viernes, 23 de septiembre de 2016

Así como era


Ven, dijo a su memoria un hombre que dichoso contemplaba su pasado.
    Recréate conmigo en la historia sin precedentes, le pidió a su conciencia entre un suspiro y un prolongado parpadeo.
    Lo que fue me pertenece, afirma; y sigue.

John Constable: El campo de trigo (1826).

 
Era un niño con hambre de vida. Cumplía las obligaciones impuestas a su edad y condición, a la época que le enmarcaba, con el espíritu bullente y curioso. Acompañado en su tarea por los seres mágicos que aceptan la mano y la voz del hombre cuando ambas son caricia y respeto; también custodiado por los humildes seres que la creación dispuso para el servicio inquebrantable al digno amo.
    Los seres mágicos alfombraban la tierra de verde muelle y enseñoreaban el paisaje con la fronda desplegada, elegante, didáctica.
    Soy así como era, dijo a su conciencia; y quiero estar con quien estaba y hacer lo que hacía.    

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El imperecedero valor de lo propio

 
Historiador, crítico, ensayista y pensador de la cultura española, Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) es autor de una ingente obra de erudición e investigación en la que aborda un vasto número de temas de historia, ciencia, moral, filosofía, religión, ética o arte; y, además, fue un crítico literario excepcional.
    Catedrático de literatura española en la Universidad de Madrid, en 1878; director de la Biblioteca Nacional, en 1898; director de la Academia de la Historia, en 1911, trabajó para colocar la tradición filosófica española a la altura de las descollantes en Europa. Enemigo del krausismo imperante, ortodoxo católico e hispanista, su discurso se construyó a partir de la didáctica de Raimundo Lulio (lulismo), Luis Vives (vivismo), Gómez Pereira, Huarte de San Juan y Francisco Suárez (suarismo).
    Ha sido considerado como guía espiritual del conservadurismo español, afecto a la tradición y al legado de la Iglesia católica. En sus escritos, alegatos y exposiciones orales, es analítico y sesudo, no obstante apasionado, y en sus respuestas se opone tanto a la "izquierda escéptica" como a la "derecha oscurantista". Declara que los grandes nombres del pensamiento español son renacentistas, anticipando en muchos casos ideas fundamentales de las corrientes filosóficas modernas europeas. El "renacentismo" de los citados pensadores españoles, en especial el de Luis Vives,  era para Menéndez Pelayo un platonismo modernizado; de él escribió: "Tratábase de lanzar al mundo un pensamiento, español de tradición, grecolatino de estirpe, renacentista de manera, moderno de adopción".
    Las tres grandes filosofías españolas para Menéndez Pelayo, la de Lulio, la de Vives y la de Suárez, han sido renacentistas y anticipadoras. Así, el vivismo es un tronco del cual han brotado muy diversas ramas: la filosofía de Roger Bacon (basada en los libros de De Disciplinis), el cartesianismo, considerado como desarrollo parcial del vivismo, y la escuela escocesa del sentido común (precedida por el De anima et vida). Puede hablarse por ello de los precursores españoles de Descartes, así como de los precursores españoles de Kant.
    El constante interés de Menéndez Pelayo por la historia de la cultura española lo llevó a destacar el valor de los pensadores españoles en todas las épocas y todo el sentido histórico y trascendental de sus obras.
 
Con obras como Historia de las ideas estéticas en España, Antología de poetas líricos castellanos u Orígenes de la novela, Marcelino Menéndez Pelayo inicia la moderna historia y crítica de la literatura española.
    Su obra por excelencia es Historia de los heterodoxos españoles. Otras obras son: La historia de España, Ensayos de crítica filosófica, La Ciencia Española y Obras completas.
* * *
 
Epílogo a su obra La Historia de España (escrita a finales del siglo XIX y reeditada en 1934 por Jorge Vigón Suerodíaz).
 
