de rapidez y de obstáculos, apoyan los repliegues de todas las posiciones avanzadas de Drius; mantienen los flanqueos fuera de camino, combatiendo en despliegue y en cargas, batiéndose a pie los desmontados; y apenas pudiéndose reorganizar, vuelven a extrema retaguardia para cubrir los últimos restos de la columna en desorden, y hacen alto para aguantar las postreras acometidas de la harca. Están ya los escuadrones más que mermados, destruidos. Pero aún han de completar la hazaña, porque los contingentes enemigos han cortado el camino de Batel. Y allá van las reliquias de Alcántara, dejando un reguero de caballos repitiendo una y otra vez las cargas, con denuedo inaudito, manteniendo la lucha cuerpo a cuerpo, entregándose para saciar la fiereza del enemigo, hasta lograr que pase toda la columna de Drius.

    Cuando cae la tarde [del 23 de julio de 1921], los cinco escuadrones de Alcántara son 12 jinetes en Zeluán, 15 en Monte Arruit. De los 40 del quinto escuadrón, que repitieron la salida de Tieb, no queda ninguno. Pero queda algo que vale más: queda el alma militar, personificada en el gran soldado que mandaba aquella tropa gloriosa, el teniente coronel Primo de Rivera [Fernando]; y la fortaleza de esa alma preside la cruenta y extraordinaria resistencia de Monte Arruit [referida la fecha al 29 de julio, con antecedentes de acción desde el 23 en Ishafen, Segangan, Zoco el Telatza, Batel, Tistutín,  hasta esa jornada en Monte Arruit]. La falta de material quirúrgico siega la vida de Fernando Primo de Rivera, luego de soportar estoico, sin posibilidad de anestesia, una horrorosa amputación.

    Ha muerto el caudillo y han muerto casi todos sus soldados. No obstante, el ejemplo permanece vivo e inmarcesible. Tras de la plegaria, el pensamiento busca la sonora gallardía de un endecasílabo. La pluma del juez instructor se detiene reverente y deja para perpetuar memoria, entre la rígida severidad de otras hoscas menciones, este excelso epitafio:

"La conducta de este regimiento fue gloriosa, cumpliendo el más alto deber de la Caballería: el de sacrificarse para salvar los otros institutos del Ejército y el honor de las armas."

ABC, domingo 26 de noviembre de 1922   

* * *




De la epopeya moderna

El escuadrón de la locura

En el momento trágico de la jornada roja,
en la feroz congoja
de la traición horrible,
brotó la flor altiva que nunca se deshoja:
la flor de lo imposible.
 
Lanzaron los clarines magníficos clamores,
llegó el momento trágico...
los sables refulgieron con rayos cegadores;
jinetes y caballos se irguieron voladores
ante el conjuro mágico...
 
Y allá fue la epopeya, jinete sin adarga
para la empresa loca:
Alcántara es un grito que el corazón embarga,
Alcántara es delirio que va de roca en roca
lanzándose... ¡A la carga!
 
Se estrellan los caballos en la muralla viva
de la morisca fiera.
Vibra el clarín agudo. Nadie el mandato esquiva.
Embisten conteniendo la tropa fugitiva...
¡Baldón al que se rinda! ¡Laurel para el que muera!
 
Hermanos y rebeldes son carne destrozada
por ansia de conquista.
El escuadrón avanza. La tromba ensangrentada
prosigue batallando con fiebre redoblada...
¡mientras el clarín vibre!, ¡mientras la Patria exista!
 
Se doblan los caballos y ruedan jadeantes...
¡Alcántara no cede!
Los sables se mellaron, son dientes de gigantes...
Repiten los clarines sus notas arrogantes...
¡Hay que seguir la lucha mientras un hombre quede!
 
¡Al paso...! - Los corceles no pueden ir al trote.
¡Al paso...! - La jornada su horror sublime alarga.
¡Al paso...! - Como nietos del loco Don Quijote.
¡Así van los de Alcántara! - Su gloria eterna flote.
¡Al paso...! - ¡Lo imposible! ¡Tal fue la última carga!
Busquemos las lecciones grabadas en la Historia
con lauro inmarcesible.
Y arriba, muy arriba, cual soberana gloria,
escúlpase de Alcántara la trágica victoria
diciendo: "Con su arrojo lograron lo imposible".

M.R. Blanco-Belmonte, autor del poema

 

Monumento al Regimiento Alcántara y a la Caballería española. Academia de Caballería, Valladolid.




Fernando Primo de Rivera y Orbaneja




Carga del Regimiento Alcántara.





Monumento a la Caballería española.




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miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Es vencible la ignorancia?

 
Quiero creer que la ignorancia es vencible.
    Es una suposición voluntarista la mía, bien intencionada, una muestra de generosidad homologable ante cualquier tribunal a cargo de resolver las cuitas del intelecto.
    Pero la apelación a la credulidad en el fuero interno no es suficiente.
    Hay que servirse de la mejor de las ayudas, que es la invocada luz del magisterio, patrocinadora de la más evocadora de las liberaciones, para penetrar la atmósfera inquietante del conjunto tenebroso.



Bartholomeus Spranger: Minerva vencedora de la ignorancia (1591).


