lunes, 29 de febrero de 2016

El escultor de la Contrarreforma


Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, 1576-Valladolid, 1636), es el mejor representante de la Escuela castellana de escultura barroca. Se instaló en Valladolid en 1605, atraído por su condición de capital de la Monarquía. Encontró una clientela poderosa y adinerada: Felipe III, el duque de Lerma, los condes de Fuensaldaña, las principales órdenes monásticas y las cofradías de Semana Santa. En 1606 Madrid recuperó la capitalidad, pero Gregorio Fernández decidió quedarse en Valladolid y fundar un taller de escultura que atendiese un número creciente de encargos; en su taller destacó el pintor Diego Valentín Díaz.


Cristo yacente, 1627. Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid, España.

Gregorio Fernández crea un nuevo tipo escultórico: el Cristo yacente.


 

Gregorio Fernández se vio influido y supo sintetizar el naturalismo de Francisco Rincón, la expresividad de Alonso Berruguete, el dramatismo de Juan de Juni y la elegancia y refinamiento académico de Pompeyo Leoni. También acogió la influencia del pensamiento contrarreformista. Su expresión artística fue evolucionando desde un manierismo refinado a un barroco naturalista.

    Las características formales de la escultura de Gregorio Fernández son las siguientes:

  • Uso de madera tallada policromada.
  • Uso de colores sobrios.
  • Dramatismo de los temas tratados.
  • Fuerza expresiva concentrada en el rostro y las manos de los personajes.
  • Estudio anatómico de los cuerpos.
  • Desnudos exclusivamente masculinos.
  • Uso de postizos para reforzar el realismo de las figuras. Los postizos utilizados son el cristal para los ojos, el marfil para los dientes, el asta para las uñas, la resina para el sudor y las lágrimas y el corcho para los coágulos de sangre.
  • Ropajes con pliegues muy marcados para favorecer los contraste lumínicos.

 

Piedad, 1616. Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid.

Gregorio Fernández busca despertar el sentimiento católico del creyente.


 

Gregorio Fernández cultivó los más diversos temas, pero a todos los marcó con su impronta personal:

  • Los Crucificados se muestran serenos, sin contorsiones y el paño de pureza vuela extensamente formando "arrugas de papel". Sobresalen el Cristo del Consuelo (1610), el Cristo de San Marcial (1628) y el Cristo de la Luz (1633).
  • Los Cristos yacentes representan a Cristo muerto tendido sobre un sudario, agotado por el dolor y el sufrimiento. Destacan el Cristo yacente de la iglesia de San Pablo de Valladolid, encargado por el duque de Lerma, (1615), el Cristo yacente del Museo Nacional Colegio de San Gregorio (1627) y el Cristo yacente del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid, regalo de Felipe IV, (1631).
  • Las tallas de la Piedad se caracterizan por el naturalismo, el sentimiento religioso y el patetismo. Son de destacar La Piedad del convento del Carmen Descalzo (1612), La Piedad de la cofradía de Nuestra Señora de la Angustias (1616).
  • Las Inmaculadas son de cuerpo cilíndrico y se representan con las manos juntas, manto trapezoidal y cabeza con corona y aureola de rayos metálicos. Sobresale La Inmaculada de la Vera Cruz (1620).
  • Los Pasos procesionales son escenas narrativas a tamaño natural. El mejor es El Descendimiento (1623).
  • Los Cristos atados a la Columna conmueven por su patetismo. Hay que destacar el Cristo atado a la Columna del Real Monasterio de la Encarnación de Madrid (1616) y el Cristo atado a la Columna de la Vera Cruz (1619).
  • Los Ecce-Homo están llenos de dolor. Destacan el Ecce-Homo de la catedral de Valladolid (1616) y el Ecce-Homo de la Santa Vera Cruz (1620).
  • Sus mejores Vírgenes son Nuestra Señora de la Vera Cruz (1623) y la Quinta Angustia (1625).
  • Sus retablos están formados por unas pocas esculturas de bulto redondo. Los más señeros son el Retablo Mayor de la catedral de Miranda de Duero, Portugal (1610), el Retablo Mayor de las Huelgas de Reales de Valladolid (1613), el Retablo Mayor de las Descalzas de Valladolid (1613), el Retablo Mayor de la iglesia de los Santos Juanes de Nava del Rey (1613) y el Retablo Mayor de la catedral de Plasencia (1625).

Cristo atado a la Columna, 1619. Iglesia penitencial de la Vera Cruz, Valladolid.

Gregorio Fernández busca que el creyente se identifique con el Señor.


 
 
Si Francisco Rincón fue el fundador de la Escuela castellana de escultura barroca, Gregorio Fernández la definió en sus características y distinción, esmeradamente practicadas durante casi todo el siglo XVII en su taller de Valladolid.

    Por otra parte, Gregorio Fernández es el escultor que mejor representa el catolicismo reformista porque buscó y consiguió la exaltación de la fe católica y del misticismo en el creyente que se acercaba a contemplar sus esculturas.



Retablo Mayor de las Descalzas Reales de Valladolid, 1613.




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viernes, 26 de febrero de 2016

El nacionalismo musical de Isaac Albéniz

 
Isaac Albéniz y Pascual, nacido en 1860 y fallecido en 1909, es uno de los exponentes señeros del nacionalismo musical español, insigne compositor y virtuoso pianista de proyección y reconocimiento internacional. Artífice en la creación de una música nacional española, que atrajo a maestros como Granados y Falla, nos ha legado varias obras maestras: Suite Española I y II, Suite Iberia, Cantos de España, Doce piezas características, la ópera-comedia lírica Pepita Jiménez y el homónimo Concierto fantástico.
 
A los cuatro años había dado su primer recital. Espíritu inquieto, todavía niño, abandona el hogar, quiere ingresar en el Conservatorio de París, ingresa en el de Madrid, y hasta los trece años, en un periplo viajero nacional plagado de peripecias, muestra su dominio concertista por toda España. A partir de esa edad, ya estamos en 1872, se embarca como polizón para América, y actúa en Argentina, Brasil, Puerto Rico, Cuba y Estados Unidos.
    Consigue fama internacional y es cuando vuelve a Europa. El rey Alfonso XII beca sus estudios en el Conservatorio de Bruselas en 1876, ciudad en la que tres años después recibirá el premio de piano por unanimidad del jurado. En esta época de aprendizaje recibe lecciones de los grandes maestros de entonces, entre ellos de Franz Liszt.
    Tras varios cambios de domicilio lo fija en París, junto a sus amigos Gabriel Fauré y Claude Debussy; e imparte clases en la famosa Schola Cantorum.
 
Regresa a España para protagonizar junto a su hermana Clementina una serie de conciertos, acompañados por un gran éxito de crítica y público, y para escribir y dirigir zarzuelas a una compañía ambulante que difundía nuestra música.
    Establecido en Barcelona el año 1883, estudió composición con el maestro Felipe Pedrell, que lo apartó de la música de salón europea y lo atrajo a la corriente nacionalista; la influencia de Pedrell fue determinante en la ejecución musical de Albéniz, quien pasó de virtuoso pianista a compositor de obras de un maravilloso sabor español. En 1885 se trasladó a Madrid donde los editores Antonio Romero y Benito Zazoya publicaron sus trabajos.
 
Obras destacadas
Suite Iberia. Consta de cuatro cuadernos de tres piezas cada uno compuestos entre 1905 y 1909.
    Primer cuaderno: Evocación, El Puerto, El Corpus en Sevilla.
    Segundo cuaderno: Rondeña, Almería, Triana.
    Tercer cuaderno: El Albaicín, El Polo, Lavapiés.
    Cuarto cuaderno: Málaga, Jerez, Eritaña.
Suite Española  
    Suite Española I (1886-1887). Las ocho piezas son cuadros de diferentes regiones y músicas de España: Granada, Cataluña, Sevilla, Cuba (edición original), Cádiz, Asturias, Aragón y Castilla (ediciones posteriores).
    Suite Española II (1889). Consta de dos movimientos: Zaragoza y Sevilla.
Cantos de España. Integración de cinco piezas. La primera edición (1892) incluyó los títulos: Preludio, Oriental y Bajo la palmera; la segunda edición (1898) añadió otros dos títulos: Córdoba y Seguidillas.



Su obra, casi íntegramente pianística, es de una dificultad y virtuosismo enormes, y la vez de una extraordinaria calidad reconocida y admirada por los citados Fauré y Debussy, y seguida por los españoles Enrique Granados, Manuel de Falla y Joaquín Turina.



Isaac Albéniz




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miércoles, 24 de febrero de 2016

Lo mío por lo tuyo


La satisfacción de complacer desliza en los sentidos una estela aromática. Es la flor de loto, talismán en el que irradia el Sol; es la planta del papiro con la que se trenzan los cestos; el aciano, el jazmín y la mandrágora son perfumes que armonizan el fervoroso ritual.



Portadora de ofrendas, procedente de Assiut, XII Dinastía, hacia 1800 a.C.



Donosura en el andar, gracioso el talle. La flor de la canela fue después, encantadora, entrañable, con sucesivas versiones la letra; antes, en tiempos que parecen remotos a la percepción humana, cantó el poeta a la flor del loto azul. Despierta al amanecer la flor de la devoción, se abre y guía la cadencia vivificante del astro regio hasta el purpurado crepúsculo, también fragante, recoleto el altar con los presentes alineados al círculo de la magia.
    Del hogar al templo circula una corriente de místico entusiasmo, anónimas las portadoras de ofrendas, elegantes y esbeltas, animadas de un placer servil que gana la recompensa.



