lunes, 30 de mayo de 2016

Traza histórica de un monumento a la reconciliación

 

Antecedentes. Un régimen sin consistencia

Entre el 12 y el 14 de abril de 1931 fue proclamada por sus promotores la II República. En un abrir y cerrar de ojos —entiéndase la metáfora—, España transitó de un régimen a otro sin haber despedido al cesante ni aceptado en pleno o mayoría cabal el entrante; mientras, los españoles bandeaban en el improvisado cambio expectantes en su conjunto, alternando la confusión, el temor, la euforia y el recelo. La supuesta voluntad de un conglomerado de políticos aventurados a lo que sucediera si... o lo que sucediera si..., devino en un Gobierno provisional —que puede definirse, por asimilación, como Gabinete revolucionario— y la toma de posición de las diversas corrientes que lo constituían.
    En este Gobierno o Comité, y los sucesivos hasta las elecciones generales de 1933, y con la mayor eclosión de virulencia desde 1936 hasta finalizada la Guerra Civil el 1 de abril de 1939, bajo el imperio de las dos adscripciones ideológicas predominantes: la marxista, en progresiva radicalización, y la de la Masonería, continuamente infiltrada en las Instituciones y Organismos del Estado y también en las formaciones políticas, especialmente las republicanas de Cataluña y la socialista, descollaba  la hostilidad a la Iglesia católica, a las formas tradicionales de culto religioso y, en general, a los creyentes. Cundía en el gabinete la convicción de que el principal enemigo de sus objetivos, del ‘gran proyecto' social, era la Iglesia con sus fieles, por lo que había que destruir la raigambre junto con los símbolos, impedir la práctica, la tarea pastoral y cualquier labor vinculada a la Iglesia católica sean cuales fueren los ámbitos sociales y las personas a su cargo.
    La Iglesia jerárquica y las organizaciones laicas dependientes de ella, con matices, con evidente reserva y con alguna excepción, asumieron el nuevo régimen. Valga como muestra el editorial de El Debate de 15 de abril de 1931, responsabilidad de Ángel Herrera Oria doctor en Derecho, periodista, fundador de la Editorial Católica, la Asociación Católica Nacional de Jóvenes Propagandistas de la Fe, el Centro de Estudios Universitarios y el Instituto Social Obrero, portavoz de la jerarquía eclesiástica que ofrecía colaboración a la República:
"Desde ayer existe la II República española. La República es la forma de  gobierno establecida de hecho en nuestra Patria. En consecuencia nuestro deber es acatarla, porque representa la unidad patria, la paz, el orden. No la acatamos pasivamente sino de un  modo legal, activo, poniendo cuanto podemos para ayudarla en su cometido." La política republicana, incentivada desde el inicio por la Masonería, superó las incipientes aunque notorias manifestaciones beligerantes cual la quema de iglesias y conventos, el acoso a sacerdotes, frailes, monjas y devotos, la pérdida irreparable de patrimonio cultural, ya en mayo de 1931, para alcanzar el designio, inequívocamente trazado, de la secularización a la fuerza. En frase conclusiva: "Arrancar a la Iglesia de la sociedad española."
    Tanto como decir que en la República no había lugar para los creyentes, fuera cual fuese su número. Esas personas con sus prácticas e influencia, con su libertad de elección y sus modos de vida, resultaban un impedimento para la ejecución del proyecto progresista-republicano, por lo que era menester aplicar una solución drástica, y a ser posible definitiva, a tamaño problema.
 

El planteamiento revolucionario y el alzamiento cívico-militar

No hay obediencia a las urnas por parte de los republicanos de izquierda y los socialistas. En octubre de 1934, tras meses de agitación y propaganda, anticipan en menos de dos años la guerra civil. Más asesinatos de civiles y religiosos por el mero hecho de tener algo que ver los primeros con los segundos. Se ha declarado la rebeldía en Cataluña y la revolución en Asturias; una rebeldía cobarde, deslavazada, contra la unidad nacional, y una revolución de corte soviético auspiciada desde fuera que provoca un baño de sangre. No es la primera sangre derramada en España desde la proclamación de la República, pero esta vez fluye con mayor intensidad y pronostica la tragedia.
    La derrota de la revolución, y la de la patética rebeldía, no es suficiente. Aquella casta de políticos pendientes de conseguir a toda costa sus paradójicos objetivos pues las propuestas son dispares, incompatibles, aunque con el denominador común de la persecución religiosa y el desmantelamiento de España como Nación, hace causa común para vencer en las elecciones generales que serán convocadas a principios de 1936: queda constituido el Frente Popular al dictado, encubierto en esta fase de agrupamiento, de la Komintern (o el Komintern).
    Celebradas las elecciones la victoria se la apropia la amalgama de fuerzas políticas configuradas en torno al Frente Popular; lo que es detonante para que la política de la Unión Soviética, orientada y también dirigida por asesores, militares y mercenarios de la órbita del socialismo real, ideología y praxis hegemónicas.
    Es el inicio del fin. Abierta y ‘legalmente' se amenaza y coacciona a quienes enfrenten su derecho a pensar como quieran contra el poder absoluto de la tiranía frentepopulista. Si malos fueron los tiempos pasados, el panorama futuro era, simple y llanamente, de muerte. 
    La presión acaba por ser excesiva, insoportable. Los españoles quieren vivir, porque nadie quiere morir ni dejarse matar, pero la convivencia es imposible y estalla la guerra.
    En realidad son varios los bandos que contienden, son distintos y siempre enfrentados los intereses que se barajan en España y patentes las organizaciones e ideologías que, a corta o larga distancia, pretenden imponer el nuevo orden contra la voluntad histórica de convivencia nacional.
    Coincidieron varias guerras civiles en la Guerra Civil. Baste recordar, por lo esclarecedor, la guerra entre facciones socialistas; la guerra entre partidarios de la moderación y los exaltados revolucionarios, la guerra más bien dialéctica, de cruces de órdenes y planificaciones, entre militares de carrera y milicianos ascendidos al Mando de un Ejército sin moral, confuso y fraccionado; la guerra, en definitiva, entre los antiguos aliados electorales y de gobierno que, víctimas de sus insalvables contradicciones y abrumados por los errores, las drásticas influencias, las deserciones, los egoísmos, el latrocinio generalizado, el incivismo, cierta presión de las potencias extranjeras, el avance arrollador de los Nacionales y el cada vez menos reprimible rechazo ciudadano. Unas guerras intestinas tan crueles y determinantes como la Guerra que, teóricamente, todavía enfrentaba a los dos bandos en liza. Pero ya era tarde para arrepentirse de los pasos dados, con millares de crímenes, con el descrédito de una infame gestión y el desmoronamiento de la Nación en el debe.
    Así el panorama, la Guerra Civil había terminado semanas antes del 1 de abril de 1939.
    Pero la característica de esta guerra trasciende del hecho bélico e, incluso, del control sobre la población civil en la retaguardia. Es tal el encono y la fijación por cumplir rápida y eficientemente un mandato expreso que la represión acaba equiparándose  en número al de bajas en los campos de batalla.
    Aproximadamente, 165.000 muertos en mil días de guerra registrados en acciones puramente bélicas y 130.000 muertes imputables al odio, al fanatismo, la venganza, la codicia, la ignorancia, la envidia; y en menor medida a la acción de los tribunales de uno y otro signo.
    De las 130.000 víctimas de la mutua represión, entre 72.000 y 78.000 son atribuibles al bando republicano o frentepopulista, desde 1931 a 1939 (y el periodo de actividad del maquis que cubre desde 1939 a 1952); y 58.000 al bando nacional, incluidas las 23.000 ejecuciones de posguerra con carácter jurisdiccional.
    Las víctimas eclesiásticas de la persecución religiosa de principio a fin de la guerra, incluyendo los sacerdotes, religiosos y seminaristas muertos durante la Revolución de Octubre de 1934, ascienden a una cifra cercana a las 6.800. De las cuales 4.184  pertenecían al clero secular, con doce obispos, un administrador apostólico y los seminaristas; 2.365 eran religiosos y 283 religiosas.
 

Recomponer la Nación

Finalizada la guerra con la lectura del último parte, el 1 de abril de 1939, da inicio la urgente e imprescindible labor de reconstrucción nacional. Tarea que siendo ingente por la magnitud de la tragedia vivida, no entraña más dificultad que las consabidas dosis de paciencia y comprensión pues entre las gentes de España, en el ánimo del pueblo español, privilegia el deseo de reconciliación, concordia, esfuerzo compartido y destino común.
    Han sido dramáticas los años de la II República, proclamada a trasmano, delineada a impulso de obsesión, de vanidad y no pocos antojos, pretendiendo ese desarraigo imposible y la alteración, espuria, cobarde y traidora, de la convivencia entre los españoles. Años terribles que no favorecieron ni a sus impulsores salvo para extender el enfrentamiento, el caos y la destrucción.
    La guerra fue inevitable y su resultado, a tenor de la insobornable lección de la Historia, el debido. De la descomposición aportada por la II República emergía, o revivía, la nación española con sus gentes, en su inmensa mayoría, sumadas en la recomposición. Y con los políticos derrotados, distantes de España y de sus otrora aliados, cada cual elaborando planes alternativos para disfrutar del expolio concienzudamente trazado y ejecutado, para mantenerse en el candelero diplomático, al pairo de los acontecimientos, desde una fenecida reivindicación excluyente; también para prolongar sus megalomanías e ínfulas sectarias jugando con aquellos, peones de brega, infiltrados en las España Nacional.
    Los españoles quieren vivir en paz, unidos, desvinculados de la anarquía, respondiendo libre y significativamente a sus íntimas aspiraciones que suelen ser sencillas, armoniosas e integradoras.
    Tras una época que se quiere olvidar pronto y a ello se dispone las más de las personas, el sentimiento de trascendencia, esencial en el pueblo español, vuelve a incorporarse al acervo social y a la conducta individual. Las expresiones de espiritualidad se suceden y se honra la memoria de los caídos que han luchado y muerto por España; también los caídos por Dios los creyentes y todas aquellas gentes que no admiten en sus vidas un laicismo anticlerical.
    Son muchas las víctimas de la irracionalidad, han sido demasiados los excesos e insistente, en los años de la II República, el afán por destruir la conciencia religiosa y la nacional. Conviene insistir en estos factores pues son los decisivos, los que han escrito la Historia y los que permiten contarla a quien preste interés.
    España debía retomar su senda como Nación mientras el resto de Europa, también el mundo en su compleja totalidad, se debatía en un dilema con la respuesta previsible. Transcurridos exactamente cinco meses del último parte de guerra anunciando el fin de la misma, estallaba otra, la II Guerra Mundial, de la que la nuestra fue antesala y mesa de operaciones. Tiempos difíciles para la reconstrucción material de España, pero siempre hábiles para proceder a la reconciliación de todos los españoles.
 

