miércoles, 31 de agosto de 2016

El doctor Fausto en la literatura (II)

 
¿De dónde nació la idea de ese Doctor famoso que, descontento de los limitados medios con que cuenta el hombre en esta vida y llevado por sus aspiraciones inasequibles, se da al diablo para conseguirlas?
    Algo de esas ansias perdurables hallamos ya en la antigüedad clásica: Pigmalión y Prometeo nos dan el ejemplo de la lucha de la humanidad contra su suerte, del deseo atormentador de lo infinito, de lo ignoto, de lo sobrenatural, que el hombre quisiera realizar en la tierra por su propio esfuerzo. La intervención diabólica en esas tentaciones de nuestra impotencia y nuestro orgullo aparece después, en los primeros siglos del cristianismo; en aquellos tiempos de las leyendas místicas en las que el mal, para hacerse más patente, toma formas satánicas en la imaginación exaltada de los creyentes. Entre los muchos casos de tratos con el demonio, hallamos ya en el siglo tercero el que refirió san Gregorio Nacianceno, y ampliaron y embellecieron después varios hagiógrafos, de Cipriano, famoso encantador de Alejandría, que hizo pacto con el Espíritu infernal para obtener el amor de la cristiana Justina; historia que popularizó en Alemania, en el siglo noveno, Ado, arzobispo de Viena, y de la cual sacó más tarde nuestro calderón su comedia El mágico prodigioso, sobre cuyas conexiones con el poema de Goethe ha escrito poco ha un libro muy apreciable el señor Sánchez Moguel (catedrático de literatura española en la Universidad de Zaragoza, 1881. Esta obra fue escrita para un certamen que abrió la Real Academia de la Historia con motivo del centenario de Calderón de la Barca, y habiendo obtenido el premio fue publicada a expensas de dicha Academia. Su erudito autor opina que El mágico prodigioso sólo tiene relaciones muy indirectas con el Fausto de Goethe).
    En esa y otras leyendas parecidas estaban los primeros elementos de la historia del Doctor Fausto; pero es el caso que aquellos elementos tomaron cuerpo en un individuo de este nombre que tuvo vida real y fue convertido por la inventiva popular en personaje tan extraordinario como famoso. En la primera mitad del siglo XVI hubo en las universidades alemanas un Doctor Fausto, dado a la vida alegre y bulliciosa, que ganó fama de alquimista y brujo y, después de una existencia desordenada, murió trágicamente. Apenas muerto, corrió la voz de que se lo había llevado el Diablo, y en 1587 se daba a la estampa por primera vez su historia, llena de aventuras descomunales (Geschichte von D. Johann Fausten dem weitbeschreyten Zauberer und Sckwartzkunstler, impresa por Johann Spies en Frankfort am Main).
    Es curiosísimo este primer libro del Doctor Fausto, y si no quisiera reducir a cortas páginas este prólogo hablaría de él largamente a mis lectores, para que viesen lo que ha dado la tradición a la tragedia de Goethe y lo que ha puesto en ella el genio del poeta. La historia del descreído Doctor escribióse con la ida de apartar a los buenos creyentes de tentaciones peligrosas, presentándoles aquella víctima del Espíritu malo. ¿Proponíase el autor, como indican escritores de nuestros días, combatir el afán de novedades que alentaba en aquellos tiempos la Reforma religiosa? No me parece de tanto alcance aquel libro devoto. El Juan Fausto de esta leyenda era, en verdad, peritísimo en las ciencias más sutiles y doctor profundo en Teología; pero no se perdió por ese camino sino por ser hombre mundano, libertino e incrédulo, que para gozar la vida a sus anchas estudió ciencias ocultas en la gran escuela de magia de Cracovia, y renunciando a las Letras Sagradas, llamóse doctor en medicina, astrólogo y matemático.
    En un bosque cercano a Wittenberg evocó cierta noche al diablo, que con gran aparato de fuego presentóse al fin bajo la forma de un fraile gris y dijo llamarse Mefistófeles. Arreglóse el pacto, escrito con sangre de Fausto, que ofreció su alma al espíritu infernal para dentro de veinticuatro años; y al cabo de este tiempo, tras una vida de desenfrenados goces, reventó lastimosamente el pobre Doctor después de una cena, a la cual convidó a sus amigos y discípulos de libertinaje para darles cuenta de que se acercaba su última hora sin que le valiese para evitarla su tardío arrepentimiento.
    El devoto autor de la historia horripilante, que se complacen pintar con colores vivísimos las apariencias infernales y los pormenores de la muerte de Fausto, no nos dice gran cosa de las felicidades que el Diablo le procuró, ni de la satisfacción que halló en ellas. Lo más interesante, de lo poco que nos cuenta, es la aparición de la hermosísima Helena, que el Doctor hizo acudir a una de sus comilonas, a ruegos de sus comensales, y de la cual quedó tan prendado que la obligó a volver, y de ella tuvo un hijo a quien llamaron Justo Fausto. He ahí el germen, menudo e insignificante, de la segunda parte del poema de Goethe, de aquella concepción grandiosa en que el mundo helénico y el mundo germánico se contraponen y se completan de una manera tan nueva como poética.
    La vida de Juan Fausto Hízose, desde luego, popularísima en Alemania. Repitiéronse las ediciones, redactáronse nuevas historias del Doctor, publicóse la de su discípulo Cristóbal Wagner, y antes de concluir el siglo XVI corrían ya traducidos estos libros por Holanda, Dinamarca, Inglaterra y Francia. La leyenda era pueril y tosca; pero había en ella algo que impresiona fuertemente al corazón humano. Existe en él predisposición a admirar, aunque la razón las condene, toda audacia del espíritu, toda temeraria ruptura de las sujeciones que nos oprimen. Por eso pareció siempre tan grande la figura de Prometeo robando el fuego celeste; por eso el Doctor Fausto, como el Burlador de Sevilla, aunque sentenciados a las llamas eternas, con beneplácito y contentamiento de los que en el libro o el teatro seguían el curso de sus abominables desaguisados, ejercieron siempre sobre el público la atracción siniestra del abismo. Sería interesante estudiar cómo han ido creciendo y agitándose en la imaginación popular esas dos grandes figuras legendarias; qué fondo común hay en ellas; cómo las diversifica el carácter peculiar de los pueblos que las han creado en las orillas risueñas del Guadalquivir y en las riberas nebulosas del Rhin; qué cambios ha ido introduciendo en la tradición el espíritu móvil de los tiempos; en qué medida ha influido en esos cambios el genio de los poetas al dar forma más perfecta al tipo legendario; y cómo, por fin, vinieron Goethe en Alemania y Zorrilla en España apagar las llamas infernales y abrir las puertas de la gloria eterna a Fausto y a Don Juan.
    La historia del Doctor Juan Fausto, contenida por primera vez en el libro anónimo de Francfort, y ampliada por Widmann en 1599, publicada en Hamburgo (Warhafftige Historie von den grewlichen und abschewlichen Sünden und Lastren, auch von vielen Wunderbarlichen und seltzamen abentheuren So D. Johannes Faustus Ein Weitberuffener Schartzkunst bisz an seinen erschrecklichen getrieben), ¿tiene alguna relación con la de Juan Fust o Fausto, el famoso colega de Gutenberg en el invento de la imprenta? He aquí otro punto muy debatido por los comentadores de nuestro poema y del cual me ocuparía con alguna extensión si hubiera podido completar el estudio proyectado. París conserva la tradición del impresor Fust, que presentó a Luis Onceno un ejemplar de su Biblia, estampada por arte entonces desconocido, y que atribuido a la magia provocó persecuciones de las que escapó el ingenioso inventor, según entonces se dijo, por arte del Diablo. Han supuesto algunos autores que, irritados los monjes contra una invención que les privaba del oficio de copistas, convirtieron a Juan Fausto en nigromante, enviándolo a los infiernos; pero hoy está comprobada la existencia del Doctor Fausto del siglo XVI, posterior en más de un siglo a Gutenberg y sus primeros colaboradores, y a aquél se refería indudablemente la popular historia del Doctor que pactó con el Diablo.

lunes, 29 de agosto de 2016

Exaltación pictórica


Semblanza artística del pintor Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874) por Joaquín Ciervo, crítico de arte y estudioso de la pintura española, en su obra El arte y el vivir de Fortuny.
    Transcripción del capítulo I, titulado La pintura de Fortuny. Influencia y prestigio en el arte español.