I La pesadumbre de un pasado de gloria
¿Qué se deduce de esta historia [la historia de España]? A mi entender lo siguiente:
    Ni por la naturaleza del suelo, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de cultos, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma, tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe, o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de salvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la dominación romana. Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa; ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares, siembra en las mallas de esa red colonias y municipios, reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua, mezcla la sangre latina con la nuestra, confunde nuestros dioses con los suyos, y pone en los labios de nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los exámetros virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.
    Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime; sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones, sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios, sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un sacramento común, sin ser visible sobre sus cabezas la protección de lo alto, sin sentirla cada día en sus hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo, sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico, que él establece con sus hermanos; y consagra, con óleo de justicia, la potestad que él delega para el bien de la comunidad; y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño. ¿Qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?
    Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos, con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de los concilios. Por ella fuimos nación y gran nación en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores: lo hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos; la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos; la escribieron en su draconiano código los Padres de Iliberis; brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio, y en Roma sobre la frente de San Dámaso; la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico, triunfó del maniqueísmo y del gnosticismo oriental, del arrianismo de los bárbaros y del donatismo africano, civilizó a los suevos, hizo de los visigodos la primera nación del Occidente, escribió en las Etimologías la primera enciclopedia; inundó de escuelas los atrios de nuestros templos; comenzó a levantar entre los despojos de antigua doctrina el alcázar de la ciencia escolástica por manos de Liciano, de Tajón y de San Isidoro; borró en el Fuero Juzgo la inicua ley de razas; llamó al pueblo a asentir a las deliberaciones conciliares; dio el jugo de sus pechos que infunden eterna y santa fortaleza a los restauradores del Norte y a los mártires del mediodía, a San Eulogio y Álvaro Cordobés, a Pelayo y a Omar ben Hafsún; mandó a Teodulfo, a Claudio y a Prudencio a civilizar la Francia carlovingia; dio maestros a Gerberto; amparó bajo el manto prelaticio del arzobispo don Raimundo y bajo la púrpura del emperador Alfonso VII la ciencia semítico-española. ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esta unidad debimos, si no hay en España piedra ni monte que no nos hable de ella con la elocuente voz de un santuario en ruinas? Si en la Edad Media nunca dejamos de considerarnos unos fue por el sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba, a pesar de las aberraciones parciales, a pesar de nuestras luchas más que civiles, a pesar de los renegados y de los muladíes. El sentimiento de patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay en rigor hasta el Renacimiento: pero hay una fe, un bautismo, una grey, un Pastor, una Iglesia, una liturgia, una cruzada eterna y una legión de santos que combate por nosotros, desde Causegadia hasta Almería, desde el Muradal hasta la Higuera.
    Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges trayendo por despojos los aromas de Ceilán y las perlas que adornaban la cuna del Sol y el tálamo de la Aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco.
    ¡Dichosa aquella edad de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada parecería ni resultaba imposible: la fe de aquellos hombres que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas, con la espada en la boca y el agua a la cinta, y el entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno de los que le arrebataba la herejía.
    España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones, o de los reyes de taifas.
    A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de sistemática e incesante labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional sino viciarle, desconcertarle y pervertirle. Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de nuestro carácter se conserva ileso y sale a la superficie cada día con más pujanza. Todo elemento de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad, o sólo aprovecha para el mal. No nos queda ni ciencia indígena ni política nacional, ni, a duras penas, arte y literatura propios. Cuanto hacemos es remedo y trasunto débil de lo que en otras partes vemos aclamado. Somos incrédulos por moda y por parecer hombres de mucha fortaleza intelectual. Cuando nos ponemos a racionalistas o positivistas lo hacemos pésimamente, sin originalidad alguna, como no sea en lo estrafalario o lo grotesco. No hay doctrina que arraigue aquí; todas nacen y mueren entre cuatro paredes, sin más efecto que avivar estériles y enervadoras vanidades y servir de pábulo a dos o tres discusiones pedantescas. Con la continua propaganda irreligiosa, el espíritu católico, vivo aún en las muchedumbres de los campos, ha ido desfalleciendo en las ciudades, y aunque no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse de ellos que son de la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque (a no estar dementado como los sofistas de cátedra) el español que ha dejado de ser católico es incapaz de creer en cosa ninguna, como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común y práctico, las más veces burdo groserísimo y egoísta. De esta escuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y económicos, los arbitristas y regeneradores de la Hacienda y los salteadores literarios de la baja prensa que, en España, como en todas partes, es un cenagal fétido y pestilente. Sólo algún aumento de riqueza, algún adelanto material, nos indica a veces que estamos e Europa y que seguimos, aunque a remolque, el movimiento general.
    No sigamos e estas amargas reflexiones. Contribuir a desalentar a su madre es ciertamente obra impía en que yo no pondré las manos. ¿Será cierto, como algunos benevolentemente afirman, que la masa de nuestro pueblo está sana y que sólo la hez es lo que sale a la superficie? ¡Ojalá sea verdad! Por mi parte, prefiero creerlo sin escudriñar mucho.  Los esfuerzos de nuestras guerras civiles no prueban, ciertamente, falta de virilidad en la raza; lo futuro, ¿quién lo sabe? No suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales permanezcan los mismos, por lo menos en las últimas esferas sociales; mientras sea capaz de creer, amar y esperar mientras su espíritu no se aridezca de tal modo que rechace el rocío de los cielos; mientras guarde alguna memoria de lo antiguo y se contemple solidaria con las generaciones que la precedieron, aún puede esperarse su regeneración; aún puede esperarse que, juntas las almas por la caridad, torne a brillar para España la gloria del Señor y "acudan las gentes a su lumbre y los pueblos al resplandor de su Oriente".
    El cielo apresure tan felices días. Y entre tanto, sin escarnio, sin baldón ni menosprecio de nuestra madre, dígale toda la verdad el que se sienta con alientos para ello. Yo, a falta de grandezas que admirar,  en lo presente, he tomado sobre mis flacos hombros la deslucida tarea de testamentario de nuestra antigua cultura. En este libro he ido quitando las espinas; no será maravilla que de su contacto se me haya pegado alguna aspereza. He escrito en medio de la contradicción y de la lucha, no de otro modo que los obreros de Jerusalén, en tiempos de Nehemías, levantaban las paredes del templo con la espada en una mano y el martillo en la otra, defendiéndose de los comarcanos que sin cesar los embestían. Dura ley es, pero inevitable en España, y todo el que escriba conforme al dictado de su conciencia ha de pasar por ella aunque en el fondo abomine, como yo, este horrible tumulto, y vuelva los ojos con amor a aquellos serenos templos de la antigua sabiduría cantados por Lucrecio:
¡Edita doctrina sapientum templa serena!
 
II Porvenir y tradición
Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que engañado mil veces por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es lo único que redime y ennoblece a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyos recuerdos tienen virtud bastante para retardar nuestra agonía.
    ¡De cuán distinta manera han procedido los pueblos que tienen conciencia de su misión secular! La tradición teutónica fue el nervio del renacimiento germánico. Apoyándose en la tradición italiana, cada vez más profundamente conocida, construye su propia ciencia la Italia sabia e investigadora de nuestros días, emancipándose igualmente de la servidumbre francesa y de magisterio alemán. Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia, muy próxima a la imbecilidad senil.
    Para evitarlo trabajemos con limpia voluntad y entendimiento sereno, puestos los ojos en la realidad viva, sin temor pueril, sin apresuramiento engañoso, abriendo cada día modestamente el surco y rogando a Dios que mande sobre él el rocío de los cielos. Y al respetar la tradición, al tomarla por punto de partida y de arranque, no olvidemos que la ciencia es progresiva por su índole misma, y que de esta ley no se exime ninguna ciencia: Patet omnibus veritas, nondum est occupata.
    Un rayo de luz ha brillado en medio de estas tinieblas, y los más próximos al desaliento hemos sentido renacer nuestros bríos...