 

La expresiva pugna tiene un sustrato artificioso.
    Porque el conflicto es de intereses absolutamente dispares.
    El recurso a la alegoría evidencia un proceso largo y arduo, compilado en sucesivas derrotas que cubren los periodos de tiempo en los que se añora la determinada actuación de Atenea sanadora. Es el lamento singular del aquejado por la epidemia de mal crónico.
    Nunca faltan enfermos, arraigados a la dolencia, y siempre faltan curadores de buena estirpe, con el porte olímpico, fascinante, con la debida autoridad, sugestiva.
    Concluye el dictamen facultativo que la ignorancia es un enemigo implacable hábilmente esquivo a la denuncia; quizá porque quien con ella carga, entre resignación y acomodo, ya ha aceptado servirla, aunque jamás aceptará reconocerlo allende la órbita de los cobros.


lunes, 21 de marzo de 2016

Victoria incruenta de las armas españolas

 
A finales de 1848, los revolucionarios italianos penetran en la Ciudad Eterna. Roma es un botín muy cotizado, pero caro de conseguir. No obstante logran sus objetivos Garibaldi y Mazzini, capitanes de la invasión, y ponen sitio al Vaticano regido por el papa Pío IX. El gobierno pontificio es sustituido por un triunvirato y una Asamblea Constituyente sustentado en dos batallones de anárquicos soldados poco menos que de fortuna.
    La guardia del Papa era testimonial, por lo escasa y decorativa, ante lo que el pontífice decide llamar al embajador de España, Francisco de Paula Martínez de la Rosa, quien aconseja al solicitante la salida de Roma dada la situación en las calles. El Papa se acoge a Gaeta, el puerto del reino de Nápoles más cercano a Roma, del que era monarca el rey Fernando, tío carnal de la reina de España Isabel II. En Gaeta aguardaba el embajador de España en Nápoles, Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas, militar y poeta como su colega Martínez de la Rosa.
    Pasados unos días, llegó a Madrid noticia exacta de lo sucedido. Presidía el Gobierno el político y militar Ramón María Narváez y Campos, duque de Valencia, quien ordenó comunicar a todas las potencias católicas de Europa los hechos y las consecuencias, pidiendo una reunión urgente del Consejo de embajadores para examinar las circunstancias, pues España iba a intervenir con las amas para restablecer el solio de la cristiandad.
    La iniciativa tuvo éxito, pese a las consabidas reservas. Austria, a la que convenía mucho intervenir en el mosaico que era la península itálica, organizó un fuerte ejército; Francia, república presidida por Luis Napoleón Bonaparte, envió una división de siete mil efectivos, reducida en cuanto a número y dotación, al mando del general Oudinot; y España dispuso un Cuerpo expedicionario con el general Fernando Fernández de Córdoba y Valcárcel al frente (cuyo apellido y título: Gran Capitán, sonaba en aquellas tierras con gloria).

Fernando Fernández de Córdoba y Valcárcel

Imagen de ICHM


Aunque el cardenal Antonelli, nuncio de Su Santidad, Martínez de la Rosa y el duque de Rivas acuciaban a Narváez para que enviase la tropa, el jefe de Gobierno español deseaba que llegara la última después que los franceses se decidieran, e iba retrasando la partida sin descuidar el operativo.
    Embarcó al fin la primera brigada, compuesta por los regimientos de Infantería Inmemorial del Rey, Reina Gobernadora y batallón de Cazadores de Chiclana, más una compañía de Ingenieros y un brillante cuadro de jefes y oficiales.
    En Gaeta recibió Pío IX al general Fernández de Córdoba y su ejército con entusiasmo y parada militar de cortesía. Todo muy lucido y fervoroso. El Papa bendijo la bandera del regimiento Inmemorial del Rey, en representación de todo el Cuerpo expedicionario, colgando de su moharra la cinta de color morado de la Orden Piana.

Pío IX bendice al Cuerpo expedicionario español en Gaeta.

