lunes, 27 de febrero de 2017

Opinión solicitada

 
Doy mi opinión si me la piden, ya sabes. No hace falta que extienda argumentos para justificar una conducta lógica, de sentido común. Hay que prever los acontecimientos con suficiente distancia y medios intelectuales para evitar que las andanadas de la decepción o la envidia, muy parejas ellas, salpiquen o acierten en la diana. Sólo doy mi opinión si me la pide alguien que a mi juicio merece la entrega de lo que me solicita. Es un criterio de racionalidad.
    Te vi aquellos días, pero como si no te hubiera visto. Los dos andábamos ocupados con asuntos personales, eso dijimos y era cierto en ambos casos. Cruzamos unas palabras y unos gestos sin fecha concreta, casi deprisa, concertamos un encuentro posterior, en algún momento propicio, y poco más. Ese fue el marco.
    El escenario no difería del periplo itinerante en el que nos ejercitamos. Tú a lo tuyo, metida en el papel de la reivindicación; el tiempo pasado a rastras. Los episodios anteriores circulando en paralelo a las ganas de cerrar lo que es imposible eludir.
    Yo a lo mío, a mi aire, nunca satisfecho, siempre tomando varios caminos a la vez.
    Me parece que la iniciativa fue tuya. Digamos que la carga de la responsabilidad fue tuya. Dejaste que pasara. Bien hecho. Mal hecho. Tú sabrás. Creo que no tienes por qué arrepentirte, salvo que tu inseguridad sea patológica. Jugar al victimismo cabe, lo contrario también. Pasó y basta. Dejaste que pasara pero no aprobó el examen. De lo que estoy seguro es que jamás ayuda el negar la propia esencia. Eres así, como yo soy de la manera que soy.
    Tenías ganas de que aquello sucediera. Lo conseguiste. A partir de entonces la pequeña historia común te ha inscrito en la nómina de los triunfadores. El que luego surgieran los conflictos emocionales, no voy a enumerarlos pero son varios, carece de importancia para destacar la relevancia de tu proeza.
    No me burlo, es ironía. Suelo reírme de mi sombra y critico mi silueta. Trasladado a tu demanda te reflejo en las mismas aguas.
    El dilema aflora a continuación. Claro. Si no estás convencida de la maniobra cualquiera que sea el resultado te va a generar dudas. Un dilema capcioso, hormigueante, incluso doloroso. Un dolor leve, un malestar.
    La improvisación hay que prepararla la víspera, ya me entiendes. Tú me entiendes. Un cabo suelto más o menos es soportable, otorga aliciente a la posproducción, pero un olvido, una renuncia involuntaria o un descuido indebido es un desastre. ¿De acuerdo?
    De acuerdo. Con el estómago agasajado y la apariencia cubierta el temblor interno disminuye y el externo se volatiliza. Aspecto impecable, al gusto me refiero, los recursos activados y una idea prevaleciendo, la que vale: eres tú en toda tu dimensión.
    La conciencia te dictó su veredicto: existes. Una existencia individual disgregada del grupo, de los allegados y del restringido círculo de afines. Plena conciencia de que tú eres tú sin vuelta de hoja, para lo bueno y para lo malo, en la salud y la enfermedad, en la bonanza y a la intemperie con inclemencias. Tú sin atajos. Tú sin mentiras. Tú en la sociedad como elemento único y distintivo (es una esperanza), como sujeto de elecciones y desarrollos.
    Sin engaños, sin excusas, sin confundir el cielo con la tierra, la luz diurna con la oscuridad nocturna o viceversa. Hermoso melodrama; bella, entrañable tragicomedia. Has sido elevada a la máxima condición: la de persona con libre albedrío. Aprovecha la oportunidad mientras puedas dominarla.
    Vístete de secreto y anda. Decide y anda. El secreto que acompaña a la verdad es un trofeo y, no lo olvides, una caja de resonancia de los suspiros, las confesiones huidas, los estados carenciales y los de acuciante necesidad.
    Recuerda quién eres, observa la razón de tus actos y viaja con las aspiraciones de cada etapa.
    Te sientes libre. ¿Te sientes libre? El sentimiento de libertad obra el milagro cotidiano de sacudir los lastres, las rémoras, las inercias y las recomendaciones tendenciosas con fin acaparador.
    Existencia propia, consciente, y libertad ganada, defendida y propugnada, son los valedores de la decisión personal.
    Puedes llamarlo contrato. Yo lo llamo contrato.
    Contratas con tu naturaleza, la que te brinda derechos y obligaciones, contratas con terceras voluntades una determinación asociada, conveniente y con cláusula de reversión, como las daciones. La revocación garantiza una válvula de escape a la presión desmedida.
    Audacia precavida para echar a volar en solitario, a dúo, trío, cuarteto de viento y cuerda o en manada. Afinados los instrumentos de navegación.
    No he mencionado nombres ni las acciones u omisiones protagonizadas. Eso es de tu incumbencia.