Federico de Madrazo: Retrato de Mariano Fortuny.

Mariano Fortuny. Retrato por Federico de Madrazo, 1867.

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Luminosidad, riqueza y belleza en la forma, amén de emotividad, armonía y verismo presenta la obra general de Mariano Fortuny que perdurará ingente, arrogante y firme.
    Estuvo dotado de enérgica levadura que le impulsó hacia la innovación, encauzada rectamente camino adelante del realismo; pero de un realismo sazonado que enaltece la burda realidad. Merced a su plástica y ardorosa imaginación extasióse contemplando los efectos que ofrece la fiesta de la luz natural, contrastes salidos al paso provenientes de las regiones de Helios que bañando la madre tierra esparcen colores, calor y carácter a las cosas y a los hombres.
    Nuestro maestro, enamorado ferviente de la luz solar en todo su esplendor bajo el cielo de España, preocupóse, proponiéndose plasmarlo en sus cuadros. Así lo hizo, resolviendo él aquí primero que nadie un gran problema artístico y a la vez proporcionando una alegría plástica deseada que dio visiones de plenos días cálidos, numerosos en nuestra nación, tan opulentos y simpáticos, agoreros de bienandanzas.
    Tuvo el atrevido artista, a la sazón, exclusivas exaltaciones que le condujeron a dar emoción de vida y una espiritualidad de colorido personalísimas.
    ¿Qué precisó Fortuny para ver la pintura a pleno sol? Ser artista. Amó la naturaleza; supo y llegó a comprenderla amándola, porque su corazón se sintió subyugado ante ella.
    Y amante decidido y entusiasta de la atmósfera como demostró ser, fue ferviente admirador, entusiasta sin reservas de las creaciones de sus antecesores. En su época de neófito procuró acercarse a los maestros, consiguiendo hacer lo que admiraba, y en sus comienzos llamó la atención por sobresalir en los estudios, que por docenas podían contarse.
    Acaso se acierte si se dice que él no supo reconocerse las facultades verdaderamente geniales que en sí llevaba; pero también es muy probable y seguro que la poderosa fuerza de la voluntad, su inseparable compañera, fuera el secreto del esplendoroso y justo, rápido y sólido, triunfo que engalanó su vida, le aportó fama y cosechó lucro.
    Con una inconsciencia de verdadero iniciado, no tuvo preferencia por escuela determinada, ni le apasionó determinado astro. Principió por el principio, solidificando los cimientos, cosa esencialísima para mantener el equilibrio artístico, factor primordial que paulatinamente conduce a la cúspide donde se enarbola la bandera que la diosa Fama cede a los sinceros creadores de arte, merecedores del calificativo de excelsos.

Mariano Fortuny: Batalla de Wad Ras.

Batalla de Wad Ras.

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Mariano Fortuny: Batalla de Tetuán.

Batalla de Tetuán.

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Mariano Fortuny: El general Prim en la batalla de Los Castillejos.

El general Prim en la batalla de Los Castillejos.

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Mariano Fortuny: La reina Gobernadora María Cristina y su hija Isabel pasando revista a las tropas.

La reina Gobernadora María Cristina y su hija Isabel pasando revista a las tropas.

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Es singular el caso de Fortuny; puesto que, devoto del clasicismo, una vez fortalecido y robustecido su espíritu merced a la bondad de sus arcaicos manantiales, tuvo la valentía de emanciparse, supo ser artista independiente, entendiendo la carrera pictórica tal cual es: liberal. Y aún hizo más: evolucionó las pragmáticas, rompió lanzas, truncó moldes, consiguiendo establecer una revolución de orden estético que hizo variar el monótono sonsonete del andar artístico desde el fallecimiento de Goya, especialmente en los cuadros de género.
    Esparció por Europa pinturas representativas de escenas, costumbres y tipos españoles de los siglos XVII y XVIII, repletas de donosura, horros de petulancia, elegantes y resueltos con supremo dominio del arte. La tierra épica y descarnada con los indígenas de Marruecos, ¡qué bien la representó, cuánta bravura en la interpretación y cuántos conocimientos al plasmar las composiciones en las que el desnudo masculino tiene singular importancia!
    Y de Andalucía, ¿qué hay que decir de los jardines y frondas que parecen tener el deseo de besar las nubes; las calles y parajes, interiores y tipos, que por fondo tienen arabescas arquitecturas? Pues que es la España inspiradora de su época de luz.
    La plácida Italia tuvo encantos para el romántico realista y en ella proponíase sorprender la diafanidad de la atmósfera.
    El color, su color, se avino a lo netamente meridional y su cultura hermanó con las obras escritas en su patria por costumbristas veraces a la par que fastuosos.

Mariano Fortuny: La mariposa.

La mariposa.


Mariano Fortuny: La Victoria.

La Victoria.

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Puede quedar sentado el precedente de que Fortuny en su época dio realce y prestigio al español arte, apartándolo de lo puramente convencional y huero, neopagano y sentimental, de lo que en verdad se había abusado; fue un luminista que en sus óleos y acuarelas hizo vibrar un cromatismo muy bien entendido, cálido y fresco a la vez.
    La mayoría de creaciones son de pequeñas dimensiones; pero esos espacios le bastaron para explicar al mundo entero sus genialidades, y cosa que sorprende y maravilla es el convencimiento de que las figuras de sus dibujos, aguafuertes, acuarelas y óleos son rostros que ni ríen, ni sollozan; apenas marca en ellos el rictus del dolor, ni aparecen las salientes características de la alegría exteriorizada.
    Esa inexpresividad es aparente; ya que contemplando composiciones de nuestro autor corroboramos su propósito, puesto que cada tipo nos dice callando el papel que desempeña en el cuadro, bien sea por la actitud, por su indumentaria y muy marcadamente por el ambiente en que quedó perpetuado.
    El colorido de los grandes pintores ha sido y seguirá siendo expresivo, merced a la paleta; ellos caracterizan a los modelos, imponiéndoles, o mejor, haciéndoles salir a la faz la bondad o relajación de sus almas; el secreto de perpetuar la idiosincrasia en figuras plásticas estriba en el pintar bien los ojos.
    Tal detalle unido a carnes tibias, a carnes lechosas, a nacarinas tonalidades, a alabastrinos contornos y a turgencias, dará la mentira que el arte proporciona.
    Así se comprende que Fortuny fuera un astro poderoso e torno del cual todo pintor de su época procuraba girar, y de la influencia de su obra se desprende la moda del cuadro de caballete puesto en boga aquellos años.
    Sabido es, y no conviene olvidar, ahora para aseveración de lo indicado, que Velázquez marcó inconfundiblemente en los ojos de algunos personajes por él retratados una expresión de temor hacia lo sobrenatural, y al contemplar sus bufones y enanos, el mirar de aquellas pupilas nos hiere hasta el punto de experimentar compasión hacia los históricos parias.
    Mariano Fortuny pasajeramente ha sufrido el rigor de las corrientes imperantes en el mundo artístico a partir de la entrada de los pintores impresionistas recientes, quienes tuvieron por credo: todo lo hecho es malo y nefasto el detalle. Afortunadamente las cosas han variado mucho de pocos años acá; otro rumbo lleva la pintura del día, y todos, absolutamente todos los artistas de hoy proclaman y admiran a Fortuny genial colorista y colosal dibujante.
    Los más significativos pintores españoles siguen sus huellas, y las nuevas orientaciones de la crítica moderna vuelven a investigar su obra de toda su grande y poderosa valía, apreciándose lo que se discutió sobre la nimiedad en la ejecución, comparable con la técnica de las obras flamencas más notorias.

