lunes, 11 de diciembre de 2017

La primera campaña de vacunación mundial de la historia

 
La alarmante mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español en los albores del siglo XIX, determinó el proyecto filantrópico y pionero en el mundo de una vacunación generalizada sobre el terreno a los posibles afectados por el virus.
    La expedición ha tomado el nombre del médico militar y cirujano honorario del rey Carlos IV, el alicantino Francisco Javier (o Xavier) Balmis y Berenguer, nacido en 1753, destacadamente acompañado por el ilerdense de Cervera, José Salvany y Lleopart, también médico y cirujano, y la enfermera y rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, Isabel López Gandalia (o Isabel Cendala Gómez, como es conocida y homenajeada en México; o Isabel Gómez Sandalla, que así la llamaba Balmis; no hay unanimidad en el nombre de esta gran mujer), natural de la coruñesa villa de Órdenes-Ordes.  
 
Francisco Javier Balmis se formó como médico en el Hospital Militar de Alicante, y posteriormente el Tribunal del Protomedicato de Valencia le otorgó el título de cirujano en 1778, pasando de inmediato a servir en tal calidad en el Ejército.
    En 1781 se trasladó a México, aprovechando su estancia en la capital del Virreinato para graduarse en Artes en su Universidad, al tiempo que era nombrado por mérito Cirujano mayor del Hospital de San Juan de Dios, cargo que desempeñó hasta 1788. Durante este periodo procedió a investigar sobre la curación de las enfermedades venéreas mediante el uso de plantas medicinales.
    De regreso a España quiso aplicar el método conseguido, obteniendo, sin embargo, una tenaz oposición surgida en la Corte entre los miembros del Protomedicato en la Corte. Dado ello, y para certificar la bondad de sus estudios, publicó en 1794 la obra Demostración de las eficaces virtudes nuevamente descubiertas en las raíces de dos plantas de la Nueva España, especies de ágave y de begonia, para la curación del mal venéreo y escrofuloso.
    Un año después se había consolidado su prestigio médico, al punto que Carlos IV lo reclamó para ejercer como cirujano de cámara. En 1797 se graduó en Medicina por la Universidad de Toledo y continuó su formación académica en Madrid, donde conoció y difundió la vacuna contra la viruela, descubierta por el médico rural inglés Edward Jenner: aspecto clave de la historia que aquí se refiere. Jenner publica sus trabajos con las vacas y los niños para obtener la vacuna contra la viruela en 1798, y en diciembre de 1800, la vacuna había llegado a España gracias al doctor Francesc Piguillem y Verdacer, afamado médico, gerundense de la villa de Puigcerdá.
    En 1796 Francisco Javier Balmis escribió el tratado científico Introducción para la conservación y administración de la vacuna y para el establecimiento de juntas que cuiden de ella, y en 1802 tradujo la obra de Jacques Louis Moreau de la Sarthe Tratado histórico y práctico de la vacuna contra la viruela, donde constaba el procedimiento experimental del doctor Jenner.
    Fue al cabo de un año, en 1803, cuando la eminente Junta de Cirujanos de Cámara aprobó el proyecto de Balmis para trasladar la vacuna a las colonias americanas y por sanción real (Carlos IV había perdido a su hija María Teresa por culpa de la viruela), y financiación sufragada por la Corona, nombrado director de una expedición que partió de La Coruña con un equipo de cirujanos y veintidós niños expósitos, a los que previamente se había inoculado la vacuna para poder transportar por vehículo humano el virus inmunológico según la praxis conocida y exitosa; más un cargamento didáctico compuesto por 500 ejemplares (algunas fuentes elevan la cantidad hasta 2.000) de la traducción de la obra de Moreau con el propósito de repartirlos a médicos e instituciones sanitarias de las provincias ultramarinas españolas.

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La expedición sanitaria ultramarina
El rey Carlos IV, a instancias de su médico, el doctor Balmis, dispone que sea organizada una expedición sanitaria para extender la vacuna a los territorios españoles en América y Asia. Y recae, precisamente, en Francisco Javier Balmis la responsabilidad de dirigir la que nada más organizarse se conoció como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna; una misión en esencia de carácter humanitario, también científica y médica, pionera en la historia, y antecedente directo para la erradicación de la viruela.
    El principal problema que había que lidiar antes de emprender viaje era el de conseguir que la vacuna contra la viruela lo resistiese y fuera efectiva a la llegada a tierra. Asunto que solventó Balmis, tomando en consideración el método adoptado por Jenner, embarcando un número determinado de niños que eran los humanos que mejor respondían a la técnica profiláctica (viajaron 22 en total), cada uno inoculado en los brazos en su debido momento con el fluido vacuno (que posibilitaba la vacuna para inmunizar de la enfermedad); además de surtir a los médicos y sanitarios que visitara, y a las futuras comisiones científicas que se crearan, con ejemplares del tratado de Moreau que él había traducido. Los niños oscilaban entre los tres y los nueve años (todos varones salvo tres niñas que participaron en la etapa sanitaria que discurrió entre la isla de Cuba y la península de Yucatán), dieciocho provenientes de la Casa de Expósitos de La Coruña y cuatro de Madrid acompañando a Balmis. La directora de la Casa de Expósitos de La Coruña era Isabel López Gandalla (o Gandalia), la Rectora Doña Isabel, una extraordinaria cuidadora devota de su misión que impresionó a Balmis; ella y su hijo adoptado, Benito, integraron la benemérita comitiva de sanación ultramarina que llevó la vacuna de las islas Canarias a China (alguna fuente incorpora a Japón en el destino), pasando por Nueva España (América del Norte y Central con cabecera en México), Nueva Granada (Ecuador, Colombia, Panamá y Venezuela), Perú (virreinato extendido por los actuales Estados de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Panamá, Perú y las regiones oeste y sur del Brasil) y las islas Filipinas. Aunque hubo más trayecto con renovada acción humanitaria.

Monumento en La Coruña a los niños portadores de la vacuna en la Real Expedición Filantrópica.

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Partió la flota a bordo del navío María Pita del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. Junto a Balmis embarcan como actores de primer orden los veintidós niños, el cirujano José Salvany, Doña Isabel, dos médicos asistentes, dos prácticos y tres enfermeras. El barco contaba con una importante dotación de instrumental quirúrgico e instrumentos científicos.
 
Arribados a La Guaira (demarcación venezolana) Balmis decidió distribuir el esfuerzo: él se trasladó a Caracas para instalar la Junta Central de la Vacuna con el apoyo de los médicos venezolanos José Domingo Díaz y Vicente Salias y luego marchó a Puerto Cabello, también en Venezuela, y La Habana, en Cuba.
    Por su parte, José Salvany, el segundo cirujano de la expedición, visitó Nueva Granada y el Virreinato del Perú; durante siete esforzados años recorrió este vasto territorio, hasta que la muerte frenó su altruismo sanador en la localidad boliviana de Cochabamba en 1810.
    Balmis se ocupó de Nueva España y allí recogió 25 niños huérfanos para transportar la vacuna en la travesía por el océano Pacífico rumbo a Manila, la capital de Filipinas, a bordo del navío Magallanes, que levó anclas desde el puerto de Acapulco el 8 de febrero de 1805.
 
Llegados a las Filipinas, Balmis y sus expedicionarios sumaron en el acto la inestimable colaboración de la Iglesia para organizar las vacunaciones de los indígenas. Y de Manila, decidieron repartir el beneficio de la vacuna a territorios no españoles como era China. Balmis solicitó permiso para dirigirse a Macao, territorio portugués, y concedido el 3 de septiembre de 1805 allí presentó la vacuna; y el 5 de octubre holló tierra china vacunando a cuantos pudo hasta el término del periplo en la provincia de Cantón.
    El regreso a España desde extremo Oriente es vía el océano Índico, bordeando la India y África meridional, y antes de aproar en dirección a España pone rumbo al centro del océano Atlántico para en una escala voluntaria, iniciado el año 1806, aprovisionar de vacunas a los ingleses estacionados en la isla de Santa Elena (tuvo a bien ayudar al enemigo). Luego, navegación hasta Lisboa y traslado a Madrid donde da cuenta al rey promotor del éxito de la misión.

Monumento en La Coruña a los integrantes de la Real Expedición Filantrófica de la Vacuna.

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Repercusión
La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna fue la primera campaña mundial de vacunación con programa estipulado oficialmente y seguido de una acción intercontinental de educación sanitaria; valga como sucinta referencia que las Juntas de Salud instituidas por el doctor Balmis se mantuvieron vigentes durante ochenta años.
    Esta gesta médico-científica universal de absoluto carácter generoso obtuvo la más alta consideración humanitaria en los a continuación beneficiados y el manifiesto laudatorio de personalidades científicas del momento y posteriores.    
    Edward Jenner, descubridor de la vacuna contra la viruela, escribió al respecto de la expedición: "No puedo imaginar que en los anales de la historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este". Y, a su vez, Alexander von Humboldt señalaba: "Este viaje permanecerá como el más memorable en los anales de la historia".

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* * * * *


Discurriendo la campaña de vacunación y aún sin noticias fidedignas de su trascendencia, en 1805 es promulgada una Real Cédula mandando que en todos los hospitales se destinase una sala para conservar el fluido vacuno, artífice de la vacuna contra la viruela.
 
Francisco Javier Balmis fue designado en 1814, acabada la Guerra de la Independencia, Cirujano de Cámara del repuesto rey Fernando VII e integrante de la Junta Superior de Cirugía.