viernes, 24 de febrero de 2017

Hay mucho que saber y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe


Escritor español del Siglo de Oro, Baltasar Gracián y Morales es, junto a Francisco de Quevedo, el máximo representante del conceptismo. Como buen conceptista, Gracián fue un enemigo declarado del culteranismo, la otra gran corriente literaria del barroco español. Maestro y defensor de la concisión, opuso a la ampulosidad expresiva culterana una prosa de frases cortas y descarnadas, un estilo lleno de paradojas, agudezas, sentencias, chistes y juegos de palabras, en el que predomina la formulación de ideas y conceptos. "Lo breve, si bueno, dos veces bueno", escribió en una máxima célebre. Su obra magna es El Criticón, una novela que presenta su particular visión del desengaño humano. En el orden literario, Baltasar Gracián es el autor de Agudeza y arte de ingenio, la obra que mejor define la estética conceptista.

Baltasar Gracián

Imagen de http://luisgre.wordpress.com

Nacido en 1601, de familia culta y acomodada, ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. Cursó estudios de Filosofía, de Artes y de Teología, y ejerció como catedrático de Gramática latina en diferentes colegios de los jesuitas. En esta etapa de aprendizaje recorre Aragón, Cataluña y Valencia, teniendo las ciudades de Huesca y Zaragoza especial repercusión en su vida y obra primigenia. Pero no todo fue literatura y docencia en su vida, pues nombrado capellán del ejército que luchaba contra la ocupación de Lérida por los franceses en 1646, confirió auxilio espiritual a los soldados.
 
Sus primeras publicaciones, como El Héroe y El Político, costeadas por el humanista y mecenas Vicencio Juan de Lastanosa, van firmadas con el seudónimo Lorenzo Gracián.
    Trasladado a Madrid, consiguió gran fama y éxito como orador sagrado; pero no completó en la corte un periplo de feliz trascendencia. Con todo, aprendió, trabajó y publicó, desarrollando sus inherentes facetas de pensador, docente y literato. De regreso a los viejos lugares que le vieron crecer e iniciarse en las artes y en las prácticas que la vida de estudio y análisis exige, y a las que la vida por el mero hecho de vivir obliga, prosiguió su tarea y didáctica, falleciendo en el año 1658.

* * *

Su obra es una profunda meditación sobre el hombre en un doble aspecto: por una parte, propone modelos de conducta y esquemas de comportamiento para alcanzar la excelencia; por otra, somete a una cruel disecciones las debilidades humanas que alejan al hombre de la perfección ideal.
    Toda su producción está escrita en prosa conceptista y tiene una finalidad didáctico-moral; una forma de escritura que crea un laberinto de cuidadas palabras. Sus páginas plasman máximas, acompañadas de glosas aclaratorias, manuales, discursos y aforismos, sentencias breves y doctrinales, que componen emblemas; una de sus obras, El Político don Fernando el Católico, de carácter apologético, se convierte en lección de filosofía política.
 
Es Agudeza y arte de ingenio, publicada en 1648, un tratado sobre los artificios del estilo literario, con múltiples ejemplos, donde Gracián ofrece las claves necesarias y fundamentales para entender el movimiento conceptista. Divide la agudeza en múltiples especias, cada una de las cuales es explicada y comentada sobre un texto determinado.
    Arte poética centrada en la sutileza del decir, en la agudeza del pensar
    "La verdad, cuanto más dificultosa, es más agradable, y el conocimiento que cuesta es más estimado."
     Para Gracián el saber es paradigma del vivir. "Hay mucho que saber y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe." Expone sobre la agudeza que es "pasto del alma" y destaca como en la mente "reina el concepto, triunfa la agudeza".
 
