lunes, 31 de julio de 2017

Revelación

 
Os escribo desde la esfera de luz, asistido por la magna influencia del conocimiento, abstraído en mi simbólica tarea que he elegido de entre las varias en oferta, ubicado por el designio adjudicador en un lugar que es un punto equidistante a todas las certezas del universo.
    Con lo dicho hasta ahora en esta carta sin remite, que supera la catalogación de preámbulo, os informo, en especial a ti, ya sabes quien eres, también a ti y luego a ti, que sabéis quienes sois, valga el orden de mención, os he descrito suficientemente mi paradero.
    Encarezco a vuestra imaginación un dibujo atinado de la maravilla que os contempla a diario, unos días más que otros, eso sí, con la debida proporción y los colores en consonancia, para que de la idea surja el detalle y a partir de él un anhelo, una causa seguida de su efecto, una curiosidad al alcance del propósito; incluso, permitidme subrayar el término, una necesidad.
    Daros esa oportunidad, de vosotros depende cruzar la frontera, compañeros de ilusiones y fatigas; lo demás viene por añadidura. Yo he podido, yo he querido, porque no soy el doble de todo ni la mitad de nada y me gustan los mensajes crípticos.
    Alicientes busques y en sus alas viajes.
    Os recuerdo sin añoranza pues la lección ha prendido en mí, os llevo conmigo: soy yo.

Jacobello Alberegno: Políptico del Apocalipsis (1343). Gallerie dell'Accademia, Venecia.

viernes, 28 de julio de 2017

Lo inferior como superior, lo regresivo como “progreso”

 
Julián Marías Aguilera, vallisoletano nacido en 1914, ha presentado y desenvuelto en forma sistemática los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía de la razón vital. Escribe "La filosofía tiene la exigencia de justificarse a sí misma, de no apoyarse en ninguna otra certidumbre, sino, por el contrario, dar razón de la realidad misma, por debajo de sus interpretaciones y, por tanto, también de las presuntas certidumbres que encuentro".
    Afirma que la trascendencia es la condición misma de la vida; que la vida humana presenta una estructura empírica, campo intermedio entre la teoría analítica de la vida humana y la narración biográfica concreta de ella, compuesta por elementos a la vez variables y permanentes, forma precisa de nuestra circunstancialidad; y que en la vida, realidad radical, se constituyen las realidades como tales, de ahí que la teoría de la vida humana no sea una preparación para la metafísica sino la metafísica: toda realidad se da radicada y complicada en la teoría de la vida.
 
Doctor en Filosofía, catedrático de Filosofía española, fundador junto a José Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades en 1948, académico de número de la Real Academia Española y de la de Bellas Artes de San Fernando, miembro del Colegio Libre de Emérito, del Instituto Internacional de Filosofía, de la Hispanic Society of America, de la Society for the History of Ideas de Nueva York y del Consejo Pontificio de Roma, entre otros títulos, sin mencionar distinciones, es una de las cumbres del pensamiento español del siglo XX. Falleció en 2005.
 
Algunas de sus obras:
Historia de la filosofía (1941), Introducción a la filosofía (1947), Ensayos (ed. 1954-55 y ed. 1967), La estructura social (ed. 1955 y ed. 1993), La Escuela de Madrid (1959), Los españoles (1962), El tiempo que ni vuelve ni tropieza (1964) El uso lingüístico (1967), Antropología metafísica (1970), Innovación y arcaísmo (1973), La justicia y las justicias (1975), España inteligible (1985) La mujer y su sombra (1986), La libertad en juego (1986), La felicidad humana (1987), Cervantes, clave española (1990), La Corona y la comunidad hispánica de las naciones (1992).
 

Julián Marías Aguilera

Imagen de www.colegiodeemeritos.es 
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 Prólogo de España inteligible. Razón histórica de las Españas
 
España se ha presentado reiteradamente como un misterio o enigma, como una realidad incomprensible, tal vez contradictoria, por lo menos incoherente, conflictiva, desgarrada por tensiones insuperables, frustrada. Así se ha mostrado a los ojos de los extranjeros, y más aún de los propios españoles. El tema de "la preocupación de España" cruza toda nuestra literatura -más allá de la obra de los historiadores o sociólogos- desde el siglo XVI hasta hoy, y no es difícil encontrar preludios en la Edad Media. Esta permanencia revela un carácter intrínseco: la preocupación por la condición española parece un ingrediente esencial de la realidad de España, a diferencia de lo que sucede con otros pueblos, que sólo ocasionalmente se vuelven con inquietud y zozobra a preguntarse por su propia realidad.
    ¿Es esto una "anormalidad", una dolencia nacional, a diferencia de los pueblos "sanos" de Europa y de otros continentes? Parece que sí, y confirmaría las interpretaciones habituales y que se admiten como cosa obvia. Pero se ocurre una reflexión que nos llevaría a mirar ese hecho de otra manera. El hombre es la única realidad que consiste en interpretación de sí misma. No es que pueda haber una teoría sobre la vida humana, sino que ésta no es posible más que cuando se interpreta y entiende como tal vida; esa teoría no se añade a la vida sino que es uno de sus ingredientes, de sus requisitos esenciales; por eso la llamo desde hace más de treinta años teoría intrínseca. Pues bien, si esto es propio de la vida humana individual, de la de cada uno de nosotros, ¿no lo será también de la vida colectiva, de la de cada sociedad? Esa pertinaz reflexión de los españoles sobre su propia realidad, ese afán por poner en claro qué es España, en qué consiste, cuál es su destino, esa actitud que parece una morbosa obsesión, obstáculo para una historia normal, ¿no podría resultar el carácter específicamente humano de esa sociedad que llamamos España? ¿No será que nuestra vida colectiva no ha perdido enteramente los atributos de la vida en sentido riguroso, la de cada cual? La sociedad -Ortega lo mostró- es el "mundo" social, lo humano deshumanizado. Podría pensarse que España sea una sociedad no enteramente deshumanizada que conserva algunos rasgos de la vida individual, propiamente personal.
    No es seguro que esto sea una ventaja; tal vez el funcionamiento de lo colectivo exige esa deshumanización o mineralización; esto explicaría ciertas deficiencias demasiado evidentes de España a lo largo de la mayor parte de su historia.  Pero tampoco está dicho que ese carácter sea sin más negativo; quizá esa personalización tenaz, mantenida en la vida colectiva, sea el secreto de ciertas posibilidades inesperadas de España, con las cuales sorprende de cuando en cuando el manantial de una vitalidad que rebrota una y otra vez, a pesar de todas las decadencias.
    Y, por supuesto, esas sucesivas interpretaciones de España, los resultados intelectuales de la preocupación nacional, no son de la misma perspicacia, del mismo valor. No es seguro que hayan servido siempre para aclarar las cosas, sino que tal vez las han confundido. En todo caso, forman parte de la realidad de España y hay que tenerlas en cuenta, no como doctrinas "sobre" ella sino como parte integrante de ella. Otra cosa sería como el intento de comprender a un hombre sin pensar en lo que él piensa de sí mismo, cómo se ve, quién pretende ser.
    Los historiadores suelen oscilar entre contentarse con eso -es decir, con lo que algunos hombres, políticos por lo general, a veces otros historiadores- han dicho, o bien atenerse a una especie de behaviorismo de los hechos, sin interpretación, con lo cual se quedan a la puerta de la historia, sin entrar en ella. En tiempos recientes esta tendencia se ha acentuado hasta el extremo de reducirse a datos  estadísticos, sin narración alguna, y hasta con eliminación de los nombres propios, sin darse cuenta de que ello es tan interpretación como otra cualquiera, con la diferencia de que no se intenta siquiera justificar.
    Una de las dificultades mayores es que la historia de España ha solido hacerse -y desde luego por los propios españoles- desde el punto de vista de otros países europeos, con una óptica que podría ser adecuada para entenderlos -y sobre esto mismo habría mucho que decir-, pero no para comprender la realidad española. Buena parte de la impresión de "extrañeza" que España ha provocado viene de ahí, como cuando se encuentra que un pez es extrañísimo hasta que se cae en la cuenta de que no es un pez sino un pájaro.
    Esta idea me ha asediado durante muchos años. Al leer la mayor parte de lo que se ha escrito sobre nuestro país casi siempre he sentido una sensación de inadecuación, de desajuste; si se quiere una imagen visual, de desenfoque; en cambio, alguna que otra vez me ha parecido ver una súbita iluminación, como un relámpago que permitía entrever la realidad de España.
    He pensado que se trata de mirar esa realidad desde dentro, sin ejercer violencia sobre ella; de abandonarse a sus líneas reales, a sus transformaciones. Se me impuso, sin buscarlo, un título: España inteligible; algo que parece un desafío, a contrapelo de lo que se suele pensar. Tenía la impresión de que basta con mirar fielmente la realidad española, sin dar por supuesto que es como al de Francia, Alemania o Inglaterra, sin declararla anormal e incomprensible si resulta no ser así para empezar a entender. Pero eso, mirar de esa manera, acaso es más difícil de lo que parece y requiere ensayar una óptica cuya teoría apenas está elaborada.
    Hace siete u ocho años empecé a escribir un libro con ese título. Pocas páginas había redactado cuando las vicisitudes de mi vida privada me hicieron imposible continuarlo. Precisamente por entonces se iniciaba una fase de nuestra historia que reclamaba con mayor urgencia tener en claro lo que hemos sido, lo que somos., lo que podemos ser, lo que tenemos que ser -si queremos ser nosotros mismos. Vale la pena intentar dar razón de España; y esa razón no puede ser más que razón histórica.
 
