“¿Quién va a saber más de uno mismo que la conciencia?”, se dijo Juan
Carlos Garcinuño Fadrique recogiendo su mesa de trabajo en el cierre de la
jornada laboral. Su afirmación contestaba a la vieja pregunta de quién sabe
más de esto y de aquello, hermana de otros interrogantes legendarios que al
margen del tono en que se expresan pretenden averiguar de dónde venimos, adónde
vamos, qué papel real desempeñamos en la historia y en el mundo, cómo ha sucedido,
cuándo pudo darse el paso o cuándo fue posible evitarlo, qué será de…; y de los
que habitualmente desprecian la conciencia, entre los que no falta quien
alardea de tamaña ausencia al igual que se jacta de sus creencias, de sus engaños
o de sus negaciones. Preguntas que ciertas personas se formulan y que una vez
liberadas del redil, echando los candados al aire, suelen encadenarse por si alguna
de ellas, tirando del hilo de Ariadna, resuelve una a una las peliagudas
incógnitas alumbrando con luz de faro una trayectoria, concebida por una mente
humana, y una inquietud, humanamente caracterizada, que vienen de lejos y lejos
van.
“La experiencia cuenta”, enjuició
el caviloso Juan Carlos andando uno de los caminos de vuelta a casa. La voz
clara de la experiencia contaba mucho.
Un trayecto a pie el elegido
que, quizá deseándolo, podía deparar sorpresas, novedades y misterios a
desentrañar al cabo de reparar en ellos, buenos o malos en cuanto a significado,
de gran incidencia o anecdóticos y volátiles como las hojas mustias empujadas
por el viento hacia un lecho de acogida, contenedor de las viejas glorias.
“La memoria es una asesora
eficaz, desinteresada en la gestión y permanente en el servicio”, convino un
indagador Juan Carlos dejando al pasar un rastro sobre las huellas.
Se refería el ambulativo perseverando
en el despeje de nieblas a la memoria del logos, también a la memoria depuradora
de inmundicias y contaminantes, la memoria que retrata la desmemoria de un
acto, el yerro de una invocación y la mentira del ampuloso sofisma; defectos,
carencias y propósitos que suelen ir en reata y orden alterno, a menudo
tropezando, bullangueros y siempre armando polvareda, coloquialmente levantando
una cortina de humo denso y de olor irritante que utilizada como artificio en
las representaciones de calle y proscenio sirve para confundir mientras se hace
mutis.
En recorrido aventurero por los
caminos de la soledad, un abismado Juan Carlos Garcinuño Fadrique, responsable a
carta cabal de sus actos y de las consecuencias derivadas de lo que se ha hecho
y de lo que se ha dejado de hacer, prestaba una estricta atención a lo dicho con
aporte de verdad y a lo dicho con carga de mentira, a lo no dicho con intención
sanadora y a lo no dicho con finalidad de perjuicio; ambas actitudes
elocuencias del silencio que alcanza al prójimo. Detuvo su repaso en esta
encrucijada de comunicaciones, que lo es incluso para quien no se aparta de su
camino, atento a no resbalarse por el declive de la perversión en el lenguaje,
causa en común con las acciones y omisiones de la perversión en la convivencia,
de la perversión en las informaciones y del enaltecimiento de la propaganda.
Amargado por un dolor antiguo, por su pesar cronificado, deploraba que el
ámbito de la lectura se había reducido al del titular llamativo, insultante,
ominoso, desorientador; que el ámbito de la escucha a una consigna cacofónica y
a un tópico sobre un estereotipo que conquistó la fortuna debido a la
incomparecencia del rival; que los escribidores y plumíferos desconocían el
oficio de las letras, o que limitadamente conocían por ejercitarse a pleno
rendimiento en el lado tenebroso, y que los pronunciadores al dictado no eran
gente instruida ni aspiraban a cultivarse ni tampoco, en el colmo de la
desfachatez, obraban hábiles y lúcidos por la senda de la ilación.