Marcelino Menéndez Pelayo

Imagen de http://portal.ayto-santander.es


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lunes, 19 de septiembre de 2016

El doctor Fausto en la literatura (III)

 
En Inglaterra fue donde la literatura culta y profana se apoderó primero de la piadosa historia [la del Doctor Fausto]. Un predecesor de Shakespeare, Christopher Marlowe, poeta y comediante como él, liviano y aventurero, revoltoso y descreído al decir de sus coetáneos, que en la segunda mitad del siglo XVI vivió desordenadamente y murió joven en riña con un rival que le robó su querida, llevó al naciente teatro inglés aquella lúgubre figura. La tragedia de Marlowe, a pesar de los apasionados elogios de su traductor francés, Francisco Víctor Hugo, que quiere sobreponer algunas de sus escenas a las del poema de Goethe, no es más que una obra apreciable bajo el punto de vista de la época en que se escribió; pero no la iluminan los resplandores del genio. El Doctor del dramaturgo inglés es el mismo de la leyenda alemana; el espíritu de la tragedia, a pesar del ateísmo de que su autor fue acusado, es el antiguo propósito de atemorizar a los impíos.
    Fausto es un libertino incrédulo, que por apoderarse de los secretos de la magia,, evoca al Diablo en un bosque y celebra con "Mephistophilis" el pacto que le ha de dar por veinticuatro años todos los goces de la vida. Revestido ya de los poderes mágicos, le vemos en Roma penetrando audazmente en el Consistorio de Cardenales y abofeteando al Papa; encontrámosle después en la Corte imperial, asombrando a príncipes y magnates con sus sortilegios y haciendo aparecer ante ellos la sombra de Alejandro Magno; y tras estos momentáneos triunfos asistimos al cumplimiento del plazo fatal, al arrepentimiento inútil, a la agonía desesperada y a la horrible muerte del impío Doctor, todo con estricta sujeción a la leyenda alemana.
    Marlowe no hace, pues, otra cosa que arreglar para la escena el relato primitivo, y no modifica su carácter, no le añade elementos sustanciales. El episodio de Helena quedó en embrión en su tragedia, como en aquel relato; la visión y la posesión de la hermosísima amante de París no inspira al Fausto del poeta inglés más que unos cuantos versos muy bellos, en los que resplandece fugitivo destello de aquel amor a la belleza clásica al que había de dar tanta parte el insigne vate alemán en la concepción de su obra inmortal.
    La tragedia de Marlowe quedó pronto olvidada; pero habíanse apoderado de aquel terrorífico y aparatoso argumento los teatritos de muñecos o polichinelas, y desde entonces formó parte muy principal de su repertorio.
    En Alemania, bien pasase a ella este Puppenspiele de Inglaterra bien naciese de la tradición indígena, la historia del Doctor Fausto representábase también en estos teatritos hasta los tiempos de Goethe. Gotthold Ephraim Lessing, uno de los más poderosos regeneradores de las letras germánicas, vio en aquella historia, relegada ya a tan humilde esfera, el germen de una hermosa tragedia y comenzó a escribirla. Su Fausto no es pecador incorregible sino varón virtuoso y sapientísimo a quien declara guerra el infernal Mefisto, y es, a la vez, amparado por la Providencia Divina., la cual burla al Demonio sustituyendo al Doctor verdadero por otro supuesto Fausto a quien fácilmente conduce por las sendas de perdición. Lessing dejó su obra sin terminar, poco satisfecho de ella sin duda.
    Esta es, en pocas palabras y a grandes rasgos, la historia del Fausto antes de Goethe. ¡Qué interesante capítulo pudiera escribirse, siguiendo esa historia, para ver cómo surgió en la imaginación de nuestro poeta, casi niño, la idea de su tragedia! (Entre las muchas obras alemanas que tratan del Fausto de Goethe destaco la reciente de K. J. Scher: Faust von Gothe mit Enleitung und fortlaufender Erklarung, de 1881). Él mismo nos ha dicho que la primera vez que pensó en ella fue al ver una estampa representando a Fausto y Mefistófeles que cabalgaban por los aires sobre la taberna de Leipzig que cita en su obra como teatro de una orgía grotesca, escena tomada de la leyenda primitiva. Cómo influyeron en la mente serena de Goethe el escepticismo sarcástico del siglo de Voltaire y  Diderot; las extrañas supersticiones que brotaban con Mesmer y Cagliostro del fondo obscuro de ese mismo escepticismo, y que en Alemania tomaban un carácter más grave reproduciendo las antiguas doctrinas cabalísticas; el estudio más profundo del arte griego, iniciado por Lessing en su afamado Laoconte; las tradiciones de la Edad media, embellecidas por el nuevo espíritu romántico; y el misticismo poético de Klopstock; cómo se combinaban esos elementos encontrados en su inteligencia sintética; cómo se fue desarrollando en la larga existencia del poeta aquel "asunto inconmensurable", según él decía de su obra predilecta: he ahí un interesante cuestionario, del cual no cabe aquí más que esta somera indicación.
    Doctor Faust. Trauerspiel. Ein Fragment: así se titulaba un libro de pocas páginas que en 1790 salía de las prensas de Leipzig. Era el primer fragmento del gran poema; eran las escenas de los amores de Margarita, escritas en 1774, cuando Goethe estaba en el vigor de la lozana juventud. ¡Margarita! ¡Qué hermosa aparición! Esa imagen tan sencilla y natural de la doncella germánica, ingenua, creyente, amorosa; de la hija del pueblo, grave y modesta en la inocente tranquilidad del hogar; confiada, imprudente, criminal sin pensarlo en su apasionamiento tiernísimo y que no pierde la nobleza de sus sentimientos, ni sus santas creencias en el abismo de la deshonra, tomó desde aquel momento en los horizontes del pensamiento humano y en las cimas de la gloria el lugar destinado a las figuras inmortales que se destacan para siempre sobre el fondo luminoso de la belleza ideal.
    Y aquella imagen encantadora era creación exclusiva de Goethe: no hay rastro de ella en ninguno de los Faustos anteriores. Figuraba, sí, en la literatura popular la trágica historia de las doncellas burladas en sus amores, que apelan al infanticidio para ocultar la seducción y pagan en el patíbulo su crimen. Sin ir más lejos tenemos un ejemplo interesantísimo en el cancionero catalán y valenciano: La filla del marxant, cuyas numerosas variantes acaba de recoger y publicar, con la de muchos otros romances antiguos, el eruditísimo señor Milá y Fontanals (Romancerillo catalán. Canciones tradicionales, 1882), es una de estas desdichadas víctimas del amor.
    Pero Goethe tuvo la feliz inspiración de llevar esas femeniles desgracias, que inspiraron también a su gran amigo Friedrich Schiller una de sus mejores poesías, La infanticida, a la historia tétrica del Doctor endiablado; y el contraste de ese amor, idílico primero y después trágico, pero siempre cándido, verdadero, naturalísimo con las fantasías insensatas y los vagos anhelos de Fausto, con la mordacidad ponzoñosa de Mefistófeles, con aquel cuadro fantástico en que giran alrededor del espíritu humano las brujas y los ángeles, el Cielo y el Infierno, da al extraño poema un interés dramático, un calor del corazón, una realidad de vida que superan quizá a todas las demás bellezas que en él derramó más tarde el genio creador del sublime poeta.
    Margarita era un recuerdo de su adolescencia. En sus Memorias (Wharheit und dichtung, parte I, libro V) nos cuenta aquella primera inspiración amorosa que tan grabada quedó en él. Goethe, hijo de una familia principal de los encopetados burgueses de la imperial Francfort, ansioso de expansiones juveniles, ligóse con algunos mozuelos de clase humilde, artesanos y escribientillos, algo copleros y bastante alegres, que vendiendo sus versos y los de su noble amigo, a los que, para epitalamios o elegías, sátiras o declaraciones amorosas, se los pedían, sacaban dinero para sus modestos festines. ¡Estos fueron los comienzos literarios del autor de Fausto! En la casa donde se reunían conoció a "Gretchen" (diminutivo familiar de Margarita), joven costurera, cuya gentil belleza inspiróle uno de esos deliciosos y tímidos amores de la primera juventud que el corazón guarda escondidos. La historia de esa pasión de niño, que no llegó a declararse, es un episodio encantador. Coincidía aquel apasionamiento con las solemnísimas fiestas que celebraba Francfort para la coronación del emperador José II, y el asombro que causaban en el naciente poeta las ceremonias suntuosas del Sacro Imperio Romano Germánico, con el ritual y el aparato de la Edad Media, mezclado a su inocente embeleso por aquella amable y candorosa muchachuela, dormida en alguna ocasión sobre sus rodillas, produce tal impresión contado, que no es de extrañar la ejerciera vivísima en el alma de Goethe, que estaba abriéndose a la luz del amor y la poesía.
 