 
La persistencia del proyecto originario (último epígrafe de la obra)
 
Me parece una exigencia de rigor intelectual enfrentarse con los problemas sin disimulos ni aplazarlos indefinidamente. Hace ya años, quizá por sentir que la vida no es ilimitada y que las preguntas necesarias reclaman respuesta, si es posible, o la comprobación de que no la tienen -al menos al alcance de quien pregunta- que propendo a intentar llegar a últimas cuentas con la realidad, a no detenerme antes de ellas y por supuesto a no escamotear las dificultades o rodearlas.
    Este libro ha mostrado con insistencia como España se constituye animada por un proyecto histórico que es su identificación con el cristianismo, lo cual envolvía la afirmación de su condición europea y occidental. Ese ha sido el sentido de la sociedad española a lo largo de su historia, y sin él no se la puede entender. Hemos visto también que esto lleva a España a cometer un grave error: el de suponer, desde fines del siglo XV, que el que España sea cristiana permite suponer que todos los españoles deben ser cristianos, y que eso puede exigirse. Por causas que he estudiado en las páginas anteriores, ese proyecto se abandona progresivamente a lo largo del siglo XX, y los intentos de afirmarlo tienen un carácter polémico, negativo respecto del presente, y que recae, de una manera o de otra, en el viejo error. Se desliza en ellos la idea de que un español no cristiano no es verdaderamente español, o lo es menos. Esto parece inadmisible a los ojos de los hombres del siglo XX, para quienes es evidente que la fe religiosa no es exigible -los cristianos deberían tener siempre presente que es una gracia-, y que es un hecho que muchos españoles no son cristianos.
    ¿Quiere esto decir que lo que ha sido el proyecto histórico de España no tiene ya validez, que ha desaparecido? ¿No significaría esto una ruptura de la continuidad histórica, de manera que estaríamos no en una sociedad distinta sino en otra sociedad que la que fue España entre el siglo VI y el XVIII? Piénsese en la situación actual de los pueblos islámicos. Sea cualquiera la actitud religiosa personal de los individuos -y hay gran variedad entre ellos- se considera que están definidos por el Islam, que este es parte esencial de su realidad, que sin él no se los puede comprender. Algo análogo deberíamos pensar de los pueblos occidentales respecto a sus tres raíces capitales: la razón teórica de origen helénico, el sentido de la autoridad y el mando según derecho, acido de Roma, la visión judeocristiana de un Dios personal, padre de los hombres y con quien cabe una relación personal y filial. En todo caso, por mucho que pueda haber variado la actitud de los individuos, los pueblos de Occidente no se pueden comprender sin esos principios constitutivos; se puede discrepar de ellos, pero esa misma discrepancia se hace sobre el torso de la figura humana trazada por su conjunto. Aun en el caso hipotético de que ningún europeo, ningún occidental se adhiriese personalmente a ellas, Europa y el Occidente no serían inteligibles más que a su luz, y no podrían proyectar su futuro sin contar con lo que había sido su condición.
    En el caso de España, lo que se refiere a las raíces griega y romana es válido como para los demás países europeos; pero en lo que concierne al cristianismo la situación es mucho más aguda. Hemos visto cómo los demás países europeos eran cristianos pero no consistían en ello. -su actitud en los países descubiertos y colonizados muestra la diferencia-; España se había definido, a lo largo de la Reconquista, identificándose -en lo religioso y en lo temporal e histórico- con el cristianismo y la cristiandad a la vez, y ello se prolonga después de la unidad nacional durante los tres siglos siguientes.
    A la pregunta de si es inteligible España sin el cristianismo habría que responder que no; pero esto no quiere decir que los españoles sean forzosamente cristianos, ni siquiera que el proyecto histórico de España, en el presente que anticipa el futuro, se identifique con el cristianismo. Esta es la gran dificultad que no se puede soslayar; la ausencia de una respuesta satisfactoria ha perturbado la proyección histórica, ha introducido la ambigüedad en la manera de sentirse los españoles, ha paralizado o desvirtuado las trayectorias españolas durante casi doscientos años.
    Dejando de lado por el momento el cristianismo volvamos los ojos a as otras dimensiones de la herencia europea. La interpretación de lo real, y en particular del hombre, que la caracteriza se deriva de la razón, de origen griego, que ha hecho posibles la filosofía de la ciencia y también la técnica científica, hoy de vigencia universal. Añádase a esto la idea del derecho, de que el hombre es titular de ellos, ciudadanos, y que el poder es primariamente autoridad. Esto quiere decir una interpretación personal del hombre, capaz de entender la realidad, autor y responsable de sus actos, libre, obligado a elegir en cada momento porque su vida no le es dada hecha y tiene que hacerla con las cosas; que tiene que justificar su elección, por lo menos ante sí mismo, y para ello tiene que pensar o razonar; que, por consiguiente, es bueno o malo, no determinado por un sistema de instintos sino por una decisión suya y motivada; que puede ser feliz o infeliz, y pretende la felicidad aunque no sea accesible; que quiere seguir viviendo indefinidamente, sin renunciar a proyectar.
    Cuando digo que esta es la interpretación personal del hombre no es menester volcar en esta expresión las diversas teorías sobre la persona; se trata de algo mucho más elemental y por tanto más importante, que afecta a todos los hombres y no sólo a los intelectuales, a los dedicados al pensamiento teórico: la distinción inmediata, viva en el uso de la lengua, entre qué y quién (algo y alguien, nada y nadie). Nadie confunde estos términos, nadie pregunta ¿qué? cuando se trata de un hombre, que no es vivido como "algo" sino como alguien corporal. En esta visión consiste Europa, y por obra suya el conjunto de Occidente. Y es puramente intelectual, derivada del ejercicio de la razón.
    Ahora bien, la interpretación cristiana coincide literalmente, desde una perspectiva religiosa, con esa visión de la realidad a la cual añade otros rasgos derivados de la revelación: ese hombre ha sido creado por un acto de amor efusivo de Dios, a su imagen y semejanza, como imagen finita de la infinitud, siempre haciéndose y nunca concluso o perfecto. Y ese hombre llama Padre a Dios y por ello ve a los demás hombres como hermanos. Finalmente, al carácter irreal, más que natural, proyectivo, futurizo, que el pensamiento racional descubre, el cristianismo agrega la condición sobrenatural, la participación en la vida divina, la proyección de esta vida hacia la otra, perdurable. De hecho, ha sido la religión cristiana la que ha hecho participar a millones de hombres, durante dos milenios, de esa visión de lo real, y en particular de la humana, en que va inclusa la interpretación más honda del pensamiento creador de Occidente.
    Pues bien, hay un momento -dentro de un largo periodo, por etapas, según cuestiones y países- en que se inicia en Europa un movimiento de regresión, de simplificación y de primitivismo. Esto se hace en nombre de la ciencia, pero no por sus grandes creadores (Galileo, Kepler, Descartes, Leibniz, Newton) sino por los que la reciben y no suelen poseerla bien. Se vuelve a la prehistoria, se interpreta al hombre como "algo" (y no alguien), como cosa y no persona, como un organismo formado por azar y necesidad, sin libertad ni sentido. Una cosa, por supuesto, destinada a perecer, sin esperanza ni horizonte de perduración: no seguirán viviendo ni cada uno ni para cada uno los demás. 
    Esta manera de ver las cosas, que anula la inmensa creación del pensamiento occidental, se ha deslizado insidiosamente en la mente europea desde el siglo XVIII, y cada vez con mayores recursos y deliberación en los siguientes. Esta ha sido la gran desviación de Europa, admitida parcialmente por los europeos, hoy por muchos occidentales. Si consideramos las trayectorias seguidas históricamente por los diferentes países, ¿no sería legítimo considerar que una porción de Europa ha caído en una tentación de inautenticidad y empobrecimiento, de primitivismo y retroceso, de recaída en formas incomparablemente más toscas e injustificadas que las que había alcanzado hacía mucho tiempo? ¿No estaría justificada una actitud de repulsa de España, que por haberse identificado con el cristianismo se negaba a renunciar a la interpretación personal de la realidad que la fe religiosa llevaba dentro?
    Hay que advertir que cuando España se encuentra realmente en presencia del pensamiento europeo, a mediados del siglo XVIII, este es muy poco creador y ha sucumbido a esa degradación, trivialización y desvirtuación que acabo de señalar.  Parece justificado que, con todas sus deficiencias intelectuales, España se sintiera más cerca de la verdad -sobre todo de las verdades decisivas- que la superficie cultural de Europa.
    Lo grave es que, más tarde y más a destiempo, España acaba por incorporarse a esa "nueva" visión regresiva de la realidad. Nunca del todo, siempre con fuerte resistencia y sin la suficiente claridad. De ahí la desorientación, el desorden mental que caracteriza a España en el siglo XIX y que desembocará en el desorden práctico, en el de la convivencia. La tendencia a la imitación, cuando pierde la confianza en sí misma, cuando acepta la descalificación exterior y la hace suya, la lleva a tomar lo inferior como superior, lo regresivo como "progreso".
    Pero por una fortuna en que el azar no tiene demasiado que hacer, en la España del siglo XX se han dado los pasos más innovadores y fecundos para comprender, justificar, llevar adelante el núcleo interpretativo de la realidad que ha sido la gran creación de Occidente, la que ha asegurado su superioridad histórica durante tantos siglos. El pensamiento español no ha renunciado a las verdades laboriosamente descubiertas desde Grecia hasta la Edad Moderna; las ha puesto a prueba, depurado y justificado, considerado a una nueva luz, con métodos adecuados, y las ha hecho avanzar e intensificarse, marcando un punto de inflexión en la historia del pensamiento, es decir, el comienzo de una nueva época.
    España puede ser o no cristiana, por supuesto los españoles lo son o no; pero el núcleo históricamente fecundo de lo que ha sido desde los orígenes el proyecto generador de España, la identificación con el cristianismo, pervive aun independientemente de la religión. La originalidad española en la esfera del pensamiento es coherente con la manera como los españoles, desde que empezaron a serlo, se han entendido a sí mismos; en otros término, con la historia de España en su integridad, despojada de adherencias, tentaciones, desmayos y errores. La España que pudo ser, la que se hubiera mantenido a la altura de sus exigencias, sin degradaciones ni caídas, coincide con la España que podrá ser si no renuncia a lo más propio y creador, a lo que constituye lo más valioso y original que ha aportado al mundo.
    Para España, el hombre ha sido siempre persona; su relación con el Otro (moro o judío en la Edad Media, indio americano después) ha sido personal; ha entendido que la vida es misión y por eso la ha puesto al servicio de una empresa transpersonal; ha evitado, quizá hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido un sentido de la convivencia interpersonal y no gregaria, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado; ha sentido la vida como inseguridad, no ha creído que su justificación sea el éxito: por eso la ha vivido como aventura y ha sentido simpatía por los vencidos. La obra en que lo español se ha expresado con mayor intensidad y pureza, la de Cervantes, respira esta manera de ver las cosas.
    Si se prolongan esos proyectos, si se los pone a la altura del tiempo, liberados de la ganga que las impurezas de la historia han ido depositando en ellos, si se los interpreta y formula con rigor intelectual, se encuentra lo más fecundo del pensamiento español de nuestro tiempo. En él se puede ver la clave, más luminosa que nunca, de lo que podría ser la continuación innovadora del más que milenario proyecto histórico de España.
 
