miércoles, 1 de julio de 2009

Idiotismos, asimilaciones, tendencias y otras especies contraproducentes



Un adagio que por ilustrativo y acusador, como otros que buscando se encuentran, padece severo confinamiento en la inducida ignorancia, tan del agrado al común de los mortales dirigidos y sus dirigentes. Reza lo siguiente: Se es como se piensa.
    Ni que decir tiene cuántas formas léxicas, coloquiales o menos, cultas o a la zaga, presenta el rescatado para la ocasión que impulsa a escribir; casi tantas como el número de lenguas que la madre latín ha dispersado con tiempo y constancia en una porción considerable del planeta Tierra.
    —Permítame la apostilla, que viene a cuento: Para ser hay que pensar.
    —Bien traída la acotación.
    Los mecanismos para ejercer el dominio fáctico de una sociedad, entendida como el conjunto de los individuos que la constituyen, sirven eficazmente también para destruir un sistema de valores. A nadie con dos dedos de frente se le escapa u oculta que la supresión de voces, palabras y frases, y la eliminación o adulteración de conceptos, ideas y significados, conduce a la descomposición intelectual del conjunto, primero, a la alienación servil a los promotores, después.
    —Al cabo, puestos a desvelar el proceso, lleva a la fosa común.
    Es una tarea metódica, instrumentalizada desde los ámbitos de poder y difusión, ejercida durante años para conseguir la casi total implantación —siempre hay que dar opción estadística a los irreductibles—, pero de resultados visibles desde el inicio y contagiosos a nivel de pandemia.
    —Qué fácil se asume el dictado de los medios de comunicación imperantes y las portavocías unísonas.
    —Pues, sí; tristemente es como señala. No vamos a engañarnos a estas alturas.
    —Mi conciencia me castigaría si me doy a lo contrario.
    Vayamos al examen de algunas muestras tomadas aquí, allá, acullá y donde quiera fijarse el lector, acuñadas por la caterva vírica del progresismo político y acogidas con manifiesta disciplina por el resto, social y político, a sus órdenes.
    —Empiezo, con su permiso.
    —Disponga de él, faltaría más.
    —Latinoamérica, latinoamericanos, latinos por Hispanoamérica (Iberoamérica, en su defecto y complementariedad), hispanoamericanos, hispanos.
    —Sí, señor.
    Nadie parece que en público sea hispanohablante; claro que poca gente en público proclama que habla en español.
    —Sigo. Coste cero, tolerancia cero, por gratis o gratuito o sin coste, intolerancia o sin tolerancia.
    A mí me gusta incidir en el emético estepaís, expresión cumbre de la posmodernidad, fusión cultural y cultual cimera del nuevo orden, pronunciada de carrerilla y con sonoridad biliosa y engolada, enseña reiterativa del desarraigo, la soberbia, el menosprecio y la cesión incontinente a los ideólogos del relativismo.
    —Hay qué ver y hay qué oír como la pronuncian unos y otros, maldita sea la falta de principios.
    —Malditos sean la cobardía, el acomodo y la estulticia titulada.
Desprecio y descrédito obvios a lo nacional; probablemente porque es nacional. Nacional suena a Nación, a Nacionales, a España, a español, a Historia de España, a sentimiento nacional, a tradición, a raíz.
    —A victoria que reconcome a los derrotados, enemigos de fuera y dentro, en mayor número dentro, medrando en el interior.
   —Sempiternos enemigos y hasta hace unas fechas continuamente derrotados.
    La cosa pinta negra a la vuelta de la esquina. Negra para unos, roja para otros. Quizá los gustos se visten de colores como los campos en la primavera. De colores.
    —De color rojo y gualdo o de colores rojo y gualdo. ¿Qué es eso de la roja?
   —Otra maledicencia, otra perversión, otro peldaño que desciende al tenebroso abismo del silencio cómplice. Los colores nacionales, en todos los órdenes y en todas las esferas, son el rojo y el gualdo.
Cuesta aceptar una derrota completa, notoria, mayoritaria, esperada, sustancial e imprescindible. Valga un ejemplo que suele aflorar en tertulias que abordan la cuestión: el día que Israel pierda una batalla, además de la guerra habrá vivido su último día en ese fatídico. La derrota de los Nacionales entre 1934 y 1939 hubiera supuesto el fin de España; con su victoria, que fue la victoria Nacional, alcanzada oficialmente el 1 de abril de 1939, consiguió España seguir sumando días. Las pruebas son concluyentes.
    —¿Hasta cuándo?
