miércoles, 23 de diciembre de 2015

Un cambio a igual

 
Con el tiempo aún a favor de solazarse a la intemperie, las calles brindan un ambiente hospitalario al viajero curioso o en tránsito, y los vecinos, con más o menos años de residencia en su haber, una educada disposición a dejarse preguntar y a compartir la oferta de lo propio.
    Los matizados semblantes de los unos y los otros confluyen en la hora del asueto donde cualquiera puede verlos, bien sea para inscribirse en la memoria que luego recuerda, mera anécdota a veces, bien para sentir intensamente el hormigueo de una similitud preservada en una actuación a la recíproca.
    Un veterano par de ojos mira así, queriendo encontrar desde hace mucho un destello de evocación en el mundo en torno. A este hombre al que no se atribuye historia que suscite el interés ajeno, la vida se le dibuja con poco lustre y con escaso mérito siendo benevolente el juicio; es cosa admitida y no va más allá. Pero un día de los que anticipa el otoño, sin otro aviso que la continuada espera de que eso fuera a suceder, el hombre distingue con renovada visión una cara antigua, con su figura implícita, de la que se siente heredero.
    El sol vespertino alumbra con sombra cercana, lo que no impide al hombre confirmarse en la creencia de que conoce a esa mujer que la casualidad pasea, portando en su efigie tantas primaveras como en un silencio impropio la ha echado de menos.
    "Es ella", señala su intimidad despertando el ansia del pasado. "Pudiera ser ella", supone un amago de cordura mal acogido en tan feliz circunstancia. "Tiene que ser ella", incita el espoleado deseo.
    La mujer, sea o no ella, parece cansada. A lo mejor ha recorrido un sinfín de lugares para volver al que era suyo en una fecha como esta, queriendo o no ser protagonista de las derivadas peripecias en cada uno. Le asoma la fatiga al rostro, pero lo que en él se refleja ante el impresionado observador es belleza, diáfana seguridad y un atisbo elegante de conocer el suelo que pisa.
    "¿Cuánto hace?", se pregunta el hombre sintiendo llegado el momento de retomar algo; por fin su momento.
    "¿Cuánto ha pasado?", se pregunta ella.
    A ninguno acude la pregunta de dónde está.
    No han cruzado mirada pero ya se han visto. Pasa ella delante de la expectación que concita discreta y velada por una cortina de ensueños, es su aire mundano y su forma un compendio armonioso de las dos edades. Con la primera se queda el suspiro y la imaginación del hombre, ahora algo apartado de su anterior lugar de espera para mejor leer las páginas donde fueron escritas anotaciones precipitadas e ideas tendiendo al enamorado delirio que no abandona el claustro. Impulsos de juventud, piensa con sobrevenida añoranza, qué época dichosa en la que era posible creer en la bondad del día de mañana; errores imperdonables, lamenta acto seguido sin pronunciar la conveniente apostilla.
    "Cuánto hace", se convence ella moviendo apenas los labios.
    Ha sido un aleteo que él observador capta aún con el último cabo por desamarrar.
    Prosigue la mujer llegada de la incógnita su andar escrupuloso, en diagonal, por el espacio abierto, acortando la distancia que aleja los dos cuerpos volátiles entrados en el declive físico, menos obvio en ella, suficientemente asumido en él para sus adentros.
    Hay distancia cierta entre los dos que no sólo establece el movimiento de ida.
    La mujer no habla con nadie, no mira nada ni se asemeja a una estampa que el viento de poniente devuelve a la noticia, al comentario que surge por azar y entretiene un rato a quienes evocan un episodio inconcluso. Aparenta conocer la ruta que desgrana con ligero percutir de tacón mediano, con estudiada gracilidad. Va, probablemente, donde quiere ir. Si alguien opina mientras la ve pasar dirá que es hermosa, que mantiene lo que hubo; y si alguien, cuya presencia es efímera porque su vida no admite la recreación de los paréntesis, se atreve a opinar a renglón seguido, dirá que en ella se proyecta una película de avatares sin protagonismo definido.
    "Cuánto tiempo", musitan a la par él y ella.
    La plaza se acaba y luego, en suave descenso, empieza una calle que da vuelta. Allí, doblada la esquina, ya no aparece gente ociosa o en discurrir laborioso camino de otra actividad; allí, finalizado el escenario, se perfila el punto de encuentro.
    Si ayer no tuvo el hombre impaciencias, en el presente se le prodigan. Y da en correr adelante atajando hacia la intersección por la plaza arriba.
    "Ahora o nunca", decide con la prisa de los años vencidos.
    Ella, que se sabe admirada, toma la dirección supuesta, no sin antes comprobar su intuición. Un momento de pausa, un medido giro de cuello y cintura. "Eso es", confirma y sigue el paseo; pero no sin antes revisar el otro lado, el que sube y ataja hacia la intersección. "Sí...", se convence y sigue.
    Ella, que se presume objeto de incógnita, alberga un pensamiento que le devuelve la hermosura de antaño.
    Él, un hombre sin relevancia, que es aditamento del paisaje porque no molesta, emprende con ojos dispuestos, con el pulso firme, la aventura aquella soñada en vigilias de juventud deleble y atraviesa a la carrera la penumbra que huele a rancio, si se huele, dejando en el apaciguado crepúsculo una estela de iniciativa que bien pudiera ofrecerse como presente de reencuentro.
    Va recordando él, va recordando ella, el tiempo estéril de ambos cuando el vacío no se lograba llenar de ilusión o, en último concurso, de esperanza. Van buscando aceleradamente en la memoria un motivo, un detalle, un símbolo que al pertenecerles facilite el saludo, la caricia y el beso que una vez prometido se espera.
    "¿Quién es?" "¿Quién era?"
    "Ya viene", anuncia la voz masculina.
    "Ya llega", anuncia la voz femenina.
    Lo que les une, descubren a poco de enfrentar sus cuerpos, carece de sentido, está falto de gracia y se viste con excusa.
    "El viaje", piensa ella, "ha servido de mucho."
    "Los años", piensa él, "no han servido de nada."
    No quería venir dice ella, sin querer agraviarle.
    No te estaba esperando dice él, sin querer ofenderla.
    El cielo adquiere un tono de adiós y la ciudad bosteza. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Las revelaciones del alma

 
Teresa de Cepeda y Ahumada, Santa Teresa de Jesús, "que no redacta, escribe como habla", en palabras de Marcelino Menéndez Pelayo, es la máxima figura de la mística del siglo XVI, reformadora de la Orden del Carmelo las carmelitas descalzas, escritora y doctora de la Iglesia. Nacida en Ávila, el año 1515.
    En 1531 ingresó como pupila en el convento de monjas agustinas de Santa María de Gracia; en 1535 entró en el convento de Santa María de la Encarnación, en Ávila.
    De salud delicada, entre 1538 y 1541 empezó a practicar el método de oración llamado recogimiento, a través del cual consiguió en varias ocasiones la unión mística con Dios.
    En 1562 fundó el primer convento reformado, el de San José de Ávila, con arreglo a la nueva regla llamada del Carmelo Descalzo.
    Su espíritu indomable, y convencida de la bondad de su obra, venció oposiciones y dificultades, contando con partidarios como fray Luis de León y fray Domingo Báñez, hasta ser confirmada la orden por el Papa.
    En 1567 conoció a Juan de la Cruz, a quien animó a llevar a cabo la reforma carmelita en la rama masculina y ayudó a escapar de prisión.

    Viajera infatigable, fundó diez conventos, situados casi todos en la vieja Castilla y Andalucía, y reformó algunos otros.
    En 1614 fue beatificada y en 1622 canonizada por Gregorio XV. En 1970 Pablo VI la nombró doctora de la Iglesia, siendo la primera mujer en recibir este título.
    Falleció en el convento de Alba de Tormes, provincia de Salamanca, el año 1585.

* * *


Todas las obras de Teresa escritas en prosa ofrecen un carácter subjetivo, ligadas a su actividad como reformadora del Carmelo o a sus propias experiencias místicas. Libros autobiográficos como Libro de la vida (Libro grande o Libro de las misericordias de Dios), El libro de las fundaciones, El Libro de las relaciones o Cuentas de conciencia, y Cartas.
    En el Libro de la vida, que es un prodigio de autoanálisis y de traslación a palabras de complejos estados anímicos.
 

