viernes, 31 de marzo de 2017

Hay que estar con la Patria, con razón o sin razón


Nacido en Málaga el 8 de febrero de 1828, Antonio Cánovas del Castillo fue a lo largo de su vida un hombre dedicado a la política, la lectura, el discurso y el estudio; y un apasionado de la Historia de España. Recoge su biógrafo Charles Benoist la confesión que lo identifica: "Por la Historia he ido yo a la política." Su profundo conocimiento de la historia le convirtió en el primero de los personajes públicos de su tiempo; y, con certeza, de muchas épocas.
   Para Cánovas España es, sobre cualquier otra consideración y concepto, una creación histórica, obra de Dios a través de los hombres y a través de los tiempos. En Apuntes para la Historia de Marruecos, obra de 1857, puso de manifiesto: "¡Ay de las naciones donde se pese o se cuente el peso de la gloria, donde los Ejércitos escatimen su sangre, donde los pueblos regateen su dinero cuando se trate de grandes intereses nacionales o de grandes intereses futuros!"

    Su labor en pro de la Restauración borbónica, que es el hito de su carrera como humanista y político, fue analizada y meditada a extremo, con el propósito siempre revelado de terminar las turbulencias e inestabilidades acreditadas durante el periodo del Gobierno provisional: de 1868 a 1871, con los generales Prim y Serrano como principales actores y la efímera participación de Amadeo I de Saboya como rey de España a continuación; y el advenimiento trompicado de la I República, de los años 1873 a 1874, federalista y por extensión sobrevenida cantonalista, con sus cinco presidentes sucesivos. Tales confusiones e intereses contrapuestos en la jefatura del Estado y del Gobierno encarnaron una alteración del orden social y un desconcierto generalizado concluido en primera instancia con el pronunciamiento del general Pavía en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874.
    Emilio Castelar, presidente de la I República y antes Ministro de Estado en el mismo régimen, y el general Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, eran partidarios de solucionar los problemas de España con orden, unidad y disciplina; lo que resultó imposible en las dos etapas citadas.
    Cánovas del Castillo quería evitar a toda costa la repetición de los errores y, por ende, el abundamiento en las diferencias entre españoles y su inevitable traslación a la toma de posiciones enfrentadas. Para ello partía de una premisa tan pragmática como espiritual y realista: la continuación de la Historia de España, que los furibundos extremismos ponían en serio riesgo o más que eso.
    La Restauración, cuyo principal papel le corresponde, iba a ser su máximo proyecto, la aguja y sutura contra aquellos descosidos originados por el desenfreno de la demagogia que trataba de ahogar, entre inconsciencias y traiciones, el verdadero sentir nacional; por otra parte nunca demasiado expresado.
 
Dos de sus grandes méritos tienen que ver con la reanudación fructífera de la Historia: la liquidación de la guerra civil que enfrentaba a los españoles por más de medio siglo, marcando todo el XIX, y la edificación de un Estado civilista que anulara los asiduos pronunciamientos militares tanto como las emergentes tendencias revolucionarias.
    Cánovas del Castillo era en esencia liberal, un liberal encaminado a embridar los extremos irreconciliables de la sociopolítica española y un liberal en desacuerdo con la democracia de un sólo sentido: el voto para suprimir al contrario, al discrepante, al que propusiera un sistema diferente e incompatible con las manifestaciones revolucionarias y secesionistas. Se propuso integrar a los españoles en una convivencia nacional, productiva, estable y genéricamente beneficiosa para España y los españoles de todos los territorios aquende y allende los mares, tomando como base el diálogo constructivo.
    La democracia, según la entiende la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI (una década y un lustro), era un imposible metafísico en España por aquel entonces, dadas las condiciones estructurales de la insoslayable realidad española, y la aparejada idiosincrasia de los españoles. De ahí, consideradas las lecciones de la Historia, que Cánovas abogara por un sistema, el liberalismo respetuoso con la tradición y el conservadurismo de derecha y las exigencias de la izquierda dinástica, al tiempo sostén de un régimen, la monarquía, garante de la estabilidad en todos los órdenes y la apertura política. Una visión de futuro la de Cánovas del Castillo que al entroncar con la histórica garantizaba la convivencia; como así resultó.

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Había que dotar de un marco legal a los españoles, civiles, militares, eclesiásticos y políticos, que brindara garantías a los derechos y libertades individuales; la más poderosa razón de ser del ordenamiento jurídico y el cauce de administración y convivencia. Logrado el acuerdo entre los legisladores, que era la base de partida constituyente, fue promulgada la Constitución de 1876; la más duradera hasta la fecha, siendo derogada por la surgida en los albores de la II República, año 1931.
    En el abogado, académico y político Manuel Alonso Martínez recayó en 1875 la presidencia de la comisión que redactaría el texto constitucional de 1876. Alonso Martínez gozaba de merecido prestigio como jurista, contando en su haber tareas como la promulgación del Código Civil, la Ley de Imprenta, la práctica del procedimiento oral en las causas criminales y la efectiva separación de las jurisdicciones civil y penal; además de sus aportaciones científicas y materiales al desarrollo de la Medicina Legal. También se encargó de elaborar la reforma del Código Penal, un proyecto de Ley del Jurado y de matrimonio civil y laico. Presidió a su vez la Academia de Legislación y Jurisprudencia y fue miembro de la correspondiente de Ciencias Morales y Políticas.  

Manuel Alonso Martínez

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El proyecto político de Cánovas, la Restauración borbónica, parte de la experiencia de la Unión Liberal, la etapa de gobierno más eficiente y sólida del reinado de Isabel II. Este proyecto se propuso adecuar la vida política sistematizada en dos corrientes, una a derecha y otra a izquierda, a un cauce de centro que incorporaría gradualmente las facciones refractarias, en mayor o menor medida de carácter moderado, a una alternancia en el poder cimentada en la lealtad al régimen monárquico y el compromiso de mutua solidaridad frente a la amenaza cierta de los extremos irreconciliables. Un sistema, al cabo, de turno pactado: los conservadores de Cánovas, tendiendo al liberalismo, y los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, antaño socialistas y republicanos. Una política hacia la convergencia matizada de atracción y asimilación gradual y permanente.
    Este camino abierto por Cánovas para, en sus palabras e ideario, continuar la Historia de España, arrojaba lastres pasado: el sacudido reinado de Isabel II (decantada ella por un sólo núcleo político), o el de Amadeo I de Saboya (patrocinado por una plataforma ideológica), para enlazar con el argumento a su juicio fiable e imprescindible: el dinástico, la legitimidad dinástica. Consideró oportuno, cual solución factible e inmediata, poner en práctica la fórmula del teórico político y filósofo contrarrevolucionario Joseph de Maistre, quien proclamaba: "Si la revolución es siempre el resultado de un proceso de descomposición, no cabe combatirla ignorando sus causas y volviendo al punto de partida, sino rectificando éste una vez conocidas aquéllas. La contrarrevolución no puede ser nunca una revolución al contrario sino lo contrario de una revolución".
    Cánovas movilizó la opinión más generalizada en España, la de los españoles ahítos de las gobernaciones radicalizadas características del sexenio (periodo de 1868 a 1874), en torno a la figura de Alfonso XII, de la Casa de Borbón, aspirante legítimo al trono al que consideró el príncipe ideal para su proyecto. Para asegurar la viabilidad y consumación de su proyecto, ideó, elaboró y patrocinó el Manifiesto de Sandhurst, firmado el 1 de diciembre de 1874 por el entonces asilado príncipe Alfonso de Borbón, donde el futuro Alfonso XII mostraba su disposición para acceder al trono de España como rey de una monarquía parlamentaria.
    En definitiva, La Restauración ideada y puesta en práctica por Cánovas se modula en el equilibrio posible entre la tradición conservadora y el liberalismo progresista.

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La compenetración entre Antonio Cánovas del Castillo y Alfonso XII, ejemplo de príncipes atenidos al papel irrenunciable que la Institución debe jugar históricamente ante cada reto del tiempo, posibilita el fin de la controversia en España. En 1875 el plan integrador estaba garantizado por la prudencia y la discreción de un monarca decidido a cooperar en la travesía. Alfonso XII, aconsejado por Cánovas, adoptó el modelo mayestático de los Habsburgo en cuanto a la vocación integradora y equilibrada, y el longevo modelo británico en cuanto a la garantía de libertades parlamentarias.
    Alfonso XII, cual rey y soldado, encarna y transmite una personalidad atenta, con acusado criterio, un intelecto agudo y sensible, carácter patriota, cosmopolita y decisivamente liberal.
    Su prematura muerte en 1885 no alteró en lo sustancial el sistema canovista alternancia de cinco en cinco años, aunque en la práctica, y también auspiciado por Cánovas, gobernó más el partido liberal, que prosiguió afirmado durante el periodo de regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena. Pero el advenimiento de Alfonso XIII lo truncó y derribó, puesto que el papel poco más que simbólico, aunque con mando, otorgado al rey Alfonso XII, disgustó a su heredero y sucesor a la Corona que buscaba para él mayor protagonismo.

Alfonso XII y María de las Mercedes. Retrato nupcial en el Palacio de Riofrío, Segovia.

