miércoles, 10 de diciembre de 2014

A ninguna parte



Dice, oigo: "Estoy aquí". Con voz incierta, oscilante, que apenas llega desaparece.

    Le pregunto dónde está. Le pregunto qué hace. Me pregunto si me oye. Me pregunto que hago y dónde estoy.

    No me asiste la certeza. 

    Aun así miro, hablo y pretendo escuchar la voz que va y viene desde una figura que baja o sube o mira o espera.

    "Soy yo, estoy aquí", dice, oigo.  "Ven", pide. 

    Todavía no entro o salgo ni estoy aquí o allá: arriba, abajo, fuera, dentro. 

    Digo: "No quiero".  Me voy. Digo: " Adiós".



Maurits Cornelis Escher: Relatividad (1953).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La sofística

Sofista es el que produce argumentos aparentes e intrincados si la necesidad acucia para defender una proposición falsa; es sofista el que está dispuesto a defender con idéntico objetivo cualquier proposición, sea verdadera o falsa.



Invitan los acontecimientos y aconsejan las circunstancias repasar en síntesis documentada las oscilaciones históricas e intelectuales de la sofística.

    Una larga transición degenerativa desde la refinada sutileza hasta el recurso necio.

   En el mundo antiguo, en la Grecia del siglo V a. C., emergió un movimiento cultural denominado sofística que, mediante el análisis del lenguaje y su utilización para influir en los ciudadanos, intentaba renovar los hábitos mentales tradicionales. Los sofistas eran los sabios los "maestros del saber", según la definición académica antes citada, que en virtud de la primera crisis de la filosofía aparecieron y proliferaron en Grecia convirtiendo el periodo cronológico en antropológico. No obstante, la evolución interna del pensamiento helénico, la citada crisis, no justifica por sí misma el fenómeno sofístico, ya que son fundamentales causas históricas tales como el descubrimiento de un nuevo mundo en Oriente, la formación de una conciencia nacional o común y la irrupción de las masas en la vida pública; entre otras colaterales.

    El sofista, pues, caracterizaba la dualidad ejerciendo la controversia: era el maestro de sabiduría y también el elaborador de razonamientos falsos y capciosos:

"Cuanto más queso, más agujeros.

Cuantos más agujeros, menos queso.

Conclusión: Cuanto más queso menos queso"

    Al sofista se le acusaba de ser un mercenario por enseñar, aleccionar o adoctrinar a sueldo a lo que hoy añadiríamos el altamente remunerado cargo, la valedora prebenda o la convincente protección y se le denunciaba como falso dialéctico, como un mistificador de la palabra. Fueron llamados sofistas los que mezclaron la doctrina de la habilidad política con el arte de la elocuencia y desplazaron su profesión del ejercicio al discurso. El sofista, adscrito a la escuela erística, abusa del procedimiento dialéctico hasta el extremo de convertirlo en vana, huera, irrelevante, disputa.

    Se denomina erística al arte de la disputa. Si esta disputa se entiende como un procedimiento dialéctico en el sentido que tiene la dialéctica en Platón, entonces el método erístico y el método dialéctico coinciden y no son tomados casi nunca en sentido peyorativo, ni siquiera cuando se rechazan como insuficientes o como escasamente probatorios. Si, en cambio, la disputa tiene como fin la propia disputa, la erística degenera en sofística y la interpretación del método erístico da lugar a juicios desfavorables.

    La necesidad de convencer y, especialmente, de refutar acaba sobreponiéndose al afán de verdad y al deseo de forjar racionalmente un universo armónico. El sofista adquiere popularidad no por la ciencia que expone sino por la interpretación o adaptación o desviación interesada que de ella hace. Y del sofista convertido en una fuerza social se deriva el abuso de la retórica, de la elocuencia y de la enseñanza de estas artes por encima de los saberes propiamente reconocidos.

    Hay una insoslayable distancia (léase flagrante contraposición) entre la conducta del sabio, el sano sentido común, y la del sofista, la artificiosidad. La misma ineludible distancia que entre la seria búsqueda de la verdad y el juego intelectual propio de arribistas y cultivado afanosamente por los mediocres.

