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Virtea repertorio: La invasión

 Vientos de guerra soplan por doquier, aunque, disimulados, no se califican como una emergencia mundial en ninguno de los cuatro puntos cardinales. Es cosa de otros lo que ocurre, también lo que pueda suceder en la distancia; son asuntos que afectan a terceros habitualmente en discordia. Se reprueba el alarmismo que transmite noticias que confunden e inquietan al cuestionar la propaganda, dizque versión oficial. “Esto no pasa aquí, esto no va a pasar aquí, esto no puede pasarnos, nos libraremos de las amenazas y catástrofes gracias a la cornucopia que alimenta el estado placentero, con la provisión ingente de dinero pagando el bien supremo de la tranquilidad, con la garantía harto probada del recurso a los favores y las cesiones”. Queda censurada la difusión de noticias alarmantes; censura y pena a los divulgadores malintencionados, a esos agoreros con ganas de prender fuegos, de avivar incendios, de sacar provecho de las desgracias. Terminantemente prohibido dirigir el foco a la lúgubre oscuridad imperando en la tierra quemada de una idealización para lograr la primacía en el único mundo.

    Hay vida en juego. Una vida pendiente de la protección tanto como del azar y las decisiones que los jugadores toman. Hay movimientos en superficie, hay corrientes subterráneas, hay tendencias pululando animadas por la ventaja en cada batalla. El objetivo primordial es no perder; luego seguir arrasando hasta la victoria global.

    La victoria es un deseo. Sin la victoria no se consigue establecer la hegemonía. Para condicionar el futuro es precisa la derrota del enemigo. Sin la victoria absoluta y la rendición incondicional, la guerra en sus diferentes y a menudo engañosas manifestaciones proseguirá en el tiempo y en el ánimo de los beligerantes. Los vestigios de ese batallar constante por la supremacía ahondan la devastación, surcan el paisaje de episodios con avance y retroceso publicitados desde el campo con informaciones satisfactorias.

    O victoria o extinción.

    En el campo opuesto ruge la proclama de extinción o victoria.

    La frontera se confunde. Del cielo turbio a la tierra sacudida, del limbo penitente a la entraña flamígera, la tenebrosa incertidumbre impone su gobierno. Es un ambiente caliginoso que aplasta con las armas del miedo, la sospecha y la incautación. Todo lo comprendido entre el ser y sus bienes se incluye en la requisa por razones de estrategia y utilidad; unas razones impuestas a la fuerza, también a desgana, porque explicar lo evidente cansa.

    Escapa quien puede. La atmósfera sofoca, corta la respiración e infiltrada entre los atrevidos a la marcha detiene la aventura o la pospone o la difumina en una posibilidad remota que habla de un riesgo mayor aún que el soportado. La duda sobre la veracidad de la advertencia cunde. Larga se anticipa la espera en el desespero igual que en la resignación.

    Cada jornada de guerra nace una victoria y una derrota, cada jornada de guerra muere una pretensión y una certidumbre; es la constatación del círculo vicioso. Una demoledora expresión de perpetuidad socavando la confianza de mandos y servidores.

    Asoma terrible la imagen de la realidad desnuda. La galería de cuadros atroces se mezcla con la belleza de lienzos coloristas y sensuales. Es otra guerra. Es la enésima plasmación del conflicto artificioso y su envés negocial. Hay una suposición de resultado detrás de la puerta.

    Durante las treguas de hecho y las pactadas, ambas sirven para organizar la siguiente jugada, los asistentes de la concordia recogen las gotas de vida, las de sangre, las de esperanza, las de los dulces sonidos, las del lamento; los asistentes de la solidaridad cosechan aquellas gotas volátiles y las reducidas a lodo y polvo que impregnaron en cascada el manto telúrico.

    La venganza ansiosa había llegado, viajera de lejos; ininterrumpida y en forma se mantuvo la envidia.

    Llegó ávida la venganza, se mantuvo persistente la incesante.

    Relegados, humillados y resentidos en ejército, carentes de espíritu, asustados como los que presintieron su cercanía, atravesaron el límite ficticio, inestable, portando consigo el infierno narrado en susurros de pánico y aviso. A su paso el lugar torna inhóspito.

    Un cronista toma nota, por si la memoria no es suficiente, por si su protagonismo fenece súbito, y cuenta a los espectadores de anfiteatro, pasillo, palco y platea el instrumental de amputación; pero sólo el visible, el aparente, el que llena pantallas y tertulias mientras haya audiencia receptiva, el que silencia los tratos de proscenio, la parte jugosa de la representación. La parte más peligrosa ya que afecta en general al público y a los guionistas, la que repercute en el gran mundo y en los mundos pequeños.

    Al cronista en medio del fregado se le piden pruebas de los sucesos, como si no tuviera bastante con dar fe de lo alcanzable. Si es objetiva su narración en la medida posible, se le premiará por unos y se le castigará por otros; si es subjetivo, obviamente parcial, recibirá el premio de unos y el castigo de otros. La verdad y la mentira discurren en paralelo por idénticos canales, a unos convence la verdad, a otros es la mentira lo que convence.