En El Criticón, su obra cumbre y de mayor extensión, obra publicada en tres partes y sendas ciudades entre 1651 y 1657, Gracián presenta una novela alegórica con una acción mínima, a diferencia de sus anteriores colecciones doctrinales, que contiene el curso de la vida en sus cuatro estaciones: primavera o niñez, estío o juventud, otoño o edad varonil e invierno o senectud; como una alegoría de la vida moral del hombre. El protagonista es Critilo, hombre juicioso, que tras un naufragio encuentra a Andrenio, hombre natural y simple; ambos viajan por diferentes países de Europa censurando la corrupción reinante a la par que exaltando la vida de virtud y sabiduría, único pasaje a la inmortalidad. En la segunda parte de la obra, Critilo encuentra a la Ninfa de las Artes y las Letras, lo que sirve de excusa al autor para enjuiciar a los principales escritores del momento y, de paso, manifestar sus gustos literarios.
    El peregrinar de Critilo y Andrenio es un aprendizaje vital, la búsqueda de la esquiva y reclamada felicidad que "no consiste en tenerlo todo, sino en desear nada". Todo es alegórico en esta novela. Critilo, solo y sin fortuna, cuenta que al darse a las lecturas instructivas "comencé a saber y a ser persona", consiguió la sabiduría y "con ella el bien obrar".
    El dominio de la lengua que demuestra Gracián maravilla. Su objetivo con tal destreza no es la burla ingeniosa, característica de Quevedo, sino desvelar la doblez humana, su malicia. Su discurso es reiterativo: la destrucción de la figura del hombre, verdugo y víctima de sí mismo. Dice Critilo a Andrenio: "Aquel desdichado extranjero es el hombre: todos somos él. Entra en este teatro de graderías llorando, comienza a cantar y encantar con falsedades, desnudo llega y desnudo sale, que nada saca después de haber servido a tan ruines amos". El centauro Quirón les conducirá en su primera entrada al mundo, amplio conocedor de la naturaleza del hombre: "no se da en el mundo a quien no tiene, sino a quien más tiene". El hombre es la única criatura creada por Dios que equivoca su fin, que desatina, que no se conoce, y a la vez es la más noble creación de Dios: la sabia Artemia hará su "moral anatomía". En la cumbre de la edad varonil, fin de la primera parte de El Criticón, ven "la jaula de todos", siempre llena, "que de loco o simple raro es el que se escapa; los unos porque no llegan, los otros porque se pasan"; rodeados siempre de "monstruos y fieras" porque "toda la vida es alarma".
    Se acaba su peregrinación porque "muere el hombre cuando había de comenzar a vivir, cuando más persona, cuando ya sabio y prudente", aunque vivir es "un ir cada día muriendo". La última lección que aprenden es que "los insignes hombres nunca mueren".
    Gracián convierte la peripecia en moralidad, la anagnórisis o reconocimiento en conocimiento. Del novelar ha hecho alegoría y símbolos de los personajes. La estructura de El Criticón es novelesca, pero su contenido es netamente filosófico.  
 
La influencia literaria y doctrinal de Gracián ha sido mayor en Europa que en España, lo que aquí se remedió a principios del siglo XX. Con sus obras traducidas en vida a varios idiomas, y a posteriori en el siglo XVIII a otros principales, la estima en literatos y pensadores de este siglo que generaba su filosofía la de un hombre pesimista que viste de pesimismo la aventura de la vida, aunque no paralizado, pues luchó con denuedo y estilo para mejorar la condición humana a base de consejos, advertencias y modelos dignos de ser imitados acrecentó su prestigio en los venideros.
    Schopenhauer tradujo el Oráculo manual y arte de prudencia sacada de los aforismos que se discurren en las obras de Lorenzo Gracián, más conocido por el Oráculo u Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647, a instancias de Goethe, y afirma: "Mi escritor preferido es el filósofo Gracián. Su Criticón es para mí uno de los mejores libros del mundo." Y Nietzsche escribió, también en referencia a esta obra: "Europa no ha producido nada más fino ni complicado de sutileza moral".