Imagen de www.hola.com

El sistema ideado por Cánovas, el denominado "turnismo" entre los partidos conservador y liberal, posibilitó una sociedad favorable al ascenso de las clases bajas sin confrontaciones. Además, fue continuador de la tradición liberal española de reconocer a la persona derechos, libertades e iniciativas.
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Antonio Cánovas del Castillo fue un hombre de inteligencia viva, extraordinaria cultura, verbo convincente, argumento implacable y la visión de Estado de un genuino estadista. La admirada superioridad de su intelecto, reconocida por amigos, adversarios y enemigos, concitó un apelativo de sentido único y variada interpretación: "el monstruo". Ansioso lector y afamado dialéctico, a sus muchas luces se arrojó la sombra de la soberbia; señalamiento que nunca fue óbice para que las personalidades de su tiempo le reconocieran al máximo y con afecto verdadero.
    Cánovas se aproximaba a los diversos asuntos y naturales disputas esgrimiendo diálogo, comprensión y acuerdo si lo presidía la mutua voluntad; y nunca pasó el recibo por previas actitudes generosas.
 
Durante la fundamentación del sistema ideado por Cánovas, la Restauración, también se asientan las bases para que las letras españolas alcancen una segunda edad de oro, "segundo siglo de oro" o "siglo de plata", compuesta por cuatro magníficas generaciones literarias: la propia de la Restauración, la del 98, la del 14 y la del 27. Gracias, en buena medida, a la vocación literaria y científica del que era académico e historiador, empeñado en abrir camino de unión a la política con la cultura y viceversa.

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La obra de Cánovas es grande y sólida, como perennes y enconados sus enemigos, que, por ende, lo son de España.
    El estadista ha cumplido con la palabra dada. En España impera una reconfortante sensación de tranquilidad en un presente próspero y una nación modernizada. No obstante, una amenaza destaca por encima de las otras: el temor cierto a perder las colonias, los últimos eslabones, que son orgullos, del vasto imperio.
    En la cima de su carrera otea el destino, que conduce al inefable ocaso. Una etapa final con las sacudidas de Cuba y Filipinas, con las reiteradas acusaciones de soberbia, con la fuerza desatada de unos enemigos que medran ante la debilidad y peso de las responsabilidades contraídas. Algunos, dentro y fuera, ven el momento de incrementar el acecho y restar méritos a la figura en declive. También los aliados aprovechan el hueco para situar ambiciones. Sólo hay que empujar, pues la espera puede prolongarse. Y para eso es preciso una actuación decidida y rápida.
    El asesinato anarquista, un magnicidio en toda regla, puso fin a la vida de Cánovas en 1897; y aún más: al proyecto regenerador y a muchas fundadas esperanzas en el futuro. Intereses ajenos a la patria, venidos del exterior, de ultramar y vecinos de frontera, instrumento de poderes internacionales, arrasaron al hombre y al cabo su obra; tan molesta para esos a los que sobran las palabras y faltan los gestos de servicio y convivencia.
    Con la violenta pérdida de Cánovas, el pueblo español mayoritariamente queda consternado. Las muestras de duelo se suceden, así como las manifestaciones de admiración y respeto, loas, elogios, lamentos y panegíricos, que sintetiza un periódico con el siguiente texto: "Creemos que ni de Napoleón I se escribió tanto y tan encomiástico como se ha dicho y se ha escrito del señor Cánovas del Castillo".
    El escritor y político Fernando Soldevilla, en su obra El año político resume en una frase las condolencias presentes y las anteriores inquinas: "Todos los periódicos de todos los matices dedicaron a su memoria sendos artículos, tanto más encomiásticos cuanto más duramente le habían combatido. Periódicos hubo que pocos días antes habían dicho que Cánovas era la ruina de España y de la Monarquía, y en el artículo necrológico le pintaban como el único hombre de España y de los más admirables de Europa".  

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Antonio Cánovas del Castillo, Presidente del Consejo, vuelca su talento para recomponer la maltrecha España. Esfuerzo que le es pronto reconocido por las mentes más lúcidas de la época y los políticos de mayor prestigio.
    Dice Emilio Castelar: "Me encuentro en una situación verdaderamente extraordinaria, nacida, señores, de invencibles afectos de mi corazón. Me hallo frente a un Presidente del Consejo de Ministros contra el cual siento una enemistad política irreconciliable, y al que profeso una admiración literaria y científica inextinguible".
    Le escribe Emilio Castelar en 1882: "Somos testimonio vivo de cómo pueden sobreponerse los corazones a todos los disentimientos, y amarse con mutuo fraternal cariño los destinados quizá por la providencia en sus designios a representar tendencias diversas dentro del mismo amor a la patria y bajo los mismos sentimientos de alta moralidad política y completo desinterés personal. Nuestra oposición política en nada mengua nuestro mutuo afecto. Y tú sabes que cada día crece la constante admiración y fervoroso cariño que por ti ha tenido en todo tiempo, desde su primera juventud, tu afectísimo..."
    Le escribe el general Manuel Pavía en 1880: "¿Es usted para mí únicamente el Presidente del Gobierno? Ya sabe usted que no. Por algo dedico el día, la tarde, la noche a excederme en mi deber en este cargo; por aumentar el cariño de don Antonio Cánovas del Castillo, para secundarle y para responderle instantánea y enérgicamente de los casos extraordinarios que sobrevengan".
    Mariano Roca de Togores y Carrasco, marqués de Molins, escribe a Cánovas en noviembre de 1877: ¡Feliz usted, amigo mío, que en medio de muchos e inmerecidos sinsabores del poder, tiene hoy y goza e consuelo de ver un Rey respetado, querido, simpático a su país y a la Europa, convencido de dos grandes verdades, a saber: que el decoro del hogar aumenta la solidez del trono; y que la estabilidad de los funcionarios fortifica el bienestar de los pueblos y la calma de los partidos, y el crédito de las instituciones!
 
El estudio biográfico que le dedica Ramón de Campoamor, cuya simpatía por Cánovas no era extraordinaria precisamente, ni a la recíproca, merece capítulo aparte.
Antonio Cánovas del Castillo, en breve semblanza, es un hombre de Estado, orador, filósofo, poeta, literato. Por la intención y extensión de sus facultades intelectuales se le conoce entre las gentes imparciales por "un monstruo de talento". Pero sus enemiguillos y sus amiguillos, unos por malevolencia y otros por familiaridad, todos truncamos la frase llamándole sólo: ¡El monstruo!
    Como estadista, digan lo que quieran sus émulos, todos esos favoritos de la fortuna, antiguos y modernos, cuyos nombres se suelen evocar para querer eclipsarle, comparados con él me parecen unos segundones que sólo han heredado algunas de las grandes cualidades de su ilustre primogénito.
    Orador: Su cualidad de orador es lo que le ha dado una reputación universal. Y aquí es ocasión de decir que no es su incomparable elocuencia lo que muchos pensadores admiran más en él, porque ya se sabe que el punto más alto para mirar las cosas es la posteridad, y que no son los mejores oradores los más dignos de ser aplaudidos, porque se puede ser un gran orador sin tener un gran talento.
    Filósofo: Como todos los hombres idealistas condenados a ser prácticos, en vez de explicar lo sensible por lo inteligible, tiene que sacar lo inteligible de lo sensible a imitación del Ángel de las Escuelas, y de este modo construye una teoría sobre cada hecho.
    Poeta: Con permiso de ciertos criticadores que no saben que se pueden sacar de las rimas del señor Cánovas más versos de poeta que de todas las sobras de muchos ingenios que ellos juzgan de primer orden, diré que el señor Cánovas del Castillo para lo que principalmente ha nacido es para ser un hijo predilecto de las Musas.
    Literato: Historiador clarividente, sabe bien todo lo que sabe, y adivina además por inspiración casi todo lo que ignora.

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El reconstructor Cánovas del Castillo fue, dentro de lo que permite la idiosincrasia española, un hombre respetado y poco discutido. Su inteligencia, su cultura, su autoridad, se impusieron a la envidia, el odio ideológico y la mediocridad. Del extranjero afloraron ilustres elogios que le compararon al líder del partido Liberal británico William Gladstone, al canciller fundador del Estado alemán Otto von Bismarck o al papa León XIII: "Aquel hombre, animador principal de la Restauración, árbitro de los destinos de España durante veinte años, orgulloso gobernante ante quien todos doblaron la rodilla, orador formidable que había alcanzado por justificados méritos el respeto de admiradores y adversarios".

Antonio Cánovas del Castillo. Obra de Ricardo de Madrazo y Garreta.

Imagen de www.congreso.es

Artículo basado en los estudios sobre la figura humana y política de Antonio Cánovas del Castillo realizados por Eduardo Comín Colomer, José Antonio Vaca de Osma, Carlos Seco Serrano y Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro.


Artículos complementarios

    Tres acciones directas

    Protestas contra el gobierno Sagasta en 1898

miércoles, 29 de marzo de 2017

Los caminos del viajero (10)

 

La ignorancia y la envidia hacen el resto.