    El hecho de que la sofística sea la expresión de crisis históricas y espirituales más que el resultado de la evolución interna de un pensamiento, se revela al considerar que más que el problema de la esencia del ser se planteaba el problema de un conocimiento válido de la Naturaleza, de una verdad en la que pudiera confiar el hombre. Y este problema se transformó bien pronto: A la pregunta por un saber universalmente válido se superpuso inmediatamente la pregunta por una ley universalmente válida. El hombre desconfiaba de la eternidad de la ley, advertía que las leyes eran cosa humana; por lo tanto, precarias y transitorias.

    La sofística nace de una desconfianza moral grandemente inducida. Si con posterioridad la sofística ha degenerado, si de ella ha devenido la acepción del sofisma como un razonamiento incorrecto, formulado con plena conciencia de su falsedad, es porque se ha olvidado -y puede que hasta denostado- la crisis por la cual surgió y el hecho de que fuera uno de los intentos para superarla.

    En tiempos más cercanos al calendario, la sofística se explica como una constante cultural. La historia moderna, en el ámbito mundial, desborda de ejemplos donde se manifiesta la tendencia a anteponer argumentos -seudoargumento filosófico, seudoargumento político- a las doctrinas sobre las cuales se argumenta. En este sentido, la sofística designa la actitud de quienes buscan ante todo el triunfo dialéctico frente el interlocutor o adversario, sin cuidarse de si al alcanzar semejante triunfo han defendido o no una tesis que se supone verdadera.

    Un discurso atinado no encierra trampas dialécticas, aunque no está precisamente exento de metáforas; de él se desprende la exigencia de hablar con palabras y no con frases o eslóganes y que a las cosas se las llame por su nombre o por sus amplificadores vocablos, sin oropeles y en su momento, despachando con cajas destempladas los contraproducentes eufemismos de esa hipócrita, de esa nefanda terminología de la corrección política. Nadie que defienda principios y acopie por mérito dignidad, se avergüenza de hablar un español diáfano, esencial, contundente y arraigado.

    Sofista es el que produce argumentos aparentes e intrincados si la necesidad acucia para defender una proposición falsa; es sofista el que está dispuesto a defender con idéntico objetivo cualquier proposición, sea verdadera o falsa. El sofisma (o vicio de forma, o falacia) es una refutación aparente refutación sofística y también un silogismo aparente -silogismo sofístico, silogismo erístico-, mediante los cuales se pretende defender algo falso y a la vez confundir al contrario.

    En definición de Aristóteles: Sofisma o falacia se denomina a una refutación aparente y también a un silogismo aparente, mediante los cuales se quiere defender algo falso y confundir al contrario.

    Hay dos clases de argumentos: unos verdaderos y otros que no lo son aunque lo parecen; estos últimos son los sofismas o refutaciones sofísticas. Los sofismas extralingüísticos tienen las causas siguientes: confusión de lo relativo con lo absoluto, ignorancia del argumento, confusión de la causa con lo que no es causa y reunión de varias cuestiones en una.

    Conviene recordar a menudo la conducta artificiosa del sofista y su vacua dialéctica. A la lengua se la vapulea con tanto consenso espurio, con tanta poda excluyente, y al hablante de a pie se le cohíbe, se le coacciona con la injuria o la calumnia si aplica la palabra correcta al concepto pertinente. A la pifia de confundir el sustantivo con el adjetivo, que ya es desfachatez y huera componenda, se le une el despropósito, pernicioso donde los haya, de omitir el nombre.

    Según John Stuart Mill, una lista de falacias equivale a un catálogo de variedades de evidencia aparente que no es evidencia real, por lo que las falacias excluyen errores cometidos por casualidad.

    Falacias de generalización que incluyen los intentos de reducir fenómenos radicalmente distintos a una sola clase "falacia reduccionista", la falacia de confundir leyes empíricas con leyes causales, la falacia de la falsa analogía, el uso inadecuado o desmedido de metáforas y las consecuencias de malas clasificaciones.