* * *

 
Los preceptos ético-políticos y estéticos que inspiran sus obras coincidentes Oráculo manual y arte de prudencia y Tratado de la agudeza y arte de ingenio convierten a Gracián en uno de los mayores exponentes de la espiritualidad barroca. Preceptos fundados en una concepción del arte entendido como complemento de la naturaleza y como segundo creador.
    Piensa y expone que el deber del arte es descubrir las relaciones más remotas entre las cosas y fijarlas en una forma precisa. Y para tal objeto sirve la agudeza, gracias a la cual se descubren nuevas relaciones entre cosas y nociones, se razonan nuevas ideas y conceptos y se aportan innovaciones al lenguaje y a la acción; la agudeza descubre las armonías y, sobre todo, las desarmonías del mundo. Incide Gracián en que los temas más atractivos para un artista son, en efecto, precisamente las disonancias, las paradojas, las exageraciones y los enigmas.
 
En Baltasar Gracián desempeña una función importante el motivo de la variedad. Así lo revela su obra El Discreto al poner de manifiesto una decidida aversión a la unidad de los tipos y a los modos de actuar: "Siempre hablar atento causa enfado; siempre chancear, desprecio; siempre filosofar, entristece y siempre satirizar, desazona".
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Sinopsis de El Criticón
Novela filosófica.
    Critilo, que vaga por el mundo en busca de Felisinda, la esposa que le fue raptada, es víctima de un naufragio junto a las costas de Santa Elena. Le salva a nado un joven lugareño que vive en estado de naturaleza aunque siente un "extraordinario ímpetu de conocimiento". Critilo se da cuenta de que su salvador no sabe hablar y en poco tiempo le enseña, y le bautiza con el nombre de Andrenio. Y le advierte de que "la vida del hombre no es otra cosa que una milicia sobre la haz de la tierra".
    Cuando ambos personajes saltan a tierra, Critilo dice a Andrenio: "Ya estamos en el mundo". Y empieza el gran viaje que es una completa alegoría del vivir.
    Los dos se dirigen a España. Visitarán Madrid y Aragón, Una vez en la Corte, Andrenio es seducido por las malas artes de Falsirena, y entonces es cuando Critilo le alecciona sobre la naturaleza y astucias de las mujeres. Luego pasarán los puertos de la edad varonil en Aragón.
    La primera edad del hombre, la juventud alocada dominada por el amor, ha terminado. Da inicio la edad madura, que hace a los hombres reflexivos y activos.
    Los dos peregrinos abandonan el país de la juventud y ascienden la montaña que se encuentra en su frontera, y ya en su cumbre reciben la hospitalidad de Salástano (nombre que probablemente oculta el de Vicencio Juan de Lastanosa), y visitan su biblioteca y museo. Prosiguen viaje hacia Francia, al tierra del arte y de la vida práctica.  Allí dan con la Ninfa de las bellas artes y de la literatura, mientras Critilo enseña a su discípulo la manera de juzgar concretamente; luego visitan la ermita de Hipocrinda, es decir, el disimulo, para, por último, pasar el Arsenal del valor y a la corte de Honoria, diosa de la reputación; y de allí a la casa de los locos, donde asisten a la representación de toda la humanidad. Será en esta simbólica tierra de Francia donde Critilo mostrará toda su habilidad dialéctica en el arte de juzgar, mostrando a Andrenio la manera en que debe actuar para conquistar honor y fama en lo que es la palestra de la humana y universal locura.
    Los peregrinos han llegado al invierno de la vejez. Se dirigen a Roma, la ciudad de lo eterno, no sin antes visitar por el palacio de la Vejez y a continuación el de la Embriaguez. Tienen como guía al Acertador, el Descifrador y el Zahorí, que les introduce en la fortaleza de los aventureros. En este lugar, Andrenio se torna invisible, como todos los que se hallan a su lado, hasta que le da de lleno la luz de la desilusión.
    Simbólicamente, Gracián nos da a conocer la verdadera vida del espíritu que se repliega sobre sí misma hasta encontrar lo eterno. De este modo los dos peregrinos llegan a Roma, donde asisten a una sesión de la Academia. Luego, desde lo alto de una de las siete colinas, contemplan la rueda del tiempo, la fragilidad de la vida humana y la muerte.  