Un símbolo accesible y permanente

El 20 de abril de 1939, Francisco Franco, Jefe del Estado, asiste a un Tedeum en el templo castrense de Santa Bárbara, en Madrid, en acción de gracias. Al concluir el acto religioso, Franco, hombre de profunda fe católica, hizo entrega a la Iglesia representada por el primado de España, cardenal José Gomá de la Espada de la Victoria, y leyó esta oración:
"Señor, acepta complacido la ofrenda de este pueblo que conmigo, y por Tu nombre, ha vencido con heroísmo a los enemigos de la Verdad, que están ciegos. Señor Dios, en cuyas manos están el derecho y todo el poder, préstame Tu asistencia para conducir a este pueblo a la plena libertad del imperio, para gloria Tuya y de la Iglesia. Señor, que todos los hombres conozcan a Jesús, que es Cristo, Hijo de Dios vivo."
    Francisco Franco tomó la espada que había sido expresamente fabricada para esta ceremonia, y la entregó al primado con ruego de que la recibiese y la custodiase.
    Es el gesto simbólico el que destaca en el acto. Franco no se atribuye únicamente a sí mismo la victoria, cual Generalísimo de los Ejércitos Nacionales, sino a la ayuda de Dios, a quien la ofrece. La espada se entrega en depósito con el mandato, humano y bienintencionado, de no tener que volver a usarse para el cometido que le es inherente. Las palabras y el gesto de Franco añadían que España renacía como un Estado católico.
    El cardenal Gomá, que así lo entendió, proclama:
"La aceptamos [la espada] alborozado y agradecido para su custodia en nuestra Santa Iglesia catedral primada, a fin de que en el correr de los días y de los siglos, pueda ser admirada como testimonio elocuente de la fe de nuestro católico pueblo, tan dignamente representado por su Caudillo en aquel momento culminante."
    Palabras las pronunciadas por ambas autoridades que fueron puntual y analíticamente recogidas por el embajador alemán Eberhard von Stohrer en los informes que envió a Hitler, quien no supo apreciarlas en toda su dimensión; por otra parte obvia. Daba inicio en España una pugna sorda y cerrada entre dos tendencias, y la Iglesia católica contaba con recursos suficientes para impedir al nacionalsocialismo que impusiera su influencia.
    Los vencedores de la Guerra Civil habían comprendido que no sólo era cuestión de garantizar una convivencia ciudadana que posibilitara en la mayor medida posible la identificación de los españoles con el régimen nacido de la victoria, ni siquiera de devolver la libertad de culto a quienes quisieran practicarlo con el respeto activo de los no creyentes, sino que es la religión católica la Iglesia católica tan propia y arraigada en los españoles, la que conseguirá diluir miedos, rencores y odios, promoviendo la paz y una verdadera reconciliación nacional.
    Como la reconciliación es primordial para todos los fines, aun por encima de la satisfacción de las necesidades materiales, tan urgentes e imprescindibles, tan difíciles de solventar en una posguerra civil tan cercada de guerra mundial, las autoridades nacionales dividen sus esfuerzos en ambas orientaciones.

* * *
Los símbolos son tan importantes para una persona como para la sociedad que la integra. A vueltas con los símbolos y con el desempeño de la reconciliación nacional y de la honra a los caídos, singularmente en una guerra civil, la idea de erigir un Monumento de características únicas en un paraje asimismo original y próximo a la capital de España y a otros monumentos, símbolos, patrimonio de todos los españoles, surge en Franco ya en el año 1937; cuando sólo la fe en la victoria por defender la causa justa, más que la evolución de las operaciones militares, la hace imaginable en muchos de los combatientes y no combatientes. La idea que no va a abandonar ni modificar en su postulado básico es la de levantar un monumento con el que "honrar a los muertos cuanto ellos nos honraron".
    Es de Francisco Franco la idea del Monumento, de él la elección del lugar donde debía erigirse una finca en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, conocida por el nombre de Cuelgamuros, en el término municipal de San Lorenzo de El Escorial y, posteriormente, la supervisión constante de las obras y no pocas opiniones y sugerencias a los arquitectos y artistas. En ese sentido, cabe señalar que el Valle de los Caídos es una concepción de Francisco Franco de Cripta a Cruz, de símbolo a fe y de reunión a reconciliación.
    El lugar que eligió Franco en primera instancia, se denomina Risco de la Nava. La primavera de 1939, acompañado del general Moscardó, héroe del Alcázar de Toledo, Franco le comunica su intención de construir una Cripta que albergue a los caídos en la contienda bajo una gran Cruz, símbolo de redención y fraternidad. Contemplando los alrededores desde una cresta, Franco decidió que el escenario idóneo era el que los lugareños llamaban Altar Mayor; sin embargo, recorrido adelante, un paraje de singular atractivo cambió la decisión y la hizo definitiva; era el llamado valle de Cuelgamuros con el macizo Risco de la Nava como emblema.
    Aunque en los primeros momentos de la posguerra, cuando los rescoldos pasionales lejos de apagarse reciben el viento de la revancha y la memoria es tan reciente y vívida que aplacarla cuesta una enormidad, los muertos a honrar son los que dispone el Decreto-Ley del 1 de abril de 1940: "Se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, en la finca situada en las vertientes de la Sierra de Guadarrama (El Escorial), conocida por Cuelga-muros (antaño Cuelga-mulos), para perpetuar la memoria de los caídos en nuestra gloriosa Cruzada". Al cabo de los años, y aún sin concluir las obras ni estar inaugurado el Monumento, la disposición oficial se reafirma. El Decreto-Ley de 23 de agosto de 1957, establece la Fundación y las condiciones del Valle insistiendo en la idea inicial de dar sepultura a cuantos cayeron en la Cruzada sin distinción del campo en el que combatieron, con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica, por lo que se trataba de enterrarles en sagrado. Los gobiernos civiles informaron oficialmente a todos los ayuntamientos para que trasladaran a sus vecinos que quien deseara enterrar a los suyos en el Valle de los Caídos pudiera hacerlo, a condición del expreso consentimiento de los familiares. En 1958 llegaron los primeros restos mortales para su inhumación en la Cripta de la Basílica.

* * *
La obra del Monumento se inicia rápidamente tras la publicación del Decreto. Los directores de la misma, el arquitecto Pedro Muguruza Otaño, primero, sustituido en 1950 debido a grave enfermedad por su colega Diego Méndez González, y el escultor Juan de Ávalos, dirigen a obreros y artesanos que habitan en los municipios de los alrededores; de donde también se extrae la piedra de cantería.
    En los trabajos de construcción se admitieron reclusos, comunes y políticos, en número limitado y bajo estrictas condiciones. La magnitud y peligrosidad de la tarea constructiva obligaban a tomar precauciones y a ser exigentes en la contratación. Los reclusos solicitantes de traslado al Valle lo hicieron voluntariamente y con el propósito de redimir pena; no eran forzados ni habían sido condenados en tal condición.
    Fue el jesuita Julián Pereda el impulsor de la redención de penas por el trabajo, asignando también un sueldo al penado. Franco acogió esta propuesta, formulada antes de la guerra, y promulgó un Decreto que otorgaba la redención de pena y un sueldo a los que escogiesen trabajar. Esta medida no sólo se aplico en las obras del Valle, pero en él tuvo su peculiaridad: la supresión de dos a seis días de condena por cada uno de trabajo; la percepción de un salario diario de siete pesetas (más de lo que cobraba un becario y poco menos que lo destinado a un profesor universitario); el alojamiento con la familia en casas construidas en el Valle y colegio para los hijos. La admisión fue discrecional, dado que la vigilancia al aire libre y en tan gran extensión de terreno era insuficiente para los medios humanos al cargo, y sólo los reclusos con mejor comportamiento obtuvieron plaza.
    Las condiciones económicas de los presos políticos eran idénticas a las de los trabajadores libres. Cobraban el mismo salario, aunque a los reclusos se les retenía las tres cuartas partes de la paga que era ingresada en la Caja Postal de Ahorros para entregarla a sus mujeres e hijos, si los tenían, o retornarla a sus legítimos destinatarios cuando recuperaban la libertad. Además, y al igual que el resto de empleados, cobraban los ‘puntos' por cargas familiares, las horas extraordinarias y estaban asegurados.
    En los casi 19 años que duraron las obras del Monumento trabajaron en él 2.643 obreros, de los cuales únicamente 243 tenían el carácter de reclusos acogidos a la redención de penas. Los fallecidos a consecuencia de la complejidad y riesgo de las obras fueron 14 a lo largo de la década y media de construcción, correspondiéndose la mayor parte de las víctimas, si no la totalidad, a obreros libres que, por razón de la especialización de las tareas, eran los que abundaban entre los trabajadores.
    Los primeros presos llegan en las postrimerías de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras; al terminar el año 1950 ya no queda ninguno recluso porque todos habían redimido sus penas y, consecuentemente, estaban en libertad. Desde esa libertad, muchos de ellos optaron por seguir en el Valle como personal contratado.

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El coste total de la obra, publicado en 1961 por el Interventor General de la Administración del Estado y del Consejo de las Obras Estado, ascendió a: 1.159.505.687,73 pesetas; sin que en las obras se invirtiera dinero del Erario Nacional.
    El Decreto-Ley de 29 de agosto de 1957 explicita que: "A fin de que la erección del magno Monumento no represente una carga para la Hacienda Pública, sus obras han sido costeadas con una parte del importe de la suscripción nacional abierta durante la guerra y, por lo tanto, con la aportación voluntaria de todos los españoles que contribuyeron a ella."
    Esta recaudación voluntaria por suscripción fue de 235.450.374,05 pesetas. La cantidad que completa la cifra global de gasto se consigue a través de los recursos netos de los sorteos extraordinarios de la Lotería Nacional celebrados anualmente el 5 de mayo, destinados hasta entonces a la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid; y con los millares de donativos particulares de toda procedencia.

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La solemne inauguración del Valle de los Caídos aconteció el 1 de abril de 1959, con la asistencia del Jefe del Estado, Francisco Franco. Concluida la obra material, ingente y precisa, había llegado el momento de abrir al público la visita al conjunto armonioso de naturaleza y arte, y que desde su atractivo y espiritualidad, el deseo de concordia y unión entre todos los españoles tuviera efecto para siempre.
    Del discurso pronunciado por Francisco Franco son los siguientes párrafos:
"Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros más trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido."
"La Naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra, con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto."
"Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra Liberación para que pueda ser olvidad. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta. Periódicamente la vemos levantar la cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretender envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de la juventud. Por ello es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de la juventud."
"La principal virtualidad de nuestra Cruzada de Liberación fue el habernos devuelto a nuestro ser, que España se haya encontrado de nuevo a sí misma, que nuestras generaciones se sintieran capaces de emular lo que otras generaciones pudieran haber hecho."
"Nuestra victoria no fue una victoria parcial, sino una victoria total y para todos. No se administró a favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la Nación. Fue una victoria de la unidad del pueblo español, confirmada al correr de estos veinte años."
"Hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros, de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron bajo la esclavitud comunista, podemos comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de nuestros ideales y de nuestra paz interna."
    En 1960, el Papa Juan XXIII, declara Basílica la Iglesia de la Santa Cruz; proclamando:
"En este monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido excavada una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los caídos de la Guerra Civil de España. Y allí acabados los padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la Nación Española."

* * *

El Valle de los Caídos adquiere su máximo sentido en la reconciliación.
    La Basílica cobija en la Cripta los restos identificados de aproximadamente 35.000 caídos en la Guerra Civil,  en los frentes y en las retaguardias; la mayoría de los cuales, por datos y testimonios directos, pertenecen al bando republicano-frentepopulista.
    En la parte anterior y posterior del Altar Mayor se hallan las tumbas de José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco, respectivamente.
    Es prácticamente imposible que lleguen a conocerse las identidades que faltan hasta alcanzar la elevada cifra de restos allí guardados, alrededor de 100.000, procedentes la mayor parte de las fosas comunes abiertas en los diversos campos de batalla.
    Dejemos que los muertos, nuestros muertos en definitiva, descansen en paz y puedan ser honrados generación tras generación porque eso significará que continuamos, voluntaria y sentimentalmente, unidos en la gran Nación que es España.