 


Antes de amanecer las sensaciones se acumulan en un cuerpo cansado. El sueño es, quizá, la principal, seguida de la confusión: ¿Estoy? ¿Soy? ¿Hago? ¿Imagino? ¿Deseo? Hasta la última, a veces, expresión suspirada: ¡No puede ser verdad! Lo es, claro que lo es. Y, además, sólo un anticipo.
    Todo es susceptible de empeorar en la sociedad que impone el miedo, presidida por dos lugartenientes inefables, la ignorancia y la envidia, hijas del mismo padre, viejas como el mundo, nunca sabias pese a sus muchas correrías, siempre infames y malsanas la envidia y la ignorancia.
    "No son lo que dicen ser sino envidiosos."
    "Nada saben, menos conocen, pero aleccionan a diestro y siniestro como discípulos de la ignorancia."
    La voz recordaba a Felio lo que éste no olvida ni perdona. La preocupada voz insiste en la inconveniencia del olvido y el perdón sobre aquellas cuestiones que por su trascendencia y dimensión exceden del ámbito personal.
    "Ni olvido ni perdón."
    La caridad bien entendida empieza por uno mismo, y sigue hacia el resto de afectados, lejos o cerca, vivos o muertos, a los que compete lo dicho o lo hecho. Piensa Felio a hora temprana, con el estómago aún no determinado entre ingerir un desayuno frugal o uno copioso, entre beber líquido caliente, templado o frío, entre satisfacer la demanda de un espacio de tiempo o el requerimiento de una situación excepcional, piensa Felio que las víctimas siempre han de disponer del derecho a la réplica y una defensa activa, letrada, valiente y culta; porque las víctimas dependen de terceros para acceder al perdón o al olvido, y ya que ellas, es obvio, no pueden manifestarse a su debido tiempo y en su debida forma, quienes las representan por mandato legítimo o mandato legal están obligados a exigir en su nombre la restitución del daño causado, más una retractación efectiva y pronta, más la correspondiente pena legal y moral que, en definitiva, tienda con esa ganancia a equilibrar la pérdida.
    Aunque nunca la compensación, incluso la muy bien retribuida, repara el mal que la envidia, la ignorancia o la maldad sinonimias de la perversión ha producido en los ánimos libres de envidia, a salvo de ignorancia y exentos de maldad.
    Espíritus de luz que combaten las tinieblas, que su memoria nos ilumine.
    "Así sea".
    La voz también tiene hambre. También tiene sed la voz de la conciencia.
    "¿Eres consciente?"
    El apetito es una señal.
    Felio está despierto y en su peso, con la grasa justa, con el músculo suficiente. Con los sentidos alerta, con la percepción insomne.
    A su lado, en el lado del paisaje a oscuras, un hombre descansa su fatiga antes de reemprender el camino que penetra el paisaje de contornos difusos. Al otro lado, en el lado del paisaje con figuras conocidas en un teatro habitual, el desayuno es completo, abundante; no hay prisa. Es un momento feliz.
    "Pide."
    Un deseo.
    "Concedido."
    Una insinuación.
    "Ahora viaja por tu cuenta."
    El hombre agota su paciencia. Mientras Felio se sumía en reflexiones, él esperaba que tomara la decisión de seguirle. ¿No era esa la idea? Vamos, responde.
    Felio asiente. Da la espalda al momento feliz, nadie entonces le echará de menos, tendrá a su favor el margen del aseo, y enfrenta su mirada a los ojos del guía. Quiere saber si su composición es idéntica, similar o diferente a la suya. Para confiar en alguien hay que considerarlo igual que uno, tan humano como uno, tan necesitado y audaz como uno. Por eso Felio ha girado el cuerpo y mira a los ojos que le miran, a uno de los ojos con sus dos ojos, ni un milímetro arriba ni un milímetro abajo de la pupila elegida, sin hacer trampa, sosteniendo un duelo de humanas debilidades donde el parpadeo será la clave.
    El parpadeo caracteriza a los seres vivos, es un acto reflejo. Cualquiera de los elementos de la naturaleza, un gesto cualquiera en aproximación rauda, hasta un susto a distancia o el asalto de una premonición, provoca una defensa intuitiva que baja los párpados. Los dos párpados a la vez.
    El parpadeo es un signo fiable.
    La envidia y la ignorancia son signos definitivos.        

lunes, 27 de marzo de 2017

Id y asombrad al mundo, ¡oh, españoles!

 
En España alienta la exageración, mala costumbre que al igual que las crisis, de variada índole, no es espontánea sino dirigida y fomentada.
    Las frases y párrafos entrecomillados son traslación literal de las opiniones y estudios de José Antonio Vaca de Osma, pertinentes para el sentido de este artículo.
 
La época presente, que se vive sin recuerdo, por la que se transita a impulsos concertados, que es tan larga como corta, vierte ríos de tinta respecto a cuestiones semánticas, no siempre de ortodoxia semántica ni de concepto real ni de docta interpretación, que tienden a significar a conveniencia del patrocinador la validez o caducidad, léase olvido y supresión, de determinadas palabras.
    La valoración de tales palabras, entre las que destacan patria, patriotismo, nación e historia, es más que subjetiva, es ideológica y promulgada por aquellos que en alguna o gran medida han sido derrotados por los capítulos aún imborrables de la crónica común. Señala el embajador, académico, historiador y legislador José Antonio Vaca de Osma, inspirador de este artículo, que por no mencionar a España, a la nación, al Estado o al reino, siendo las tres cosas, se la califica apresurada e indiferente de país, conjunto de comunidades autónomas o ciudadanía, elevada a sustantiva y digna la definición. Palabras, sin embargo, imposibles de sustituir a "patria en cualquiera de sus acepciones", pero que lo hacen, no sólo en la calle, en los corrillos, tertulias y capillas, sino también en formularios oficiales de información, ingreso o examen.
    Si patriota es invariablemente la persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien, sin nación no hay patria; y viceversa.
 
Mucho antes de la concreción jurídica y política de los términos patria, patriotismo y nación, ya existían como sentimientos en las personas; en los individuos y en el grupo o sociedad de pertenencia. Y también antes de las configuraciones que ahora se establecen como propias de una nación-Estado: el territorio, la autoridad y la población, aun cuando la definición de las fronteras y los gobiernos carecieran de firme trazado y sólida estructura, trasladada a códigos y tratados, el patriotismo, en concreto el español, "enlazaba muy diversas expresiones del mismo, muchas de ellas egregias desde hace siglos, algunas de tiempos en que España no existía como nación-Estado, a pesar de haber sido la primera como tal en Europa".
    Los españoles patriotas son los que han manifestado de viva voz y por escrito "la parte positiva del pasado y del presente, con claridad, sin ceguera, con todo el escepticismo inteligente necesario, pero ofreciendo siempre la versión positiva o esperanzada; es decir, la versión creativa, y resaltando la impresión victoriosa y no la derrotista, lo que con fortuna se da con frecuencia en los grandes escritores al rememorar las grandezas de nuestro glorioso pasado".
 
El patriotismo se siente por completo en la ausencia. Sólo la lejanía, como juez y parte, sólo la distancia forzosa enmarca de puro sentimiento el concepto de patria.
"Hay que estar con la patria con razón o sin razón, decía Cánovas del Castillo; un patriotismo fuerte y activo, es el que pedía Ramón y Cajal; orientado hacia el porvenir, que sea práctico, demandaba Joaquín Costa. Escuela y despensa, con una alegre disposición capaz de imponerse al pesimismo y a la frustración, para vencer al uno y a la otra, y hacer participar a todos en el honor esforzado de los vencedores."
    El afán patriótico, manifestado en palabra y obra, queda vinculado, y no lo contrario, al honor y la fama de una persona o de una sociedad. "La elegancia moral del patriotismo radica en que esa victoria íntima, la del honor y la fama, sea consecuencia de la entrega al servicio de la patria. Sentimiento que de Rubén Darío a Juan Vázquez de Mella, por citar dos ejemplos, se concibe como una comunidad moral e histórica de la que somos una parte. Escribe Rubén Darío: Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña. Mis ilusiones, y mis deseos, y mis esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña.
"El patriotismo es un sentimiento continuo, como una glándula indispensable para la vida, que se exterioriza y se expresa en determinados momentos de exaltación; lo que no significa que sea en sí pacífico, tranquilo, adocenado, y que no tenga momentos de depresión, de frialdad, incluso decepcionados. Pero si es auténtico renacerá de toda crisis, a pesar de las adversidades y obstáculos."
 
El patriotismo es a un tiempo anterior y superior a la sociedad y a su configuración política que es el Estado; "a la vez colectivo en lo social e individual en lo político".

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 "Una de las definiciones que determinan la especificidad del ser humano es la de ser simbólico, afirma el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales". Su primer gran símbolo es el de la palabra, definida por la Real Academia Española como representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con ésta por una convención socialmente aceptada.
    El Centro de Estudios Políticos y Constitucionales añade: Este carácter social colectivo, capaz de dotar de una significación y unos valores a determinados aspectos de la realidad humana es básico para comprender la carga explicativa y emocional que tienen los símbolos".
    Desarrollados en un contexto histórico, de añadido cultural, constituyen una base firme para la convivencia; a modo de ilación entre ideas y personas. Lo simbólico tiene ocasión en un tiempo y un espacio acordes. Desde la Edad Moderna, en la civilización occidental, los símbolos son signos evidentes de origen de un grupo y de pertenencia al mismo.

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José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera, natural de Madrid, ha sido embajador de España y académico correspondiente de las Academias de la Historia y de Jurisprudencia y Legislación. Hombre erudito e inquieto, de carácter liberal y tradición conservadora, mediante sus obras nos ha legado un conocimiento veraz y riguroso de la Historia de España y por ende Universal.
    Ha sido distinguido con títulos y condecoraciones varias y de gran prestigio: Caballero de las Órdenes de Carlos III, de Isabel la Católica y de la Legión de Honor francesa; Comendador de la Orden de Alfonso X el Sabio, de Cisneros, de la Corona de Bélgica y del Mérito de la República Italiana; Gran Cruz dl Mérito Civil y Medalla de Oro de Ávila: miembro del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid y Caballero de la Orden de San Fernando; entre otras de larga enumeración.