    Juegos malabares. Politiqueos de baja estofa, pero de alto rendimiento y eficacia probada, apoyados en la burocrática letra de los reglamentos. Haga usted las leyes y déjeme a mí los reglamentos; déjeme a mí la aplicación que me interese cuando me convenga.

    La historia es tozuda. La historia es la que es. La historia es de una tenacidad a prueba de falsificaciones y componendas, omisiones o propaganda. La historia es lúcida. La historia es pródiga en acontecimientos redundantes. Los documentos históricos la historia ciertamente documentada con sello, firma y fecha son formidables proveedores de información, conocimiento y cotejo; y eso pese a los cíclicos sicarios de la falsía, rehace endebles memorias, portaestandartes de una historia jamás habida.

    La historia es de una tozudez aplastante.

    De una terquedad apabullante es la historia; claro que mejor si la cuentan en sus episodios los protagonistas reales, por clarificador escrito o esmerada transmisión oral. Preferible si la historia en toda su ramificada extensión, en cada uno de sus peregrinos vericuetos, la explican los verdaderos actores no sus réplicas de atrezo al receptivo y fiable destinatario.

    Es característico de "los dialécticos" considerar su mayor victoria su gran proeza la derrota del contrincante, opositor u oponente, ganándole la partida por medio de argucias. Sutilezas, sofismas que emprenden una carrera con la propia sombra. Añagazas que no conducen a nada positivo para la sociedad, ni esclarecen los enigmas ni satisfacen decorosamente a las personas; pero que pueden y de hecho consiguen demasiadas veces silenciar un eco contraponiendo un grito.

    O una diatriba.

    También.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Absorta



Casi transparente ella, como una figura de cristal. Tan cerca del mar que su brisa y su sabor eran el mismo aire respirado con placer, su traje y el impoluto velo de gasa.

    Sentada y entretenida en disponer la captura del instante desde un encuadre alto y oblicuo, que abarque el vaivén de las olas con sus espumeantes diademas.

    Absorta, prendida por un inmediato pincel; casi transparente.

Joaquín Sorolla: Instantánea (1906).