 

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miércoles, 26 de julio de 2017

Prólogo a la segunda parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha


Escrito por Miguel de Cervantes Saavedra.


Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he de dar este contento, que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma, y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis feridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben donde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hace de advertir que nos e escribe con las canas sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa sea la envidia, que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de proseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas, y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo. Paréceme que me dices que ando muy limitado, y que me contengo mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que nos e ha de añadir aflicción al afligido, y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado; que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer e imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama, y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:
    Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fué, que hizo un cañuto de caña, puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle o en cualquiera otra parte, con él un pie le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes (que siempre eran muchos): "¿Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?" ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro? Y si este cuento no le cuadrare, dirásele, lector amigo, éste, que también es de loco y de perro:
    Había en Córdoba otro loco que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado se le ponía junto, y, a plomo, dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, dióle en la cabeza, alzó el grito el molido perro, viólo y sintiólo su amo, asió de una vara de medir y salió al loco, y no le dejó hueso sano: y a cada palo que le daba decía: "Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?" Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; y al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: "Este es podenco, ¡guarda!" En efecto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y así no soltó más el canto. Quizá desta suerte le podrá acontecer a este historiador, que nos e atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros, que en siendo malos son más duros que las peñas. Dile también que de la amenaza que me hace que me ha de quitar la ganancia con su libro, nos e me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de la Perendenga, le respondo que me viva el veinticuatro mi señor y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma caridad del Ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas [tío del conde de Lemos, cardenal, arzobispo de Toledo e Inquisidor General], y siquiera no haya imprentas en el mundo, y siquiera se imprima contra mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que lo solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por sola su bondad han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la pobreza, pero no oscurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus; y por el consiguiente, favorecida. Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote, que te ofrezco, es cortada del mismo artífice y del mismo paño que la primera, y que en ella te doy a Don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados, y basta también que un hombre honrado haya dado noticias destas discretas locuras sin querer de nuevo entrarse en ellas; que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo. Olvidábaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.
 
Grabado de G. Doré y H. Pisan

lunes, 24 de julio de 2017

Declaración universal de los derechos humanos

 
Corre el año 1550, transcurridos cincuenta y ocho desde el descubrimiento de América. Es entonces cuando el emperador Carlos I quiere tener la certeza de que en las conquistas del Nuevo Mundo se obra con justicia, dadas las noticias contradictorias que recibe la Corte española. Para ello ordena la convocatoria de una junta especial de sabios que determine cuál es la forma justa de proceder en Las Indias (América); queriendo clarificar a todas luces si allende el mundo conocido también existe el derecho de conquista tipificado por las fuentes clásicas del derecho romano, medieval y pontificio. La junta de sabios reunida a tal propósito en Valladolid polemiza sobre las dos vertientes en litigio: la teológica y la jurídica, o su equivalencia del alma y de la razón; y de tales intercambios espirituales e intelectuales surgió la idea moderna de los derechos humanos.
 