José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera

Imagen de La esfera de los libros


Artículos complementarios

    Lo que el mundo debe a España

    La defensa de la Hispanidad

    El sentido de la Historia

    Una lengua universal

    Lo inferior como superior, lo regresivo como "progreso"

miércoles, 22 de marzo de 2017

Sin intermediarios


Pese a ser la línea recta la distancia más corta entre el punto emisor y el punto receptor, en ocasiones es aconsejable dar un rodeo, observar detenidamente el alrededor, pasear las inmediaciones y un tanto más allá del campo visual propio. Porque junto a o cerca de ese lugar que momentáneamente el cuerpo y no pocas veces la mente ocupa aparece un mundo nuevo, con sus aspectos positivos y negativos, un mundo que es vida, una vida que atrae, siquiera por la curiosidad que despierta, y repele, dado que lo incógnito no siempre recibe el beneplácito de la instructiva averiguación.
    Expuestas las ventajas del camino en torno, saludable por lo didáctico como ya se ha dicho, procede manifestar los inconvenientes. En realidad uno, sólo uno, que basta y sobra para tomar la decisión de enfilar el deseo por la vía franca en vez de andarse por las ramas, aunque exuberantes y floreadas ellas. De este modo, guiada la voluntad por una fuerza extraordinaria, también anhelante y subyugadora, de origen indescriptible, llega antes al juicio del invocado la petición así como la ofrenda, la pleitesía, el relato personal de los hechos y el reconocimiento a su figura suprema.

Gianlorenzo Bernini: El éxtasis de Santa Teresa (1647-52). Iglesia de Santa Maria della Vittoria, Roma.




Gianlorenzo Bernini: El éxtasis de la beata Ludovica Albertoni (1671-74). Iglesia de San Francesco a Ripa, Roma.

 
La posterior narración del suceso lo enmarca de prodigio, escrito o referido de viva voz con fe y arrobo: creo en Ti, por Ti soy capaz, a Ti me debo; y da pábulo a una interpretación artística de las que conmueven, de las que ensalzan la imagen grandiosa de quien alcanza lo sublime, la más alta aspiración que pensar cabe, desde la modestia, la sencillez y el fervor con su amor declarado.

lunes, 20 de marzo de 2017

Extender y consolidar los descubrimientos


Oficial de la Real Armada Española, nacido en Lima, capital del virreinato del Perú, en 1744, de padre vizcaíno perteneciente a la nobleza y de madre integrada en la aristocracia criolla, Juan Francisco de la Bodega y Quadra-Mollineda, fue un hombre ilustrado, intrépido navegante, militar y político que aglutinó en torno a sí importantes tareas avaladas por su capacidad, arrojo y diligencia en los ámbitos de la exploración náutica, cartografía, colonización, hidrografía, también reputado naturalista, botánico, astrónomo, escritor de sus experiencias y firme negociador en nombre de España. Personalidad versátil, además de eficiente, donde las hubo y haya, cumplió sin demora ni protesta vana con los encargos a él asignados, incluso excediendo en su cometido por el bien del proyecto o mandato.
    Llamado por la aventura marina y tras su paso académico por el colegio de San Martín, de la Universidad de San Marcos, en Lima, en 1762 ingresó en la Real Compañía de Guardiamarinas, en Cádiz; a los cinco años recibía el ascenso a alférez de fragata y en 1773 a alférez de navío. En 1784 alcanzó el empleo de capitán de navío.

Juan Francisco de la Bodega y Quadra Mollineda.
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El virreinato de Nueva España y el Pacífico Noroeste. Primera expedición
El brillante expediente de Juan Francisco de la Bodega y Quadra Mollineda sirvió de aval para que el virrey de Nueva España, Antonio María de Bucareli, requiriera su presencia en México. El poder colonial español en la costa californiana estaba amenazado por la cada vez mayor penetración de barcos rusos y británicos, principalmente, pues las naves norteamericanas no suponían aún desvelo para la autoridad española, en busca de rutas comerciales (el mítico paso al Noroeste para conectar por vía marítima las regiones septentrionales de los océanos Pacífico y Atlántico) y negocio de metales preciosos y pieles en la Alta California y Alaska.

Antonio María de Bucareli y Ursúa, virrey de Nueva España.

Antonio María de Bucareli y Ursúa

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El 16 de marzo de 1775 parte del apostadero de San Blas una expedición con rumbo Norte Noroeste, hacia la Alta California y territorios inexplorados siguiendo la estela y las posteriores noticias de Juan Pérez en sus exploraciones en las aguas de las actuales Canadá y Alaska, compuesta por la fragata Santiago (también denominada Nueva Galicia), al mando del teniente de navío Bruno de Heceta (Hezeta o Ezeta, según otras fuentes), a su vez jefe superior de la comisión; la goleta Sonora (o La Sonora y también Felicidad), mandada por el teniente de fragata Juan de Ayala, con el teniente de Fragata Juan Francisco de la Bodega y Quadra y como segundo Mourelle de la Rúa como piloto; y el paquebote San Carlos, comandado por del teniente de navío Miguel Manrique, a quien se le encomienda exclusivamente la tarea de abastecer a los presidios de Monterrey, San Diego, Loreto y otros menores.
El Departamento Marítimo de San Blas, en la provincia de Nayarit sita en la costa occidental de México frente a las islas Marías, fue idea y creación de José de Gálvez, Visitador general de la Corona española, con el apoyo del entonces virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, para sustituir al puerto de Acapulco como base de partida y llegada, además de mantenimiento, del Galeón de Manila y para colaborar en la defensa de los presidios del norte de California.
El presidio español era una construcción de tipo fortaleza usado para el acuartelamiento de tropas, defensa y vigilancia de fronteras, control y amparo de territorios y apoyo a las misiones establecidas o por establecer en una zona determinada.
    Las instrucciones de la expedición determinaban que el objetivo era alcanzar los 65º de latitud norte en una tarea de reconocimiento y afirmación de las costas de soberanía española.
 
Al poco de zarpar, tan sólo transcurridos tres días, hubo que desembarcar al capitán del paquebote San Carlos, Miguel Manrique, debido a una repentina enajenación mental. Por este imprevisto motivo, Juan de Ayala pasó a comandar el San Carlos y Juan Francisco de la Bodega y Quadra, con Francisco Mourelle de la Rúa como segundo, la goleta Sonora. El San Carlos puso proa al puerto de Monterrey
    Prosiguió la travesía y con ella las dificultades promovidas por la climatología, las enfermedades, en especial el escorbuto, la incomodidad y las aguas embravecidas.
    Navegaron mar adentro capeando los temporales y las averías, que se sumaban a los obstáculos, afectando en mayor medida a la fragata. La goleta evidenció escasas virtudes marineras en aguas como las de la Alta California, surcadas con propósito de audaz descubierta, pero sostenía el pulso y el ánimo de los embarcados. A los 60 días de duras condiciones, casi imposibilitados de navegar en conserva, Bruno de Heceta propone a la oficialidad el fin de la expedición según las instrucciones recibidas, la media vuelta y el atraque en Monterrey. No era una orden sino una cuestión a debatir; asunto que zanjan por escrito Bodega y Quadra y Mourelle anunciando por voluntad que siguen la ruta marcada.
 
La Santiago y la Sonora prosiguieron la aventura y los riesgos.
    El 9 de junio avistaron de nuevo tierra. Elegida la ensenada donde dar fondo, la latitud es de 41º y 7', al norte del cabo Mendocino, los capitanes bautizan el puerto con el espiritual nombre de Santísima Trinidad; topónimo aún en vigor. Allí hacen aguada, reponen la existencia de leña y otras, además de regalarse un merecido descanso. Pero breve. Diez días después retoman la navegación, y los temporales y las nieblas, hasta que a los 24 días de la partida se ven obligados a encontrar un resguardo para la nave y la tripulación.
    Avistan una tierra escarpada, de montes nevados, inadecuada para fondear con garantías. No obstante buscan y descubren el abrigo de una lengua de tierra en un lugar que llaman Rada de Bucareli en homenaje al virrey de Nueva España Antonio María de Bucareli y Ursúa. Su situación geográfica aproximada es de 47º, quizá algo más, de latitud, en la actual costa del Estado norteamericano de Washington, probablemente entre el hoy puerto Grenville y la bahía de Gray; territorio con indígenas hostiles y agresivos que causaron siete bajas en el contingente español.
    El 18 de julio, empeñados Bodega y Mourelle, siguieron aguas arriba con muy mal tiempo, fuertes vientos del NNO y chubascos continuos. La oscuridad de las noches es tan impenetrable que las naves han de disparar su artillería para no distanciarse demasiado. Insuficiente medida: el día 31 se pierden de vista los dos barcos y ya no volverán a encontrarse hasta el regreso de la goleta a Monterrey, puerto al que arrumbó la fragata al quedar en solitario sin esperanza de contacto con su compañera.
 
Juan Francisco de la Bodega y Quadra quería alcanzar al menos los 60 grados de latitud, o lo que es lo mismo, el paralelo 60. Y a fe que se dispuso a conseguirlo.
    La fragilidad del casco y lo reducido de sus dimensiones, unido a la escasez de víveres, no fueron óbice para que la Sonora, adecuadamente gobernada pese a las circunstancias desfavorables, continuara surcando mar y ganando latitud norte.
    El 16 de agosto avistan tierra. Frente a ellos se alza una montaña imponente, nevada, que Bodega y Quadra llama de San Jacinto (hoy Edgecumbe), por ser la festividad del día, señoreando la isla Kruzof en el Archipiélago Alexander, en Alaska; a una latitud de 57º 18'. La expedición había superado la del año anterior dirigida por Juan Pérez. Reconocieron la que llamaron ensenada del Susto (ensenada de Sitka, capital de la América de posesión rusa), lugar donde no encontraron comerciantes o militares rusos, fondearon en los puertos que denominaron Puerto de Guadalupe y Puerto de los Remedios (Sean Lion Bay, punto más alto alcanzado ese viaje y desde el que rolaron de vuelta hacia el Sur), y tomaron posesión de aquella tierra para España, izaron la bandera nacional y plantaron una gran cruz. Durante tres días permanecieron en aquel inhóspito lugar y recelosos autóctonos.
    Ese fue el punto culminante de la aventura expedicionaria. Carentes de ropa y comida, azotados por el viento y las enfermedades, resultó imposible ascender más. Enfiladas las aguas de Alaska, a una latitud de 57º 58', el 22 de agosto, cumplidos cinco meses de ardua navegación, la Sonora puso proa al origen.
    Navegan costeando con el objeto de completar la tarea cartográfica, de protegerse en alguna rada en caso de emergencia y de averiguar la certeza del estrecho de Juan de Fuca. Por estos motivos, el 24 de agosto, a los 55º 17' entran en una ensenada que denominan Puerto Bucareli (entre las islas Baker y Suémez, en el Archipiélago Príncipe de Gales, Alaska). Así la describe Bodega: "Es tan apreciable esta entrada por lo benigno del temperamento, por la quietud de la mar, por las aguas de riachuelos y aljibes que la naturaleza formó, y el buen fondo y peces que en ella hay".
    Siguen la exploración y descubren y dan nombre a la isla de San Carlos (Forrester island) y el cabo de San Agustín (en la isla Dall en el citado Archipiélago Alexander). Hasta que un nuevo brote de escorbuto determina poner fin y dirigirse a Monterrey.
 