Responso


Dormid en paz, muertos queridos.

Dormid en gloria, hermanos muertos de las dos Españas.

En paz y en gloria bajo ese Cristo muerto,

que sobre todos abre sus manos crucificadas.

¡Gracias, muertos hermanos de las dos Españas!

Ramón Cué, S.J.

 

Valle de los Caídos: vista anterior.

 

Valle de los Caídos: vista posterior.

jueves, 26 de mayo de 2016

Los caminos del viajero (5)

 

Calle arriba, calle abajo.

Si no has estado antes, alguna vez en otro tiempo, el sitio que buscas aparece un poco antes o un poco después de la referencia indicada para encontrarlo. Dos o tres escaparates o dos o tres establecimientos en un sentido o el contrario, configuran la distancia de aproximación válida al lugar de encuentro.            
    —¿Diez y media?             
    —Buena hora.            
    El cuarteto de jazz tocaba a las once en El tranvía. Felio llegó a la sala cenado. El plan incluía cena a una cincuentena de pasos, el restaurante lo había elegido Susana y a Mario le pareció bien quedar a las nueve. Felio tenía asuntos pendientes en el inicio de la noche, le fue imposible sentarse a la mesa con ellos.            
    —¿Cuántos asuntos has atendido hoy? —preguntó Susana.            
    —Sólo uno.            
    —Dijiste varios por teléfono.            
    —Se dicen muchas cosas dispares por teléfono —apuntó Mario—. Son formas de hablar para comprometerse lo mínimo. Uno espera que al expresarse en ese sentido genérico, casi ecléctico, su interlocutor entienda que ha puesto límite a la confesión, porque carece de relevancia, porque es de incumbencia exclusiva, porque al enemigo ni agua, sin merma de la confianza.            
    El aforo estaba completo, fue un acierto reservar para tres.            
    —No me lo iba a perder —comentó Felio curioseando alrededor.        
    —En eso consiste el compromiso mínimo: aceptar la parte interesante del todo. —Mario ojeaba la disposición de los instrumentos—. Viento, cuerda, percusión. Estamos todos.        
    —¿Has cenado?        
    —He cenado pronto.        
    Susana quería contarle la historia de la casa. Felio quería escuchar la historia luego, sin música de fondo, sin un exceso de público, callejeando.        
    —Con tacones y con frío prefiero estar bajo techo.        
    —Imponderables —señaló Mario—. Acepta lo que propone y compartiremos el misterio. Yo también me he involucrado. 
    Felio asintió.        
    —¿Qué sabes?        
    —Poco más que tú —respondió Mario en idéntico murmullo.        
    Susana callaba, el oído lejano, y mandó callar. La actuación dio comienzo y con la música pasó a segundo plano la memoria inmediata. Al hechizo de la música emergieron improvisaciones e ideas, un tropel de sugerencias con final posible, acompasando los cuerpos las notas tentadoras.        
    Media hora más treinta minutos y un bis.        
    —¿Y ahora?        
    Calle arriba, dirección al aparcamiento.        
    Calle abajo, dirección a la avenida, al barrio frecuente, a un apostadero familiar.        
    —Un paseo —propuso Felio.        
    Susana negó suavemente con la cabeza. La noche languidecía en sus ojos presa de una emoción postergada.
    —Salgamos de aquí —pidió.        
    Mario carraspeó intrigado.        
    —¿Vamos a despejarnos de sombras? —preguntó a nadie.        
    Calle arriba los tres, en paralelo, en silencio. Hasta que un chasquido, un sonoro latigazo al aire, aminoró el paso del trío.        
    Mario se disculpó. Tenía que retroceder, calle abajo, el solo, un momento, para comprobar una fecha y un nombre o viceversa; el orden es lo de menos.        
    —Os alcanzo en seguida.        
    Algo entretuvo a Mario, suele pasar cuando se tiene prisa, y le esperaron en la boca peatonal. Aquella figura rauda ascendiendo la calle volvió a disculpar el entreacto.        
    —Ya está. Estoy preparado para disipar mis dudas.        
    —¿De qué dudas hablas? —inquirió Susana.        
    Mario introdujo la tarjeta de pago en la ranura.        
    Felio sacó monedas del bolsillo.        
    Susana insistió sobre las dudas.        
    La máquina expendedora de autorización y cambio cumplió su cometido. Mario señaló el camino a seguir. 
    —Adelante.        
    Felio guardó las monedas, cerrando la comitiva. Susana en medio, olvidada su reclamación, pendiente del siguiente escenario. Mario, a la cabeza del grupo, jugueteaba habilidoso con las llaves del coche.        
    —Situaros como gustéis. Yo conduzco.        
    Susana ocupó el asiento delantero. Liberada de la responsabilidad del volante y en un entorno protector nada le impedía abordar su historia.

lunes, 23 de mayo de 2016

El emblema de autoridad

 
Un artículo en el primer número de la revista Policía Española, firmado por el comisario principal honorario don Juan A. Escobar Raggio con el clarificador título: Tiempo, forma y color del emblema de autoridad, junto a otras indagaciones complementarias, proporciona instructivo bosquejo.
  La datación histórica se remonta a los, en tantos aspectos, orígenes de nuestra civilización, entreverado el mito, el tan ilustrador mito grecorromano, en los eruditos tratados conservados y convenientemente traducidos a las diversas lenguas vulgares.
  Los viejos tratadistas en la materia indican que los romanos usaban el cíngulo como signo de autoridad, "tanto en el estado pacífico como en el militar". Livio, al igual que Dionisio, Budeo y otros, afirman que quitado el oficio y dignidad debe también quitarse el símbolo de ella. El erudito Bovadilla refiere que "en los primeros siglos en señal de diadema y real poderío, traían los reyes unas lanzas cortas o astas sin hierros, y en observación y memoria de aquel rito se ponían tales astas junto a las estatuas y simulacros de los dioses, jurando todos por el emblema; teniendo tal promesa por muy sagrada e inviolable.
  Tal era el poder dimanante de estas varas o bastones de mando que, dícese por transmisión simpática, el cetro usado por el rey Agamenón y otros soberanos de Siria procedía del que Júpiter mandara fabricar al mitológico herrero Vulcano. 
  Usaron los magistrados y jueces, la autoridad, durante mucho tiempo estas astas por insignia. Cuando se efectuaba una venta a libre empuje, se verificaba la llamada subhastatio (esto es, subasta), por realizarse al pie de las varas. Los egregios jueces Radamanto y Eaco, citados por Platón, también los nombrados en sus crónicas por Livio, Plinio, Papirio y otros las exportaron al correr de las conquistas romanas en señal de imperio y justicia. 
  En tiempos de Rómulo, aunque el cálculo no sea incontrovertible en años arriba o abajo, aparecieron los lictores: alguaciles de los magistrados, afamados ministros de justicia que precedían en solemne comitiva a los cónsules y a otros magistrados con los llamados haces de varas como insignia del cargo. La jurisdicción y la alteza de las varas son incontrovertibles en todos los ámbitos: hay que ceder ante la potestad y hacer guardar la jerarquía en el orden social y jurídico.

Haz de varas (Fasces).
  "Ante el juez superior, no podrán entrar en la Sala los demás jueces con insignias". De este modo, según refiere Alexandro, cuando el procónsul aparecía ante el cónsul, "dejaban los lictores los haces de varas y las regures, y él no iba en el carro de marfil sentado".
  El origen de la vara, o bastón, es antiquísimo, difícil o casi imposible de establecer con rigor. Generalizando, o quizá simplificando, puede considerarse como una secuela del cetro representativo del poder regio; podría de igual modo vincularse a una cosmogonía trazada por la divinidad, insondable y por ende incuestionable, en la que el legado es transferido mística y directamente al elegido y éste protocolariamente a sus sucesores.
  A Iberia, a Hispania, la inercial España, la primigenia España, al mixtifori hispánico, en arduo ajuste para duradera formación, llegaron estos signos de autoridad: las varas, de manos de los procónsules y jueces nombrados por el Senado de Roma.
  Ahora bien, las usadas por los alguaciles (inspectores de Policía de la época) eran llevadas como insignia de justicia, ya que sus tenedores eran "ramos de la potestad de los corregidores y magistrados". Especificaban los tratados legales que los alguaciles, investidos de la exigida autoridad para desempeñar el cargo portaban estas varas manifiesto de "potestad del cuchillo y del mero y mixto imperio para apartar el vulgo y hacer plaza y lugar a los juzgadores y juicios"; entendido como el mantenimiento del orden público y el respeto a la Autoridad para el desempeño de la Justicia. Los alguaciles de los magistrados, a modo heredado de los lictores, llevaban como insignia al hombro cuando marchaban en comitiva ante los jueces el haz de varas con el hacha, las fasces y la segur, emblema de autoridad hoy usado por la Guardia Civil. 

