viernes, 29 de julio de 2016

De afeites y disimulos

 
El uso y abuso de la perfumería y la cosmética fue de antiguo censurado por voces eminentes. Tanto a hombres como a mujeres, más a ellas que a ellos en honor a la verdad, alcanzó la burla, el reproche y la extrañeza por parte de mujeres y hombres que no entendían el motivo del celo y del exceso por camuflar defectos propios de la condición humana o, incluso, fingir aspectos físicos y engañar con apariencias falsas que antes o después salen a la luz acentuada su carga de fealdad y también carencia.
 
Baltasar Gracián reconvino el recurso femenino de tales artes valiéndose para su crítica de autoridades clásicas como Aristóteles, Menandro, Antífanes, san Cipriano, san Ambrosio, san Clemente Alejandrino, Tertuliano, san Pedro y san Pablo.
    Los arreglos femeninos, en especial, sufrieron el señalamiento disgustado en la literatura de la Edad Media, siendo el Arcipreste de Talavera uno de los destacados atacantes.
    En la época barroca, viajeros europeos por España describieron las prácticas decorativas de cara y cuerpo con asombro y desagrado.
    Antoine Brunel escribió: "[las mujeres] se ponen las mejillas de color escarlata, pero de un modo tan grosero que parecen haber trabajado para disfrazarse más bien que para embellecerse".
    Robert Alcide de Bonnecase afirma que "[las mujeres] se pintaban tanto que apenas se les podía ver la piel".
    Madame d'Aulnoy (Marie-Catherine le Jumelle de Barneville, Baronesa d'Aulnoy) cuenta de una de sus amistades: "cogió un frasco lleno de colorete y con un pincel se lo puso no sólo en las mejillas, en la barba, en los labios, en las orejas y en la frente sino también en las palmas de las manos y en los hombros. Díjome que así se pintaba todas las noches al acostarse y todas las mañanas al levantarse; que no le agradaba mucho acicalarse de tal modo y que de buena gana dejaría de usar el colorete, pero que siendo una costumbre tan admitida no era posible".
    Enrique Cock afirma que "las señoras y las jóvenes desfiguran su rostro y su belleza natural por medios artificiales y así engañan miserablemente al pobre diablo que cae en sus redes".
 
Personalidades de las letras nacionales inciden en el desagrado que les produce el dispendio de arreglos para eliminar o encubrir taras o despliegues naturales. Francisco Santos, en su Día y noche de Madrid, menciona a las "quitadoras de vello" a domicilio, que iban de casa en casa celestineando y vendiendo productos de cosmética: "canutillo de albayalde, solimán labrado, habas, parchecitos para las sienes, modo de hacer lunares, teñir canas, enrubiar el pelo, mudas para el paño de la cara, aderezo para las manos."
    Lope de Vega, en El llegar en ocasión, versifica burlesco a una sufrida beldad por artificio:

Martirizábase toda

con mudas, aceites y aguas,

y por momentos tenía

todo el Gran Turco en la cara.

Abusos que no eran exclusivos de las damas, jóvenes o viejas, pues desde épocas tempranas los varones dieron en emperifollarse con el mismo o mayor esmero e idénticos o parecidos resultados y señalamientos reprobadores.
    Bartolomé Ximénez Patón en 1639 editó su Discurso de los tufos, copetes y calvas, donde denuncia a los caballeros con afición a la cosmética y avisa a las damas de que "no se dejen engañar destos enrizados con tufos, ni copetes, ni de los que se afeitan y componen la cabeza con ungüentos olorosos, ni de los que visten muy pulido y traen sortijas en los dedos", añadiendo a continuación y como advertencia: "los hombres envanecidos, teniendo paciencia para ponerse dos horas en manos de un barbero, con exquisita diligencia quieren ser afeitados y gastan más tiempo en hacerse la barba, torcerse el bigote, levantar el copete, peinar las guedejas y ampollar los cogotes, que la más hermosa dama".
    También las modas son puestas en el disparadero y no menos los símbolos externos de opulencia o influjo extranjero, frívolos y veleidosos, llevados a juicio y a la sátira.
    Fray Cristóbal Avendaño, reprensor de costumbres que califica de nocivas, clama tonante contra el lujoso esnobismo de los galanes de Madrid: "¡Qué de pavones en esta corte, que ya no aprecian para su adorno las sedas de Granada ni las telas de Milán! Ya tienen por cosa ordinaria las perlas ricas, los costosos diamantes. ¡Qué de galas inventan cada día, qué de libreas costosas dan a sus criados para mayor autoridad de sus personas!"
    Al mismo son, fray Juan de Luna, en 1609, se explayaba contra "los negros hombres que se miran con tanta o más atención a los espejos que las mujeres, y se componen tan despacio como ellas, [...] se afeitan el rostro y enseban las manos, y toda la mañana ocupan un paje con el espejo en la mano en que se están mirando los negros hombres, si merecen este nombre y no el de maricones afeminados..."
    El doctor Andrés Laguna, médico humanista dedicado a la farmacología y a la botánica médica, critica que "algunas simplecillas mujeres, dejando sus naturales y muy agraciados gestos, busquen otros postizos, y de tal suerte anden enjabelgadas con afeites puestos unos sobre otros que las podrán fácilmente cortar un muy buen requesón de cada carrillo".
    El humanista, filósofo y pedagogo Luis Vives, en una línea higienista que aparte el camuflaje de la práctica más natural y sana, reprende a las mujeres por no lavarse nunca la cara ni quitarse las costras que se ponían, acostarse emplastadas, levantarse de la cama emplastadas y estar en casa emplastadas.
    Y sea una pregunta de fray Luis de León, al hilo de su crítica a los afeites femeninos por naturales y pringosos, la que concluya esta exposición curiosa e instructiva, en alguna o mucha medida tan vigente hogaño como lo fuera antaño: ¿Y si las pone sucias [los afeites], como de hecho las pone, ¿cómo se pueden persuadir que las hace hermosas?"
 
Personajes y citas recogidos del historiador, economista y docente Pedro Voltes.


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miércoles, 27 de julio de 2016

Todavía no


Es un susurro.
    La sincera petición de un alma desolada; el consuelo de aferrarse a la última caricia, al penúltimo recuerdo, a la voz que aún preside los sentidos.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson: La muerte de Atala (1808).

 
No se enajena la voluntad a la resignación; todavía no. Todavía es el cuerpo el que envuelve al cuerpo, aún no es sayo o mortaja ni tierra húmeda o frío de ausencia el envoltorio que cubre la inefable muerte del cuerpo. Circula la sangre, remansada, y el corazón palpita, conmovido, en un cuerpo; los ojos entornados del que sufre, el abrazo celoso del que pierde, un grito inaudible que detiene el tiempo un instante. Uno; un solo instante sin tiempo después al que aferrarse.
    La eternidad dura un instante apasionado.
    Alumbra la belleza el momento de la despedida; la expresión de la despedida, una serenidad que lo será mientras la tierra espere a cubrir el cuerpo vencido. Mientras dure la luz parece imperturbable la prisa.
    La muerte, que ha llegado y ha partido, acepta la demora; ahora otros son sus cometidos.
    En un lugar recoleto, penetrado de fronda y tibia claridad, todo ha sido dispuesto para dar sepultura al cuerpo. Pero todavía no, suplica la vida.

 

Sólo será un momento, atestigua la experiencia.
    Mientras un manto de compasiva luz acompañe la vela. 
    Un deseo.

viernes, 22 de julio de 2016

Hollando cimas y navegando ríos


El zamorano de Castroverde de Campos (h.1480) Diego de Ordás fue un navegante, militar, explorador y adelantado español. También conocido por Diego de Ordax u Ordaz, falleció en un naufragio en la península de Paria, actual Venezuela, el año 1532.
    Joven inquieto, en 1509 viajó a Cartagena de Indias con la expedición de Alonso de Ojeda; y un año después integró el equipo investigador a las órdenes del cartógrafo y navegante Juan de la Cosa. De 1511 a 1519 combatió en la campaña de Cuba a las órdenes de Diego Velázquez de Cuéllar, cuya expedición debía conquistar la isla para anexionarla a la Corona española. Posteriormente formó parte de las primeras exploraciones de reconocimiento en los territorios hoy conocidos como Colombia y Panamá.
    Sin solución de continuidad se unió a Hernán Cortés para colaborar en la conquista de México hasta 1530. Episodios de la misma con intervención  destacada de Diego de Ordás son la batalla de Centla, contra el ejército maya, en la región de Tabasco, el 25 de marzo de 1519, y la conquista de la ciudad azteca de Tlaxcala en 1520, al mando de una pequeña tropa. A poca distancia de Tlaxcala emerge majestuoso el volcán Popocatepetl, entonces en erupción, lo que supuso una doble hazaña para Ordás al obedecer la orden de Cortés de que ascendiera a su humeante y atronadora cima a por azufre para fabricar pólvora. Acompañado en el tramo más peligroso sólo por dos soldados españoles desafió la amenaza del volcán y puso pie en la cima, el primer europeo en hollar aquel santuario. La admiración de propios y extraños fue unánime y hasta el rey de España, el emperador Carlos I, enterado del suceso y de las sucesivas proezas en los hechos de armas, a su vuelta a España decidió otorgarle en 1525 el derecho de poseer un escudo de armas que incluyera una vista del volcán. Así lo registra Bernal Díaz del Castillo en su crónica de la conquista de aquella parte del Nuevo Mundo titulada Historia verdadera de la conquista de la Nueva España; y concederle una capitulación para emprender la exploración y conquista de nuevos territorios.
 