Pero la peripecia de la Sonora iba a continuar debido al mal tiempo; y también sus éxitos. Otros temporales, encadenados ellos, hijos de la misma madre borrasca, mermó la de por sí frágil resistencia de la goleta y agotó la provisión de agua dulce. Por lo que, casi a tientas, el 11 de septiembre recalan en la isla de Lángara (Langara island), en el Archipiélago de la Reina Carlota, territorio canadiense, a una latitud de 53º 54'. Rumbo al Sur, a los 49º siluetean la actual isla de Vancouver, que muy pronto iba a ser bautizada como Bodega-Vancouver.
    Las fiebres hacen mella no sólo en la esforzada tripulación: Bodega y Mourelle las padecen. Falta menos, pero aún no llegan y el 3 de octubre confunden la bahía de Bodega, así posteriormente denominada y mantenido hasta la fecha el nombre, con la de San Francisco, unas millas más al sur. La enorme bahía que creyeron la de San Francisco, es un entrante marino rocoso y de poca profundidad al norte de California, entre la ciudad de Monterrey y el cabo Mendocino.

Bahía Bodega, al norte de la ciudad de San Francisco.
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Del lugar cuenta en sus Diarios de viaje Bodega y Quadra: "Los indios que habían [de las tribus pomo y miwok] eran innumerables y pasaban en canoas de tule desde una costa a otra para venirse a una loma cercana adonde estábamos fondeados y, después que se juntaron gran parte, comenzaron a gritar como dos horas sin cesar. Al cabo de ese tiempo vinieron dos al costado y con la mayor franqueza regalaron plumajes, collares de hueso, un cesto de semilla con el gusto de avellana y varias frioleras de esta especie; yo les recompensé su oferta con pañuelos, espejos y abalorios, y se fueron muy gustosos".
 
Por fin el 7 de octubre, ahítos de penalidades, fondearon en el puerto de Monterrey. Allí encontraron a los otros dos buques que componían la flotilla expedicionaria: la fragata Santiago y el paquebote San Carlos. Desembarcaron y pudieron reponerse del escorbuto. Transcurridas tres semanas de atenciones por parte de los franciscanos residentes en la zona, la goleta Sonora y su  tripulación superviviente arribaban a San Blas el 20 de noviembre.
    Escribe en su Diario Bodega y Quadra: "Es milagro no haber llegado todos enteramente baldados, así porque de continuo hemos venido casi anegados como por no tener el menor sitio para dar dos paseos, obligados a estar de pie, si podían sostenerse, o sentados, que era el descanso mayor que ha permitido".

Mapa de Alaska y las Islas Aleutianas.

La reseña de este periplo expedicionario, plagado de dificultades y pródigo en descubrimientos, se guarda en valiosos documentos en forma de diarios escritos por el propio Juan Francisco de la Bodega y Quadra, por su piloto Francisco Antonio Mourelle de la Rúa y por el teniente de navío Bruno de Heceta y Dudagoitia.
 
Segunda expedición
Los informes remitidos por el virrey Bucareli satisficieron a la Corona española. Con esta exploración, España había extendido sus dominios en más de 500 leguas en el Pacífico Noroeste. Este contento repercutió en Juan Francisco de la Bodega y Quadra, sobre el a partir de la feliz descubierta se sucedieron los honores, los ascensos y la responsabilidad de nuevas misiones.
    Aunque no sólo de intenciones se nutre un proyecto. Era preciso dotar a la flota expedicionaria con mejores naves e imprescindible embarcar a gentes de ciencia para el correcto trazado de las cartas náuticas y las descripciones geográficas; además de incorporar una tropa aguerrida que tomara posesión de las nuevas tierras a la par que contenían cualquier pretensión extranjera en oposición a la española llegado el caso. El virrey Bucareli inició las gestiones pertinentes para el buen fin de la expedición en 1776, pero hasta 1779 no fructificaron; una demora excesiva.
 
Esta segunda expedición también tenía por objetivo alcanzar el paralelo 70 (los 70º de latitud norte). Los barcos elegidos son dos fragatas: Princesa y Favorita (Nuestra Señora de los Remedios fue su primer nombre), mandada la primera por Ignacio de Arteaga, asimismo en calidad de jefe de la expedición, y por Juan Francisco de la Bodega y Quadra la segunda, con el importante encargo añadido de preparar la derrota a seguir y precisar los trabajos cartográficos y científicos. Francisco Antonio Mourelle de la Rúa repite como piloto en el barco de Bodega.
 
Desde el apostadero de San Blas, el 11 de febrero de 1779, da inicio la expedición con 195 hombres a bordo de las dos fragatas. Con tiempo adverso nada más empezar.
    Hubieron de completar una amplia vuelta por el océano Pacífico hasta que el 3 de mayo, casi pasados tres meses de la partida, la expedición arriba al Puerto de y entrada de Bucareli (esta entrada también se denomina Puerto de Santa Cruz), aproximadamente a 55º de latitud norte. Exploran detenidamente la zona durante casi dos meses, lo que permite un atinado levantamiento cartográfico. La comisión a cargo de esta tarea científica registró gran número de lugares y accidentes geográficos, bautizados todos ellos; conservándose en la actualidad algunos, tales como cabo San Agustín, cabo San Bartolomé, islas de San Juan Bautista, de Heceta, de San Fernando y de Mourelle (también hay rotulada con este nombre en una carta de fines del siglo XVIII una isla en las proximidades de la península de Kenai, en Alaska), bahía de San Alberto o golfo de Esquivel.
 
La minuciosa labor, vinculada a la climatología, mantuvo en aquellas aguas a las fragatas y sus dotaciones hasta el primero de julio, fecha en la que aproaron hacia el Noroeste. A las dos semanas, el día 16, arribaron a la costa meridional de Alaska, a los 59º de latitud, navegando el estrecho del Príncipe Guillermo (Prince William Sound), a poniente del monte San Elías y la isla Kayak que llamaron Nuestra Señora del Carmen; con luz solar las veinticuatro horas
    A continuación la flotilla de nuevo cumplió minuciosamente las tareas de reseña náutica y cartográfica, además de consignar la fisonomía, carácter y modo de vida de los lugareños, "Gentes robustas, gruesos y altos a proporción, de color trigueño claro y de mucha industria", anota Bodega y Quadra. Luego alcanzaron la península Kenai, bautizada como Nuestra Señora de Regla, y tomaron posesión de una bahía situada en el extremo meridional.
    El 22 de julio acabaron de reconocer por mar la isla Magdalena (Hinchinbrook), y al día siguiente penetraron en una ensenada más a poniente que bautizaron Puerto de Santiago (Port Etches); aquí procedieron formalmente a la toma de posesión. Era el alcance máximo de la campaña, 60º 13' de latitud norte. Ocasión para retomar el contacto y comercio con los naturales de la zona.

Mapa de Alaska y la isla Kayak.
Imagen de www.vacationstogo.com

Había transcurrido medio año de navegación desde la partida y conseguido el objetivo.
    El tiempo atmosférico y los contagios, frecuentes y precipitados en un espacio reducido y ya insalubre, seguían castigando a los intrépidos marinos. Pero querían más.
    El 28 de julio se hicieron a la mar, o más bien se adentraron en nieblas, chaparrones constantes y vientos huracanados, obligándoles a mantener la capa hasta el 31, día en el que costearon la isla de Quirós (Montague). Al amanecer del siguiente avistaron una isla que bautizaron de Regla, en la ribera sudoriental de la península de Kenai, y un abrigo natural, que aunque no óptimo sí suficiente para el caso, que llamaron Ensenada de Nuestra Señora de Regla.
    Desde tal mirador contemplaron un volcán de impresionante penacho, que denominaron Miranda o volcán de Quirós (Iliamna), accidente destacado en el istmo de la península de Alaska. Otro hito; y con él una renovada dosis de escorbuto y una inasequible secuencia de borrascas, forzaron el retorno.
    No hubo ocasión de contacto entonces con alguno de los establecimientos rusos, que por las noticias obtenidas se inferían muy escasos. Sería en el verano de 1788, cuando la expedición comandada por Esteban José Martínez a bordo de la fragata Princesa, entablara relación con los traficantes de pieles siberianos apostados en la isla Trinidad, individuos toscos y mal encarados que violentamente exigían tributos a los esquimales.
 