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Conocida la suerte que corrió el doctor José Salvany, no lo es tanto la de Isabel López de Gandalla (o Gandalia), la esforzada expedicionaria que recorrió muchas millas y lugares aportando esperanza y sanación. Se sabe que llegó a Filipinas con el doctor Balmis y que efectuó el tornaviaje hasta México con su hijo adoptivo Benito; y en el virreinato de la Nueva España se quedó la única mujer que viajó en el María Pita y por ende, con todo honor y merecimiento, así determinado por los hechos y por la Organización Mundial de la Salud (OMS) la primera enfermera de la historia en misión internacional.


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jueves, 7 de diciembre de 2017

Memoria recobrada (1931-1939) XV

 
Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega recoge diversas opiniones sobre quien fuera Presidente del Gobierno del Frente Popular de la República entre mayo de 1937 y el final de la contienda civil, Juan Negrín López, que ciertamente son juicios críticos basados en el conocimiento directo del personaje por parte de aliados y correligionarios; y los motivos y avalistas que impulsaron el ascenso a la presidencia del Gobierno de Juan Negrín en mayo de 1937.
 
 
Opiniones significativas sobre el Presidente del Gobierno Juan Negrín
 
Luis Araquistáin: "El hombre de gobierno más funesto e irresponsable que haya tenido España desde siglos atrás". Citado por Burnett Bolloten en El extraño caso del doctor Negrín, en Historia 16, n.º 117, pág. 11.
José García Pradas: "El Presidente vivía bien. Folgaba con cuatro o cinco queridas magníficamente instaladas en casas de placer; comía y bebía como Heliogábalo o Rasputín, y hasta se provocaba vómitos que le permitían comer y beber de nuevo; establecía en el extranjero los depósitos de fondos necesarios para vivir opulentamente cuando acabase la guerra". Citado en Cómo terminó la guerra de España, pág. 17.
Francisco Largo Caballero: "La ética para Negrín es un artículo de lujo de aplicación desusada". Citado en Mis recuerdos, pág. 230.
Indalecio Prieto: "Juan Negrín era hombre de excepcionalísimo vigor físico e intelectual, poseyendo además una simpatía y una atracción que hacíanle subyugador. Su capacidad de trabajo era tan grande como su desorganización para realizarlo. Lo mismo permanecía veinticuatro horas seguidas ante el escritorio que no dejaba rastro suyo en una semana. En la ginebrina Sociedad de Naciones, ante la que compareció en 1937, y donde debían de creer que el gobierno republicano de España estaba formado por pelagatos, deslumbró con su don de gentes, su cultura y su poliglotía. En régimen parlamentario normal no hubiera podido ser jefe de gobierno, ni siquiera ministro por faltarle dotes oratorias... Comía y bebía lo que pueden comer y beber cuatro hombres juntos, pero a fin de eludir testigos de tamaños excesos, cenaba dos o tres veces en distintos lugares. Muchas noches hizo su primera cena en mi casa para luego hacer la segunda en un restaurante y más tarde la tercera, si venía bien, en cualquier cabaret. Educado en Alemania, adquirió allí ciertas costumbres remedadas de la Roma neroniana, como evacuar el repleto estómago, enjuagarse la boca y continuar vaciando platos y botellas". Citado en Convulsiones de España, vol. III, pág. 219 y ss.
Ricardo de la Cierva: "Indalecio Prieto refiere que Negrín vaciaba de un golpe los tubos llenos de aspirina". Citado en La victoria y el caos, pág. 157.
Segismundo Casado: "No era un hombre normal sino un desequilibrado". A los excesos políticos, de obediencia soviética, se sumaban en Negrín sus odiosos alardes gargantuanos (las comilonas, el consumo fluvial de champagne, las fulanas), en medio del hambre y la miseria de la zona republicana dominada por el Frente Popular, sometida, sobre todo en Madrid, a una dieta de lentejas que llegaron a conocerse como "las píldoras del doctor Negrín". Citado en Así cayó Madrid, pág. 130 y pág. 231.
    "Negrín mantuvo la consigna de resistir por su miedo pavoroso a contrariar los deseos de la Unión Soviética. Y es que el gobierno Negrín era simplemente una dictadura al servicio de una potencia extranjera". Así cayó Madrid, citado por Ricardo de la Cierva en La victoria y el caos, pág. 160.
Ramón González Peña: "A una situación militar punto menos que insostenible se agregaba una política funesta, la que usted dirigía, de protección descarada, injusta y peligrosísima al partido comunista, política que plasmada en nuevos nombramientos, insensatos, rechazada por el pueblo, por ese pueblo que usted creía tener consigo, produjo el estallido final. De esa tremenda explosión, en la cual miles de hermanos de lucha se despedazaron sangrientamente entre sí, no es usted el único responsable, pero sí el principal". Carta del ministro y presidente del PSOE Ramón González Peña a Juan Negrín, jefe del gobierno. Citado por Indalecio Prieto en Convulsiones de España, vol. II, pág. 71.
Julián Zugazagoitia (en referencia a un comentario de Julián Besteiro sobre Negrín): "La caída de Largo Caballero había sido el cumplimiento de una orden dada en Moscú, en la que colaboró Prieto" [a su vez defenestrado por los mismos mandantes un año después]; y veía en el sucesor de Largo Caballero, Juan Negrín, "un comunista solapado, fiel servidor de las instrucciones de Rusia". Concluye Zugazagoitia, socialista del PSOE: "difícilmente se encuentra una persona que no se represente al jefe del gobierno como un instrumento dócil del partido comunista". Citado en Guerra y vicisitudes de los españoles, vol. II, pág. 271.
Antonio López Fernández (sobre un comentario de Vicente Rojo): "Ellos [Negrín y sus adictos] habían vuelto a España [febrero de 1939] sólo para cumplir instrucciones de la Unión Soviética", que eran las de "pelear hasta el total desastre, para esgrimir en su propaganda posterior que habían sido precisamente los comunistas los últimos que pelearon en España". Citado en General Miaja. Defensor de Madrid, pág. 213 y ss.
Luis Araquistáin: "Los testimonios probatorios de este control del partido comunista [de la Unión Soviética] sobre el Estado español forman ya una masa inmensa, oral y escrita". Citado en Sobre la guerra civil y la emigración, pág. 230.
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Apunte sobre el ascenso de Juan Negrín a la jefatura del Gobierno
 
El 15 de mayo de 1937, en un Consejo de Ministros del Frente Popular, se buscó la eliminación política del hasta entonces presidente del gobierno, el socialista del PSOE Francisco Largo Caballero.
    Los dos comunistas de ese gobierno, Jesús Hernández y Vicente Uribe, pidieron la disolución del P.O.U.M. (Partido Obrero de Unificación Marxista, de tendencia trotskista, contrario a las directrices del líder comunista soviético Stalin). Largo Caballero se negó a ello, motivo por el cual los dos ministros comunistas citados abandonaron el Consejo. Quiso el presidente continuar la sesión, pero otros ministros, entre ellos su compañero de partido Indalecio Prieto, se opusieron, con lo que la crisis gubernamental estaba servida.
    Dos días después, el 17, Largo Caballero recibió el encargo de formar nuevo Gobierno, ocasión en que se enfrentaron abiertamente, sin atisbo conciliador, los distintos criterios. Largo, a su vez jefe de la U.G.T., pretendía formar un equipo ministerial apoyado en este sindicato, y sus  milicias armadas, y en el otro gran sindicato, el anarquista de la C.N.T., con su partido político la F.A.I.; reservándose para sí, además de la presidencia, la cartera de Defensa (que era la de Guerra, con la inclusión de los tres ejércitos). Se negaron a satisfacer tales aspiraciones los concertados partidos Comunista, Socialista no "caballerista" e Izquierda Republicana, que destinaban la cartera de Defensa al socialista Indalecio Prieto. En consecuencia, sobraba Largo Caballero, enemigo de la omnímoda presencia soviética y de sus decisiones sobre los frentes bélicos, la retaguardia y la organización política de las instituciones del Estado. Pero la ardua, meticulosa y sostenida tarea del poder comunista desde los consejeros soviéticos socavando la autoridad de Largo y anulando su crédito, dio con el antiguo líder en el suelo.
    Escribe Salvador de Madariaga al respecto (España, pág. 639): "La situación creada [con la auspiciada crisis de gobierno] era punto menos que imposible y los rusos comenzaron a echarse a buscar un sucesor para el señor Largo Caballero. El señor Álvarez del Bayo [socialista de obediencia comunista, Comisario General de Guerra, Ministro de Estado entre 1937 y 1938, también hacia el final de la guerra civil en 1939, y favorecedor de las Juventudes Socialistas Unificadas, traslación de las Juventudes Socialistas al comunismo, en colaboración con Santiago Carrillo y a las órdenes de Moscú] no les servía para el caso, porque hubiera descubierto el juego [apoderarse del Gobierno y de todos los resortes del poder] su nombramiento. Se necesitaba un socialista menos sospechoso de concomitancia alguna con el comunismo [y el elegido fue Juan Negrín]".
    El mismo día 17, pero por la noche, fue llamado Largo Caballero por el Presidente de la República, Manuel Azaña, que deseaba, como los conjurados, librarse de él. En el despacho de Manuel Azaña se encontraban representantes de los partidos Comunista, Socialista (PSOE), Izquierda Republicana (el partido de Azaña) y Unión Republicana  (dirigido por Diego Martínez Barrio). Azaña reiteró a Largo Caballero la exigencia que se le había formulado durante el Consejo de Ministros, lo que suponía la sentencia definitiva para éste.
    Al día siguiente, 18 de mayo de 1937, aparecía publicada en el Diario Oficial la lista del nuevo Gobierno (como puede suponerse elaborada con suficiente y premeditada antelación). Este nuevo Gobierno estaba presidido por Juan Negrín López, y lo integraban dos socialistas de la cuerda de Prieto, dos comunistas y sendos representantes de Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Catalana (formación política liderada por Lluís Companys) y Partido Nacionalista Vasco (partido liderado por José Antonio Aguirre). En el Gobierno ya no figuraban los anarquistas de la C.N.T.-F.A.I., desahuciados igual que los afiliados al P.O.U.M., e Indalecio Prieto asumía la cartera de Defensa. Los asesores soviéticos a las órdenes de Stalin habían vencido, y aún ignorante de su destino, Indalecio Prieto [defenestrado en marzo de 1938 por los mismos que lo catapultaron] no era sino un mero instrumento de la maniobra para la definitiva y completa ascensión al poder de los comunistas en la España dominada por el Frente Popular.
 