    Con los títulos de derecho precedentes en vigor, y el impuesto papal de evangelización, desembarcan los españoles en América. Y una vez conversos los nativos (los indios) ya eran a todos los efectos sujetos de derechos. Acorde a este principio, y convencimiento, la reina Isabel la Católica dispuso con meridiana claridad en su testamento que los indios fueran bien tratados; mandato que fue estipulado en las Leyes de Indias.
    No obstante legalismos y legitimidades, al confrontarse la teoría de la conquista, que se rige por el imperativo de la evangelización, y su práctica, que se aplica según los viejos principios de ocupación y dominio, aparece una disputa de intereses y argumentos que para los españoles, a diferencia de otros europeos y luego norteamericanos, es tomada en consideración como capítulo relevante en presente y futuro de las relaciones entre las personas.
 
Parte la famosa controversia de un suceso acaecido en 1511, en el que han desembocado otros precedentes. El día de adviento, festividad religiosa, el dominico fray Antón de Montesinos clama desde el púlpito y ante los gobernantes de la América española por las reivindicaciones en favor de los nativos y por el cambio de actitud para llevarlas a cabo. Todavía la conquista del Nuevo Mundo no había alcanzado los a posteriori dos grandes virreinatos, el de Nueva España (creado en 1535 siendo su primer virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, con capital en Ciudad de México, antigua Tenochtitlán, que llegó a comprender los territorios de España en Norte y Centro América, Asia y Oceanía por la vía del océano Pacífico, el lago español)  y el de Perú (constituido en 1542 siendo su primer virrey Blasco Núñez Vela, con capital en Ciudad de los Reyes, antigua Cuzco, comprendiendo toda Sudamérica y el istmo de Panamá, Hasta su posterior fraccionamiento con otros dos nuevos virreinatos: el de Nueva Granada y el del Río de la Plata).
    El asunto que pone de manifiesto el dominico plantea un problema en tres dimensiones: la política, la jurídica y la moral. Aceptada la necesidad de mejora del trato y protección de los indios, de inmediato se redactan las denominadas Leyes de Burgos, en 1512. Pero como su aplicación es cuestionada o escasamente aplicada obre el terreno, otro dominico, Bartolomé de las Casas, alza su voz y regresa a España para acentuar su denuncia con exigencia a la Corte para que cesen los, a su juicio, excesos del derecho de conquista.
    También dominico, además de humanista, Juan Ginés de Sepúlveda acude a dirimir la controversia llamado por el emperador; abogará por la licitud del derecho de conquista al hilo de la exposición de Aristóteles: los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior, y por tanto es justo que los españoles dominen a los indios, que son idólatras y antropófagos, y los evangelicen para llevarlos a su misma altura, con sus mismos derechos y obligaciones.
 
En paralelo a esta representación in situ, Carlos I consulta el parecer de Francisco de Vitoria, que no podrá acudir a la cita vallisoletana, un sabio pensador de gran influencia en su tiempo y en Europa. Francisco de Vitoria es el fundador del Derecho Internacional moderno al concebir el mundo como una comunidad de pueblos organizada políticamente y basada en el Derecho Natural, e ideólogo del Derecho de gentes, que es el precedente de la idea moderna de los derechos humanos; reflexión que arranca, precisamente, de su examen sobre la conquista de América y sobre los derechos de los indios.
    Preguntado por Carlos I por estos dos asuntos en litigio, Francisco de Vitoria sostuvo que el orden natural se basa en la circulación libre de personas por todo el orbe, pero los indios, los nativos de aquellas tierras descubiertas, como no resultan seres inferiores sino que intrínsecamente poseen los mismos derechos que los demás hombres son dueños de sus vidas y sus tierras. Convertirlos a la fe es un derecho de los españoles pero es sobre todo un derecho de los indios (recipiendarios de derechos), a los que se ha de garantizar el conocimiento del evangelio desde la comunicación y no la guerra, desde el acuerdo al que se ha de convencer y no la imposición por la fuerza (derecho de comunicación). Los indios tienen que entender lo que se les está pidiendo (ofreciendo) y sólo si ese derecho de comunicación se garantiza tiene sentido la propagación del evangelio (la libre asunción de responsabilidades y convenios).
    Francisco de Vitoria dice a Carlos I que los españoles pueden actuar en las Indias bajo siete justos títulos que abarcan derechos y deberes para con los indios, las tierras y los recursos naturales. Resume Vitoria que la presencia española en América ha de basarse en esos postulados, porque si se fundamenta como las clásicas guerra de ocupación o guerra de religión entonces sería injusta.
 
En este concreto marco de aspectos filosóficos y morales se sitúa la conquista de América por los españoles, recogido en las denominadas Leyes Nuevas de Barcelona, documento promulgado en 1542. Pero como su aplicación es difícil y las denuncias ultramarinas continúan, Carlos I decide someter el asunto a una asamblea de sabios para resolverlo definitivamente.
    El 3 de julio de 1549, el Consejo de Indias ordena detener la conquista hasta resolver la controversia.
    En agosto de 1550, en Valladolid, a instancias del emperador, se reúnen convocados teólogos y juristas, los más reputados del imperio español. Van a constituirse en una Junta especial de pensadores y teólogos con la misión de debatir a fondo el tema de la actuación española, la conquista y evangelización, en el Nuevo Mundo y proponer una solución legal.  
    Figuran entre otros Domingo de Soto, Bartolomé de Carranza, Melchor Cano, Pedro de la Gasca y los jurisconsultos del Consejo de Indias. Y encabezando las dos corrientes en liza los anteriormente destacados, Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.

Girolamo Francesco Maria Mazzola, Il Parmigianino: Alegoría de Carlos V (h. 1529).