Zarparon con rumbo a San Blas el 7 de agosto. Navegaron a la vista de la isla Kayak y del Puerto de Bucareli sin incidentes notables; hasta que el 3 de septiembre una espesa niebla separó a los dos barcos doce días, volviendo a coincidir las fragatas en el puerto de San Francisco. Fondearon unas semanas para reponer la quebrantada salud de la mayoría y dar traza definitiva a todas las cartas, planos y apuntes realizados durante la expedición.
    El 30 de octubre abandonaban San Francisco y el 17 de noviembre atracaban en el apostadero de San Blas.
 
La memoria de las dos expediciones queda recopilada en los Diarios de viaje, escritos por Juan Francisco de la Bodega y Quadra, obra conservada en el Museo Naval de Madrid con el siguiente título:
Comento de las Navegaciones y Descubrimientos hechos en dos viajes de orden de S.M. en la costa septentrional de California, desde la latitud de 21º 30' en que se halla el Departamento de San Blas, por don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, de la Orden de Santiago, y Capitán de Navío de la Real Armada
 
Mapa de las dos expediciones de Juan Francisco de la Bodega y Quadra.

Destinos posteriores
En 1780, en alza la fama de Bodega, se le confirió el mando del Departamento de San Blas, incluida la base naval. En el puerto o apostadero de San Blas también se construían barcos, cubriendo funciones de astillero un astillero, y a él arribaba el Galeón de Manila, trasporte periódico de ricas cargas asiáticas que una vez desembarcadas eran trasportadas por vía terrestre hasta la ciudad y puerto de Veracruz, en la costa atlántica de Nueva España, para de inmediato seguir ruta hacia España.
    Aquel cargo, tan de responsabilidad como honorífico, mermó la salud de Bodega y Quadra; el pésimo clima de San Blas tuvo la culpa. El lugar era adecuado para los cometidos náuticos, pero enemigo de las personas por su patente insalubridad.
    Le convenía un cambio de aires y por ello, y por una elemental deferencia, fue trasladado a Perú; y luego a La Habana, en la isla de Cuba, y después a la Metrópoli. Cuatro años en total, de guarnición y tedio, aunque también de estudio y aprendizaje práctico en otras materias. Pasado este tiempo, solicitó encarecidamente su vuelta a la navegación. Expresado con argumentación objetiva: "Se tratase de emprender un viaje al Mar del Sur por el cabo de Hornos o estrecho de Magallanes, tan útil como digno de eterna memoria, pues al mismo tiempo que se nos facilitaba el conocimiento de este paso, no sólo se lograría reconocer si las islas Galápagos y la de Cocos, situadas en el mar Pacífico, próximas a la línea equinoccial, ofrecen algún abrigo y comodidad de agua y leña; más también, extender el descubrimiento a la costa septentrional de California o Nueva Albión".
 
San Blas se dibujó nítido en su nuevo horizonte el 24 de marzo de 1789. El Departamento recobraba para él la responsabilidad del mando y la función de punto de partida y punto de llegada de las navegaciones por el Pacífico Noroeste para ampliar los dominios de España y conocer de primera mano las posibilidades de toda índole. Organizó unidades de milicias y contribuyó a la mejora urbanística y sanitaria del apostadero, con los beneficios para el personal allí destacado que eso supuso.
    Por esas fechas, Alejandro Malaspina ultimaba en Cádiz una expedición a esos confines que él ya había surcado y en buena medida revelado al mundo.
 
Bodega y Quadra regresó al Noroeste en 1792, coincidiendo con varias expediciones marítimas a la zona, tanto españolas: Alcalá Galiano, Cayetano Valdés y Jacinto Caamaño, como extranjeras, pero no al mando de expediciones hidrográficas e las que tanto había sobresalido.
    Fue comisionado por la Corona para fijar con el inglés George Vancouver las fronteras de ambas naciones en el noroeste del Nuevo Mundo.
 
El Tratado de Madrid. El Tratado de El Escorial. La comisión de límites
Los territorios y las aguas del Pacífico Noroeste eran codiciados por las potencias de la época. A un lado los rusos, trajinando a lo suyo sin inmiscuirse ni permitir intromisiones, españoles y británicos, y en menor medida franceses y norteamericanos, pugnaban por ser reconocidos como legítimos titulares de las posesiones en litigio.
    La política es mano diplomática y mano militar; con una se negocia y firma, a la par que la otra impulsa, condiciona y sostiene.
    Las coronas española y británica tomaron asiento para alcanzar acuerdos en torno a la disputada soberanía, cada cual con sus argumentos y poderes esgrimidos de la manera más convincente; los británicos sentían la herida de la valiente y disciplinada actuación de Esteban José Martínez, durante el incidente de Nutka (o crisis de Nutka). Por parte española el negociador fue el I conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, mientras los británicos delegaron en Alleyne Fitzherbert, I barón de St. Helens.
    El principio de acuerdo se logró el 24 de julio de 1790. La firma tuvo lugar en Madrid y de ahí el nombre del tratado; breve, porque en realidad ninguna de las partes, en especial el rey de España Carlos IV, lo aceptó de pleno.
    Reanudadas las comisiones bipartitas de trabajo, el 28 de octubre de 1790 los mismos protagonistas firmaron en El Escorial el nuevo Convenio; el que evitaba una intervención armada para la que los españoles se habían preparado con 54 buques de guerra. Este acuerdo, denominado Tratado de El Escorial (cuyos puntos se explicitan en un artículo complementario), deliberadamente ambiguo, pretendía determinar los límites de las respectivas posesiones en el Pacífico Noroccidental. Españoles y británicos compartirían la soberanía de la isla de Bodega-Vancouver (así denominada a posteriori), con su principal puerto, Nutka (o Nootka), a la par que España no ascendería del paralelo 48º Norte en sus pretensiones expansivas y Gran Bretaña no provocaría incidentes de soberanía en territorios de la Corona española hasta esa latitud.
 
En 1792 procede una revisión sobre el terreno del acuerdo. Corresponde a una comisión de expertos la que fijará definitivamente los límites de la zona de posesión e influencia para cada una de las naciones, tal es la pretensión.
    En Juan Francisco de la Bodega y Quadra, comandante en jefe del Departamento Marítimo de San Blas, recae el mando de la Expedición de Límites; una flota de guerra y de ciencia (con el botánico naturalista José Moziño como estudioso destacado), compuesta por las fragatas Santa Gertrudis, Nuestra Señora de Aránzazu y Princesa, la corbeta Concepción, ya situada en Nutka desde abril de ese año, y las goletas Activa y Saturnina. Además, la posición de Nutka, ensenada, puerto y establecimiento terrestre, ha sido fortificada y artillada en previsión de cualquier eventualidad. Patrullan alrededor las goletas Sutil y Mexicana, al mando de los capitanes Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés, respectivamente, en misión de descubierta científica y apoyo militar si procede.
    El episodio de la Expedición de Límites, junto a otros relacionados por corresponder en tiempo y lugar, se halla documentado por el historiador Francisco Fuster Ruiz en su obra El final del descubrimiento de América
 
En Nutka, Juan Francisco de la Bodega y Quadra se reunió con el enviado británico, el marino George Vancouver. A pesar de las órdenes explícitas que le fueron dadas "dejar y entregar a los ingleses todo lo que de alguna manera verifiquen tocantes en los puertos y costas de Nutka", el comandante en jefe del Departamento de San Blas no pensaba entregar aquel territorio que consideraba español. Astuto y avisado, aprovechó la indefinición de alguna de las cláusulas (ya se dijo que deliberadamente ambiguas en su redacción), como la que trataba del límite de las posesiones españolas y la fijación de los territorios adquiridos por el explorador militar inglés John Meares antes de 1789, para provocar una larga, cordial y estéril negociación con su rival Vancouver. En palabras del comisionado español: "No considero a la Inglaterra con derecho a reclamar la propiedad del puerto de Nutka, ni a la España en la obligación de hacer esta cesión, ni resarcir el menor daño, pues aunque Cook [James Cook] lo visitó el año de 1778 y después lo han visitado distintos viajeros, Pérez [Juan Pérez] lo descubrió el de 74 [1774] y Martínez [Esteban José Martínez] se estableció el de 89 [1789] con gusto de sus naturales, sin oposición ni violencia, como consta de los adjuntos documentos [que portada Bodega y Quadra para mostrar y demostrar]; en ellos se comprueba que a su arribó no encontró edificio alguno, que Meares [John Meares] sólo tuvo una pequeña barraca que ya no existía, ni se hallaba en el paraje cultivado, que la Efigenia [paquebote Iphigenia Nubiana, perteneciente a una compañía inglesa pero navegando con pabellón portugués] pertenecía a los portugueses, que Colnett [capitán James Colnett] dio sobrado motivo a que se le arrestase y, en fin, que Macuina [jefe tribal], jefe de aquella ranchería [los habitantes de Nutka y de la isla Bodega-Vancouver], confiesa la cesión que a nosotros ha hecho y niega la compra que supone Meares".
    Como era de suponer, Goerge Vancouver rechazó los argumentos del español, no obstante de absoluto peso y prueba fehaciente, aunque en todo momento manteniendo un tono cortés que fue confirmado con el paso de las conversaciones, hasta el punto de trabar ambos una sincera amistad, basada en la mutua admiración. Y aunque no hubo manera de alcanzar un acuerdo en común, cosa previsible dado lo que estaba en juego, antes de la despedida, en diciembre de 1792, los dos decidieron bautizar aquel territorio con los respectivos apellidos: "La gran isla de Bodega y Quadra y Vancouver". Hace tiempo que la primera parte del nombre quedó olvidada por desaparición voluntaria y activa de una de las partes y por omisión patológica de la otra. Valgan estas líneas, pues, para recordar la historia que en realidad fue.
    La descripción que Bodega y Quadra ha dejado escrita para los anales de la historia, con proféticas y sentidas palabras es la siguiente: "El puerto de Nutka es el de mejores proporciones que se encuentra en toda la costa; en él se inverna sin recelo, se entra y sale con prontitud a cualquier hora, sus habitantes son dóciles, el clima sano, no le falta terreno para siembras ni maderas de construcción; en sus inmediaciones abunda la peletería y, en una palabra, a pesar de los informes que tenía y el juicio que me debió, veo hoy que es el único, sin reserva nuestros presidios, en que se puede formar un establecimiento ventajoso y útil al comercio".