Imagen de ICHM



Los franceses habían desembarcado y puesto sitio a Roma, atacando con tanto brío como desacierto, sumando demasiadas bajas para seguir arremetiendo. Cosa que elevó la moral de los revolucionarios que allegaron a sus filas nuevos voluntarios asentando, a la par, sus previas y también las aspiradas conquistas.
    La tropa española, a la que prometió unírsele una División napolitana, al mando asimismo del general Córdoba, no podía intentar operación alguna, pues el rey Fernando de las dos Sicilias cambiaba de parecer y plan a cada poco, aturdido por los acontecimientos y retirado al límite de su frontera. Córdoba se ofreció a los franceses para pelear juntos en el cerco de Roma, pero Oudinot opuso que aquello era competencia de la honra y su ejército habría de tomar la ciudad sin más ayuda que la propia.
    Pese a lo limitado de los efectivos, la brigada española se puso en marcha el 2 de junio de 1849, para establecerse en Terracina, donde constituyó su base para acometer el terreno que el acuerdo internacional había concertado a los españoles.
    A los pocos días, el general Zabala desembarcaba en Gaeta con los batallones de Cazadores de Ciudad Rodrigo, Las Navas, Baza, Simancas y el regimiento de Caballería Lusitania, más dos baterías de montaña y una rodada.
    Los franceses, ya reforzados, acababan de entrar en Roma a viva fuerza, después de un furioso bombardeo con cañones de sitio y de Marina, que dio origen a la protesta colectiva de los representantes diplomáticos de todas las potencias residentes en Roma, acusando a Oudinot, en términos amenazadores, de haber faltado al derecho de gentes, a las leyes de la guerra y al respeto que los monumentos romanos merecían. Y sea por la protesta o por el deseo de no indisponerse con los revolucionarios, que los franceses no desarmaron a las huestes de Garibaldi n de los voluntarios internacionales.
    Con catorce o quince mil hombres, Garibaldi se retiró libremente de Roma acampando a menos de cuatro leguas de la ciudad, proclamando que se disponía a aplastar a los españoles. Lo que no tuvo efecto quedando en bravata. Los españoles, en lugar de fortificarse, avanzaron al encuentro de los revolucionarios, llegando a Piperno, no lejos de Valmonte, establecimiento de los garibaldinos que viéndolos venir decidieron marchar a Terni, cruzada la cordillera de la Sabina.
    Reunida en Piperno la División española, con los generales Lersundi y Zabala, el plan de campaña de Córdoba era atravesar la Sabina, ocupar el desfiladero de Tagliacozzo que tan importante papel jugó en las guerras del Gran Capitán, y caer sobre el enemigo que sólo contaba con la opción de hundirse en el mar o perderse en los Abruzos, rodeados por el ejército austriaco.
    Dispuestos a ello la tropa, visita el campamento el general Nunciante, jefe del ejército napolitano, para conferencias acerca de la situación en Nápoles. Córdoba le expuso su plan y el napolitano le dio que conduciría a su ejército a la catástrofe ya que la zona era inhóspita y virgen del paso militar a lo largo de la historia; tampoco contaba con postas, salidas o refugios ni posibilidades de suministro.
    Respondió Córdoba a tal paisaje que él había superado los habidos en España similares o de mayor dificultad.
    En diálogo de estrategias imposibles estaban ambos cuando se les unió el general prusiano Willisen, comisionado por su rey para estudiar la organización de las tropas españolas y asistir a las operaciones, de tanto riesgo como atractivo, con permiso del Gobierno español. 
    Puso marcha la División de amanecida, con la mínima impedimenta individual y de grupo, ocupando pronto terreno arisco; las diminutas siluetas de los flanqueadores pincelaban las crestas de las montañas. El trazado era pésimo, pero aún era más peligroso el paisanaje.
    Iba de cronista en la expedición el escritor Gutiérrez de la Vega, y de auditor de Guerra, también escritor, Estébanez Calderón, ambos constituidos en cicerones del general prusiano, contagiado de literatura, enviando a la prensa de Berlín artículos de loa hacia los españoles. Le asombraba que tras marchas de seis y siete leguas por terrenos de montaña, llegaran los soldados a los pueblos o a los vivaques con ganas de confraternizar y divertirse al ritmo de la música autóctona.
    Al llegar a la ciudad de Enrola, una localidad amplia en comparación a las transitadas, cansados de verdad todos, se hallaban dormidos todos cuando se desencadenó una gran tormenta acompañada de vendaval. La noche fue de aúpa y el remojón de órdago; pero la tropa, animosa siempre, pidió "Diana con música", para pasar el mal trance y cobrar impulso. Así fue: charangas, tambores, clarines y trompetas a saludar el Sol.
    De Enrola en adelante el camino era otra cosa. Alcanzaron Rieti, sorprendiendo a una población que esperaba a los garibaldinos, pero que supo acomodarse con presteza a los españoles. Ya quedaba poco para el desfiladero de Tagliacozzo, desde cuyas cimas esperaban divisar los campamentos de Garibaldi; quien enterado de la aproximación española escapó hacia la Toscana, perola región ya estaba ocupada por los austriacos, por lo que continuaron la huida hasta el poblado de Narni.
    Desde Rieti los españoles marcharon a Terni, superado el desfiladero, y allí quedó el grueso de la tropa pues la pretensión de conquistar Narni venciendo a Garibaldi se esfumó al recibir noticias, luego comprobadas, de que el revolucionario y su hueste, minorada ante la aproximación de los españoles, volvía a huir eludiendo el enfrentamiento. Los españoles regresaron a Rieti a descansar.
    Explicaba Garibaldi a quienes prestaban oídos, que él conocía a los españoles, por haberse batido con ellos en Río de la Plata, al lado de los insurgentes, y por tanto los creía capaces de la proeza que se les atribuía al cruzar la cordillera con infantes, jinetes, artilleros y mulos.
 
De los franceses se supo que Oudinot había enviado al Para, a Gaeta, las llaves de Roma, entrando en ella el Pontífice en olor de triunfo. Y de Nápoles, que el general Nunciante, todavía impresionado por el plan español, había propuesto, en nombre de su país, al Consejo de Embajadores, que la División española quedara guarneciendo indefinidamente a Roma y los Estados pontificios.
    El resultado obtenido por el Cuerpo expedicionario español fue el apetecido; y aún mejor, si al éxito se suma la ausencia de bajas por combate (algún estrago causó la malaria y el terreno). Se repuso en el solio a Pío IX; Garibaldi huyó a América; los revolucionarios de diversos países abandonaron la península italiana y los italianos callaron sus ímpetus en espera de ocasión propicia. La iniciativa del Gobierno español fue, pues, de la mayor eficacia para el in perseguido. Y la campaña, realizada sin combatir como se ha expuesto, obligando por la maniobra a que el enemigo se disolviese, demostró que la doctrina militar de aquellas épocas no prescribía la destrucción del enemigo, sino reducirlo a la impotencia por medio de la estrategia y de la táctica.
 