martes, 18 de noviembre de 2014

Una imagen viva



Estamos vivos y escapados de la fotografía. No aparecemos insertos, por más que se busque, en el recuerdo decorosa y sentimentalmente conservado en la guía de la localización, el suspiro y esa frase pertinente renovada o incorporada según la época de revista. Una enciclopedia compuesta por tomos gruesos, de sobrio grabado, donde recalan con su anuencia o pese a su infructuosa oposición las instantáneas de vidas familiares, allegadas o fortuitas y evanescentes como los díscolos fantasmas.
    Muertos y vivos. Todavía vivos o aún muertos, con cara de vivo o con el rostro propendiendo hacia la muerte cual anticipo de lo que indefectiblemente habrá de suceder un día como otro cualquiera y alguna vez a voluntad. En disposición al encuadre o pillados en una relativa sorpresa derivada en sonrisa, risa o comprensiva exclamación. Captura, arrebato, plasmación, efeméride. De ahí a la posteridad, sometidos sin posible o con mermada defensa al juicio temible sea benévolo o mordaz, sea certero o incoado en varias imaginaciones con propósitos dispares. Localización, suspiro y frase. 
    Era tan alegre, se hacía querer. Qué hombre tan animado... y gentil, apegado a la vida, ¿verdad?
    Verdad de la buena.
    Servicial como pocos.
    Está muerto el pariente animado y gentil, dicharachero, el alma de las antiguas fiestas, aunque la fotografía derroche vitalidad y se haya plastificado.
    Con el inexorable paso de los días y los años, la vida cambia a otro estado del que se tiene noticia en una primera fase: la evidente, la certificada por un facultativo e inscrita al cabo, por imperativo legal y conveniencia sucesoria, en el registro correspondiente. Un estado del que se carece de noticias fidedignas más allá, dígase lo que se diga, cóbrese o páguese. Mejor así.
    ¡Dónde va a parar! 
    Algunas fotografías reflejan acontecimientos venideros con una fiabilidad que estremece. Claro que, a toro pasado, lo de: "Ya lo decía yo", carece de valor.
    Así cualquiera.
    Me lo dirá usted a mí.
    Insisto en lo anterior; algunas imágenes nos trasladan hacia el futuro con garantía de acierto. Rostros y gestos que acogen, no sé si contra su voluntad, una consecuencia. Observe quien así lo estime oportuno, las fotografías de nacidos antes de una catástrofe, natural o inducida por la humana tendencia, y en ella o por ella fallecidos; probablemente advierta un signo precursor del drama. No voy a poner ejemplos para no entablar agravios comparativos en el círculo de afines.
    Se nota, yo lo he notado. 
    Es una delación aportada fuera de plazo.
    Pues vaya.
    Queda en el aire un tanto condensado de la reflexión, con el tomo de la historia en el regazo o sobre la mesa o acunado respetuosamente por manos entonces delicadas, la confusa semejanza entre lo que fue y lo que pudo ser, así como la capciosa similitud entre lo que se ve y lo que se cree distinguir.
    Forma parte del juego de la vida el recrear las circunstancias que la condicionan. También forma parte del juego de la vida el conceder espacio al misterio, a lo inasible, a la posibilidad. Como cuando azota la terrible desgracia, la insufrible incertidumbre de la desaparición. La sacudidora y al tiempo esperanzada visión fotográfica de la persona que es y no está, arrebatada de su mundo para conducirla a un estado legal de tránsito entre la suposición y la sentencia.
    Abatidos por la congoja esperan y desesperan tanto los que piden como los que anhelan.
    Es la muerte en vida para unos y los otros.
    Una nube de tristeza es empujada por la algodonosa nube de la resignación,  después de un paréntesis cuyo cierre ni se atisba; una resignación forzada, benevolente con el continuado sufrimiento; casi como un bálsamo que atempera el ánimo hasta el desenlace terrenal que, con fe, augura un encuentro en lugar protegido de tamaña desdicha.
    Una página triste.
    La que más.
    La siguiente, mediado el tomo, pretendida al azar: "A ver qué depara", brinda sosiego, paz espiritual, alivio en suma. Renace el vivir cotidiano con tintes activos, aflora el sentimiento pícaro, el deleite del añadido morboso acotado a los supuestos devaneos, las concupiscencias presumibles, los conatos de aventura imposibles de discernir cabalmente entre el acarreo gratuito y muy interesado por el motivo que a cada cual incumba de ornatos y de nimbos.
    De vuelta a las nubes.
    Eso parece.
    Nosotros, como las nubes que vienen y van, caprichosas en la forma y en el matiz, próximas aunque distantes para no ser atrapadas sino por la mirada afectiva de un viajero curioso, estamos vivos y escapados hasta la fecha del inmutable retrato.
(De la obra Piezas sueltas)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Genio y figura



Hay que verla, como ida, sofocada por el desconcierto. La noticia, una noticia impensada, inverosímil noticia que excede el bulo y asaetea el noble linaje del sentimiento, es la causante de su aflicción.  En la plaza pública y al inapelable juicio de las gentes de bien exterioriza su amargura, acendrada enemiga ella del disimulo, negada a la transacción con los emisarios de la nefanda tendencia anuladora.
    Acuna en brazos inquietos, cual objeto precioso de color esmeralda usado con filigrana de oro, un ejemplar ilustre de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Edición IV Centenario, adornada con 356 grabados de Gustavo Doré, enteramente comentada por Diego Clemencín y precedida de un estudio crítico de Luis Astrana Marín, más un índice resumen de los ilustradores y comentadores del Quijote por Justo García Morales. Puesto a disposición de todos los que sepan leer y quieran desde la mágica lectura comprender los avatares de la vida.
    Anuncian a todos los que a escuchar alcance y a ella, además, voces presas de la congoja, que disposiciones políticas de nuevo aunque añejo cuño repudian a Cervantes, a don Miguel de Cervantes Saavedra el manco de Lepanto, el cautivo de Argel, un español ejerciente, el egregio nombre de la Literatura Universal, en Patria por él amada y magistralmente descrita en sus pormenores.
    Repudiado por español y por inteligente. Repudiado por esos que no gastan ni de lo uno ni de lo otro. Repudiado por la envidia; qué mala es la envidia.
    "Cosas veredes, mujer valiente, y qué cosas"
    De ser ciertos los visos de la mala nueva, la mujer sosteniendo el libro maestro quedará voluntariamente excluida de esos aconteceres que conforman el pequeño mundo asimilado, otrora contemplados con ojo atento y estómago en desasosiego; más bien calibrando el grosor de la maroma que estira o empuja en el cotidiano existir.
    Aun siendo cierta la terrible noticia cuando el río de la inquietud suena pesar lleva, promete cabalmente no ceder a la resignación de mirar por encima de los muros o por el ojo de la cerradura lo que fue y lo que habrá de venir; promete, en segunda instancia, no abonarse al rencor habiendo acopiado desdén y sin renuncia expresa al encaje en un algo similar a la reafirmación,  también denominado orgullo de la dignidad y de la honrosa tarea por delante. No hay mejor desprecio que no hacer aprecio, musita al viento céfiro.
A mirar con los ojos del rústico Sancho se destina ella en un arrebato exigente. Acude a la morada del fiel escudero en busca de consejo y apoyo.
    Dime, buen Sancho: ¿qué tercian en diálogo fraternal Babieca y Rocinante?