Mal asunto el depender velis
nolis de los paniaguados, escalón inmediatamente por debajo de los jerarcas,
peones de la trampa y de la acusación, subordinados a la falsedad y el diseño
de lo accesorio. Elegiaco su cabeceo, Juan Carlos se repitió, para aprenderse
la lección como si todavía le faltara un resto importante de texto e imagen,
que mala cosa deviene de tal dependencia. Extasiados con la ficción los previamente
inculcados receptores masivos del anuncio, aunque el programa divulgado, a
falta de publicarse la letra pequeña y las cláusulas de obligado cumplimiento,
iba en detrimento de la libertad, la iniciativa y la prosperidad, bajaban los
brazos de la protesta cívica y reivindicativa de los derechos elementales,
agachaban las cabezas de la dignidad y aflojaban las tensiones del valor,
colocándose en fila india obedientes a las proclamas, quietos al toque de
pitido, en marcha a los dos toques de pitido, en silencio tras un pitido
sonoramente largo y agudo.
La conjunción perversa del
embrutecimiento, en definición de un paseante devanándose los sesos para encontrar
el modo de revertir el panorama ofreciendo, al menos a título personal, una
honrosa alternativa a su parentela infantil y adulta y allegados de variada
edad. Por nada del mundo, que ya es atreverse a decir, Juan Carlos tomaría
parte ni haría partícipes a los suyos directos e indirectos de los negocios de
la felicidad y la infidelidad en progreso arrebatador dispuesto con sarcasmo,
sectarismo, ideología y odio visceral y conducido por los albañales a sus
destinatarios las veinticuatro horas del día. Negocios ambos que bien vistos
descubrían un foso, una sepultura, y un abismo, el infierno.
“¡Vade retro, miasma!”,
rezongó en un hilo de voz permutando en metáfora improvisada al demonio tentador
por la miseria.
Los destellos del infierno se asemejan
a los del paraíso en la ceguera y en el aborregamiento; embelecan esas
luminarias potentes y de atractivo confundidor igual que los tratos con el
diablo a cambio del alma y los tratos con los déspotas que rinden la capacidad
y la voluntad del aceptador de su contrato social.
“Hay que elegir”, se persuadió respecto
de lo que estaba totalmente convencido.
Había que elegir mientras se
pudiera optar por una forma de pensar, hablar y actuar; mientras cupiera
decidir la ruta personal por un camino con sus alicientes, deberes, fatigas,
triunfos y obstáculos que cuando se han vencido saben a gloria; o por una trampilla,
con su deslizar frenético, jocundo en el inicio de la aceleración, embargador
en el tramo medio y absorbente hasta suprimir cualquier vestigio de identidad a
su término. Había que combatir la tentación del reclamo que tironeaba con una
fuerza de índole pasional, arrebatadora hasta la enajenación que persigue de
manera intrincada la añagaza vestida de aposento confortable para los que acuden
a la cita; una recepción en la maraña con señales intermitentes ora de
advertencia ora conminatorias, guiando hacia la boca de un pozo aparente como
el de los deseos y, a la par, inabarcable con medios ordinarios, programado
para engullir adeptos, fanáticos e incondicionales y atrapar en su fondo a los
distraídos y despistados con sensaciones hedonistas y ofuscadoras de duración breve.
El lecho de telaraña, los muros filosos y el alumbrado de claraboya separan la
realidad de la propaganda copiosamente difundida a instancias del manual de
ocultación para impedir el alcance público de un suceso, de una noticia, de
unos personajes uncidos a manejos, nóminas, viajes y componendas, cuya influencia
y repercusión pasaban desapercibidas a las facciones adocenadas y embrutecidas
en el cautiverio consentido.
“Es tan fácil meterse en el
hoyo por la parte ancha del embudo y tan difícil salir del agujero por la parte
estrecha”. Imaginándolo con viveza se describió el riesgo de sucumbir a la corriente,
percibiendo otro al acecho.
Aun ensimismado por el
desarrollo de su conjetura, el caminante había reparado en la sombra que
interceptaba su regreso al hogar. No le sorprendió el marcaje. Cabía esperar la
amenaza del chivato de guardia, que apunta lo que el señalado lee y divulga, de
dónde viene, adónde va y con quién se reúne, como la granizada debajo de un
nublado. “La envidia agita cielo, mar y tierra”, se ratificó Juan Carlos el
sospechoso de ir por libre en una sociedad constreñida por los condicionantes, pero
es menor su impacto en la víctima que el destinado a causar perjuicio y menos
organizado. La sombra nunca actúa sola, nunca es autónoma; depende su aparición
y movimiento del foco que la proyecta.
“Un ejército de sombras arrastra
y dispersa la noche perpetua”, recordó haber leído. Y siguió recitando el poema acunado por la memoria con
la percepción despierta.