Imagen de Mondadori Electa

La controversia
 
Los dos protagonistas del debate exponen sus argumentos en pro y en contra del derecho de conquista. Bartolomé de las Casas denuncia con justicia y pide la salida de América, pero plagado su discurso de exageraciones e invenciones, ya sospechadas, distorsionando la realidad. Juan Ginés de Sepúlveda mantiene con rigor legislativo e intelectual que España debe seguir su tarea en el Nuevo Mundo.
    Resumiendo de modo ilustrativo, las posturas esgrimen los siguientes alegatos.
Juan Ginés de Sepúlveda:
Dice Aristóteles y corrobora Santo Tomás que los hombres son, por naturaleza, unos superiores y otros inferiores. Los inferiores son los bárbaros, que no viven conforme a la razón natural y tienen malas costumbres. Y es de recta razón que los bárbaros sean sometidos a los que no lo son, y que así los indios obedezcan a los españoles. Y si no puede ser por la paz habrá de ser por las armas, y esta guerra será justa.
Bartolomé de las Casas:
Vuestra reverencia, hermano Sepúlveda, no interpreta bien a Aristóteles. Porque él habla de cuatro clases de bárbaros, y los indios, a los que yo conozco, no son bárbaros propiamente dichos, o sea crueles y sin razón, sino que poseen razón suficiente y bien podrían gobernarse por sus propios medios. ¿O no hay razón en quienes han construido esos grandes templos que nos admiran? Y por su razón, hay que llevarlos a la civilización y a la fe de forma pacífica y no a través de la guerra.
Juan Ginés de Sepúlveda:
Habláis, fray Bartolomé, de los grandes templos como signo de razón, pero también las abejas construyen panales prodigiosos y no por eso se les presupone razón. Mirad, por el contrario, esos grandes pecados de estos mismos bárbaros, que comen carne humana y la ofrecen a sus ídolos. Estos pecados contra la ley natural ya fueron castigados por Dios en los antiguos habitantes de la Tierra Prometida. Y del mismo modo es de justicia que la idolatría y blasfemia puedan ser vencidas con la espada, pues es justo hacer la guerra a los idólatras, para que lo infieles puedan oír la predicación de la fe y observar la ley natural.
Bartolomé de las Casas:
Muy equivocada está vuestra reverencia, pues habláis de castigar al idólatra pero el castigo sólo puede imponerlo quien para ello tiene jurisdicción, y aquí la jurisdicción no corresponde al príncipe ni siquiera a Su Santidad. Porque estos indios nos eran del todo desconocidos, luego no son súbditos del príncipe. Ni tampoco conocían la fe; luego, al no ser súbditos de Cristo no han de estar sometidos al fuero de la Iglesia.
Juan Ginés de Sepúlveda:
¿Tendremos que dejar entonces que todos esos inocentes, víctimas de la idolatría, sigan siendo sacrificados por millares en los altares de los demonios? Porque por millares fueron sacrificados, todos los años, más víctimas inocentes que las que causaría una guerra justa contra los idólatras. Todos los hombres están obligados por ley natural a defender a los inocentes. Y sólo se los podrá defender si los idólatras son sometidos por otros hombres mejores; hombres que, por ser cristianos, aborrezcan los sacrificios.
Bartolomé de las Casas:
Mal podremos defender a los inocentes si los matamos en la guerra. ¿No será mejor favorecer que cambien de religión por vías pacíficas? Aquí no estamos hablando de crímenes comunes, pues ¿dónde se ha visto que sea todo un pueblo el que delinque? Esos sacrificios proceden de la ausencia de fe, pero no de la maldad. La naturaleza nos enseña que es justísimo que ofrezcamos a Dios las cosas más preciosas y ninguna cosa hay tan preciosa como la vida; luego está en la naturaleza que los que carecen de fe, sin otra ley que ordene lo contrario, inmolen incluso víctimas humanas al Dios que tienen por verdadero. Nosotros reprobamos esas prácticas según el mandamiento de la fe verdadera: "No matarás". Pero, por lo mismo, no podemos matarlos para que vengan a la verdadera fe.
Juan Ginés de Sepúlveda:
Pues yo sostengo que, para traerlos a la fe, no es ilegítimo el recurso a la fuerza. Es de derecho natural y divino, siguiendo a San Agustín, corregir a los hombres que yerran muy peligrosamente y que caminan hacia su perdición. Atraerlos a la salvación es de derecho y, además, es un deber que todos los hombres de buena voluntad querrían cumplir. Dos formas hay de hacerlo. Una, a través de exhortaciones y doctrina. Otra, acompañándolas de alguna fuerza y temor a las penas, no para obligarlos a creer sino para suprimir los impedimentos que puedan oponerse a la predicación de la fe. Hemos visto que los indios, una vez sometidos al poder de los cristianos, se convierten en masa y se apartan de los ritos impíos. Y así en pocos días se convierten más, y más seguramente, que los que se convertirían en trescientos años de exhortación.
Bartolomé de las Casas:
San Agustín defiende el uso de la fuerza, sí, pero, sabe vuestra reverencia que lo hace específicamente para con los herejes que están bajo la jurisdicción de la Iglesia, no para con los infieles y paganos, que no lo están. Los indios son infieles que no están bajo la jurisdicción de la Iglesia. Luego la forma correcta de obrar con ellos no es usar la fuerza sino convocar a los indios y, de forma pacífica, invitarles a abandonar la idolatría y a recibir la predicación.

Extracto de la discusión tomado del capítulo La controversia de Valladolid: los españoles inventan los derechos humanos, en la obra de José Javier Esparza La gesta española (Ediciones Áltera).
 
 
Cabe atribuir el triunfo en esta histórica y original confrontación a Bartolomé de las Casas, quien no obstante consideró que la victoria era parcial, insuficiente. El fruto de los debates, que para eso tuvieron lugar, fue la promulgación en 1542 de las Leyes Nuevas. Se componían estas leyes de dos partes, el cuerpo principal de cuarenta artículos dictado en Barcelona y la ampliación de seis artículos en Valladolid.


Artículo complementario

    El legado jurídico español



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viernes, 21 de julio de 2017

Dar y tomar


Mi paseo invernal es pausado y solitario. La tenue caricia del Sol, dadivoso en su presencia invernal a través de las ramas y las copas de los árboles esbeltos, unos redondeados a primera vista, otros de triangulada efigie, inspira una felicidad de sencilla armonía, de acontecimientos emotivos que tornan a destacar en unas fechas concretas.
    El ondulante paisaje me circunda, enmarcado por sus rasgos característicos. El fondo azul del cielo hoy, que ha amanecido sin niebla, cubre de oro el tercio poniente, aunque para el ocaso faltan horas de luz pintada con amable trazo. Perspectiva afable en lo inmediato.
    Estampas sucesivas de una época alternada, la del recuerdo y la del proyecto; la que fuera de ideas, la que es de obras que adicionan o sustraen razones a lo pensado. Imágenes de antiguo pincel, de laboriosa mano, de ensimismada creación, que aguardan el recorrido calmo y atento de una vaga corporeidad respetuosa con las leyendas que perviven en la intrincada resolución de los sentimientos, con suspiros y murmullos, con lágrimas que no ajan la encendida piel de las mejillas, expuesta al frío vivificador. Acuática irisación que amplía los detalles a la mirada retrospectiva.

Claude Monet: La urraca (1868-69). Museo de Orsay, París.


La que vela el recuerdo.
    La que observa la oportunidad.
    La que cuenta los pasos hasta el desvío y despide al visitante, una vez depositado el óbolo, condición de generosidad al cabo agradecida, para que no altere ni la pluma ni el postigo, para no rebasar la fronteriza sombra del rústico cercado con su puerta en equilibrio, del ave custodia, del cultivo latente, de las siluetas leñosas y enhiestas. Para que a la vuelta de otro ciclo de vida se repita la historia.

miércoles, 19 de julio de 2017

Real Consejo de Indias


El legado jurídico español en la América hispana
 
La organización de los reinos de Indias fue planificada y adaptativa, modificándose a tenor de las circunstancias.
    La distancia geográfica obró como asesor definitivo en las autoridades españolas, pues si la organización no era esmerada y eficiente mal resultado aportaba a la metrópoli.
    Había que mantener la legalidad y su legítimo gobierno en unos territorios sujetos a corrientes fuertes y contrapuestas entre sí encabezados por gentes levantiscas, curtidas en las guerras, exigentes del reconocimiento de sus méritos. Y a la par, regir el comportamiento de los naturales concediendo en la medida oportuna, y humana, los derechos inalienables en los colonizadores, así como la equidad y analogía en el cumplimiento de las obligaciones genéricas.
    Todo ello se consiguió durante trescientos años; un logro impresionante teniendo en cuenta las variadas y aguerridas personalidades de los sujetos administrados.
    El sistema de gobierno en el Nuevo Mundo anticipó la célebre separación de poderes, uno de los pilares del Estado de Derecho; era coherente, uniforme y estructurado para la función y la necesidad, ajeno a pasiones, equilibrado y conducente al respeto del poder real, la cúspide de la administración.
    La monarquía española suprimió los deseos feudales que afloraron en algunos dirigentes llegados de España y, a posteriori, nacidos en la vasta América. El poder central residía en el Rey, quien a su vez garantizaba el buen trato a los autóctonos (los indios), considerados tan vasallos de la Corona y tan libres como los españoles. También se obró de manera semejante con las órdenes religiosas, imponiéndoles una conducta decidida por el Monarca que buscaba integrar y no sólo cristianizar a los indios en la cultura española; por lo que era imprescindible la relación mutua y estable.
    Hubo casos, y no poco de transgresión de las leyes dictadas desde España, no obstante la debida implantación del cuerpo legal. La Corona, sincera y activa, pretendía tutelar a los naturales de tan extensos y sorprendes territorios, algo que se entendió y apreció en el pasado y en el presente, consiguiendo que el prestigio del rey de España entre la sociedad menos favorecida de América, de Norte a Sur, haya quedado incólume a través de los siglos y de la Independencia.
 
El modelo de Administración
España configuró en las Indias (América) un esquema administrativo uniforme, centralizado, y con tres ejes básicos de unidad: el idioma, la religión y el Rey. Es decir, el español (o castellano), el catolicismo (la doctrina cristiana) y la suma de poderes encarnada por el Monarca español.
    La gestión inicial del modelo corresponde, por mandato de los Reyes Católicos, al arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca; quien también supervisaba los proyectos y gestiones de Cristóbal Colón. Al cabo, diligente y previsor, Rodríguez de Fonseca propone la creación del Real Consejo de Indias, en 1519 como una sección del Consejo de Castilla y ratificado como organismo independiente en 1524, que será al correr del tiempo, y por los siglos venideros, la piedra angular de la administración indiana.
 