B: ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R: Porque nunca se come, y se trabaja.
B: Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
R: No me deja mi amo ni un bocado.
B: Anda, señor, que estáis muy mal criado, pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.                    
R: Asno se es de la cuna a la mortaja. Ja. ¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.
B: ¿Es necesario amar?
R: No es gran prudencia.
B: Metafísico estáis.
R: Es que no como.
B: Quejaos del escudero.
R: No es bastante. ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia, si el amo y escudero o mayordomo son tan rocines como Rocinante?
 
    Dime, Sancho: ¿dónde he de hallar a don Quijote? Dícteme tu sabiduría cuántas distancias tengo que recorrer para alcanzar la cordura.
    Ella, que aletea en el claroscuro, tiene amistades ficticias que son reflejos batalladores en pro y en contra de la hacedora, a las que concede su inventiva en el desarrollo de situaciones diarias desde su peculiar observatorio. Estas amistades imaginarias, sueltas de la inclusa, practican el guión libre; o sea, triscan como duendes que tiran doquiera apetezcan y al salto de tapia, burlescos y burladores, sátiros de la tienta bailando el agua en corro al ofuscado don Quijote, penitente en la intrincada floresta de Despeñaperros. La viveza con que su alentada imaginación recrea esas amistades dotadas de franquicia la llevan a experimentar todas las pasiones como si realmente le hubiesen sido adjudicadas. Forzada a recobrar el tino una o dos veces al día, a su pesar, soporta estoica el trance para al cabo ceñir los estribos de su cabalgadura esquivando las zonas mediatizadas por el anuncio oficial.
    Gracias, amigo Sancho, por traerme a lomos del impetuoso Clavileño. Quédate tú también y conmigo cuida del Caballero en esta hora maldita de dislate y subordinación.
    A su lado, acompasada la marcha de fuga y cierre, con el sano juicio en la visera prosperando cual gallardete, don Quijote, genio y figura, previene a Alonso Quijano -ya el hombre cerciorado y preso de la repercusión de las aventuras montaraces- sobre la imposibilidad de atar las lenguas de aquellos maldicientes:

    Que es tanto como querer poner puertas al campo o coto a la hidalguía.

    Permite, Sancho, que me dirija al Caballero de la triste figura y el honor en ristre con palabras de certeza.
    "Entienda vuesa merced que los mal curiosos, los chismosos, los tratantes, los famélicos de espíritu e inteligencia, los parasitarios, los blandos, los traficantes, los esquinados, los arribistas, los mandatarios de poder excluyente, los mediocres y los envidiosos son los culpables de la histórica decadencia española y de la vergonzosa circunstancia del extrañamiento de la patriótica labor de sus próceres".
    Amigo Sancho, no le guardes el secreto y cuenta a todos los que presten oído dónde encontrar la esencia de la literatura.

Y con esto, Dios te dé salud y a mí no olvide. Vale.