Las consecuencias de la caída de Largo Caballero y el nombramiento como Presidente del Gobierno de Juan Negrín fueron inmediatas. Negrín se alzó como el representante de una línea fuerte propugnada por los comunistas y de inmediato llevada a la práctica sobre la base de la represión..
    En Guerra y vicisitudes de los españoles, tomo II, pág. 434, Julián Zugazagoitia cuenta: "Procedimientos expuestos por Negrín para que los demás quieran lo que el Gobierno quiere: enfervorizarles, convencerles y, si estos dos recursos son insuficientes, aterrorizarles".
    En Los anarquistas en la crisis política española, pág. 265, José Peirats afirma: "Nunca llegó el crimen a extremos de tantos refinamientos como a partir del 15 de mayo de 1937. Es decir, cuando el Gobierno Negrín empezó a ser dueño de los resortes del Poder. A partir de entonces se cometieron los crímenes más horrendos de nuestra historia política. Las mazmorras de la G.P.U. (sic) se multiplicaron como infiernos del Dante".
    En Monografías de la Guerra de España n.º 5, José Manuel Martínez Bande completa: "Ya no era la represión masiva e incontrolada de los días inmediatos al 18 de julio. Con los meses esa represión se había depurado y tecnificado, con órganos policiacos por medio y procedimientos científicos ejercidos no contra los enemigos de clase; de aquí que entre las víctimas hubiesen muchos obreros".
    Los cambios en la dirección de los departamentos correspondientes al control político y social se produjeron con celeridad. El socialista José Echevarría-Novoa fue nombrado Delegado de Orden Público en representación del Gobierno de Cataluña (donde se perseguía eliminar la fuerte implantación anarquista), y el teniente coronel Emilio Torres, antiguo cenetista pasado al socialismo, jefe superior de Policía. En la Administración Central, el nuevo ministro de Gobernación, el socialista Julián Zugazagoitia, designa director general de Seguridad al antes socialista y después comunista Antonio Ortega Gutiérrez, y luego jefe superior de Policía en Barcelona al también comunista coronel Ricardo Burillo; ambos con experiencia en los frentes de batalla.
    Cuenta José Manuel Martínez Bande en su citada obra monográfica, resumiendo las acciones del primer gobierno Negrín, que en virtud de un Decreto fechado el 22 de junio de 1937 fueron instituidos Tribunales Especiales destinados a juzgar los delitos de espionaje y alta traición; entre estos delitos sometidos a esta jurisdicción especial figuraban la realización de actos hostiles a la República fuera o dentro de España, la emisión de juicios desfavorables a las operaciones bélicas o al crédito y a la autoridad de la República (encarnada por el Gobierno), y llevar a cabo actos o manifestaciones que tiendan a debilitar la moral pública.
    El 15 de agosto de 1937, el ministro de Defensa, Indalecio Prieto, creaba el S.I.M. (Servicio de Investigación Militar). Aparentemente se trataba de un mecanismo administrativo de control del espionaje y tareas de contraespionaje, pero la influencia comunista lo convirtió en un arma terrible de represión en beneficio del Partido Comunista a las órdenes de Stalin, hasta el punto de que el propio ministro de Defensa, Prieto, se vio pronto desbordado por aquella policía omnipotente que por sí misma, sin encomendarse a nada o nadie más, decidía detenciones y procesos (como ocurriera al principio de la guerra con los grupos incontrolados de sindicalistas y elementos de organizaciones políticas que practicaban el mismo método concluido no pocas veces con el "paseo" a la víctima seleccionada.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

Un español es capaz de una invención sobresaliente

 
Con dignidad y espíritu patriótico, Ramón Verea manifestó públicamente que su único interés era demostrar al mundo que un español es capaz de una invención sobresaliente. Y a fe que lo consiguió al crear una máquina calculadora que multiplicaba cifras de forma directa sin necesidad de recurrir a sumas, como operaban los ingenios que precedieron al suyo.
    Ramón Silvestre Verea Aguiar y García, pontevedrés de la parroquia de Curantes en el ayuntamiento de La Estrada, nacido en 1833, presentó su modelo de máquina calculadora mecánica en la ciudad de Nueva York, siendo bien recibida su contribución científica y aprobada por encima del resto de invenciones hasta entonces; galardonada con la medalla de oro en la Exposición Universal de Inventos celebrada en Cuba ese mismo año 1878.
 
Patente 207.918
El invento de Ramón Verea ha quedado registrado para la historia en un documento de patente en la Oficina de Patentes de Estados Unidos de América con el número 207.918, fechado el 10 de septiembre de 1878; además, fueron publicadas reseñas en revistas de la época como Scientific American y el prototipo forma parte de la colección de ingenios de cálculo visible en la sede central de la empresa tecnológica IBM.
    La máquina calculadora Verea Direct Multiplier, que nunca llegó a fabricarse en serie pero sirvió de inspiración a otros inventores e ingenieros que fueron perfeccionando el mecanismo de cálculo a lo largo del siglo XIX a partir del prototipo de Verea, desarrollaba un complejo proceso de multiplicación a una considerable velocidad. Pesa aproximadamente 26 kilos y mide 35 centímetros de largo, 30 de ancho y 20 de alto, con funciones de suma, resta, multiplicación y división de números hasta nueve cifras, admitiendo seis números en el multiplicador y quince en el producto; fue la máquina de palanca más veloz y precisa de la época.
    Ramón Verea, hombre peculiar, reivindicativo, estudioso y de firmes convicciones, nunca quiso comerciar con su invento ni tampoco continuar en el camino de la invención.

Imagen de www-balsach.com


Seminarista en Santiago de Compostela hasta 1855, Ramón Verea emigra a Cuba donde ejerce como maestro y escribe dos novelas, aprende inglés y se inicia en el periodismo e inventa una máquina para plegar periódicos cuya patente vendería más tarde en Nueva York. Pero antes de instalarse en esta ciudad en 1865, cumple una breve estancia en Puerto Rico. Una vez en la capital del mundo trabaja como traductor, maestro, cambista de oro y billetes de banco y comercial de artes gráficas y en 1875 funda una imprenta, crea una agencia industrial y dirige un periódico hispano, y luego en 1884 una revista de tirada mensual.
    En 1895 se traslada a Guatemala, donde publica una serie de cartas contra la leyenda negra que se achaca a España por parte de sus acérrimos enemigos, y después, en 1897, se traslada a Buenos Aires, ciudad en la que en 1898 volvió a publicar la revista El Progreso y siguió ejerciendo de periodista hasta su muerte un año después.
    Docente, ingeniero, periodista, inventor, escritor, historiador, ensayista y crítico en el más afamado de los sentidos, Ramón Verea murió en el anonimato, como por voluntad, salvo en momentos contados, había vivido.


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viernes, 1 de diciembre de 2017

Memoria recobrada (1931-1939) XIV

 
Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega recoge un breve testimonio escrito de Manuel Azaña Díaz y otro de Indalecio Prieto Tuero, ambos de interés por el análisis menospreciativo del caos y la derrota sufridos desde las elecciones de 1936 hasta abril de 1939 en la variable zona republicana sometida a las directrices emanadas de la Unión Soviética a través del instrumento político que fue el Frente Popular.
 