Sus obras ascético-místicas tratan de los problemas de la vida ascética y de sus diferentes experiencias místicas. Son Camino de perfección, obra puramente ascética donde muestra a sus monjas el camino de perfección en la vida monástica e incita a la acción en favor de la reforma, donde Teresa se presenta como flaca, ignorante, ruin, mujer en suma: "Como no tenemos letras las mujeres ni somos de ingenios delicados"; Las moradas o Castillo interior, obra cumbre de la santa, de la mística europea y una de las principales de la literatura religiosa universal, en la que concibe la vida espiritual del hombre como "un castillo todo de diamantes y muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas". El alma tiene que recorrer los siete aposentos del castillo en su camino de perfección antes de alcanzar la unión con Dios. Las tres primeras moradas corresponden a la vía purgativa, las tres siguientes a la vía iluminativa y en la séptima, que corresponde a la vía imitativa, se realiza la verdadera y perfecta unión mística; y Constituciones, en la que expone las normas de la orden reformada, que se basan en los siguientes observaciones: vida de oración en la celda, ayuno y abstinencia de carne, renuncia a rentas y propiedades, comunales o particulares, y práctica del silencio.

    En Las moradas, santa Teresa expone el proceso de acercamiento y unión con Dios a través del conocimiento propio. Se apoya en la alegoría del alma como castillo con siete moradas, la principal en el centro, donde "pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma". Ella y su experiencia guían al lector en el recorrido de las primeras moradas, para luego ocultarse en una tercera persona que se desdobla. A medida que se adentra en lo sobrenatural, en lo inefable, Teresa insiste en su incapacidad y redobla sus peticiones a Dios para que la ilumine. La belleza de sus símiles, el poder sugeridor de su palabra, la plasticidad de su prosa también se intensifican.  Al llegar a las "Sextas Moradas" se abandona en brazos de Dios porque "Si Su Majestad y el Espíritu Santo no menea la pluma, bien sé que será imposible declarar algo de cosas tan dificultosas". En ellas el alma "ya queda herida del amor del Esposo", y los trabajos que sufre son extraordinarios y la "operación de amor" que siente el alma y que ella da a entender a sus lectores en qué consiste. En la postrera etapa de ese "camino espiritual", Teresa subraya su temblor ante la revelación de la gracia suprema. Ruega de nuevo a Dios que guíe su pluma y le ilumine para que pueda hablar del matrimonio espiritual cuando la vida del alma es ya Cristo: "Plega a Su Majestad, si es servido, menee la pluma y me dé a entender cómo yo os diga algo de lo mucho que hay que decir y da Dios entender a quien mete en esta Morada (Moradas Séptimas)".
 
Su obra poética es amplia, de marcada tendencia didáctica y piadosa; destaca la composición titulada Vivo sin vivir en mí.

Vivo sin vivir en mí

 y de tal manera espero,

 que muero porque no muero.

 

En sus obras nunca teoriza sino que intenta hacer llegar sus propias experiencias con la mayor vivacidad posible en una lengua  rica en metáforas y giros populares. Rechaza límites, elimina barreras entre Dios y ella, entre su inspirador y sus lectoras. Su capacidad expresiva la secunda, en ella el escribir es una actividad natural. Ahonda en el conocimiento del alma y ofrece páginas bellísimas donde intenta desnudarla: "¡Qué gran cosa es entender un alma!" Escribió para que la riqueza espiritual que atesoraba pudiera ser patrimonio común, siempre en nombre de la verdad y al hilo de su pensamiento. Y consigue deslumbrar con su escritura insólita, libre y sin límites, directa y eficaz.

* * *

 

Obra Camino de perfección

Prólogo

Sabiendo las hermanas de este monasterio de San Josef de Ávila cómo tenía licencia del Padre presentado Fr. Domingo Báñez, de la orden del glorioso Santo Domingo (que al presente es mi confesor) para escribir algunas cosas de oración, en que parece podré atinar, por haber tratado con muchas personas espirituales y santas, me han tanto importunado les diga algo della, que me he determinado a las obedecer.

Viendo que el amor grande que me tienen puede hacer más acentuado lo imperfecto, por mal estilo que yo les dijere, que algunos libros que están muy bien escritos, de quien sabía lo que escribió. Yo confío en sus oraciones, que podrá ser por ellas el Señor se sirva acierte a decir algo de lo que al modo y manera de vivir que se lleva en esta casa conviene, y me lo dará para que se lo dé. Y si fuere mal acertado, el Padre presentado que lo ha de ver primero, lo remediará o lo quemará; y yo no habré perdido nada en obedecer a estas siervas de Dios, y verán lo que tengo de mí cuando su Majestad no me ayude. Pienso poner algunos remedios para algunas tentaciones menudas que pone el demonio, por serlo tanto, por ventura no hacen caso dellas, y otras cosas, como el Señor me diere a entender y se me fueren acordando; que como no sé lo que he de decir, no puedo decirlo con concierto. Y creo es lo mejor no le llevar, pues es cosa tan desconcertada hacer yo esto. El Señor ponga en todo lo que hiciere sus manos, para que vaya conforme a su voluntad, pues son estos mis deseos siempre, aunque las obras tan faltas como yo soy.

Sé que no falta el amor y deseo en mí para ayudar en lo que yo pudiere, para que las almas de mis hermanas vayan muy adelante en el servicio del Señor. Y este amor, junto con los años y experiencia que tengo de algunos monasterios, podrá ser aproveche para atinar en cosas menudas más que los letrados, que por tener otras ocupaciones más importantes y ser varones fuertes, no hacen tanto caso de cosas que en sí no parecen nada, y a cosa tan flaca como somos las mujeres todo nos puede dañar; porque las sutilezas del demonio son muchas para las muy encerradas, que ven son menester armas nuevas para dañar. Y yo como ruin heme sabido mal defender, y ansí querría escarmentasen mis hermanas en mí. No diré cosas que, o en mí o por verlas en otros, no las tenga por experiencia.

Pocos días ha me mandaron escribiese cierta relación de mi vida, a donde también traté algunas cosas de oración; podrá ser no quiera mi confesor las veáis por ahora, y por esto pondré aquí algunas cosas de lo que allí va dicho y otras que también me parecerán necesarias.

El Señor lo ponga por su mano, como lo he suplicado, y lo ordene para su mayor gloria. Amén.

 

Primer capítulo: De la causa que me movió a hacer con tanta estrechura este monasterio.

1. Al principio que se comenzó este monasterio a fundar, por las causas que en libro que digo tengo escrito están dichas, con algunas grandezas del Señor, en que dio a entender se había mucho de servir en esta casa, no era mi intención hubiese tanta aspereza en lo exterior, ni que fuese sin renta, antes quisiera hubiera posibilidad para que no faltara nada. En fin, como falca y ruin, aunque algunos buenos intentos llevaba más que mi regalo.

En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos, y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dióme gran fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin, imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor (y toda mi ansia era, y aun es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos que ésos fuesen buenos) determiné hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo; y que siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tenían fuerza mis faltas y podría yo contentar en algo al Señor, y que todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar a hora a la cruz esos traidores, y que no tuvieses a donde reclinar la cabeza.

 

2. ¡Oh, Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin fatigarse mucho! ¿Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre han de ser los que más os deben, los que os fatiguen? ¿A los que mejores obras hacéis? ¿A los que escogéis para vuestros amigos? ¿Entre los que andáis y os comunicáis por los Sacramentos? ¿No están hartos de los tormentos que por ellos habéis pasado?

Por cierto, Señor mío, no hace nada quien ahora se aparta del mundo. Pues a Vos os tiene tan poca ley, ¿qué esperamos nosotros? ¿Por ventura merecemos nosotros mejor nos la tengan? ¿Por ventura hémosles hecho mejores obras para que nos guarden amistad? ¿Qué es esto? ¿Qué esperamos ya los que por la bondad del Señor no estamos en aquella roña pestilencial, que ya aquéllos son del demonio?

Buen castigo han ganado por sus manos; y bien han granjeado con sus deleites fuego eterno. Allá se lo hayan, aunque no me deja de quebrar el corazón ver tantas almas como se pierden. Mas de mal no tanto, querría no ver perder más cada día. ¡Oh, hermanas mías en Cristo, ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os junto aquí: éste es vuestro llamamiento; éstos han de ser vuestros negocios; éstos han de ser vuestros deseos; aquí vuestras lágrimas; éstas vuestras peticiones. No, hermanas mías, por negocios acá del mundo, que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos a Dios, hasta pedir a su Majestad rentas y dineros, y algunas personas que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos. Ellos buena intención tienen, y en fin se hace por ver su devoción, aunque tengo para mí que en estas cosas nunca se oye [Quiere decir que el pedir lo temporal, principalmente en tiempo de mayores necesidades, ha de ser cuidado muy accesorio].