Artículo complementario

   Conceptismo y culteranismo

 

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miércoles, 22 de febrero de 2017

Cambio de actitud


¿Y si los que podemos optamos por la perspectiva heroica?
    Harto de poner la otra mejilla, el personaje central de una historia moralizante, con su comportamiento ejemplar a cuestas, planta sus reales, muestra sus poderes y pone fin al contubernio habitual en los relatos al amor de la lumbre. ¡Hasta aquí hemos llegado!
    ¡Ahora es mi turno!
    Juega y gana.
    La virtud acompaña a los decididos en la defensa de las causas justas de ámbito universal. En otras palabras: nadie de los presentes es mejor que yo ni nadie entre los ausentes, pero con vigencia en el registro de los vivos y colendo, dicta los capítulos de mi historia.
    A veces, casi como un acontecimiento que se aloja en el olvido alimentado con la segunda embestida de meteoro, algunas veces sin que sirva de precedente, faltaría más, cambian las tornas y, mira tú por donde, el arrastrado se rebela, endereza el rumbo, voltea el cuadro y de víctima pasa a justiciero, de empujado a coloso y del sacrificio a la sentencia de un tribunal higiénico en forma y fondo, también en usos y costumbres.

Miguel Ángel Buonarroti: El tormento de San Antonio (h. 1487). Kimbell Art Museum, Fort Worth, Texas (EE.UU.)

 
Ni hablar de caer en el pozo ciego, sumidero de fracasos y resignaciones. Nada de apestarse en las zonas de influencia, de extremo a confín de la tierra conocida, feneciendo incluso con cautela y los orificios tapados.
    Para lastres, pesos y condenas sobran trampas, obstáculos y mentiras. De vez en cuando, aunque sólo sea para llevar la contraria al signo de los tiempos, conviene sacar pecho y diseminar inteligencia, junto a una inestimable fuerza de apoyo físico y moral, con el propósito de ir hacia un lugar elegido y, en alas de esa misma facultad, estar con quien uno quiera ejerciendo la actividad precisa para cada ambición.
    Cuestión de perspectiva.

lunes, 20 de febrero de 2017

El control del Pacífico septentrional


El sevillano Esteban José Martínez Fernández y Martínez de la Sierra, nacido en 1742, tuvo su bautismo de mar en calidad de grumete en 1759, embarcado en el navío Príncipe Lorenzo que surcaba en descubierta las aguas del Mar del Sur, periodo que duró un año. La siguiente salida fue en 1762, a bordo del navío El Fénix, de la Real Armada española, ya como marinero; y al tercer embarque, en la misma nave, manifestó su deseo, y puede que aptitud, para incorporarse a las tareas marineras como segundo piloto sin que le concediera el mando tal privilegio. Hubo de pasar tiempo y Esteban José Martínez de cambiar de continente, llegado al Nuevo Mundo, para que su aspiración culminara en hecho; el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa lo nombró segundo piloto del apostadero de San Blas, en la provincia de Nayarit, localizada en la costa pacífica de México. La misión de Martínez, junto a otros beneméritos marinos, hombres de ciencia, soldados y misioneros, era la de ir descubriendo aguas y territorios hacia el Noroeste a la par que colonizando la denominada Alta California.
    En 1774 puede decirse que comienza la aventura expedicionaria de Martínez con protagonismo destacado. Con el empleo de segundo piloto de la fragata Santiago, a las órdenes de Juan Pérez, en primer lugar se procedió a la descarga de un transporte de bastimentos para los puertos de San Diego y Monterrey, y a continuación, motivo principal de la travesía, se puso proa al Noroeste. La Santiago llegó al Archipiélago de la Reina Carlota (Haida Gwaii), y poco después hasta la hoy llamada isla Príncipe de Gales, ambos territorios en aguas de Alaska, siendo la máxima latitud alcanzada los 55º 30'. El acoso de las inclemencias y el escorbuto obligó a navegar de vuelta, y fue entonces cuando Juan Pérez y sus marinos reconocieron la gran isla que en la actualidad se conoce por Vancouver pero que pasados unos años de este reconocimiento español se denominaría de Bodega-Vancouver. Costeando esta isla, dieron con una ensenada que ofrecía buen refugio para los barcos y posibilidades de emplazamiento para un destacamento, a la que Juan Pérez llamó Surgidero de San Lorenzo, más recordada como ensenada de Nutka (o Nootka). Rumbo al apostadero de San Blas para concluir el viaje, la Santiago descubrió varios parajes de interés estratégico y belleza en los actuales litorales de los Estados norteamericanos de Washington y Oregón.
    Al cabo de un año, Martínez embarcó con el empleo de primer piloto en la fragata Santiago, a las órdenes del teniente de navío Bruno de Heceta, para seguir con las exploraciones y descubrimientos.

