lunes, 21 de agosto de 2017

Determinación de los pesos moleculares


Nacido en Barcelona el año 1883, Enrique Moles Ormella, químico, físico y farmacéutico, es una de las figuras preeminentes de la ciencia española, también descollante en el ámbito internacional, con especial incidencia en la primera mitad del siglo XX, por contribuir a la determinación del peso atómico de varios elementos orgánicos; valores que fueron pronto incorporados a la tabla periódica de los elementos.
    Licenciado en Farmacia en su ciudad natal, el año 1905, se doctoró en Madrid al cabo de doce meses con la tesis Procedimientos de análisis de silicatos seguidos en el análisis cuantitativo de algunas micas españolas. Pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios marchó a las ciudades alemanas de Leipzig y Munich, en las que residió entre 1908 y 1911; durante el primer año de estancia publicó en colaboración sendos trabajos de investigación, uno con el químico alemán Karl Drucker, que lleva por título Formulario-guía de farmacología, y el otro, titulado Terapéutica y análisis químico-farmacéuticos, con el farmacéutico español Antonio Novellas. También en Leipzig se doctoró en ciencias químicas con la tesis Revisión químico-física del peso atómico del flúor. A continuación tradujo varias obras de bacteriología y patentó algunas medicinas.
    Nuevamente becado por sus méritos y aportaciones científicas, el año 1912 se instala en Zurich donde junto al químico Philippe A. Guye se familiarizó con los métodos fisicoquímicos para la determinación de los pesos atómicos. Precisamente sobre este particular versó la tesis de doctorado en Ciencias Físicas que obtuvo en la Universidad de Ginebra en 1916; ciudad en la que desempeñó cargo docente ese año y el siguiente, agregado a la Escuela de Química.
 
Precedido por su fama, recibió ofertas para dirigir los departamentos de Química y Física en las universidades de Baltimore, Munich y Zurich; pero su idea era la de regresar a España, cosa que hizo, con estancia en Barcelona para doctorarse el año 1920 en su universidad en Ciencias Físicas y Químicas,  residiendo a partir de entonces en Madrid, doctorándose en Ciencias Físicas y Químicas el año 1922.
    Hasta 1927 es profesor auxiliar de Química inorgánica en la Facultad de Farmacia, desempeño académico que simultanea con la impartición de cursos de Química y Física en el Laboratorio de Investigaciones Físicas de Madrid. Ya en 1927 consiguió la cátedra de Química inorgánica de la Universidad de Madrid y comienza un periplo docente por Hispanoamérica, que acrecienta su prestigio.
    En 1931 fue nombrado jefe de sección del Instituto de Física y Química de la capital de España, que dirigía el prestigioso físico Blas Cabrera y Felipe, considerado el padre de la ciencia física española; y en 1934, con el discurso Del momento científico español 1785-1825, ingresó en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.
    Gran docente y maestro de nuevas generaciones de químicos en España, desde estas instituciones aprovechó para innovar los planes de estudio de varias disciplinas científicas, a su vez apoyando el desarrollo académico de la Física y la Química hasta conseguir que fuera creado el Instituto Nacional de Química y Física. También miembro de la Secretaría de la Comisión de Pesos Atómicos de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada, impulsó la oficialidad del idioma español y la organización de un congreso internacional en Madrid, el IX Congreso de Investigación Química Pura y Aplicada, celebrado con éxito en abril de 1934.

Enrique Moles y Ormella

Imagen de www.residencia.csic.es

La tarea de investigación
Enrique Moles vio recompensado su empeño investigador, fruto de su interés por el desarrollo de la ciencia; la determinación de pesos atómicos fue la cima de su gran tarea. Había concluido tras detenidos análisis que sólo la teoría de las densidades límites de los gases, enunciada por el químico francés Marcellin Berthelot, tenía validez para establecer los pesos atómicos y moleculares sobre la base exclusiva de datos experimentales, en ausencia de otras hipótesis complementarias. El planteamiento teórico era simple, pero la ejecución práctica de cálculos en lo relatico a la temperatura, la presión y los pesos requería de una gran complejidad y absoluta precisión. Estas investigaciones sobre la determinación de los pesos atómicos las inició en su etapa ginebrina, luego continuadas en Madrid al cabo de las cuales cosechó el reconocimiento internacional.
    Para determinar los pesos con la debida precisión empleó unas técnicas altamente sofisticadas, entre las principales:
la desecación de los gases, para evitar la humedad en las muestras;
la determinación de los coeficientes de corrección a introducir como consecuencia de la absorción de los gases por las paredes del vidrio;
la corrección para la contracción del vidrio al trabajar en vacío;
el empleo de filtros de vidrio prensado para la purificación de los gases.
    Llegó a determinar los pesos atómicos de los elementos químicos flúor, bromo, iodo, oxígeno, nitrógeno, azufre, sodio, argón y más.
    Hasta el año 1924 no existía una tabla de masas atómicas vigentes por parte de la Comisión Internacional de los Elementos. Tras los resultados de Enrique Moles, la Comisión Española emitió un informe que reunía las correcciones propuestas por los investigadores firmantes, entre los que se encontraban, además del citado, Blas Cabrera, José Rodríguez Mourelo y Ángel del Campo. Los valores de pesos atómicos averiguados por los científicos españoles quedaron incorporados a la tabla periódica por la Comisión Internacional.
    Todas las determinaciones y propuestas realizadas por Enrique Moles alcanzaron los objetivos previstos, le confirieron un gran prestigio y, en suma, el reconocimiento internacional, además de diversos galardones de distinta procedencia, hasta desempeñar funciones de relevancia docente y organizativa en colegios y academias de ciencia en diversos países y ocupar en 1951 el cargo de secretario de la Comisión Internacional de Pesos Atómicos de la Unión Internacional de Química.
 