viernes, 16 de septiembre de 2016

El primer vuelo aeronáutico demostrable

 
Sucedió en España la que puede ser primera ocasión en que un hombre voló verdadera y documentalmente demostrable.
    El piloto se llamaba Diego Marín de Aguilera, natural de Coruña del Conde, en la provincia de Burgos, del que se cuenta que era pastor de oficio y ocurrente e inventor por inteligencia e imaginación. Tras seis años de pormenorizado estudio del vuelo de las aves y de su "carga alar", y con la ayuda del herrero de su pueblo construyó el aparato que habría de volar autónomamente, al que bautizó Recurso volátil. Este anticipo de avión, configurado como un gran pájaro, constaba de alas de dos varas y media cada una, susceptibles de remedar movimientos articulares, compuestas de finas y quebradizas varillas de hierro, revestidas de tela y un vestuario plumífero, confeccionado con materia prima de águila, dispuestas las plumas como la madre naturaleza dotó a sus propietarias las aves. Las alas quedaron sujetas al armazón y entre sí por medio de alambres. También, y para asemejarse al máximo al original, la invención contaba con una cola, cubierta de plumas y dotada de movilidad. Cola y alas eran movidas a voluntad del osado piloto por una manivela, mientras los pies calzaban unos estribos adosados al cuerpo del aparato volador.
    La prueba tuvo lugar de noche y en paraje discreto, a salvo de miradas perturbadas, denuncias e imprecaciones vecinales. El documento que relata el hecho, todo un acontecimiento de consecuencias impensables, lo firma Joaquín Barbero, cuñado de Diego Marín, en calidad de testigo presencial.
    Piloto y aparato despegaron del pequeño cerro elegido como rampa de lanzamiento. En tan conspicuo momento, a guisa de anuncio de intenciones y despedida, Diego Martín de Aguilera declaró a su entusiasta compañía: "Voy a Burgo de Osma y desde allí a Soria; no volveré hasta pasados ocho días".
    El Recurso volátil alzó vuelo y sobrevoló el pueblo unas seis varas por encima de los tejados. Recorrida la distancia aproximada de 450 varas, hombre y máquina aterrizaron en una viña situada en la orilla izquierda del río Arandilla, flanqueada de chopos.
    Los expectantes compañeros de aventura no tardaron en llegar al lugar de la caída, o aterrizaje forzoso, "merced a la claridad de la noche y por haberlo seguido a toda prisa".
    Así y allá concluyó la aventura de la jornada y de su vida, cuenta el historiador Emilio Herrera Alonso, aviador militar para más señas, pues aunque deseoso de continuar con el empeño, corrigiendo los detectados errores, el avanzado Diego no pudo contrarrestar el recelo y animadversión de sus coterráneos. Ya el poeta y filósofo latino Tito Lucrecio Caro, un siglo antes de nuestra Era, había confirmado que la envidia, como el rayo, cae sobre las cimas y lo que destaca del nivel común. Magnífica, certera y atinada cita aplicable en todo tiempo y lugar.
 
Los testimonios de la proeza con los que se cuenta avalan la realización del vuelo. Un intento por emular a las aves llevado a cabo cien años antes de que Otto Lilienthal efectuara algo similar.
    Deduce Emilio Herrera Alonso que la proeza del ingenioso y audaz castellano consistió en un vuelo planeado que terminó al acabarse la senda correspondiente a la altura de lanzamiento y la superficie de sustentación, siendo probable que más que caer a tierra por la rotura de un pernio, en versión del piloto, se rompiera éste en el violento aterrizaje.
 