Portadora de ofrendas, proveniente de la tumba 280 de Tebas, XI Dinastía, hacia 2020 a.C.



Se da lo que se tiene y unas pizcas de voluntad diestramente espolvoreadas. Las porta ofrendas trasladan las dádivas que permiten el sustento cotidiano: pan, cerveza, frutos, productos de la granja, del huerto, del suelo cultivado, caza y pesca. Es un trueque ancestral: lo mío por lo tuyo y todos contentos y en paz.

lunes, 22 de febrero de 2016

Atlas marítimo de las costas españolas

 
Con el impulso de los gobiernos ilustrados, en el siglo XVIII tuvo lugar una época de recuperación para la Marina caracterizada por el desarrollo de la navegación y de la hidrografía.
    Época que se inicia con la creación de la Academia de Guardiamarinas, y que continúa con los numerosos trabajos hidrográficos emprendidos por oficiales de la Armada, en las costas nacionales como en el resto de territorios de la Corona.
 
El trabajo hidrográfico por excelencia del siglo XVIII español se debe a Vicente Tofiño de San Miguel, obra extraordinaria que se titula Atlas marítimo de las costas españolas. Esta cartografía fue levantada por Tofiño entre 1783 y 1789.
    Mediada la década de los setenta del siglo XVIII, tras la llegada al poder de Floridablanca (José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca), se concibió y fomentó la idea de establecer un plan nacional de trabajos hidrográficos. Se dispuso para llevar a buen término la empresa del Real Observatorio de Cádiz y de los oficiales en él formados. A Vicente Tofiño se le encomienda la dirección de una comisión hidrográfica para el levantamiento de las costas de España; siendo el proyecto de mayor envergadura de tales características hasta entonces.
 
La expedición hidrográfica al mando de Tofiño estaba compuesta por una fragata y un bergantín, que transportaban los instrumentos adecuados para el proyecto cartográfico cedidos por el Observatorio junto a otros adquiridos al efecto.
    Para llevar a cabo los levantamientos fue empleado un método geodésico, basado en la combinación de las operaciones marítimas con las terrestres; ambas de carácter científico físico-matemático. Los trabajos diarios daban inicio con la determinación de la longitud por medio de los relojes; a continuación se calculaba la latitud y la posición de los accidentes descollantes del terreno. Y a la vez, se practicaban sondas, se vigilaban las variaciones de la aguja de marear y se sacaban, dibujándolas con rigor y detalle, las vistas de las costas.
    Los trabajos de campo comenzaron en las costas mediterráneas, en los veranos de 1783, 1784 y 1785; luego fueron las costas portuguesas y el litoral gallego, en el verano de 1786; siguió la costa cantábrica, en verano de 1787; y, por último, las islas Azores, en el verano de 1788. Durante estos seis años, colaboraron con Vicente Tofiño en esta gran empresa hidrográfica, la mayor parte de los marinos ilustrados que, poco después, protagonizarían las grandes expediciones cartográficas organizadas por España a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Nombres ilustres como los de Dionisio Alcalá Galiano, José de Espinosa, Alejandro Belmonte, Julián Ortiz Canelas, Alejandro Malaspina, José de Vargas Ponce, Felipe Bauzá y otros también beneméritos.
    Al concluir las campañas para el levantamiento de las costas mediterráneas, transcurrido el verano de 1786, uno de los integrantes de la expedición, el citado José de Vargas Ponce, fue encargado de dirigir los trabajos de grabado, estampación e impresión de los resultados obtenidos.
 
El resultado de la expedición dirigida por Vicente Tofiño, es fundamental en la historia de la cartografía española. Fue tal la exactitud conseguida que algunas de las cartas levantadas mantuvieron su vigencia más de cien años; de hecho, algunas de estas célebres cartas no fueron sustituidas en los barcos de la Armada hasta la entrada en servicio de las levantadas, ya en pleno siglo XX, por las comisiones hidrográficas dirigidas por el Instituto Hidrográfico de la Marina.



Vicente Tofiño de San Miguel. Lienzo en el Museo Naval, Madrid.




Artículo complementario

    Los primeros observatorios españoles

viernes, 19 de febrero de 2016

El duque de Alba en Flandes: Groningen y Jemmingen

 
El 10 de mayo de 1567, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba, embarcó en Cartagena con su ejército de 10.500 hombres (8.800 a pie y 1.250 a caballo) para dirigirse a Flandes por la ruta de Italia.
    Llegó la expedición militar a Bruselas el 22 de agosto, siendo recibida con fría hostilidad.
    El 25 de junio de 1568, partió de Bruselas camino de Malinas el duque de Alba. Un mes antes, las tropas españolas habían sufrido una derrota en las cercanías de Groninga, pese a que los hombres del Tercio de Cerdeña se batieron valerosamente y el conde de Arembergh, a las órdenes del monarca español, Felipe II, dio muerte a Adolfo de Nassau, un cabecilla de los rebeldes.
    Llegó a Groninga el duque de Alba, territorio de Frisia, el 15 de julio. Tras un breve reconocimiento decidió atacar el campamento enemigo al día siguiente, alcanzando la victoria que supuso 8 bajas propias frente a más de 300 rebeldes. Al cabo, mientras se aparejaban puentes e barcas para que pasara el ejército español, el de los rebeldes se retiraba en busca de acomodo y defensa.
    El relato de los hechos sigue y complementa los estudios de los historiadores Juan Giménez Martín y Julio Albi de la Cuesta.
 
En Groningen y Jemmingen, los españoles del duque de Alba literalmente aplastan a las tropas aliadas de Luis de Nassau, aun siendo la mitad que sus enemigos.
    En Groningen, Luis de Nassau ocupaba una posición fuerte, con buena disposición defensiva entre otros puntos por un canal que cruzaban dos puentes; en un flanco de la posición se situaba una casa que había sido fortificada. Alba destaca cuatrocientos arcabuceros españoles, montados en carros para agilizar la maniobra; al cabo, manda al coronel Gaspar de Robles que con doscientos arcabuceros tome la casa. Lograba la misión, Robles pide refuerzos para explotar el éxito, a lo que atiende Alba enviando doscientos arcabuceros españoles del Tercio de Cerdeña, con un capitán al frente.
    El enemigo cede ante la presión de la fuerza atacante; ocasión que aprovecha Alba para lanzar otros cuatrocientos arcabuceros con cuarenta caballos, también españoles, del Tercio de Nápoles, guiados por cinco capitanes. La artillería rebelde es ineficaz ante el veloz asalto y aunque prenden fuego a uno de los puentes, los españoles lo atraviesan "quemándose las babas y vestidos". El enemigo se da a la fuga y entonces también son los jinetes, asidos a las crines de sus caballos para atravesar la corriente de agua, quienes los persiguen. Nada puede oponerse a la destreza y arrojo de los españoles, que acompasan las cargas de caballería con certeras de arcabuz. El resultado es que Nassau pierde trescientos hombres y Alba diez, ganando la posición.
 