Estáse ardiendo el mundo: quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios; quieren poner su Iglesia por el suelo y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura si Dios se las diese tendríamos un alma menos en el cielo.

No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia. Por cierto que si no mirase a la flaqueza humana, que se consuela que la ayuden en todo (y es bien si fuésemos algo) que holgaría se entendiese no son éstas las cosas que se han de suplicar a Dios en San Josef con tanto cuidado.

* * *

 

Obra Castillo interior (Las moradas)

Preámbulo

Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas como escribir ahora cosas de oración: lo uno, porque no me parece me da el Señor espíritu para hacerlo, ni deseo; lo otro, por tener la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande, que aun los negocios forzosos los escribo con pena.

Mas entendiendo que la fuerza de la obediencia suele allanar cosas que parecen imposibles, la voluntad se determina a hacerlo de buena gana, aunque el natural parece que se aflige mucho; porque no me ha dado el Señor tanta virtud que el pelear con la enfermedad contina, y con ocupaciones de muchas maneras se puede hacer sin gran contradicción suya. Hágalo el que ha hecho otras cosas más dificultosas, por hacerme merced, en cuya misericordia confío. Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escribir; antes temo que han de ser casi todas las mismas, porque así como los pájaros que enseñan a hablar no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto repiten muchas veces, soy yo al pie de la letra.

Si el Señor quisiere diga algo nuevo, su Majestad lo dará o será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría por tenerla tan mal que me holgaría de atinar a algunas cosas que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido. Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza, por obediencia, quedaré con ganancia aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho..

Y así comienzo a cumplirla hoy día de la Santísima Trinidad, año de 1577, en este monasterio de San Josef del Carmen de Toledo, a donde el presente estoy: sujetándome en todo lo que dijere al parecer de quien me lo manda escribir, que son personas de grandes letras. Si alguna cosa dijere que no vaya conforme a lo que tiene la santa Iglesia Católica Romana será por ignorancia y no por malicia. Esto se puede tener por cierto y que siempre estoy y estaré sujeta por la bondad de Dios, y lo he estado a ella. Sea por siempre bendito, amén, y glorificado.

Díjome quien me mandó escribir, que como estas monjas de estos monasterios de Nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare, y que le parecía que mejor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y con el amor que me tienen, les haría más al caso lo que yo les dijese; tiene entendido por esta causa será de alguna importancia, si se acierta a decir alguna cosa, y por esto iré hablando con ellas en lo que escribiré; y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas. Harta merced me hará nuestro Señor si alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito.

Más bien sabe su Majestad que yo no pretendo otra cosa: y está muy claro que cuando algo se atinare a decir entenderán no es mío; pues no hay causa para ello si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor por su misericordia no la da.

Copia del verdadero retrato de Santa Teresa de Jesús, a los 61 años, original del V. FR. Juan de la Miseria, que se custodia en el convento de religiosas carmelitas descalzas, denominado de San José del Carmen, de la ciudad de Sevilla, reproducida del grabado al agua fuerte hecho por A. A. Morgado.


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Fray Luis de León es la figura cumbre del Renacimiento literario en España. Religioso, escritor y docente, en sus escritos se funde con la mayor armonía la herencia de los clásicos grecolatinos, la renovación poética italiana y la tradición religiosa hebraica y cristiana.

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

 

Nació en Belmonte, provincia de Cuenca, el año 1527. En 1543 ingresó como novicio en el convento de San Agustín de Salamanca. En 1560 se graduó en teología y pedagogía, y desde entonces se consagró apasionadamente a la docencia en la universidad; desempeñando la cátedra de Biblia, consiguiendo ser un gran exégeta. Pero la rivalidad entre las órdenes que ocupaba puestos en la universidad, dado su peculiar carácter, lo situaron frente a un proceso inquisitorial prolongado con pena de cárcel entretanto se sustanciaba el proceso. De regreso a las aulas, pues fue absuelto, se le recuerda la frase: "Decíamos ayer..."
    Su filosofía moral habla de lo que debe hacer el hombre para conseguir la aurea mediocritas, el justo medio, y con ella la serenidad.
    Falleció en Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, en 1591.

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Aparte de una significativa producción en latín, escribió cuatro libros en prosa: Traducción literal y declaración del Cantar de los Cantares, escrito a petición de Isabel Osorio, monja del convento de Sancti Spiritus; De los nombres de Cristo, diálogo entre tres frailes agustinos acerca de los diversos nombres con que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento aluden a Jesús, donde el autor va mostrando por medio de la analogía como todo lo creado es figura del Redentor y como el misterio de la Encarnación permanece vivo en la Naturaleza, idea expuesta con gran fuerza expresiva; La perfecta casada, tratado sobre las virtudes con las que debe contar la esposa cristiana, en los que se evidencia una profunda estima hacia la mujer; y Exposición del libro de Job, obra donde se plasman los sucesivos estados de ánimo del autor en circunstancias adversas.
    Escribe en Los nombres de Cristo para defender el uso de la lengua vulgar:
Y destos son los que dicen que no hablo en romance porque no hablo desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto, y las escojo y les doy su lugar, porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conoscen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, ansí en lo que se dice como en la manera como se dice.
 
La obra en verso se inscribe en la lírica renacentista española, siendo variados los temas: el elogio de la vida retirada, Oda a la vida retirada; exaltación de la significación histórica de España, Profecía del Tajo, Oda a Santiago; motivos sacros, Oda a la Ascensión del Señor; y el discurrir sobre el universo según una concepción pitagórica que vincula la íntima naturaleza del mundo físico a la música.
    La belleza de las odas radica en la construcción exacta de la estrofa y la utilización de un lenguaje preciso, pulido, sumamente eficaz en belleza y armonía, con hondas resonancias clásicas.
    En su oda inicial ¡Qué descansada vida! expone su búsqueda de la verdad, alejado del mundo, de ambiciones y deseos de riqueza, en un lugar ameno:

Vivir quiero conmigo;

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

 

El aire el huerto orea

y ofrece mil olores al sentido;

los árboles menea

con un manso ruido

que del oro y del cetro pone olvido.

 

Fue admirado por autores del Siglo de Oro como Lope de Vega, Cervantes, que le aludió con el verso Ingenio que al mundo pone espanto, y sobre todo Quevedo, que le llamó mejor blasón de la habla castellana.

* * *

 

Carta de Fray Luis de León

A las madres. Priora Ana de Jesús y religiosas carmelitas descalzas del monasterio de Madrid.

Salud en Jesucristo

Yo no conocí, ni vi, a la santa madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas ahora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí que son sus hijas y sus libros, que a mi juicio son también testigos fieles y mejores de toda excepción de la gran virtud; porque las figuras de su rostro, si las viera, mostráranme su cuerpo; y sus palabras, si las oyera, me declaran algo de la virtud de su alma; y lo primero era común y lo segundo sujeto a engaño, de que carecen estas dos cosas en que la veo ahora: que como el Sabio dice, el hombre en sus hijos se conoce.

Porque los frutos que cada uno deja de sí cuando falta, esos son el verdadero testigo de su vida y por tal le tiene Cristo, cuando en el Evangelio, para diferenciar el malo del bueno, nos remite solamente a sus frutos. De sus frutos, dice, lo conoceréis.

Así que la virtud y la santidad de la santa madre Teresa, que viéndola a ella no pudiera ser dudosa e incierta, esta misma ahora no viéndola y viendo sus libros y las obras de sus manos, que son sus hijas, tengo por cierto y muy clara porque por la virtud que en todas resplandece se conoce sin engaño la mucha gracia que puso Dios en la que hizo para Madre de este nuevo milagro, que por tal debe ser tenido, lo que en ellas Dios ahora hace, y por ellas. Que si es milagro lo que viene fuera de lo que por orden natural acontece, hay en este hecho tantas cosas extraordinarias y nuevas que llamarle milagro es poco, porque es un ayuntamiento de muchos milagros.

Que un milagro es que una mujer, y sola, haya reducido a perfección una Orden en mujeres y hombres.. Y otro la grande perfección a que los redujo. Y otro, y tercero, el grandísimo crecimiento a que ha venido en tan pocos años y de tan pequeños principios, que cada una por sí son cosas muy dignas de considerar. Porque no siendo de las mujeres el enseñar sino el ser enseñadas, como lo escribe San Pablo, luego se ve que es maravilla nueva una flaca mujer tan animosa, que emprendiese una cosa tan grande y tan sabia y eficaz, que saliese con ella y robase los corazones que trataba para hacerlos de Dios, y llevase las gentes en pos de sí a todo lo que aborrece el sentido.