Mariano Fortuny: Idilio.

Idilio.

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Mariano Fortuny: Odalisca.

Odalisca.

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Mariano Fortuny: Fantasía árabe.

Fantasía árabe.

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Mariano Fortuny: El vendedor de tapices.

El vendedor de tapices.

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Ha sido Fortuny un artista poco conocido en su patria; España escasa producción guarda de su firma. Tenemos varios maestros a quienes estudiar, analizar y admirar merced a los originales convenientemente clasificados en pinacotecas; pero de este singular catalán es muy poco lo que es dable apreciar e color, que muchos de los poseedores de sus cuadros los guardan con avaricia. ¡Tanto como él adoraba lo que nuestro Museo Nacional encierra!
    Y lo peor, en casos análogos, es que desconociéndose un autor determinado, buena parte de los mortales inconscientemente se suman con su mutismo, y aun con su indiferencia, a la propalada opinión reinante, sin participar ni sentir franca simpatía por ella. Para desvanecer tal mescolanza de superioridad e injuria preciso es la aparición de libros destinados a cultural labor; ellos tienen el cometido de asesorar a la gente cuerda, cumpliendo el precepto de obras son amores y no buenas razones. Éstas y la conciencia entablan un dualismo con el sentimiento.
    No obstante, era natural y lógicamente humano que la aureola gloriosa de Fortuny tuviese un nimbo de reposo, puesto que la ley de trayectoria así lo marca de antemano para hacer llegar muy sabiamente el valer del indiscutible hombre genial a punto de elevación que el Creador le tiene destinado.
    En España le cupo el honor de ser el evolucionista de lo académico y naturalista que formó escuela, o sea un apologista de la sensación y alma del colorismo.
    Así como Goya osó copiar el desnudo femenino después de tres siglos de estar abolido de nuestro suelo, excepto el que pintara Velázquez y que se envió al extranjero, Fortuny, como se ha dicho, supo ver el sol y como el bíblico Josué lo retuvo; de modo y manera que dejando él, por fortuna, el horizonte despejado de tétricos y plúmbeos nubarrones, los artistas de aquí pudieron trabajar más ampliamente, pues se les ofreció belleza a raudales en la interpretación artística que, entendida a la manera de Fortuny, es rica y pródiga en la euritmia de composición.

Mariano Fortuny: El coleccionista de estampas.

El coleccionista de estampas.

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Mariano Fortuny: La selección de una modelo.

La selección de una modelo.

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Mariano Fortuny: La vicaría.

La vicaría.

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Comprendieron los contemporáneos de Fortuny que todo cuadro ha de decorar halagando los sentidos, y la indumentaria de sus mayores, las escenas que viera en los teatros y las composiciones literarias, este pintor se las hacía revivir, dándoles forma, y era tanta la verosimilitud que causaba tales cuadros de género que la ilusión de adquirir corporeidad seducía.
    Fue contemporáneo de los primeros pasos del arte impresionista del año 1860 y también un vidente de lo que vendría a dominar y a imponerse: el colorido. Pero supo pintar poniendo el color en masas sin desdibujar, armonizando con fluida y ejemplar brillantez lo que en cada fragmento viene a ser motivo de belleza por su luminosidad real.
    Grande artista es por haber dado a conocer los arcanos que Andalucía guarda de la época muslime, ricos y decorativos, suntuosos y pintorescos. España, a través de esos vestigios, recuerda que sangre mora, viril, se entremezcla en nuestra sangre.
    Los asuntos hispanoárabes vinieron a ser frutos del árbol español que traspasaron las fronteras, haciendo interesar la opinión en extranjeros suelos en pro de las bellezas de nuestro suelo.

Mariano Fortuny: La biblioteca Richelieu.

La biblioteca Richelieu.


Mariano Fortuny: El jardín de los poetas.

El jardín de los poetas.


Queda latente en la obra de Fortuny la cualidad del tecnicismo. Está en su punto el que se consigne que la mano de Fortuny acusó, en ocasiones, su temperamento nervioso, su pincel repentista, cual de goyesco temple; advirtiéndose empero un sesgo de individualidad marcado que le condujo a definido personalismo.
    Partiendo del colorismo, y con él admitiendo sus divergentes fantasías, teniendo en cuenta la gallardía de factura decididamente evolutiva, el insigne artista fue verdadero apóstol; puesto que las notas esplendentes que de su paleta brotaron redundan en provecho del arte en general, si bien hubo excepciones, pocas ciertamente, que les fue nefasto bajo el prurito de la burda e insulsa imitación.

Mariano Fortuny: Pasatiempo de gentilhombres.

Pasatiempo de gentilhombres.

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Mariano Fortuny: Corrida de toros.

Corrida de toros.

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La originalidad pudo tanto como su manera, y por haber hecho Fortuny en sus cuadros sabias recomposiciones de la luz, acoplando también en los interiores soberbias notas de color, ha perdurado como lograron ser inmortales Rafael, Vinci, Velázquez, El Greco y Goya, maestros, técnica a un lado, por ser originales.
    Además, cada gran artista lega a la posteridad no sólo sus producciones sino también el ambiente en que se desarrolló su vida y personajes que influyeron en la buena marcha o en la adversidad nacional. Así conocemos los hidalgos que tratara El Greco, los cortesanos que convivieron con Velázquez, el misticismo que elevó a Murillo, los míseros que cautivaron a Ribera, los eclesiásticos que plasmó Zurbarán y la castiza España que estudió Goya.
    A través de la obra de Fortuny venimos en conocimiento de la tierra africana, nos enteramos de sus bárbaras pragmáticas, y se armoniza su arquitectura con sus trajes, todo visto, bellamente pintoresco. También al pintor de elegancias señoriales debemos la compenetración de la vida de los nobles del siglo XVIII, de los cuales ha dejado encarnaciones maravillosas en óleos y acuarelas.

Mariano Fortuny: Mascarada.

Mascarada.

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Mariano Fortuny: Playa de Portici.

Playa de Portici.

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Nuestro gran pintor simboliza el avance y la divulgación del arte joven, lozano, ansioso de luz, de colorido, de vida. Y en la actualidad su tendencia ha impuesto normas sensatas y serenas orientaciones hacia lo decorativo y suntuoso.
    La última etapa evolucionista del pintor fue la realista, en la que emociona por la vibración del colorido. Venció obstáculos técnicos y de ahí partió su escuela.

viernes, 26 de agosto de 2016

Querido enfurruñado


Eres un ser extraño...
    Un ser asombroso que adora su poder sobre todas las cosas. Como un prodigio burlón, engreído, que turba y embriaga de vapor melifluo. Te esmeras, cual rey de fantasía en satisfacer todas tus pretensiones con un chasquido, con un gesto sensual que perviertes en lascivo al instante. Eres una criatura mítica.
    Abrazo ególatra.

William Blake: Titania, Oberón y las Hadas (1794).