    La ira campa a sus anchas por todos los frentes de combate; que son muchos y repartidos. Con ella, madre de sus decisiones, arrastra el desespero, la rabia, la angustia y la pena. Y se clama por un acuerdo, vilezas aparte, que amanse a la fiera. Ese convenio de claudicación lo pidieron al débil, en el periodo de calma que precede a la tormenta, los negociadores de la paz, del bienestar, del intercambio y del hasta aquí sí, desde aquí no. Al que tenía las de perder en el envite pidieron resignación los que por encima obran de una manera y por debajo actúan a la inversa, a cambio de tratos favorables; lo habitual.

    Quienes veían sin ser descubiertos, en la etapa de toma y daca anunciaron que se había desatado la furia. Inútil oponerse. Pero, ¿quién iba a oponerse salvo los afectados por las maniobras? Y, puestos a señalar, ¿quiénes eran los afectados directos y los afectados indirectos? ¿En qué lado geográfico, económico, industrial y financiero e ideológico estaban, y ahora están, los directamente afectados y los indirectamente afectados por el lío compartido?

    Embebido de tierra y de mar, seguro de su poder y de su infalible instinto, herencia de los antepasados, el agresor comenzó la partida sin atender más orden que el deseo ni más autoridad que la propia, a su vez heredada y digna de legado. Arte y parte, progenitor único, dotado de medios que a diario recauda manda el crimen y el castigo.

    Sabe dónde ir y a quién encontrar, porque su nombre es destino. Porque su camino es el desquite y en el horizonte rielan las viejas glorias a cuya invocación se remite la excusa. El agresor protagoniza un acto mítico, el agredido encarna la mística del sacrificio. Rojo o negro, par o impar, pasa o falta, gira la ruleta. Gira, gira.

    Alguien se pregunta quién hace girar la ruleta; sin duda alguien se pregunta quién lanza la bolita al ruedo que rueda; probablemente alguien se pregunta cuándo frenará la bolita su giro, incluso se pregunta quién frenará el giro decreciente antes de que consuma su inercia.

    Y luego qué, se pregunta alguien que ni pincha ni corta.

    El curso intermitente de la guerra hastía al público. En la sociedad de los entretenimientos y exhibiciones el espectáculo decae con los bostezos; en la sociedad de la inmediatez el espectáculo desmerece y se estropea con una prolongación forzada.

    La situación bélica en la geoestrategia operativa, los enfrentamientos de los intereses sabidos, supuestos e ignorados pero determinados, el tira y afloja de la propaganda, la repercusión de los actos de espionaje y las acciones saboteadoras, las pruebas de armamento y el control de los flujos de la energía que alimenta las distintas civilizaciones, atraen hasta que fatigan; lo que no se entiende a las claras se desliza en sombras por las rendijas de contaminación.

    Después de la quebradiza línea del horizonte vuelta a empezar y a inmiscuirse como si fuera la primera, ardorosa, vez en la guerra perpetua.

    La guerra que se manifiesta de varias maneras, que a su modo vigila y dispone, confunde y somete. Es la guerra que pasa factura y cobra tributo.

    La guerra evoca de varias maneras la condición limitada y mortal del ser humano.

    La guerra es procuradora de venganza y a la vez de justa satisfacción; la guerra trasciende la condición humana eximiéndola de ese prosaico defecto. Pero la guerra no es única ni se desarrolla en un solo escenario.

    Invadido el territorio y sus residentes, la persecución allende y aquende la frontera afecta en medida desigual al subordinado y al dirigente. La invasión distingue grados y utilidades, selecciona figuras, figurines y figurantes; cuando el perseguido en un homólogo, un equivalente, un par, un ídolo o una pieza de caza mayor los invasores tropiezan con dificultades añadidas. La dialéctica del principio y del fin es insuficiente con el añadido de las dificultades.

    Los humanos que no son dioses, aunque sean como dioses, tienen que recurrir a los mediadores, y será dirimente su resolución si se aceptan las cláusulas y los plazos.

    Llegado a este punto, el que pretendía ganar ha perdido y el que parecía perdido ha ganado. Expresado genéricamente, porque el que ha conquistado no va a renunciar a su conquista y el que ha sido parcialmente dominado va a pechar con su merma. El statu quo ante bellum ha sido eliminado del convenio regulador futuro. Es la baza que los mediadores y los circunspectos invitados de las sociedades del bienestar, contratos en cartera, otorgan al invasor para que modere su ambición, sin entrar en la justicia de la misma; y es la baza que entrega el invadido para sobrevivir a la contagiosa alienación del perturbado.

    Los mediadores han cumplido si los contendientes firman el papel mojado. Los reporteros y enviados especiales descansan de la ardua tarea informativa o desinformadora, según órdenes, según posicionamientos.

    Los líderes enfrentados y los líderes mundiales leen los mensajes de los consejeros con la debida entonación y el acento preciso. El fin del mundo puede y debe esperar.

    Alguien en algún lugar se pregunta, dentro de su amarga impotencia, quién ha ganado y no se pregunta, porque lo intuye o deduce, quiénes pierden. Y se incluye melancólico en éste lote.

    Alguien se pregunta cuánto tardarán los informativos en abrir enfáticos con la siguiente bronca, escaramuza, pugilato, reyerta y por la duración e intensidad de las emisiones.

    Alguien aislado en sus cavilaciones se pregunta por el advenimiento del último día; luego sigue con lo suyo por si acaso el episodio de cierre se demora una eternidad.


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