Entre 1937 y 1938, el presidente de la República Manuel Azaña, reflexionó por escrito, en un a modo de diálogo teatralizado, con personajes reales pero de identidad encubierta, sobre la deriva de la II República española, especialmente a partir de la formación para las elecciones generales de 1936 del Frente Popular, y la guerra civil en curso. La obra resultante, titulada La velada en Benicarló: diálogo de la guerra de España, publicada el año 1939 una vez finalizada la contienda en las ciudades de París y Buenos Aires, expone la memoria selectiva y el pensamiento de su autor trazado desde la característica y nunca renunciada apreciación despectiva de casi todos cuantos le rodeaban en las tareas ejecutivas y legislativas, además de la inquina a los mandos militares y el encono hacia los rivales políticos; y, en general, del mundo en torno.
    Manuel Azaña, personaje controvertido como tantos en la historia, era reo de muchas más fobias que filias, y a lo largo de su vida pública padeció de un miedo constante a lo que pudiera escapar de su control, personas y cosas, dichos y hechos, apenas mitigado por su envanecimiento intelectual.
    Desprecio, rechazo y fatuidad son sustantivos congruentes con su acción de gobierno y con su actitud personal, aflorada a la mínima ocasión. Viéndose en la cumbre no se adivinó en el abismo, pero lo sintió y lo vivió; entonces, como suele pasar, ya era tarde para poner en práctica su demanda de paz, piedad y perdón; lo que no le impidió formularla sin acabar de sincerarse con su propia e indelegable responsabilidad ante los españoles en el discurso pronunciado el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona.
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Dos fragmentos de La velada en Benicarló escogidos a propósito de la situación de caos y derrota en la zona republicana gobernada por el Frente Popular
 
Habla un tal Pastrana, identidad ficticia de Indalecio Prieto:
Las ambiciones, divergencias, rivalidades, conflictos e indisciplina que tenían atascado al Frente Popular, lejos de suspenderse durante la guerra [a partir del 18 de julio de 1936], se han centuplicado. Todo el mundo ha creído que merced a la guerra obtendría por acción directa lo que no hubiera obtenido normalmente de los gobiernos.
    La granada se ha roto en mil pedazos, precisamente por donde estaban marcadas las fisuras. El caso de Cataluña es uno más en el panorama general. Así, la rebelión militar produjo, quedándose el Estado inerme, el alzamiento y el desorden de que ustedes hablan; efecto fácil de prever y que había sido previsto y advertido. Si la rebelión militar hubiese durado ocho días, los resultados de su vencimiento habrían sido exclusivamente políticos, la República se habría afianzado. Las obras sociales que inevitablemente habían de cumplirse las hubiera hecho el Estado.
    La rebelión, al tomar la forma crónica de guerra civil, ha dado tiempo y aliento para el embate proletario, en todas sus formas, en las que son justas y razonables y en las que son desatinadas y perniciosas. Un fenómeno análogo se dibuja ya localmente en el capo de la República y por iguales principios de mecánica social: a la Generalidad, insubordinada contra el Gobierno, se le insubordinan las sindicales, la tienen sumergida y obediente. Al borde se forma una reacción: hay barruntos de revuelta entre las fuerzas de orden público contra los sindicatos; esta vez, con la simpatía general de las gentes pacíficas.

Habla un tal Garcés, identidad ficticia del propio Manuel Azaña:
¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna.
    La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía. Una de las cosas más miserables de estos sucesos ha sido la disociación general, el asalto al Estado, y la disputa por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región, regiones contra el Estado. El cabilismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma, con tanta fuerza que, durante muchos meses, no los ha dejado tener miedo de los rebeldes y se han empleado en saciar ansias reprimidas. Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía más a mano, si representaba o prometía algún valor, económico o político o simplemente de ostentación y aparato. Las patrullas que abren un piso y se llevan los muebles no son de distinta calaña que los secuestradores de empresas o incautadores de teatros y cines o usurpadores de funciones del Estado. Apetito rapaz, guarnecido a veces de la irritante petulancia de creerse en posesión de mejores luces, de mayor pericia, o de méritos hasta ahora desconocidos. Cada cual ha querido llevarse la mayor parte del queso, de un queso que tiene entre sus dientes el zorro enemigo.
    Cuando empezó la guerra, cada ciudad, cada provincia, quiso hacer su guerra particular. Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la gran Cataluña. Vasconia quería conquistar Navarra, Oviedo, León; Málaga y Almería quisieron conquistar Granada; Valencia, Teruel; Cartagena, Córdoba. Y así otros. Los Diputados iban al Ministerio de la Guerra a pedir un avión para su distrito, "que estaba muy abandonado", como antes pedían una estafeta o una escuela. ¡Y, a veces, se lo daban! En el fondo, provincialismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en ciertos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición. La Generalidad [de Cataluña] se ha alzado con todo El improvisado Gobierno vaso hace política internacional. En Valencia, comistrajos y enjuagues de todos conocidos, partearon un gobiernito. En Aragón surge otro, y en Santander, con Ministro de Asuntos Exteriores y todo...
    ¡Pues si es en el Ejército! Nadie quería rehacerlo, excepto unas cuantas personas, que no fueron oídas. Cada partido, cada provincia, cada sindical, ha querido tener su ejército. En las columnas de combatientes, los batallones de un grupo no congeniaban con los de otro, se hacían daño, se arrebataban los víveres, las municiones... Tenían tan poco conocimiento que cuando se habló de organizar un ejército lo rechazaron, porque sería "el ejército de la contrarrevolución". ¡Ya se repartían la piel del oso! Cruel destino: los mismos piden ahora a gritos un ejército. Cada cual ha pensado en su salvación propia sin considerar la obra común.
    Preferencias políticas y de afecto estuvieron mermando los recursos de Madrid para volcarlos sobre Oviedo, cuando el engreimiento de los aficionados les hacía decir, y tal vez creer, que Oviedo caía en cuarenta y ocho horas. En [la provincia de] Valencia [sede gubernamental de la República durante periodos de la guerra], todos los pueblos armados montaban grandes guardias, entorpecían el tránsito, consumían paellas, pero los hombres con fusil no iban al frente cuando estaba a quinientos kilómetros. Se reservaban para defender su tierra. Los catalanes, en Aragón, han hecho estragos. Peticiones de Aragón han llegado al Gobierno para que se lleve de allí las columnas catalanas. He oído decir, a uno de los improvisados representantes aragoneses, que no estaba dispuesto a consentir que Aragón fuese "presa de guerra". Una imposición de la Escuadra determinó el abandono de la loca empresa sobre Mallorca [para entonces ya abortada por los lugareños civiles y militares], abandono que no había podido conseguirse con órdenes ni razones.
    En los talleres, incluso en los de guerra, predomina el espíritu sindical. Prieto [Indalecio Prieto, líder socialista del PSOE, uno de los artífices de la implantación del Frente Popular promovido por la Unión Soviética, ministro de Marina y Defensa en los sucesivos gobiernos frentepopulistas hasta desaparecer del escenario español con un importante botín] ha hecho público que, mientras en Madrid no había aviones de caza, los obreros del taller de reparación de los Alcázares [aeródromo de Los Alcázares en la provincia de Murcia] se negaban a prolongar la jornada y a trabajar los domingos. En Cartagena, después de los bombardeos, los obreros abandonan el trabajo y la ciudad en hora temprana para esquivar el peligro. Después del cañoneo sobre Elizalde [fábrica de motores de aviación en Barcelona], en Barcelona, no quieren trabajar de noche. Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno cuando se fue de Madrid [los anarquistas detuvieron en Tarancón, provincia de Cuenca, a la comitiva ministerial que huía de Madrid, y les conminaron a volver aunque sin éxito]. Les molestaba su presencia [la del Gobierno huido de Madrid en Valencia capital] porque temían que atrajese los bombardeos. Hasta entonces no habían sentido la guerra [noviembre de 1936]. Reciben mal a los refugiados porque consumen víveres. No piensan que están en pie gracias a Madrid. En fin, un lazo de unión a todos, resultado de la lucha por la causa común, no ha podido establecerse.
* * *
 
Discurre amargamente y se queja el todavía Presidente de la República, figura institucional sin poder ejecutivo tangible y apenas valor político más allá del símbolo conservado para la captación de la voluntad popular, que omite, con su habitual desprecio hacia la realidad adversa a su criterio, que su periplo viajero de estilo busca de refugio lejos del peligro que entrañaba Madrid fue largo y notorio; y cuando por fin salió de España, el cinco de febrero de 1939, algo que deseaba por muchos distintos motivos, se negó a regresar, renunciando de facto a ejercer como presidente de la República; labor que venía desempeñando desde tiempo atrás, también de facto, el socialista entregado a los comunistas Juan Negrín López.
 
Indalecio Prieto profetizó a Manuel Azaña cuando el Ejército Nacional culminaba la toma de la provincia de Vizcaya, con su capital Bilbao, ciudad de adopción del ovetense prócer socialista, en la primavera de 1937 lo siguiente: "No hay más que aguantar hasta que esto se haga cachos, o hasta que nos demos de trastazos unos con otros [los integrantes del Frente Popular, a esas alturas dominado por los agentes soviéticos con la misión de subordinar la política, la sociedad y el ejército al mandato de Stalin a través del PCE como partido hegemónico, primero, y al cabo único], que es como yo siempre he creído que concluiría esto".
    Sabiendo el desenlace, según predice, al que contribuyó, cual demuestra en su caso y en el de Azaña las respectivas trayectorias, se entiende las prisas por acopiar bienes ajenos en gran cantidad para sostener un exilio lo más confortable y resguardado posible. Cabe citar, al hilo de lo mencionado para Azaña, que en tierra extranjera Prieto confesó su activa participación en la revolución de octubre de 1934, como organizador y factótum, y por los acontecimientos políticos y bélicos posteriores ofreció públicamente por escrito su disculpa y asunción de responsabilidades (en sus obras biográficas Convulsiones de España y Palabras al viento, editadas en México por la editorial Oasis entre 1967 y 1969).    