Al Teniente general Fernando Fernández de Córdoba y Valcárcel le fue concedida la Cruz de 5.º clase, Gran Cruz de San Fernando, por Real Decreto de 4 de marzo de 1850, en virtud de sus distinguidos servicios al mando del Cuerpo Expedicionario Español a los Estados Pontificios del mes de mayo de 1849 a febrero de 1850.    





Isabel II.


 

Ramón María Narváez y Campos.


 

Francisco de Paula Martínez de la Rosa.


 


Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas.   

viernes, 18 de marzo de 2016

Un menorquín héroe de Estados Unidos

 
No son muchos los españoles que hayan descollado en la historia norteamericana posterior a la Independencia de las trece colonias. Ciertamente, algunos compatriotas lucharon en aquella guerra, la de Secesión y, posteriormente, en guerras libradas por los EE.UU., pero sin gran notoriedad. Esta reseña es obra del estudioso Carlos Juan Gómez Martín.
    El más brillante, sin lugar a dudas, aunque norteamericano de nacimiento, es David Glasgow Farragut, quién fuese el primer Contralmirante, primer Vicealmirante y primer Almirante que tuvo la Armada de Estados Unidos. Hijo de Jorge Farragut Mesquida, un capitán de la Marina mercante española, nacido en Menorca y emigrado en 1766 a las colonias inglesas de la zona. Contrajo matrimonio con Elizabeth Shine, de origen escocés e irlandés, naciendo nuestro protagonista a bordo de un barco que mandaba su padre y hacía funciones de ferry cerca de Knoxville, Tennessee, lugar donde sus padres se habían trasladado tras la Guerra de Independencia en la que participó Jorge.
    Tras la muerte de su madre, David fue adoptado por un amigo de Jorge, el Comodoro Porter y la vida del joven se encaminó a la Marina, donde ingresó en 1810, participando en la guerra contra los británicos de 1812, en la que tuvo una destacada participación pese a su temprana edad, así como en posteriores campañas en el Pacífico y Chile.
    Pero sería durante la guerra de Secesión, 1861-65, cuando alcanzaría la gloria, al ser comisionado, tras reticencias de la Comisión Naval, ya que su familia de adopción optó por la Confederación, para el bloqueo de Nueva Orleans que llevó a cabo con gran éxito, ocupando la ciudad e impidiendo que los productos del Sur pudiesen exportarse por el gran puerto de Luisiana.
    Todo un éxito. Pero no fue tan afortunado en la batalla por el control del Mississippi y el intento de ocupar Port Hudson, aunque logró bloquear el Red River y contribuyó a la toma de Vicksburg en julio de 1863. Pese a ello, su actuación en el Mississippi fue objeto de muchas críticas, ya que la Unión sufrió grandes bajas en la zona y no pudo cortar la sección central del gran río hasta la mencionada rendición.
    Pero la gran batalla de Farragut sería la de la bahía de Mobile, agosto de 1864,  el último puerto sobre el mar que le quedaba a los sureños. Al estar minados los accesos hubo problemas y el USS Tecumseh resultó averiado, lo que forzó al resto de la flota a la retirada. Entonces Farragut ordenó al USS Jouett a forzar el paso, siguiéndole a bordo del USS Hartford y con él toda la flota, consiguiendo batir los grandes fuertes de la plaza y derrotar a la Confederación, privándole de puertos. Por esa acción y anteriores meritos, en diciembre de 1864 el Presidente Lincoln le ascendió a Vicealmirante, el primero en la Armada de la Unión, alcanzando el grado de Almirante en julio 1866, también el primero. Su último destino, 1867-68, fue el mando de la flotilla europea, con la cual recaló en la Menorca de su padre; muriendo en 1870.
    El Almirante Farragut es uno de los únicos siete marinos de EE.UU. que estuvo en servicio durante toda su vida y ahora reposa en el cementerio de Wodland, Nueva York.
    Toda su vida fue un gran patriota americano, pero no olvidaba sus raíces hispanas y, cuando pudo, quiso conocer la tierra de su padre, la bella isla de Menorca, pues siempre conservó ese resto de fidelidad paterna y hoy existe un total reconocimiento a esas raíces en la persona de quién fue el más importante marino estadounidense del siglo XIX y uno de los más grandes de toda la historia, rica historia, naval norteamericana, hasta el extremo de haberse editado sellos con su efigie y dado nombre a diversos barcos. En definitiva, un orgullo para España y EE.UU., y un símbolo de lo que debe ser la amistad y colaboración entre ambos países.

   

Jorge Farragut (arriba) y David Glasgow Farragut.

Imágenes de www.jhbayo.com

miércoles, 16 de marzo de 2016

Némesis

 

El castigo o el premio a la desmesura.