    —No podría decirle.
   —Yo sí le digo que en el presente tenemos lo que nos merecemos, maldita sea. Pero no tenemos entre tanto funcionario ahormado al Presupuesto General del Estado en sus múltiples deficitarias derivaciones ni en el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, al menos reconocible de una ojeada o por un discurso convincente, nadie con quien identificarnos salvo...
    Resignarnos al mal menor arteramente establecido.
    —Qué asco.
   El mal menor, el menor de los males, la adhesión inquebrantable, la fidelidad sumisa.
    Sobrevuela con frecuencia el páramo renegrido un sonsonete urente: Respetamos la sentencia (aun sin compartirla o compartiéndola).
    —Yo respeto la memoria de mis difuntos, pongo por caso; las sentencias se acatan o se apelan si ha lugar.
    —Si procede, la sentencia judicial, que de ella se trata, se acata o se apela a instancia superior, por supuesto judicial. Lo de respetar es otra adaptación costumbrista para consumo indocto.
    —Salvo...
    Salvo que sea usted de la cuerda hipócrita progresista o nacionalista en mayor o menor grado expoliador y separatista, con lo cual las sentencias se las pasa por el forro, de ellas hace chanza y toma a chacota o las endosa, para redondear la faena de mofa y befa, a esos denunciantes de abusos de poder fáctico —que es el real— y otras prácticas por el estilo para que, hasta que el cuerpo aguante y cabeza y ánimo soporten con entereza, argumento y fuerza los asedios de concertadas querellas, clamen en el yermo por la evanescente Justicia.
    —Déjeme subrayar esto, ande.
    —Le extiendo mi aquiescencia.
   —Léase anteriormente, la ley de la enseñanza del español, las vacaciones fiscales, los cupos-conciertos de orquestación dineraria, las apropiaciones fraudulentas de bienes...
    Vocación de memoria la de algunos. Qué cierto es aquello de que los políticos y los cómicos perviven gracias a la mala memoria del espectador, del votante; y de una extraña simpatía que acepta el ser devorado por su criatura.
    —Continúo con la exposición.
    —No se prive.
    —Alégase por el interesado, y beneficiario de la nómina, que siente vocación de servicio público; lo que traducido a román paladino significa: aspiración a vivir del presupuesto público.
    Y esa supuesta vocación de servicio público la airean en tono de mitin compulsivo con visaje perturbado y ademanes de vesania.
    Prefiero elegir entre personas de marcado altruismo, inteligencia descollante para las causas justas y acendrada conducta, que tienden a lo largo de sus admirables existencias a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes y demás seres vivos y elementos de la Naturaleza. Esto sí que es una utopía y no la que preconizan los rojiverdemorados.
    —Sin distinciones gregarias o ideológicas, a ser posible.
    —Es posible.
    —Incluso en la información meteorológica.
    Es el colmo. A la proliferación de errores que uno no sabe si achacar a falta de formación o a exceso de confianza o a simple necedad sin eximentes, ha saltado a escena una innovación posicional de muy hondo calado. Óyese con la suficiencia de la certeza por quien habla que, por ejemplo, lucirá el Sol (o cundirán las brumas) en la parte derecha del mapa. Sin especificar desde qué situación visual, si en anverso o reverso, si enfrente del mapa o el mapa frente al observador que busca conocer la acumulación nubosa o el despliegue radiante del astro rey.
    —No haga usted caso, que a lo mejor la referencia era política y no meteorológica.
    —Quiere usted decir que a lo mejor, tal vez por casualidad, la referencia era al juego del escondite o aquel otro todavía más intrigante: ¡Averigua dónde está! ¡Averigua quién es!
    Uno no sabe dónde está la derecha en el mapa meteorológico ni en la contienda política. En cambio, sé situar en el mapa, en la tierra, en el mar y en el cielo a Poniente y Levante, a Oriente y Occidente.
    ¿Será que me he abonado a la quisquillosidad? ¿Será que, indefectiblemente, la edad me condiciona? ¿Será que me encaramo en la intransigencia para no ceder un ápice en lo inaceptable?
    —Sea como fuere, si le parece y porque la época invita, demos con los huesos y el seso en la nebulosa vacacional, unos días. Ya que no disponemos de vacaciones fiscales como los siempre afortunados, tomémonos un asueto discreto.
    —Secundo la propuesta. Pase usted unos días agradables y en buena compañía.
    A ver si localizo la parte derecha y departo con ella de honras, reconocimientos, convicciones, logros y sentimientos. A ver.