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Karelia


Suite Karelia, Op. 11



Es la voz del origen.
    Suena alrededor del mundo que los sentidos abarcan la voz, esa voz única, serena y concisa, que al nacido en tan prodigioso lugar canta los dones, que le han sido legados, y las preces, que le serán concedidas si su merecer lo dispone.
    La voz que ningún frío hiela ni apaga, que viento alguno pierde, que fuego impío sonroja ni quema, que jamás desdicha en plañidero duelo sume, la voz que impone su cálido abrazo en la peor circunstancia, vierte en los oídos sensibles a la caricia, del arrullo atentos, un relato tras otro de la historia que la sangre a su modo cuenta, que por la sangre a su impulso navega, que entre la sangre fluye para conocimiento perpetuo del honrado con la memoria.
    "Tuyo es el testigo, ahora. Tuya, ahora, la responsabilidad de proseguir, con armas y bagajes que natura entrega, la cuenta del tiempo y la de los sucesos a él acogidos."
    Es un cuento de bella factura, que provoca lágrimas tiernas y dulce sonrisa. Es un cuento de los que abren la puerta, aprestan el ánimo y sitúan lejos, muy lejos, al ufano autor de sus días, con huellas frescas sobre los varios terrenos que ha de pisar la aventura.
    "Tú escucha."
    La graciosa forma del mundo parlotea en tono de infantil deseo. En su sensual combadura, apreciable en la distancia libre de obstáculos, caben todos los regalos imaginables, y también el más buscado, el imprescindible; ese que trae envuelto en luz irisada la sucesión de páginas escritas y leídas por el espíritu inquieto, ambas complementarias, ambas, a la sazón guía, reflejo y ciencia.
    La madre, de quien la voz proviene, cría y alienta; luego advierte, incita, lo suficiente revela -aquello que sabe, aquello que intuye, aquello que deduce- y empuja.
    "A por la vida", pide que vaya el fruto de la enésima cosecha.
    El que tiene que dar el paso, el primero y los siguientes hasta que su número bordee el infinito, inquiere una respuesta a la duda, una respuesta al temor, una respuesta al apego y otra, de igual calado, al desapego. Es como cuando a la historia que nos lleva al sueño, un cuento de fechas remotas con los protagonistas integrados en los episodios de afortunada conclusión, le asaltara un añadido brumoso, inquietante, pero a la vez sugestivo y desafiador: hay solución al enigma.
    ¿Hay solución al convenio que firman dos disímiles en fuerza y condición?
    La voz, recuerda en el futuro anuncia la voz, no figuraba escenarios caducos ni paisajes desvirtuados por una ambición ajena a los orígenes, a la esencia, a la sustancia que germina en un brote nuevo cada equinoccio. Acuérdate del instante feliz, resultas las necesidades presentes, que fue causa de este viaje hacia arriba y hacia abajo, de la ilusión al agobio, un desplazamiento constante y rebelde del ansia a la realización.
    Con muchas voces a coro, ilustrado el horizonte que ninguna turbulencia opaca con un arte espontáneo, descollante, propio y grande, sonoro desde las entrañas.

 

Jean Sibelius

lunes, 27 de noviembre de 2017

El Cid Campeador

 
Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, nació en Vivar, provincia de Burgos, el año 1043, en el seno de una estirpe familiar de segunda nobleza. Crónicas árabes y cristianas, como la Historia Roderici, escriben sobre tan legendario personaje dando fe de su existencia más allá del mito y la leyenda.

Monumento a Rodrigo Díaz en Vivar.

Monumento a Rodrigo Díaz en Vivar.

Imagen de http://burgosconecta.es

Las mocedades de Rodrigo Díaz de Vivar
Pronto huérfano de padre, creció y se educó en la corte de Fernando I el Grande o el Magno, que por ambos honrosos calificativos se le conoce, en el séquito de su hijo el príncipe Sancho. Cuando éste fue coronado en 1065, por haber fallecido su padre, se convirtió en el primer rey de Castilla, como Sancho II, y Rodrigo, ascendido a la  condición de caballero en 1060, recibió de la regia voluntad el nombramiento de Alférez del Rey, equivalente a jefe de la milicia real.
 
Disputas y alianzas entre hermanos con la intervención de Rodrigo Díaz
La fraternidad brillaba por su ausencia en los hijos del rey Fernando, pero también un sentido práctico de unión ante enemigos comunes. Sancho II había derrotado a su hermano Alfonso VI de León, el primogénito de la familia, en la batalla de Golpejera, año 1072, donde dirimieron la supremacía de sus reinos y ganó el de Castilla, lo que convirtió a Sancho en rey de Castilla y León; aunque antes, los dos juntos y espada con espada, conquistaron Galicia que había correspondido en el reparto de la herencia al menor de los varones, don García.
    La parte del ejército leonés huido de la derrota se refugió en la plaza de Zamora, dominio de doña Urraca, primera hija del rey Fernando a quien se la legó, como la ciudad de Toro a su otra hija, doña Elvira. Lo que no fue óbice para que el flamante rey de los unificados reinos de Castilla y León, Sancho, pusiera sitio al lugar con ganas de concluir su victoria. Cosa que no sucedió, al contrario: Sancho murió asesinado ese año de 1072 a manos del italiano al servicio de doña Urraca y por ende de los leoneses, Bellido Dolfos; y las tropas castellanas levantaron el cerco y dieron en retirarse cediendo toda la herencia de Fernando a Alfonso VI.
    Con la salvedad de aspectos legales y morales. Sancho murió sin descendencia, por lo que el Fuero Juzgo, cuerpo legal vigente, determinaba la sucesión del trono en su hermano Alfonso. Pero como sobre él pendía la sospecha de haber participado de alguna manera en el asesinato, la comisión de caballeros castellanos presidida por Alvar Háñez Minaya, a la sazón alférez de Rodrigo Díaz y una de las mejores espadas de la cristiandad, sólo superada por la del Campeador, piden a Rodrigo Díaz de Vivar que sea el nuevo rey de Castilla. A lo que éste no accede y arguye que conforme a la partida XII de la Lex visigothorum su deber es pedir juramento a Alfonso y si éste jura que nada tuvo que ver con la muerte achacada le besará la mano en señal de vasallaje.

Monumento al Cid Campeador.

Monumento al Cid Campeador por Juan de Ávalos en 1964.

Imagen de www.esculturaurbana.com

Tras la Jura de Santa Gadea
Rodrigo Díaz obliga a Alfonso que jure, en la iglesia de Santa Gadea en Burgos a finales de 1072, que nada ha tenido que ver en la muerte de su hermano Sancho, asunto que dejará huella de recelo en Alfonso que desposeerá a Rodrigo de su rango de alférez real, un cargo de confianza y no sólo de valía.
    Rodrigo, entonces, se retiró al monasterio de San Pedro de Cardeña, en la localidad burgalesa de Castrillo del Val, y al mundo vuelve cuando es convencido de su utilidad fuera de los muros religiosos por el abad Dom Sisebuto. Es en Cardeña donde conoce a Eximina (Jimena o Ximena), y el rey Alfonso el Bravo le procura ese buen matrimonio con la asturiana, bisnieta de Alfonso V; y en adelante, reincorporado al servicio del monarca, le encomienda tareas de responsabilidad como la de cobrar los tributos (parias) que los reinos de taifas musulmanes, en situación de inferioridad ante el rey cristiano, pagaban al monarca de Castilla y León.
    Uno de los contribuyentes forzados es el rey Motámid de Sevilla. Rodrigo cumple su cometido, y camino de regreso hace un alto en el castillo de Luna, en la localidad leonesa de los Barrios de Luna, para saludar a don García, hermano menor de Alfonso que allí lo ha confinado; el conde de Nájera, García Ordóñez el Boquituerto, enemigo del Cid, aprovecha esta ocasión para robar las parias y urdir una mentira, matando dos pájaros de un tiro a su conveniencia, acusando al Cid de confabular contra el rey en la inopinada visita.
 
El primer destierro
Alfonso VI, crédulo, a finales de 1080 destierra al Campeador, quien acompañado de fieles caballeros (vasallos o mesana) cruza la frontera para adentrarse en tierra de moros; primero son 300, y al cabo 5.000, número de armados que forma a ojos vista un poderoso ejército. Pero Rodrigo Díaz, cansado de guerrear, no busca pelea, por lo que acepta el ofrecimiento del rey Al-Mutamín de Zaragoza, hombre culto, y en esta ciudad, protegiendo al dicho rey de las querellas belicosas de su hermano Mundir,  gobernador musulmán de Lérida, aliado del rey de Aragón y del conde de Barcelona, permanece viviendo en un palacio a orillas del Ebro.
    Y llegó la hora de combatir nuevamente. Rodrigo vence a la coalición de Mundir en la batalla de Almenar, y con motivo de tal celebrada ocasión, se le bautiza como Sidi, señor, por los favorecidos musulmanes de Zaragoza. De tal apelativo deriva el sobrenombre de Cid.
    Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, sigue sumando victorias en territorios de Levante y acrecentando su fama.

La guerra desatada
En 1086 se quiebra la armonía entre moros y cristianos.
Alfonso VI ha reconquistado Toledo, lo que supone un peligro cierto para la hegemonía musulmana en el sur de la península. La respuesta al avance cristiano por parte de las taifas musulmanas es la demanda de auxilio militar a un ejército africano de almorávides con ganas de sangre y poder.
    Los fanáticos almorávides, al mando de Ben Yussuf, emir de los creyentes, desembarcan en la península para imponerse al resto de musulmanes y cristianos. Derrotan a Alfonso en Sagrajas, 1086; y consciente el monarca de la amenaza, se  congracia con el Cid para que los derrote y proteja Valencia, como así sucede. Pero este perdón dura hasta que otra acción rencorosa y cobarde del conde de Nájera, que acusa al Cid de llegar tarde en la defensa del sitio de Aledo, en Murcia, decide al influido rey Alfonso volver a desterrarlo.