Otras aportaciones científicas
La relación de estudios científicos de Enrique Moles, así como la aplicación de los mismos en la industria y la docencia, puede catalogarse en cuatro apartados intrínsecamente vinculados a la ciencia química.
Estudio sobre las medidas del magnetismo (magnetoquímica) de los metales hierro y níquel, resolviendo las dificultades halladas por investigadores anteriores.
Estudio de la solubilidad de gases en diversos solventes no acuosos (disoluciones) y mezclas y propiedades de los disolventes.
Conjunto de trabajos sobre la regla de aditividad de los volúmenes moleculares en cuerpos inorgánicos cristalizados, como contribución a la determinación de la estructura de los hidratos.
Estudio de las propiedades y usos de peroxihidróxidos o perhidroles para la actividad farmacéutica.
    A lo que se añade las varias traducciones de obras de farmacia y bacteriología (bioquímica) y una constante publicación científica a lo largo de su trayectoria superior a las doscientas sesenta referencias, incluidas para consulta en los Anales de la Sociedad Española de Física y Química.


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viernes, 18 de agosto de 2017

Revelación

 
Os escribo desde la esfera de luz, asistido por la magna influencia del conocimiento, abstraído en mi simbólica tarea que he elegido de entre las varias en oferta, ubicado por el designio adjudicador en un lugar que es un punto equidistante a todas las certezas del universo.
    Con lo dicho hasta ahora en esta carta sin remite, que supera la catalogación de preámbulo, os informo, en especial a ti, ya sabes quien eres, también a ti y luego a ti, que sabéis quienes sois, valga el orden de mención, os he descrito suficientemente mi paradero.
    Encarezco a vuestra imaginación un dibujo atinado de la maravilla que os contempla a diario, unos días más que otros, eso sí, con la debida proporción y los colores en consonancia, para que de la idea surja el detalle y a partir de él un anhelo, una causa seguida de su efecto, una curiosidad al alcance del propósito; incluso, permitidme subrayar el término, una necesidad.
    Daros esa oportunidad, de vosotros depende cruzar la frontera, compañeros de ilusiones y fatigas; lo demás viene por añadidura. Yo he podido, yo he querido, porque no soy el doble de todo ni la mitad de nada y me gustan los mensajes crípticos.
    Alicientes busques y en sus alas viajes.
    Os recuerdo sin añoranza pues la lección ha prendido en mí, os llevo conmigo: soy yo.

Jacobello Alberegno: Políptico del Apocalipsis (1343). Gallerie dell'Accademia, Venecia.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La lotería de Navidad

 
Desde mediados del siglo XVIII, el gobierno de España pretende crear y oficializar un juego de azar que ordene y controle la ambición de los jugadores asiduos a la vez que atraiga un público nada adicto a invertir su dinero en un lance de fortuna y, asunto trascendente, que canalice el dinero apostado hacia las arcas del Estado sin la apariencia de exacción.
    Es a finales del siglo XVIII cuando la lotería se instaura. Se debe la decisión al rey Carlos III y al marqués de Esquilache, Leopoldo de Gregorio, su ministro de Hacienda y también hombre fuerte del Gobierno.
 
Ya funcionaba en el reino de Nápoles el juego de la lotería, que se tomó como modelo para lo que se quería implantar en España. El marqués de Esquilache solicitó del responsable de Hacienda del gobierno napolitano, Juan Antonio de Goizueta, que mandase viajar a España a José Peya, director del juego de la lotería napolitana.
    Carlos III, que era rey de España y de Nápoles, introdujo la lotería en España el año 1763 (y la costumbre, también napolitana, de los belenes en las fechas pertinentes); y a él se atribuye una frase convertida en proverbio: "El que juega mucho es un loco; pero el que no juega nada es un tonto".