Ese mismo año de 1525 regresó a México donde mantuvo su tarea y su vocación, conciliando ambas, fiel capitán de Hernán Cortés, de quien además era amigo; al extremo de que Diego de Ordás figura como el único afamado conquistador de Nueva España que asistió como invitado de honor a la segunda boda del ya mítico Cortés en 1929. En ese año se le concedió la propiedad del peñón de los Baños, en la demarcación de la ciudad de México.
    A partir de esa fecha abandonó la región para perseguir otros afanes, como el de localizar el anhelado lugar de El Dorado, que en aquella latitud se creía localizable en el frondoso interior de la actual Venezuela. En España obtuvo la licencia real para explorar y colonizar y el título de Gobernador de Amazonia, embarcando el 20 de octubre de 1530, en Sanlúcar de Barrameda y en Tenerife a mediados de noviembre, sus esperanzas más 500 hombres y 30 caballos para vía marítima, rumbo sur, llegar al punto de partida e iniciar el camino hacia el intrigante paradero de la jugosa leyenda.
    El encargo de Ordás recogía la orden real de explorar la costa meridional del mar Caribe y la septentrional de América del Sur, cosa que con esmeró realizó, descubriendo y remontando el río Orinoco varios centenares de kilómetros hasta su confluencia con el río Meta. Demasiadas penalidades y fatigas, aunadas a la carencia de víveres en buen estado impidieran seguir la exploración.

* * *


El descubrimiento y exploración del río Orinoco
Una nave capitana y tres carabelas formaban la expedición de Diego de Ordás que penetró el estuario del Amazonas. Al poco naufragaron las tres carabelas a causa de una climatología adversa y un medio que no le iba a la zaga. Ordás advertido del peligro de los bajíos se alejó del Amazonas en dirección Noroeste con el barco que le quedaba, conquistando esa vasta región litoral comprendida entre el río Marañón (Amazonas) y el territorio de Maracapana (predios alrededor de Caracas), desembarcando en Paria y tomando a su servicio la guarnición del fuerte de Sedeño. Fundo la ciudad de San Miguel de Paria en 1531.
    Dedico un tiempo a explorar el litoral y, satisfecho con el reconocimiento por suficiente o insuficiente, optó por remontar el curso del río Orinoco.
    Dos meses bastaron para construir la flota expedicionaria, compuesta por 280 hombres. El viaje supuso navegar contra la corriente del Orinoco ya en su último tramo, el de la desembocadura, a través de un terreno llano, de pradera salvaje por sus cambios estacionales: pasaba de extensión inundada a extensión desértica, surtida de hostilidad en sus habitantes ribereños, de lluvias torrenciales, acoso de insectos por doquier y descomposición intestinal.
    Los guías autóctonos, embarcados para tal cometido, señalaban arbitrariamente direcciones o fenómenos, confundiendo a los españoles. Pero es que, en realidad, nadie sabía nada de lo que se buscaba. Por fin, quizá por un acuerdo de necesidad, el rumbo tomado se dirigía al río Meta, afluente del Orinoco, nacido en las estribaciones orientales de la cordillera andina. No obstante, ante la falta de concreción en las señales o las intuiciones, Ordás enfilaba el Orinoco, remontándolo como al principio, hasta que topando con las cataratas de Ature, la aventura concluyó obligando al retroceso.
    La alternativa de seguir el curso del río Meta también quedó frustrada, pues era época de sequía y había disminuido tanto su caudal que era imposible navegarlo.
    Sólo restaba poner proa a Paria, río abajo.

* * *


Las circunstancias de su muerte no han sido plenamente aclaradas, aunque el año se sabe que es el 1532. Pudo morir en el naufragio del barco que le retornaba a España o cerca del golfo de Paria, también embarcado, pero a manos de algún enemigo.
    Como fuere, Diego de Ordás ha cosechado el reconocimiento de sus paisanos y el del gobierno de Venezuela, el año 1952, que fundó la ciudad de Puerto Ordaz, en su honor, a orillas del gran río Orinoco.
 

Diego de Ordás

Imagen de http://blog.todoavante.es


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miércoles, 20 de julio de 2016

Libitina Venus


Sinopsis de la novela.




Dos mujeres que acaban de conocerse juegan una partida de identidad. Tienen poco tiempo para convencerse de la razón de sus actos y, simultáneamente, demostrar a la adversaria de ocasión que el título de maestra sólo inscribe un nombre.
    Laura, que es la más joven, quiere ser como Elisa un rato, quiere experimentar lo que siente esa mujer investida de éxito a una edad aceptable para su percepción. Laura querría ser en un paréntesis de su vida, por ella elegido el tiempo y el lugar, como aquello animado o inanimado que aviva su innata curiosidad y su espíritu de conocimiento. Puede permitirse la licencia.
    Elisa, en cambio, quiere ser lo que ha conseguido ser, la ambición soñada, y no quiere perder su estatus ni un segundo, y no va a ceder un ápice en su trayectoria ascendente según el canon que ha asumido.
    Mito y realidad caminan juntos, flanqueados por la trilogía que Elisa ejerce y Laura modela: sexo, poder y concesiones.
    No hay ambición sin concesiones, ni número par sin su emanación impar, desvela Elisa.
    Erotismo, arte e historia juegan, a la vez, una partida de ayer a hoy con proyección de futuro.
    Ellas ven en ellos un deseo cumplido; ellos en ellas la satisfacción de una meta alcanzada. También la sinceridad y el engaño, el disimulo y la vía en paralelo, el guardar las apariencias y el manifestar los apetitos contienden en el mismo tablero.

 
Portada, datos editoriales y contraportada en el apartado Autor y obra.

lunes, 18 de julio de 2016

Opinión española sobre la guerra contra los Estados Unidos en 1898

 
Un ligero examen, no hace falta más, de los antecedentes de la guerra hispano americana y sus resultados, demuestra que la causa del desastre sufrido por España o ha sido otra que la ineptitud de su Gobierno.
    Mientras estuvo al frente del gobierno español el malogrado e inolvidable Antonio Cánovas del Castillo, la previsión y el acierto guiaban los actos de aquel respetable cuerpo. Podíamos decir que entonces España no temía ni provocaba la guerra y sin embargo tomaba las precauciones que la prudencia aconseja; en otros términos, se disponía a la guerra conforme al antiguo apotegma: Si vis pacem para bellum; es decir, estar prevenido contra cualquier emergencia.
    Ante los densos nubarrones que empezaban a oscurecer el cielo de nuestra Patria, el gabinete Cánovas gestionó la compra de buques de guerra poco antes de su trágica muerte, a manos anarquistas, en el establecimiento balneario de Santa Águeda.
    ¿Por qué el gabinete sucesor no dio cima a estas gestiones? No se sabe, y nadie podrá dar una respuesta que disminuya, siquiera en algo, los graves cargos hechos al gabinete de Sagasta por su falta de patriotismo.
    Nadie se explica, sin que sobrevuele la sospecha de una traición, cómo aquellos arreglos para la compra de buques de guerra hayan sido abandonados en víspera del conflicto con los Estados Unidos.
    Con la desaparición de Cánovas del Castillo principian los errores y las torpezas del Gobierno.
 
El gabinete presidido por Práxedes Mateo Sagasta abandona la política de su predecesor y sigue una línea de conducta opuesta a los intereses de la Nación. No así el gobierno americano, que mientras ensaya la puntería de los cañones de sus numerosos buques de guerra, aleccionaba al cónsul Wildam en Hong-Kong y al ministro Woodford en España para que, obrando de concierto con los planes ideados por el presidente William Mc Kinley, preparase el resultado que la diplomacia maduraba desde mucho tiempo atrás.
    El cónsul Wildam, que estaba muy cerca de nuestro archipiélago filipino, conoció a la perfección la falta de defensas e estas colonias y la casi nulidad de nuestra escuadra en Manila, sostuvo constate comunicación con el Gabinete de Washington, desde su puesto de Hong-Kong, teniéndole al corriente de todo lo que se relacionara directa e indirectamente con la guerra. El infatigable cónsul no dio ni por un momento tregua a sus labores, logrando por medio de astucias, o por dinero, cerciorarse minuciosamente de la verdadera situación de Filipinas, ayudado por los numerosos agentes chinos e ingleses, pródigamente retribuidos. La atracción de los artilleros británicos para la escuadra del comodoro norteamericano George Dewey fue uno de sus golpes más audaces.
    Parece cosa averiguada, que por desgracia aún no se extirpa por completo en nuestro país esa maldita raza de los Oppas. Los sucesos que hoy lamentamos todos los españoles han venido a revelarnos tan dolorosa, omnipresente, realidad. Es necesario abrir una exhaustiva averiguación para conocer los individuos, sean quienes fuesen, que han tomado algún partido en los acontecimientos que tanto ha consternado y aún consternarán a España. La salud nacional así lo exige y lo reclama.
 
¿Qué medidas tomó nuestro actual Gobierno para conjurar la horrorosa tormenta que amenazara a la Nación? Ninguna, absolutamente ninguna.  Se nos objetará que fuimos estrechados y compelidos a la guerra; mas debemos hacer constar que nuestros políticos no agotaron todos los recursos de la diplomacia para evitarla, puesto que no nos encontrábamos en condiciones de poderla aceptar con alguna probabilidad de buen resultado.  Tampoco admitimos la hipótesis de que el pueblo orilló al gabinete Sagasta a aceptarla. Lo único que hizo Sagasta fue llevar a la Nación a la contienda, no por satisfacer la voluntad del pueblo, en el caso problemático que éste realmente la hubiese deseado, sino más bien por salvar  a la actual dinastía irremisible y grandemente comprometida al no atender a las justas exigencias del país, hondamente indignado con las humillantes pretensiones del Gabinete de Washington. Creemos que la Patria está sobre todas las conveniencias, y ella es la que debe tener en todos los casos y circunstancias el lugar preferente.
    Y suponiendo, sin conceder, que el pueblo positivamente hubiese comprometido y obligado al Gobierno a recoger el guante arrojado por el coloso norteamericano, ¿se había puesto ese mismo Gobierno a la altura de su misión, dadas las circunstancias por las que atravesaba el país desde que se inició la revolución antillana? No. La América del Norte ya nos tenía declarada tácitamente la guerra desde hace mucho tiempo, demostrándonoslo con toda evidencia al impartir franca protección a la guerra de Cuba. Pero nuestro apático Gobierno no se preocupó ante el grave problema presentado a nuestra Nación. No sólo dejo de evitar el mal sino  que ni siquiera lo hubo previsto, como era su obligación. La malhadada autonomía concedida sin previo y concienzudo a los descontentadizos cubanos fue el principio de nuestro calvario, por más que se proclamara en enfático discurso, dicho en Zaragoza por [el destacado masón] Segismundo Moret, que "la autonomía era la paz".
 