El segundo destierro
Las tornas han cambiado en este renovado destierro. El Cid Campeador es más fuerte y más sabio que antaño; conoce dónde puede situarse en el Levante ya recorrido y decide emprender por y para sí mismo una campaña de dominio sobre la codiciada región mediterránea.
    Arriba con su gente a Sagunto y obliga al gobernador de Valencia, Al-Qadir, a pagarle tributos. Por su parte, el temeroso rey de la taifa de Lérida pide ayuda a Ramón Berenguer II, conde de Barcelona; así que el Cid derrota a los dos coaligados. Ya domina todo el oriente peninsular a excepción de la taifa de Zaragoza. En esas, los intereses y los recelos se imponen, huestes castellanas, aragonesas y catalanas atacan Valencia en acción demostrativa de su poder contrario al del Campeador. Pero en vano. El Cid vuelve a triunfar y, aprovechando la inercia, ataca territorio riojano y obliga a la tropa de Alfonso VI a que retroceda en busca de cuarteles protectores del ímpetu del Cid.


Toma de Valencia
Discurre el año 1092 cuando una guerra intestina entre musulmanes se salda con la muerte del protegido de Rodrigo Díaz; justificación sobrada para que intervenga sitiando Valencia con un poderoso ejército que ha armado gracias al apoyo del judío Elifaz, rico admirador del Cid, y tomándola el 15 de junio de 1094.   
    El Cid y su familia se sienten a gusto en Valencia por lo que allí se establecen. Feliz Jimena, su esposa, y bien casadas sus hijas, Cristina con el infante Ramiro Sánchez, hijo del rey de Navarra, y María con Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, las tribulaciones de una vida belicosa quedaban pospuestas. Las hijas del Cid nunca se llamaron Elvira ni Sol.

Monumento a Rodrigo Díaz de Vivar.

Monumento a Rodrigo Díaz de Vivar.

Imagen de http://historiaespana.es

La amenaza almorávide

Hasta que Rodrigo Díaz no tiene más remedio que afrontar el peligro almorávide que con gran ejército va remontando la península desde la base de partida meridional. Será a las puertas de Valencia, de la mano con la hueste de Pedro I de Aragón, en el lugar llamado Cuarte el año 1094 -poco sosiego tuvo el Cid-, y la alianza cristiana venció. Cabe destacar que esta batalla registra por primera vez en campo cristiano el uso de escudos de madera con bastidor de hierro, que superaron en eficacia a los de piel de hipopótamo empleados por los almorávides.
    La alianza del Cid con el de Aragón alcanzó tierras de Castilla para apoyar a Alfonso VI del empuje musulmán; Diego, el único hijo varón del Cid se ha sumado al combate. Pero esta vez la suerte es adversa y los cristianos son derrotados y fallece Diego luchando por la causa.
    La venganza del Cid, no obstante, se consuma de inmediato.
    Y aquí acaba la historia, pues no tardará en morir Rodrigo Días, señor de Valencia, en su ciudad, el 10 de julio de 1099, enfermo, a los 56 años y minado por las muchas heridas de su azarosa existencia.
    Rodrigo Díaz y su esposa doña Jimena reposan en el monasterio de San Pedro de Cardeña.

Sepulcro de Rodrigo Díaz y Doña Jimena en San Pedro de Cardeña.

Sepulcro de Rodrigo Díaz y Doña Jimena en el monasterio de San Pedro de Cardeña.

Imagen de www.museodelcid.es

La leyenda del Cid
 
Finalizado el último capítulo de la vida y obras de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, comienza fulgurante la leyenda del Cid, el inmortal Campeador, cuyo resumen es tan sencillo como edificante "¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!", caballero leal, súbdito fiel, señor audaz, abnegado, generoso y cabal: ejemplo de ética, honor y sacrificio; personificación de la idea de libertad e independencia de criterio con argumentos de razón y de espíritu; fuente de la imprescindible conciencia nacional.
    Dice de Rodrigo Díaz el maestro Ramón Menéndez Pidal que el Cid vence al enemigo exterior, que es el invasor musulmán, y al enemigo interior, que son la envidia y la ceguera.
    El Cid Campeador, cuenta la leyenda, incluso muerto siguió ganando batallas a lomos de Babieca, portando sus victoriosas espadas Tizona y Colada.

La espada Tizona.

Espada Tizona

Imagen de http://amigosmuseoejercitomadrid.com

La espada Colada.

Espada Colada

Imagen de http://burgospedia1.files.wordpress.com
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Hazañas
 
Destacan por su significado:
Recuperar la villa de Graus para el infante Don Sancho, de quien era tributario el rey moro de Zaragoza, y en contra de Ramiro I.
Recuperar la plaza de Barbastro, perteneciente a un rey moro tributario de Castilla, ocupada por el normando Guillermo de Montreuil.
En la disputa por unos castillos situados en la linde fronteriza del momento entre Sancho de Castilla, Sancho de Navarra y Sancho de Aragón, los tres descendientes de Sancho III el Mayor de Navarra, y conforme al código de caballeros imperante en esa época medieval, es un combate singular que entablan los alféreces designados por cada oponente el que decide la victoria y consiguiente toma de posesión. Gana Rodrigo Díaz de Vivar, alférez de Castilla Jimeno Garcés, alférez del rey de Navarra. Con este triunfo recibe Rodrigo el título de maestro del campo de batalla, Campi Doctor, que significa Campeador.
Derrotar en los campos de Medinaceli al súbdito del rey de Zaragoza Háriz, que salió al encuentro del Cid cuando éste iba a cobrar los tributos que el musulmán debía a Sancho.
El Cid tiene en Navapalos, provincia de Soria, una visión en la que el ángel Gabriel vaticina éxito a sus aventuras.
Batalla de Alcocer, en la provincia de Zaragoza, contra el ejército musulmán enviado desde Valencia.
Batalla del Pinar de Tévar, lugar de frontera entre las actuales provincias de Castellón y Teruel, o también llamada Victoria de los malcalzados: el Cid derrota a un poderoso ejército al mando del conde catalán don Ramón Berenguer.
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El episodio legendario de la Afrenta de Corpes.
 
Cerca de Castillejo de Robledo, provincia de Soria, en Robledo de Corpes, provincia de Guadalajara, las hijas del Cid, Elvira y Sol, sufrirán golpes y abandono a manos de sus esposos, los infantes de Carrión, en este paraje inhóspito y solitario. Siendo posteriormente rescatadas y cumplidamente vengadas para salvaguarda de la dignidad y el honor.
    Figura en el cantar tercero del Poema de Mío Cid.  

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Establecimientos militares
Cuartel general en el Poyo del Cid, un cerro donde Rodrigo Díaz emplaza su fortaleza para dominar la zona de Teruel y Zaragoza con Guadalajara.
En Olocau del Rey, frontera de Castellón con Teruel, sitúa el Cid una de sus fortalezas principales denominada el Nido del águila.
Fortaleza de Peña Cadiella, en la frontera de Valencia y Alicante, para controlar los pasos hacia Valencia.
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Estatuas del Cid Campeador en el mundo
 
Las ciudades de Burgos, Valencia, Sevilla, Nueva York, San Francisco, San Diego y Buenos Aires, cuentan con sendas esculturas del héroe castellano de la Reconquista; cinco de las cuales esculpidas por la artista norteamericana Anna Hyatt Huntington.
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Cantar de Mío Cid
 
Per Abbat (Pedro Abad), burgalés de Gumiel de Izán y canónigo de Osma, es el único autor del Cantar de Mío Cid, texto que redactó en 1207 (alrededor de 1180). Así lo afirma Timoteo Riaño Rodríguez, catedrático de Literatura Medieval ya jubilado y autor de diversas obras sobre el Cantar.
    Este celebérrimo poema de gesta fue dado a conocer a través de una copia del manuscrito de Per Abbat efectuada en el siglo XIV; pues el origen del texto se remonta a una fecha anterior situada, según los indicios documentales, entre 1099, año del fallecimiento de Rodrigo Díaz de Vivar, y la citada que firma Per Abbat.
    El poema se divide en tres cantares de extensión similar, escrito con sencillez expresiva y formularia.
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Prólogo al
Romancero selecto del Cid
por Manuel Milá y Fontanals, catedrático de Filología y Estética en la Universidad de Barcelona y presidente honorario de la Academia de Buenas Letras.
 