En que (a lo que yo puedo juzgar) quiso Dios en este tiempo, cuando parece triunfa el demonio en la muchedumbre de los infieles, que le siguen, y en la porfía de tantos pueblos de herejes, que hacen sus partes, y en los muchos vicios de los fieles que son de su bando, para envilecerle y para hacer burla de él, ponerle delante no un hombre valiente rodeado de letras son una mujer pobre y sola que le desafiase, y levantase bandera contra él e hiciese públicamente gente que le venza, huelle y acocee: y quiso sin duda para demostración de lo mucho que puede en esta edad, a donde tantos millares de hombres, unos con sus errados ingenios y otros con sus perdidas costumbres aportillan su reino, que una mujer alumbrase los entendimientos y ordenase las costumbres de muchos que cada día crecen para reparar estas quiebras.

Y en esta vejez de la Iglesia tuvo por bien de mostrarnos que no se envejece su gracia, ni es ahora menos la virtud de su espíritu que fue en los primeros y felices tiempos de ella, pues con medios más flacos en linaje, que entonces, hace lo mismo o casi lo mismo que entonces. Y no es menos clara, ni menos milagrosa la segunda imagen que dije, que son las escrituras y libros, en los cuales, sin ninguna duda quiso el Espíritu Santo que la santa madre Teresa fuese un ejemplo rarísimo.; porque en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y calidad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale. Y así siempre que los leo me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo si no que habla el Espíritu Santo en ella en muchos lugares y que le regía la pluma y la mano, que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee.

Que dejados aparte otros muchos y grandes provechos que hallan los que leen estos libros, dos son a mi parecer los que con más eficacia hacen. Uno, facilitar en el ánimo de los lectores el camino de la virtud; y otro, encenderlos en el amor de ella y de Dios. Porque en lo uno es cosa maravillosa ver cómo ponen a Dios delante de los ojos del alma, y cómo le muestran tan fácil para ser hallado y tan dulce y tan amigable para los que le hallan; y en lo otro, no solamente con todas, mas con cada una de sus palabras pega al alma fuego del cielo que le abrasa y deshace. Y quitándole de los ojos y del sentido todas las dificultades que hay, no para que no las vea sino para que no las estime ni precie, déjanla no solamente desengañada de lo que la falsa imaginación le ofrecía sino descargada de su peso y tibieza, y tan alentada, y (si se puede decir así) tan ansiosa del bien que vuela luego a él con el deseo que hierve. Que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía salió como pegado en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan.

Así que tornando al principio, si no la vi mientras estuvo en la tierra, ahora la veo en sus libros e hijas. O por decirlo mejor, en vuestras reverencias solas la veo, ahora que son sus hijas de las más parecidas a sus costumbres y son retrato vivo de sus escrituras y libros. Los cuales libros que salen a la luz, y el Consejo real me cometió que los viese, puedo yo con derecho enderezarlos a ese santo convento, como de hecho lo hago, por el trabajo que he puesto en ellos, que no ha sido pequeño. Porque no solamente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo mandó, sino también en cotejarlos con los originales mismos que estuvieron en mi poder muchos días, y en reducirlos a su propia pureza en la misma manera que los dejó escritos de su mano la santa Madre, sin mudarlos ni en palabras ni en cosas de que se habían apartado mucho los traslados que andaban o por descuido de los escribientes o por atrevimiento y error. Que hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho en quien Dios vivía, y que se presume le movía a escribirlas, fue atrevimiento grandísimo y error muy feo querer enmendar las palabras; porque si entendieran bien castellano, vieran que el de la santa Madre es la misma elegancia. Que aunque en algunas parte de lo que escribe, antes que acabe la razón que comienza la mezcla con otras razones, y rompe el hilo, comenzando muchas veces con cosas que ingiere; mas ingiérelas tan diestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio le acarrea hermosura y es el lunar del refrán. Así que yo los he restituido a su primera pureza. Mas porque no hay cosa tan buena en que la mala condición de los hombres no pueda levantar un achaque, será bien aquí (y hablando con vuestras reverencias) responder con brevedad a los pensamientos de algunos.

Cuéntase en estos libros revelaciones que es caso dudoso y que así no convenía que saliesen a la luz; y en lo que toca al trato interior del alma con Dios, que es negocio muy espiritual y de pocos, y que ponerlo en público a todos podrá ser ocasión de peligro. En que verdaderamente se engañan. Porque en lo primero de las revelaciones, así como es cierto que el demonio se transfigura algunas veces en ángel de luz, y burla y engaña las almas con apariencias fingidas, así también es cosa sin duda y de fe que el Espíritu Santo habla con los suyos y se les muestra por diferentes maneras, o para su provecho o para el ajeno. Y como las revelaciones primeras no se han de escribir ni aprobar, porque son ilusiones, así estas segundas merecen ser sabidas y escritas. Que como el Ángel dijo a Tobías: "El secreto del rey bueno es esconderlo, mas las obras de Dios cosa santa y debida es manifestarlas y descubrirlas.

¿Qué santo hay que no haya tenido alguna revelación? ¿O que vida de santo se escribe en que no se escriban las revelaciones que tuvo? Las historias de las Órdenes de los santos Domingo y Francisco andan en las manos y en los ojos de todos, y casi no hay hoja en ellas sin revelación o de los fundadores o de sus discípulos.

Habla Dios con sus amigos sin duda ninguna, y no les habla para que nadie lo sepa sino para que venga a juicio lo que les dice, que como es luz ámala en todas sus cosas; como busca la salud de los hombres nunca hace estas mercedes especiales a uno sino para aprovechar por medio de él a otros muchos.

Mientras se dudó de la virtud de la santa madre Teresa, y mientras hubo gentes que pensaron al revés de lo que era porque aún no se veía la manera en que Dios aprobaba sus obras, bien fue que estas Historias no saliesen a la luz ni anduviesen en público, para excusar la temeridad de los juicios de algunos; mas ahora después de su muerte, cuando las mismas cosas y el suceso de ellas hacen certidumbre que es Dios, y cuando el milagro de la incorrupción de su cuerpo y otros milagros que cada día hace nos ponen fuera de toda duda su santidad, encubrir las mercedes que Dios le hizo viviendo y no querer publicar los medios con que la perfeccionó para bien de tantas gentes, sería en cierta manera hacer injuria al Espíritu Santo y obscurecer sus maravillas y poner velo a su gloria. Y así ninguno que bien juzgare tendrá por bueno que estas revelaciones se encubran. Que lo que algunos dicen ser inconveniente, que la santa Madre misma escriba sus revelaciones de sí, para lo que toca a ella y a su humildad y modestia no lo es, porque las escribió mandada y forzada, para lo que toca a nosotros y a nuestro crédito antes es lo más conveniente. Porque de cualquiera otro que las escribiera se pudiera tener duda si se engañaba o si quería engañar, lo que no se puede presumir de la santa Madre, que escribía lo que pasaba por ella; y era tan santa que no trocara la verdad en cosas tan graves.

Lo que yo de algunos temo es que disgustan de semejantes escrituras, no por el engaño que puede haber en ellas sino por el que ellos tienen en sí que no les deja creer que se humana Dios tanto con nadie, que no lo pensarían si considerasen eso mismo que creen. Porque si confiesan que Dios se hizo hombre, ¿qué dudan que hable con el hombre? Y si creen que fue crucificado y azotado por ellos, ¿qué se espantan que se regale con ellos? ¿Es más aparecer a un siervo suyo y hablarle o hacerse él como siervo nuestro y padecer muerte?

Anímense los hombres a buscar a Dios por el camino que Él nos enseña, que es la fe y la caridad, y la verdadera guarda de su ley y consejos, que lo menos será hacerles semejantes mercedes. Así que los que no juzgan bien de estas revelaciones, si es porque no creen que las hay, viven en grandísimo error; y si es porque algunas de las que hay son engañosas, obligados están a juzgar bien de las que la conocida santidad de sus autores aprueba por verdaderas, cuales son las que se escriben aquí. Cuya historia no sólo no es peligrosa en esta materia de revelaciones, mas es provechosa y necesaria para el conocimiento de las buenas en aquellos que la tuvieren. Porque no cuenta desnudamente las que Dios comunicó a la santa madre Teresa, sino dice también las diligencias que ella hizo para examinarlas, muestra las señales que dejan de sí las verdaderas y el juicio que debemos hacer de ellas, y si se ha de apetecer o rehusar el tenerlas.