A Felipe II compete la ingente tarea de ordenar los reinos de Indias, y otros que se irán ganando en todo el mundo, sobre cimientos duraderos. Él es quien levanta el edifico de la Administración de las Indias (aspecto que compete al artículo), y su legado se mantiene dos siglos.
    Transcurridos los cuales, y a pesar de ser España el Estado más extenso de los conocidos y de que el océano Pacífico era llamado el lago español, la España del siglo XVII había dejado de ser la mayor potencia del orbe, originada con los Reyes Católicos, continuada por el genio político de Fernando el Católico y alcanzado su cénit con el emperador Carlos I y su hijo Felipe II. Además, el esquema administrativo concebido por este último rey iba quedando obsoleto; por lo que a Carlos III y sus excelentes ministros correspondió reformar las estructuras para devolver a la nación a un lugar de privilegio en el concierto mundial.
    Se denominaron las reformas borbónicas: militares, económicas, fiscales y organizativas, basadas en el principio centralizador. Pero este principio contrastaba con los deseos de la periferia, que bien advirtiera el perspicaz conde de Aranda, por lo que los esfuerzos resultaron en demasía infructuosos.


La Administración metropolitana de las Indias
 
El rey era el vértice de la organización en las Indias occidentales y la cúspide temporal y espiritual de los reinos españoles de América.
    Cuando Carlos I es coronado Emperador del Sacro Imperio se convierte en Dominus Orbi, heredero de los Césares y de Carlomagno, con tratamiento de Majestad. En la América española Carlos I también ejerció la autoridad espiritual, el poder religioso, a través del Regio Patronato. Felipe II no consiguió tanto, pero como Rey de España y de las Indias no admitió en sus posesiones ultramarinas nuncios papales ni inspecciones vaticanas.
    
El Consejo de Indias
El Consejo de Indias era el órgano de la pirámide administrativa de los reinos ultramarinos que concentraba los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, siempre a las órdenes del monarca español. Poderosa institución que vertebró la administración indiana con sus exclusivas funciones de asesoramiento real, de elaboración legislativa, de autorización de las entradas y conquistas, ordenando e instruyendo a todos los gobernantes, de organización militar y suprema instancia judicial en los pleitos.
    Integraban el Consejo un presidente, un canciller, varios consejeros (cinco en principio, entre civiles y eclesiásticos, de diferentes cargos y oficios, número que fue en aumento por mor de las circunstancias), un fiscal, dos secretarios (uno para Gobernación y otro para Gracia y Justicia) y un cuerpo de funcionarios (del que participaban relatores, cronistas y cosmógrafos); estaba localizado en Madrid para evitar influencias sobre el terreno administrado, y muy burocratizado.
    La primera autoridad nombrada por los Reyes Católicos fue Juan Rodríguez de Fonseca, al que siguió el Cardenal Cisneros; cuando la institución tomó un carácter propio su primer Presidente fue Juan García Loaysa y Mendoza.
 
El principal organismo político en el Nuevo Mundo fue el Consejo de Indias, mientras que la Casa de Contratación del Consejo de Indias (abreviado Casa de Contratación) lo fue en los planos económico y marítimo; ambos completamente vinculados. Creado el año 1503, anterior pues al Consejo, y ubicado en Sevilla, lo que convirtió a la capital hispalense en el centro de gravedad de la navegación y del comercio con las posesiones ultramarinas españolas.
 
El Gobierno en la Administración de las Indias
La distancia entre la metrópoli y los territorios ultramarinos, donde por razones obvias no se presentaba el rey, propició la recuperación de una figura de derecho aragonés, el Virrey, siendo Cristóbal Colón, asignado con tal honor en las Capitulaciones de Santa Fe, el primero en disponer del título y el cargo en aquellas lejanas tierras; aunque la motivación de este virreinato no se asemeja a las que impulsaron los siguientes en Nueva España y Perú, como pioneros en la fase expansiva de la colonización y descubrimiento, a los que siguieron los del Río de la Playa y Nueva Granada.
    El virrey era el alter ego del rey en las posesiones ultramarinas. Ser distinguido por el monarca como virrey, su representante máximo, requería de antiguas demostraciones de integridad y honestidad. Hubo 49 virreyes en Nueva España, 37 en Perú, 14 en Nueva Granda y 11 en el Río de la Plata, que en su inmensa mayoría fueron acreedores a la confianza puesta en ellos. Pueden destacarse durante el siglo XVI, los orígenes de la institución, Antonio de Mendoza, Luis de Velasco (marqués de Salinas, por dos veces nombrado Virrey de Nueva España y Virrey de Perú, nombrado en 1611) y Francisco de Toledo.
Los cometidos del virrey eran muchos y de absoluta responsabilidad, pues debía rendir cuentas personales al rey que lo había nombrado. El virrey ejercía de Capitán General, Superintendente de la Real Hacienda, Vicepatrono eclesiástico y Presidente de la Real Audiencia.
    Las facultades del virrey también eran muy amplias, no obstante contrapesadas por las Reales Audiencias, otro de los grandes focos de poder en los territorios americanos. La autonomía del virrey venía limitada por las Reales Audiencias pero sobre todo por el Rey, la autoridad real, y por el Consejo de Indias. Y dada la desconfianza que también entonces generaban los funcionarios en los particulares y en la autoridad, eran sometidos una vez terminado su mandato y funciones anejas al denominado Juicio de residencia, ni más ni menos que una inspección para verificar la legalidad o la irregularidad en acciones y comportamientos durante el ejercicio del cargo.
 
Las Reales Audiencias
La Real Audiencia es una institución propia del reino de Castilla en la que los súbditos se dirigían personalmente al rey en audiencia. De tal configuración surgió, al cabo y por necesidad jurisdiccional, una organización de tribunales permanentes a cargo de profesionales de la administración de justicia.
    Las Audiencias asaron a las Indias como tribunales colegiados de jueces, que fueron llamados oidores y que a no tardar, en sus nuevos emplazamientos, derivaron también hacia los ámbitos políticos y ejecutivos (de gobernación). Su presidente era el Virrey que contaba con cuatro oidores y un fiscal.
    La Real Audiencia en cuestión de traspaso de poder entre un virrey y otro se denominó Audiencia gobernadora, dadas sus atribuciones, y cumplía con el asesoramiento al nuevo mediante lo que se llamaba Real Acuerdo.
 
Los diferenciados territorios de la América española, las Américas, se constituyeron como provincias, con un Gobernador al frente de cada una de ellas dotado de competencia en asuntos de gobierno, justicia y guerra. Los gobernadores representan el tránsito del Descubrimiento y la Conquista a la Colonización. En los territorios inexplorados, o pendientes de exploración, la Corona española nombró Adelantados a los que fijó mediante Capitulaciones individuales sus derechos, obligaciones y límites.
    Al nivel inmediatamente inferior de la tríada Virrey-Audiencia-Gobernador se articuló el aparato burocrático en la América hispana. Gran mérito en esta eficiente organización político-administrativa le corresponde a Nicolás de Ovando, que fuera Gobernador General de las Indias y Presidente del Consejo de Indias.
 