 
Tu atractivo hechiza, rey del sueño delirante.
    Juegas con la pasión de tus súbditos, alrededor de tu vanidad siempre atentos a la causa que solicites, al favor que dispensas con tus venerados atributos, señor del mundo imaginado.
    Baile, música de primoroso tañido, vestuario galante. ¿Piensas en mí?, dímelo en voz baja para no despertar la envidia del divino cortejo. Seducción, la tuya; confidencias, las mías; y amor evanescente.
    Eres un ser fascinante... 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Antepongo un rey a los pasados; propongo uno a los venideros


El nombre de Fernando va emparejado al de Isabel, ambos son los Reyes Católicos, y ambos imprescindibles para conocer y sentir la Historia de España. De ellos dos fue el mérito rector de unir a España, forjando de la Nación un Estado, el más antiguo de Europa, y de iniciar el mayor imperio que ha conocido la humanidad.
    Sintetizada la figura y la obra de Isabel la Católica, mujer y reina, en artículo precedente, destacado su testamento, complete este artículo, en forzada síntesis, la figura y obra de Fernando el Católico, hombre de armas, conquistador y estadista, rescatando de su biografía el preámbulo y la conclusión, por así citar los extremos de su trayectoria, estudiada con ciencia y detalle por el historiador José María Moreno Echevarría en su libro biográfico Fernando el Católico.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

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Fernando dirigió el timón del Estado al fallecer su esposa la reina Isabel, quien le postuló en vida y en herencia como rey de Castilla, y por ende de España, confiando en él, de igual manera, la educación y madurez para gobernar en el futuro de su nieto Carlos.
    En los doce años que Fernando el Católico tuvo que gobernar solo, de 1504 a 1516, dio las más concluyentes pruebas de su extraordinaria capacidad y también, pues antes ya había dado sobradas muestras de ello, cuando se reafirmó como excepcional estadista. En el gobierno interior del reino y en circunstancias difíciles, fue su labor tan perfecta que no echó de menos la falta de Isabel, mientras en el exterior, en ese plano internacional donde se gestaba el mayor imperio conocido, escalaba cimas insospechadas iniciando y patrocinando la moderna política europea de las grandes alianzas.
    En tan breve periodo de tiempo Fernando se convirtió en el árbitro de una Europa cuyo entramado político manejaba con insuperable habilidad; y también cimentó el imperio español norteafricano, dando ya entonces lecciones de geopolítica que, lamentablemente, no tuvieron la debida continuidad en sus sucesores más preocupados por otros territorios que estos vecinos.

En su actuación política Fernando jamás se dejó influenciar por consideraciones ni sentimientos personales.
    Los constantes éxitos que jalonaron su reinado se sustentan en su innegable superioridad como estadista sobre todos los políticos contemporáneos. En esa superioridad radica el secreto de sus constantes triunfos, pues en el terreno político se desenvolvía con absoluta confianza en sí mismo y en sus objetivos. Analizando objetivamente su actuación política, observando los adversos comienzos que le asediaron, comprobando los muchos e ingentes obstáculos que hubo de sortear o superar y, finalmente, contemplando la grandiosa obra realizada, se ha de admitir que su figura alcanza proporciones extraordinarias, convertida en la de un estadista genial y por desgracia para la España actual irrepetible. Como la figura de Isabel la Católica.

Fernando e Isabel, primero juntos, crearon un magnífico edificio que la historia inscribe como Imperio español; después él, como único protagonista, consiguió pasar del prólogo a los capítulos. El propio Fernando reclama en su testamento: "Esta heredad que yo labré con mis manos".

Fernando el Católico

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El último gran acto político de Fernando es el de presidir las Cortes de Castilla en 1515.
    Está gravemente enfermo, pese a que su espíritu le impone seguir en la brecha y vivir, a su manera de siempre. Hallándose en Mejorada se agravan sus dolencias, pero su robusta naturaleza vuelve a imponerse y consigue restablecerse lo necesario para desempeñar su jefatura. Los asuntos de Europa se han conciliado, a su parecer, y eso le resta preocupaciones; ahora corresponde solucionar asuntos hispanos, los inherentes a la gran nación en marcha.
    Firme en su voluntad y resuelto, no obstante tiene que ser conducido en silla de manos por los caminos, las calles y las cámaras de palacio.
    Pero en cuanto siente que la mejoría llama a su cuerpo vuelve a la vida andariega y se dirige a Ventosilla a cazar ciervos. Camino de Burgos donde tendrá lugar el hecho relevante citado al comienzo de este epígrafe. Fernando viaja con su última esposa, Germana de Foix, celebrado el matrimonio por razones de Estado; ella, a quien Fernando acompaña hasta Aranda de Duero, va a presidir en solitario las Cortes de Calatayud. Cada uno a cumplir su encomienda. Fernando es esperado en Burgos para, con su presencia real, sancionar la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla.
    El hecho merece un apunte. A lo largo de su historia, Navarra había estado más vinculada al reino de Aragón que al de Castilla, e incluso los navarros preferían la unión con los aragoneses. El que Fernando no incorporara Navarra a su propio reino, el de Aragón, responde a una determinación personal: no lo consideró conveniente. También en esta señalada ocasión dejó al margen consideraciones, prejuicios y sentimientos particulares para dejarse guiar únicamente por consideraciones políticas de interés nacional. Dos, principalmente, fueron las razones que le hicieron adoptar esta decisión. La primera, el temor de que incorporando Navarra a Aragón se extendiese por la primera el espíritu de libertad tan arraigado en el reino aragonés, donde los monarcas veían siempre coartada su autoridad por una oposición legal basada en los fueros del reino y en las libertades públicas. Los navarros, agitados por continuas turbulencias y desgarrados por sangrientas luchas de partidos, podrían ser mejor sujetados desde castilla que desde Aragón; los monarcas castellanos ejercían su potestad, gozando de más poder y autoridad que sus homólogos aragoneses. La segunda razón que influyó en Fernando fue de orden internacional. En caso de una guerra con Francia, Navarra sería mejor defendida desde Castilla que desde Aragón. Por lo tanto, políticamente era aconsejable su incorporación a Castilla y para Fernando esta razón de interés general eliminaba cualquier otra consideración de la índole que fuese. De ahí que el 15 de junio de 1515, mediante solemne declaración en las Cortes de Burgos, Navarra quedó incorporada al reino de Castilla.

Culminado un asunto de importancia, a Fernando le ocupa otro, también importante aunque habitual, que le obliga a desplazarse a su Aragón natal a resolver las dificultades surgidas en las Cortes de Calatayud a las que se ha hecho referencia en líneas anteriores. De nuevo los tradicionales choques entre la nobleza y la corona.
    No se trata de la rebeldía de nobles soberbios y poderosos cual sucede en castilla, con solución relativamente fácil. En Aragón el enfrentamiento con el poder real se produce en las Corte4s, donde la nobleza actúa de forma conjunta, como un todo, como un brazo ejecutor y legislativo, asumiendo, con más o menos argumento, las libertades del reino. Tras interminables discusiones, el avejentado y achacoso Fernando no puede convencer a las irreductibles Cortes aragonesas. Nadie varía de postura u opinión.
    Fernando regresa en octubre a Castilla, mientras su esposa Germana se dirige a Lérida para presidir las Cortes catalanas.