Esteban José Martínez.

Esteban José Martínez

Imagen de www.datuopinion.com 

Con el mando de los paquebotes La Concepción y San Carlos (alias El Filipino) y la fragata Santiago, alternativamente, entre 1776 y 1780 Esteban José Martínez transportó víveres, tropa, bastimentos y municiones a las plazas, presidios y misiones de la Alta California posesionada por los españoles. La solvencia demostrada en cada una de las misiones le valió el ascenso a alférez de navío.
    Con miras a seguir explorando nuevos territorios hacia el Noroeste, y consolidar la presencia española en ellos y sus rutas marítimas, Esteban José Martínez recibió el mando de las fragatas Princesa y Favorita en 1782. Su tarea también consistía en cartografiar los litorales para facilitar futuras navegaciones, y así lo reflejó con el canal de Santa Bárbara, lugar, tierra adentro, donde ayudó a edificar el presidio homónimo y la misión de San Buenaventura; y el de San Diego, aunque en menor medida. Los años de 1783 a 1785, a bordo de la Favorita el San Carlos o el también paquebote Aránzazu, según la necesidad, cumplió con el periódico servicio de control marítimo y suministro de los citados establecimientos españoles.
 
Una lejana exploración
En 1775 le había sido encomendada la comandancia del Departamento de San Blas, que incluye el apostadero, cargo que desempeña con eficiencia hasta mediados de 1786.
    Sobre esta última fecha, ocupan los oídos y los ojos de la autoridad española en la metrópoli las noticias e informes que aportan las exploraciones en el Pacífico septentrional. Cunde la alarma en la Corte al conocer la presencia de asentamientos, embajadas y comercios de potencias extranjeras en esos remotos lugares, a la vez suficientemente próximos a los intereses españoles, que obligan a tomar cartas en el asunto sin dilación (por el desfase entre órdenes, desarrollos y resultados, debido a la inmensa distancia). El rey Carlos III manda en enero de 1787 organizar una expedición de descubierta, instrucciones que imparte por el conducto del ministro Floridablanca el 8 de julio del mismo año. Era preciso afirmar la soberanía española en tierra y mar, con el recurso de la fuerza, llegado el caso "fijados y asegurados los puntos que se puedan, arrojando cualesquiera huéspedes que se hallen establecidos", y el de la diplomacia, preferentemente, "aficionando a los indios".
    La expedición estaba formada por la fragata Princesa, capitaneada por Esteban José Martínez, con los pilotos Antonio Fernández y Esteban Mondofia, y el paquebote San Carlos, capitaneado por Gonzalo López de Haro. El 9 de marzo de 1788 emprenden la navegación, alcanzando los 58º 32' N. el 15 de mayo. En esa latitud, y con la referencia del litoral, arrumban al Oeste y atraviesan el hoy entrante del Príncipe Guillermo (Prince Willian Sound), avistando varias islas sin allí atisbo de las presencias buscadas. Dividida la flota para cubrir mayor espacio y minimizar el riesgo que entraña navegar un mar embravecido y brumoso, López de Haro llega a la isla de Unalaska, en el Archipiélago de las Aleutianas, lugar más distante alcanzado por los españoles y toma de contacto con los rusos. Tras las oportunas averiguaciones en un entorno cordial se confirma la intención de éstos, y otros como ingleses y norteamericanos en relación comercial directa, de asentarse en territorio más hacia al sur, hacia las posesiones españolas, para continuar sus negocios. Por su parte, Esteban José Martínez que seguía la línea costera con la Santiago, llega a la región oriental de las Aleutianas donde se entera de que el comerciante británico John Meares ya dispone de un puesto de comercio en Nutka; y es sólo el principio de un propósito ulterior avalado por Londres.
    La noticia imprime urgencia en la autoridad española del virreinato de Nueva España. Por lo que una vez informado por boca de Martínez y López de Haro en San Blas, en febrero de 1789 el virrey Flores Maldonado (o Florez Maldonado) ordena ocupar el Surgidero de San Lorenzo (ensenada o abrigo de Nutka) como medida de precaución a la par que disuasoria. Otra vez la fragata Santiago y el paquebote San Carlos alias El Filipino recorren la travesía Noroeste, esta vez para cumplir el mandato de toma de posesión del puerto de Nutka y zonas limítrofes marítimas y terrestres, hasta completar el dominio de la isla. Para garantizar el éxito de la misión fue embarcado un contingente militar de 28 soldados con dos cabos y un sargento.