En la parte negativa, o menos diligente y más proclive a la ilegalidad y la corrupción, de la estructura administrativa en el Nuevo Mundo, figura un cargo: el de Procurador de Indios o Corregidor, germen de una organización mayor y local, empleo que aseguraba aunque de manera ilícita rápido enriquecimiento y máxima influencia entre los funcionarios y también los administrados; y una institución ya en decadencia en la metrópoli: el Cabildo, reunión de alcaldes y regidores en el vasto medio rural, pronto dominado por los criollos para su satisfacción y autonomía. Fueron, precisamente, los funcionarios honrados, la inmensa mayoría, residentes en las Américas o destinados a tareas de control desde España, quienes denunciaron las prácticas abusivas, deshonestas e impropias de la alta misión encomendada.
    Los Cabildos en América fueron ideados para incorporar al elemento local en la gestión y gobierno de sus propios asuntos, sobre los que el poder central disponía de escasa y demorada información; este hecho facilitó que los Cabildos, en manos ambiciosas, se convirtieran en un instrumento en manos de las oligarquías locales. Había que enmendar la situación. Para ello fue creada la figura del Intendente.
    Los criollos controlaban los Cabildos cuando los Intendentes desembarcaron en sus feudos para enlazar el poder central con el local. Los Intendentes sustituyeron en gran medida a los Corregidores y los Alcaldes, y se crearon los Diputados del Común, representantes de una sociedad determinada, la población de un territorio concreto, para representar a todos y cada uno de los habitantes de la demarcación; algo que perjudicó los intereses de los criollos potentados.
    Paradójicamente, estos nuevos Cabildos abiertos, ahora en régimen asambleario, sirvieron a los descontentos criollos para organizar protestas y edificar emancipaciones e independencias, y dominar el medio rural desde las ciudades.
 
La Pesquisa, la Visita y el Juicio de Residencia
La Corona quería evitar desmanes y competencia. La riqueza habida en los territorios ultramarinos afloraba intereses contrapuestos, egoísmos, vanidades y codicias de casi imposible control. No obstante, se intentó con la puesta en práctica de tres mecanismos: la Pesquisa, la Visita y el Juicio de Residencia.
    La Pesquisa trataba un asunto específico perfilado por la duda o directamente en litigio; se hacía a iniciativa del Rey, el Virrey o el Presidente de la Audiencia.
    La Visita era una auditoria general, una inspección que abarcaba la gestión administrativa donde se hubieran detectado irregularidades, que no suspendía la actividad de los funcionarios afectados y que se realizaba por los visitadores o inspectores designados por el monarca. La Visita más famosa fue la protagonizada por José de Gálvez, a instancia de Carlos III, tras la cual se reformó en profundidad la Administración indiana. Las reformas del visitador José de Gálvez, posteriormente destinado al Consejo de Indias, en su visita general a los reinos de Indias, racionalizó la administración pública en la línea de la Ilustración imperante, pero enemistó definitivamente a los criollos con el sistema que les obligaba a pagar mayores tributos y les apartaba de los cargos y sembró un descontento que estallaría en breve.
    El Juicio de Residencia, o simplemente Residencia, era una rendición de cuentas ante la autoridad y los vecinos a la que debían someterse todos los cargos públicos al cesar en sus funciones. El inconveniente de este procedimiento, en realidad su injusticia intrínseca, derivaba de que cualquiera podía formular denuncias o explayarse en alegatos por completo falsos o tendenciosos contra la persona juzgada. Algo así como castigar el éxito desde la envidia y la codicia no satisfecha. Para compensar las acusaciones en falso se ideó un sistema que lejos de menguar la deficiencia aumentaba la corrupción: era la fianza o precio o depósito. Consistía en la entrega de una cantidad dineraria al saliente o autoridad en funciones por parte del recién llegado a un cargo, y así sucesivamente, lo que en gran medida asentaba la inmunidad en el ejercicio del cargo.
 
Ramo de Hacienda
Para sustentar la ingente maquinaria administrativa de las Américas se creó el Ramo de Hacienda. La Hacienda recaudaba a través de las Cajas Reales, organismos que percibían los diversos tributos establecidos.
    Los nativos abonaban el denominado tributo de indios, que se pagaba en dinero o especie a partir del trabajo personal. La mayor parte de los tributos de Indias eran imposiciones indirectas cobradas en virtud de la actividad comercial; por ejemplo, la alcabala, en las ciudades, y el almojarifazgo, en los puertos.
    Otros impuestos célebres fueron el quinto real, el quinto, ligado a las acciones de conquista, porcentaje de pago de los botines; la mesada, sueldo de un mes que se cobraba por cada nuevo nombramiento civil o eclesiástico; y la venta de oficios públicos, de notable rendimiento económico para el Estado, como el de Corregidor de Indios; y el famoso diezmo, del que estaban exentos los indios, que consistía en la entrega al fisco para su destino a obras de la Iglesia católica de una décima parte del producto agrícola y ganadero.
 
Ramo de Guerra
Vinculado a la consolidación y defensa de los territorios hispanos. Sobre todo contra las potencias extranjeras que aspiraban a sucedernos en la administración de las posesiones ultramarinas.
    La necesidad de tropas en circunstancias concretas al no existir un ejército regular se valió de la obligación militar que pesaba sobre los encomenderos, quienes percibían gratuitamente del Estado el derecho a  que los indios trabajaran para ellos a cambio de instruirlos y de aportar medios humanos y materiales para la eficacia militar.
    El Virrey, que era la autoridad suprema del virreinato y también su Capitán General, obraron la constitución en el siglo XVIII, época ya plagada de amenazas extranjeras, de una milicia permanente denominada Ejército de dotación, compuesto por contingentes autóctonos y tropas españolas. Paradójicamente, estas fuerzas militares fueron el embrión de los futuros ejércitos independentistas.
 
Ramo de Justicia   
Las Audiencias eran los vértices de la organización judicial en el Nuevo Mundo, con el Consejo de Indias como órgano superior de apelación. Desde ellas y en peldaño inferior, el aparato judicial contaba con los Corregidores, de recia y antigua implantación en España, y los Alcaldes mayores como instancias más importantes.
    Los Corregidores velaban por la justicia y la seguridad, ejerciendo mucho poder en las ciudades. Los Alcaldes mayores tenían jurisdicción municipal y provincial, y los Alcaldes menores equivalían a los Jueces de Paz. El auxilio judicial de las citadas instancias, principales en la Administración de Justicia, fue encomendado a los Alcaides, ocupados en la custodia de presos y edificios públicos, y a los Alguaciles, el nivel inferior del escalafón judicial y también auxiliares de la Justicia para el menester requerido.
 
Jurisdicciones especiales fueron el Juzgado de Indios, creado para reprimir los excesos de los Corregidores de Indios y los Tribunales de la Acordada, especializados en la competencia contra el bandolerismo, que en México se denominó Santa Hermandad, actuando en el medio rural con justicia sumaria e itinerante; de origen en las rondas armadas castellanas formadas para reprimir el bandolerismo y los robos de ganado.
 
El procedimiento escrito fue el elegido para los juicios. Las resoluciones judiciales (sentencias, fallos, veredictos), recibían dos nombres: Reales Provisiones, que eran las sentencias propiamente dichas, y Autos, que resolvían diversas incidencias judiciales.
    La ley de enjuiciamiento establecía un sistema de recursos, apelaciones y recusaciones, según los casos, como garantía de justicia, y un procedimiento de amparo, que hoy se conoce como habeas corpus, mayormente utilizado por los indios. Además existía la posibilidad de acogerse a sagrado y los fueros de hidalguía, militar y minero, cada cual con sus peculiaridades.
 
La figura del Abogado fue, a su vez, trascendente y prolífica en el ordenamiento jurídico hispanoamericano; debido principalmente al formalismo profundo de la sociedad española transmitido a la americana, donde todo era documentado con actas, oficios y traslados, escrituras, solicitudes y constituciones. De nuevo algo tan sustancialmente español sirvió, al cabo, para legislar las leyes de las nacientes repúblicas hispanoamericanas.