  En Castilla y León la vara de justicia se usaba por los jueces, corregidores y alguaciles desde tiempos anteriores a don Pedro "el Justiciero". Por su parte, los Reyes Católicos reglamentaron el uso de las varas de justicia y autoridad, disponiendo quienes han de traer varas, esto es: alcaldes, alguaciles mayores (comisarios de Policía hoy) y alguaciles de Justicia. A 20 de noviembre de 1483, dichos soberanos dan una provisión en la ciudad de Vitoria encargando al bachiller Juan Martínez de Albelde que sometiera al corregidor Rodrigo de Mercado y a sus oficiales, reteniendo por treinta días todas las varas de la Justicia en la villa. Por ejemplo la disposición, en Salamanca a 28 de enero de 1487, traslada al doctor de Briviesca Pedro Sánchez de Frías, que someta a juicio de residencia al corregidor García de la Cuadra y sus oficiales, reteniendo por un mes todas las varas de justicia. Otro curioso decreto estampa la firma de la reina Doña Juana en 6 de febrero de 1505, en la ciudad de Toro, ordenando que se dejase usar vara de justicia a los alguaciles, merinos y fiscales del arzobispo Jiménez de Cisneros.
  Desde el reinado de Felipe II, todos los funcionarios públicos habían de vestir de negro. Los de Policía usaban cuello blanco, golilla, que era adorno también usado por los ministros togados y demás curiales. Los alguaciles de la Santa Inquisición usaban la cruz verde como distintivo del cargo.
  Las varas usadas por los alguaciles debían ser de palo y no de junco en 1638 quedaron prohibidas las varas de junco, no dejando autorizada su venta, por decreto de la Sala de Alcaldes en los años 1649, 1651, 1653, 1657 y siguientes hasta 1680. Los llamados alguaciles de comisión (equivalente a funcionarios interinos) debían llevar en las puntas de las varas un casquillo de hierro para distinguirse de los efectivos, auto de la misma sala en 1667. Cabe destacar, a título anecdótico, que los alguaciles y sus viudas podían arrendar y vender las varas según estipulaciones; que, había alguaciles especiales para los teatros con jurisdicción exclusiva en su interior; que, estaba prohibido llevar en el bolsillo las varas de junco arrolladas mientras la ley las permitió.
  Según cuenta Jerónimo de Alcalá en su libro El donado hablador en referencia al calibre de las varas, eran de distinto grueso las usadas por los corregidores de las empleadas por sus agentes.
  Curiosidad en lo tocante a cromatismo de la insignia de mando y jurisdicción es la de que la Santa Hermandad -en somera definición: tribunal con jurisdicción propia que perseguía y castigaba los delitos cometidos fuera de poblado- de Castilla y León lució en sus uniformes y banderas, como signo de orden público, la cruz roja sobre fondo blanco; las tiendas de campaña de sus jefes superiores y magistrados eran de color verde.
  Entrado el siglo XIX aparece ya el bastón liso o con borlas como signo de mando. También los ceñidores de seda de determinados colores y distintivos denominados fajines. Los corregidores de la época napoleónica usaban fajas celestes. Más adelante en la cronología, el color decidido es el rojo, y hacia la mitad del siglo los comisarios adoptan el fajín de los colores nacionales y el bastón de puño de oro con borlas. Los agentes gubernativos, o de la autoridad, entonces llamados Celadores de Orden Público, portaban bastones sin borlas con el puño de marfil blanco.
  Con posterioridad aparecieron los pequeños bastones de bolsillo, y al finalizar el siglo surge la medalla de plata con un gallo en relieve (emblema de la vigilancia) y la inscripción: Inspector o Agente de vigilancia pública. Al desaparecer este emblema, socialmente se echa de menos un signo de rápido reconocimiento, identificador indubitado, con lo que se establece el escudo entre palmas plateado y con las iniciales C. V. (Cuerpo de Vigilancia) enlazadas. Estas letras van sobre fondo verde de terciopelo.
  El siglo XX estiliza el distintivo. En el año 1921 se adoptan unas placas con emblemas de mando y el ojo de Argos (que evoca la vigilancia). Argos o Argo o su latinizada forma Argus, personaje mitológico heleno, tenía únicamente un ojo según unos; poseía cuatro, dos mirando hacia delante y dos hacia atrás, según otros; terceras versiones le otorgan el número de órganos visuales que apetezca, cien o más; al hilo de esta atribución múltiple se fundamenta la eficaz vigilancia de Argos, pues aun rendido por la fatiga, siempre tenía igual número de ojos abiertos que cerrados.
  Varias décadas de este siglo definieron los colores negro, verde y oro como matiz de Gobernación y del Cuerpo General de Policía.





Artículo complementario

    Origen de la Dirección General de Seguridad






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    El legado jurídico español

viernes, 20 de mayo de 2016

La Luz salvadora y el Protector

 
Pedro de Mena y Medrano, escultor, imaginero (Granada 1628 - Málaga 1688), hombre de profunda religiosidad y depurada técnica, nos ha legado tallas de esplendente policromía, precioso detalle y extraordinario dramatismo.
    Una de ellas, el Cristo de la Buena Muerte, datado hacia 1660, ha alcanzado gran notoriedad y fervor patriótico, llevado en volandas por los legionarios españoles cada Semana Santa en la ciudad de Málaga. El año 1921, año siguiente al de su fundación, la Legión Española se acogía a la advocación del Cristo de la Buena Muerte, representada por la talla de Pedro de Mena, como su Sagrado Protector. En 1928, la Autoridad Militar confirma al Cristo de la Buena Muerte como Protector y Patrón de la Legión Española; y desde entonces acude cada año a participar en el desfile procesional de Málaga.






En todos los acuartelamientos de la Legión existe una reproducción exacta de éste Cristo. El año 1946 la Cofradía regaló un estandarte a La Legión que, tras custodiarse todo el año y de forma rotativa en cada uno de los Tercios, lo trasladan a Málaga para llevarlo en procesión.





 

La Legión con su protector y patrón el Cristo de la Buena Muerte.


 
Pedro de Mena dispuso para su Cristo de la Buena Muerte (realizado en Málaga, titular de la Congregación de Mena) unos brazos muy cortos para que luciera más en la iglesia y convento de Santo Domingo; lugar donde se guarda y luce. Esta magnífica obra, como tantas otras en aquella época, fue descuartizada y quemada por las turbas el 13 de Mayo de 1931. No obstante, aún pudo rescatarse el tronco deformado y guardado allí mismo; pero al cabo la horda reincidió contra el lugar y sus imágenes para culminar la aniquilación.
    Del trágico suceso, cual huella de la barbarie, queda la pierna izquierda que conserva la Congregación, rescatada por Paco Palma García. En 1941 el artista  Francisco Palma Burgos dio forma y expresión a otro Cristo de la Buena Muerte, inspirándose en el original destruido, que se sigue llamando el Cristo de Mena, restaurada la imagen en 2001, que continúa siendo el protector y patrono de la Legión y procesiona por Málaga en la noche del Jueves Santo.






La Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad data del año 1579, ya que desde esta fecha existe documentación aunque anteriormente ya existía una Hermandad. En el año 1862, se funda la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y en 1881, es descubierto por el jesuita Moga el Cristo Crucificado de Mena y lo entrega a la citada Cofradía. La Cofradía procesiona por primera vez en el año 1883 la Imagen que talló Pedro de Mena y Medrano.

* * *



La Congregación de Mena, en Málaga, cuenta una leyenda que también vincula a los marineros nacionales en la devoción. En mitad de una imponente tormenta una fragata de la Armada Española divisaba a duras penas y como única referencia en el horizonte lo que semejaba la luz de un edificio, que sirvió de guía hasta que trabajosamente arribaron a un puerto donde atracar y desembarcar, el de la ciudad de Málaga. La luz salvadora provenía de la iglesia-convento de Santo Domingo, junto al cauce del río Guadalmedina; una luz nacida de los ojos de la Virgen de la Soledad que recibía culto en la capilla más próxima al río.



 Virgen de la Soledad




Los marinos solicitaron al prior de la Orden Dominica que se celebrara un tedeum, una misa de agradecimiento, pero no fue posible por ser aquel día Sábado Santo. Fue tanta la insistencia que se celebró la misa completa, rezando fervorosamente los acogidos a la protección de la Virgen la primera Salve Marinera.






Salve Marinera


Salve, estrella de los mares,
de los mares iris de eterna ventura
salve fénix de hermosura
madre del Divino Amor.

De tu pueblo a los pesares
tu clemencia dé consuelo
fervoroso, llegue al cielo,
hasta Ti, hasta Ti nuestro clamor.

Salve, Salve, estrella de los mares
Salve estrella de los mares
Sí, fervoroso llegue al cielo
y hasta Ti y hasta Ti nuestro clamor.

Salve, Estrella de los mares
Estrella de los mares,
salve, salve, salve, salve.

 

Fue tal la gratitud y fervor de los marineros, que les llevó a solicitar al Obispo un privilegio especial para que todos los Sábados Santos "por siempre jamás" fuera oficiada una Misa, y concedido el título de Pontificia para la Hermandad. La Armada Española solicitó la bula para la Congregación de Nuestra Señora de la Soledad y la celebración eucarística cada Sábado Santo para rememorar el hecho milagroso, siendo única en la cristiandad. Desde aquel 1756 se venía celebrando todos los años, pero el Concilio Vaticano II suprimió la misa completa.

 

Infantes de Marina portando en andas a la Virgen de la Soledad


 

En 1915 la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte se unió a la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, dando origen a la Pontificia y Real Congregación del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad.

* * *



La Guardia de Honor Legionaria custodia la imagen en la Capilla de Santo Domingo, con el estandarte del Cristo de la Buena Muerte orlado por los Guiones de los cuatro tercios: Gran Capitán, Duque de Alba, Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio.





 

El Jueves Santo, en Málaga, la Banda de Guerra de La Legión enmudece para dejar espacio en el aire a las gargantas de los legionarios que a su emotivo e inconfundible modo rezan El Novio de la Muerte, mientras recuerdan sus gestas y dedican sus sones a los miles de caídos que han dado su vida por España.

 



 

 

El Novio de la Muerte


I
Nadie en el Tercio sabía,
quien era aquel Legionario
tan audaz y temerario
que en La Legión se alistó.
Nadie sabía su Historia,
más La Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo el corazón.

Más si alguno quien era le preguntaba,
con dolor y rudeza le contestaba:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tan leal compañera.

II
Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo a su Bandera
el Legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo,
y la Enseña rescató

Y al regar con su sangre la tierra ardiente
murmuró el Legionario con voz doliente:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tan leal compañera.

III
Cuando al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.
Y aquella carta decía:
"...Si Dios un día te llama,
para mi un puesto reclama,
que a buscarte pronto iré".

Y en el último beso que le enviaba,
su postrer despedida le consagraba:

Por ir a tu lado a verte,
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi Bandera.

 

En varios lugares de España (Zamora, Puente Genil, Ciudad Real, Jaén, Motril, Valladolid, entre otros de extenso citar) encontramos advocaciones, hermandades y cofradías devotas del Santísimo Cristo de la Buena Muerte.

    En Valencia, por ejemplo, y en representación de todos ellos.

 







Estandarte, emblema y guión de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, Valencia.






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miércoles, 18 de mayo de 2016

Si pudiera ser

 
Lo está viviendo.
    La imaginación brinda un palco desde el que asistir a la reunión de seres extraordinarios. Ellos prescinden, por voluntad o por oficio, de la ensimismada contemplación de la espectadora situada a la orilla del lago, en el hilado sombraje de un veterano acomodador. Ellos, que disfrutan de su juego, ignoran, por voluntad o por oficio, la fascinación que ejercen en los seres convencionales que de común se denominan humanos.
    Las naturales aficiones que tienen que ver con la imaginación, que se adscriben al deseo a partir de la vía onírica, provocan habladurías, pensamientos réprobos e incluso maledicencias entre aquellos, tantísimos, infinidad, que no saben o no pueden pues querer sí quieren adquirir en franca subasta una tribuna de honor que recompense del esfuerzo hay que echarle ganas por aproximarse, sin causar espanto, a la morada de los árcades.
    Parecía imposible y sin embargo, a fuerza de imaginación, sólo queda un tramo para ser como ellos, para estar a su lado. A lo mejor, un día de estos, antes de que sea tarde. 
    Lo está sintiendo.



Juan Brull y Viñolas: Ensueño (1898).

lunes, 16 de mayo de 2016

El sitio de Pekín

 
El diplomático español, embajador de España en China durante la rebelión bóxer, Bernardo de Cólogan y Cólogan, desempeñó un papel relevante que la historia, y las potencias mundiales, le han usurpado; y rescata el historiador Carlos Juan Gómez Martín en este artículo en colaboración con los editores.
    En 1900, Bernanrdo de Cólogan y Cólogan era el decano del cuerpo diplomático acreditado en Pekín. Gracias a sus buenas relaciones con la emperatriz Tseu-Hi tenía acceso a la mítica Ciudad Prohibida imperial; facilidad negada a los embajadores de naciones tan poderosas, y allí presentes, como Francia, Reino Unido de la Gran Bretaña o Estados Unidos. Y tal fue su influencia en la corte y aprecio de la mandataria china, que el diplomático español fue un personaje clave en la redacción del Tratado de Xinchou (también denominado Protocolo Bóxer), corroborado en septiembre de 1901, en el que China reconocía su "culpa" en la rebelión y sus consecuencias, admitiendo pagar compensaciones a la vez que establecer nuevos acuerdos con las potencias internacionales.
    En aquella época España distaba de ser una potencia descollante en el panorama mundial. No obstante, jugó su papel durante la rebelión bóxer, y el entonces diplomático Cólogan, embajador de España en Pekín, obtuvo por ello el reconocimiento de los aliados y numerosas distinciones acreditando la valía de sus gestiones.
    Nació Bernardo de Cólogan y Cólogan en La Orotava, provincia de Tenerife, el 13 de enero de 1847. Hijo de los marqueses de Candía, estudió en la célebre universidad británica de Oxford, iniciando su carrera diplomática como joven de lenguas en la legación de Atenas. Posteriormente fue destinado por primera vez a la capital china, con el mismo rango. Luego y ya como secretario, a las legaciones de Constantinopla (1868-1871) y de Caracas (1871-1875). Convertido en primer secretario de la embajada española en México y al cabo encargado de negocios y ministro residente (1875-1894), fue requerido a instalarse en Pekín por segunda vez, ahora como ministro extraordinario y plenipotenciario. En este periodo se produjeron los hechos antes apuntados y a continuación expuestos.
    En 1887 escribió la obra: Estudios sobre la nacionalidad, naturalización y ciudadanía consideradas como objeto de legislaciones y en sus relaciones con el Derecho Internacional.
 