A todo eso, pues ni la historia ni el mundo se detienen a voluntad de cronistas o mandatarios, en Italia suceden episodios de gran trascendencia. Francisco I, rey de Francia, terminados sus preparativos pasa a Italia y los suizos se deciden a cortarle el paso. Los suizos confían en la llegada de las tropas españolas y pontificias al mando de Ramón de Cardona, hombre indeciso, poco seguro de sus propias fuerzas y aún menos de las ajenas, con lo que ni ataca al ejército veneciano de Bartolomé de Albiano ni busca la unión con sus aliados, suizos y pontificios; la inacción es su consigna.
    Los franceses se apoderan de Novara y entran en Milán al derrotar a los suizos en la batalla de Marignan, sin que Cardona haya hecho lo mínimo por impedir el desenlace. Ante la situación creada, Fernando ordena a Cardona que se retire a Nápoles y recomponga su ejército para la conquista dela isla de  Gerbes.
    Con esta victoria y la consiguiente ocupación de Milán, el panorama en la península italiana ha sufrido un cambio pernicioso para los intereses de España. El Papa se apresura a firmar la paz con Francia y, a la vez, se establece una alianza entre Francia, Venecia y el Papado. La estrella de Francisco I está en alza y Francia acaricia la idea de imponerse en Europa.
    El rey Fernando comprende que ha de tomar medidas de todo tipo para frenar esta probable expansión del vecino enemigo, por lo que intenta atraerse nuevamente al rey inglés Enrique VIII. Cuenta para ello con el apoyo del cardenal Wosley, ministro de Enrique, y al cabo firman un renovado acuerdo España e Inglaterra. Esta alianza es un dique a las ambiciones de Francisco, aunque Fernando, desde el abandono de la campaña de 1512, confía poco en la alianza con los ingleses. Tiene motivos para desconfiar.
    Tampoco la situación en África era satisfactoria. Horuc, el mayor de los hermanos Barbarroja, puso sitio en julio de 1515 a la ciudad de Bugía, defendida por Ramón Carroz. En agosto la sitiada población recibió el socorro del virrey de Mallorca, Miguel Guerrea; cosa que permitió aguantar hasta que en diciembre Barbarroja levantó el cerco.

En noviembre, "estando ya muy mal dispuesto", Fernando viaja a Plasencia, "por haber muy buenos vuelos de garzas", a tratar de aliviar sus cuitas y tribulaciones de gobierno cazando por Extremadura.
    Como era bien conocida la enfermedad del rey Fernando, y se temía su muerte de un momento a otro, en Flandes los consejeros del príncipe Carlos (nieto de los Reyes Católicos), que ya había alcanzado la mayoría de edad, en previsión de que el testamento de Fernando manifestase sorpresas desagradables, se apresuraron a enviar a Castilla con plenos poderes a Adriano de Utrech, preceptor del príncipe Carlos, para tratar con el rey de España las cuestiones relativas a la sucesión.
    El acuerdo que concertaron las partes consistió en que el rey Fernando conservaría el gobierno de Castilla hasta su muerte y el príncipe Carlos le sucedería, al producirse el óbito, en todos sus reinos y dominios. En este acuerdo Fernando puso especial interés en asegurar el porvenir del infante Don Fernando, hermano de Carlos, que era su nieto preferido, ya que, criado en España, lo consideraba más español que al austriaco y flamenco Carlos. Austria y Flandes, y no le faltaban muchas y poderosas razones para ello, le inspiraban a Fernando, español hasta la médula, escasa simpatía.

La intensa vida del rey Fernando llega a su fin.
    De Plasencia, "don harto trabajo y fatiga" va a Zaraicejo, pero no para detenerse. No quiere reposo, no quiere permanecer varado en el lugar que sea; su enorme vitalidad reclama constante movimiento. Sabe que el tiempo se acaba pero sus obligaciones persisten, y al menos a las más perentorias ha de darles una solución duradera.
    Aunque ha dictado dos testamentos, camino de Madrigalejo, cuidado en una casa rústica llamada de Santa María, dicta el que será definitivo. Convierte a su hija Doña Juana en heredera universal, y dada la incapacidad de ésta, pasa el legado a su nieto primogénito, el príncipe Carlos. Hasta la llegada del príncipe Carlos a España nombra regente o gobernador de Castilla al cardenal Cisneros, y de Aragón a su hijo natural, Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza. También escribe una última carta a su nieto Carlos, en la que señala: "Ha placido a nuestro Señor de ponernos en tales términos, que habemos de proveer más como hombre muerto que vivo".
    Desde Lérida, donde presidía las Cortes de Cataluña, llega presurosa Germana de Foix. En una humilde estancia de la modesta vivienda citada, inserta en el duro paisaje extremeño, Fernando agoniza. Relata Ricardo del Arco en su obra Fernando el Católico: "Con su hábito de Dominico, demacrado, libre ya de la hinchazón hidrópica, las manos en cruz y la mirada en lo alto, entrega su alma a Dios, entre tres y cuatro de la madrugada del miércoles 23 de enero de 1516. Le faltaba mes y medio para cumplir 64 años".
    Pidió ser enterrado en la Capilla Real de Granada junto a su amada esposa la reina Isabel I.

Los Reyes Católicos

Imagen de www.armas-de-hispania.com
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La muerte del rey Fernando el Católico consternó al pueblo castellano. Sin embargo, no fue un sentimiento compartido, inicialmente, por la nobleza. Relata Jerónimo Zurita en su obra Vida del rey Don Hernando el Católico: "Los más de los Grandes de Castilla mostraron tanto contentamiento y alegría de su fallecimiento que daban gracias a Nuestro Señor, afirmando que les había librado de una muy dura sujeción y servidumbre, pues temían más su benignidad y clemencia que el rigor de la Reyna Católica. Pero cuando el respeto de lo propio y particular se fue olvidando, fueron reconociendo que habían perdido aquellos reinos el más excelente Gobernador que tuvieron jamás".
    Puede que el más grande estadista que ha tenido España. El que virtualmente de la nada, con un reino de Aragón extenuado y consumido por diez años de guerra civil y una Castilla en descomposición a causa del caos y la anarquía en las que estaba sumida, creó la obra magna que la historia universal conoce con el nombre de Imperio español. Y lo hizo merced a un trabajo paciente y meticuloso, ese inmarcesible empeño con el que se forjan las grandes gestas y los grandes imperios.
    Fernando el Católico cimentó una obra concienzuda y sólida, en definitiva duradera. Suya y de Isabel fue la génesis del imperio, al que proporcionaron, cada uno en su momento y desde el absoluto convencimiento, una base firme; de tal suerte que pese a la ineptitud o desidia de los sucesores, el imperio creció y floreció de uno a otro confín.
    Fue la de ambos, pero en este artículo singularizándola en Fernando, una obra paciente, minuciosa, trabajada a diario, sin desmayo, sin que pudiera la desazón cundir en el ánimo. A ella dedicó toda su vida en unas tierras ingratas y sembradas de envidia. Por eso el rey Fernando, presintiendo que un día hasta sus compatriotas pretenderían despojarle de la gloria de haber transformado su pobre herencia en el imperio que legó a sus sucesores, en vida la reclama con esta frase: "Esta heredad que yo labré con mis manos".
    Merece el mayor reconocimiento y la sincera admiración de los españoles, excluidos los habituales partidarios de la envidia, la mentira y la confabulación, siempre medrando en el suelo patrio; siempre apoyados en voceros e insidias que persiguen una compensación en dinero, títulos o prebendas.
    Muchos han sido los elogios en el pasado e inmenso el olvido reciente, como en tantas cosas que engrandecen y honran la memoria de España; es una tendencia infame pero rentable, plagada de falsedades pero infiltrada en cualquier ámbito público. Quedan atrás las alabanzas y los laureles, como atrás ha quedado aquel imperio magnífico y variopinto. Atrás y lejos, no obstante presentes y vigentes para los españoles agradecidos y orgullosos de tan eximios ancestros.
    Valgan las palabras del insigne Baltasar Gracián, con su cortante y lacónico estilo, como homenaje a Fernando el Católico, a quien esculpe con frase lapidaria: "Antepongo un rey a los pasados; propongo uno a los venideros". No se puede decir nada mejor de un soberano, de un gobernante, de un estadista forjador de imperio: superior a sus predecesores y modelo para los sucesores. Más breve aún esta sentencia del mismo autor en su obra El político Don Fernando el Católico: "Oráculo mayor de la razón de estado". Acompañada ésta por coetáneas como Política y razón de Estado del Rey Católico Don Fernando, de Diego Saavedra Fajardo, o Perfecta razón de Estado, deducida de los hechos del Señor Rey Don Fernando el Católico, de Juan Blázquez de Mayoralgo.
 