En las cercanías de Jemmingen se hizo fuerte el ejército de Luis de Nassau, con aproximadamente 12.000 efectivos. Este ejército numeroso ha sido emplazado en una península, rodeada por los ríos Ems y Dollard. Como en episodio precedente, planean hacerse fuertes con la ayuda de la apertura de los diques, pretendiendo anegar los caminos de aproximación. No obstante, y pese a la intención de Nassau, las tropas de Alba se anticipan a la ejecución apareciendo a las ocho de la mañana del 21 de julio, y una oportuna carga de 30 jinetes fuerza al enemigo a retirarse de la esclusa antes de que hubiera penetrado demasiada agua.
    El duque reconoce el terreno dos veces con un pequeño destacamento. Decidido en su plan de acción, reanuda el avance de su ejército: dos maestres de campo con trece capitanes al frente de quinientos arcabuceros y trescientos mosqueteros, más otros quinientos arcabuceros españoles reforzados con treinta particulares (tropa selecta), al mando directo del duque de Alba; los Tercios participantes son: de Lombardía, Sicilia, Nápoles y Cerdeña. Cierran el despliegue en vanguardia dos compañías de jinetes. A continuación marchan tres escuadrones: uno de españoles, otro de valones y el tercero de alemanes.
    La vanguardia ataca tomando al enemigo cinco piezas de artillería. Nassau cree que no hay más tropas españolas que las vistas, por lo que ataca para hacer mella en el grueso y yerra; mandó a 4.000 hombres a recuperar el puente sobre la esclusa, creyendo que era la única forma de frenar a los españoles que seguían avanzando incluso con el agua a las rodillas. Llegaron los arcabuceros rebeldes a la altura del puente a la par que los soldados del duque se aprestaron a su defensa. Resistieron los españoles hasta que acudió el refuerzo de la arcabucería y entonces cargaron contra los rebeldes poniéndolos en fuga.
    Este refuerzo estaba mandado por don Sancho de Londoño y por Julián Romero, que siguieron a los rebeldes en su huida hasta que la artillería enemiga los tuvo a su alcance. Aguantaron la posición, enviando tres mensajes al duque de Alba, que con el grueso del ejército venía por otro camino, solicitando el envío de piqueros para resistir una posible contraofensiva enemiga. Pero los refuerzos fueron negados, porque el duque maniobraba estratégicamente para, incitando al enemigo en el envite a la avanzadilla, envolverlo y derrotarlo.
    La crónica de Bernardino de Mendoza, Comentarios de las guerras de los Países Bajos, en su libro III, capítulo VII, recoge lo siguiente: "Haciéndose fuertes en el puente [los españoles] y apeándose en él los capitanes Marcos de Toledo, don Diego Enríquez y don Hernando de Añasco y ocho caballeros que allí se hallaron y quince arcabuceros de a caballo de la compañía de Montero, lo defendieron más de media hora bien arriesgadamente peleando con los enemigos, que cargaron todo aquel tiempo con terrible furia e ímpetu, disparando tan gran golpe de arcabucería sobre ellos, que la mayor seguridad que se tuvo de no recibir mucho daño fue la de ser tan pocos los que defendían el paso, porque los golpes de las pelotas se sentían batir apresuradamente en dos casas que había a nuestras espaldas."
    Luis de Nassau atacó, dando validez a la estratagema del duque de Alba. Cuando sus hombres habían avanzado poco más de trescientos pasos, los disparos de los españoles les obligaron a retroceder.
    Describe el hecho Bernardino de Mendoza en su citada crónica, libro III, capítulo XIII: "El capitán don Lope de Figueroa, que no perdió la ocasión, a quien tocaba aquel día ir con los mosqueteros de su Tercio de vanguardia, cerró con pocos soldados resolutísimamente y con grande determinación con los enemigos por el mismo camino donde estaban sus cinco piezas de artillería, ganándoselas y los dos revellines que a los lados tenían con arcabucería para la guarda de ellas. Con don Lope de Figueroa cerraron los treinta caballos de caballeros y personas particulares, siguiéndoles la demás arcabucería, con tanto ímpetu, que no se dio lugar a otra cosa a los enemigos más que a huir, sin hacer rostro, volviendo las espaldas, dejando mucha parte de ellos las picas, arcabuces y otras armas al ponerse en huida, haciendo lo mismo su caballería."
        Los holandeses pliegan y es el turno definitivo para Alba que culmina el asalto.
    A resultas del asalto se produjo una matanza, que prosiguió la jornada siguiente. Nassau perdió más de siete mil combatientes, veinte de sus veinticuatro banderas y dieciséis cañones. Alba contó ocho muertos.
    Fue tal la victoria que, leguas abajo, podía adivinarse quienes habían ganado por la cantidad de sombreros alemanes que flotaban en el río, pues el pánico les hizo sobrecargar las barcas en las que intentaban escapar. Pero Luis de Nassau escapó, cambiando su traje para no ser reconocido y nadando por el río.
    La victoria de Alba fue celebrada públicamente en Roma con procesiones durante tres días.
    Poco después, cumplidos los homenajes, el duque de Alba ordenó a Alonso de Ulloa el asedio del castillo de Hulst, el cual tomó casi de inmediato. Y tras poner en orden los asuntos de gobierno de la provincia de Frisia, el duque partió hacia Utrech.

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba.





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    Operaciones anfibias de Los Tercios

miércoles, 17 de febrero de 2016

Los caminos del viajero (4)


Hacerse valer.

 

El aval que uno mismo expide al presentarse en sociedad es garantía de atención —deferente, curiosa, interesada— por parte del público seleccionado o de gentes esporádicas que aceptan detener el curso de sus vidas un tiempo pautado.
    La expectación originada —la novedad tiene esas cosas— no es el objetivo último sino el afianzamiento de la declaración y el juicio en las entendederas de los congregados.
    Al cabo, es una opinión.    
    El mérito, sabe Felio, es que acabe siendo compartida, incluso deseada. Para cuando llega la divulgación el éxito ya duerme en los laureles.    
    "Tú hazte valer que aquí el que no corre vuela."    
    La voz de la experiencia habla un lenguaje llano, directo. La voz de la experiencia pronuncia frases que a cualquiera le hubiera gustado apadrinar de no haberlas creado de una nada ubérrima.    
    "Tú cotízate, que hasta el más tonto hace relojes."     
    Cierto. La valoración que cada cual hace de sí mismo —léase individuo o grupo indistintamente—, con el añadido de una atinada promoción y el concurso de los medios idóneos para abarcar el todo elector, precede y en mucho condiciona la emisión particular o colectiva del beneplácito o el repudio.    
    "Quien da primero da dos veces."
    Y sigue dando a diestro y siniestro porque, iniciada la mecha, la previsión es que eclosione lo tramado.
    A fuerza de repetir una leyenda se convierte en historia; en idéntico plano, a fuerza de mostrar un rostro, una actitud diseñada y de ofrecer urbi et orbi un discurso que podría suscribirlo del lerdo a la lumbrera, a base de incidir sin desmayo en un nombre y su sonrisa, en un nombre y sus gestos, en un nombre y su alargada sombra, el favor ajeno tiende a conceder la oportunidad de la resurrección o el advenimiento. En realidad, una puesta en escena para erigir en suelo antiguo y ponzoñoso un edificio de núcleo opaco, reactivo, aunque con las paredes traslúcidas y, en los días señalados, coloreadas con alguno o la mayoría de las sugestivas tonalidades del arco iris.
    —¿Cuál es su mérito?
    —Salta a la vista.
    —A la mía no.
    Felio revisa sus apuntes. Es lo que suele cada poco. En los apuntes Felio constata la validez de su memoria y la habilidad y descaro de esos personajes, títeres o titiriteros, que de la falta de memoria del jurado y de su continua oscilación del no sé al ya veremos, hacen negocio lucrativo y perenne.
    El adverso conformismo y la impuesta resignación también juegan un papel relevante, por supuesto. Hasta que suena el tercer aviso en la plaza y un número indeterminado de espectadores dicen basta, cambio de tercio o que me devuelvan el dinero que el bolsillo no está para dispendios insultantes. Suerte y al toro, amigo. Hay un límite para la tolerancia y una frontera marcada a sangre y fuego para la estulticia y el contrabando de argumentos y valijas.
    Es la hora del estoque. ¿Será verdad? ¿Habrá milagro un día como hoy? Es la hora de rendir cuentas a los tributarios. ¿De verdad? Hay que atajar los concilios velados y, puestos a cantar las cuarenta —¡ya era hora!—, anunciar en voz tonante que ni un paso más hacia el abismo: el débito es inexistente, lo que ha sido dado con prodigalidad y miedo, expoliadas las almas cándidas, supera un muro inmenso aquello que se reclamaba como deuda.
    Qué sí. Qué no.
    Lo dicho, si alguna vez se dijo o dirá: lo que no es justo sólo puede ser injusto.
    "Tú mira y aprende."
    Unos hacen valer lo que el resto imagina mientras otros, inmunizados a la vergüenza, piden, demandan y reclaman lo que se ponga a tiro y suscriba el cuento de nunca acabar.
    —Antes, con pan y vino se andaba el camino.
    —Ahora, y no atisbo el final en el próximo horizonte, lo que importa es llegar bien servido y bien surtido.
    El fin justifica los medios, una verdad de Perogrullo. Una verdad tan manifiesta e incontestable como la de que sin consentimiento nadie toma, altera y dispone, hace o deshace, quita o pone, entra y sale.

lunes, 15 de febrero de 2016

La primera expedición que recorrió el Gran Río de las Amazonas


Capitán de la primera expedición de hombres blancos que recorrió todo el curso del río Amazonas, Francisco de Orellana, natural de Trujillo, provincia de Cáceres, fue el primer explorador del Amazonas y el primer europeo que cruzó el continente sudamericano.
    Desde muy joven, Francisco de Orellana se encontraba en América Central. Hacia 1535 se trasladaba a Perú para incorporarse al ejército de Francisco Pizarro y poco después pasó a Ecuador al servicio de Gonzalo Pizarro, hermano del anterior.
    En 1537, una vez sofocada la rebelión del inca Manco Capac, Pizarro envió a Francisco de Orellana para que fuera el tercer fundador de Guayaquil, localidad costera del territorio ecuatoriano.
    En 1539, Gonzalo Pizarro emprendía una expedición para conseguir atravesar la inmensa mole de los Andes buscando una región donde, según las noticias recogidas por los españoles, abundaba la canela. Orellana marchó en esa expedición como lugarteniente de Pizarro.
    Tras la penosa travesía de la cordillera andina, en la que sucumbieron más de la mitad de los hombres y se agotaron las provisiones, Pizarro decidió que Orellana descendiera por el río Coca en busca de alimentos; era el año 1541.
    Orellana se aprestó a cumplir el cometido "por servir a S. M. y por amor de mí" con 57 hombres armados con arcabuces y ballestas, prometiendo la vuelta en doce días. Partieron en un navío, el bergantín San Pedro, construido en un mes, y dos canoas improvisadas, lo más parecido a un bote, que la corriente arrastró hasta el río Napo, tributario del Amazonas. Sea porque la corriente, fuerte y peligrosa, le impidió regresar o bien porque impulsado por la ocasión, eligiera seguir adelante con el proyecto expedicionario aguas abajo, Orellana no volvió con los acampados ni a las órdenes de Gonzalo Pizarro, dejando que el curso del Napo y los acontecimientos le llevaran hasta el cauce del río Amazonas. Dada la imposibilidad de reunirse con Orellana, Pizarro puso rumbo a Quito.
    La amargura y decepción de Gonzalo Pizarro, privado además del navío, le llevó a escribir al rey, respecto de Orellana: "Sin tener en cuenta lo que debía a los servicios de Vuestra Majestad, bajó por el río, dejando sólo señales y desbrozados que mostraban cómo habían bajado a tierra y se habían detenido en la confluencia de los ríos. De esta manera, exhibió hacia el conjunto de la fuerza expedicionaria la mayor crueldad mostrada nunca por los hombres impíos."
    Durante el descenso por el Amazonas, Orellana y sus hombres se enfrentaron a una naturaleza tan exuberante e ignota como hostil y a los ataques de los autóctonos de las zonas que surcaban. A causa de la creencia de que en una de las tribus que los recibió al modo beligerante había mujeres guerreras, el río fue denominado de las Amazonas o, escuetamente, Amazonas. Superando grandes peligros y toda suerte de adversidades, el día 26 de agosto de 1542 (depende del historiador la fecha se sitúa en septiembre), Francisco de Orellana alcanzó la desembocadura del río en el océano Atlántico. Llegaron a la isla de Cubagua, frente a la costa de las Perlas, todos menos once que murieron en las selvas amazónicas
    De regreso a España, Orellana obtuvo la concesión del gobierno de las tierras descubiertas, a las que se bautizó con el nombre de Nueva Andalucía. Cuando fue a tomar posesión de ellas, ya investido como autoridad, fracasó en su intento de remontar el mítico Amazonas desde el Atlántico a los Andes, muriendo en el intento.