La emperatriz Tseu-Hi y su gobierno alentaban los atentados contra extranjeros y sus intereses en China, pero sobre todo contra los misioneros y religiosos instalados en la vastedad del territorio chino. Esos fanáticos de prácticas crueles fueron denominados bóxers, y ejercieron el terror con la aquiescencia del poder político. La emperatriz y sus consejeros manifestaron su animadversión hacia los extranjeros promulgando un edicto de expulsión.
    Dada la situación de odios y atentados, el 13 de junio estalla una guerra de 55 días en la que mueren civiles, asaltantes, cuerpo diplomático y sitiados en general. El embajador alemán Von Ketteler fue la primera víctima diplomática de resonancia. A partir de ese punto quedan rotas las comunicaciones a cualquier nivel entre los asaltantes y los acogidos a las legaciones. El decano del cuerpo diplomático acreditado ante la corte imperial china era Bernardo de Cólogan y Cólogan.
    Españoles, británicos, alemanes, estadounidenses, austrohúngaros, franceses, japoneses y rusos, atrincherados en el barrio de las legaciones, sostuvieron una desigual lucha que cesó con el acuerdo mencionado en el que tuvo tan importante parte el embajador español; quien, por cierto, había hospedado en su residencia a su colega francés, enfermo de tifus.
    Como anécdota, siendo mucho más que eso, cabe citar que Bernardo de Cólogan mantuvo una actividad política e intelectual mientras duró el sitio: compuso un vals y elaboró un reportaje fotográfico del episodio con todas sus consecuencias.
 
La relación de Bernardo de Cólogan y Cólogan con las autoridades chinas continuó siendo de especial cordialidad.
    Tras su estancia en China recaló en Tánger (ministro plenipotenciario entre 1902 y 1905); fue representante de España en Washington D.C. (1905-1907) y Nueva York. Pero fue a su regreso diplomático a México, embajador de 1907 a 1914, donde se vio envuelto en las guerras civiles jugando, junto al embajador de EE.UU., un papel  destacado en la caída de Madero y el golpe de Victoriano Huerta; y aunque luego se retractó y trató de salvar a Madero,  se vio obligado a abandonar el país tras el triunfo de la revolución constitucionalista.
    Por último, sería embajador en Buenos Aires de 1914 a 1915, año en que se jubiló, muriendo en 1921 en Madrid después de una dilatada vida al servicio de España.

Bernardo de Cólogan y Cólogan.

Imagen de cologanvalois.blogspot




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    La conquista de Saigón

viernes, 13 de mayo de 2016

Batallas de El Caney, las Colinas de San Juan y Canosa


Las guerras de Cuba y Filipinas ofrecieron grandes ejemplos de valor, aunque al final el resultado en una y otra fue la derrota. Nuestro ejército mal armado y entrenado, en exceso distante de la metrópoli, con unos mandos y una oficialidad capaces, pero con soldados de leva, no obstante aguerridos y en no pocas ocasiones temerarios. El conjunto militar carecía de la debida estructura y dotación para mantener las posesiones patrias en aquellos lugares, por otra parte últimas joyas de la otrora inmensa y opulenta corona. Pese a los imponderables, se derrochó valor, honestidad e inteligencia en las acciones que jalonaron ambas contiendas.


Monumento en honor de los soldados y marinos muertos en las campañas de Cuba y Filipinas, erigido en 1913 en el madrileño Parque del Oeste.

Imagen de El Mundo Militar y el ICHM

 

Este artículo trata de la guerra en Cuba en su etapa final de 1898, contra el ejército de los Estados Unidos y la considerable suma de rebeldes cubanos en alianza. Sirva de ilustración a lo expuesto, e imperecedero motivo de orgullo nacional, las batallas de la Colina de San Juan, o Lomas de San Juan, y El Caney.

Imagen de http://geohistoria-gema.blogspot.com
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El Caney


La pequeña localidad de El Caney está situada aproximadamente a siete kilómetros de Santiago de Cuba, a través de la cual pasa el Camino Real de Santiago a Guantánamo, y a unos tres kilómetros al este sobresale una línea de colinas denominada Lomas de San Juan. Alrededor de El Caney se establecieron posiciones defensivas ordenadas por el general Arsenio Linares y Pombo, jefe de la guarnición española en la capital cubana, donde se atrincheraron tres compañías del Regimiento de la Constitución, una guerrilla a pie, un destacamento del Regimiento Cuba y otro de movilizados, protegidos por dos piezas de artillería de montaña Plasencia, de 8 cm; para un total de 550 hombres, ejército regular y paisanos movilizados, al mando del general Joaquín Vara de Rey y Rubio.

Trincheras en El Caney.

Imagen de www.es.wikipedia.org


Frente a los efectivos españoles se situaba la División del general Henry H. Lawton estadounidense al completo, más la artillería divisionaria.
    Poco después de amanecer el 1 de julio de 1898, avanzaron hacia las posiciones de El Caney las brigadas de los coroneles Ludlow y Chafee, cada una con dos regimientos desplegados en vanguardia y otro en reserva, presto a intervenir si fuera necesario reforzar el ataque; aproximadamente 3.950 soldados en primera oleada. A la expectativa quedaron las otras dos brigadas de la División: las de los coroneles Miles y Bates. El total de los efectivos estadounidenses era de 6.653 hombres.
    Las trincheras situadas en las alturas que dominan El Caney eran de difícil observación, por haberse empleado la técnica de esparcir la tierra hacia atrás en vez de constituir parapeto, llamada "Carlista". Complemento de las trincheras eran de cuatro a seis blocaos (el blocao es un fortín de madera transportable), una iglesia de piedra a la que se habían practicado aspilleras, y un pequeño fuerte en la loma de El Viso, a 450 metros en dirección Sureste.

Fuerte de El Viso.

Imagen de www.spanamwar.com


Comienza el asalto al amanecer. La infantería estadounidense se lanza impetuosa en pos de los defensores. Pero no consiguen vencer la resistencia. Ordena Lawson la entrada en línea de la reserva, y aunque los atacantes llegaron a coronar las alturas de inmediato fueron rechazados; el resto de la tropa movilizada se refugió en el bosque próximo negándose a continuar avanzando sobre ese terreno arduamente defendido.
    Lawson recurrió a la brigada Miles, con sus 1.457 hombres, y prosiguió el ataque a las 12 horas. Y como el anterior, también frenado a cincuenta metros de los blocaos.
    A todo eso, el general  mayor William Rufus Shafter, al mando de la invasión de la isla, esperaba la confirmación de la toma de El Caney para liberar hombres en su objetivo de conquistar Santiago, previo la toma de las colinas de San Juan; otra acción fallida en los días anteriores. Como no eran buenas las noticias para su causa, pidió a Lawton que cejara en su intento de doblegar la resistencia de la guarnición española y se incorporara a la toma de las colinas, o al menos que le cediera una brigada. Pero Lawton, empecinado en su propia guerra, furibundo por no poder doblegar a tan exiguos efectivos, ordenó a la brigada Bates, unos 1.100 hombres, que se uniera al ataque entre las tropas de Miles. Eran las trece horas.
    Pero los españoles aguantaron a base de coraje y descargas voceadas por los oficiales, maximizando los 150 cartuchos de fusil por soldado.
    Hasta que a las 16 y treinta horas, los numerosos restos de las cuatro brigadas, apoyados por las piezas de artillería en constante actividad, coronaron las codiciadas alturas defendidas por un batallón incompleto; aunque la resistencia no decayó.
    El general Vara de Rey, aun herido en las dos piernas y habiendo visto morir a sus dos hijos en las trincheras, siguió dirigiendo la lucha que se encaminó a las calles de El Caney.

Joaquín Vara de Rey y Rubio

Imagen de ICHM



Los españoles llevaban ocho horas luchando contra ese enemigo mejor armado, mucho mejor apoyado y muy superior en número, con las municiones en trance de agotarse y ya batidos desde posiciones dominantes, pues El Viso, con sus escasos defensores, había sucumbido a las 15 horas ante la embestida de las tropas del coronel Chafee y la falta de munición, pero sobre todo ante la inapelable eficacia del fuego artillero.
    Más cañonazos y concatenación de asaltos para empujar a los españoles en pie hacia las calles del poblado. Peleando bravamente oficiales y tropa, la última herida que acertó en la cabeza del general Vara de Rey, en todo momento alentando a la tropa desde la extrema vanguardia, más una descarga simultánea que acabó con la vida de sus camilleros y de su hermano, el capitán Antonio Vara de Rey, precipitó el final para la heroica guarnición. Eran las 17 horas. Casi doce horas de continuo sacrificio.
    Con un centenar de hombres todavía útiles, el teniente coronel Puñet, por una senda que ignoraba el enemigo, logró llegar a Santiago para reforzar aquella guarnición. Otros españoles que pudieron escapar, regresaron a las líneas propias o fueron capturados por los insurrectos cubanos en el camino a Santiago.
    La obstinada resistencia de El Caney demoró el avance hacia la Loma de San Juan por parte del ejército invasor.

La iglesia de El Caney tras la batalla.

Imagen de www.fotosmilitares.org.



La actuación de los españoles mereció el más encendido elogio por parte de los militares de Estados Unidos.

* * *

 

Reconocimientos



De los norteamericanos

Si el general Vara de Rey hubiera tenido fuerzas de reserva o recibido refuerzos (cuando Lawton recibió la orden de cesar el asalto, que incumplió), tomando la ofensiva hubiera obtenido la victoria.


El valor de los españoles fue magnífico. Mientras las granadas estallaban sobre la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable héroe Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras estaban llenas de muertos y heridos, pero, con una determinación y un valor más allá de todo elogio resistieron los ataques y, durante ocho horas, mantuvieron a raya más de diez veces su número de tropas tan valientes como nunca recorrieron un campo de batalla.



De observadores neutrales

Crónica del capitán Wester, agregado militar a la legación de Suecia y Noruega en Washington, testigo presencial de los hechos.