Juan Albarellos, en sus Efemérides burgalesas, narra que recorrió por el aire 450 yardas castellanas, utilizando un aparato de su invención, a 5 de altura sobre los tejados de su pueblo, que era Coruña del Conde, en la provincia de Burgos (donde se le erigió posteriormente un monumento conmemorativo), durante la noche del 11 de mayo de 1793, aterrizando con cierta brusquedad aunque sin malas consecuencias para el tripulante.
 
Desde 1973 se alza en Coruña del Conde un monumento, modesto no obstante, en memoria y homenaje del bravo español que fue Diego Martín de Aguilera. En 1993, en el cerrato desde el que se lanzó a la aventura de volar, quedó emplazado un avión T-33 del Ejército del Aire, para conmemorar el segundo centenario de la proeza del primer hombre que efectivamente voló a petición propia.


 

Monumento a Diego Marín de Aguilera en Coruña del Conde.

Imágenes de www.arqueologiaypatrimonioindustrial.com

 



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miércoles, 14 de septiembre de 2016

El juego legislativo

 
Las leyes humanas dan mucho juego, señoras y señores legisladores; bien es cierto que unas más que otras. No voy a incomodarles ni a ser reiterativo para con una supuesta audiencia contando lo que ustedes, gobierno y oposición, han dispuesto para satisfacer las pretensiones y objetivos que les mueven y caracterizan, ajenas sus divergencias ideológicas cuando de repartir cargos, prebendas y el dinero de los atribulados contribuyentes se trata.
    Inmortalizada queda la Ley por mano de artista, mientras los efectos de su omisión por quienes debieran velar su cumplimiento y eficacia en todos los ámbitos, de arriba abajo y viceversa, pasan a un segundo o tercer o cuarto plano, lejos de focos, crónicas y micrófonos.
    La alegoría decora los solemnes espacios que regulan la cívica convivencia. Mira ella desde su serena postración a quien las contempla dando un paseo entretenido por la dimensión de la ciencia, desplegando a la manera del símbolo una elevada pedagogía de uso cotidiano.

José María de Gamonal: El templo de las leyes (1906).

lunes, 12 de septiembre de 2016

El descubrimiento de las fuentes del Nilo Azul

 
Pedro Páez Xaramillo (1564-1622), natural de Olmeda de la Cebolla (actual Olmeda de las Fuentes, en la Alcarria madrileña), jesuita, misionero, cronista y explorador, fue el primer europeo que descubrió el manantial de Geesh, origen del río Nilo Azul, en 1618. Y el primer relator de tan grande acontecimiento en su extensa Historia de Etiopía.
    Pedro Páez cuenta a partir "de vista y experiencia y no de información", y aún menos de invención o discurso plagiado. Conciso y preciso se refiere a esos "dos ojos redondos de cuatro palmos de largo", a su entender el surgidero de las aguas de un lago subterráneo; el riachuelo Abbai cuya corriente penetra en el lago Tana y tras fundirse en sus aguas emerge por su extremo sur para discurrir en creciente como Nilo Azul y viajar 4.420 kilómetros hasta la desembocadura en el Mediterráneo. En el mismo estilo de concreción, sin alarde literario, describe las primeras cataratas del río, las cataratas de Tisisat a 32 kilómetros del lago Tana: "Del golpe que da abajo se levanta el agua como humo del aire".
    El marjal donde nace el río, rodeado de un bosque de cedros, es un espacio mágico, y por tanto sagrado, para los lugareños. Se levanta un monasterio.
 
A un lado las penalidades que sufrió Pedro Páez a lo largo y ancho de la península arábiga en su intento de llegar cuanto antes a Etiopía para evangelizar el vasto territorio, itinerario proceloso que no se revela en este artículo, su vocación misionera le impulsó a viajar y conocer. Pero nunca a inventar o fantasear, relatando desde su experiencia y con rigor todo cuanto veía; así lo expone en el prólogo de su obra, con el objeto de disipar futuras dudas o preguntas capciosas: "Para que todos tengan noticia de las cosas notables que hay; y de los casos que suceden en tierras muy remotas y apartadas".
    Pedro Páez también fue el primer europeo que dejó escritas impresiones de gentes y territorio, costumbres y ciudades, sobre la región de Hadramaut, entonces misteriosa por ignota, y por extensión de la "Arabia Felix", un mundo fascinante para Occidente.
 
Lacónico, comenta la geografía etíope que va recorriendo: "Ya que tratamos de la fertilidad de las tierras que señorea el Preste Juan, no estará fuera de propósito decir alguna cosa de los principales ríos y lagunas. Y el primero que se ofrece como más insigne es el grande y famoso río Nilo. La gente de este imperio le llama Abaoi; y tiene su fuente en el reino de Gojâm."
    Visión primera que acaeció en abril de 1618, en las laderas del monte Gishe, en la montañosa región de Sahala.
    "Esta fuente casi al Poniente de aquel reino no parecía más que dos ojos redondos de cuatro palmos de largo; y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César."
 
Tras quince años en Etiopía, dando frutos su tarea evangelizadora, Pedro Páez gozaba de la confianza del emperador Susenios. Con él marchó cierta vez a una expedición a la lejana provincia de Gojam, acompañando a un pequeño ejército que pretendía castigar a los levantiscos agaus por el impago de tributos.
    Cerca de su destino, jefes, acompañantes y tropa acamparon en las faldas del monte Gishe, a distancia visual del macizo de Choke. Inquieto y curioso, Pedro Páez junto a dos soldados ascendió a la cima y desde aquella atalaya pudo dar fe de las noticias recibidas por quienes se aprestaban a contarle sucesos y prodigios. Observó dos charcas "de agua clara y muy leve", contiguas, apenas separadas por diez metros. El arma de un soldado comprobó la profundidad. "Hice meter una lanza en uno de los ojos, que está en una ribera donde empieza a aparecer esta fuente y entró once palmos. El segundo ojo de la fuente está más abajo, hacia Oriente, como a un tiro de piedra del primero; y metiendo en él una lanza de doce palmos no se halló fondo."
    Los habitantes de la zona y el propio Susenios confirmaron a Pedro Páez que el terreno alrededor de los dos manantiales borboteaba, indicando que por debajo todo era agua; y cuando llovía la sensación de temblor aumentaba considerablemente. El jesuita concluyó que se trataba de una gran laguna subterránea cubierta por un sólido entramado de raíces y tierra con el par de brotadores a la vista.
 