Mapa de Alaska y las Islas Aleutianas.
Imagen de www.estateunrato.com

Toma de posesión
Una vez en el puerto de Nutka (Surgidero de San Lorenzo) los españoles se apresuraron a su acondicionamiento como puesto avanzado. Esteban José Martínez dispuso la tala de árboles y la preparación del terreno que acogería un modesto pero en lo posible dotado fuerte, a su conclusión bautizado con el nombre de Fuerte de San Miguel de la isla de los Cedros. Además, a poca distancia de él, en un islote adyacente separado por un canal marino, construyó un caserón de madera, en funciones de baluarte, que se llamó de San Rafael. Un tercer edificio hizo las veces de polvorín, almacén y cuartel. Los cañones que desembarcaron de las naves fueron situados apuntando a la ensenada.
    Concluida esta fase de la operación, el 5 de mayo de 1789 comienza la que corresponde al reconocimiento marítimo de la zona previo a la formal toma de posesión.

Isla, ensenada y puerto de Nutka (Nootka).

Isla, ensenada y puerto de Nutka (Nootka).

Imagen de www.viajarvancouver.com

Esteban José Martínez navega la costa de Nutka a bordo de la fragata Princesa en misión de reconocimiento. Al poco avistó dos buques fondeados en una de las ensenadas o bocas de la isla que no eran ni rusos ni británicos, cual lo esperado, sino norteamericanos y de uso civil, de nombres Columbia y Lady Washington, ambos con matrícula de Boston. El propósito de ambos barcos era el de comprobar la certeza y rentabilidad del comercio de pieles en las aguas septentrionales del océano Pacífico; y el motivo de la recalada en la isla de Nutka venía motivado por el mal tiempo imperante en la zona. En comunicación con los dos capitanes, Martínez aceptó las explicaciones y les permitió continuar su ruta, no sin antes advertirles de la titularidad española de la zona para aviso de propios y extraños en adelante.
    Prosiguiendo el reconocimiento, a no tardar Martínez descubrió la presencia del paquebote Iphigenia Nubiana, de bandera portuguesa, propiedad aparente del luso Juan Carvalho pero patrocinado por el poderoso comerciante inglés John Meares, de quien se tuvo noticia en las Aleutianas, y que había viajado anteriormente a la costa de Nutka entre 1785 y 1788. Mandó detener el barco y después de revisar la documentación e interrogar al capitán lo apresó.
    La información extraída sirvió a Martínez para hacerse una idea clara de lo que se estaba fraguando en torno a ese atractivo territorio. Por lo que actuó con diligencia y presteza para salvaguardar los intereses españoles, según la tarea que le había sido encomendada por el virrey Flores Maldonado. De ahí que, cuando a los pocos días se dibujó en el horizonte la amenaza de nuevos barcos extranjeros, Martínez ya estaba preparado para impedirles maniobrar a gusto. Lo sufrieron la balandra Princess Royal, el paquebote Argonaut, capitaneado por James Colnett, de bandera británica una y otro, y la goleta norteamericana Northwest America, que presentaba averías. James Colnett tenía el encargo de tomar posesión de aquellos territorios y emplazar en el puerto una posición comercial apoyada por otra militar fortificada. La disputa estaba sobre la mesa.
    Esteban José Martínez anunció a James Colnett que ese lugar era de soberanía española, lo que significaba una retirada inmediata y completa del despliegue inglés. Pero como Colnett se mostrara reacio a dar media vuelta, obligó al español a su apresamiento, incluida nave y tripulación. Y ya puestos, Martínez se incautó de la goleta averiada para, una vez reparada, incorporarla a la flota española con el nombre de Santa Gertrudis. La Princess Royal fue puesta en libertad con su carga no sin antes apercibir a su capitán de que no debía volver a navegar esas aguas; cosa a la que el informado hizo caso omiso y que condujo a su segunda detención unas semanas después.
    Esteban José Martínez toma posesión para España y en nombre de S.M. el rey Carlos IV del puerto de Nutka y límites visibles en junio de 1789, ocasión propicia para un banquete al que fueron invitados los capitanes de las naves apresadas, apostillado por las salvas artilleras de ordenanza.