¿Qué preparativos tenía hechos nuestro gobierno ante la inevitable perspectiva de la guerra? ¡Solamente burla! Ni Cuba ni Puerto Rico, ni mucho menos las lejanas Islas Filipinas poseían los más indispensables elementos de defensa, llegándose hasta ignorar o dejar de advertir la anticipada permanencia de la escuadra americana en las aguas asiáticas, que debía causar bien pronto nuestro primer desastre.  L criminal abandono del Ministro de Marina, almirante Bermejo, fue tan grande que permitió zarpase del puerto de Cádiz la escuadra del almirante Cervera llevando tan sólo treinta cartuchos por pieza de artillería. No menos desdichada fue la táctica que observara su sucesor, el Ministro, capitán de Navío, Ramón Auñón.
    Es cosa comprobada que la escuadra carecía de carbón y municiones, faltándoles a los cabos de cañón la instrucción necesaria y la práctica indispensable para el buen manejo de la artillería, y era tan notoria la carencia de esos conocimientos en dichos cabos que tan sólo habían hecho tres disparos, mucho tiempo antes, con los cañones de 14 centímetros, y absolutamente ninguno con los de 28. Esta aseveración ha sido ratificada por los mismos oficiales de nuestra Armada. ¿Querría decirnos el Sr. Ministro de Marina para que servirán esos barcos en semejantes condiciones? ¿Quién ordenó a Cervera salieses de  las posesiones portuguesas de Cabo Verde, y quién, por último, dispuso entrara a la ratonera de Santiago la escuadra de su mando, para abandonar mucho tiempo después esa bahía y ser destrozada por la formidable flota de Sampson? Usted Señor Auñón y el general Correa, así como su predecesor de Ud. el almirante Bermejo, son reos convictos del feo crimen de lesa Patria.
    Ineptitud e imbecilidad supinas se necesitan para proceder con la punible torpeza con que ustedes han procedido en todo lo relativo a la desastrosa guerra que ha llevado a nuestro infortunado país a la deshonra. ¿Y qué diremos de nuestros magnates políticos, que hemos de decir de esa turba infecta y dañina que a su debido tiempo desoyeron las incesantes indicaciones de nuestros cónsules, y de los marinos agregados a la legación española de la República Americana, cuando estos buenos servidores de la Patria anunciaron al Gobierno los preparativos y planes de lucha del Gabinete de Washington con tres años de anticipación? Tan indigno proceder no puede calificarse con los más duros y enérgicos epítetos. La maldición que arroje sobre ellos nuestra Patria sería débil y benigno castigo, dada la magnitud de sus delitos.
 
Hemos hablado de las pésimas condiciones y deficiencias de la escuadra de Cervera, que era, como si dijéramos,  lo más florido de nuestra Armada. ¿Será necesario añadir alguna sílaba respecto a los apolillados tablones que manteníamos en las Filipinas? Indudablemente que es inútil hablar de ello.
    Inconsecuente nuestro Gobierno no sólo con las leyes de la estrategia sino hasta con el sentido popular, que bien claro veía la inutilidad de nuestra pequeña escuadra en aguas cubanas, señalando, en medio de halagadora esperanza, la ruta del Cabo y el mar de las Indias, a fin de llegar todavía a tiempo para vengar la hazaña del comodoro Jorge [George] Dewey. Poco hubiera hecho en Manila el contralmirante D. Pascual Cervera si nos atenemos, como es natural, a la situación que guardaban sus navíos; pero menos, muchísimo menos, llevó a cabo en su encierro de Santiago. Nos causa profunda y verdadera indignación tener que recordar la tan cacareada escuadra de Cámara, pero el deber que nos hemos impuesto nos obliga recordarla, aunque sea contra nuestra voluntad.
    Mucho tiempo antes de que nuestros indefensos barcos de las Filipinas fuesen destrozados por los grandes cruceros norteamericanos, el contralmirante Montejo había reclamado con toda oportunidad el envío de un crucero de combate para reforzar en lo que fuera posible su importante escuadra. Nuestro Gobierno no se ocupó absolutamente de la suerte de este bravo marino, abandonándolo a sus propias y escasas fuerzas con las que tuvo necesidad de hacer frente al poderoso enemigo. Nuestras murallas de la capital del Archipiélago habían sido desartilladas, no sabemos por qué, cambiándose las mejores piezas no para montarlas como era natural y preciso, atendiendo a la defensa de este puerto, sino para dejarlas tiradas y abandonadas entre la arena. Al país se le engañó miserablemente ofreciéndole con bombo inusitado que se enviaran con toda oportunidad refuerzos a Filipinas, de mar y tierra, alentándonos legítimamente los españoles con la iniciación de la partida de la escuadra de Cámara del puerto de Cádiz, con rumbo al Archipiélago filipino.
    Pero nuestro regocijo pronto había de trocarse en profunda indignación, porque contra todo lo que nos esperábamos, y aunque efectivamente zarpó dicha escuadra hacia el Oriente, su gira expedicionaria se concretó a visitar las aguas egipcias no pasando de Port-Said, regresando inmediatamente a la Península después de haber realizado tan inútil viaje, costándole éste a la Nación mucho dinero, porque además de los gastos indispensables hubo necesidad de pagarse 80.000 duros por derechos de tránsito a la Compañía del Canal de Suez.
    Si abandono punible hubo para las fuerzas marítimas no le fueron en zaga las terrestres, porque nuestros infelices soldados se vieron en la necesidad de luchar casi constantemente sin recibir su paga, haciendo frente, llenos de resignación, al hambre, a la más espantosa miseria y a todo género de enfermedades que cruelmente los diezmara. Al infortunado y heroico general Vara de Rey se le abandona en El Caney a la cabeza de un puñado de valientes, lo mismo que al general Linares.
    Otro tanto acontece con el pundonoroso general D. Basilio Augustín en las Filipinas, que nunca llegó a recibir los refuerzos que el Gobierno le ofreciera, viéndose al fin obligado a abandonar el país después de sostener desigual y heroica lucha por espacio de tres meses consecutivos, no autorizando de este modo con su presencia la capitulación de Manila, y evitando al mismo tiempo más derramamiento de sangre con la prolongación de una resistencia inútil.
 