Porque lo primero, esa escritura nos enseña que las que son de Dios producen siempre en el alma muchas virtudes, así para el bien de quien las recibe como para la salud de otros muchos; y lo segundo, nos avisa que no habemos de gobernarnos por ellas, porque la regla de la vida es la doctrina de la Iglesia, y lo que tiene Dios revelado en sus libros y lo que dicta la sana y verdadera razón. Lo otro nos dice que no las apetezcamos, ni pensemos que está en ellas la perfección del espíritu, o que son señales ciertas de la gracia, porque el bien de las almas está propiamente en amar a Dios más y en el padecer más por Él, y en la mayor mortificación de los afectos y mayor desnudez y desasimiento de nosotros mismos y de todas las cosas.

Y lo mismo que nos enseña con las palabras esta escritura nos lo demuestra luego con el ejemplo de la misma santa Madre, de quien nos cuenta el recelo con que anduvo siempre en todas sus revelaciones y el examen que de ellas hizo, y cómo siempre se gobernó no tanto por ellas cuanto por lo que le mandaban sus prelados y confesores, con ser ellas tan notoriamente buenas, cuanto mostraron los efectos de reformación que en ella hicieron y en toda su Orden. Así que las revelaciones que aquí se cuentan ni son dudosas ni abren puerta para las que son, antes descubren luz para conocer las que lo fueren; y son para este conocimiento como la piedra de toque de estos libros.

Resta ahora decir algo a los que hallan peligro en ellos por la delicadeza de lo que tratan, que dicen no es para todos, porque como hay tres maneras de gentes: unos que tratan de oración, otros que si quisiesen podrían tratar de ella, otros que no podrían por la condición de su estado, pregunto yo, ¿cuáles son los que de esto peligran? ¿Los espirituales? No, si no es daño saber uno eso mismo que hace y profesa. ¿Los que tienen disposición para serlo? Mucho menos, porque tienen aquí no sólo quien los guíe cuando lo fueren sino quien los anime y encienda a que lo sean, que es un grandísimo bien. Pues los terceros ¿en qué tienen peligro? ¿En saber que es amoroso Dios con los hombres? ¿Que quien se desnuda de todo le halla? ¿Los regalos que hace a las almas? ¿La diferencia de gustos que les da? ¿La manera como los apura y afina? ¿Qué hay aquí que sabido no santifique a quien lo leyere? ¿Qué no críe en él admiración de Dios y que no le encienda en su amor?

Que si la consideración de estas obras exteriores que hace Dios en la oración y gobernación de las cosas es escuela de común provecho para todos los hombres, el conocimiento de sus maravillas secretas ¿cómo puede ser dañoso a ninguno? Y cuando alguno, por su mala disposición, sacara daño, ¿era justo por eso cerrar la puerta a tanto provecho y de tantos? No se publique el Evangelio porque en quien no lo recibe es ocasión de mayor perdición, como San Pablo decía.¿Qué escrituras hay, aunque entren las sagradas en ellas, de que un ánimo mal dispuesto no pueda concebir un error?

En el juzgar de las cosas débese entender si ellas son buenas en sí y convenientes para sus fines, y no a lo que hará de ellas el mal uso de algunos; que si a esto se mira, ninguna hay tan santa que no se pueda vedar. ¿Qué más santos que los Sacramentos? ¿Cuántos por el mal uso de ellos se hacen peores? El demonio como sagaz y que vela en dañarnos, muda en diferentes colores y muéstrase en los entendimientos de algunos recatado y cuidadoso del bien de los prójimos para, por excusar un daño particular, quitar de los ojos de todos lo que es bueno y provechoso en común. Bien sabe él que perderá más en los que se mejoraren e hicieren espirituales perfectos, ayudados con la lección de estos libros, que ganará en la ignorancia o malicia de cual, o cual que por su disposición se ofendiere.

Y así, por no perder aquellos, encarece y pone delante de los ojos el daño de estos, que él por otros mil caminos tiene dañados.; aunque como decía, no sé de ninguno tan mal dispuesto que saque daño de saber que Dios es dulce con sus amigos, y de saber cuán dulce es y de conocer por qué caminos se le llegan las almas a que se endereza toda esta escritura. Solamente me recelo de unos que quieren guiar por sí a todos, y que aprueban mal lo que no ordenan ellos, í a todos, y que aprueban mal lo que no ordenan ellos, y que procuran no tenga autoridad lo que no es su juicio, a los cuales no quiero satisfacer porque nace su error de su voluntad y así no querrán ser satisfechos; mas quiero rogar a los demás que no les den crédito porque no lo merecen.

Sola una cosa advertiré aquí que es necesario se advierta, y es (figura en Camino de perfección, cap. IV): "Que la santa Madre, hablando de la oración que llama de quietud y de otros grados más altos, y tratando de algunas particulares mercedes que Dios hace a las almas, en muchas partes de estos libros acostumbra a decir que está el alma junto a Dios y que ambos se entienden, y que están las almas ciertas que Dios les habla y otras cosas de esta manera." En lo cual no ha de entender ninguno que pone certidumbre en la gracia y justicia de los que se ocupan en estos ejercicios, ni d otros ningunos por santos que sean, de manera que ellos estén ciertos de sí que la tienen si no son aquellos a quien Dios lo revela. Que la santa Madre misma, que gozó de todo lo que en estos libros dice, y de mucho más que no dice, escribe en uno de ellos estas palabras de sí (Exclam. I.) : "Y lo que no se puede sufrir, Señor, es no poder saber cierto si os amo y son aceptos mis deseos delante de Vos." Y en otra parte: "Mas ¡ay, Dios mío!, ¿cómo podré yo saber que no estoy apartada de Vos? ¡Oh, vida mía, que has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan importante! ¿Quién te deseará? Pues la ganancia que de ti se puede sacar, o esperar, que es contentar en todo a Dios, ¿está tan incierta y llena de peligros?" Y en el libro de las Moradas, último capítulo, hablando de almas que han entrado n la séptima, que son las de mayor y más perfecto grado, dice de esta manera: "De los pecados mortales que ellas entiendan estar libres, aunque no seguras, que teman algunos que no entienden, que no les será pequeño tormento."

Sólo quiero decir lo que es la verdad: que las almas en estos ejercicios sienten a Dios presente para los efectos que en ellas entonces hace, que son deleitarlas y alumbrarlas, dándoles avisos y gustos; que aunque son grandes mercedes de Dios, y que muchas veces o andan con la gracia que justifica o encaminan a ella, pero no por eso son aquella misma gracia ni nacen ni se juntan siempre con ella.

Como en la profecía se ve que la puede haber en el que está en mal estado, el cual entonces está cierto de que Dios le habla, y no se sabe si le justifica; y de hecho no le justifica Dios entonces aunque le habla y enseña. Y esto se ha de advertir cuanto a toda la doctrina común, que en lo que toca particularmente a la santa Madre posible es que después que escribió las palabras que ahora yo refería tuviese alguna propia revelación y certificación de su gracia. Lo cual así como no es bien que se afirme por cierto, así no es justo que con pertinacia se niegue.; porque fueron muy grandes los dones que en ella Dios puso y las mercedes que le hizo en sus años postreros, a que aluden algunas cosas de las que en estos libros escribe.

Mas de lo que en ella por ventura pasó por merced singular, nadie ha de hacer regla en común. Hoy con este advertimiento queda libre de tropiezo toda esta escritura. Que según yo juzgo y espero será tan provechosa a las almas cuanto en las de vuestras reverencias, que se criaron y se mantienen con ella se ve. A quien suplico se acuerden siempre en sus santas oraciones de mí.

En San Felipe de Madrid, a 15 de septiembre de 1587.

Fray Luis de León. Grabado de Carmona.


 

Artículo complementario

    Santa Teresa de Jesús y el misticismo

 

Artículo relacionado

    San Juan de la Cruz

jueves, 17 de diciembre de 2015

El sentido de la entrevista

 
En esto de ser preguntado y responder me avala alguna experiencia. Tiempo ha que mis palabras, escritas o habladas, circulan por los diversos ámbitos de la comunicación pública, satisfaciendo las peticiones que desde cualquier procedencia, siempre que el ánimo de los entrevistadores sea el estricto de la propuesta aceptada, me han sido remitidas.
    También, aunque circunscrita a la esfera privada, he ejercido la noble y pedagógica tarea de formular cuestiones para obtener la correspondiente información en la medida exigente del planteamiento y, llegado el caso, publicarla a partir del acuerdo entre las partes.
    No concibo la comunicación sin reciprocidad. Mientras unos hablan, otros escuchan; y viceversa al cabo, es lo deseable.
    Quiero saber. Me gusta aprender para aplicar ese conocimiento alrededor, y que llegue lo más lejos posible pues, en los casos elegidos, viene de muy lejos y merece la difusión que el empeño le concede.
    Para saber hay que averiguar, hay que preguntar, hay que comprometerse de manera sincera y leal con las respuestas.
    A través de la libre expresión, mejor si es sincera, concisa en el grado adecuado  inteligible, se llega a conocer las diferentes causas o los diversos motivos que han determinado la actuación del preguntado. Por este sencillo método, de eficacia probada, importantes voces han quedado registradas en el voluminoso libro de la historia para los buscadores de la ciencia y la letra.

lunes, 14 de diciembre de 2015

El llamado Arte Nacional


Carta histórica sobre el origen y progresión de las fiestas de toros en España, que por encargo del príncipe de Pignatelli, escribió don Nicolás Fernández de Moratín el año 1776.