Carlos III y la lotería nacional.

Imagen de www.nacionalloteria.es

El primer sorteo de la lotería española se celebró en Madrid, concretamente en la plazuela de San Ildefonso, el 10 de diciembre de 1763. En aquella ocasión, precedente de una costumbre que pervive, un muchacho de siete años de edad perteneciente al Colegio de San Ildefonso, ataviado cual un ángel, extrajo con su mano inocente de un arca una de las noventa bolas que inauguraba los sorteos y resultó la agraciada con el premio.
    El primer sorteo propiamente dicho de Navidad tuvo lugar el 23 de diciembre de 1799. Y a los pocos años, este sorteo derivaría en el extraordinario de Navidad, con otro equivalente en el mes de junio.
 
Con el estallido de la Guerra de la Independencia, motivada por la invasión de las tropas napoleónicas, la lotería se adapta a los tiempos: nace la Lotería Moderna; en Cádiz y en 1812, año de la Constitución Liberal. Se la denominó moderna para diferenciarla de la surgida en 1763. El proyecto tiene como base el proporcionar fondos a la debilitada Hacienda Pública sin perjuicio para los tributarios, como así lo expresó el ministro del Consejo y Cámara de Indias, Ciriaco González Carvajal. El primer sorteo de la nueva lotería se celebró el 4 de marzo de 1812 en la gaditana plaza de San Antonio. El preámbulo de la instrucción que regía esta modalidad de juego rezaba: "Las Cortes Generales y Extraordinarias de la Nación, enteradas del proyecto que les fue presentado de una Lotería que se ha de nominar Nacional, y ha de ser igual a la que hace muchos años se halla establecida en Nueva España; se sirvieron autorizar al Consejo de Regencia de España e Indias para que lo llevase a efecto del modo que considere más útil y conveniente. En consecuencia, S. A. considerando que este puede ser un medio de aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes, y atendiendo a que los fondos que se versen en este juego sean manejados con fidelidad, sin agravio ni perjuicio del público interesado; para que estos fines se consigan, ha tenido por conveniente autorizar con su suprema autorización a  los señores D. Antonio Romanillos, Ministro decano del Consejo Supremo de Hacienda y D. Ciriaco González Carvajal, del Consejo y Cámara de Indias, para jueces conservadores del establecimiento".
    El primer sorteo extraordinario de Navidad ocurrió el 18 de diciembre de 1812: el premio gordo recayó en el número 03604 que obtuvo 8.000 pesos fuertes (aproximadamente 40.000 pesetas); el precio del billete era de 40 reales (aproximadamente 10 pesetas).
    A medida que el ejército invasor se retira de España se expande la lotería y crecen los ingresos por recaudación.

Primer sorteo extraordinario de Navidad.

Imagen de www.mayores.uji.es

El apelativo de "el gordo" al número premiado con la mayor cifra económica se debe a la imagen impresa hasta mediados del siglo XIX en la publicidad referida a la lotería: una figura rechoncha repleta de números y bolas del sorteo, que ilustraba la idealización de un fanático afortunado.
    La primera ocasión en la que apareció legible la denominación "Sorteo de Navidad" en sustitución de la leyenda habitual de "Prospecto de premios" fue en el sorteo del 23 de diciembre de 1892; pero tal denominación no figuró impresa en los décimos de lotería hasta la Navidad de 1897.