* * *



Relato del fraile dominico Gaspar de Carvajal sobre los primeros días del descenso, miembro de la expedición de Orellana.
    Según este clérigo, Orellana y sus hombres recorrieron 200 leguas en ocho días, padeciendo extremada hambre. Al octavo día oyeron el redoblar de unos tambores, y al día siguiente llegaron a un pueblo indio donde abundaba el alimento y los nativos les recibieron hospitalariamente. Orellana mandó entonces que cargasen canoas con víveres para llevarlos al campamento de Gonzalo; pero algunos de los expedicionarios declararon que era imposible volver a tiempo de socorrer a los hombres de Gonzalo, y, de acuerdo con ello, Orellana, después de haber ofrecido en vano grandes recompensas a los que se atrevieran a conducir las canoas con los víveres hasta el campamento, cedió de mala gana al deseo insistente de sus hombres de dirigirse aguas abajo al mar del Norte (el océano Atlántico).
    Orellana no encontró comida durante más de 800 kilómetros de descenso del río Napo. Para entonces, él y sus 57 hombres estaban casi muertos de hambre: "Habíamos llegado a tan gran privación que no comíamos más que cuero, cinturones y las suelas de nuestros zapatos condimentadas con hierbas. Tan grande era nuestra debilidad que no podíamos estar de pie y algunos a gatas y otros con muletas iban al bosque a buscar algunas raíces para comer. Estaban como locos y carecían de sentido." Esto cuenta el padre Carvajal.
    Existe una petición fechada en 4 de enero de 1542, extendida por un notario y firmada por los "caballeros, Hidalgos y sacerdotes" de la compañía de Orellana, 49 en total, y a la cabeza la firma del fraile Carvajal. Pedían, en nombre de Dios y del rey, que Francisco de Orellana abandonase su propósito de reunirse con Gonzalo Pizarro ya que los marineros lo habían declarado imposible. Orellana accede a esta petición en una respuesta escrita fechada el mismo día, a condición de que permanecieran en aquel lugar dos o tres meses y construyeran un barco que pudiera servir a Gonzalo Pizarro si se les reunía allí, y, si no venía, la nave podía servirles a ellos.
    El padre Carvajal, que fue el primero en firmar el requerimiento, alaba a un capitán como Orellana, cuyas magníficas dotes le permitieron navegar 3.000 millas por las aguas desconocidas y difíciles del Amazonas en dirección al océano Atlántico.
 
Fue un viaje terrible. A la deriva, río Napo abajo, entre espumas y barro, con los bosques lluviosos erigidos como acantilados en ambas orillas, la tripulación se sentía aislada y en constante peligro. En su debilitado estado, los hombres apenas podían remar para luchar contra la corriente. Los loros y otras aves chillaban desde los árboles y las voces de los monos araguatos recreaban un panorama fantasmal; enormes caimanes se deslizaban sigilosamente para derivar en la estela del navío; los capibaras gigantes se revolcaban en la orilla; en el agua sombría del fondo nadaban en círculo bandadas de pirañas. La piel de los hombres pronto estuvo hinchada y descolorida por las picaduras de los insectos que descendían en nubes sobre ellos. Pero la peor penalidad era el acoso de lamente a las propias acciones. El río hacia delante era totalmente desconocido; tras cada recodo podía aparecer una catarata o los rápidos. El 8 de enero de 1542, la tripulación del San Pedro escuchó el sonido de tambores que anunciaba por primera vez un asentamiento humano de los naturales de la zona con los que amistaron y gracias a los cuales sobrevivieron y pudieron continuar la travesía.
    A medida que el navío se acercaba al Amazonas descendiendo el Napo, la anchura del río principal asombró a Orellana. Concluyó que la expedición se acercaba a la desembocadura del río en descenso por lo que era preciso disponer una nueva nave mayor: "Con el barco que estábamos utilizando, si a Dios le pareció bueno guiarnos hasta el mar, no podíamos seguir adelante hasta un lugar de rescate. Por esta razón se hizo necesario aplicar nuestro ingenio a la construcción de otro bergantín de mayor tonelaje." La construcción del San Pedro había sido un hecho notable, pero lo fue aún más el que unas pocas decenas de soldados sin conocimientos de cómo armar un barco pudieran emprender su construcción en la selva. Cavaron pozos e hicieron fuelles de piel de ante para alimentar las llamas del fuego de carbón vegetal y forjaron dos mil clavos; luego hicieron tablas de maderas duras de los árboles de la zona. Al cabo de un mes tenían el segundo barco, llamado Victoria.
    Cada vez que llegaban a un poblado amistoso la tripulación podía almacenar comida: tortugas, tapires, aves de caza y pescado; salaban y conservaban lo que podían pero aun así, en los largos tramos, se quedaban sin alimentos.
    Mediado el mes de mayo las dos naves se acercaban a la confluencia del Amazonas con el Juruá, territorio que resultó enemigo: "Vimos que subían por el río muchísimas canoas, todas equipadas para la lucha, muy coloreadas y con escudos hechos de pieles de lagarto y concha y pellejos de manatíes y de tapires tan altos como hombres. Venían con gran estruendo, tocando muchos tambores y trompetas de madera, amenazándonos como si fueran a devorarnos." Uniendo los dos bergantines en un frente sólido y continuo, los españoles hicieron retroceder a los asaltantes y consiguieron poner pie en tierra; pero tras volver del poblado con comida, los indios retornaron al ataque con fuerza: "Había más de dos mil indios y sólo diez españoles que tuvieron que trabajar mucho para defenderse."
    Fue la primera batalla como tal. El descenso prosiguió seguidos de canoas y amenazas; 1.600 kilómetros desde que dejaron el río Napo hasta dar con un lugar donde sentirse a salvo: "Los hombres, exhaustos, celebraron el triunfo deteniéndose tres días, descansando, regalándonos con un buen alojamiento y comiendo abundantemente."
    De nuevo en la ruta, Orellana divisó desde el puente grandes calzadas construidas en piedra que cortaban la jungla "como calzadas reales o mayores." Entre el río Juruá y el mar, las riberas del Amazonas estaban profusamente pobladas de tribus cada vez más hostiles.
    El 3 de junio, el Victoria y el San Pedro se vieron arrojadas a las corrientes del río Negro, que es el principal afluente del Amazonas y fluye durante 2.300 kilómetros hacia el Sur desde Colombia para unirse al río principal. Más adelante, los barcos pasaron por una confluencia de ríos donde "los indios eran más de 5.000, fuertes y armados, y empezaron a dispararnos y desafiarnos."
    El 24 de junio, los barcos doblaron una curva del río y se enfrascaron en una batalla que más tarde se hizo famosa en todo el mundo: la lucha de Orellana contra las mujeres amazonas. "Nosotros mismos las vimos luchando delante de los hombres indios y ellas luchaban con tanto valor que los indios nos e atrevían a huir. Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen el cabello muy largo, trenzado y enrollado sobre la cabeza, y son muy robustas y van desnudas pero con las partes íntimas cubiertas."
    En un alto de cincuenta días en una zona amistosa, los expedicionarios construyeron un navío mayor, y en agosto de 1542, siete meses después de la separación de Gonzalo Pizarro, llegaron al gran golfo que forma la desembocadura del río, al cual había pretendido en vano entrar por el Atlántico el famoso explorador Diego de Ordás. Las naves de Orellana llegaron poco a poco a la desembocadura cuando cayeron en otra emboscada india en la que le hirieron en un ojo. El viaje era ahora más azaroso. La madera flotante arrastrada por las mareas chocaba contra los barcos y los dañaba. Varias veces se vio obligado Orellana a varar los barcos para repararlos, pero las islas del estuario resultaros puertos peligrosos ya que estaban habitadas por caníbales que disparaban flechas venenosas; la punta de cada flecha estaba untada con el veneno mortal llamado curare, que es un espeso jarabe negro hecho con plantas venenosas. "Cuando vimos el veneno nos propusimos no desembarcar en un territorio determinado a menos que fuera absolutamente necesario."
    Una vez en el vasto estuario, Orellana con sus hombres se lanzó por mares desconocidos en los dos barcos fluviales por ellos construidos. Costeando hacia el Noroeste, al cabo de un mes de navegación desembarcaron en la isla de Cubagua, donde fueron bien recibidos por los pescadores de perlas españoles.
    La amplitud de la desembocadura del Amazonas asombró a todos. "En conjunto, como vimos mirando hacia atrás, de un extremo a otro debe tener más de 50 leguas (una legua mide entre cinco y seis kilómetros). Envía al mar agua dulce a más de 25 leguas; ésta se alza y vuelve a caer seis o siete brazas."
    Orellana tuvo que luchar contra las grandes olas causadas por la marea que se atropellan desde el Atlántico, elevando el nivel del río hasta cinco metros Zarandeado por las olas y la madera ala deriva, el navío Victoria lentamente se aproximaba al mar, pero cuando ponían rumbo hacia una de las islas españolas del Caribe la tripulación perdió de vista al San Pedro al que horas después dieron por perdido. Pero el Victoria acabó atracando dos días después en el puerto de Nueva Cádiz, en Cubagua, y entonces descubrieron que el San Pedro había arribado allí antes, pues navegaba en paralelo sin ser visto.
    Continuó el Victoria surcando la costa en solitario hasta hundirse por un error de cálculo junto a la isla de Trinidad, después de unas semanas atrapados por las traicioneras mareas: "Intentamos volver a salir a la mar, pero la salida es tan difícil que nos llevó siete días y durante ese tiempo nuestros compañeros no soltaron nunca los remos. Estuvimos muy cerca de quedarnos allí dentro para siempre."
 