El 1 de julio, al punto del día, la división Lawton comienza su movimiento de avance hacia El Caney. La confianza reina en el campo americano, donde el único temor consiste en que el enemigo se escape sin combatir. Pero en El Caney, como se verá, están muy lejos de pensar así.
     Las casas del pueblo han sido aspilleradas, se han abierto trincheras en un terreno pedregoso y el fuego de unas y de otras es rasante sobre un espacio de 600 a 1.200 metros: en la punta Nordeste de la posición, el fuerte de El Viso, guarnecido con una compañía, ocupa una colina desde la cual se dominan todos los aproches.
    Los americanos se proponían envolver la posición española, para lo cual la Brigada Chafee se dirigió desde el Noroeste hasta El Viso; la de Ludlow, desde el Sudoeste hacia la desembocadura del camino que une El Caney con Santiago, mientras que una batería se colocó en posición al este del pueblo, y la Brigada Miles ocupa al sur Ducoureau, formando el ala izquierda.
    Hacia las seis de la mañana comenzó el fuego de las trincheras españolas. De improviso se descubre sobre ellas una línea de sombreros de paja. Inmediatamente el ruido de una descarga, seguido de la desaparición de los sombreros; esta operación se repite cada minuto, observándose una gran regularidad y la acción de una voluntad firme, lo que no deja de producir una profunda impresión en la línea de exploradores americanos. Las balas cruzan el aire, rasando el suelo, hiriendo y matando.
    Poco tiempo después toda la Brigada Chafee se encontró desplegada, pero sin poder avanzar un paso, y la de Lodlow se vio también detenida.
    Mientras el fuego de la Infantería aumenta progresivamente, la batería americana comienza a disparar. Como los españoles no cuentan en El Caney con un solo cañón, el fuego puede hacerse con la misma tranquilidad que en un campo de maniobras; las piezas pueden hacer daño sin peligro alguno de recibirlo.
    A los pocos momentos las granadas estallan por encima de las trincheras, alcanzaban las casas del pueblo y perforaban los muros de El Viso, proyectando los cañones su lluvia de plomo sobre la posición; mas, a pesar de todo, en el fuego español se observa igual continuidad e igual violencia.
    Delante de El Viso se descubría un oficial paseando tranquilamente a lo largo de las trincheras. Fácil es comprender que el objeto de este peligroso viaje en medio de los proyectiles de que el aire está cruzado no es otro sino animar con el ejemplo a los bravos defensores. Se le vio, de cuando en cuando, agitar con la mano su sombrero y se escuchaban aclamaciones: ¡Ah, sí! ¡Viva España! ¡Viva el pueblo que cuenta con tales hombres!
    Las masas de infantería americana se apretaban contra el suelo hasta el punto de parecer clavadas a él, no pudiendo pensar en moverse a causa de las descargas que la pequeña fuerza española les enviaba a cada instante. Se hizo preciso pedir socorros, y hacia la una del mediodía avanzó Miles desde Ducoureau, entrando en línea a la derecha de Ludlow, y hacia las tres la cabeza de la Brigada de reserva se desplegaba a la derecha de Chafee. Pero en lo alto de las trincheras el chisporroteo de los Mauser se escuchaba siempre.
   Por fin, a las tres y treinta y seis minutos, la Brigada Chafee se lanza al ataque contra El Viso; pero al principio queda detenida al pie de la colina y no invade el fuerte sino después de un segundo y violento empuje.
    Los españoles ceden lentamente el terreno, demostrando con su tenacidad en defenderse, lo que muchos militares de autoridad no ha querido admitir nunca: que una buena Infantería puede sostenerse largo tiempo bajo el fuego rápido de las armas de repetición. ¡El último soldado americano que cayó fue herido a 22 pasos de las trincheras!
    Aunque la clave de la posición estaba conquistada, la faena continuaba. Yo seguí, con el corazón oprimido por la emoción todas las peripecias de esta furiosa defensa y de este brusco ataque.
    Desde El Viso, una vez ocupado, las tropas americanas comienzan a tirar sobre el pueblo, que es también en este momento el objetivo de la Brigada Ludlow. Pero la ocupación no se efectuó hasta las cuatro y media, hora en que los últimos españoles abandonaron las casas para recomenzar el fuego desde una colina situada 600 metros al Oeste.
    ¡Admirable obstinación de resistencia, a la que todos contribuyen hasta el último instante!
    Detrás de la línea de batalla americana se arrastraban los cobardes chacales de esta guerra: los cubanos.
    Desde los bosques de palmeras situados al este de El Viso habían tomado alguna parte en la acción. ¡Allí fui y presencié una escena repugnante!: dos hermosos muchachos catalanes estaban tendidos y medio desnudos entre las altas yerbas, sus negros cabellos manchados de sangre, sus ojos abiertos y vidriosos, y debajo de estos pálidos y desfigurados rostros sus gargantas estaban abiertas por esas heridas delgadas y profundas que el machete produce. Mi misión inactiva y neutral no me permitía sino huir de allí para sustraerme a este horrible espectáculo. Y así lo hice, dirigiéndome a las tropas americanas que en aquel momento daban el asalto a El Viso, y a sus jefes me acerqué rogándoles el envío de centinelas que cuidaran de los heridos españoles que quedaban detrás de las trincheras conquistadas.
    Generosos como siempre para los desgraciados, los americanos escucharon mi súplica y, ¡curiosa circunstancia!, mientras me ocupaba de salvar a mis camaradas españoles una bala de sus compatriotas en retirada me alcanzó. Pero felizmente sólo llegó a atravesar mi capote.
    El ruido del combate no cesó si no cuando el Sol estaba a punto de ponerse. Durante cerca de diez horas, 500 bravos soldados resistieron unidos y como encadenados sin ceder un palmo de terreno a otros 6.500 provistos de una batería, y les impidieron tomar parte en el principal combate contra las alturas del monte San Juan.
    ¡Después de esto ni una palabra más se escucha en el campo americano sobre la cuestión de la inferioridad de la raza española!
    Y esta lucha de El Caney ¿no aparecerá siempre ante todo el mundo como uno de los ejemplos más hermosos de valor humano y de abnegación militar?
    ¿Quién haya tomado parte en ella no es bien digno de una honorífica recompensa?
    ¡Contemplad ese pueblo! Las casas están arruinadas por las granadas, las calles cubiertas de muertos y heridos. El General Vara de Rey está allá, muerto; sus ayudantes al lado suyo, muertos; en derredor de multitud de oficiales y soldados.
    Todos han llenado su deber, desde el primero hasta el último.
    ¡Dichoso el país que es tan querido de sus hijos!
    ¡Dichosos los héroes que han sucumbido en un combate tan glorioso!
    ¡Con su sangre han escrito en la historia el nombre de El Caney como uno de los más brillantes episodios guerreros, y con letras de oro deben inscribirse también en las banderas de las tropas que allí combatieron!

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La batalla de las Colinas de San Juan (o Lomas de San Juan)
Preámbulo y situación
El 1 de julio de 1898, seis compañías de los Regimientos Talavera y Provisional de Puerto Rico más dos escuadrones de Caballería del Regimiento del Rey, en retaguardia, aproximadamente 1.072 españoles al mando directo del general Arsenio Linares,  con el apoyo de dos piezas de artillería ligera Krupp de 7,5 al mando del general de Artillería Ordóñez, se enfrentaron a casi 11.000 soldados estadounidense reforzados con 4.000 mambises (insurrectos cubanos contra España), y la disposición de 12 cañones más 4 ametralladoras.
    La posición de San Juan, en la colina homónima, protege el acceso a Santiago de Cuba. Los norteamericanos pensaron que sería fácil tomarla dado el número de efectivos en la defensa y lo mal protegida por otros accidentes orográficos y tropas de reserva; pero la heroica defensa del Teniente general Arsenio Linares y sus hombres, propició una enconada lucha, derroche de munición y táctica y abundantes bajas a los asaltantes.

Imagen de www.grabadoantiguo.com


Las lomas de San Juan se integraban en el sistema defensivo de Santiago de Cuba. Expone el historiador Antonio Carrasco García que en la cima de San Juan había un blocao de ladrillo y en la posición llamada Kettle se encontraban los edificios pertenecientes a una plantación de caña; en ambas se excavaron trincheras y pozos de tirador, además de haber tendido alambradas.
    San Juan era el punto de anclaje de una cadena de fortificaciones de aproximadamente 3.600 metros de longitud, desde Dos Caminos al fuerte Punta Blanca. Al iniciarse el movimiento de asalto norteamericano la madrugada del 1 de julio, el Teniente general Linares estableció su Cuartel General en la bifurcación de los caminos de El Pozo y El Caney, a unos 700 metros por detrás de la colina de San Juan.



Disposición de la fuerza propia

Las lomas de San Juan estaban defendidas por los 137 hombres de una Compañía del Batallón de Cazadores de Talavera, al mando del Coronel José Vaquero del Regimiento Simancas. Estos efectivos fueron reforzados ante la amenaza invasora por una Compañía del Batallón Provisional de Puerto Rico n.º 1 y otra de Talavera, con el apoyo de dos cañones Krupp de 75 mm. de tiro rápido. El Coronel José Vaquero se hizo cargo de la primera línea defensiva compuesta por un total de 521 hombres: dos Compañías del Batallón de Talavera, una del de Puerto Rico en el blocao, 60 voluntarios y las dos piezas de artillería al mando del Coronel Salvador Díaz Ordóñez.
    La segunda línea se establece en la localización del Cuartel General, constituida por tres Compañías del Batallón de Talavera, traídas a tal efecto. Distribuida la tropa convenientemente para evitar los envolvimientos y cruzar fuegos con el enemigo, totalizaba 411 hombres.
    En tercera línea y como reserva, un escuadrón de guerrilleros montados del Batallón de Puerto Rico, situado cerca del Fuerte Canosa, protegidos por una depresión del terreno; el mando correspondía al Coronel de Ingenieros Francisco Caula.
    En Santiago de Cuba, rodeándola desde el cementerio en el lado Noroeste hasta Las Cruces en la bahía, en el sector Suroeste, se contaban unos 4.300 hombres del Ejército, la Marina, voluntarios y bomberos, al mando del General Toral, Gobernador Militar de la plaza. Debían vigilar los movimientos enemigos por el Norte y disponer si fuera preciso de toda la fuerza para contrarrestar la posible acción de asalto o cerco. Un millar de los efectivos citados convalecían en los hospitales.

Recreación de las posiciones defensivas en las colinas de San Juan.

Imagen de www.zonamilitar.com.ar



La fuerza enemiga

Los norteamericanos desplegaron en la zona a conquistar un total de 11.000 hombres al mando del Mayor General William Shafter. La composición era: 1 División de Infantería (General Jacob Kent), 1 División de Caballería (General Joseph Wheeler) y 2 Baterías de cuatro piezas de 81 mm. cada una.
 