lunes, 14 de agosto de 2017

Examen de conciencia insinuado

 
Estaba furioso, decepcionado y confundido, aunque digno de su intelecto conservaba la racionalidad atribuida a los seres cívicos, un ejemplo para la sociedad en torno. Puede ser una virtud o un defecto, una gran virtud o un inmenso defecto lo de amagar con el estallido o quedarse en la vía muerta de la inhibición. Estaba entregado a una ira sanadora de antiguos conflictos, pero no era suficiente con dar rienda suelta al instinto, por fin, no era el cauce para remansar la turbulencia de unos vientos reivindicando el poner cada cosa en su sitio.
    De una vez por todas, para siempre.
    Y eso, el cambio de actitud, exigía variar el rumbo de nada menos que una vida; o lo que se entiende por un largo, muy largo e insulso periodo de tiempo sobre cuyo origen no hay una explicación única, definitoria, convincente.
    Es difícil volver al punto de partida cuando se ha perdido la afición por los descubrimientos.
    Lamento. Malestar.
    La culpa borbotea cadenciosa e intrusiva en un perímetro acotado, en un lugar sabido, bajo la propia responsabilidad. Esta es la clave para salir del pozo sin fondo. Suma y sigue en el desglose: demasiado contemporizar, un exceso de nefasta tolerancia hacia la actuación ajena, deriva en una inconveniente laxitud del criterio y en una atrofia de los reflejos. La causa de la causa es la causa del mal causado.
    Sí, la omisión es una conducta perversa. Por mucho que se la justifique, y motivos para diseminar argumentos en pro de la víctima de abuso de confianza y usurpación de personalidad y funciones no faltan, la ausencia de respuesta contundente con marchamo de autenticidad al cotidiano desafío de vivir en el mundo pasa factura: por tonto, indeciso y confiado.
    Suspiro, hondo suspiro; aire que entra deprisa, a llenar los vacíos, aire que sale despacio, tentador.
    Quizá esa mesura arraigada al comportamiento le proporcionaba una mayor carga de tribulación que el origen de la desdicha. En realidad, los varios orígenes arquitectos en pirámide de la desdicha.
    ¿Y ahora qué?
    Ahora corresponde digerir el trance de ira. Luego, necesariamente en breve, unos minutos, unas horas, tendría que coger el toro por los cuernos y rematar la faena.
    Triste. Tantas largas cambiadas, tanta retórica, tanta ceremonia de adiestramiento para acabar solo, desvirtuado y expuesto, reconvenido de dentro afuera, burlado en la medida de los hechos y sacudido por los tentáculos de la mentira, ahogado por la opresión del engaño y desnudo e inerme ante las manidas tretas del fingimiento.
    Menudo papelón.
    Vaya, vaya...
    La impotencia desespera. Es una sensación de querer y no poder elevada a la enésima potencia. Nada de cuanto se pretende consigue traspasar la frontera trazada por el manejador de los hilos, impermeabilizada hasta del aliento.
    Un fiasco, además.
    La rabia sulfura, llega a cegar y paraliza la capacidad intelectual y la motora salvo para lanzar piernas, brazos y cuerpo contra la ficción de monstruos reptantes; pero también pide venganza, lo que es síntoma de lucidez en el aciago día que el cerrojo y las bisagras de la caja de Pandora han cedido. Hacer algo, tal cual la voluntad en liza, es la demanda a quien puede tomar la decisión; hacer algo, lo que sea y pronto para remediar el mal causado o para impedir que aquello tan perjudicial continúe avanzando. Sin recurrir a bálsamos aliviadores o placebos: acciones directas, acciones reales.
    Eso es: reacción.
    Reaccionar a favor de o en contra de, indistintamente. La traición merece un castigo ejemplar; también la revelación de secretos o la violación de la intimidad, y las afrentas, las injurias o las calumnias. Han de ser castigadas las conductas nocivas, los aprovechamientos fraudulentos y las falacias. Las palabras que mienten, a sabiendas del engaño, deberían volatilizarse en un espacio de estricta justicia habilitado de urgencia al sonar la alarma.
    ¿No la habías oído? ¿No hubo alarma trepidando en la antesala de la desafección, en el preámbulo de la puntilla, en la nota al margen de la obvia declaración de intenciones?
    Porque era obvio. De ahí el dolor. Una lanzada en la zona débil, en la zona desprotegida, en el ámbito de los sentimientos vulnerables.
    Con las cartas sobre la mesa, repartido el juego, es momento de obrar en consecuencia y, sin trampa ni cartón, asumir la parte de culpa inherente a un comportamiento pródigo en cesiones e idealismos. Limando, a continuación, las aristas, por lo general filosas, para que las heridas cicatricen al contacto de un remedio eficaz.
    Respira acompasado, consciente de la dificultad tanto como de la luz al final del túnel, que de esta sales. Con bastantes pelos en la gatera pero la integridad incólume, valga la redundancia.
    Todavía hay elección, y mientras sea posible elegir del mal el menos. De menos a más, en ascenso, con escalas, sin fatigas añadidas ni lastres evitables, aprestada la iniciativa, firme el propósito.
    Recuerdo que estaba furioso, quizá como nunca lo había visto, casi daba miedo acercarse; desencajado, contrito y ausente, una estampa para olvidar. Era la viva imagen de cada uno, de cualquiera de nosotros, superada la censura de la apariencia social. Entonces me pareció sincero, habiendo tocado fondo, condición imprescindible, y dispuesto al interrogatorio para recobrar el pulso a la confianza.
    De los errores se libra uno reconociéndolos, enfrentándose a ellos cara a cara, con el ánimo de superar el escollo. Sólo es posible librarse de los errores, al menos del segundo tropiezo en la misma piedra, aceptando que hay otras formas de ser y estar tan adecuadas, personales y dignas como fue la precedente hasta agotarse en el enésimo intento.
    ¿De acuerdo?
    Pues ya caminas en la dirección correcta.