Tres meses más tarde, en diciembre de 1542, Orellana y una docena de sus hombres, camino de España, se detuvieron en Santo Domingo. Ya en España, Orellana persuadió a las autoridades de que su acción había sido recta y necesaria; de ahí su nombramiento como gobernador del territorio por él descubierto: "Publicando mayores cosas de las que vio, en busca de aquellas Amazonas que él nunca vido y pregonó por España."
    Volvió al delta del Amazonas con una buena escuadra y más de 400 soldados; pero en un desembarco en las islas de Cabo Verde perdió muchos de ellos por enfermedad y deserción. Con el resto llegó a una de las bocas del gran río donde murió, y también la mayoría de sus hombres. Los supervivientes retornaron a España en pésimo estado.

* * *



Texto del padre Cristóbal de Acuña, historiador, que relata el encuentro de Francisco de Orellana con las amazonas, raza de mujeres-guerreras, que han dado nombre al gran río.
"Estas mujeres de costumbres masculinas viven en los grandes bosques y en altas montañas, y de entre éstas en las que sobresalen por encima de las demás y son, por consiguiente, más batidas por el viento a causa de su orgullo, y con más violencia, de suerte que acrecen de vegetación y son llamadas Yacamiaba. Las amazonas son mujeres de gran valor y siempre se han guardado del intercambio normal con los hombres; e incluso cuando éstos, y en virtud de acuerdo, se llegan cada año a su tierra, los reciben con las armas en la mano, tales como arcos y flechas, que las blanden durante algún tiempo, hasta que se dan por satisfechas de que los indios vienen con buenas y pacíficas intenciones. Entonces ellas dejan las armas y van a las canoas de sus visitantes, donde ellas eligen cada una la hamaca más a mano (siendo estas las camas donde duermen); luego las cogen y las llevan a sus casas y, colgándolas en un lugar donde sus propietarios se unirán a ellas, reciben a los indios como huéspedes durante unos cuantos días. Tras esto, los indios regresan a su tierra propia, repitiéndose estas visitas todos los años en la misma estación. Las hijas que nacen de estas uniones son conservadas, y son las mismas amazonas quienes las crían ya que han de ser herederas de s valentía y de las costumbres de la nación; pero que lo mismo ocurra respecto de los hijos no es cosa que se pueda asegurar. Un indio, que había ido con su padre a esa región cuando era aún joven, manifestó que los hijos se entregaban a sus padres cuando regresaban al año siguiente. Pero otros, y esta versión parece más probable, pues más corriente, dicen que cuando las amazonas ven que el nacido es niño lo matan. El tiempo descubrirá la verdad, y si estas son las amazonas tan cantadas por los historiadores existirán tesoros encerrados en su territorio, riquezas que enriquecerán a todo el mundo."
 

Francisco de Orellana


viernes, 12 de febrero de 2016

El Doctor Eximius et Pius


Filósofo y teólogo español, nacido en Granada en 1548. Llamado Doctor Eximius et Pius.

En 1564 ingresó en la Compañía de Jesús. Estudió en Salamanca, enseñó Filosofía en Segovia y Teología en Valladolid; entre 1580 y 1585 comentó la Summa theologiae de santo Tomás de Aquino en el Colegio Romano y otros como Alcalá, Salamanca y Ávila. Tras regresar a España fue profesor en Alcalá y después ocupó la cátedra de Prima en Coimbra.

 

La extensa obra doctrinal de Francisco Suárez manifiesta el esfuerzo de revitalizar la tradición escolástico adecuando lenguaje y perspectivas al clima contrarreformista español. En una de sus primeras obras, De Verbo incarnato, fechada en 1590, intenta superar la oposición existente entre escotistas y tomistas en relación con el tema de la encarnación. Está de acuerdo con santo Tomás al revelar que la mayoría de los pasos de la Escritura atribuye la causa de la encarnación de Cristo a la voluntad de redimir al hombre del pecado, pero añade también que la Biblia considera la encarnación como plena manifestación de la gloria divina; su realización histórica no puede, por tanto, depender del pecado del hombre.

Además de los comentarios a la Summa, su interés por la perspectiva aristotélico-tomista se refleja en numerosas obras, la más conocida titulada Disputationes metaphisycae, datada en 1597.

En otras obras como Varia opuscola theologica, de 1959, y De vera intelligentia, de 1605 aunque publicada en 1656, interviene en la disputa sobre la gracia que enfrentaba a jesuitas y dominicos. Para conciliar la afirmación de la gracia divina con la de la libertad humana, Suárez propone la teoría del congruísmo, que expone que Dios no determina directamente la voluntad humana, pero, como prevé los futuros acontecimientos contingentes a través de una forma especial de conocimiento scientia media, concede al hombre la gracia adecuada gratia congrua para que pueda obrar el bien mediante el ejercicio del libre albedrío.

 

La metafísica de Francisco Suárez se ofrece como el primer ensayo logrado de constituir un cuerpo de doctrina metafísica independiente, en el sentido de no seguir el curso de los libros metafísicos de Aristóteles.

El modo en que concibe la metafísica se colige del orden de sus Disputaciones, consistentes en un análisis del objeto propio de la metafísica (1), del concepto del ente (2), de las propiedades y principios del ente en general (3), de la unidad trascendental en general (4), de la unidad individual y del principio de individuación (5), de la unidad formal y universal (6), de las varias clases de diferencia (7), de la verdad (8), de la falsedad y sus formas (9), del bien (10), del mal (11); el examen de la causalidad metafísica (12), de la causa material (13 y 14), de la causa formal (15 y 16), de la causa eficiente, de la causa primera (17 a 23), de la causa final (24), de la causa ejemplar (25) de la relación de la causa con el efecto (26), de la relación entre las causas (27); la división en el ser infinito y en el ser finito (28), de la intelección de la existencia de Dios (29), de la esencia y propiedades del ser divino (30), del examen del ser finito (31), de la separación del ser finito en substancia y accidente (32), de la doctrina metafísica de la substancia (33 a 36), de los accidentes en general (37), de la comparación entre el accidente y la substancia (38), de la división del accidente en nueve géneros supremos (39), de la cantidad (40 y 41), de la cualidad (42 a 46), de las relaciones (47), de la acción (48), de la pasión (49), del tiempo y del espacio (50 y 51), del lugar y del hábito (52 y 53) y de los entes de razón (54).

Al pensamiento de Suárez, aunque vinculado al de santo Tomás, le caracteriza el examen detallado de varias opiniones sobre cada cuestión fundamental antes de proceder a dar su propia solución. Solución que frecuentemente se emplaza dentro del espíritu de la escuela tomista, modificando en no pocos casos su solución o acercándola a otra escuela de pensamiento.

Sobre el principio de individuación, por ejemplo, Suárez indica que hay dos clases de unidades indivisibles: una, propiamente material, y otra específica, perteneciente a todos los individuos de la misma especie. No puede, en consecuencia, hablarse de lo universal unívocamente, sino que hay que referirse a él como algo que está potencialmente en las cosas y en el acto del intelecto. La verdadera realidad de la cosa es el compuesto, la propia realidad de lo espiritual no consiste en su especificidad sino en su individualidad propia e intransferible. La individuación se halla en el compuesto mismo en virtud de su modo o forma de unión de la forma y la materia.