Pedro Páez relata con pormenor la travesía del Nilo Azul por tierras etíopes hasta perderse en una nueva geografía que denomina reino de Fazcolo u Ombarea, "tierra grande y poco conocida".
    "De allí en adelante no señorea el emperador [de Etiopía], ni saben dar razón de los nombres de las tierras ni del curso del río, pero me dijeron que va por tierra de Cafres gentiles hacia El Cairo."
    A su vez describe las regulares crecidas del río, un enigma que él considera efecto de las copiosas lluvias que inundan el país de junio a septiembre.
    "Esta es, pues, la verdadera causa de la creciente anual del río Nilo; las muchas aguas que se le juntan, por ser invierno que en aquel tiempo llueve mucho. Todas las demás que se dan son fábulas y meras imaginaciones. A final de septiembre comienzan ordinariamente a disminuir las aguas de la laguna de Dambia (lago Tana) y los ríos a bajar por ir faltando las lluvias y consiguientemente el Nilo."
 
El primer gran salto del Nilo Azul son las llamadas cataratas de Tisisat, a una treintena de kilómetros del lago Tana. Cuenta Pedro Páez de ellas: "Habiendo andada cinco leguas [el Nilo Azul] llega a una tierra que llaman Alata, donde cae a pique por unas rocas que tendrán de alto catorce brazas; y será necesario una honda para hacer llegar una piedra de parte a parte; y en invierno del golpe que da abajo se levanta el agua como humo en el aire, tanto que se ve desde muy lejos, como yo lo vi muchas veces".
    También fue el primer relator del café que se conoce. Las líneas que siguen corresponden al estudio de María José Pascual sobre la figura y peripecias de Pedro Páez: Un misionero en el reino de Etiopía. Pedro Páez y el río Nilo.
    Sufriendo cautiverio en la región de Hadramaut, actual Yemen, el año 1589 él y su compañero misionero el sacerdote Antonio de Monserrate, encomendados por el rey Felipe II para evangelizar Etiopia pero aún imposibilitados de llegar a su destino, al que tardarían seis penosos años en alcanzar, fueron conducidos como esclavos a través del desierto hacia los lugares de Terim y Al-Qatna. En este último lugar es donde prueban la extraña bebida llamada câhua "que es agua cocida con la cáscara de una fruta que llaman Bûn, que beben muy caliente en lugar de vino".
    Y más relevaciones, en este caso sobre la reina de Saba, tomadas del mismo estudio.
    Recluidos en la prisión de Haynan, en la inmensa península arábiga, el interés que mostró el sultán por las experiencias y conocimientos de los sacerdotes alivió la privación de libertad y la demora en el ejercicio de su misión. Pero enterado el pachá otomano que gobernaba la provincia de San'a de la presencia de ambos los reclamó. Y así volvieron al desierto, en travesía forzosa, recorriéndolo hasta su límite. Durante el trayecto, sobre todo una vez superado el rigor del desierto, las condiciones de vida se suavizaron y el contacto con sus escoltas y los naturales de las aldeas que cruzaban, con los que pudieron departir al respecto de los usos, las costumbres y la arquitectura.
    De estas conversaciones, hilando lenguas, temas y episodios, Pedro Páez supo que la población de Marib, que él denomina Melquis, "lugar con muchas piedras con letras antiguas, que ni los naturales sabían leer ni dar razón de ellas", según la versión de las gentes interrogadas había sido una gran ciudad perteneciente a los dominios de la reina de Saba.
"Si esto fuera cierto confirma que la reina de Saba era también Señora de parte de Arabia Feliz, que habitaban los sabeos y homeritas; y así que cuando fue a Ierusalem partió de Ethiopia, atravesó el Mar Roxo y de camino visitó la tierra de sus vasallos."
 
Escrita queda la síntesis del periplo viajero, azaroso no por voluntad del intrépido misionero, de tan importante personaje que la historia ha tardado siglos en recuperar, otorgándole la recompensa que merece.
    En resumen, Pedro Páez fue un observador agudo y minucioso, curioso como buen explorador, e interesado en describir la realidad y no sus fantasías o la traslación de ellas a unos paisajes distorsionados por la fábula. Si sus crónicas, reunidas en la Historia de Etiopía, amplia en extensión y pródiga en apartados, hubieran llegado al público europeo (y al del resto del mundo ilustrado) en su momento, otro sería el recuerdo del autor y otra la memoria de sus hechos y la falacia de un posterior explorador, el escocés James Bruce, que pretendió atribuirse el mérito que no le correspondía; tardó un siglo y medio en llegar a ese asombroso lugar que describe, habiéndolo hollado, Pedro Páez.
    Destaca la citada María José Pascual que pese al extravío de la Historia de Etiopía (no aparece hasta principios del siglo XX), escrita en 1622, pervivió la huella descubridora de Páez gracias al erudito Athanasius Kircher, quien en 1652 menciona el hallazgo de la fuente del Nilo en su obra Oedipus Aegypticus, de las que se harán eco autores contemporáneos como Isaac Vossius o Job Ludolph.
    También mantendrá vigencia la memoria documentada de Pedro Páez en las obras de los jesuitas Baltasar Téllez, 1660, Enmanuel D'Almeyda, 1660, y Jerónimo Lobo. Este último visitó las fuentes del Nilo Azul y las cataratas Tisisat una década después que Pedro Páez.

Pedro Páez

Imagen de http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com



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viernes, 9 de septiembre de 2016

Procedimiento clásico en la investigación

 

Años 50 del siglo XX. Conferencia del Comisario Jefe de la Brigada de Investigación Criminal ante un auditorio de policías veteranos y novatos, expertos en medicina legal y periodistas de investigación. Síntesis en extractos.