Fernando el Católico

Imagen de www.patrimoniumhispalense.com

Convicción arraigada al punto que de ella participaron esos sucesores a los que no ofuscaba el poder ni la gloria que los rodeaba. Felipe II, sirva como ejemplo, cundo pasaba por delante de un retrato del rey Fernando y de la reina Isabel los saludaba quitándose el sombrero a la par que justificaba su gesto con sentida veneración: "A ellos se lo debemos todo".
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Fernando II de Aragón nació en la villa de Sos del Rey Católico el 10 de marzo de 1452, fue rey de Sicilia de 1468 a 1516, de Castilla como Fernando V de 1474 a 1504, de Aragón entre 1479 y 1516 y de Nápoles como Fernando III de 1504 a 1516. Además de regente de la corona de Castilla entre 1507 y 1516. Apodado el rey Católico, igual que a Isabel I de Castilla se le apodó la reina Católica.
 

Alonso de Mena: Retablo-relicario de los Reyes Católicos, s. XVII. Capilla Real de Granada.



Compendio de frases en honor de Fernando el Católico pronunciadas por insignes personajes:
Fue era de políticos, y Fernando el catedrático de Prima.
Cada uno de los dos [Fernando e Isabel] era para hacer un Siglo de Oro y un reinado felicísimo, cuanto más entrambos juntos.
Antepongo un rey a los pasados; propongo uno a los venideros.
Oráculo mayor de la razón de estado.
Baltasar Gracián

Fernando conducía a los castellanos a empresas y empeños de acción exterior para que cubriesen el celo de su independencia patria.
Fernando fue el más perspicaz y penetrante de los hombres.
Este rey ha llegado a esta grandeza sabiendo "dare di se molta spettazione, e fu sempre animoso datore de principii".
Nicolás Maquiavelo

Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes en que todos los príncipes de España deben mirarse.
Padre Juan de Mariana

Fernando era todo equilibrio y prudencia, dotado de todas las cualidades morales y físicas necesarias para un dominador de hombres.
El rey Fernando es sin duda el más grande político que ha producido España.
Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya

Cualquiera que con él hablase le amaba y le deseaba servir.
                                                                                                    Hernando del Pulgar

Cuando la tradicional política de Castilla logró conquistar para sus fines el espíritu claro, penetrante, de Fernando el Católico, todo se hizo posible.
José Ortega y Gasset

El joven príncipe fue siempre el mozo más claro de aquellos tiempos.
Arzobispo Alfonso Carrillo
 
Fernando e Isabel fueron las luminarias.   
Salvador de Madariaga

El Rey Católico tuvo una clarividente visión supranacional.
José María Doussinague

Desde sus años mozos fue el más ilustre de nuestros monarcas.
Jaime Vicens Vives

A él y a ellos [Fernando e Isabel] se lo debemos todo.
Felipe II
 

Imagen de Antonio Luis Martín Gómez y Ediciones Almena




Artículos complementarios

    Semblanza de la reina Isabel la Católica y su testamento

    Las capitulaciones de Santa Fe

    Fin de la guerra de Granada

    El Gran Capitán

 

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lunes, 22 de agosto de 2016

La cultura que libera

 

El querer aprender, voluntad que compete a la persona, dificulta la progresión del adoctrinamiento ideológico.

 


Para interpretar un texto es condición necesaria pero no suficiente saber leer. Asimismo, la decidida integración en un paisaje o el venturoso tránsito por los caminos de las emociones, requiere de una voluntad manifiesta que es consecuencia de aquella latente que impulsa el movimiento.
    La ambición por alcanzar los peldaños, todavía no venales ni desvirtuados, que conducen a la sabiduría, debiera ser loada y premiada por particulares e instituciones, agradeciendo sincera y espontáneamente el ejemplo hacia una virtud ajena a los límites de la conveniencia. Esto es tanto como recomendar encarecidamente a todos y cada uno de los humanos con uso y disfrute de su raciocinio, que dejen vía libre al aprendizaje de quien lo merece, pues el permitir al esforzado buscador de la verdad encontrarla, favorece al conjunto desde sus partes, sin distinciones de clase o hábitos.
    Entiéndase que por una puerta abierta pasa el que guste, mientras que a través de las puertas cerradas sólo penetran los espectros mal carados, los impenitentes moradores de las tinieblas inducidas y aquellos guardianes de arcanas revelaciones, transmitidas por ciencia infusa y el imprescindible concurso de poderosos medios de comunicación, destinadas a perpetuar un demoledor espíritu sectario.
    La cultura es suma y no resta, y aún menos división. El fruto de la experiencia, la investigación y el afán por superarse, es patrimonio de la humanidad. Y aunque la humanidad por sí misma tienda a la acumulación y al seguimiento de ciertas cabezas rectoras, la mayoría de las veces arrogándose tal potestad, sí cabe pensar que, precisamente al dar rienda suelta al pensamiento y su hermano el criterio, la cosa ofrezca mejor tono que el oscuro de la supeditación a "lo que me cuenten, a lo que me digan, a lo que me enseñen", sin coste alguno, por supuesto.
    La ignorancia es osada, es cobarde, falsa y traidora; la ignorancia se asienta en la acomodaticia resignación de los figurantes, que con un mero pasar ya justifican su existencia, dando patente de corso a quienes por ellos, anuncian, harán lo que hay que hacer. La ignorancia es defecto y degrada; sin embargo, es menos perjudicial que el caer en la trampa de una pseudocultura o cultura decretada por un infausto control político, patrocinada por unos intereses excluyentes e insaciables que, paradójicamente, nacen de esa sociedad de corto alcance, teledirigida y hedonista por mandato.

viernes, 19 de agosto de 2016

Arquitectura modernista peculiar y exaltada


La obra del arquitecto Antonio Gaudí se sitúa por mérito y derecho entre las interpretaciones más peculiares y exaltadas del arte modernista. Muestras geniales y únicas de un genio volcado en su devoción, de vida reposada e inmersa en el estudio y aplicación de sus ideas que lucen esplendorosas y originales en diversos lugares de España.
    Influido por el historicismo arquitectónico del siglo XIX, Gaudí sintió gran predilección por la arquitectura islámica y gótica. Y a partir de ambas influencias, fundiéndolas sobre el papel y la superficie sólida en armoniosa convivencia, creó un tipo de arquitectura personal, que hacia 1880 había alcanzado su primera madurez.
    Consideró a la arquitectura en su sentido medieval como elemento unificador de las artes menores.
    En sus construcciones utilizó todo una serie de detalles  trabajados en hierro forjado, cerámica, vidrio y piedra tallada, citados como más característicos. De igual modo, sintetizó los elementos estructurales y decorativos de sus edificios, así como sus interiores y fachadas, en conjuntos tan orgánicos que no se podría concebir la existencia aislada de cada una de estas partes sin el concurso de las demás.
    Para esta original síntesis no sólo era necesario poseer una gran intuición artística sino también una rigurosa experiencia tecnológica; sin ella resultaría inconcebible el sistema de columnas, bóvedas, arcos y contrafuertes, por ejemplo; junto a la exuberancia decorativa naturalista que tiende hacia la abstracción, mientras que la estructura de las masas construidas se convierte en fantasiosa decoración.
Antonio Gaudí: Cúpulas del Parque Güell.