 

El poeta y dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín, literato y jurista, fue catedrático de poética en el antiguo colegio Imperial. Neoclásico militante, colaboró en la fundación de la tertulia de la fonda de San Sebastián y número de la Academia de los arcades de Roma, en donde se le conocía por el seudónimo de Flumisbo Thermodonciano. Padre del también poeta y dramaturgo Leandro Fernández de Moratín.

El príncipe de Pignatelli pudiera ser Antonio Francesco Pignatelli Pinelli Ravaschieri y Aymerich, III marqués de San Vicente; descendiente de Antonio Pignatelli y Váez, quien fuera virrey de Navarra y de Galicia en el reinado de Carlos II.

A continuación se transcribe la carta que resume la historia del arte taurino en España.

 

Excmo. Sr. Príncipe de Pignatelly:

El asunto sobre que V. E. se ha dignado mandarme escribir, ha sido siempre tan olvidado como otras cosas de nuestra España; por lo que faltándome Autores que me den luz, diré las pocas noticias que casualmente he leído, y algunas que de las conversaciones se me han quedado en la memoria.

Las Fiestas de Toros conforme las ejecutan los Españoles, no traen su origen, como algunos piensan, de los Romanos, a no ser que sea un origen muy remoto, desfigurado y con violencia; porque las fiestas de aquella Nación en sus Circos y Anfiteatros, aun cuando entraban Toros en ellas, y éstos eran lidiados por los hombres, eran con circunstancias tan diferentes que si en su vista se quiere insistir en que ellas dieron origen a nuestras fiestas de toros, se podrá también afirmar que todas las acciones humanas deben su origen a los antiguos y no al discurso, a la casualidad o a la misma Naturaleza.

Buen ejemplo tenemos de esto en los indios del Orinoco, que sin noticia de los Espectáculos de Roma, ni aun de las Fiestas de España, burlan a los caimanes ferocísimos con no menor destreza que nuestros Capeadores a los Toros: y el burlar y sujetar a las fieras de sus respectivos países ha sido siempre ejercicio de las Naciones, que tienen valor naturalmente, aun antes de ser esto aumentado con artificio.

Pero pasando de los discursos a la Historia, es opinión común en la nuestra que el famoso Rui Ruy, o Rodrigo Díaz de Vibar Vivar, llamado el Cid Campeador, fue el primero que alanceó los toros a caballo. Esto debió de ser por bizarría particular de aquel Héroe; pues en su tiempo sabemos que Alfonso el VI, otros dicen el VIII, en el siglo X tuvo unas Fiestas públicas que se reducían a soltar en una Plaza dos Cerdos, y luego salían dos hombres ciegos, o acaso con los ojos vendados, y cada cual con un palo en la mano buscaba como podía al Cerdo, y si le daba con el palo era suyo, como ahora al correr el Gallo, siendo la diversión de este regocijo el que, como ninguno veía, se solían apalear bien.

No obstante esto, el Licenciado Francisco de Cepeda, en su Ressumpta Historial de España, llegando al 1100, dice: "Se halla en memorias antiguas que (este año) se corrieron en Fiestas públicas Toros, espectáculo sólo de España, etcétera, etc."

También se halla en nuestras Crónicas, que el año 1124, en que casó Alfonso VII en Saldaña con Doña Berenguela la Chica, hija del Conde de Barcelona, entre otras funciones hubo también Fiesta de Toros.

Entonces se cree que empezaron a componer las Plazas, y se fabricó la antigua de Madrid, y se hizo granjería de este trato habiendo arrendatarios para ello, que sin duda serían Judíos. Y esto lo acredita aquel cuento, aunque vulgar, del Marqués de Villena, y de aquel Estudiante de Salamanca de quien fingen que llevó a su dama en una nube a ver la Fiesta de Toros, y se le cayó el chapín, etc., etc. Y lo cierto es que cuando este monarca Don Juan se casó con Doña María de Aragón en 20 de octubre de 1418, tuvieron en Medina del Campo muchas Fiestas de Toros.

Prosiguió esta gallardía en tiempo de los Reyes Católicos, y estaba tan arraigada entonces que la misma Reina Doña Isabel, no obstante no gustar de ella, no se atrevía a prohibirla, como lo dice en una Carta que escribió desde Aragón a su confesor Fray Hernando de Talavera, año de 1493, así: "De los toros sentí lo que Vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí propuse con toda determinación de nunca más verlos en mi vida, ni ser en que se corrían; y no digo defenderlos (esto es, prohibirlos), porque esto no era para mí a solas."

En efecto, llegó a autorizarse tanto, que el mismo Emperador Carlos V, aun con haber nacido y criándose fuera, mató un toro de una lanzada en la Plaza de Valladolid en celebración del nacimiento de su hijo el Rey Felipe II. También Carlos V estoqueó desde el caballo, en el Rebollo de Aranjuez, a un jabalí que había matado a quince sabuesos, herido a diecisiete y a un montero, lo cual es una especie de toreo. También Felipe II mató así otro jabalí en el bosque de Heras, donde le hirió el caballo, y otra vez en Valdelatas donde le rompió el borceguí de una navajada.

Felipe III renovó y perfeccionó la Plaza de Madrid en 1619. También el Rey Don Felipe IV fue muy inclinado a estas bizarrías, y además de herir a los toros mató a más de cuatrocientos jabalíes, ya con estoque ya con la Lanza y ya con la Horquilla.

Así prosiguieron las Fiestas por todo el reinado de Carlos II, las cuales cesaron a la venida del Señor Felipe V, y la más solemne que hubo fue el día 30 de julio del año de 1725, a la que asistieron los Reyes en la Plaza Mayor de Madrid; y aunque en Andalucía vieron algunas, y otra en San Ildefonso, siempre fue por ceremonia y con poco gusto, por no ser inclinados a estas Corridas; y esto produjo una nueva habilidad y forma una cierta y nueva Fiesta de los Toros.

Estos espectáculos, con las circunstancias notadas, los celebraron en España los Moros de Toledo, Córdoba y Sevilla, cuyas Cortes eran en aquellos siglos las más cultas de Europa. De los Moros lo tomaron los Cristianos, y por eso dice Bartolomé de Argensola:

Para ver acosar toros valientes

Fiesta un tiempo africana, después Goda,

Que hoy les irrita las soberbias frentes...

* * *

Pero es de notar que eran estas Funciones solamente de Caballeros, que alanceaban o rejoneaban a los toros siempre a caballo, siendo esto empleo de la primera Nobleza y sólo se apeaban al empeño de a pie, que era cuando el toro le hería algún chulo hombre que en las fiestas de toros asiste a los lidiadores y les da garrochones, banderillas y demás útiles de la lidia o al caballo, o se perdía el rejón, la lanza, el estribo, el guante, el sombrero, etc.; y se cuenta que los Caballeros Moros, Cristianos, que en tal lance, hubo quien cortó a un toro el pescuezo a cercén de una cuchillada, como Don Manrique de Lara y Don Juan Chacón, etcétera.

Los Moros torearon aún más que los Cristianos, porque éstos, además de los juegos de cañas, sortijas, etcétera, que también tomaron de aquellas Empresas, Aventuras, Justas y Torneos, de que fueron Teatros Valladolid, León, Burgos y el sitio del Pardo; pero extinguidas las contiendas con los hombres, por lo peligrosas que eran, como sucedió en España, y aún más en Francia, todo se redujo acá a las Fiestas de Toros, a las cuales se aficionaron mucho los Reyes de la Casa de Austria, y aún en Madrid vive hoy un Padre que se acuerda de haber visto a Carlos II, a quien sirvió autorizar las Fiestas Reales, de las cuales había tres votivos al año en la Plaza Mayor a la vista del Rey, sin contar los extraordinarios y los de fuera de la Corte. Ya se ha dicho que estas fiestas eran solamente empleo de los Caballeros entre Cristianos y Moros; entre éstos hay memoria de Muza, Malique-Alaber y el animoso Gazul.