Sería imposible para nosotros señalar punto por punto, todos y cada uno de los desmanes y errores cometidos por nuestros gobernantes, pues necesitaríamos ocupar muchas páginas y se haría interminable este libro. Básteme decir, por última vez, que ellos exclusivamente son los responsables de todas nuestras desgracias y calamidades. Tenemos además la convicción de que no está lejano el día en que la luz de la verdad se abra paso, y entonces nuestra desventurada España conocerá a sus pérfidos servidores.
    No nos hacíamos la ilusión de poder vencer al enemigo, porque este era superior en número y en elementos, pero tampoco hubimos de suponernos que nuestro Gobierno había de buscar una paz tan denigrante aceptada por el Gabinete de Washington.  Cuando aún teníamos fundadas probabilidades de continuar luchando, si no para vencer, repetimos, sí al menos para conseguir mayores y más honrosas ventajas, al firmar el abominable Protocolo.
    Es dolorosamente cierto que nuestro aniquilamiento en el mar había sido completo, pero todavía nos quedaban en Cuba más de cien mil hombres dispuestos a pelear hasta el último momento, cuyo ejército había originado no pocos descalabros a las huestes enemigas, máxime cuando éstas comenzaban a diezmarse a causa de las numerosas enfermedades producidas por la falta de aclimatación. Aunque no nos deslumbran los galones ni las charreteras, debemos hacer constar que el ejército ha estado a la altura de su elevada misión, habiendo cumplido, en lo general, con su deber luchando hasta morir cuando era preciso, y obedeciendo con toda disciplina las órdenes superiores aunque estas pugnaran con sus convicciones y principios.
    Nuestros hombres de Estado, no teniendo armas posibles con que defenderse, pretenden ahora lanzar sobre el ejército el sambenito de la deshonra y del ultraje, descargando en él sin justicia ni razón el peso abrumador de todas las responsabilidades. Los que nos encontramos separados de las altas esferas del Poder, los que vivimos alejados del círculo impuro, corrompido de la política, no podríamos justificadamente hacerle cargo a la digna institución que nos ocupa, principalmente cuando sus hechos y honrosos antecedentes históricos la ponen al abrigo de toda sospecha: los mismos jefes y oficiales norteamericanos, y aun la prensa hispanófoba e iracunda de su país, han hecho merecidos elogios de la bizarría con que lucharon nuestros soldados y marinos a quienes el Emperador Guillermo II llamó: "¡Valientes, pero desgraciados!"
    De la actual política del Gobierno ni aun siquiera podemos esperar ya las atrevidas empresas y los idealismos desorganizadores, pero grandes y generosos de tiempos no lejanos, porque en medio de su decrepitud carece de ánimo y de entereza, y sólo tiende a su propia conservación antes de consentir que sea noblemente vencida por los rudos pero honrosos embates de la lucha. El desenlace de los acontecimientos que hoy lamentamos puede sernos tal vez ventajoso. Con el pretexto colonial se imponía la necesidad de mantener constantemente sobre las armas un numeroso ejército, que originaba grandes mermas a nuestro exhausto Tesoro nacional. Por el mismo motivo nos hacíamos la ilusión de poseer una escuadra que no existía, y que sin embargo su presupuesto cuesta a la Nación muchos millones de pesetas. Hora no deben de pesar sobre el país esas gabelas. No es necesario ya sostener tantos soldados, ni conservar tampoco esos cascarones viejos que hoy yacen en su mayor parte en las profundidades del Océano.
    No sufrirán más las desventuras madres que veían con horror el alistamiento de sus hijos para ir a servir al Rey en las apartadas y mortíferas regiones de sus dominios, donde tantos infelices perdieron su existencia sin que hubieran recibido los últimos consuelos que les impartiera una mano amante y cariñosa. Por el contrario, bendecirán a Dios una y mil veces por haberlas librado de tan cruel y tremendo azote. Los que lamentarán profundamente la pérdida de nuestras colonias son esa caterva de hambrientos individuos, que como aluvión desenfrenado, arrasaban constantemente los principales puestos en la administración pública debido al punible favoritismo del cacicazgo. Ya no habrá para ellos la facilidad que antes tenían de enriquecerse de la noche a la mañana ni de regresar con humos de grandes señores a la Metrópoli, para disfrutar en ella el farniente que les proporcionara el no despreciable producto de su insólita rapiña.
    Nuestras provincias de Castilla y Extremadura, y otras muchas, poseen extensas y fértiles llanuras donde con el esfuerzo de la laboriosidad y la constancia, pueden alcanzar magníficos y honestos resultados. Ahí es a donde deben dirigir sus miradas todos aquellos sujetos que ayer esquilmaran sin escrúpulos las exuberantes fuentes de riqueza de nuestros tesoros ultramarinos.
    El Gobierno que venga a levantar España de esa abrumadora postración que enerva su vigor y su grandeza, al optar por una política de sabia reconstitución económica, debe también transformar cuanto antes esas espadas y bayonetas, hoy cesantes, en arados y demás implementos propios para nuestra abandonada agricultura.
    La humanidad, en general, ganaría no poco si se realizaba el actualmente debatido proyecto de desarme universal; todos esos brazos paralizados, todas esas energías sin acción, podrían tener brillante éxito si se emplearan en el desenvolvimiento y desarrollo de la industria, las artes y la agricultura. Nuestro país debe ahora acomodar su vida a la situación de ingente estrechez en que se encuentra, pero, por supuesto, sin renunciar ni un solo instante a sus elevados destinos, aviniéndose resignado a los infortunios y a la desgracia que hoy lo agobian sin clemencia.  Ahora más que nunca debemos aplicar los grandes remedios a nuestros enormes males. Poniendo en armonía los medios con el fin, cosa en que jamás hubimos pensado antes.  
    Hemos vivido en un sueño profundo y constante, y hoy que nuestros delirios de grandeza se han convertido en terribles y espantosas realidades, nos asustamos con nuestras desgracias y miserias, y aún queremos desfallecer abrumados por el enorme peso de nuestros infortunios. Descalabros quizás más importantes y dolorosos hemos sufrido antes, sin haber dado muestras los reinados de los Felipes a los Países Bajos, a Portugal y Gibraltar; más tarde hubimos de renunciar a nuestra soberanía sobre Nápoles, Sicilia y Tánger, empezando después, durando el reinado de Carlos III, la desmembración del entonces nuestro vasto imperio americano, perdiéndose esto, casi en su totalidad, con el imbécil y pusilánime Fernando VII.
    No son, pues, nuevas nuestras desdichas y por más que éstas nos sean profundamente sensibles, repetimos, no debemos renunciar al imperio de nuestra legendaria grandeza. Todas las principales naciones han sufrido su Waterloo, y tras de ese doloroso vía crucis que pone hoy a prueba nuestra entereza y abnegación, pueden ocultarse no lejanos días de bienestar para nuestra Patria.
    Es menester que todos nos decidamos a emprender la ardua, pero grandiosa área, de nuestra reconstitución interna y de nuestra rehabilitación ante el mundo entero. Hay que salvar los restos de nuestro patrimonio nacional proscribiendo para siempre esa maldita política que nos ha perdido y aniquilado constantemente. No debe España, no puede resignarse nuestro país a las abyecciones de sus desastres actuales, cuando por fortuna aún no llega al completo agotamiento de sus grandes elementos de vida. Poseemos todavía las Baleares, las Canarias y las Plazas del Norte de África, que es hacia donde debemos dirigir nuestras aspiraciones predilectas, después de atender con esmero a todas nuestras necesidades internas.
 
Profunda indignación nos provoca el inicuo proceder de Norteamérica, cuyo país, atropellando a la razón y a la justicia, viene a arrebatarnos villanamente lo que hubimos de conservar por espacio de más de cuatro siglos, y a fuerza de nuestra propia sangre. Es una burla sangrienta el atreverse a tomar en serio los pueriles pretextos dados por aquella Nación para sancionar ante la faz del mundo su pérfida conducta.  Es un sarcasmo inaudito el considerar que ese país proceda de buena fe, llevando su nobleza hasta el sacrificio, en aras sacrosantas de la humanidad. No, no es posible que el que conozca el espíritu de ese pueblo inmoral, que el que haya estudiado su índole y su historia, lo considere dotado de las grandes virtudes y lo juzgue capaz de practicar el bien a costa de sus intereses y conveniencias.
    Antes que los Estados Unidos declarase injustamente la guerra a España, los hombres prominentes de aquel país llenaban de elogios a los principales jefes de la insurrección cubana; hacían notar las buenas cualidades que adornaban a los Maceo, Gómez, García y demás cabecillas, considerándolos dignos de que el Gobierno de Washington les concediese la beligerancia.  Poco después, no satisfechos los yankees con esa prerrogativa hacia los cubanos, hicieron formal promesa de que la Grande Antilla se haría independiente de la Metrópoli, arrastrando a nuestro país a desigual y ventajosísima contienda, seguros ya del triunfo, dada la superioridad en número y en elementos.
    Es, por último, invadido el suelo cubano y cuando apenas las huestes del general Shafter huellan con sus disformes plantas las vírgenes playas antillanas, y sin conocer a fondo a los que fuesen poco tiempo antes motivo de su admiración y simpatía, se desata dicho general americano en terribles improperios contra los jefes cubanos: los llama un hato de bandidos. A bombástica y exagerada prensa americana viene después a corroborar las opiniones del general Shafter, y aparecen furibundos artículos en los diarios más caracterizados, tales como el Sun, el Tribune y el Herald, diciendo que sólo se puede comparar a los cubanos con los pieles rojas e igorrotes y agotan contra ellos sus dicterios.
    Ese cambio tan intempestivo de los norteamericanos no nos sorprende. Procuraron atraerse la simpatía de los guajiros endulzándoles a estos la boca con la miel de su decantada libertad, y una vez que ya no necesitaron de ellos los maltratan y desprecian. Dueños hoy de la situación como lo están en el Archipiélago Hawaiano harán de la infeliz antilla lo que más cuadre con sus planes de sórdida ambición.
 
Pocos, muy pocos pensaban en la Unión Norteamericana como el honrado escritor Mr. Collins, que decía al principio de la guerra: "Si no fuera por este hecho [el hecho de darle a Cuba la independencia] nuestra guerra con España sería el pillaje de un ladrón audaz y poderoso". Esta elocuente frase del referido escritor americano es tan terminante que no da lugar a comentarios. Baste recordar el injusto despojo de que México fue víctima en 47 [1847] para que pueda comprenderse la verdad que en el fondo encierran las palabras de Mr. Collins, en este arranque de cínica franqueza. Alentado hoy ese país con su nueva victoria, y no habiendo tenido, durante la guerra con España, ni siquiera una protesta por parte de la Europa, que era la única que pudo haber puesto coto a su incalificable conducta, fácil es comprender el género de política que ha de observar en el porvenir. La integridad y soberanía de la América española están gravemente amenazadas.
    Dueños los norteamericanos de la llave del Golfo mexicano y del océano Pacífico, teniendo en consideración sus proyectos sobre el Canal de Nicaragua, su preponderancia comercial y marítima en Centro América, y contando como cuentan con una formidable escuadra, próxima a aumentarse enormemente con nuevos y poderosos cruceros y acorazados, no creemos pecar de pesimistas al prever que en no lejanos días proseguirá el invasor Tío Samuel su marcha triunfal hacia el cabo de Hornos.
 
Creemos de rigurosa justicia, antes de terminar estos renglones, consagrar un merecido elogio a nuestros compatriotas dignamente diseminados por la hospitalaria tierra hispanoamericana, quienes con generoso y noble desprendimiento acudieron al llamado que les hiciera la Patria, contribuyendo todos, ricos y desheredados, con su óbolo para los cuantiosos gastos que originó la guerra, movidos por el más leal y ardiente patriotismo. La distinguida y numerosa colonia de la República Argentina se hizo notable por su esplendidez, porque además de haber enviado a nuestra corte gruesas sumas de dinero, acaba de regalar a la Nación el magnífico crucero Río de la Plata, construido a sus expensas. Acciones como esta no necesitan encomios: se recomiendan ampliamente por sí mismas.
    Y sin embargo, el esfuerzo hecho por los españoles ausentes de la Patria no alcanzó todo el esplendor que nosotros mismos hubiésemos deseado. ¿Por qué? Porque a través de la inmensa distancia que nos limita de los patrios lares, traslucíamos la infame perfidia de nuestros gobernantes, y comprendíamos, llenos de indignación, que todos nuestros sacrificios resultarían estériles dada la actitud denigrante y desdichada asumida por Sagasta ante el sangriento ultraje inferido al país por el impío invasor norteamericano. El desenlace funesto de los sucesos vino a corroborar nuestros dolorosos presentimientos Nuestra consternación es hoy general, pues la herida fue tremenda y de difícil cicatrización. ¡Quiera Dios que pronto se disipen los densos nubarrones que opacan en estos momentos el cielo esplendoroso de nuestra adorada Patria!
 