Cúpulas de los pabellones de entrada del Parque Güell, Barcelona.


Antonio Gaudí: Iglesia de la Colonia Güell.

Iglesia de la Colonia Güell, Santa María de Cervelló.


Obra representativa de Antonio Gaudí:

Cooperativa obrera mataronense.

 Nave central de la Cooperativa Obrera Mataronense (1878-1882). Gaudí fue el primer arquitecto en utilizar el arco catenario como elemento constructivo en un edificio.


Antonio Gaudí: Villa Quijano (el capricho de Comillas).

Villa Quijano (el capricho de Comillas), en Comillas.

Imagen de www.efuneral.es
 
Sagrada Familia.

El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, en Barcelona.


Interior de la Sagrada Familia.

Interior del templo expiatorio de la Sagrada Familia. Gaudí ideó la columna arborescente como elemento sustentante.


Antonio Gaudí: Casa Vicens.

Casa Vicens, en Barcelona.

Imagen de http://explorar.weebly.com
 
Pabellones Güell.

Pabellones Güell: reja de la puerta de entrada.


Antonio Gaudí: Palacio Güell.

Palacio Güell, en Barcelona.

Imagen de es.wikipedia.org
 
Palacio episcopal de Astorga.

Palacio Episcopal de Astorga.


Colegio de las Teresianas.

Columna helicoidal en el Colegio de las Teresianas de Barcelona.


Antonio Gaudí: Casa de los Botines.

Casa Botines, en León.

Imagen de www.aciprensa.com
 
Casa Calvet.

Casa Calvet, en Barcelona.


Parque Güell.

Parque Güell, Barcelona.

 
Antonio Gaudí: Parque Güell.

Parque Güell.

Imagen de www.europaenfotos.com
 
Antonio Gaudí: Parque Güell.

Parque Güell.

Imagen de www.deceroadoce.es
 
Antonio Gaudí: Casa Bellesguard.

Casa Bellesguard, en Barcelona.

Imagen de www.doublerainbow.es
 
Casa Batlló.

Casa Batlló, Barcelona.

Imagen de www.mupart.uv.es
 
Antonio Gaudí: Casa Milá (la Pedrera).

Casa Milà (la Pedrera), en Barcelona.

Imagen de www.civilianglobal.com
 
Antonio Gaudí: Escuelas de la Sagrada Familia.

Escuelas de la Sagrada Familia, en Barcelona.

Imagen de www.gaudiallgaudi.com


Artículo relacionado

    Juan Bautista Viñes

miércoles, 17 de agosto de 2016

Paso, repaso


Es un juego alocado, extenuante.


Piet Mondrian: Broadway Boogie Woogie (1942-43).

 
He notado como caía a la velocidad del sueño. Lenta e imparablemente iba descendiendo hacia un suelo de bandas y casillas. Un mosaico, parecía mientras me acercaba. O, más bien, un tablero de colores primarios y agujeros blancos para posarme.
    Creo que lancé un grito cuando la gravedad hizo de las suyas. Pero el impacto fue suave, de pluma sobre grumos de algodón, y acabo enderezada pisando dos colores iguales.
    "Ahora le toca a la reciente", escucho y me doy prisa en ocupar la siguiente casilla del mismo color. A saltos y carreras recorro la línea de color hasta que el abismo blanco me engulle.
    Me hundo en la Vía Láctea. ¿Qué cosas digo? Buceo más diestramente que cuando lo intento en el mar, echando ojeadas a los huecos por encima.
    Lo encuentro. Asomo la cabeza, sacudo el cuerpo como un cuadrúpedo peludo y cedo el turno. Tengo que respirar.
    "Su turno, nuevamente."
    Estoy sola. Me muevo por inercia, corro y salto. Cedo el turno, es mi turno. Sigue el juego.
    Tarde o temprano ascenderé por el tiro de la chimenea.
    ¡Sorpresa! gritaré sin resuello a mi público. He vuelto porque he perdido.

lunes, 15 de agosto de 2016

Feminismo de pro


La defensa social de la mujer y el encarecido posicionamiento a favor de la dignidad del ser humano con independencia de su condición o sexo, caracterizaron la obra de Mercedes Fórmica Corsi. Ella ha sufrido en las últimas décadas el silencio y, aún peor, el desprecio de quienes se valen de idearios marxistas, de eslóganes acuñados por las jerarquías aleccionadoras, y de dinero público (el factótum de la moderna revolución), para esgrimir banderas de igualdad y ondear derechos que ante la ignorancia o voluntaria ocultación quedan conculcados.
 
Mercedes Fórmica combatió la falsa moral de la misma manera que el exceso, prestando atención y apoyo tanto a los sentimientos como a las consecuencias. Partidaria de responsabilizar al sujeto y al conjunto, su discurso y su práctica calaron en las instancias de gobierno, esas que desde la ley, en letra y espíritu, cambian las normas y los usos.
    Nacida en 1916, en Cádiz, fue abogada, cuando apenas había mujeres estudiando en la Universidad, y escritora, cuando la literaria era una actividad casi de plena competencia varonil, Mercedes Fórmica destacó entre sus pares (hombres y mujeres) dando voz a quienes vivían sometidas a un imperio anacrónico. Al finalizar la última guerra civil (1936-1939) se doctoró en Filosofía y Letras y dirigió la revista cultural Medina. Andando el tiempo, desarrollando sus dotes comunicativas, obtuvo diversos galardones literarios.
    Luchó, venció y convenció en todos los frentes que abrió, algo no siempre al alcance de la conquista. Y su reconocimiento traspasó fronteras.
 
Quizá el divorcio de sus padres condicionó su futuro. Como fuere, se postuló para evitar la discriminación de la mujer en los ámbitos comunes, y dentro del matrimonio para que cediera el dominio del varón, denigrante llevado a extremo legal, y aflorara un derecho básico en la mujer como persona. Tenaz y elocuente, logró modificar sesenta y seis artículos del Código Civil.
    Corrían los años cincuenta del siglo XX y ese paso bendijo posteriores, cercanos y lejanos. Oteando el futuro, porque la vida avanza de continuo, recuerda su pasado, el de los miedos y las ilusiones, haciendo gala de coherencia y de una valentía demostrable de ayer a hoy. Temió que su afiliación falangista y su admiración a José Antonio Primo de Rivera, la condujeran a una muerte sectaria, en una checa, ante una tapia o en una cuneta, como sucediera a otros que ella conociera. Luego, superado el enfrentamiento bélico, esa arraigada afinidad y ese perenne convencimiento, podían haber provocado un apartamiento o una censura nada encubierta. Pero no. Su obra y su palabra prosiguieron una marcha imparable, ascendente en la sociedad y sus administradores, que sólo la terrible memoria selectiva y la purga sistemática de quienes nunca creyeron ni creerán en la persona o en la libertad han callado y tapado.

Mercedes Fórmica Corsi

Imagen de www.nodulo.org

De su artículo El domicilio conyugal:
"La defensa de la familia cristiana, imprescindible para el logro de una paz duradera, se consigue con la convivencia pacífica, equitativa, en la que cada cónyuge lleve su carga y cumpla con su deber. Es contraproducente para este logro el ejemplo a los hijos de la repetida mala conducta del más fuerte, que lo es sólo porque le mantiene una ley arbitraria. Los señores jueces deberían tener facultades para otorgar la titularidad del domicilio conyugal al cónyuge inocente, en este caso a la esposa, ya que, en definitiva, el domicilio conyugal es la casa de la familia y no ‘la casa del marido', como dice la ley."
 