Entre los Cristianos, además de los dichos, celebra Quevedo a Cea, Felada y Villamor; al duque de Maqueda, Bonifaz, Cantillana, Ozeta, Zárate, Sástago, Riaño, etcétera. También fue insigne el conde de Villamediana y don Gregorio Gallo, caballerizo de S. M., y de la Orden de Santiago, fue muy diestro en los ejercicios de la Plaza e inventó la espinillera para defensa de la pierna, que por el se llamó Gregoriana.

El poeta Tafalla, celebra a los caballeros llamados Pueyo y Suazo, que rejoneaban en Zaragoza con aplauso, a fin del siglo pasado, delante de Don Juan de Austria; y si V. E. me lo permite, también diré que mi abuelo materno fue muy diestro y aficionado a este ejercicio, que practicó muchas veces en compañía del marqués de Mondesor, conde de Tendilla. Y el duque de Medina-Sidonia, bisabuelo de este señor que hay hoy día, era tan diestro y valiente con los toros que no cuidaba de que fuese bien o mal cinchado el caballo, pues decía que las verdaderas cinchas debían ser las piernas del jinete. Este caballero mató dos toros de dos rejonazos en las bodas de Carlos II con Doña María de Borbón, año de 1679, y rejonearon el de Camarasa y Rivadavia y otros.

Don Nicolás Rodrigo Novella imprimió en 1726 su Cartilla de torear, y en su tiempo eran buenos caballeros Don Jerónimo de Olaso y Don Luis de la Peña Terrones, del hábito de Calatrava, caballerizo del duque de Medina-Sidonia; y también fue muy celebrado Don Bernardino Canal, Hidalgo de Pinto, que rejoneó ante el Rey con mucho aplauso el año de 25 1725, y aquí se puede decir que se acabó la raza de los Caballeros (sin quitar el mérito de los vivos), porque como el señor Felipe V no gustó de estas Funciones lo fue olvidando la Nobleza.; pero no faltando la afición de los Españoles, sucedió la plebe a ejercitar su valor matando los Toros a pie, cuerpo a cuerpo con la espada, lo cual no es menor atrevimiento, y sin disputa (por lo menos su perfección) es hazaña de este siglo.

* * *

Antiguamente eran las Fiestas de Toros con mucho mayor desorden, y amontonada la gente, como hoy en las novilladas de los lugares o en el toro embolado o el jubillo de Aragón, del cual no hablaré por ser barbaridad inimitable, ni de los despeñaderos para los toros de Valladolid y Aranjuez, porque esto lo puede hacer cualquier Nación; y así se dice que en unas Fiestas del Rey Chico de Granada, mató un toro cinco o seis hombres y atropelló a más de cincuenta. Sólo se hacía lugar a los Caballeros y después tocaban a desjarrete, a cuyo son los de a pie (que entonces no había toreros de oficio) sacaban las espadas, y todos a una acometían al toro acompañados de perros; y unos le desjarretaban (y la voz lo está recordando) y otros le remataban con chuzos, y a pinchazos con el estoque corriendo y de pasada, sin esperarle, y sin habilidad, como aún lo hacen rústicamente los mozos de los lugares; y yo lo he visto hacer por vil precio al Mocaco de Alhóndiga.

Hoy esto es insufrible; y no obstante en la citada fiesta del año 25, delante de los mismos Reyes y en la Plaza de Madrid, se mataron a sí los toros desjarretados, y que vive quien lo vio y lo pinta así la Tauromaquia escrita aquel año; prueba evidente de que no había mayor destreza. Los que desjarretaban eran esclavos moros; después fueron negros y mulatos, a los que también hacían los señores aprender a esgrimir para su guarda; lo segundo se colige de Góngora y lo primero de Lope de Vega, quien hablando en su Jerusalén de desjarretar dice:

... Que en Castilla los esclavos

Hacen lo mismo en los toros bravos.

Cuando no había Caballeros se mataba a los toros tirándoles garrochones desde lejos y desde los tablados, como se colige de Jerónimo de Salas Barbadillo, Juan de Yaque y otros autores de aquellos tiempos; y hasta que tocaban a desjarretar los capeaban también, cuyo ejercicio de a pie es muy antiguo, pues los moros lo hacían con el albornoz y el capellar.

Mi anciano padre cuenta que en tiempos de Carlos II, dos hombres decentes se pusieron en la Plaza delante del balcón del Rey, y durante la fiesta, fingiendo hablar algo importante, no movieron los pies del suelo por más que repetidas veces les acometiese el toro, al cual burlaban con sólo un quiebro del cuerpo u otra leve insinuación; lo que agradó mucho a la corte.

El año 1726, se evidenció por Noveli que todavía no se ponían las banderillas a pares sino cada vez una, que la llamaban arpón. Por este tiempo empezó a sobresalir a pie Francisco Romero el de Ronda, que fue de los primeros que perfeccionaron este Arte usando de la muletilla, esperando al toro cara a cara y a pie firme, y matándolo cuerpo a cuerpo, y era una cierta ceremonia, que el que esto hacía llevaba calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro para resistir a las cornadas.

Hoy que los diestros ni aun las imaginan posibles, visten de tafetán, fundando la defensa no en la resistencia sino en la destreza y agilidad. Así empezó el estoquear, y en cuantos libros se hallan escritos en prosa y en verso sobre el asunto, no se halla noticia de ningún estoqueador, habiendo tanta de los Caballeros, de los Capeadores, de los Chulos, de los Parches y de la Lanzada de a pie; y aun de los Criollos, que enmaromaron la primera vez al toro en la Plaza de Madrid en tiempo de Felipe IV.

También debo decir, no obstante, que en la Alcarria aún viven ancianos que se acuerdan de haber visto al nombrado abuelo mío tender muerto a un toro de una estocada; pero esto o fue acaso o gentileza extraordinaria, y por lo tanto muy celebrada en su tiempo. En el de Francisco Romero estoqueó también Potra el de Talavera y Godoy, caballero extremeño.

Después vino el fraile de Pinto y luego el fraile del Rastro; y Lorenzillo, que enseñó al famoso Melchor, y el célebre Martincho con su cuadrilla de navarros, de los cuales ha habido grandes banderilleros y capeadores como lo fue, sin igual, el diestrísimo licenciado de Falces.

Antiguamente hubo también en Madrid Plaza de Toros junto a la Casa del Duque de Lerma, hoy el de Medina-Celi, y también hacia la plazuela de Antón Martín, y aún dura la calle del toril, por otro nombre del Triste.

* * *

Poco después que se hizo la plaza redonda en el Soto Luzón, y luego donde ahora está, trajo el Marqués de la Ensenada cuadrillas de navarros y andaluces que lucieron a competencia. Entre estos últimos sobresalió Diego del Álamo, el malagueño, que aún vive; y entre otros de menor nota se distinguió mucho Juan Romero, que hoy está en Madrid, con su hijo Pedro Romero, del cual, con Joaquín Rodríguez, ha puesto en tal perfección este Arte, que la imaginación no percibe que sea ya capaz de adelantamiento.

Algunos años ha, con tal que un hombre matase a un toro, no se reparaba en que fuese de cuatro a seis estocadas ni en que éstas fuesen altas o bajas, ni en que les despaldillase o le degollase, etcétera, pues aún a los marrajos o cimarrones los encojaban con la media luna, cuya memoria ni aún existe. Pero hoy ha llegado a tanto la delicadeza, que parece que se va a hacer una sangría a una dama y no a matar de una estocada a una fiera tan espantosa.

Y aunque algunos reclaman contra esta función llamándola barbaridad, lo cierto es que los facultativos diestros la tienen por ganancia y diversión; y nuestra difunta Reina Amalia, al verla, sentenció: "Que no era barbaridad, como la habían informado sino diversión donde brilla el valor y la destreza."

No me detengo en pintar las circunstancias de cada clase de estas fiestas, ni las vastas de toros, ni creo que no reste que decir, pues obras de esta naturaleza deben su perfección a la casualidad y al tiempo que va descubriendo más noticias.

Quedo no obstante, muy gozoso de haber servido a V. E. en esto poco que puedo, y deseo que prosiga honrándome con sus preceptos, como que le guarde Dios muchos y felices años.

Nicolás Fernández de Moratín.

Madrid, 25 de julio de 1776.