Andrés Barral y Arteaga, miembro de la Colonia española en la Ciudad de México.
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Protestas de la Colonia española en México

Insertamos a continuación algunas de las numerosas protestas publicadas por la colonia española con motivo del desastroso fin que la guerra tuvo para España, y las condiciones onerosas del Protocolo.
    La mayor pate están escritas en un tono demasiado vehemente; pero ellas dan idea del grado de excitación a que había llegado el sentimiento público, y por lo mismo las insertamos a pesar de al destemplanza que se advierte en el lenguaje de todas ellas.
 
Protesta de la Colonia española de la Laguna del Carmen
Si cada protesta hiriera de muerte a los culpables sentiríamos al menos el placer de la venganza; pero quienes escuchan con incomprensible estoicismo, ajeno a nuestra raza, los sollozos de la Patria avergonzada oirán con la misma impasibilidad y culpable indiferencia cuantas enérgicas protestas se hagan contra ellos.
    Tiene un límite la conciencia humana, que cuando por el camino del vicio llega hasta él olvida, embotada por el crimen, toda noción de dignidad y no queda ni Patria, ni familia, ni nada; un paso más y allí están el cadalso y el oprobio.
    Para los que envían tropas y barcos al matadero en nombre del honor nacional, sepultado de antemano por ellos, cualquier castigo es inmensamente insuficiente para vengar acción de tal magnitud.
    Las madres españolas, a imitación de las lacedemonias [Laconia, Lacedemón o Lacedemonia, cualquiera de las tres, es la denominación original de Esparta; ergo las lacedemonias son las espartanas] ven caer a sus hijos sobre el campo de batalla y se resignan a tan grandioso sacrificio. ¿Por qué tanto heroísmo, por qué tanta grandeza? ¡Porque viva la Patria! Y, en cambio, ¡cuatro miserables llevan al mercado todo nuestro tesoro de dignidad! ¡Malditos sean!, ¡monstruos del siglo, maldición de nuestra historia!
    Si tuviéramos en nuestra mano un manubrio mágico para atormentarlos no aflojaríamos jamás, y allí con inmenso placer escucharíamos los eternos y horripilantes alaridos de infernal desesperación. Todo, todo es pequeño e impotente para formular el castigo que merecen los que han vendido nuestra bandera y humillado el honor de nuestros soldados.
    Y en tanto el pueblo, atrofiado al parecer, sumido en inconcebible marasmo, busca una frase para darle nombre en el círculo de las conveniencias nacionales a tan criminales atentados. ¿No habrá en nuestra querida España de legendarias grandezas un genio que, a imitación del Bruto de Roma, enseñe al pueblo el puñal sepultado en el corazón de nuestra Patria? ¡Ah!, si surgiera, ¡qué hermosas guillotinas se levantarían para los Tarquinos [tiranos, déspotas y violentos contra el más débil, leal u obediente] de Madrid!
 
Laguna del Carmen, a 3 de octubre de 1898.  
M. Gutiérrez C., Tomás Molina, D. Carbajal, R. González, J. M. García L., Luis Rodríguez, José Rico, Mateo Ruiz C., R.L. Ansoleaga.

* * *

Protesta de la Paz. San Luis Potosí
Los que suscribimos, habiendo leído la protesta que la Colonia española de Matehuala remitió a su digno periódico y que usted publicó con fecha 14 del actual, nos adherimos a ella por ser la fiel expresión de nuestros sentimientos.
    Habiendo leído también su artículo de fondo, del número 14 dedicado a la Junta Patriótica, sentimos renacer la esperanza al ver que se ha oído una voz diciendo valientemente lo que todos los españoles sentimos y creemos.
    Lo que les falta a esos valientes soldados en quienes hemos depositado nuestra honra, para vencer o morir heroicamente, son provisiones de boca y guerra, y los españoles de la repúblicas iberoamericanas con gusto se comprometerían a proporcionarlas; para lo cual, si estos e lleva a efecto, estamos dispuestos a contribuir en todo lo que esté al alcance de nuestros recursos.
 
Suyos affmos., attos. Y S. S. Q. B. S. M.
Telesforo Ulíbarri, Lorenzo Camaleño, Juan Vivanco, Generoso Martínez, Jorge Gasparó, Luciano González, José Somohano, José Alonso, Serafín González y Eduardo Díaz.

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Protesta de Guanaceví
Con entusiasmo he leído en su ilustrado periódico la carta de la Colonia española de Matehuala publicada en el núm. 12, fecha 14 del actual, en la cual se protesta contra los tratados de paz entre España y los Estados Unidos. Es verdaderamente doloroso, especialmente para los que hemos derramado nuestra sangre en los campos de batalla en defensa de nuestra adorada Patria, ver ahora que nos encontramos a miles de leguas de ella que España se halla gobernada por hombres sin fe, sin honor ni patriotismo, que la entregan en manos de rapaces invasores, rompiendo con nuestro tradicional heroísmo e hidalguía. Y crea usted que el título de rapaces que les doy a los yankees es pequeño en comparación de los calificativos a que se hacen ellos acreedores.
    Desgraciadamente, presté mis servicios como tripulante en el histórico Alabama durante la guerra separatista de los Estados Unidos y sé hasta dónde llega la indignidad del yankee, lo mismo que la insaciable codicia del inglés.
    Con todo mi corazón, pues, me adhiero a esa protesta y ruego a usted, en nombre de nuestra querida España, que excite por medio de su interesante y enérgico periódico a todos los compatriotas residentes en esta República para dar al Gobierno del Sr. Sagasta el voto de censura que merece por su indigno proceder e incalificable conducta desde que se inició la guerra con los Estados Unidos, y en la cual esperábamos ver puestos muy alto el honor y el orgullo españoles.
    Hace unos diez días que escribí al señor General Weyler poco más o menos en los mismos términos que lo hago ahora a usted. En consecuencia, ya me había anticipado a protestar contra la famosa paz de Sagasta. Creo que todavía quedan españoles dignos, honrados y patriotas que harán lo mismo y no renunciarán al placer de llamar traidores al Sr. Sagasta y  sus secuaces.
    ¡Viva España!
 
Soy de usted atto. y affmo. Paisano y S. S.
Santurtún.
 

Fuente
Historia de la Guerra Hispano-Americana, obra de documento y testimonio escrita por Enrique Mendoza y Vizcaíno (escritor, periodista e historiador), prologada por Francisco G. Cosmes (periodista e historiador político mejicano) y con la colaboración de Alberto Leduc (escritor, periodista e historiador mejicano).


 

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viernes, 15 de julio de 2016

Un lugar en el recuerdo


Es un paraje mágico, me dice el guía con voz que quiere transmitir una antigua veneración.



John Martin: Manfred on the Jungfraud (1837).


 
Hemos ascendido uno tras otro, sin intercambiar la posición y a paso de montaña, hasta una repisa desde la que se domina un majestuoso paisaje con reminiscencias bucólicas. El guía muestra en silencio, con sólo su gesto, el espléndido lienzo que se abre ante nosotros.
    Me pide que preste oído a una voz antigua en su relato de la aventura. Fue hace tiempo y era previsible. Ese lugar que a nuestra mirada asoma, mítico y aislado en su grandeza, guarda fielmente la memoria de quienes en él edificaron un hogar sin paredes y la esperanza de un futuro compartido.
    Sus nombres no vienen al caso, pues cualquiera, puesto en situación, puede identificarse con el deseo de aquellos enamorados que, hoy, de nuevo, reciben la discreta comprensión y un atisbo de sana envidia por parte del viajero ocasional que con intención nada oculta hasta el infinito se acerca.

miércoles, 13 de julio de 2016

Blasco de Garay, precursor de la navegación a vapor

 
Fue el 17 de junio de 1543, en Barcelona, cuando por primera vez se intentó, y consiguió, desplazar un barco mediante la potencia del vapor. En España, pues se conoció de este avance tecnológico, todavía más que incipiente, y por lo tanto nuestra la paternidad, dos siglos y medio antes de su presentación por Robert Fulton en Estados Unidos.
    Atestiguan la prueba de navegación con máquina de vapor el erudito Martín Fernández de Navarrete, en su obra Colección de los descubrimientos hechos por los españoles, y el archivero de Simancas (Archivo General de Simancas), Tomás González Hernández.
 
El oficial de marina e inventor Blasco de Garay, capitán de la Armada Española en el reinado de Carlos I de España y V de Alemania, en la primera mitad del siglo XVI informó, con ánimo de poder ejecutar sus proyectos, sobre inventos que suponían mejoras para la navegación de todo tipo y para los buques de la Armada en concreto.
    Declaró Blasco de garay al rey Carlos I, convencido del éxito, que por medio del vapor lograría que navegara un barco sin ayuda de remos ni velas. Dudoso el monarca del prodigio, gracias a la insistencia de su inventor accedió a la prueba, realizada en el puerto de Barcelona estando presente la comisión real designada al efecto para conocer el resultado de la prueba.
    El barco sometido al experimento era mercante y su nombre La Trinidad, y navegó impelido por la máquina de vapor: hacia delante, hacia uno y otro lado, obediente a las órdenes del timonel. Y regresó al punto de partida sin la intervención de velas o remos. A la vista de los presentes, destacaba en el barco una enorme caldera de agua hirviendo y una aparatosa combinación de ruedas interiores y palas exteriores producto del cálculo científico.
    Los comisionados, plenos de entusiasmo, confirmaron al monarca el desarrollo del experimento. El comisionado Rávago, jefe del grupo y a la sazón tesorero mayor del reino (no hay invento sin dinero), pese a la demostración y el reconocimiento del éxito, aun habiendo aprobado el ingenio de Garay, recomendó al rey moderación: adivinaba poca utilidad en aquello y mucho gasto debido, suponía, a las frecuentes reparaciones motivadas por los estallidos de la caldera y el deterioro del mecanismo impulsor.
    El rey Carlos optó por la pausa. No obstante, aplaudió el esfuerzo premiando a Blasco de Garay con el empleo de capitán de alto bordo y pagó del tesoro real los gastos de la prueba y una gratificación muy considerable al inventor.
 