Placa conmemorativa de la reunión entre los capitanes Bodega y Quadra y Vancouver en Nutka.
Imagen de www.viajarvancouver.com

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La aventura de su vida le cobró un tributo natural. El mar, en sí un mundo y una pasión, las vicisitudes de una prolífica carrera pletórica de valor y servicios, las contingencias de la aventura expedicionaria militar y científica, decidieron los últimos dos años del ilustre marino Juan Francisco de la Bodega y Quadra Mollineda, compañero de fatigas y méritos de otros ilustres marinos de la época, españoles de pro.
    El 26 de marzo de 1794, aquejado de una grave enfermedad que le infligía un terrible dolor, falleció a los cincuenta años de edad. Fue enterrado el día 29 en el convento de San Fernando, en México.

Monumento a Juan Francisco de la Bodega y Quadra en Vancouver.

Monumento a Juan Francisco de la Bodega y Quadra en Vancouver.

Imagen de www.waymarking.com



Artículos complementarios

    Proclama y bandera española en Alaska

    Descubiertas en la costa de la Alta California

    Fuerte de San Miguel de la Isla de los Cedros

      

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    Los trece de la fama

    El primer Mapamundi del que se tiene noticia

 

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    El descubrimiento de las fuentes del Nilo Azul

viernes, 17 de marzo de 2017

Piezas sueltas


Sinopsis de la obra.





Conjunto de relatos de amplio espectro, diversos en contenido, protagonistas y extensión. Muestrario de obras y deseos, satisfechos en todo o en parte, que trazan la divisoria entre el propósito y su realidad.
    A lo largo de la vida, siempre y cuando esa vida recoja experiencias, iniciativas y ambición de cubrir distancias, surgen numerosos interrogantes y no menos alternativas en el momento de tomar decisiones. También, por el mero hecho de vivir, ante quien da un paso porque aspira a llegar lejos se abre un abanico de posibilidades, coincidentes unas, antagónicas u opuestas otras, ahormadas a un eclecticismo de conveniencia el resto. Del autor de su obra depende la elección.
    De alguna manera, siendo generosa la interpretación, hasta un suspiro es un viaje; y en cierto modo, animados los sentidos al tránsito hacia horizontes ignotos, también es aire la aventura de ida y vuelta.
    Dieciséis piezas sueltas hablan de la vida propia, y de la muerte ajena; de unas vidas y de unas muertes en justa correspondencia. Pero como no es todo lo que parece, tampoco hay que obsesionarse con el resultado.
    El intento merece la pena. El paso dado es fuente de vida.
    Después del primero quedan los demás retos.

Miguel Ángel Olmedo Fornas: Piezas sueltas.

Miguel Ángel Olmedo Fornas: Piezas sueltas (2009).


Portada, datos editoriales y contraportada en el apartado El autor y su obra.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Eso de la libertad

 
El enemigo es la libertad
Los violentos sucesos de 1909, con focos en la guerra de Marruecos y en el obrerismo anarquista barcelonés, alteran sustancialmente la política española; en un primer estadio imposibilitan las reformas planteadas por Antonio Maura y provocan su defenestración. Desde entonces y prácticamente hasta 1921, el reinado de Alfonso XIII no logra tomar las riendas de la vida nacional; uno tras otros se suceden los episodios de enfrentamiento y desestabilización: en 1912 el asesinato del presidente del Gobierno José Canalejas precariza por la fuerza el régimen de la Restauración (que finalizaría de facto en 1923); en 1917 los vientos revolucionarios que barrerán el oriente europeo un año después provocan un estallido político, social y militar, con reivindicaciones encontradas y manifestaciones muy beligerantes; entre 1918 y 1921, el final de la Gran Guerra y el retorno a las situaciones precedentes, desencadenan ofensivas de toma de posiciones, lucha de clases promovida y el asesinato de otro presidente de Gobierno, Eduardo Dato.
    Caos y desconcierto se pasean por las calles de las principales ciudades españolas para enseñorearse de la mayoría de las voluntades, las proclives a la anarquía y la confrontación para ganar espacio y las contrarias para mantener la legalidad vigente.
 
Un débil gobierno de coalición liberal-conservadora, presidido por Manuel Allendesalazar el primer gobierno que preside, entre el 12 de diciembre de 1919 y el 5 de mayo de 1920 discute en las postrimerías de 1919 cómo mejorar la situación española en general y cómo aplacar los ánimos levantiscos, con más vacilaciones que determinación, mientras la importante sindical anarquista Confederación Nacional del Trabajo, CNT, convoca su segundo congreso nacional en el teatro de la Comedia de Madrid. Los cuadros dirigentes de los anarquistas sindicados piden la vuelta a la acción directa tras, a su juicio, la inoperancia del diálogo social; con esta proclama de lucha abierta la dirección del sindicato pretende disimular el fracaso de las propuestas de sus líderes moderados en el seno de la organización, ya muy radicalizada. Es un congreso altivo, exaltado, incendiario en el que durante las dos jornadas de duración los reunidos en la Comedia desafían a la Unión General de Trabajadores, el sindicato socialista UGT, de fuerte implantación ene l obrerismo madrileño, vinculado inextricablemente al PSOE. Declaran la CNT que si la UGT no se deja absorber por la inercia del sindicato único será formalmente considerada como "amarilla", es decir, vendida a los patronos. De ese color desacreditado y peyorativo eran para los anarquistas de la CNT los sindicatos católicos industriales que en ese 1919 se habían integrado en una confederación nacional paralela, aunque menos poderosa que la de los sindicatos católicos agrarios.
    El poderío que mostraba la CNT no ocultaba, sin embargo, una naciente escisión originada en Cataluña por los denominados sindicatos libres, dirigidos por Ramón Sales Amenós, integrados por numerosos trabajadores asalariados de procedencia carlista y patrocinados por el gobernador militar de Barcelona, general Severiano Martínez Anido, el gobernador civil de la ciudad condal, Francisco Maestre, conde de Salvatierra de Álava y el jefe superior de Policía de la misma, Miguel Arlegui, mermaban la aparente y aireada unidad. Con este asunto pendiente pero marginado, el congreso sindicalista del teatro de la Comedia acuerda adherirse, provisionalmente, a la III Internacional comunista de Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin; la decisión final será tomada en base al informe que sobre ella emita Ángel Pestaña, enviado a Rusia para entrevistarse con el dictador bolchevique.
 
El distante pero muy promocionado escenario soviético, del que sólo llegan noticias laudatorias, atrae como un imán a los movimientos revolucionarios españoles de todos los signos, aunque pronto y por la vía de los hechos comenzarán los desengaños.
    La CNT quiere a toda costa el control de la masa sindicalista, y para ello diversifica su actuación y presencia sociales. En 1920 estos núcleos autónomos pero con dirección única y férrea, promueven el terrorismo, la agitación callejera, a cargo principalmente de Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso, Juan García Oliver y Rafael Torres Escartín; y un sindicalismo de corte anarquista, con nombres como: Salvador Seguí (alias el noi del sucre), Juan Peiró, Salvador Quemades y Evelio Boal. Muy próximos a ellos pero con menor radicalidad se situaron los "centristas" como Ángel Pestaña y Manuel Buenacasa. Y adyacentes a los anteriores aparecen los tendentes al comunismo Joaquín Maurín, Andrés Nin e Hilario Arlandis, que fuerzan la adhesión provisional de la CNT a la III Internacional.
    Cuando Ángel Pestaña llega a Moscú para iniciar in situ su informe observa flagrantes contradicciones entre los manifiestos repetidos hasta la saciedad y la práctica cotidiana, básicamente en la dirección jerarquizada del movimiento bolchevique que ostenta y derrocha mintiendo y anulando los principios revolucionarios, que recrimina en persona a Lenin. Andrés Nin, de la corriente integradora con los bolcheviques, pasará por alto los engaños y se convertirá en portavoz de los comunistas en el seno de la CNT. Tras su complicado regreso, enfilado por los comunistas soviéticos y su correa de transmisión española, Ángel Pestaña convence a sus correligionarios y por tanto la CNT repudia la III Internacional, con lo que se mantiene en la misma línea antimarxista que sus lejanos antecesores, los internacionalistas españoles de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional, cuyo nombre histórico fue Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en 1864 por Karl Marx, Friedrich Engels y Mijaíl Bakunin) en el siglo XIX.
    Este 1920 se restablece entre la CNT y la UGT la concordia de 1917, rota en el agresivo congreso sindicalista del teatro de la Comedia. Los dirigentes socialistas seguían respecto a la III Internacional comunista un camino paralelo al de sus aliados sindicalistas. En un congreso a fines de 1919, los socialistas Habían rechazado la adhesión a la III Internacional; en junio de 1920 celebraron un nuevo congreso para tratar el mismo tema, acordando una adhesión condicionada al informe del profesor Fernando de los Ríos en su visita a Lenin.
    Viaja a Rusia De los Ríos y ante sus objeciones sobre las dificultades que el marxismo-leninismo oponía al desarrollo democrático de la libertad, Lenin le contestó con una respuesta famosa a modo de pregunta: "¿Libertad, para qué?", que explica más y mejor sobre las intenciones de la III Internacional comunista que cualquier enciclopedia al dictado de sus patrocinadores. Analizado el informe, el partido socialista y su sindicato UGT desecharon integrarse en la órbita comunista.
    Sin embargo, el doble y enérgico rechazo al marxismo leninismo por parte de los dos grandes movimientos revolucionarios españoles precipitó escisiones minoritarias en número y calidad en los respectivos senos que dieron origen al partido comunista de España; el objetivo por acción u omisión de Lenin y su III Internacional. Y aún más: del mayoritario rechazo sindicalista surge un partido comunista regional, la Federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín y Andrés Nin, que expulsada por contravenir la ortodoxia comunista se convertirá en el partido trotskista español, cuyo nombre oficial será BOC (Bloque Obrero y campesino), que unido a la izquierda comunista formará en 1936 el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), con minoritaria pero considerable base de masas procedente de una parte de la CNT de Cataluña.
    El rechazo de la dirección socialista en 1919 forzará la constitución del Partido Comunista Obrero, con algunos veteranos del PSOE como Daniel Anguiano al frente. En abril de 1920 un emisario soviético, Mikhail Borodin, encarga al mejicano Manuel Ramírez la fundación de un nuevo grupo en el mosaico revolucionario español, el Partido Comunista de España, aparentemente dirigido, o mandado por delegación expresa, por Ramón Merino Gracia. Moscú ordena rápido la fusión de los dos grupos, y el PCO domina entonces al PCE hasta que se produce una nueva escisión en el socialismo (PSOE) cuando éste rechaza definitivamente en 1921, por nueve mil votos contra seis mil, la adhesión a la III Internacional. Ocasión aprovechada por un grupo sedicioso de las juventudes socialistas, dirigido por el capitán Óscar Pérez Solís, para ingresar en el partido comunista unificado (PCE) logrando su control y dividiendo al PSOE.
 