 

Las dilucidaciones metafísicas de Francisco Suárez abordan temas capitales a los que responde desde su estudio y conclusiones. En cuanto a la existencia de Dios, explica que en vez del paso del movimiento a su causa debe afirmarse el paso de lo creado al Creador. En cuanto a la relación entre esencia y existencia, establece una distinción de razón con fundamento en la cosa, indicando en qué modo las criaturas son contingentes, estableciendo un criterio de relación entre la criatura y el Creador.

La sobresaliente argumentación y discusión (disputatio) de Suárez no es ajena a su personal tendencia filosófica, que es uno de sus rasgos más importantes. En su pensamiento hay un constante espíritu de formalización.

 

Las doctrinas políticas y jurídicas de Francisco Suárez se recogen en Delegibus ac Deo legislatore, de 1612, tratado que se basa en la distinción entre el Derecho natural y el Derecho de gentes. Ambos, proclama, se extienden a todos los hombres, pero el primero es superior al segundo ya que sus preceptos son expresión directa de la ley eterna.

El Derecho de gentes es de institución humana y contiene usos y costumbres comunes a casi todas las naciones.

Lo mismo que santo Tomás, Francisco Suárez habla de cuestiones jurídicas de las leyes como teólogo; debido a que toda ley deriva en última instancia de Dios. Pero esta subordinación de las leyes humanas a Dios no quiere decir que las leyes humanas se equiparen a las divinas. Las leyes humanas se encaminan a la prescripción de los fines propios de la comunidad de seres racionales que, como tales, actúan justa o injustamente para los demás. En rigor, sólo con relación a la sociedad humana las comunidades humanas puede hablarse de leyes. Leyes promulgadas por el legislador que ha de ser aceptado en esa condición.

El legislador supremo es Dios, pero aunque la legislación humana participe de la divina no es idéntica a ésta.

La obra jurídica y política de Suárez presta atención tanto a lo que podría llamarse la jerarquía de las leyes, como a la autonomía de cada una de las diversas clases de leyes. De ahí desarrolla el concepto de ley natural, el de la ley de las naciones, ius gentium o derecho de gentes, y el de la ley civil. En cada caso se trata de un tipo de ley que origina un Derecho propio. Y ninguno de estos Derechos tiene por que ser incompatible con el otro ni confundirse con el otro. La ley natural, aunque no divina, tienen en común con ésta su universalidad y su eternidad. La ley de las naciones no es ni divina ni natural sino positiva y humana, pero posee la universalidad que le da la costumbre. La ley civil es humana y positiva y posee una cierta universalidad, pero está encaminada al bien común de cada sociedad humana.

Francisco Suárez desarrolla la idea del consentimiento de los miembros de una comunidad, idea similar a la del posterior contrato social, pero niega que el consentimiento sea una mera convención.

Desarrolla también la cuestión del origen y legitimidad del poder civil. El monarca detenta el poder no de un modo absoluto y arbitrario sino por una delegación basada en el consentimiento; la revuelta es justificada cuando el monarca abusa del poder que legalmente detenta y se convierte en un tirano; usa de su poder para beneficio propio y no común.

 

La labor de Francisco Suárez representa la cima de la llamada escolástica del Barroco, en el siglo XVI, que ejerció influencia en las universidades europeas, especialmente las centroeuropeas; y Suárez fue el autor con más predicamento.

Influyó en pensadores de la talla de Hugo Grocio, Gottfried Wilhelm Leibniz, Franco Burgerdijk, Jacobus Martín, Clemens Timpler, Christian Scheibler, Jacob Revius, Andrian Heereboord; y entre los españoles, Miguel Viñas.

Francisco Suárez

Imagen de www.ucm.es



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miércoles, 10 de febrero de 2016

En el mismo lugar


Hay una prisa que no registra el tiempo. Esa prisa que registra el anhelo es la que empuja para llegar cuanto antes al lugar elegido donde se espera un acontecimiento.
    En ese lugar que mira a la parte que traerá la noticia, la confirmación, el reencuentro, la voz interior dice a la brisa que también le gusta ser el otro lado. La voz que es de uno y habla para uno, cuenta que un día fue origen lo que ahora es destino; cuenta, impresionado el recuerdo de dulce nostalgia, que nada más poner pie en tierra surgió la promesa de reiterarse en ese puerto de acogida sujetando la expectación de lo que ha de venir un momento, una vida.



María Luisa Villaba: La otra orilla.


 
Son varias las emociones que concurren en el límite entre la tierra, el horizonte y el mar, ataviada de fiesta la curiosa impaciencia. Ha de suceder, proclama esa voz que es propia y es aire enredado en la gala.
    Mientras, con la mirada al frente se murmura el apego a dos mundos unidos por un puente de memoria; un paso franco resistente a todas las circunstancias.  


lunes, 8 de febrero de 2016

Tres acciones directas


Acción directa es el lema de la acracia, adaptado por grupos revolucionarios de toda laya y época. Esta forma de actuar, tendente a favorecer en primera instancia una alteración del orden establecido y de la estructura política vigente y al cabo la subversión revolucionaria para dar paso a una nueva organización social, provocó en España, entre otros episodios de diversa trascendencia, la muerte de tres Presidentes del Gobierno en diferentes momentos, entre 1897 y 1921, pero con la misma técnica y objetivos coincidentes.
Las características personales y de gobierno de cada uno de los mandatarios, así como el particular desempeño de sus respectivas funciones, significaron menos para la determinación de los asesinos y del entramado impulsor que el cargo que ostentaban y, por ende, la capacidad de tomar medidas concretas para la resolución de asuntos urgentes, también de especial incidencia para ciertos intereses en juego, como la de poner en marcha acuerdos y leyes o de frenarlos.
    Las siguientes líneas informan, en obligada síntesis, de la tarea de gobierno de cada uno de los tres presidentes, destacando facetas que deben ser tenidas en cuenta a la hora de valorar su calidad y propósito. Por otra parte, y en conclusión, estas someras reseñas biográficas y los discursos extraídos a colación de los desenlaces, recordarán argumentos y prácticas tan en boga antaño como hogaño; algo digno de reseñar.

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Antonio Cánovas del Castillo
Su actuación política, de gran relevancia, se circunscribe al ferviente deseo de continuar la Historia de España, interrumpida por un dilatado periodo de extremismo insustancial. La Restauración, cuyo principal papel le corresponde, iba a ser en su idea el punto y coyuntura fundamentales con los que zurcir los descosidos originados por la demagogia y los afanes particularistas que, entre inconsciencias y traiciones, aniquilaban el sentir nacional.
    Hasta que un mal viento extranjero, con su aparejada preferencia, acabó con el proyecto. La fortaleza de su logro era grande y en los opositores hubo necesidad de eliminar al artífice que acaso hubiera podido, dotado de experiencia y honradez, sacudidas las iniciales reticencias enderezar el rumbo de la nave y llevarla a buen puerto con renovada ley electoral, por ejemplo, y mayor participación del estamento civil.
    A la muerte de Alfonso XII, y junto a otros acosos el del Carlismo acechante, las figuras liberales de entonces, plenas de egoísmos, demostraron más interés en procurarse una defensa ante lo que pudiera venir, encauzando sus ansias políticas a la finalidad de asentar los propios postulados, o la peculiar interpretación de los mismos, y las convicciones ideológicas en detrimento de un general beneficio patrio.
 
Referencia al magnicidio escrita por Salvador Bermúdez de Castro y O'Lawlor, marqués de Lema, en su estudio Cánovas o el hombre de Estado:
En el 22 de julio de 1897 salió con su esposa para San Sebastián, para conferenciar con la Reina Regente. El criminal que había de acabar con su vida le espiaba ya. Una tarde, al anochecer, Cánovas había regresado al hotel, y en un saloncito vecino de sus habitaciones permanecía en la oscuridad, como gustaba de hacerlo a veces, pues, a más de dar un descanso a su vista, solía así concentrar más su pensamiento sobre los asuntos que le preocupaban. Una antesala oscura precedía al saloncito. En éste, delante de la puerta, había un biombo y detrás hallábase un sofá, donde estaba él sentado. Oyó abrirse cautelosamente la puerta, y sorprendiéndole el modo de hacerlo, preguntó con voz fuerte. "¿Quién va?"
    Inmediatamente cerróse aquella. Y Cánovas quedó algo perplejo sobre el incidente, hasta el punto de creerlo bastante interesante para referírselo a su esposa, que entró poco después.
...
Tardó unos días Angiolillo [Michele Angiolillo fue el asesino] en trasladarse a Santa Águeda [el balneario de Santa Águeda en Mondragón, provincia de Guipúzcoa] para donde habían salido los esposos Cánovas, no debiendo llegar si no unos tres días antes del 8 de agosto, en que realizó su nefando crimen, porque él declaró después que había intentado en la carretera a Mondragón, por la cual solía pasear todas las tardes el presidente, llevar a cabo sus siniestros propósitos. El domingo, 8, Cánovas había oído misa en  la iglesia del pueblecito de Santa Águeda y regresado al establecimiento, y después de recoger en su habitación unos periódicos, bajó, por creerlo lugar más fresco, a la galería de arcos, al nivel del jardín, que se extendía por todo el frente del edificio. Allí, en el banco más cercano a las tres grandes puertas que se abrían sobre esa galería tomó asiento y comenzó a leer La Época, y como era muy miope el periódico le tapaba la vista, de tal suerte que no advertía lo que pasaba cerca de él. El oído, que lo tenía bueno, no pudo tampoco servirle, porque el criminal, percatado de ser aquél el momento propicio a sus planes, ya que, por el gran calor que hacía y coincidir con la hora de prepararse los bañistas para bajar a comer, hallábanse corredores y galerías desiertos, había subido a su habitación, calzándose alpargatas, y evitando todo ruido pudo impunemente acercarse a la puerta abierta de la galería y, apoyando la mano izquierda sobre la hoja cerrada, disparar a quemarropa sobre su víctima. El primer disparo, en la cabeza, hízole levantarse a Cánovas; el segundo partióle la yugular y le produjo terrible derramamiento de sangre; tambaleándose recibió el tercero en la espalda, todos mortales. El cuarto se desvió, dando la bala en el techo de la galería por haber acudido el teniente de la Guardia Civil y sujetado al criminal por los brazos en el momento que disparaba.
 