La historia literaria nos señala como objeto de incomparable nombradía a los héroes que ocupan el primer lugar en las grandes y poco numerosas epopeyas, hijas legítimas del genio de un pueblo. Al retratar el poeta venusino, y por cierto con colores nada halagüeños, el carácter de Aquiles, no encuentra epíteto que mejor le cuadre que el de celebrado (honoratum). Igual calificativo pudiera aplicarse a los dos héroes predilectos de las tradiciones heroicas de Francia y España. "El Cid", dice el docto Puymaigre (nota 1.ª) "es tan popular allende los Pirineos como aquende lo fue Roldán". Y, en verdad, si el nombre del paladín francés traspasó inmediatamente los linderos de su tierra natal y se extendió por dilatadísimas comarcas, los españoles han recordado el del héroe de Vivar con sin igual perseverancia, y ni un solo día ha dejado de ser proverbial y propuesto como dechado de guerreros y patricios.
    Rodrigo o Ruy Díaz el de Vivar, llamado también el Castellano y el Campeador, y más comúnmente el Cid (nombre de origen arábigo que significa Señor), hijo de Diego Laynez, descendiente del juez de Castilla Laín Calvo, nació en Burgos o en la próxima aldea de Vivar a mediados del siglo XI. Hubo de figurar ya en los últimos tiempos del primer Fernando. Le armó caballero y le nombró su alférez Sancho II, a quien, después de la batalla de Golpejares, aconsejó el Cid que atacase al victorioso y ya descuidado ejército de su hermano Alfonso VI de León. Consta que venció en singular batalla a un sarraceno y a un pamplonés. Acaso ya por entonces casó con doña Ximena, hija del conde de Oviedo.
    Muerto Sancho por Bellido Dolfos en el cerco de Zamora, doce caballeros, entre los cuales se contaba Rodrigo, exigieron del nuevo rey de Castilla, Alfonso XI, que jurase no haber tenido parte en la muerte de su hermano. Asistió el Cid algún tiempo en la corte, pero por el recuerdo de la jura o por otro motivo de desazón o por hablillas de los envidiosos, fue desterrado al finalizar el año 1081 o poco más tarde.
    Fue Rodrigo a Barcelona y luego a Zaragoza, donde entró a reinar Al-Mutamin. Sirvió a éste victoriosamente contra su hermano el rey de Denia, favorecido por los soberanos de Aragón y Barcelona. Siguió el Cid unido al hijo y sucesor de Al-Mutamin, con cuyo auxilio rechazó a los Almorávides, llamados por Al-Kaadir, rey de Valencia, sitiando después esta ciudad. Tres veces se allegó a Alfonso, pero n o tardaba en separarse, saliendo la tercera nueva mente desterrado.
    Muerto Al-Kaadir y entronizado el traidor Ben-D'yajaf, después de varios incidentes y de haber rechazado la invasión del almorávide Abou-Beer, se apoderó el Cid de Valencia en el año 1094. Mostróse al principio clemente, pero luego condeno al fuego a Ben-D'yajaf y otros musulmanes. Alcanzó nuevas victorias, mas derrotado por los almorávides su pariente y amigo Alvar Fáñez y parte de su propio ejército, murió de pesadumbre en 1099. Su viuda tuvo que dejar Valencia después de haberse mantenido en ella dos años. Salieron los cristianos en procesión con el cadáver de Rodrigo, el cual, como también después el de Jimena, fue sepultado en San Pedro de Cardeña. Le sobrevivieron sus dos hijas, Cristina, casada con Ramiro, infante de Navarra, y María, que lo fue con Berenguer Ramón III de Barcelona.
    La historia no nos presenta al Cid como héroe sin mancha: no siempre se mostró vasallo reverente y su energía se convirtió a veces en crueldad, su prudencia en astucia; pero atesoró grandes cualidades que le valieron la admiración de amigos y enemigos musulmanes, uno de los cuales le proclamó prodigio del Señor. Sus victorias, de que se aprovechó toda la cristiandad, su vida aventurera y hazañosa y sus prendas personales y domésticas le convirtieron, a no tardar, en héroe de épicas tradiciones.
    Pocos años después de su muerte, sino ya en vida, según opina Baist, fue el Cid celebrado en un poema latino, y consta que a mediados del siglo XII era ya cantado con el nombre de Mío Cid.
    Dos son los poemas o cantares de gesta relativos a este célebre personaje histórico que se han conservado. El que versa sobre hechos más antiguos, publicado en nuestro siglo por Mr. Francisque Michel, ha sido llamado la Crónica Rimada o el Poema de las mocedades del Cid y pudiera llamarse simplemente El Rodrigo, pues tal es el nombre que da constantemente al héroe. Este poema cuenta la historia fabulosa de la juventud de Rodrigo, la cual comprende la muerte dada a un supuesto conde de Gormaz, injuriador de su padre, su casamiento con Jimena, hija del mismo conde, sus primeras victorias ganadas a caudillos árabes y la imaginaria expedición a Francia, a donde, según se supone, acompañó al rey D. Fernando, para oponerse al tributo que a Castilla exigían los monarcas extranjeros.
    El otro cantar, llamado comúnmente el Poema del Cid, fue publicado en el pasado siglo [s. XVIII] por el Pbro. Don Tomás Sánchez [Tomás Antonio Sánchez de Uribe], y pudiera distinguirse de El Rodrigo, apellidándose El mío Cid, pues así denomina al de Vivar. Menos apartado que aquél de la realidad histórica, es, a nuestro ver, más antiguo, y nos presenta un héroe nada muelle ni apocado pero grave y comedido, sin los impetuosos arranques atribuidos a sus mocedades. Refiere las hazañas del Cid después de su último destierro, la toma de Valencia, el casamiento, sin duda alguna fabuloso, de sus hijas con los infantes de Carrión, la cobardía de éstos y el mal tratamiento que dan a sus esposas, las cortes convocadas por Alfonso, la sentencia pronunciada contra los infantes y los nuevos casamientos de las hijas del Cid con el infante de Aragón (así dice) y el de Navarra.
    Fueron narrados también sus cantares perdidos, el testamento y la muerte de don Fernando, el cerco de Zamora, la muerte de Don Sancho y la jura de Alfonso.
    La Estoria de Espanna o Crónica general compuesta o más bien dirigida por Alfonso X, que contiene un gran depósito de relatos históricos y poéticos de la vida del Cid, ha conservado otras tradiciones, que sin duda no fueron cantadas, tales como la de haber el Cid libertado a don Sancho en Santarem, y amonestado y corregido al cobarde Martín Peláez en el cerco de Valencia, y las del converso Gil Díaz y demás  que dan cima a la biografía del héroe.
    Leves rastros de alguna otra tradición se perciben en la Crónica particular del Cid, que por el intermedio de la de Castilla redactada en tiempo de Alfonso XI, proviene, según observó un ilustre crítico, de la obra histórica del Rey Sabio (nota 2.ª).
 