Diosa de la mitología griega al cuidado de la correcta distribución de la felicidad y el derecho, impartiendo a su vez el castigo justo por los delitos cometidos y la soberbia (hybris). El nombre tiene que ver con la voz nemein (reparto, administración, distribución), con el sentido de "participar en lo debido".
    Némesis es a la vez una divinidad y una abstracción. Como divinidad se le atribuye un mito: amada por Zeus, Némesis, que es hija de Nix (la Noche), trata de rehuir las efusiones del padre de los dioses adoptando apariencias diferentes se convierte, sucesivamente, en pez, ganso y cisne hasta acabar metamorfoseada en oca. A lo que Zeus responde transformándose en cisne y consigue poseerla. Némesis puso un huevo, recogido por unos pastores que lo dieron a Leda que lo cuidó; de este huevo nacieron Helena y los Dioscuros (Cástor y Pólux).
    Según otra versión, Zeus, en forma de cisne, huyendo de un águila encontró refugio en el regazo de Némesis (transfigurada en oca), lo cual dispuso la seducción y acarreó que la diosa quedara preñada del lascivo dios y al cabo pusiera un huevo que Leda, reina de Esparta, incubó amorosamente. Del huevo salió la bella Helena, cuyo rapto tuvo como consecuencia la guerra de Troya. En memoria de ello, Zeus puso el cisne y la oca como constelaciones en el cielo.
    En su valor simbólico, Némesis personifica la "venganza divina"; la divinidad que, como en el caso de las Erinias, castiga el crimen, pero, con más frecuencia, el poder encargado de suprimir toda "desmesura", como aquel que permite el exceso de felicidad en los mortales, el orgullo de los reyes, etcétera. Esta es una concepción fundamental del espíritu helénico: todo cuanto sobresale de su condición, tanto en bien como en mal, se expone a las represalias de los dioses, pues tiende a trastornar el orden del universo, a poner en peligro el imprescindible equilibrio universal; por eso debe castigarse si se quiere que el mundo siga tal como es. De este modo, por ejemplo, Creso, demasiado feliz por sus riquezas y su poder, es arrastrado por la Némesis a su expedición contra Ciro, expedición que acaba por ser una ruina: el castigo a una ambición desmedida.
 
Némesis la vengadora, dentro de los mitos griegos de la muerte.
    Por sus valores semánticos nemein, Némesis es una figura que se inscribe en el ámbito de la distribución y la repartición, como las Moiras. Representa la atribución por una autoridad legal; de un modo más preciso, Némesis es la justa repartición en tanto no es respetada, en tanto es amenazada y puesta en tela de juicio. Asociada a Temis, la esposa de Zeus que asienta la justicia verticalmente desde los dioses, Némesis define un plan de repartición-retribución donde el acento recae no tanto en la retribución que restablece el orden de las cosas como en el sentimiento de que una cierta atribución es correcta, legal, mientras que otra la excesiva, la indebidamente arbitraria no lo es ni debe serlo.
    Es la personificación del levantamiento contra la injusticia (el nombre griego significa "ira"), al propio tiempo vengadora del crimen cometido y juez imparcial en los certámenes, provista de balanza, espada y regla de medir. Como diosa del destino tiene el poder de retrotraer al suelo de la realidad a aquellas personas que han gozado de una buena suerte inmerecida.
 
A Némesis le fue erigido un famoso santuario en Ramnunte, pequeña ciudad del Ática situada a poca distancia de Maratón; en la costa del estrecho que separa Ática de Eubea. La estatua de la diosa era obra de Fidias, tallada en un bloque de mármol de Paros traído por los persas, quienes lo destinaban a levantar un signo de victoria después de haber tomado Atenas. Los persas estaban seguros de vencer, signo de desmesura; pero jamás conquistaron Atenas. La Némesis de Ramnunte fue decisiva aliada de los atenienses, impulsando a su ejército.
    Junto a este santuario destacó también el de Esmirna.
    En la antigua Ramnunte, Némesis era honrada junto a Temis. Y Hesíodo anunciaba en Los Trabajos y los días que Némesis, acompañada de Adiós, abandonaría definitivamente a los humanos cuando terminase la edad de hierro y regresaría entonces junto a los dioses.
    En la época helenística, Némesis fue venerada también como diosa de los agones (competiciones de todo tipo) y en la época romana se le rindió culto en los anfiteatros y en los circos.
    En Roma, Némesis Adrastea es otro de los nombres que identificaban a la diosa Ártemis (Suda, I 54, 524), a quien un tratado hermético denomina la "vigilante del universo de ojos penetrantes" (Korê Kosmou, 48). A menudo se colocan pequeños altares de Némesis en las entradas de la palestra de los anfiteatros romanos, donde los gladiadores le llevaban ofrendas. En algunas representaciones antiguas, Némesis también tiene alas.
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De lo positivo a lo negativo y viceversa, con ese matiz ineludible, e inefable, que advierte del "hasta aquí" y del "por aquí"; un matiz que es norma, que es código y que es regla: la persona es pero dentro de una acción encauzada.
    Cuántas veces la frontera entre una cosa y su contraria es difusa, casquivana y sinuosa por mor de los impulsos, los anhelos o las interpretaciones. Se puede pero no se debe, hay que estar pero también hay que parecer; sopesando, midiendo, evaluando. Un cálculo a tiempo es garantía de permanencia y, llegado el caso, de una nueva oportunidad para ahormarse al embrollo, avanzar a la siguiente casilla o salir airoso y curioso del itinerario marcado siquiera por un momento.
    La audacia acompaña a los valientes, la osadía a los atrevidos, el acomodo a los cobardes y el negocio de la componenda a los falsarios; y todos y cada uno, trazados en vertical y horizontal, responden a un esquema preconcebido, antiguo como la primera sociedad estructurada en triángulo, eficaz y rentable.
    Antítesis del golpe en la mesa, estos son mis poderes y este soy yo. Emparentado con el golpe de mano, en avanzadilla sorteando los decorados de la obra precedente, a la vanguardia del grueso conquistador que es actor y público a la par. Adscrito en lista cerrada al golpe de efecto, ese recurso de puesta en marcha del prolongado paréntesis y los puntos suspensivos.
    Sumada a mi bando, némesis es el argumento del viaje eterno a través de paisajes variados y de continuas elecciones en busca de las fuentes del conocimiento. El sentido de la vida.
    Me gusta su compañía.