Acierto o fracaso, la época no era propicia para continuar experimentando con el vapor como medio de impulsión de las naves. Todo era excesivamente novedoso.
    Así pasó también con las ideas y proyectos de otros. Sin embargo, un distinguido elenco de hombres de ciencia, los unos con sus logros los otros con sus proyectos e iniciativas, aportaron lo mejor de sus respectivos intelectos a lo largo del siglo XVI, grandioso para España.



Blasco de Garay

Imagen de www.museodelprado.es
 
 
 

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lunes, 11 de julio de 2016

El miedo insuperable

 

El miedo insuperable, o invencible, implica el constreñimiento que se ejerce sobre una persona que por estar dominada por ese serio temor, no se halla en condiciones de dirigir libremente su voluntad.


El código penal español incluye el miedo insuperable como una circunstancia eximente de la responsabilidad criminal. El artículo 20 en su apartado 6º determina que está exento de responsabilidad criminal el que obra impulsado por miedo insuperable.
    El concepto jurídico queda vinculado al ámbito psicológico y viceversa.
    Por miedo insuperable hemos de entender la imposibilidad manifiesta del individuo para comportarse según su libre albedrío; cualquier acción que lleve a efecto viene condicionada por ese miedo que resulta dirimente en él. Han desaparecido los patrones de conducta e, incluso, la racionalidad suficiente y necesaria para obrar en consecuencia. El individuo se siente atenazado por su miedo, imposibilitando el exigible dominio racional sobre sus actos.
    Es el miedo el que impulsa al individuo, el temor a creer que un tipo de actuación diferente al que lleva a cabo podría ocasionarle un riesgo grave, máximo.
    En la medida en que el miedo puede restar autonomía decisoria al sujeto llega a ser un eximente de responsabilidad.
    Si bien el miedo insuperable obedece a motivaciones subjetivas, generalmente se considera la viabilidad de la excusa únicamente cuando el miedo se encuentra apoyado en circunstancias externas con suficiente poder intimidante. Para que ese miedo sea insuperable, invencible, ha de haber una razón que lo acredite, y a su vez justifique el comportamiento del individuo dentro de la eximente.
    Motivado por este miedo superlativo, irrefrenable, desaparece la representación en sí del individuo (el sujeto actor del delito) en el hecho que se le imputa, al igual que su proyección en el resultado; con lo que se sitúa a merced del individuo en el cual se producirá el resultado.
    El legislador toma en consideración situaciones momentáneamente especiales de la persona que, siendo habitualmente imputable, pierde su imputabilidad de modo pasajero, porque, a consecuencia de influencias exógenas o ambientales, ha perdido su voluntariedad libre. Hay, en efecto, ciertas y especiales situaciones que concurren en la ejecución de un hecho punible, realizado por un sujeto imputable, pero que, en virtud de aquella situación, perdió su imputabilidad y no fue dueño de su voluntad.
    La eximente de miedo insuperable requiere un terror, pavor o pánico que implique una grave perturbación de las facultades psíquicas que da lugar a la anulación de la voluntad. La jurisprudencia ha interpretado esta eximente como un estado de intensísima emoción que anula las facultades psíquicas, por lo que en algún caso no será fácil distinguirlo del trastorno mental transitorio. Dicha emoción es consecutiva a una violencia moral que nubla por completo la inteligencia del sujeto o anula su voluntad, y encuentra su origen en la existencia de un peligro inminente que en la conciencia del agente aparece como más grave que el que comete para evitarlo, sin que pueda recurrir a otro procedimiento para ello que la comisión del hecho delictivo.
    Para que esta eximente sea cierta, la jurisprudencia del Tribunal Supremo sienta como condiciones necesarias las siguientes:
1) Que el miedo esté inspirado en un hecho real y objetivo.
2) Que el miedo que se origine en el agente sea insuperable.
3) Que el mal que le amenaza sea mayor, o al menos igual, que el causado para evitarlo.
4) Que la voluntariedad libre del agente haya quedado menoscabada o afectada por el miedo.
 
Evolución histórica del miedo insuperable
El miedo insuperable, la metus causa como eximente de la responsabilidad per se, se ha manifestado en una etapa avanzada del desarrollo de un concepto jurídico, el de violencia, cuyo punto de partida se halla, conforme al criterio más generalizado, en la institución romana de la vis, término precisamente traducido como violencia y utilizado en oposición al de ius, juridicidad.
    Si bien el concepto de vis en su origen fue de probable naturaleza civilista y limitado a la violencia física, más adelante y debido al proceso de subjetivismo que se llevó a cabo en la esfera de la responsabilidad jurídica, se extendió al campo penal y ampliándose para comprender tanto la violencia física (vis absoluta) como la violencia moral (vis relativa), por cuanto en definitiva los efectos de una y otra eran idénticos: la anulación de la voluntad del sujeto actuante y su suplantación por la del sujeto que ejercía la violencia.
    En una etapa posterior, la vis relativa, se identificó, en el terreno del Derecho Penal,  con la coacción, entendida en dos sentidos:  como particular comportamiento delictivo y como modalidad de exención de la responsabilidad penal.  Tal concepción de la eximente favoreció la extensión de  su contenido tanto en el ámbito legislativo como en el  teórico.
    Con las Siete Partidas del rey Alfonso X, el sabio, (Partida 7ª) se establece en el derecho castellano la invalidez de pleitos o declaraciones realizados bajo miedo.
    En el orden legislativo que ha devenido en el presente, la pauta la  proporcionó el Código Penal francés de 1810 (en su artículo 64) que integró, en una sola fórmula, ambas modalidades de la violencia, la física y la moral, por cuanto en él se aludía a: "la fuerza a la que no se ha podido resistir", fórmula que, además, toleraba la inclusión de la coacción, la obediencia debida, la legítima defensa, el estado de necesidad, etc., dentro de un solo concepto:  el de la violencia moral (vis relativa).
    La pauta, en el orden teórico, la proporcionó el jurisconsulto Francesco Carrara, quien  dentro del título violencia moral (vis compulsiva) comprendió la legítima defensa, el estado de necesidad, la obediencia jerárquica, la coacción, etc.
    Sin embargo, tanta prodigalidad en la inclusión de conceptos acabó siendo un freno al avance teórico de las propias eximentes y un factor nocivo a la debida configuración de la naturaleza jurídico-penal  de cada una de ellas.  La legislación y la teoría comenzaron a materializar a principios del siglo XX un proceso de separación de las causas de exención de la responsabilidad penal.
    De la violencia moral (ya concebida como coacción) fueron paulatinamente desagregándose, a medida que alcanzaban aceptable desarrollo teórico y normativo algunas eximentes: la legítima defensa,  la obediencia jerárquica y  el estado de necesidad. No obstante, dentro de la genérica violencia moral se han conservado la coacción y el miedo insuperable, que guardan estrecha relación conceptual, aun cuando con sus denominaciones se pretenda instituir una separación que la realidad de sus requisitos condicionantes se encarga de desvirtuar. Ilustra lo expresado el jurista español Groizard, quien a principios del siglo XX aludía a la coacción en sus comentarios a la eximente de miedo insuperable.
    El miedo insuperable, o invencible, implica el constreñimiento que se ejerce sobre  una persona que por estar dominada por ese serio temor, no se halla en condiciones de dirigir libremente su voluntad.  La esencia de esta eximente es la coerción, el  ataque a la voluntad ajena, la cual  se pliega al querer de quien la constriñe. En última instancia, el miedo insuperable puede ser concebido como el método predominante para ejercer la coacción.
 