 


El concepto básico de la investigación es el de buscar para descubrir, una búsqueda sistemática a partir de la observación, y desde lo hallado dar respuesta al interrogante, para establecer la relación de causalidad y llegar a conocer todo o lo suficiente del hecho para determinar la autoría, el móvil, las circunstancias y las consecuencias. Los indicios racionales de criminalidad son el punto de partida para iniciar la investigación.
Hay que redoblar el empeño y crecerse ante la dificultad, saberse mejores que el reto no dando la tarea por perdida ni por mal acabada. El tiempo del policía no se rige por el calendario que cuelga de la pared o que disimula uno de los vértices de la mesa de trabajo. Las pestañas han de oler a quemado, los codos y los antebrazos han de doler mientras sostienen la paciencia y la fatiga bajo un cono de luz al que acude el humo dibujando arabescos que pasan desapercibidos o distraen un momento que a veces resulta esencial para elegir  la suposición acertada. Y rastrear como sabuesos en el archivo y en la calle  dejándose la piel que no la vida para resolver el caso. El olfato es la expresión de una sobresaliente capacidad para descubrir o entender con acierto lo que está disimulado, encubierto, oculto; los que poseen este olfato saben husmear entre los acusados el olor del culpable.
La teoría enseña y con la práctica se aprende.
Nuestros actos son el resultado de una tendencia, que a su vez es el producto de sentimientos y de representaciones. La causa de las anomalías y morbosidades de la conducta debe buscarse en esos factores internos y externos, es decir, en el estado de la sensibilidad y la afectividad, de la percepción y la inteligencia, del impulso y la voluntad. Y el acto delictuoso, lo mismo que los demás actos, siempre es el resultado de esos mismos procesos, más o menos bien caracterizados.
El instinto tiene un papel preponderante en el policía, un instinto que advierte y que aconseja.
Esa singular aptitud para la averiguación rápida y certera, a primera vista, de los delitos, y para la persecución, el descubrimiento y la detención de los delincuentes.
Y la intuición, que guía y alumbra.
La percepción misteriosa, clara, íntima, instantánea de una verdad, de una idea, de un hecho, tal como si se tuviera a la vista. Tal intuición no sería más que el notable desarrollo de algo así como una facultad de adivinación, de un don de presentimiento, de profecía a veces, de una especial disposición para ver algo o mucho donde otros ven poco o nada.
Los intuitivos son personas que saben ver a través de la percepción, captando datos desde la periferia de la conciencia que son invisibles, mental y aun físicamente para los que no aciertan a verlos, reconocerlos, comprenderlos, a valorarlos y clasificarlos con claridad y verosimilitud.
Mediante las inexplicables, aparentemente ilógicas, reacciones de la intuición, se realizan importantes descubrimientos.
Lo hasta aquí expuesto, que ha de ser consustancial con el ejercicio de una vocación, no se contrapone ni compite con los recursos científicos y técnicos en estas aplicaciones judiciales y policiales. La intervención coordinada, específica y diligente de la ciencia en las pesquisas policiales allana la indagación.
Ha de ser un complemento para esa agudeza sensorial sui generis del policía a pie de suceso.
Hay que tener una conciencia precisa de la propia capacidad. Hay que ser estricto, escrupuloso, consciente y responsable de la tarea social que compete al investido de autoridad para ejercerla.
No se debe prescindir de ninguna ayuda o facultad cuando se trata de responsabilidades sobre la vida y los bienes ajenos que obligan a contar con todo y a estar en todo.
Advertía su larga y fructífera experiencia policial contra la rigidez ordenancista y el miedo a equivocarse improvisando.
La actuación sin sistema puede dar a veces buenos resultados, infundiendo un cierto sentido de propia seguridad en las actuaciones. El exceso de disciplina mental puede embotar el cerebro impidiendo pensar con claridad.
Una necesaria correspondencia entre sistemática e intuición, bien armonizadas ambas cualidades, supone contar con lo mejor de estas dos armas para el fin previsto y deseado en la investigación.
Hay investigadores a quienes les basta dirigir una mirada al lugar del suceso o al sospechoso para cerciorarse de los móviles del hecho, para convencerse de que están ante el verdadero delincuente e incluso para descubrir la clase de infracción y hasta el delito mismo que ha cometido, anticipando la vía ordinaria.
En su didáctico parlamento, el Comisario Jefe hizo una velada alusión, casi como un comentario anecdótico sin ofrecer una sonrisa al auditorio, a las injerencias provenientes de espacios ajenos a la vocación del servidor público.
El deber obliga, la sumisión anula. Obediencia y disciplina son sinónimos de eficacia, pero en ningún caso han de imponer al servidor público condiciones o acciones que distorsionen su conducta y perviertan el carácter de su misión.
Recordó para concluir que el aprendizaje policial tiene muchas y muy diferentes aulas en infinidad de lugares, tantos como posibles escenarios para un crimen y su resolución; y también muchos y muy diferentes profesores, renombrados algunos, anónimos la mayoría, que llegado el caso enseñan mejor que nadie el proceder y los hábitos característicos de la condición humana.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Columnas enroscadas, helicoidales o salomónicas

 
Durante la segunda mitad del siglo XVII el arte barroco floreció en el Levante español, principalmente en las regiones de Murcia y Valencia, con destellos en la de Cataluña.
    En la ciudad de Valencia, con ejemplos como la torre campanario de Santa Catalina (la torre de la iglesia parroquial de Santa Catalina), del arquitecto valenciano Juan Bautista Viñes (discípulo de Juan Pérez Castiel), erigida entre 1688-1705, de característica planta hexagonal; su alzado se divide en cuatro pisos separados por molduras horizontales, más el cuerpo de campanas y el remate superior; los estribos angulares, en los que se apoya tan esbelta y grácil estructura, se transforman en columnas enroscadas (también llamadas salomónicas o helicoidales) a la altura del piso quinto.

Torre campanario de santa Catalina.


El esplendor decorativo se sitúa en el tramo superior, donde los ángulos son resaltados por las citadas columnas y las ventanas igualmente lucen con el estilo del barroco efímero magistralmente trasladado a la piedra y la ornamentación. El conjunto finaliza con un templete cubierto por una pequeña cúpula de teja, con las espectaculares columnas salomónicas y grandes volutas a modo de contrafuertes que lo unen al cuerpo de las campanas.
    Reza una lápida conmemorativa: "Este suntuoso campanario, a que felizmente se dio principio el año 1688 merced a la munificencia de los feligreses, en el presente año de 1705, cooperando todos, llevólo a cabo y con toda perfección Juan Bautista Viñes."
    La torre campanario de Santa Catalina está considerada como una de las torres barrocas más originales de la arquitectura española.
 