A las 8 horas 20 minutos del día 1 de julio de 1898 comienza el ataque con el fuego de las piezas de artillería sobre el objetivo.
    Los jinetes del general Wheeler se vieron frenados por el certero fuego español, mientras los infantes del general Kent se ven duramente hostigados y deben replegarse y variar la ruta de acceso a la colina. El movimiento de flanqueo, solución táctica del atacante, es contrarrestado por la débil pero eficaz artillería española que, incluso, en fuego de contrabatería destruye piezas enemigas.
    El fuego español de artilleros e infantes, abrasa las oleadas de asalto. Pero es justo reconocer el arrojo por la conquista de unos tanto como la tenacidad heroica en la defensa de los otros. La tropa norteamericana queda diezmada y son sucesivos los cambios de jefatura en las unidades participantes por baja de los respectivos titulares. Las posiciones alcanzadas son insostenibles e imposible la espera a una resolución de la simultánea batalla por la posesión de El Caney, defendida con el habitual coraje por los españoles allí apostados. No tiene otra alternativa el mando norteamericano que ordenar el avance a pesar del fuego, aprovechando la enorme superioridad numérica y la certeza de la no aparición de refuerzos para aliviar la presión de los defensores. Al valor de los atacantes se opone el de los defensores, determinados a la resistencia a pesar de las cuantiosas e insustituibles bajas.
    La diferencia numérica decide el resultado, por lo que los pocos defensores todavía útiles en el manejo de las armas abandonan la posición para no ser tomados de revés y hechos prisioneros.
    El resto de la línea está empeñado en el mismo duro combate.
    En vista de la resistencia, de todo punto inesperada, sobre las 13:00 horas se desencadena el fuego artillero de los americanos y las fuerzas avanzan, pero son barridas por el fuego español, matando e hiriendo incluso al general Wikoff y otros dos jefes de columna y poniendo en fuga al primer batallón del 17 regimiento.
    El número manda. El Teniente general Linares observa el penoso estado de la defensa y los defensores, barridos por los cañones y el empuje de tanto atacante. Ordena a los guerrilleros montados que avancen para proteger la retirada y salvar las piezas que tan bien se han desempeñado en el combate. La mayoría de jinetes cae en el intento, pero al fin logran su propósito.
    La segunda línea española entra en duelo de fusilería con la vanguardia norteamericana. La falta de hombres es tal que se recurre al concurso de cien convalecientes de los hospitales. Es preciso rehacerse, y lo hacen los nuestros con inusitado valor dadas las circunstancias adversas. Y se contraataca a la desesperada: con una carga a la bayoneta a la orden del heroico capitán Patricio de Antonio, de la que únicamente sobrevivirán 6 hombres; y otra carga suicida para reconquistar las cimas llevada a cabo por el Capitán de Navío Joaquín Bustamante (jefe de E.M. de la escuadra del almirante Cervera y el de las defensas submarinas de Santiago) al frente de sus casi 500 hombres, rechazada con sensibles pérdidas, entre ellas las del heroico jefe, que de herida en el vientre morirá el 19 de julio; por su gesta se le concede la Cruz Laureada de San Fernando individual. Sin embargo, el ataque posibilitó que la defensa española se reorganizara en la posición de La Canosa, en al contrapendiente de las Colinas de San Juan, y allí quedó estancado el avance estadounidense.
    A todo eso, la defensa de El Caney debe ser recordaba como el otro episodio heroico que demoró la toma de la colina y, de alguna manera, permitió salvar de la muerte o el cautiverio a los españoles que alcanzaron en primera instancia la protección de la capital cubana.
    El combate prosiguió los dos días siguientes, profuso en tiroteos, y aunque las dotaciones de la escuadra debieron reembarcar para afrontar su propia lucha, se consiguió reforzar la línea española incorporando a 150 enfermos de los hospitales.

Fortín en las colinas de San Juan.

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La batalla se hizo famosa en EE.UU., disimulando la propaganda oficial las más de 1.700 bajas infligidas por los españoles, un desgaste tremendo. El futuro presidente Theodore Roosevelt, voluntario al frente de la unidad de los Rough Riders, reconoció que "en este día los españoles han demostrado ser unos bravos enemigos, dignos de honor por su bizarría".
    Los combates del 1 de julio produjeron en las filas americanas una profunda desmoralización. La durísima defensa de los españoles en aquellas posiciones supuso un golpe brutal el entusiasmo norteamericano al poner pie en la isla. La realidad de la guerra se abrió a sus ojos con toda crudeza. Tal es que el 3 de julio, Roosevelt escribe al senador Henry Cabot Lodge: "Diga al presidente que, por amor del cielo, nos envíe cada regimiento y, sobre todo, cada batería que sea posible, Hasta ahora hemos ganado con un alto coste, pero los españoles luchan muy duramente y estamos muy cerca de un terrible desastre militar; debemos recibir ayuda, miles de hombres, baterías y comida y munición."

Colinas o lomas de San Juan.

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No esperaban los norteamericanos tamaña proeza en los defensores, y así les costó muy caro la toma de esta colina y las posiciones de la línea defensiva de Santiago de Cuba, orgullosa de sus héroes.

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El fuerte y las trincheras de Canosa

Relato de un militar español que tomó parte en los combates de San Juan y Canosa.
 
Estos dos combates fueron verdaderamente terribles.
    Sólo puede compararse la defensa heroica que de las trincheras situadas en las lomas de San Juan y Canosa hicieron un puñado de valientes, con la que del poblado de El Caney llevaron a cabo con un coraje y un denuedo que asombraron al enemigo otros cuantos valerosos soldados.
    Ambos importantes combates, los principales que en la campaña hubo, ocurrieron un mismo día.
    Divididos los norteamericanos en dos numerosas divisiones, atacaron simultáneamente El Caney y a las trincheras de San Juan, en compactas masas, con tropas de refresco y abundante artillería.
    Las colinas de San Juan dominaban Santiago y constituían con las del fuerte de Canosa, su principal, en verdad su única defensa.
    Roto el fuego a las seis de la mañana en El Caney se corrió a San Juan. A las diez de la mañana comenzó aquí el ataque. Sólo había emplazadas en estas trincheras dos piezas de montaña, de tiro rápido.
    Estaban allí Ordoñez y el general Linares con su ayudante señor Arraiz, y defendían las trincheras la 3.ª compañía de Puerto Rico, la 2.ª de Talavera y 18 caballos de este último cuerpo.
    Comenzó el ataque. Por una parte y por otra se hacía un fuego horroroso. Los yanquis avanzaban casi a paso ligero, baja la cabeza y con el fusil preparado; los que iban a vanguardia disparaban; los demás adelantaban sin soltar un tiro, apresuradamente dando estentóreos ¡hurras! Les hacen nuestros soldados la justicia de reconocer que se batieron entonces como unos valientes.
    La defensa de la trinchera fue heroica. El fuego de fusilería era nutridísimo, incesante, pero no bastaba sin embargo a contener la violenta e impetuosa arremetida de los norteamericanos. Estuvieron éstos a raya sin poder avanzar un paso, revolviéndose inútilmente y sufriendo no pocas bajas merced a los certeros disparos que con las dos piezas de montaña se les hacían. Dirigía personalmente el fuego en estas baterías el coronel Ordóñez.
    Tenían los yanquis entonces, admirablemente situadas, seis piezas rodadas de 12 y hacían con ellas mortífero fuego. Su deseo era desmontar nuestros dos cañones, mas no lo consiguieron. Mataron, sin embargo, a capitán y a los dos oficiales que allí estaban, quienes cayeron al pie de los cañones sin dejar de excitar a los soldados y de repetir aún en el estertor de la agonía: ¡Fuego! ¡Fuego!
    Desgraciadamente los cañones callaron. Entonces las dificultades que tenían los yanquis para avanzar fueron menores. Se habían acabado las municiones de las dos bocas de fuego, que quedaron ya inútiles. Ocurrió esto a las tres de la tarde.
    Fácil es suponer la rabia, la desesperación de los soldados, sobre todo de los artilleros. Los yanquis cargaron furiosamente. Comenzaba a evacuar la trinchera la compañía de Puerto Rico que estaba mermadísima; habían muerto el capitán y los dos oficiales que la mandaban, por lo cual se dispuso que pasase a la segunda línea de fuego, o sea, a las trincheras del fuerte Caney, que estaban detrás de la de San Juan.
    De un balazo fue muerto entonces el teniente de Talavera señor Valle.
    Quería el enemigo apoderarse de los dos cañones, que ya no disparaban. Nuestros soldados se lanzaron sobre uno de los cañones, lo desmontaron presurosos y abriéndose paso escaparon con él, llevándolo sobre sus hombros no obstante estar rendidos de fatiga. El otro cañón quedó en poder de los norteamericanos. Fue imposible hacer más.
    Los yanquis ocuparon la trinchera medio destruida ya, y llena de cadáveres de uno y otro ejército, clavando sobre un muro una bandera.
    Continuó luego el ataque en la segunda línea de fuego, en las trincheras de Canosa, donde murió el coronel Bustamante y el comandante Manso, y salieron heridos Linares, su ayudante Arraiz y otros. La trinchera de las lomas de Canosa era muy extensa. La defendían dos compañías de Talavera y hasta mucho tiempo después no se envió allí ningún refuerzo. A la primera descarga murió el comandante señor Manso de un balazo en un ojo, mandando dos oficiales y ochenta soldados. Del hospital de Santiago se enviaron entonces a la trinchera 185 soldados que apenas se hallaban convalecientes de sus heridas, y una guerrilla movilizada.
    Cayeron heridos sucesivamente el comandante señor Busto y el teniente señor Bolívar. El general Linares se paseaba examinando el campo desde una meseta de la trinchera y de pronto se acercó a unos oficiales, a pie, y les dijo:
    Estoy herido, pero no importa; vosotros seréis los defensores de la plaza.
    Cuando estábamos quebrantados en absoluto y habíamos gastado dos grandes cajas de municiones, llegaron una compañía de Puerto Rico y una sección de Marina desembarcada de la escuadra y mandada por el señor Bustamante. Anocheció y se suspendió el fuego, que se hizo al siguiente día más horroroso. La sección de marinos se batió con verdadero coraje: de 600 hombres de que constaban sólo quedaron unos treinta. Había ordenado el jefe Bustamante al capitán González que llevase la fuerza de Marina en ayuda de Talavera. Cuando González se acercó a él poco tiempo después y le decía: Mi coronel está cumplida la orden, recibió Bustamante un balazo.
    El coronel del batallón de Simancas D. José Baquero Martínez, jefe de un sector de trinchera, desapareció entre los escombros al estallar allí una granada. No ha vuelto a saberse de él.
    La trinchera de Canosa no llegó a rendirse; se suspendió el fuego en virtud de órdenes del general Toral al hacerse la capitulación; sólo entonces pudieron ocuparla los yanquis.
    Por la noche, antes de entregarla, quisieron tomarla sorprendiendo a sus defensores algunas fuerzas de caballería, y aunque lograron penetrar fueron rechazadas a bayonetazos.
    Cuando toda lucha hubo terminado, los soldados yanquis se acercaban a los nuestros a saludarles y felicitarles, dándoles al propio tiempo ron, pan y otros víveres.   

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En El Caney y las lomas de San Juan los españoles sufrieron 94 muertos, incluidos Vara de Rey y 15 jefes y oficiales, 376 heridos, incluidos Linares y 36 jefes y oficiales, y 123 prisioneros, con 7 jefes y oficiales. A lo que hay que sumar las 71 bajas en las dotaciones de la Escuadra.