Estructura de la eximente del miedo insuperable
La eximente de  miedo insuperable se estructura sobre la base de tres elementos fundamentales: La existencia de una situación de miedo insuperable, la causa del miedo tiene que ser un mal y la consecuencia del miedo tiene que ser otro mal.
A) Esta eximente se halla constituida por una particular situación psíquica: el miedo insuperable.  En sentido general, por miedo se entiende un estado de perturbación psíquica más o menos profundo, provocado por la previsión de ser víctima o que otro sea víctima de un daño.  Sin embargo, no  todo estado emotivo de miedo es capaz de motivar la aplicación de la eximente en examen, sino únicamente aquel que la ley califica de insuperable
    El concepto de lo insuperable equivale al de lo irresistible,  lo invencible,  lo incontenible, lo incontrolable;  o sea, al miedo del cual no es humanamente posible desprenderse ni sobreponerse.
    El miedo insuperable no es el simple temor, más o menos ordinario o corriente, que se  manifiesta ante una situación complicada, difícil o peligrosa pero de escasa gravedad, que no anula totalmente el contenido volitivo del acto,  sino aquel otro que, por sus características, suprime de tal modo la capacidad de decisión de quien lo sufre que éste no se halla en condiciones de contrarrestarlo exitosamente ni de evitarlo.
    Por consiguiente, el miedo insuperable implica la concurrencia de una intensa y grave perturbación del funcionamiento de las facultades psíquicas que impide al individuo la determinación libre de su voluntad.
    La determinación práctica del nivel que debe alcanzar el miedo ha suscitado arduo estudio; para precisar su  magnitud se han seguido dos criterios: el  objetivo y el  subjetivo. Según el criterio objetivo, insuperable será aquel miedo que no puede ser vencido por el hombre común; o sea, aquel temor capaz de imponer la obligación de actuar o de abstenerse a una persona de constitución psíquica sana y de reacciones normales. Según el criterio subjetivo, la no superación del miedo se determina con vistas al caso concreto y al hombre concreto. La idea del miedo representa un estado psicológico personal, determinado por factores subjetivos, por cuanto no todas las personas son igualmente susceptibles de sentir con la misma intensidad los efectos del miedo. Se trata de un estado psíquico propio y por ello debe valorarse teniendo en cuenta la personalidad, el carácter, el temperamento y las condiciones y características individuales del sujeto.
    Lo  que es o no susceptible de ser superado, únicamente puede ser determinado en atención a las cualidades concretas de quien lo sufre y de quien lo causa.  Lo que  el tribunal ha de resolver en cada caso es si, dadas las características antes mencionadas, la víctima del miedo insuperable podía y debía contrarrestar el miedo, vencerlo o apartarlo para eludir el comportamiento antijurídico que  pretendía imponérsele: caso en el que deberá responder penalmente de su acto), o si, por el contrario no le era exigible conducta distinta de la de someterse a la voluntad ilícita de quien coacciona: caso en el que la responsabilidad desaparecerá por falta de culpabilidad).
    Luego, el miedo insuperable debe concebirse como el constreñimiento psíquico que un mal ilegítimo e inminente ejerce sobre la voluntad del sujeto, violentando sus determinaciones en términos tales que suprime la voluntariedad del acto, aun cuando no elimina la conciencia del sujeto: el sujeto sabe que existe un mal que lo amenaza y comprende el alcance de sus acciones. Se trata de un estado coactivo de orden psíquico que inhibe la voluntad del sujeto y lo lleva, obedeciendo a esa situación de coacción psicológica, a obrar contraviniendo las normas jurídico penales.
B) El mal temido como elemento de la estructura de la eximente de miedo insuperable ha de resultar  de tal vinculación con el miedo que debe constituir la causa directa y fundamental que lo justifique o fundamente; por mal temido se entiende el peligro de un perjuicio para un bien jurídico. 
    En la determinación de los bienes jurídicos que pueden ser atacados o puestos en peligro por el mal amenazante y, por lo tanto, que pueden causar miedo insuperable una dirección considera que sólo la vida y la integridad corporal  de las personas pueden tomarse en cuenta a los efectos de admitir la concurrencia del mal amenazante; otra dirección rechaza toda limitación  en cuanto  a los bienes jurídicos susceptibles de ser puestos en peligro o dañados por el mal temido. 
    El mal temido ha de proceder de algún acto humano, extraño a  la voluntad del propio sujeto, que racionalmente le haga suponer la perspectiva del mal, pudiendo materializarse de diversas formas, de palabra o por escrito, de modo expreso o  tácito.    
    La eximente de miedo insuperable será aplicable no sólo cuando el mal temido amenace bienes jurídicos propios del sujeto actuante, sino también cuando sea otra persona (padres, hijos, cónyuges, etc.) la que resulte amenazada por el peligro.
C) El otro elemento de la estructura de la eximente del miedo insuperable es el relativo al mal ocasionado, entendido como el perjuicio inferido a un bien jurídico ajeno, o sea, el hecho cometido por el sujeto, que reúne las características propias de alguna figura delictiva. El miedo debe resultar el único motivo del delito. No hay base psicológica en que apoyar esta eximente si cuando el sujeto comete el delito no se hallaba bajo los efectos del miedo insuperable.
    No obstante, si se tiene en cuenta que el miedo insuperable constituye el despliegue de energía para vencer una resistencia, despliegue que no solo supone la perspectiva de un mal sino que en sí mismo lo contiene, aquel que por deber legal está obligado a sufrir ese mal no podrá alegar en su favor la eximente.
 
Toma de consideración de la eximente de miedo insuperable
    En el miedo insuperable hay que tomar en consideración: la ilegitimidad y la inminencia del mal temido, así como la proporcionalidad entre el mal temido y el mal ocasionado; en ocasiones cabe exigir la concurrencia de requisitos tales como la realidad y la gravedad del mal temido.
A) El miedo debe provenir de una causa ilícita; el mal temido debe ser ilegitimo. Por mal ilegítimo se entiende aquel perjuicio que carece de razón legal, de justificación, de derecho; queda excluida la eximente cuando el mal temido se halla amparado por una causa de justificación.  De la ilegitimidad del mal temido se colige también la necesidad de que este no haya sido provocado ni buscado de propósito por el sujeto actuante.
B) El concepto de mal inminente,  en el miedo insuperable, puede entenderse desde un punto de vista temporal o desde un punto de vista causal.
    Conforme al criterio temporal, el mal inminente es aquella situación de peligro que por su estado de desarrollo y circunstancias está próxima a materializarse en daño; si el peligro ha cesado o si es remoto no puede apreciarse esta eximente: La inminencia del mal temido se concibe como un vínculo de mera  proximidad temporal. Según el criterio causal, la inminencia del mal temido se concibe como un nexo de causa, el mal temido, y efecto, el miedo insuperable; a favor de esta opinión se han alegado  fundamentos jurídicos y psiquiátricos.
    Puntualización: los que entienden la inminencia como un vínculo de mera proximidad temporal han pasado por alto un hecho evidente: es cierto que el miedo puede surgir como efecto de la particular vivencia de un riesgo sin antecedente anterior, pero también hay que aceptar como cierto que ese estado de miedo puede originarse como resultado de un lento y extenso proceso en el que el último estímulo, o sea, el desencadenante puede tener muy escasa significación.
    En Psiquiatría se ha señalado que cuando la reacción ha estado ya influida por contenidos de conciencia arraigados en el pasado, la reacción puede adoptar la forma de la llamada reacción de fondo; un suceso penoso deja un estado de temor o de inquietud que se prolonga sin limitación en el tiempo, y que puede resultar agravado por posteriores acontecimientos psíquicos, incluso de reducida consideración. 
    Puede también ocurrir que un contenido de conciencia de carga fuertemente depresiva, por ejemplo un trauma psíquico, provoque una seria afectación en la psiquis del lesionado que con el tiempo desaparezca, pero no de tal modo que se excluya necesariamente la posibilidad de resurgir al presentarse otro contenido de conciencia del mismo género. Sin ir más lejos, una serie de amenazas o agresiones va creando en el individuo una situación de inquietud y temor que llega a alcanzar una elevada tensión anímica y estalla en un momento determinado, por un estímulo que, aisladamente considerado, carece de relevancia.
    Importa en el miedo insuperable que la voluntad del agente sea doblegada por el serio temor; no debe importar que la conducta del sujeto se materialice en seguida o en un momento ulterior; lo que interesa a los efectos de la exención es que determinada situación considerada peligrosa por el sujeto,  la causa, psíquicamente lo constriña de manera directa.
C)  El tema de la realidad del mal temido se ha suscitado también en la eximente de miedo insuperable, aun cuando con caracteres particulares. Se trata de determinar si el mal temido tiene que ser un fenómeno realmente existente en el medio objetivo o si también puede admitirse que sea imaginario, supuesto.
    En algunas ocasiones, tanto en las disposiciones normativas como en  la práctica judicial, se ha requerido que el mal temido sea cierto, en el sentido de que debe presentarse al sujeto con suficientes características de objetiva realidad capaces de mover su ánimo  amenazado, es decir, que el mal temido constituya una realidad fundada, un peligro apreciable de manera evidente, real y determinada.
    Sin embargo, este criterio es insatisfactorio por su incompatibilidad con la naturaleza eminentemente subjetiva de esta eximente. Es razonable admitir que la simple creencia de la existencia del mal, la mera sospecha de que el mal pudiera realizarse, es suficiente para apreciarla.
    Desde el punto de vista psicológico no hay duda de que miedo es tanto el estado emotivo ante un peligro real, como el surgido ante uno objetivamente inexistente, pero supuesto por la víctima.  La realidad o suposición del mal en nada afecta a la existencia del miedo. Además, tal estado emotivo puede afectar las facultades cognoscitivas: restricción del campo de la conciencia, falsa o incompleta interpretación de la realidad, dirección de la atención sólo al objeto del momento, restricción de la emotividad a pocos temas del pasado o del futuro. Si el miedo es una noción psicológica para la que tal objetividad no es necesaria, dicha causa de exención deberá ser estimada con independencia de la existencia del mal en la realidad externa También actúa  por miedo insuperable quien obra como consecuencia de un mal sólo existente en su imaginación.
    La  dificultad más significativa puede presentarse respecto a aquellos supuestos en los que el sujeto ha creído en la existencia de un mal amenazante de naturaleza igual o mayor que el que él causa por impulso del miedo, siendo así que el error en que incurre es de naturaleza vencible. Personalmente entiendo que aún en estos casos, como lo determinante es la situación de miedo, si ella resulta probada, la eximente subsiste, tanto más si se tiene en cuenta que al apreciar el fenómeno de lo vencible o invencible del error deben tenerse en cuenta las especiales condiciones personales del sujeto que lo sufrió.
    Por consiguiente,  la existencia del  mal amenazante debe apreciarse tanto si ese mal tiene existencia real, como en  todos aquellos casos en que el sujeto creyese firmemente que se hallaba ante la amenaza de ese mal, aun cuando no  exista en la realidad.
D) La gravedad del mal temido es una cuestión controvertida. La  práctica judicial,  en ocasiones, ha reconocido su exigencia, entendiendo que sólo un peligro grave puede originar la intensidad del miedo capaz de eximir de responsabilidad penal.
    El problema de la gravedad del mal temido está vinculado a la naturaleza del miedo que ese mal temido debe engendrar en el sujeto, analizando que el miedo sea lo suficientemente poderoso para cohibir la voluntad del individuo, impidiéndole racional y naturalmente sobreponerse a él. La gravedad  no radica en el peligro, en el mal temido, considerado en su aspecto objetivo, sino en el miedo que entraña ese peligro, considerado en su aspecto subjetivo, personal, con independencia  de la objetiva gravedad  del mal temido.
E) Que el mal temido sea mayor o igual que el mal ocasionado. Ha quedado dicho, de una parte, el miedo implica un  trastorno del psiquismo próximo a la inimputabilidad, y de otra la conducta del atemorizado debe producir un mal destinado a evitar la causa de otro mal, el mal temido, igual o mayor:
    Frente a estas circunstancias procedería una pregunta: ¿cómo puede quien se halla seriamente afectado en la esfera psíquica de las emociones, planear y decidir, ante un riesgo inminente, la realización de un comportamiento que impida el perjuicio al que el peligro se dirige en virtud de la comisión de un mal  que sea, precisa y categóricamente menor o igual? Sirva la respuesta de que el indicado estado psíquico propio del miedo es, en rigor, incompatible con dicha conducta final.
    La naturaleza de la eximente de miedo insuperable favorece una solución más coherente: siempre que el miedo alcance el nivel de lo insuperable, una alteración profunda de las facultades psíquicas, procederá la exención de la responsabilidad penal, con independencia de la proporcionalidad entre el mal temido y el mal ocasionado. En la necesidad de comparar ambos males, el amenazante y el causado por temor a sufrirlo, ha de preguntarse si tal apreciación comparativa ha de hacerse a base de un criterio objetivo o de un criterio subjetivo.
    Conforme al criterio objetivo, sólo deben compararse los efectos que se hubieren producido caso de cumplirse la amenaza y los efectos ocasionados por el sujeto actuante por temor a tales males, sin tener para nada en cuenta las especiales circunstancias de tipo personal que puedan concurrir. Según el criterio subjetivo, la gravedad de uno y otro mal debe estimarse  tal como se presenta al autor en el momento de obrar, teniendo en cuenta el conjunto de circunstancias concurrentes en cada caso: la edad, el sexo, el estado de salud así como otras de naturaleza intrínsecamente personales. Las aludidas condiciones particulares concurrentes no pueden ser desconocidas cuando se trata del requisito de la proporcionalidad, porque no es igual apreciar la gravedad de un peligro cuando el mal no amenaza, que apreciarlo en el momento en que se experimenta el riesgo inminente de sufrirlo.  La sorpresa y la inminencia hacen que el mal amenazante adquiera proporciones que tal vez no tenga realmente. Además,  el mal temido debe ocasionar en el sujeto una profunda perturbación psíquica, quien se halla en esas condiciones no puede decidir, frente al riesgo inminente de sufrir un daño real y serio, la realización de un comportamiento que lo impida, proporcionalmente menor o igual.
 