En Vinaroz (Vinaròs), provincia de Castellón, la portada de la iglesia arciprestal de Nuestra Señora de la Asunción, construida por Juan Bautista Viñes entre 1698 y 1705, sorprende por su llamativa cornisa mixtilínea apoyada sobre ménsulas y por los estípites que figuran en el segundo piso; detalles, por otra parte, que volverán a reproducirse al cabo de dos décadas en el barroco andaluz.
    La portada barroca es de tipo retablo, con dos cuerpos sostenidos por columnas salomónicas y con la imagen de la Virgen de la Asunción en el centro.

Iglesia arciprestal de Nuestra Señora de la Asunción.



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lunes, 5 de septiembre de 2016

La gran decisión a dúo


Ha llegado la hora.
    Suspiro y anhelo.
    El instante supremo que a cada uno pone en su lugar.
    En el suelo y bajo tierra.

Leonardo Alenza: Suicio romántico (1839).

 
Empiezo yo, sigue tú.
    Empieza tú, sigo yo.
    Un dispendio de útiles acompaña cual cortejo trascendente la penúltima decisión.
    Elige.
    Decide.
    Los medios rápidos a un lado, los que postergan la agonía a un triunfo de la voluntad al otro; contundentes todos, domésticos, gloriosos.
    La intensidad del desenlace bien merece una elegía.
    Leamos.
    Leímos.
    Un recitado sentido, de inspiración excelsa, postrera, definida en su límite a las puertas del hogar eterno, morada espiritual de luctuoso aspecto.
    Así se va la vida.
    Así la muerte viene.
    En acogida onerosa, a cambio de un idilio loado en voz mística y tañido en son de réquiem.
    La vida es nuestra.
    Nuestra la muerte.
    De gala lucen ambos, pareja en sacrificio, a una sublime entrega encomendados, supóngase que en auspicio del libre albedrío.
    Yo a tus pies.
    Tú en mis manos.
    La obra póstuma y su lauro, solemnes, testigos de cargo, vueltos de cara al cielo implorando la benevolente intercesión de la autoridad suprema.
    Voy yo y tú después.
    Ve tú y yo al cabo.
    Que el orden justifica la prioridad en el designio.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Tirano es el que todo lo atropella y todo lo tiene por suyo

 
Teólogo, escritor de doctrina política, historiador y economista, Juan de Mariana nació en Puebla Nueva (Talavera de la Reina) el año 1536.
    Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá, patrocinada por el Cardenal Cisneros; se ordenó sacerdote integrado en la Compañía de Jesús y enseñó teología en Roma y en París.
    Su obra más conocida es De rege et regis institutione (Del rey y la institución real), escrita en 1599, en la que desarrolla una concepción propia del estado y el poder monárquicos. Otros dos títulos destacan en la bibliografía de Juan de Mariana: Historia general de España, editada en 1592 y ampliada posteriormente, una obra monumental compuesta por veinte tomos; y Sobre la alteración de la moneda, un tratado y discurso sobre la moneda de vellón, de carácter económico donde, sin duda influido por la Escuela de Salamanca, determinante en su tiempo y pionera de los planteamientos liberales, apunta hacia el liberalismo en contraste con sus primeros conceptos socioeconómicos y de gobierno; publicado hacia 1607 ó 1608.
 
Juan de Mariana considera que la condición natural y originaria de los seres humanos es pacífica y que el desarrollo de las ciencias y de las artes es el que ha provocado posteriormente tensiones y conflictos. Con el fin de garantizar la paz social, los hombres habrían decidido delegar en un príncipe el gobierno del Estado. En el ejercicio de sus poderes, el soberano legítimo se halla vinculado por este contrato social y no puede modificar sus leyes fundamentales sin el consenso de sus súbditos, que hacen referencia a la sucesión al trono, los asuntos financieros y las relaciones entre Estado e Iglesia.
    Opina en rigor que el soberano que no se atenga a estos principios debe ser considerado como un tirano, y como tal puede ser depuesto o, en un caso extremo, puede quitársele la vida. El rey no es dueño de los bienes de sus vasallos, pero tampoco se le puede considerar un tirano por ejercer su autoridad. Distingue con esta frase a ambos: "El tirano es el que todo lo atropella y todo lo tiene por suyo; el rey estrecha sus codicias dentro de los términos de la razón y de la justicia".
    De ello infiere que la autoridad real no permite al monarca establecer las exacciones, los tributos, sin mediar acuerdo o consentimiento por parte del contribuyente, precisa de legitimidad además de legalidad, pues la carga fiscal es confiscatoria y, en consecuencia, resta patrimonio a su titular: "No son del rey los bienes de sus vasallos". Ni puede la autoridad monetaria, ejercida por la misma persona, el rey, alterar el contenido metálico de las monedas, medio de pago, elemento básico en el intercambio de bienes y servicios, de manera discrecional para obtener mayores ingresos.
    Las maniobras de la autoridad nunca deben perjudicar a quienes de ella dependen; al contrario, deben servir para afianzar el compromiso en las respectivas actividades, en ejercicio de responsabilidad, y la imprescindible confianza en la planificación tanto como en la ejecución de quienes están obligados a la una y a la otra.
 
El pensamiento de Juan Mariana en cuanto a la organización social viaja desde una concepción tradicional hasta otra liberal, de incipiente liberalismo, en la que acepta la imposibilidad de su credo original y acoge características del liberalismo que los siglos asentará: respeto a la propiedad privada, diálogo para constituir o eliminar, libertad económica, participación de la persona en las tareas sociales y su decisión en los ámbitos de competencia.
    Falleció en Toledo, el año 1626, imbuido de la necesidad regeneradora para conseguir el bienestar y la prosperidad del individuo y del conjunto cívico.

Juan de Mariana

Imagen de www.escolasticos.ufm.edu


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