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La columna Escario
El ánimo de los estadounidenses estaba seriamente afectado ante la contrariedad que suponía la resistencia española. De seguir el curso de las operaciones como hasta entonces, el cuerpo expedicionario se desangraría a las puertas de Santiago. Con el penoso añadido de las enfermedades, el calor, la mala alimentación y el agotamiento físico, la insuficiencia de los servicios sanitarios y la vergüenza ocasionada a la opinión pública y a las autoridades de su país.
    Así las cosas, el inseguro Shafter consultó a sus mandos respecto a una retirada hacia Siboney, e informó a Washington donde la consternación fue notoria. También insistió en el forzamiento a cualquier precio de la entrada del puerto por la escuadra de Sampson; una maniobra descabellada.
    Temían, además, que los españoles recibieran refuerzos de manzanillo y Holguín, lo que agravaría su situación.
    De hecho, y al mando del coronel Santiago Escario (posteriormente ascendido a brigadier), una columna compuesta por 5 batallones, parte de una compañía de Ingenieros, tres compañías de guerrilleros, una de trasporte a lomo y algunos sanitarios, junto a dos piezas de montaña, totalizando 3.752 hombres, partió de Manzanillo el 22 de junio para socorrer Santiago.
    Los estadounidenses sospechaban que la columna contaba con 8.000 efectivos, lo que precipitó su plan bélico para anular el efecto de estos refuerzos, y, en consecuencia, las batallas de El Caney y las Lomas de San Juan.
    La columna tuvo que atravesar un territorio quebrado y cubierto de vegetación, teniendo a trechos que abrir paso con el machete y avanzar en fila india, acechado por las guerrillas cubanas, con las que llegaron a enfrentarse en combate abierto, y aunque las derrotaron aquello supuso un considerable retraso para el socorro previsto. Tras sufrir 27 muertos y 71 heridos, la agotada tropa entró en Santiago; pero ya era tarde: el desastre se había consumado con la salida de la escuadra. De no ser por la demora de veinticuatro o cuarenta y ocho horas en la llegada de los refuerzos provocada por el acoso de los insurrectos cubanos, puede que hubiera variado el curso de la historia.

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Por Real orden de 11 de julio de 1900 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 152) se concede la Laureada Colectiva (Cruz Laureada de San Fernando) al 1.º Batallón del Regimiento de la Constitución núm. 29, por la defensa de El Caney el 1 de julio de 1898.
    Relato de los hechos:
Un disparo de cañón seguido de otros varios hechos por el enemigo a las seis y media de la mañana del 1 de julio, anunció su presencia en las cercanías de El Caney, distinguiendo al cabo la fuerza española grandes masas de tropas americanas dispuestas a atacar el poblado.
    El Batallón constaba en este día de 436 hombres, más 45 que componían la Compañía de Guerrillas del Primer Tercio, formando un total de 481 individuos.
    Dispuesta convenientemente la fuerza para la defensa y ocupados todos los puestos que tenían señalados, empezó el ataque, en tal forma, que a las siete se había generalizado, siguiendo el enemigo sus movimientos de avance con nutridísimo fuego de fusilería y artillería que causaba gran daño a las tropas, sin que a pesar de la abrumadora superioridad numérica, que se supone pasaba de 5.000, hasta las doce de la mañana poca o ninguna ventaja pudieron alcanzar, no obstante nuestras bajas que a la hora dicha pasaban de 80.
    La imposibilidad de reforzar los fuertes con personal combatiente y el hecho de ser atacados por todas partes por fuerzas tan numerosas, permitió al enemigo coronar todas las alturas y dominar perfectamente este poblado, desde cuyo momento se hizo casi imposible la defensa por quedar enfiladas todas las trincheras; sin embargo, se continuó con gran denuedo y entusiasmo a pesar de las dificultades grandísimas que se presentaban para atender al municionamiento y retirada de los muertos y heridos, puesto que los pocos disponibles para esta importante operación eran en el acto bajas por las balas enemigas.
    Tres veces hubo necesidad de reforzar el fuerte de mampostería de El Viso, guarnecido por un oficial y fuerza del regimiento de Cuba que quedó allí sepultada, y al poco tiempo este refuerzo resultaba ilusorio por ser muertos o heridos todos los que se destinaban a la defensa de dicho fuerte.
    A las tres se agravó la situación de un modo considerable: el enemigo, dominando todas las alturas y a menos de 500 metros del poblado, el General que mandaba las fuerzas herido, y las bajas que a esta hora eran numerosas sin poder ser recogidas. A las cuatro de la tarde, considerando imposibles la defensa por haberse agotado las municiones, se ordenó la retirada a Santiago de Cuba, produciéndose bajo un fuego abrumador.
    En este hecho de armas, en el que a pesar del entusiasmo, valentía arrojo y abnegación de los jefes, oficiales y tropa, fue preciso ceder a la numerosa superioridad del enemigo y falta absoluta de municiones con que seguir combatiendo, tuvo que lamentar este Batallón 5 oficiales y 31 de tropa muertos; 6 oficiales y 80 de tropa heridos; y cinco oficiales desaparecidos (con relación de nombres).



La Real Orden de concesión expone:
En vista de la acordada del Consejo Supremo de Guerra y Marina, de 23 de mayo último, relativa al expediente de juicio contradictorio formado al primer batallón del regimiento de la Constitución número 29 para esclarecer el derecho que pudiera tener a la Corbata de San Fernando por la defensa que hizo del poblado de El Caney, el 1 de julio de 1898; considerando que dicho batallón, compuesto de 436 plazas, rechazó con energía al enemigo que, en número de 6.000 hombres y dotado de excelente artillería, atacó vigorosamente el poblado en la mañana del mencionado día, que se sostuvo aquél valerosamente en su puesto, sufriendo nutridísimo fuego de fusil y continuo de cañón, experimentando grandes y dolorosas pérdidas, impidiendo con su resistencia que el contrario consiguiese ventaja alguna, hasta que, por la tarde, en la imposibilidad de reforzar los fuertes por falta de personas, viéndose atacado por todas partes, coronadas las alturas, agotas las municiones y luchando con grandísimas dificultades para retirar las bajas sufridas, que excedieron a la tercera parte de la fuerza combatiente, se ordenó al retirada, que efectuaron ordenadamente bajo un fuego abrasador.
    El Rey (q.D.g.), y en su nombre la Reina Regente del reino, de acuerdo con lo informado por el referido Consejo Supremo de Guerra y Marina, ha tenido a bien conceder al expresado batallón el uso de la Corbata de San Fernando por considerar comprendido el hecho que llevó a cabo en tan gloriosa jornada en el artículo 32 de la Ley de 18 de mayo de 1862. Es asimismo la voluntad de S.M. que tan honroso distintivo se coloque en sus banderas con todas las formalidades prevenidas para estos casos.


La Corbata fue impuesta en Pamplona el 2 de agosto de 1901, ante las fuerzas de la guarnición, autoridades y numeroso público, por el general gobernador de la plaza don Luis de Santiago Menescau, en representación  del capitán general de la región, recibiendo el Cuerpo entre otras numerosas felicitaciones el siguiente telegrama de S.M. la Reina Regente:
S.M. la Reina interpretando los sentimientos de admiración y cariño que la inspiran los bravos del primer Batallón de la CONSTITUCIÓN, les felicita y saluda en el día de hoy, y en el momento solemne de ser colocada en la bandera de ese batallón la Corbata de la Real y Militar Orden de San Fernando como premio al heroísmo con que lucharon en el combate del Caney el 1 de julio de 1898. S.M. la Reina no duda que cuantos tienen el honor de pertenecer al Regimiento de la Constitución se inspirarán siempre en el ejemplo de aquellos valientes, que tan alto dejaron el honor de las armas.

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Por Real decreto de 18 de diciembre de 1923, firmado por el rey Alfonso XIII y el Presidente del Directorio Militar, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, se concede el distintivo señalado en el artículo ochenta y uno del vigente reglamento de la Real y Militar Orden de San Fernando, y creando otro para conmemorar los gloriosos combates sostenidos por nuestras tropas en las defensas de El Caney y Lomas de San Juan.

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Por su actuación en el combate, al General Joaquín Vara de Rey y Rubio le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando, al igual que al 1º Batallón del Regimiento de Infantería de la Constitución, número 29.

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El 11 de junio de 1915, con asistencia de los reyes de España, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, de Francisco Vara de Rey, hermano del general, de otros miembros de su familia y de nueve supervivientes del combate de El Caney, se descubrió en el madrileño Paseo de Atocha un grandioso monumento dedicado a perpetuar la memoria de aquella epopeya. Tiene doce metros de altura y es obra de Gonzalo Pola.

Imagen de www.esculturaurbana.com



El pedestal, apoyado sobre tres gradas, es un cono truncado de forma egipcia, de piedra caliza de Sepúlveda, amarilla y rojiza. La inscripción de su frente es: A los héroes del Caney. En el plano posterior, bajo unas manos enlazadas, que al propio tiempo sustenta dos ramas de olivo y que simbolizan la unión fraternal de España y Cuba, se leen estos dos nombres. En los otros frentes campea la Cruz Laureada de San Fernando entre la palma y el roble. Sobre este cuerpo va otro sencillo donde están grabadas las palabras-conceptos: Valor, Patriotismo, Abnegación y Honor; a su vez sustenta unas rocas sobre las que se alza la figura de Joaquín Vara de Rey. En el frente surge un tronco de roble desgajado, como la fuerte vida de aquellos héroes.
    El grupo es de bronce; en él se integra la figura del general cayendo herido en brazos de su ayudante y rodeado de sus soldados que no dejaron de disparar hasta caer mortalmente heridos también.

Imagen de www.grandesbatallas.es

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Nacido en Ibiza, el homenaje de sus paisanos al general Vara de Rey se inmortalizó en 1904. Se trata de una obra que conjuga con acierto la arquitectura que le da soporte, obra de don Augusto Forn, con la imaginería estrictamente escultórica de don Eduard B. Alentorn. Y que más allá de la manifiesta exaltación del personaje, mantiene en su composición una clara intención narrativa.

Imagen de www.labitacoradeltigre.com

 
Sobre un ensolado circular clausurado por ocho cañones utilizados como pilotes y unidos por una gruesa cadena, se levanta la piedra modulada en tres cuerpos que da soporte a cinco bronces de incuestionable potencia expresiva. El primer nivel lo conforma una triple y escalonada peana octogonal, en la que encontramos una severa corona memorial y la escultura de la reina que prefigura a la nación y que sobre la piedra escribe y dedica el monumento «A Vara de Rey». El segundo nivel es un macizo cuerpo troncocónico al que, con las alas todavía abiertas, se arrima un ángel o la Fama, que en la diestra lleva una trompeta de convocatoria y en la siniestra un laurel que ofrece al general que, más arriba, en la última grada, levanta su espada en arenga. Mientras, por la espalda, un guerrillero agazapado se prepara para ensartarle su machete.

Imagen de www.agrega.educacion.es


El acierto del escultor estuvo en inmortalizar ese preciso instante en el que el general, ajeno a su suerte, mantiene todavía un gesto épico y desafiante. Y fue también un acierto la visión anticipada que ofrece el escultor: la muerte no ha sucedido pero está cantada, tanto es así que la reina y el ángel son ya representaciones ‘posteriores' a lo que sabemos que sucederá, pues ensalzan la muerte heroica del general.
(Crónica de Miguel Ángel González en www.diariodeibiza.es)

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Fuentes

Antonio Carrasco García, En guerra con Estados Unidos, publicación de Almena Ediciones.

Agustín Ramón Rodríguez González, Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica, publicación de Editorial Actas.

José Luis Isabel Sánchez, Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), publicación del Ministerio de Defensa.

Enrique Mendoza y Vizcaíno, Historia de la guerra Hispano-Americana, A Barral y Comapñía Editores (México, 1898)

Archivo del historiador Carlos Juan Gómez Martín.




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