lunes, 14 de marzo de 2016

Dragones de cuera

 
Uno de los aspectos menos conocidos de nuestra historia en América es la referente a los territorios del norte de México, desde la actual Coahuila y Sonora a Texas, Arizona o Nuevo México. Sabemos bastante de las misiones californianas de la Florida o de Nueva Orleáns, pero poco de Tucson, Santa Fe o San Antonio de Béxar.
    Esos inmensos territorios fueron defendidos, prácticamente hasta la independencia de México en 1821, por unas escasas fuerzas, pero que frenaron a los llamados "indios bárbaros", apaches chiricauas, apaches mescaleros, comanches, navajos y otros, así como las incursiones de franceses, ingleses o, posteriormente, norteamericanos.
    Expone el estudioso del tema Carlos Gómez, que el sistema de defensa consistía en una serie de poblaciones, cuyo número fue cambiando con el tiempo, llamadas presidios, fortificadas con paredes de adobe o similar de unos 120 metros de lado y con fortines en las cuatro esquinas para poner pequeños cañones. Dentro de estos espacios vivía la guarnición con sus familias, amén de indios leales; en el entorno se levantaban haciendas y ranchos cuya defensa dependía de estas instalaciones. Nunca hubo demasiadas fuerzas para defender esos inmensos territorios y las más importantes fueron las tropas presidiales, esencialmente los Dragones de cuera (o soldados presidiales de cuera), encargados del control de esa vasta zona.

  

En 1724, Pedro Rivera, brigadier general, recorrió más de 12.000 kilómetros, tardando 3 años y medio en visitar los presidios emitiendo un informe al virrey marqués de Casa Fuente, quién dictó normas para poner orden en aquellas lejanas guarniciones. En 1772, se estableció un nuevo reglamento de presidios, creándose los más avanzados, Santa Fe (Nuevo México) y San Antonio de Béxar (Texas).
    La defensa de esos territorios estaba ya encargada a la mencionada unidad a la que ahora se le dio una reglamentación de uniformidad y armamento. El uniforme estaba compuesto por "una chupa corta de tripe, o paño azul, con una pequeña vuelta y collarín encarnado, calzón de tripe azul, capa del  mismo color, cartuchera cuera y bandolera de gamuza, en la forma que actualmente la usan, y en la bandolera bordado el nombre del presidio, para que se distingan unos de otros, corbatín negro, sombrero, zapatos y botines" (Reglamento de 1772). La cuera era un abrigo largo, sin mangas, constituido hasta por siete capas de piel, lo que frenaba los flechazos de los indios y que sustituyeron a las antiguas corazas. Debido a que eran muy pesadas, a finales de siglo habían quedado reducidas desde las rodillas hasta la cintura, tipo chaquetón. Debido a esa indumentaria, fueron conocidos como Dragones de cuera
    Respecto al armamento usaban "espada ancha, lanza, adarga, escopeta y pistolas" (Reglamento de 1772). La adarga, que a veces era una rodela, se componía de dos círculos traslapados, fabricados en piel y bordados, normalmente, con el escudo de España y algún motivo local.


 
Se ha señalado que el armamento de estas tropas era muy ligero, en tiempos en que la organización militar y el armamento era ya bastante complejo. Pero no debemos olvidar que aquellos soldados mantenían una guerra de guerrillas contra partidas de indios y, en algunos casos, europeos e indios, pero siempre en extensos territorios donde toda impedimenta de más era un obstáculo. Por ejemplo, el uso de la lanza era mejor que el de la escopeta, pues los enemigos eran más rápidos lanzando flechas que los soldados disparando, por la dificultad de recargar las armas de fuego del momento. Eso llevó a que muchos dragones usaran arco y flechas. También la espada era eficaz en el cuerpo a cuerpo.
    Debido a que la movilidad era fundamental, los dragones disponían de seis caballos, un potro y una mula, pues en las persecuciones muchos animales caían reventados, por lo que habían de disponer de cabalgaduras de reserva. Como vemos, todo muy semejante a lo que la caballería estadounidense llevó a cabo 50 o 60 años después.
    El  número de dragones fue pequeño, prácticamente una compañía por presidio, más cierto número de auxiliares de las tribus aliadas, nunca más de unos 100 en cada acantonamiento; y en todo el período, desde mediados del XVIII hasta 1821, el número total no rebasó los 1.500, desde California hasta Luisiana. En la Alta California había unos doscientos contra más de 200.000 indios.
   