Antonio Cánovas del Castillo, político de carácter conservador, artífice del régimen de la Restauración, jurista, literato, miembro de la Academia de la Historia, de la Real Academia Española, de la de Ciencias Morales y Políticas y de la de Bellas Artes de San Fernando, y presidente del Ateneo de Madrid; asesinado por su condición de Presidente del Gobierno el 8 de agosto de 1897. Su asesino fue el anarquista italiano Michele Angiolillo, alias Emilio Rinaldi, definido él mismo como revolucionario socialista, con el apoyo de los laboristas cubanos y el encubierto manejo de los Estados Unidos de América cuyos poderes fácticos tenían la vista puesta en la independencia de la isla.



Antonio Cánovas del Castillo



* * *



José Canalejas Méndez
Las oposiciones políticas, básicamente socialistas (partido y sindicato) y republicanos, llevaban a cabo sus campañas desestabilizadoras en la calle, a través de los medios afines y por medio de la coacción. La mayoría de los periódicos hacían del ataque de léxico violento una forma cotidiana de expresión: caldear el ambiente y dirigir la posterior ira hacia el considerado causante o los considerados responsables: poner la diana, señalar. En el siguiente documento, fechado en mayo de 1910, Canalejas fija con claridad los puntos de acción que inspiran su labor de gobierno y por ende su pensamiento sociopolítico.
 
Se viene procurando, desde hace algún tiempo, no defender ideas o propagar doctrinas, sino lanzar ultrajes e imponerse por la amenaza.
    Yo creo, y he sostenido siempre, que no hay partidos legales ni ilegales; que todas las ideas son lícitas; que el pensamiento no delinque. Es decir, todo lo que constituye la esencia de la doctrina democrática, y creo también que, dentro y fuera del Parlamento, los ciudadanos deben ejercer el derecho de reunión, el derecho de manifestación, el de petición, el electoral, etc. pero lo que no creo lícito es que a sabiendas se difundan especias falsas, notoriamente falsas e injustamente falsas, para agraviar a los demás.
    Se dice que se va a aumentar la lista civil, cuando se sabe que la lista civil se aprueba al comenzar un reinado. Además, el Rey no ha hablado de semejante cosa; peros e pone en circulación el infundio para hacer daño.
    Otro día va el Rey a Londres, costeando su casa los gastos del viaje, y se dice que le va a costar a España una enormidad.
    Y todas estas cosas que se dicen no causan efecto en los espíritus saludados por la cultura; pero en las gentes ignorantes y de buena fe causan impresión.
    Otros dicen que este gobierno es una prolongación de maura [Antonio Maura]; se les habla de indultos que se están concediendo ahora y que no están en la estadística publicada, y nos llaman regresivos; ellos mismos dicen que tenemos rozamientos con el Vaticano, y, sin embargo, nos llaman clericales; preparamos proyectos presentados al Instituto de Reformas Sociales y, sin embargo, nos llaman capitalistas plutócratas; otro día, en fin, presenta el Ministro de Hacienda proyectos y se dice que somos enemigos del proletariado.
    Pero todo esto, que es muy importante, se agrava cuando se apela al sistema de lo ocurrido anoche en Valencia.*
    Nosotros no hemos podido dar muestras de cordura, y en diferentes ocasiones hemos adoptado medidas preventivas para evitar conflictos. Hemos procurado que los obreros no sean llevados a huelgas como pretexto para promover algaradas políticas; pero, por lo visto, según el lenguaje de los líderes, se quiere llevar la intranquilidad y la perturbación a las calles y se amenaza en mítines con que se llevará la coacción al Parlamento. Eso no lo toleraremos, no se tolera, ni en democracias ni en monarquías, ni por conservadores ni por liberales, ni en Europa ni en América.
    Y como la ley nos autoriza para ello, si eso se intenta, apelaremos a las más enérgicas represiones.
    Precisamente porque somos demócratas y vamos a realizar un programa radical, debemos asegurar a los hombres de las derechas su tranquilidad.
    Hay muchas maneras de perturbar el orden: la manera brava de las barricadas, y esa otra sigilosa de la coacción y del garrote; aseguraremos sin jactancia lo que llamaba Waldeck-Rousseau** la libertad de la calle y la tranquilidad de la calle, pues cuando hay que imponer el orden es un deber del gobernante hacerlo, sin jactancias y sin desplantes; y si algunos, abusando de que son Diputados electos, reinciden en actos que van contra las leyes, medios tenemos e éstas para castigarlos.
    Porque todas esas bravatas y amenazas, o son inorgánicas y no las apoya nadie, o son organizadas, y entonces tienen la responsabilidad de los jefes.
    Precisamente ahora, España necesita una era de quietud y trabajo.
    No se puede perturbar el orden público, y eso no se puede tolerar, y no será.
 
* Consistió en un fuerte tumulto producido al llegar el diputado Rodrigo Soriano Barroeta-Aldamar, miembro del Comité Ejecutivo de la Conjunción Republicano-Socialista (coalición electoral de partidos políticos de izquierda liderada por Pablo Iglesias Posse) a la capital levantina el 16 de mayo de 1910. Hubo víctimas, siendo uno de los muertos el teniente del Cuerpo de Seguridad, Juan Escudero, apuñalado por un revoltoso. Rodrigo Soriano tenía pedidos por la Justicia 67 suplicatorios, demandas del órgano competente todas ellas para poder procesarlo por los varios delitos que se le imputaban.
** Pierre Waldeck-Rousseau, político francés de carácter liberal, ministro del Interior y Primer Ministro de Francia en 1899.
 
Información del magnicidio dada en el opúsculo El asesinato de don José Canalejas, aportada por discípulos del doctor Quintiliano Saldaña y García-Rubio, jurista criminólogo y sociólogo:
El día 12 de noviembre de 1912, a las once y veinticinco minutos de la mañana, entraba el señor presidente del Consejo de Ministros, don José Canalejas y Méndez, solo y a pie, en la Puerta del Sol, dirigiéndose por la acera del Ministerio de la Gobernación a dicho centro para la celebración del Consejo que en él tenía anunciado para las once y media.
    Pero antes de llegar a la calle de Carretas, al pasar por la librería del señor San Martín, detúvose unos instantes a ver los libros expuestos en su escaparate.
    A los pocos minutos, un joven bien vestido, de regular estatura, de gabán gris claro, se acercó al presidente y por la espalda, sin dar tiempo a que pudiera ser evitada la agresión, sacó una pistola Browning, nueva y de gran calibre, e hizo tres disparos consecutivos sobre la persona del presidente, causándole la muerte instantánea.
    El señor Canalejas había recibido un balazo en la región occipital izquierda, con entrada por detrás de la oreja y con orificio de salida por el oído derecho.
    Inmediatamente, antes de que se diese lugar a ser detenido, el asesinos e separaba algunos pasos, y volviendo el arma sobre sí se disparó en la sien derecha, cayendo al suelo gravemente herido.
    El cadáver del señor Canalejas permaneció unos momentos solo, tendido sobre el pavimento, sin que nadie acudiera a recogerlo debido al pánico producido en aquellos momentos.
    La hemorragia fue tan poca, que la sangre quedó coagulada al salir de la herida.
    No tardó, no obstante, en ser recogido el cadáver del señor Canalejas y trasladado al Ministerio de la Gobernación por cuatro guardias de Orden Público, siendo reconocido por dos médicos que no pudieron hacer otra cosa que certificar su defunción, pues la bala habíale atravesado la médula produciéndole la muerte inmediata sin que, por consiguiente, hubiera articulado una sola palabra.
    A la vez que el señor Canalejas fuero heridos Víctor Galán, ordenanza de la Sociedad La Filantrópica, y la señorita Carmen Sanz del Moral.
    El asesino fue recogido por uno de los agentes encargados de la ronda especial del señor Canalejas y conducido en un coche a la Casa de Socorro del distrito del Centro, establecida en la Plaza Mayor.
    Reconocido por el médico de guardia se le apreció una herida de bala con orificio de entrada por la región temporal derecha y salida por la parietal izquierda.
    A las dos y veintitrés minutos de la tarde falleció sin haber recobrado el conocimiento, trasladándosele, a las tres y media, al Depósito Judicial.
    En el registro efectuado en el cadáver se le encontró: una partida de nacimiento; un retrato de mujer con la dedicatoria: "A mi inolvidable Manuel"; un documento en cuya portada se lee "Conflagración universal. París", conteniendo en él una especie de clave en la que mezcla palabras españolas y francesas y ciertos signos; un folleto anarquista; un trozo de la Astronomía Popular, de Flammarión; un número de ABC del día antes del crimen; una pluma estilográfica con pluma de oro; una cédula personal y una carta del Comité Internacional de Ginebra, en la que se le pregunta si seguía trabajando en las obras del Palace Hotel, y, por último, un billete de 25 pesetas, 16 en plata y 1,55 en calderilla.
    Según varios testigos del suceso, el asesino no iba solo. Se le vio acompañado de otro hombre de barba rubia, que se separó de él momentos antes de cometer el crimen.
 