Nicolás Fernández de Moratín

jueves, 10 de diciembre de 2015

Desde el interior

 
En las ascensiones llenas de dificultades hacia lugares de acceso restringido, de los que se ha oído hablar con nostálgica reverencia, abundan los atractivos. Son lugares al alcance de todos pero no de cualquiera. Uno de los atractivos que enérgicamente se manifiesta, aunque probablemente de relieve harto confuso cuando se emprende la ruta, es la introspección.
    No hace falta llegar a la altura impuesta para sentir su compañía; tampoco anuncia la íntima observación que al siguiente recodo de la empinada senda, que tras la prolongada umbría que del Sol guarece y a la inclemencia resalta, avisará de la inminente reunión del yo consigo mismo. Es una sorpresa que avisa con el tiempo justo para franquearle la puerta con la mejor disposición.
    Merece la pena el esfuerzo de llegar al lugar recóndito. Es diferente a como se creía porque la imaginación, cuando se potencia, dibuja los parajes desde la experiencia o desde la comparación o desde la suposición, libérrimamente; y quiérase o no, la realidad siempre asegura matices nuevos para completar la memoria. Luego, que cada cual la discierna con sus sentidos.



Carl Gustav Carus: Monumento a Goethe (1832).


 
Hay que respirar hondo. Hay que tomar aliento. Hay que mirar desde el interior. Hay que escuchar.
    Hay que proponer.
    Al llegar al paraje simbólico empieza la aventura de la comprensión.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Las observaciones del Doctor Humanus

 
Uno de los mayores exponentes del pensamiento español en el siglo XIX fue Jaime Luciano Balmes. Sacerdote, teólogo, matemático, periodista, doctor en leyes y filósofo; católico, tradicionalista y muy conservador; ha sido llamado Doctor Humanus.
Sacerdote y miembro de la Real Academia, "príncipe de la Apologética moderna", según Pío XII. Se aplicó a refutar corrientes filosóficas en boga como el racionalismo francés, el empirismo inglés o el kantismo y sus derivaciones alemanas, desde posiciones neoescolásticas contribuyendo a su reafirmación y florecimiento llegando a influir muy principalmente en el cardenal Mercier y la Escuela de Lovaina.
Entendía el problema del conocimiento cierto como clave de la filosofía; al revés que Descartes, no considera un solo tipo de certeza sino tres: la subjetiva (a partir del sentimiento particular de las cosas), la racional (expresada en las matemáticas o en la lógica) y la objetiva (percibida por todos, como la temperatura ambiente, pero no racional); cada una de ellas precisa un tipo de criterio, respectivamente el basado en la conciencia, en la evidencia y en el sentido común, entendido este último como un "instinto intelectual" distinto del sentido o la sensación.
La evidencia de la verdad es uno de los problemas centrales que trata Balmes en su obra.
 
La parte más crítica de su obra se dirige a una comprensión, análisis y refutación del empirismo inglés, del kantismo y de la filosofía hegeliana del idealismo alemán; manifestando afinidades con Thomas Reid y la escuela escocesa.
Ante la duda metódica tradicionalista alegó que "dudar de todo es carácter de lo más preciso de la razón humana, el sentido común": al afirmar que dudamos ya establecemos una certeza y la duda implica unas normas de pensamiento que damos por ciertas.
Se hicieron famosas muchas de sus observaciones: "No es fácil razonar contra los propios intereses", "el hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros", "terrible es el error cuando usurpa el nombre de la ciencia". Su análisis de la noción de tolerancia, a la vez conservador y moderado, expresa: "No es tolerante quien no tolera la intolerancia", “Cuando la tolerancia es en el orden de las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie dirá jamás que tolere la verdad”. Este uso del concepto supone que la verdad es conocida; cuando así no ocurre la tolerancia puede admitirse como posibilidad de expresión de varias opiniones, todas las cuales pueden ser verdaderas, salvo frente al error donde no puede haber tolerancia. Tampoco la tolerancia universal es posible, porque supone la inexistencia de la verdad o la equiparación de todas las opiniones a verdades; pues como hay una verdad, cuando se presentan diversas opiniones hay que reconocer que una de ellas debe ser verdadera y la otra, u otras, falsa.
Dijo en 1846: "No creemos que el poder civil sea flaco porque el militar sea fuerte, sino que por el contrario el poder militar es fuerte porque el civil es flaco. Los partidos políticos se han sucedido en el mando; ninguno de ellos ha logrado constituir un poder civil; todos han apelado al militar."
En su obra El Criterio (1845) dejó escrita esta máxima sosteniendo la existencia de: "verdades de muchas clases porque hay realidad de muchas clases."
Una de sus principales obras, El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (4 vols., 1842-44), combatió la noción de que el protestantismo era la fuente de los avances de la civilización. Por el contrario, defendió con destreza intelectual el papel de la razón y el orden católico frente al yermo espíritu de revuelta y anarquía que achacaba al protestantismo.
 
Hombre activo, entró en política con el ánimo de reconciliar a carlistas y liberales en un absolutismo atenuado y fundo la revista El pensamiento de la Nación, para contrarrestar la propaganda progresista, valiéndole el exilio su oposición a Espartero.
Muy atento a los movimientos sociales y económicos de la época, previó que "la organización del trabajo introducirá modificaciones que ahora son irrealizables. Dentro de dos siglos la sociedad habrá cambiado hasta un punto del que nosotros apenas tenemos idea, pero si se quiere hacer en breve tiempo lo que ha de ser fruto de una elaboración lenta en las ideas, en los sentimientos y en los hechos, el resultado infalible será provocar un cataclismo que, lejos de traer la resolución, la retrasará considerablemente".
Propugno las asociaciones obreras, tribunales para dirimir los conflictos con los patronos; la no injerencia estatal en la fijación de salarios; la creación de centros de formación profesional; y unos seguros sociales algo primarios y paternalistas.
 
En su actividad político-periodística funda y dirige la revista La Civilización (1841-1843), publica La Sociedad (1843-44); y en El Pensamiento de la Nación (1843-1846) y El Conciliador (1845), proclama las líneas doctrinales de una de las fracciones del moderantismo cuyo propósito era alcanzar una solución de compromiso respecto de la cuestión dinástica, para superar así el enfrentamiento entre liberales y carlistas.
En sus Escritos políticos aborda entre otras las cuestiones religiosas defendiendo las reformas del papa Pío IX frente a una tendencia conservadora en el seno de la Iglesia.
 
Considerado como el filósofo español más importante de su tiempo, su interés en fundamentar una filosofía católica representa uno de los factores de renovación de la escolástica en el siglo XIX. Orienta su quehacer filosófico como la había hecho en sus reflexiones ideológico-políticas, hacia la búsqueda de un elemento que, desde una posición tomista, pueda conciliar las tesis empirista y racionalista que caracterizan el pensamiento moderno.
Su obra Filosofía fundamental (4 vols., 1846), hace distinción de dos tipos de verdades: las reales y las ideales, que surgen de dos fuentes de certezas diferentes, es decir, de la conciencia (cuyo criterio de verdad es la relación de una cosa con la conciencia) y de la evidencia (sujeta al principio de contradicción), expresa las exigencias empiristas y racionalistas y señala el punto en el que aporta su originalidad la especulación balmesiana: el "sentido común", tercer tipo de verdad, será el elemento que permitirá unir la realidad con la idealidad, posibilitando fundar nuestros juicios sin caer en el escepticismo ni en el dogmatismo, que Balmes define como un "instinto intelectual", una ley de nuestro espíritu consistente en una inclinación natural "a dar asenso a ciertas proposiciones que no nos constan por evidencia ni se apoyan en el testimonio de la conciencia".
 
Uno de los propósitos de Balmes consiste en buscar un enlace entre las exigencias empiristas y las racionalistas; y por ello es que rechaza tanto la mera conversión de las ideas en entidades puramente formales, como la consideración de las cosas desde el punto de vista de su reducción a un material empírico que solamente las sensaciones podrían aprehender y someter a un orden.
La exigencia de un instinto intelectual significa, en el orden del conocimiento, un nuevo intento de unión de la idealidad con la realidad, de lo racional con lo empírico. Y la aproximación al sentido común es el esfuerzo de evitar el problema del paso de la conciencia al mundo externo tanto como el constructivismo idealista.
 
La aportación a la filosofía política, especialmente inducida por las situaciones concretas planteadas en la España de su tiempo, y su trabajo apologético a favor del catolicismo como elemento civilizador de Occidente, enmarcan sucintamente el empeño intelectual y pedagógico de Jaime Balmes.

Jaime Luciano Balmes