Legislación de Indias
 
La legislación elaborada por el Consejo de Indias presenta un carácter monumental que avala toda la obra española en América. Esta legislación es el cuerpo normativo donde, por encima de cualquier otra consideración, prevalece la protección de los indios.
    Las Leyes de Indias consignaron Provisiones, Cédulas, Ordenanzas, Instrucciones y Cartas, esto es, un cuerpo normativo completo y autónomo que prevalecía sobre el Derecho de Castilla, de única aplicación en caso de ausencia de norma.
    La Corona española quiso legislar desde el equilibrio, tomados en consideración por igual los derechos del conquistador y de los indios, y la necesidad de obtener rentas del trabajo indígena con la de frenar la tendencia natural al abuso por parte de los dueños de la situación. La balanza en todos los casos en disputa se inclinó a favor de los más débiles. El régimen legal, pese a la oposición de los colonos, garantizaba la preservación y el buen trato a los indígenas, aspectos recogidos en las Leyes de Burgos de 1512, donde se declara a los indígenas como vasallos libres. Este manifiesto legal respecto a la condición legal de los indios, el primer cuerpo normativo decantado a favor de la libertad de los nativos, suscitó un encendido debate entre juristas y teólogos, que acogió las tesis de Isabel la Católica, indignada frente a las pretensiones esclavizadoras de Cristóbal Colón; éste pretendía comerciar con el tráfico de la masa indígena hacia destinos de esclavitud. La pretensión de la reina Isabel y de quienes apoyaban su iniciativa obligaba a incorporar a los indios en todos los aspectos de la Cultura española.
    No obstante el establecimiento jurídico de las Leyes de Burgos, fue preciso, dados los usos y abusos en ultramar, y con la intervención apasionada, y deliberadamente exagerada, del encomendero-fraile Bartolomé de las Casas, quien se hizo eco de las quejas del dominico padre Montesinos, de elaborar y sancionar las Leyes Nuevas de 1542: dos cuerpos legales, el principal con cuarenta artículos, y una ampliación con seis.
 
Las Leyes Nuevas modificaron sustancialmente el panorama jurídico-social de América. Por ellas se extinguían las encomiendas, a la muerte de sus presentes titulares; abolidos el derecho a la esclavitud, el de servidumbre personal y los trabajos pesados impuestos a los indígenas; y la moderación de los tributos que a éstos cargaban. Las Leyes Nuevas, documento de prot5ección completa y sincera del nativo, fueron la máxima expresión de la legislación de Indias. Corrían tiempos contrarios a esta legislación protectora, pues tanto portugueses, entonces, como posteriormente los ingleses, abundaban en la práctica esclavista obteniendo pingües beneficios de todo tipo.
 
El Consejo de Indias y el resto de las autoridades elaboraron una normativa que protegía sin ambages a los indios, además de crear instituciones con el cometido específico de velar por el cumplimiento de la misma y el bienestar de los indios. Basada su actuación jurídica en las Leyes Nuevas y el conjunto de disposiciones reguladoras de la vida en los territorios americanos, el Consejo de Indias controló las pretensiones de los encomenderos, suprimió la inercia feudal y estableció un régimen de incompatibilidades que garantizaba la neutralidad e integridad de los funcionarios y un sistema de equilibrios para evitar desviaciones abusivas en el ejercicio del poder.
 
La Legislación de Indias también contempló disposiciones rectoras para la utilización de los recursos naturales, entre otros la madera, el agua y los minerales, agrupadas en el Derecho Administrativo sobre los bienes. Bienes de propiedad pública o demanial (dominio público) relacionados con el uso del suelo: ríos, lagos, manantiales, vías pecuarias, minería, franja litoral, costas, caza y pesca y la tierra de cultivo; sobre ellos se legislaba a partir de una atribuida titularidad estatal que era la que concedía el uso del recurso en cuestión; el Estado concedía el derecho de uso e imponía, a la vez las condiciones para ejercerlo: la tierra debía ser cultivada o se perdía. Por lo que la propiedad privada quedaba supeditaba a una función pública, sin menoscabo, o restringida en sus pretensiones a un ámbito que no impidiera el disfrute de lugares o el derecho de acceso y paso.

Pedro Pablo Rubens: Carlos V como dominador del mundo, h. 1605.

Imagen de Mondadori Electa
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El legado jurídico español en Estados Unidos de América
 
Aspecto menos conocido de la obra española en el Nuevo Mundo, aun siendo clave y duradero, el legado jurídico español en los hoy Estados Unidos de América presenta una doble vertiente: sobre los derechos civiles individuales y sobre el derecho a los recursos naturales. Sistema jurídico el implantado en el continente americano por los españoles que entró en conflicto con el anglosajón.
    Las leyes españolas buscaban favorecer a los sectores más débiles, con idea de protección: la mujer, que no perdía sus bienes con el matrimonio y al fallecimiento del cónyuge retenía la mitad de los gananciales, a diferencia del derecho anglosajón; lo hijos nacidos fuera del matrimonio, que en el derecho español podían ser legitimados; los indios, que podían ser titulares de concesiones de tierras, como de hecho lo fueron; y la abolición del lucrativo negocio de la esclavitud.
    Es en cuanto a la propiedad de la tierra, y en general de los recursos naturales, donde radican las mayores diferencias entre el modelo español y el common law británico. La tradición jurídica española estableció la propiedad por parte de la Corona (el Estado, España, que conceptualmente y en la práctica era lo mismo) de los principales recursos: el agua, las minas y la tierra (cultivos, pastos y bosques), que podía ser usufructuada a particulares mediante la figura jurídica de la concesión. La corona española otorgó títulos concesionales a pobladores y a indios, títulos que colisionaron con el advenimiento de anglosajones en el Suroeste de los actuales Estados Unidos  a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
    Tal distancia legal de derechos, obligaciones y titularidades entre el cuerpo normativo hispánico y el anglosajón desató la lucha por la tierra donde antes regía la ley española y ahora la nueva de ingleses y luego norteamericanos, porque los indios (la población nativa) y los hispanos (la población colonizadora) disponían de los mejores suelos cultivables, en extensiones muy superiores a las que eran de uso entre los colonos angloamericanos extraños hasta la fecha de las grandes haciendas ganaderas. Tierras que deseaban conseguir a cualquier precio.
    A medida que se adueñaron de territorios y recursos, los anglosajones fueron imponiendo sus leyes, que supusieron cambios drásticos que afectaron a la explotación del territorio. De manera que, por ejemplo, los vastos espacios de tierras comunales, utilizados por indios e hispanos para el pasto de vacas y ovejas, quedaron privatizados en favor de los nuevos ocupantes, lo que supuso el fin del aprovechamiento estacional y trashumante de los pastizales de invierno y de verano y el traspaso de esas extensiones, por precio establecido judicialmente, a los nuevos titulares norteamericanos.
 
Las tierras pertenecientes a los indios también sufrieron, y con especial virulencia, el cambio de soberanía. La confrontación de los antiguos poseedores con los nuevos propietarios tuvo dos escenarios: la lucha sobre el terreno contra los indios, divulgada hasta la saciedad por el cine, en la que los nativos, que exhibían sus derechos inmemoriales para evitar el expolio, acabaron siendo desplazados; y los litigios ante los tribunales, prolongados en el tiempo (todavía perduran las reclamaciones y las sentencias), campo de batalla legal en el que los indios han ido consiguiendo algunos triunfos. La base de reclamación jurídica (fundamento jurídico) era y es la de los títulos otorgados por la corona española (las concesiones del Rey de España), para los previsores que los hayan conservado como oro en paño, y las Recopilaciones de Leyes de los Reinos de Indias y otras normas equivalentes del Derecho español cual el  pionero Código de las Siete Partidas, de Alfonso X el Sabio.
    Pleito a pleito, los nativos ha logrado sentencias favorables al probar con documentos y a través de la costumbre que la dominación española no supuso para ellos una pérdida sensible de sus tierras, en tanto que el gobierno norteamericano no ha podido alegar la prueba en contrario para en ella sustentar las negaciones de derechos y titularidades. En consecuencia, son responsabilidad de los nuevos administradores de justicia norteamericanos las mermas posteriores a la colonización española sufridas por los nativos.
 
Pese a lo diferente de las legislaciones, los Estados de Norteamérica con mayor influencia hispana introdujeron en sus constituciones una buena parte, y de manera literal, de las normas españolas con respecto al uso de la tierra y los recursos naturales. Es más, en cuanto al uso racional del agua, el conjunto normativo estadounidense adoptó el Derecho de aguas español al integrarlo, por modélico, en su Derecho positivo.
 
 
Nota
Para una mejor aproximación al tema legislativo en la América española y los Estados Unidos de Norteamérica recomendamos el estudio de las obras de Borja Cardelús Luces de la Cultura Hispana (Ediciones Polifemo, Madrid 2002) y La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos (Centro de Cultura Iberoamericana, Madrid 2007).



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