José Canalejas Méndez, político de carácter liberal, abogado, desempeñó cargos políticos de creciente importancia y como ministro de Agricultura, Industria y Comercio creó el Instituto del Trabajo; reformista y regenerador de la Restauración; asesinado por su condición de Presidente del Gobierno el 12 de noviembre de 1912. Su asesino fue Manuel Pardinas Serrato-Martín, integrante de los grupos libertarios internacionales costeados en parte por el Centro de Hombres libres de París, colector del revolucionarismo masónico-carbonario, y sostenidos por el sector de la acracia afincado en Burdeos denominado Libertos de Burdeos.



José Canalejas Méndez


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Eduardo Dato Iradier
Discurso de Gabino Bugallal y Araujo, conde de Bugallal, presidente interino del Consejo de Ministros a consecuencia del asesinato la víspera, 9 de marzo de 1921, del presidente del Gobierno Eduardo Dato Iradier, en la sesión de Cortes celebrada al respecto del trágico suceso.
Señores diputados, cumplo el doloroso deber de dirigirme a la Cámara con motivo del trágico suceso que está presente en el corazón de todos y de que acaba de dar cuenta la comunicación leída.
    Quisiera comunicar los naturales sentimientos de mi alma y dejar de pensar por un instante en el amigo cariñoso, en aquel jefe en quien todos veíamos más la cualidad del afecto que la de la jerarquía; porque él, enemigo de toda exaltación propia, procuraba que la jerarquía no fuese advertida por sus inferiores. Pero por encima de todo lo que signifique el afecto, por encima de todo lo que signifique la disciplina, es preciso pensar, tengo la obligación de decir algo que se aparte momentáneamente de estas impresiones y de estos sentimientos, elevando el pensamiento a más altas regiones, ya que es evidente que el fin que se han propuesto los autores del hecho tan abominable no fue el de herir a una persona, no fue el de herir a un amigo de nadie, no fue el de herir siquiera al jefe de un partido; fue el de buscar la encarnación de la sociedad, la encarnación del Estado, la encarnación del Derecho, a impulsos de la barbarie que anida en los corazones de los que tienen planteada esta lucha brutal, alentada por la revolución social, que entraña tan aborrecibles propósitos, utiliza tan execrables procedimientos.
    Y es, señores, coincidencia extraña la que viene a mi memoria en este momento, y la que estará presente también en el ánimo de todos vosotros.
    Señores diputados, es la tercera vez que un jefe de Gobierno cae en condiciones análogas. Fue la primera vez herido aquel Cánovas del Castillo, el iniciador del estudio de las doctrinas sociales en defensa de la clase obrera, el primer presidente de la Comisión de Reformas Sociales, que fue también el primer organismo creado en España para el estudio de las cuestiones de esta naturaleza. Fue el segundo aquel Canalejas que pasó toda su vida siendo el portaestandarte de estos ideales de amparo, de protección al desvalido, de mejora de la situación del que se ve inerme en las luchas sociales, para colocarle en condiciones adecuadas de competencia posible enfrente de los que están por su nacimiento, por sus circunstancias de cualquier clase, en posición privilegiada. Y es el tercero, señores, aquel que ha tenido la gloria de ser el iniciador en la esfera legislativa de soluciones en favor de las clases obreras, y que consagró su vida entera y dedicó todos sus afanes de hombre de estudio y de pensamiento a buscar la manera de procurar que estos desniveles sociales fuesen cada vez más suaves, fuesen más dulces, que las relaciones entre la Humanidad fuesen constantemente cordiales, o que, por lo menos, estuvieran siempre inspiradas en esta finalidad.
    ¡Tristes pensamientos vendrían a nosotros si quisiéramos derivar alguna consecuencia! Parece que palpita en nuestros recuerdos aquella frase fatídica de los inspiradores de estos instrumentos del crimen que sostienen que a la autoridad hay que atacarla en las personas de los más grandes, de los más justos, de los más buenos, porque ellos son quienes hacen amable la autoridad, y que no se preocupe nadie demasiado de hostilizar a aquellos que no tengan estas cualidades porque no son enemigos temibles.
    Entre las dotes que culminaban en don Eduardo dato sabéis que era la que parece envolvía a todas las demás, la de la condescendencia, la de la bondad para todos. Y por eso, quizá por eso, es por lo que el señor Dato en estas horas trágicas en que la civilización y la barbarie parece que están en pugna, ha sido buscado como víctima.
    No tengo posibilidad, señores, de añadir una palabra más a las que acabo de pronunciar. Quisiera no haberme visto en la necesidad dolorosa de pronunciarlas siquiera; pero vosotros comprenderéis que, aun siendo amargo el deber, era para mí inexcusable, y que en estos instante no puede haber en mi ánimo otro pensamiento que el de consagrar estos recuerdos al jefe querido y a aquel que encarnaba la sociedad en este momento de su alta magistratura, y a todos llamar la atención acerca de la necesidad, cada día  mayor, en que se encuentran los representantes de la sociedad y los representantes del país de unirse para hacerse fuertes en defensa del derecho y de la justicia.
    Nada más, señores; solamente tengo que añadir el ruego que consta al final de la comunicación de que se ha dado lectura.
    Os ruego a vosotros y ruego al presidente que mientras realizamos la función transitoria de levantar y mantener el pendón que simboliza en estos momentos el Derecho y la Autoridad, acuerde esta Cámara suspender sus sesiones hasta que se pueda dar una solución definitiva para el bien público, en presencia de las terribles circunstancias porque estamos atravesando.
Detalle del magnicidio narrado por el historiador, periodista, crítico literario y político Melchor Fernández Almagro, en su Historia del reinado de don Alfonso XIII:
El día 8 de marzo [1921] se hincó en la Historia con mucha mayor fuerza que otros, porque a primera hora de la noche, pasando en automóvil por la Plaza de la Independencia, de vuelta a su casa desde la Alta Cámara, fue asesinado el presidente del Consejo.
    "Cuando el coche llegaba a la altura de la misma Puerta de Alcalá —declaró el chófer— sentí como una descarga cerrada y luego dos disparos sueltos. Yo pensé al principio que había estallado algún neumático; pero al producirse los últimos disparos, el lacayo dejóse caer sobre mí, al mismo tiempo que exclamaba: ‘Nos han matado'. Herido mi compañero, me lancé yo a tierra y fui a abrir la portezuela. Horrorizado vi entonces que el presidente se encontraba como muerto; la cabeza reclinada sobre el respaldo, en el mismo rincón del lado derecho, arrojando gran cantidad de sangre por la frente y cara; el respaldo todo manchado; el sombrero, caído al suelo del carruaje."
    Ya cadáver fue conducido Dato a la Casa de Socorro de la calle de Olózaga. Los asesinos habían llevado a efecto el crimen desde una motocicleta que escapó a toda marcha por la calle de Serrano. La ocupaban tres hombres llegados de Barcelona: pedro Mateu, Ramón Casanellas y Leopoldo Noble o Nicolau.
 
Eduardo Dato Iradier, político de carácter conservador, prestigioso abogado, alcalde de Madrid, titular de varias carteras ministeriales, creador del Ministerio de Trabajo y Presidente del Congreso; asesinado por su condición de Presidente del Gobierno el 8 de marzo de 1921. Sus asesinos fueron Pedro Mateu Cusidó, alias José Pallardó, masón y anarquista, Ramón Casanellas Lluch, anarquista y comunista, y Luis Nicolau Fort, alias Leopoldo Noble, anarquista; los tres patrocinados por la Masonería, el incipiente Partido comunista de España y los movimientos ácratas de Barcelona y Madrid con el auspicio del Movimiento Libertario Internacional.



Eduardo Dato Iradier

 
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Los relatados son hechos decisivos, ejecutados al encargo por mano revolucionaria eximida de ley, que responden a un plan superior, preconcebido y único. Su influencia, al conseguir la eliminación de los estadistas más valiosos, ha imposibilitado llevar a cabo la regeneración política española en el siglo XX.

    Cambian las modas, varían con el tiempo los usos y algunas costumbres se pierden mientras otras se mantienen. Son otros los protagonistas a un lado y a otro de las calles, de las tribunas y de los foros; otros son los medios empleados para divulgar ideas y para difundir proclamas o consignas que ahorren entendimiento a los designados ejecutores. Hoy como ayer las actitudes ofrecen la imagen nítida que precisa el enjuiciador para valorar qué aparece o qué deja de asomar en el escenario y, a continuación, en la tramoya.


Artículo complementario

    La Restauración borbónica y la Constitución de 1876    



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    En la calle del Turco