En 1997 fue entrevistada por Natalia Figueroa, a la que expresó ante el silencio de las feministas adscritas a la progresía tonante:
"Me silenciaron. ¿De buena o de mala fe? No lo sé. Lo cierto es que desde que murió Franco hasta hoy, las personas que han tratado el Derecho privado no han nombrado aquella reforma. Como si no hubiese existido."
    Fallecida Mercedes Fórmica el año 2002, con ese motivo la misma entrevistadora volvió a escribir:
"Olvidada incomprensiblemente por el movimiento feminista, las mujeres españolas le deben muchos de sus derechos."


Artículo coincidente

    María de Zayas y Sotomayor

viernes, 12 de agosto de 2016

La primera Infantería de Marina del mundo

 
En su origen, la Infantería de Marina se denominó Infantería de Armada, siendo su función predominante la de organizarse como fuerza de desembarco y guarnición de Galeras, Galeones y Galeazas.
 
La trayectoria de la Infantería de Marina española da inicio, nace y cobra forma, con la decisión de Carlos I de asignar de forma permanente a las escuadras de Galeras del Mediterráneo las Compañías Viejas del Mar de Nápoles.
    Pero el refrendo llega con su sucesor al trono, el rey Felipe II, quien dispone en acto legal, a través de su Secretaría de Guerra, con el marco jurídico legal apropiado, que se vinculan permanentemente a la Real Armada algunos Tercios de Infantería Española que, con el nombre genérico de Infantería de Armada, combaten por mar y tierra basados en las Escuadras de Galeras y Galeones.
    Textualmente se ratifica la antigüedad del Cuerpo de Infantería de Marina en el preámbulo del Real Decreto 1.888/1978, de 10 de julio, disponiendo además que corresponde a la del más antiguo de los citados Tercios, el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, que se remonta al año mil quinientos treinta y siete.
    Así pues, es Felipe II, el que crea el concepto actual de Fuerza de Desembarco; una proyección del poder naval sobre la costa por medio de fuerzas que, partiendo desde las naves, fueran capaces de abordarla sin menoscabo de su capacidad de combate en tierra. De este modo, España en la primera nación del mundo en tomar la decisión orgánica de crear una Infantería de Marina, adelantándose, con mucho, al Reino Unido (1664), Holanda (1665), Estados Unidos de América (1775) y Portugal (1797).
 
A esta época de génesis pertenecen los afamados Tercios:
Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles.
Tercio de la Armada de la Mar Océano.
Tercio de Galeras de Sicilia.
Tercio Viejo del Mar Océano y de Infantería Napolitana.
    De ellos, el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, sucesor de las Compañías Viejas del Mar de Nápoles, es considerado por unos autores como el alma mater y por otros como la cuna de donde surge la Infantería de Marina. Llevaba en sus escudos dos anclas de oro puestas en aspa, que fueron el emblema del cuerpo hasta 1931.
    El Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, también llamado de la Corona o el Mar y Tierra (Tercio de Mar y Tierra), se crea el 27 de febrero de 1566, aunque por considerarse heredero del Tercio Viejo de la Mar de Nápoles -que al parecer fue constituido con las Compañías Viejas- es por lo que adquirió la antigüedad de éstas, del año 1537.
    El mismo día se crearon el Tercio de la Armada del Mar Océano, cuyo primer Maestre de Campo fue don Lope de Figueroa, y el Tercio de Galeras de Sicilia, aunque la antigüedad de este último se remonta a 1535.
    El Tercio Viejo del Mar Océano y de Infantería Napolitana se creó algo más tarde, el 1 de septiembre de 1571, y tuvo la condición de unidad móvil.
    Por Real Orden de 28-9-1704 los Tercios pasaron a ser regimientos, siendo algunos transferidos al Ejército. Posteriormente, por Real Orden de 28-2-1707, recibieron nombres permanentes, resultando para los que estuvieron vinculados a la Armada:
 Regimiento de la Mar de Nápoles.
 Regimiento de Bajeles.
 Regimiento de Marina.
 Regimiento de Armada.
    Entre las acciones más destacadas de esta época cabe citar las siguientes: Expedición a Argel, en 1541; batalla de Lepanto, en 1571; expedición a Túnez, en 1573; conquista de la isla Tercera y las islas Azores, en 1582; expedición a Inglaterra, en 1599; expedición a San Salvador, en 1625
 
Respecto al origen de los Tercios de Mar, expone el general Rivas Faval:
"En tiempos de Carlos V, cuando se precisaban soldados para ciertas empresas arriesgadas en la mar, se utilizaban los de tierra y se les habituaba a vivir y luchar en el nuevo medio; es decir, se hacía lo que siglos después se llamó marinear al soldado. Tal es el origen de la Infantería de Marina."
    El coronel de Infantería de Marina Juan Pardo de Donlebún y Montesino, autor de la obra que sigue este artículo, Infantería de Marina española. Apuntes históricos y heráldicos, comenta:   
"Tal vez sea esto lo que ha podido llevar a pensar a algunos que el origen de los Tercios de Marina o de Armada fueron Tercios del Ejército. Sin embargo, siguiendo la opinión del general Aláez, no puede establecerse tal nexo de unión. Cuando nacieron los Tercios de Infantería de Armada no había una distinción orgánica entre unidades terrestres y navales para su empleo. Los Tercios eran fuerzas reclutadas y organizadas por Maestres de Campo con autorización del rey y que, a veces, eran sostenidos por la Corona. La Armada era Real Armada porque el armador de los buques era el rey.
    "Pero es más, los Tercios de Infantería de Marina se crearon expresamente para la Armada y desde el primer momento su denominación fue naval y sus escudos y banderas llevaban dos anclas cruzadas. Fue en 1717 cuando se crearon el Ejército de Tierra y la Armada tal como hoy los concebimos, y cuando parte de dichos Tercios pasaron al Ejército, quedándose la Armada con sólo aquella parte que se consideraba necesaria para el nuevo concepto de guarnición de buque que las escuadras creían necesitar."




* * *
 
Himno de Infantería de Marina
Marcha heroica de la Infantería de Marina
 
Infantes de marina
marchemos a luchar,
la Patria engrandecer
y su gloria acrecentar,
nobleza y valentía
nuestros emblemas son:
no abandonar la Enseña
al ruido del cañón
porque morir por ella
es nuestra obligación.
 
No me llores madre mía
si en la lucha he de quedar
que es deber del español
!por la Patria!
su sangre derramar
 
A luchar, a luchar
bravos Infantes de Marina;
a vencer o morir
por defender la noble España.
Por su honor, por su honor
luchemos todos sin cesar
hasta lograr de nuestro suelo
la admiración del mundo entero.
 
Infantes de marina
marchemos a luchar,
La Patria engrandecer
y su gloria acrecentar,
nobleza y valentía
nuestros emblemas son:
no abandonar la Enseña
al ruido del cañón
porque morir por ella
es nuestra obligación.
 
No me llores madre mía
si en la lucha he de quedar
que es deber del español
!por la Patria!
su sangre derramar
 
Gloria a los valientes
que por mar y tierra
heroicamente murieron
defendiendo su Bandera.
 
Sigamos su ejemplo
de valentía sin par,
que los Infantes de Marina
gloriosamente saben triunfar.
 
Lema: Valientes por tierra y por mar.


* * *


Escudo original de la Infantería de Marina española.



 

Escudo del Tercio de Armada y escudo actual de la Infantería de Marina.

Imágenes de www.armada.mde.es

Escudo conmemorativo del 475º aniversario de la Infantería de Marina española.

Imagen de www.tirotactico.net



Artículo complementario

    La Luz salvadora

Artículo relacionado

    Operaciones anfibias de los Tercios