Los Dragones de cuera eran soldados regulares, firmaban por diez años prorrogables y estaban formados por criollos, esencialmente, peninsulares y mestizos. Los oficiales eran no sólo españoles; los había irlandeses, valones, italianos, y de otras nacionalidades en menor medida. El propio virrey Gálvez los distinguía como fuerzas de elite -diríamos hoy día-, frente al resto de las tropas virreinales: "Los soldados presidiales son del país, más aptos que el europeo para esa guerra, siendo reocupación de los últimos creer que a los americanos les falta el espíritu y la generosidad de las armas y si es esta una verdad incontestable, es precisa consecuencia que deban ser fuertes, aguerridos unos hombres que nacen y se crían en medio de peligros".
    A lo largo de su existencia fueron muchos los éxitos con que jalonaron sus actuaciones, desde la defensa de Tucson frente a los apaches hasta los combates de Columbus (Nebraska) en 1720; el aplastamiento de la rebelión Pima en 1752; la campaña del Río Rojo, en 1759, contra los apaches; la resistencia de tres dragones contra 600 indios en San Diego (California) en 1775, etc. Guerreando infatigables a lo largo de toda la frontera y, pese a su escaso número, no cedieron territorio ni a indios ni a europeos. Ese era el espíritu y la fuerza que animaba a los Dragones de cuera, símbolo de nuestra real y permanente defensa de América frente a nuestros enemigos y epítome de las virtudes militares españolas.

viernes, 11 de marzo de 2016

La fuente de la eterna juventud

 

 
Al capitán Juan Ponce de León llegó la noticia de haber en cierta isla del océano una fuente, río, laguna o manantial, cuyas prodigiosas aguas devolvían el vigor, la lozanía y arrogancia de la juventud a quienes en ellas se bañaran.

   En América se envejecía rápido, probablemente por sus insectos venenosos, sus plantas mortíferas, mucha fruta pero poca comida de otro tipo y la ambición de riquezas de los descubridores y colonizadores de la tierra virgen. La pobreza alimentaria, la campante insalubridad junto a la inclemencia mayoritaria del clima, causaban estragos en los aventureros y aventurados que, además, debían luchar contra los naturales en sus feudos.

    Hasta que en esas tierras por reconocer y administrar hubo huertos y cosechas, rebaños, caminos y poblaciones, los españoles, admirados, atacados y calumniados a partes equivalentes, vivían un calvario eternizado, siendo más las cruces de sepulturas que los vivos para honrarlas. De ahí que la remota esperanza de volver a la juventud animase los espíritus emprendedores, porque si aquella tierra tenía la propiedad de envejecer, por ley de compensación parecía lógico que tuviese en su seno el remedio", escribe el historiador Tomás Bermúdez de Castro.

    Por lo que el deseo trascendió en noticia y ésta, dando cuenta de la maravillosa fuente de la juventud, en reclamo de atención y expectativa. Fray Pedro, mártir de Anglería, comunicaba al Papa León X lo siguiente: "Entre las islas situadas al norte de La Española, a unas 525 leguas, hay una, ya explorada, que contiene un manantial perenne de agua viva que, bebiéndola con método,  restablece a los ancianos en su primera juventud, y aseguro a Vuestra Santidad que esto no es un dicho sin fundamento, porque ya es tan válido en la corte que no sólo el pueblo le da fe, sino hasta las personas cuya sabiduría y fortuna los separan del común de las gentes. Mas si Vuestra Santidad desea saber mi opinión acerca de este punto, le diré que no puedo atribuir tan grandioso poder a la Naturaleza; pero sí que Dios se ha reservado esta prerrogativa para obrar en el corazón de los hombres."

    Una vieja india de la servidumbre de Juan Ponce de León en la isla de Puerto Rico, juraba que muy hacia el Norte había un país rebosante de oro con un río que restaura la juventud a quien en sus aguas se baña.

 

Juan Ponce era leonés. De niño fue paje de lanza, y ya mozo se alistó para la guerra de Granada donde ganó el empleo de alférez. Con tal grado embarcó en el segundo viaje de Colón.

    La conquista de La Española fue un triunfo en su haber, pues era capitán con mando en un cuerpo de tropas. Dirigió la conquista de la isla de Borinquen, que fue bautizada Puerto Rico, de la que llegó a ser Gobernador; luchó contra muchos enemigos con pocos efectivos. Pero su empeño y habilidad consiguieron el éxito y el bienestar conjunto de administrados y administradores. Además, para Juan Ponce era un aliciente el conocer las buenas nuevas que propiciaba su discípulo Hernán Cortés, en México, y en el Perú su antiguo subordinado Francisco Pizarro.


Monumento a Juan Ponce de León en Punta Gorda, Florida.

Imagen de www.forocoches.com 
 

La noticia del manantial de la eterna juventud le llamó poderosa. El nuevo mundo todavía estaba por descubrir en amplias zonas y él, con la fuerza de su edad, la ayuda de Dios y la experiencia guerrera, iba a regalar a su Patria y a su Fe imperios mayores que el azteca o el inca.

    Fue grande el número de voluntarios para la expedición a tan prodigioso lugar. Juan Ponce prohibió el embarque de mujeres y eligió para tripulantes y soldados hombres maduros acompañados de jóvenes para las tareas más rudas.