En la época de la formación de los romances, llegó el Cid a ser el héroe predilecto de estas composiciones populares que tanto valimiento alcanzaron.  Fue, además, el único de cuyos romances se publicó una colección especial, empresa llevada a cabo por Escobar con su Romancero e Historia del muy valeroso caballero el Cid, Ruy Díaz de Vivar, impreso por primera vez en 1612 en Alcalá. Esta colección comprende 102 romances, algunos de los cuales tomó Escobar del Cancionero publicado en Amberes, primero sin fecha y por segunda vez en 1550, otros de los compuestos o publicados por Sepúlveda y Timoneda y, finalmente, y en mayor número, del Romancero general, añadiendo algunos que, como los últimos, pertenecen al género de romances nuevos o artísticos. La colección de Escobar ha sido impresa en España a lo menos diez y ocho veces, y no pudo eclipsarla, antes bien quedó poco menos que desconocida la publicada en 1626 en Barcelona por Francisco Metje con el título de Tesoro escondido de todos los más famosos romances así antiguos como modernos del Cid... con romances de los siete infantes de Lara (nota 3.ª).
    Los romances del Cid (y en esto no fueron únicos) inspiraron composiciones dramáticas, siendo sin duda las primeras las dos tan famosas de Guillén de Castro. A éste siguió Pedro Corneille en varias escenas de su celebérrima tragedia del Cid, si bien al defender el carácter que había atribuido a Jimena, adujo la autoridad, no del dramático español, sino la de dos romances. La obra de Corneille fue el principal origen de la fama del Cid fuera de España. En la llamada Bibliotheque universelle des Romans (2.º volumen del mes de julio de 1783) se publicó una versión bastante libre (¿por Couchut?) de varios romances del héroe de Vivar. Esta traducción fue puesta también libremente en lengua alemana por el famoso Herder, cuyo libro se divulgó en gran manera entre sus compatricios. Han dado estos, sin embargo, más fieles  traducciones y publicado de nuevo los originales J. (Julius) con un prólogo castellano y una biografía del héroe por Muller, Keller que aumentó a Escobar y Carolina Michaelis que ha reunido 205 romances.
    Todos los comprendidos en la colección selecta que damos a luz se leen en el incomparable Romancero general de Durán, a excepción del Yo me estando en Valencia y del Junto al muro de Zamora que descubrieron [Ferdinand Joseph] Wolf y [Konrad] Hofman en el segundo tomo de la Silva de Romances de Zaragoza, publicándolo en su Primavera y Flor de Romances, [en 1856], y del Banderas antiguas tristes que proviene del Tesoro de Metje y ha publicado [Reinhold] Köhler en su Herder's Cid, [en 1830], con variantes del Jardín de amadores [siglo XVII] (nota 4.ª). Nuestra elección no ha seguido exclusivamente un criterio estético. Hemos procurado en especial dar al lector una narración seguida, evitando, con alguna excepción casi necesaria, la repetición de un mismo hecho. Entre dos romances de igual asunto no siempre hemos preferido el más antiguo, como hubiéramos hecho en una colección de índole científica, sino el más satisfactorio en su género. Al que nos tildase de haber omitido alguno de los viejos y admitido un gran número de los artísticos, contestaríamos además que varios de los últimos han adquirido gran celebridad y se echarían de menos en un Romancero del Cid, y que algo se ha de atender, en una publicación como la presente, al gusto del mayor número de lectores.
    Pertenecen a la clase de los llamados primitivos y que con más o menos rigor son acreedores a este título los: 6, Cabalga Diego Laínez; 7, Día era de los Reyes; 17, Por el val de las estacas; 19, A concilio dentro en Roma; 25, Doliente se siente el rey; 26, Morir vos queredes, Padre; 27, Rey don Sancho, rey don Sancho; 31, Apenas era el rey muerto; 32, Afuera, afuera, Rodrigo; 33, Riberas del Duero arriba; 34, Junto al muro de Zamora; 35, Guarte, guarte, rey don Sancho; 36, De Zamora sale D'Olfos; 39, Ya cabalga Diego Ordóñez; 43, Tristes van los zamoranos; 45, Por aquel postigo viejo; 46, En Santa Águeda de Burgos; 76, Helo, helo por do viene; 83, Por Guadalquivir arriba; 84, Tres cortes armara el rey; 85, Yo me estando en Valencia. En estos romances, por lo común bellísimos, hállanse el corte popular y la expresión ingenua que no pudo después imitar el arte, y no tan sólo en los asuntos, pero aun en los pormenores guardan preciosas reliquias de los antiguos cantares, transformados a menudo por la fantasía popular y algunas veces por la inventiva del poeta no menos que por el influjo de las crónicas. En el 46 se nota la mención de trajes relativamente modernos.
    Los romances 8, Reyes moros en Castilla; 9, De Rodrigo de Vivar; 14, Sobre Calahorra esta villa; 15, Muy grandes huestes de moros; 28, Llegado es el rey don Sancho; 29, Entrado ha el Cid en Zamora; 30, El Cid fue para su tierra; 56, Ese buen Cid Campeador; 57, Adofir de Mudafar; 68, Aquese famoso Cid-con gran razón es loado; 74, En batalla temerosa; 94, Estando en Valencia el Cid; 96 Aquese famoso Cid-de Vivar triste yacía; 101, Vencido queda el rey Búcar; 102, En San Pedro de Cardeña son de la colección de Sepúlveda; el 13, Celebradas ya las bodas, está fundado en otro del mismo origen. Estos romances, que han debido incluirse para completar la narración, no son sino transcripción versificada de la crónica: más aunque ayunos de inspiración poética, agradan por lo que conservan de las antiguas narraciones. El 60, Apretada está Valencia, aunque anterior a los de Sepúlveda y más arcaico en la forma, pertenece también a la clase de los tomados directa y literalmente de la historia escrita.
    Los demás romances de esta colección son de los que se llamaron nuevos y que la crítica ha denominado artísticos.
    No diremos de ellos lo que dijo Marcial de sus epigramas, pero no cabe duda en que los hay medianos y algunos maleados en sumo grado por los vicios a que propende este género, es decir, la afectación de antigüedad en el lenguaje y el abuso de una fecundidad razonadora y palabrera. No obstante, en general puede afirmarse que son bien hechos y de agradable lectura y se ve que los poetas no sólo atendían al lucimiento de su ingenio, sino que miraban con cierto respeto y seriedad el asunto. Algunos particularmente son verdaderas joyas del arte; tales como el 2, Cuidando Diego Laínez, donde con tanta  viveza y maestría se expone la prueba que hace de sus hijos el sucesor de Laín Calvo; el 5, Llorando Diego Laínez, de tan dramático efecto; los 10, A Jimena y a Rodrigo, y 11, A su palacio de Burgos, recomendables por su gracia y por la viveza (ya que no por la exactitud arqueológica) de sus descripciones; el 12, Domingo por la mañana, que parece hecho para competir con el 11; el 20, En los solares de Burgos y 21, Pidiendo a las diez del día, notables, según observación de Federico Schlegel, por su delicada ironía; el 22, Salió a misa de parida, modelo acaso del 12, y que emula si no vence a los 10 y 11; los 23, Acababa el rey Fernando, y 24, Atento escucha las voces, tan preciosos en su género que no hemos podido desecharlos, a pesar de ofrecer el mismo argumento que dos bellísimos primitivos; el 41, El hijo de Arias Gonzalo, modelo de sentimientos caballerescos y de elegante sencillez; el 49, Fablando estaba en el claustro, que forma un cuadro completo en que parece adivinarse la decoración romántica; el 67, Victorioso vuelve el Cid, que tan bizarra apostura y tan discretas razones atribuye al héroe; el 70, Acabado de yantar, que con bien escogidos toques cómicos pinta la cobardía de los infantes; el tan sentido 78, Al cielo piden justicia; el 82, Recibiendo el alborada, que participa de la gala de los moriscos, etc. Dígase lo que quiera, pero algo han de tener estas composiciones cuando muchos de sus versos quedan perennemente grabados en la memoria de quien los leyó y saboreó en edad temprana (nota 5.ª).
    De las diversas épocas a que pertenecen los romances (aunque menos apartadas entre sí de lo que muchos han opinado) se deriva para las obras componentes del Romancero del Cid una divergencia de estilos en gran manera opuestos a la idea de los que lo propusieron como prueba y ejemplo de epopeyas formadas por una serie de breves cantares. Esta misma divergencia desagradará sin duda a quien busque, con ánimo severo, una construcción regular y homogénea; mas puede contribuir al deleite del que prefiera una perspectiva curiosa y variada.
    Motivo más formal de aprecio se halla en el valor relativamente moral e histórico del mismo Romancero. Se extrañará la primera calificación, que damos únicamente como relativa, si se atiende al primer hecho ruidoso que se atribuye al Cid (fundado en preocupaciones que la recta razón desaprueba) y a los ímpetus de su bravío carácter, con respecto al monarca y aun al sumo Pontífice (nota 6.ª): todo los cual proviene de las fabulosas narraciones transmitidas por el poema de El Rodrigo; mas fuera de esto y si se atiende al efecto general, se ve retratado el Cid como varón de nobilísimo carácter, defensor de la fe, de la patria y de la familia, amador del derecho, bueno para los suyos y rendido en el fondo a un monarca que ni siempre le trataba con justicia. Por otra parte, levísimas supresiones han bastado para que resultase una expresión constantemente limpia y decorosa (nota 7.ª).
    Por lo que hace a la parte histórica ¿quién negará que se han entrometido muchas ficciones en la vida poética de nuestro héroe? Es fabulosa la reyerta de Diego y su hijo con un Gormaz (o Lozano o mejor Lazano) que nunca ha existido, y toda la expedición de Fernando y de Rodrigo a lejanas tierras; eslo también, aunque con más visos de verosimilitud, el casamiento de los infantes de Carrión, y distan mucho de ser auténticas la mayor parte de anécdotas que de los posteriores años se refieren. Mas casi todos los personajes, un gran número de hazañas, el hecho importantísimo de la toma de Valencia, la resistencia a los almorávides, las desavenencias y reconciliaciones con Alfonso y un cierto ambiente general que en los romances se respira, son verdaderamente históricos.
    Por tales dotes, menos comunes de lo que se creyera en narraciones de esta clase, por el sinnúmero de belleza poéticas que sólo muy someramente hemos indicado, por el interés e incomparable variedad de las situaciones, queda justificada la predilección de propios y extraños por el Romancero del Cid, que el célebre estético Hegel (en demasía célebre como filósofo) puso por encima de los demás ciclos poéticos populares y equiparó a un collar de perlas.
Notas
Nota 1: Petit Romancero.
Nota 2: Lo que acaba de leerse es brevísimo resumen de nuestro libro De la poesía heroico-popular castellana, páginas 219 a 270. Desde la última a la 300 se estudian el origen y la índole de los romances viejos del Cid.
Nota 3: Véase Durán, II, 682, para el Romancero de Escobar y sus trece reimpresiones españolas, hasta la mutilada de González de Reguero, Madrid, 1818, a las cuales deben añadirse una de Barcelona, otra de Palma y dos de Madrid, posteriores. Acerca del Tesoro de Metje, véase el mismo Durán y Köhler Herder's Cid. Añadiendo a esta colección las diez y ocho impresiones españolas del Escobar, las colecciones de Julius, Keller, Durán (1.ª y 2.ª edición) y Michaelis, sin contar las muchas repeticiones de romances aislados de nuestro héroe en colecciones generales, tendremos que el presente Romancero (o Romancerillo) del Cid es, cuando menos, el vigésimo quinto.
Nota 4: Hemos cambiado el segundo verso de este romance que decía: Victorias un tiempo amadas en De victoria un tiempo amadas, siguiendo la corrección propuesta por Damas Hinard.
Nota 5: No pretendemos que los nombrados son los únicos romances artísticos de mérito entre los del Cid. Aun en los que lo tienen en grado inferior, suele haber rasgos notables; por ejemplo el 64: Partíos ende los moros ofrece el siguiente, hablando de las arcas entregadas a los judíos Raquel y Vidas:
Que aunque cuidan que es arena
lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ellos
el oro de mi verdad.
Rasgo que, si mal no recordamos, atribuyó Dozy a un depurado idealismo moderno y al ingenio del poeta francés Delavigne, que lo adoptó en su drama titulado Les filles du Cid. No hemos nombrado entre los mejores romances el 75: Tirad, fidalgos, tirad, a pesar de ser obra de Lope de Vega y de no carecer de ingenio, ni incluido siquiera en la colección el celebrado Al arma, al arma  sonaban, que lleva el número 745 en el Romancero de Durán, cuyo estribillo:
Rey de mi alma y d'esta tierra conde
¿Por qué me dejas? ¿Dónde vas? ¿Adónde?
Pareció al ya citado Dozy digno de un mal libreto de ópera; así como se nos antoja que lo tuvo presente Cervantes al poner en boca de Altisidora:
Cruel Viriato, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe, allá te avengas.
Nota 6: El satírico Francisco Sánchez en su libro La verdad en un potro y Cid resucitado, encaminado a censurar las patrañas que del Cid se referían, enojóse especialmente de los supuestos desacatos al Padre Santo. No son éstos históricos ni pudieron serlo, pues no hubo tal expedición a Francia ni a Roma; ni el Cid, por lo que sabemos, salió en su vida de España.
Nota 7: La de seis versos que pertenecen, no al Cid, sino a los infantes de Lara, en el romance 7, de cuatro ingenuos con exceso en el 25 y de dos harto groseros en el 85.
 
Sello español conmemorativo de las gestas del Cid.
Imagen de www.fuenterebollo.com


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