El tránsito entre la II y la III Internacional
La II Internacional, creación de Engels, entró en crisis al finalizar la Gran Guerra (I Guerra Mundial). Debido a su fracaso por impedir el conflicto bélico, la II Internacional se limitaba a vivir de pretéritas intenciones y símbolos, mientras que en Europa los partidos a ella integrados derivaban hacia la colaboración con los grupos burgueses en una naciente socialdemocracia, doctrina política bien acogida por ambas partes, pues sustituía la revolución por la evolución y el reformismo. Con la excepción española del PSOE, dividido por sus luchas intestinas, por características ambiciones de poder y la innata tendencia a destruir al oponente antes que convencerlo, formación política que mayoritariamente adoptó la consigna revolucionaria. El socialismo en América del Norte y Europa se configuraba cada vez más como un humanismo refractario al marxismo, al tiempo que en España el socialismo del PSOE se reafirmaba en la ortodoxia marxista y respiraba de los aires revolucionarios de la Unión Soviética.
 
Los bolcheviques rusos en 1917 convalidaron la guerra mundial en guerra civil, tomaron el poder a sangre y fuego y prolongaron la lucha interior durante cuatro años con un balance de daños personales y materiales muy superior al ocasionado por la Gran Guerra. Las víctimas civiles causadas por el hambre y el terror, especialmente el de la Cheká (Checa) bolchevique, imposibles de calcular fidedignamente, pudieron ascender a quince millones, cifra rebasada por la adición del millón y medio de soldados caídos en combate.
    El panorama era desolador en todos los aspectos, pero se ciñó la evaluación de pérdidas al ámbito económico. Con la economía hundida, los marxistas bolcheviques renunciaron a su comunismo de guerra y permitieron, siquiera tímidamente, vigilada, la iniciativa privada, denominada Nueva Política Económica, que alivió el desastre. Pero como esta política económica de iniciativa privada en los años veinte, un tanto liberal, obviamente era peligrosa para el régimen soviético, Stalin (Iósif Vissariónovich Stalin) la abolió en 1928 y sustituyó por una economía planificada, centralizada, ahormada a unos planes quinquenales que iniciando un período de rápida industrialización forzosa y de colectivización económica en el campo, causaría un espeluznante deterioro medioambiental (no revelado al mundo hasta pasadas varias décadas),  nuevas y enormes hambrunas y más terror con hasta siete millones de muertos en Ucrania (el holodomor o genocidio ucraniano) y otros tantos en la suma de diversas regiones.
 
A Lenin le falló Alemania. Confiaba en el que la potencia germana y sus zonas de influencia abonaran el experimento comunista. Al no ser así, Lenin optó por enrocarse en un régimen y un territorio, inmenso, y estimular los movimientos revolucionarios por doquier; siendo España, por motivos sociales y geográficos, uno de las preferencias; que reiteró Stalin años después con la implantación de los Frentes Populares.
    Con el objeto de expandir el comunismo y consolidarlo al cabo como fuerza hegemónica en todos los órdenes, Lenin creó en 1919 la III Internacional o Comintern (Internacional comunista) que debía desbancar a la II Internacional, calificada de traidora al proletariado. Era la coordinada puesta en marcha de las revoluciones.
 
III Internacional
Comintern (o Komintern) es el nombre que recibe la III Internacional (o Internacional Comunista), fundada por Lenin el 4 de marzo de 1919 en Moscú, con el objetivo de extender la revolución bolchevique por el mundo. La III Internacional se opuso al socialismo reformista, evolución de la II Internacional,  y fue plenamente controlada por la autoridad comunista de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). En 1943 fue disuelta por Stalin para mejorar las relaciones con sus aliados occidentales durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.
 
La III Internacional tenía como principales objetivos la constitución de una unión mundial de partidos comunistas y convertirse en el órgano director de la revolución comunista. En Moscú, la capital del ansiado imperio soviético, se dieron cita delegaciones de treinta y siete países.
    Organizada a imagen y semejanza del Partido Comunista soviético, en seguida se convirtió en el instrumento de aplicación de las consignas del gobierno de Moscú en todo el mundo.
 
En el congreso de la Comintern celebrado el año 1921, se aprobó la búsqueda de la unidad con socialistas, sindicalistas e incluso socialdemócratas; con un velado propósito unificador bajo un mando exclusivo e incuestionable. Con el ascenso de Stalin a la jefatura soviética, el futuro vínculo con la socialdemocracia quedó roto al considerar sus teorías enemigas de la clase obrera. Fue alcanzada la unidad estratégica (un eufemismo que encubría la posterior absorción) con socialistas y sindicalistas en el congreso de 1935, el último de la III Internacional, cuyo mandato básico era el de la creación de los Frentes Populares.  
 
EL PCE: papel y representatividad
1921 es el año de la fundación del PCE, sometido a una tutela servil por los delegados soviéticos.
    La sección española de la III Internacional sólo contaba entonces con unos centenares de miembros inoperantes por completo en política, sin influencia alguna en el movimiento obrero, desconocidos en el plano político nacional. El movimiento obrero constaba en España de un indeciso sindicalismo católico, un partido socialista adherido a la II Internacional y la CNT, organización a la que correspondía la más amplia base de masa obrerista hasta 1936 (de seis a diez veces superior al sindicalismo católico y al socialista). La CNT estaba adherida a la AIT e identificada con ella, ya que el anarquismo organizado desapareció prácticamente de Europa en la primera década del siglo XX y los diversos sindicalismos sucumbieron de grado o por fuerza a la obediencia de los partidos socialistas y, sobre todo, después, comunistas.
 
El PCE carecerá de verdadera influencia social y política hasta 1934, en la onda agitadora y propagandista de la revolución de octubre en España.
    Desde su fundación estrictamente controlado por personajes soviéticos, emisarios permanentes del gobierno de Stalin como Humbert Droz, que sucede a Borodin, y luego varios representantes de la Comintern irán tomando el relevo: Geroe, Jacques Duclos, Palmiro Togliatti, André Marty; sin un paréntesis de fisura. Moscú, que aún no controla a los grandes movimientos obreros españoles y que no se fía de los designados españoles, encarga la tutela del PCE a los leales y poderosos partidos comunistas de Francia y de Italia.
    En sus fases sucesivas de marginación, de auge, de derrota y de clandestinidad, el PCE no ha sido más que una marioneta del mandato soviético y por orden de éste, para no perder al dependencia, de los partidos italiano y francés. Uno de sus secretarios, Enrique Matorras, diagnosticó certero y punzante tanto que sus correligionarios le asesinaron por su clarividencia en 1936 la verdadera misión estratégica del comunismo español: "En suma, la III Internacional procura por todos los medios tener en cada país un equipo de hombres pagados, a su completo servicio, que sean los encargados de mantener un estado de agitación según las necesidades y conveniencias de una potencia extranjera".
    El PCE, por delegación de la III Internacional comunista y a la orden de los mentores de la Rusia soviética, durante la vigencia de la II República en España y, a continuación, mientras dominaron la progresivamente menguante zona republicana o frentepopulista en el transcurso de la guerra civil entre 1936 y 1939, se opusieron activamente a cualquier esperanza de concordia social entre los españoles. Para los comunistas la República sólo podía ser de inmediato marxista, soviética. El profesor de ciencia política David T. Cattell, en su obra Communism and the spanish civil war resume el propósito de los agentes soviéticos en España: "La Internacional comunista ha tenido interés desde hace mucho tiempo en España como zona de perturbación en el mundo. Artículos sobre España aparecían con frecuencia en La Internacional Comunista, la revista de la Comintern. Por ejemplo, un artículo de 1931 declaraba: ‘Las perspectivas para la revolución española son inmediatas'". Referencia documental citada por el historiador José Manuel Martínez Bande en su obra Los años críticos, (Ediciones Encuentro, Madrid