Naturaleza jurídico penal de la eximente de miedo insuperable
Tres criterios en orden a la naturaleza jurídico-penal de la eximente de miedo insuperable: el que la considera una causa de justificación, el que la estima una causa de inimputabilidad y el que la entiende una causa de inculpabilidad.
    El que sostiene el criterio que el miedo insuperable constituye una causa de justificación se basa en que esta eximente constituía un particular caso de estado de necesidad, por cuanto la alusión a la equivalencia de los males obliga a un inmediato paralelo con el requisito de la proporcionalidad de bienes en dicha eximente de estado de necesidad, de idénticos presupuestos objetivos cuantitativos. Tal opinión no  es convincente: aun cuando las diferencias entre una y otra eximente se examinarán más adelante, por ahora es suficiente con decir que las causas de justificación convierten en lícita una conducta que es ilícita; mientras que en el miedo insuperable, el hecho del sujeto actuante sigue siendo ilícito.
    El que sostiene que el miedo insuperable es  una causa de inimputabilidad se basa en que el carácter de insuperable del miedo sólo es compatible con una situación psíquica del individuo rayana en el trastorno mental transitorio; tal criterio haría superflua la eximente de miedo insuperable, porque esta se hallaría comprendida dentro de la eximente de enfermedad mental.
    El que sostiene que el miedo insuperable es una causa de inculpabilidad. En el miedo insuperable se alude a aquellos casos en los cuales el sujeto resuelve entre un número restringido de posibilidades, pero resuelve él.
      El miedo insuperable repercute sobre la relación psicológica del autor con su acto; afecta su capacidad volitiva de querer, por cuanto el sujeto actúa bajo los efectos de la amenaza de un peligro o daño que lo constriñe a actuar en forma tal que de no haber mediado la situación de miedo no lo hubiera hecho.
 
Distinción del miedo insuperable con respecto a otras eximentes
El fundamento de la eximente de miedo insuperable se halla en el reconocimiento, por parte de la ley penal, del principio de la voluntariedad de las acciones para que estas puedan ser penalmente sancionadas; voluntariedad que falta o, al menos, que queda coaccionada cuando el sujeto se encuentra en situación de elegir entre cometer el delito o sufrir un mal que le amenaza. Pero como este fenómeno se presenta también en los casos de legítima defensa, estado de necesidad y trastorno mental transitorio, es menester diferenciar la situación de miedo insuperable de esas otras causas de exención, mediante la elaboración de fórmulas teóricas convincentes y satisfactorias que logren la coherencia de tales eximentes de manera que  puedan contribuir a una práctica jurídica generalizada, estable y segura.
 
Distinción del miedo insuperable y la legítima defensa
Se aducen, para diferenciar las eximentes de legítima defensa y miedo insuperable, dos argumentos: primero, se ha dicho que quien obra en legítima defensa actúa legítimamente, mientras que quien obra bajo los efectos del miedo insuperable no actúa justificadamente, el hecho sigue siendo ilícito, sino tan solo actúa de manera inculpable; y segundo, se ha afirmado que en la legítima defensa no es preciso entrar en el estudio de la situación psíquica en que el autor se hallaba en el momento del hecho; mientras que en el miedo insuperable la exención se concede precisamente atendiendo el especial estado psíquico en que el sujeto se hallaba.
    La  distinción principal de las eximentes de miedo insuperable y de legítima  defensa radica en la dirección que puede tomar la actuación del sujeto que  experimenta la emoción de miedo, por cuanto el temor a un peligro, en sí mismo, es común a una y otra..
    La eximente de miedo insuperable no es apreciable cuando el sujeto, dominando los impulsos del miedo, reacciona contra el causante de este y le acomete con los medios que tiene a su alcance, porque en tal caso está fuera de duda que el miedo, lejos de ser insuperable, ha resultado vencido por el agente, teniendo en cuenta el concepto de la imposibilidad de superación del miedo que se ha ofrecido con anterioridad.  El sujeto, en tales condiciones, o sea, cuando reacciona contra quien constituye la fuente de donde proviene la situación de miedo podrá alegar, según las circunstancias que en la ejecución de los hechos hubieren concurrido, que se hallaba en situación de legítima defensa.
    Es erróneo estimar la concurrencia de la eximente de miedo insuperable cuando el sujeto dirige su actuación contra la propia fuente de la que emana el peligro; podrá ser apreciada, en su caso, la eximente de legítima defensa si concurren sus requisitos legales.
 
Distinción entre el miedo insuperable y el estado de necesidad
La teoría penal suele comprender, dentro de la esfera de la eximente de estado de necesidad, tanto la situación de necesidad creada por un acontecimiento natural como la que pueda provenir  de la acción de un hombre.
    Es posible establecer un principio de distinción entre la acción coactiva y la acción necesaria, fundada  en la naturaleza de la fuente de peligro. En la acción coactiva la situación de necesidad proviene de una acción humana, de una amenaza, mientras que en el estado de necesidad se trata de un acontecimiento natural, de un hecho peligroso.
    En el miedo insuperable, la salvación cometiendo el delito es impuesta; en el estado de necesidad, es necesaria, sin que para ello medie ningún imperativo extraño, humano.
    La afirmación teórica de la confusión entre el caso de miedo insuperable y el de estado de necesidad parece no tomar suficientemente en cuenta la naturaleza de uno y otro hecho y, sobre todo, sus distintas consecuencias. Es indudable que en el caso de miedo insuperable no puede hablarse nunca con propiedad de la justificación objetiva del acto, el cual conserva, sin duda alguna, su valor antijurídico al extremo de que la responsabilidad penal se desplaza del ejecutor material del acto al sujeto que lo coacciona.
    La diferencia se ha pretendido hallar en que el Derecho, para no castigar, en el miedo insuperable sólo mira el temor que constriñe la libre determinación de la voluntad del autor, que no autoriza a exigirle el respeto al bien jurídico ajeno; mientras que en el estado de necesidad atiende a que el autor obra para salvar un bien jurídicamente prevaleciente, lo que no sólo lo coloca en la condición de un no insubordinado contra el orden jurídico, como lo es el coaccionado, sino, además, en la de un cooperador para su mantenimiento.
 
Distinción del miedo insuperable y el trastorno mental transitorio     
En el trastorno mental transitorio el sujeto actúa desprovisto de la facultad de comprender el alcance de sus acciones y de dirigir su conducta (el trastorno mental transitorio es producto de actos irreflexivos, carentes de toda motivación); en el miedo insuperable el sujeto no pierde su capacidad cognoscitiva, comprende la naturaleza de sus actos, sabe que abre ilícitamente la caja de caudales obligada por el ladrón aun cuando lo haga bajo la coacción.
    La capacidad volitiva habrá podido quedar reducida a un mínimo inestimable, pero no puede decirse que ha desaparecido totalmente: él puede aún negarse corriendo el riesgo que representa la materialización de la coacción. La coacción psíquica, en el miedo insuperable, hace alusión al enfrentamiento y oposición entre las dos voluntades en lucha, en la que una es de tal intensidad que reduce a límites insignificantes la capacidad de decidir.