    Algunos caciques indios, deseosos del baño rejuvenecedor, aseguraban que la fuente de la juventud se hallaba cerca, en una isla denominada Biminí perteneciente al grupo de las Bahamas. Pero Ponce no accedió a subir a bordo a los naturales, salvo a su fiel sirvienta. El día 3 de marzo de 1512 partía del puerto de san Germán la expedición de bajeles cargados de fardaje, bastimentos y armas., con mar llana y viento en popa, rumbo a las costas de La Española. Llegados al archipiélago de las Bahamas, arribaron a Guanahaní, primera tierra americana que pisaron Colón y sus hombres. Pero abundaban los ancianos, lo que impulsó a continuar la búsqueda tras algunos baños en cualquier excusa acuática.

    A los cinco días de navegación dieron con un territorio atractivo, de suave clima. A la vista asomaba un vergel  de fauna, con cursos de agua múltiples. Era la festividad del Domingo de Ramos cuando Ponce de León dispuso el desembarco y tomó posesión de aquella tierra, que llamó La Florida, en representación del rey de España, don Fernando el Católico.

   Cabe mencionar en el solemne acto, conservado en lienzo, al perro Becerrillo, la mascota de Juan Ponce, que siempre acompañó a su amo en todas sus aventuras, no siendo esta la menor. El tal Becerrillo era famoso por su valor, fuerza y astucia, sabía distinguir a los indios aliados de los enemigos y era legendario en el cumplimiento de sus misiones: exploraciones en terrenos inaccesibles, transmisión de partes, salvamento de extraviados y heridos o asaltos a campamentos indios. Gozaba el perro de haberes y ración de soldado arquero, que era el mejor pagado. En esto de los perros de guerra, los españoles fuimos los primeros; y ya la descendencia de Becerrillo siguió el oficio de las armas, prestando servicios tan valiosos que la cotización de estos canes superaba a la de los caballos.

    Los expedicionarios creyeron que La Florida era una isla, por lo que ala vez que se investigaba tierra adentro, las naves recorrían la costa en busca de circunnavegarla. Pero unas tormentas sucesivas dieron al traste con la intención y el desastre sobrevino. Las naves quedaron desechas, arrojando al mar la mayoría de sus cargas para salvar las vidas de los marineros. A todo eso, tierra adentro, la enfermedad mermaba efectivos a los aventureros, dejándolos en cuadro.

    A la esperanza de hallar la perseguida fuente de la juventud se opuso la depresión en los ánimos y el ferviente deseo de regresar a casa, como fuere. Y cuando más trágica era la situación, la divina providencia vino al rescate. Aparecieron como por arte de magia un grupo de islas con cantidad de aves y tortugas, cuya carne sació el hambre y cuyo caldo repuso a los enfermos. Hecha abundante provisión, los expedicionarios pusieron el nombre de Islas de las Tortugas a ese paraíso de salvación.

    Con las pocas naves en disposición de navegar, alcanzaron otro archipiélago, al que llamaron De la Vieja, porque en la playa tropezaron con una anciana que no se asustó de los llegados; al contrario, movida por la curiosidad se acercó a ellos, los tocó y habló en su lengua. Fue la sirvienta de Ponce de León quien de alguna manera pudo entenderse con la aborigen, ofreciéndose con su hijo a guiar a los expedicionarios hasta Biminí.

    A esas alturas de viaje tal era la fatiga que la expedición se dividió en dos partes: la una proseguiría hacia la codiciada fuente, al mando del alférez Juan Pérez de Ortubre; la otra, con Juan Ponce, regresaría a Puerto Rico dando cuenta de lo sucedido.

    A los diez días llegaba Juan Ponce a Puerto Rico, y diez después Juan Pérez, ya descubierta la famosa Biminí, hermosa y grande, con muchas aguas pero sin más virtud en ellas que la de aplacar la sed.

 

Monumento a Juan Ponce de León en el parque Bayfront de Miami, Florida.

Imagen de HRH editores

 
 

Esta es la aventura de Juan Ponce de León. Una aventura que también permitió al intrépido explorador descubrir la Corriente del Golfo; fue el primero en apreciarla y de ella dar noticia. Luego dos hechos confieren valor a su vida y trascendencia a su obra.

     En España se burlaron de él, cosa harto frecuente con todos los que habiendo rebasado los límites establecidos por anteriores ofrecían un panorama nuevo; pero el rey Fernando le recibió a su mesa con los brazos abiertos, y le nombró Adelantado de La Florida y Biminí; y más títulos. Recordaba el rey las hazañas del alférez en el asedio de Granada, por lo que en agradecimiento le confió el mando de la escuadra que se estaba armando en Sevilla contra los piratas y caribes de las Antillas.

    La guerra contra los piratas fue larga y dura. Una herida provocó en Juan Ponce que abandonara el mando para recogerse en la isla de Cuba y allí murió, exhausto y amargado. Y pobre, al punto  que la Real Audiencia sufragó el entierro de limosna, pues todos sus ingresos, que eran muchos como Adelantado y Capitán General del Mar Océano, los venía repartiendo entre los soldados más viejos.

    En lápida su epitafio:

"Aqueste lugar estrecho

es la tumba de un varón

que en el nombre fue León

y mucho más en el hecho."

 

Concluye el historiador Tomás Bermúdez de Castro, que ya no son de España las tierras que Juan Ponce descubrió. Pero así como otras muchas descubiertas por españoles cambiaron sus españoles nombres por nombres extranjeros, La Florida conserva el suyo original y, con él, el recuerdo del que buscando la juventud para sí encontró un territorio eternamente joven.



Juan Ponce de León




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