Isla de Nutka (Nootka) y territorios adyacentes.

Isla de Nutka (Nootka) y territorios adyacentes.

Imagen de www.navegar-es-preciso.com

Sabedora la autoridad española de los trajines colonizadores y de control de las aguas y tierras de interés comercial para las potencias rivales, dispuso que el contingente español allí apostado fortificara la ensenada de Nutka, el lugar más apetecido por todos, para lo que fue emplazado en el islote de San Miguel una batería para defender el puerto y los barcos y edificios españoles. Y en evitación de miradas indiscretas u otras injerencias indeseadas, Martínez derivó al Argonaut y a la rebautizada Princesa Real (antes Princess Royal) hacia el apostadero de San Blas custodiados por el San Carlos capitaneado por López de Haro. Corría el mes de julio de 1789.
 
A finales de dicho mes cambia por completo el panorama en Nutka. La fragata Nuestra Señora de Aránzazu, al mando del alférez de navío José Cañizares, llevó a Esteban José Martínez la noticia de la muerte del rey Carlos III y por su causa la orden del virrey Flores Maldonado de abandonar la posición barcos y hombres. Tanto esfuerzo para demostrar la soberanía española era dejado al albur político.
    Pero aún hubo ocasión, intercalada con las tareas de salida de Nutka, para apresar la goleta norteamericana Fair American, que Martínez incorporó a su flota. A principios de diciembre el cuerpo expedicionario español había retornado al apostadero de San Blas.
 
Asunto zanjado y cada cual a otro cometido
Sin embargo, paradojas de la descoordinación, mientras el virrey Flores Maldonado mandaba el desalojo de Nutka, desde Madrid se ordenaba lo contrario: aprobada por decisión real la ocupación del puerto de Nutka y zona aledaña. Lo que obligó a regresar, aunque ahora con un número superior de efectivos y armamento, embarcados en la fragata Concepción, capitaneada por Francisco de Eliza y el paquebote San Carlos, capitaneado por Salvador Fidalgo, con Esteban José Martínez como piloto de derrotas. Finalizaba 1790.
 
Asunto pendiente al que conviene poner coto y remedio
Metidos en trabajos de asentamiento, vigilancia, descubierta, exploración y captura a todo trapo, los hombres de Martínez, siendo eficaz su estricta labor en el nuevo mundo, estallaba en el viejo uno más de los múltiples conflictos diplomáticos, por así citarlos, entre España y Gran Bretaña, con ramificaciones a lo largo y ancho de Europa; esta vez debido a la ocupación de la isla de Nutka. El litigio ha pasado a la historia como la Cuestión de Nutka, en español, The Nootka Sound Controversy, en inglés. Al estilo de las divergencias antañas, este conflicto a punto estuvo de trascender de la reclamación política al ámbito militar, con lo que, tirando del hilo, se hubieran ventilado cuentas pendientes que para el ganador, y aliados, suponían obtener la razón en todo lo expuesto de tal fecha a tal fecha, de tal episodio a tal episodio.
    Para los británicos el litigio era una cortina de humo que apenas tapaba la verdadera intención de anular el comercio español de Indias y la presencia conminatoria de la Armada en esas y otras aguas surcadas por mercantes y buques de guerra.
    Consciente de tales pretensiones y, lo más relevante en definitiva, de lo imposible de mantener un enclave tan lejano y aislado, incrementada la dificultad por el obvio declive del poderío español para disuadir en aspectos financieros y militares a tal enemigo, José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, hombre fuerte e inteligente del gobierno, resolvió actuar en dos frentes complementarios: en primer término aprestar medios para la defensa del enclave de Nutka y en segundo término procurar sin excesiva merma un acuerdo con Gran Bretaña. Desde Madrid se remitió a Nueva España la orden de fortificar y defender el enclave de Nutka, y a Londres una propuesta de cuatro puntos para su consideración.
1.º Españoles y británicos podrán convivir en Nutka, cada cual en un territorio previamente definido.
2.º Elaboración de un reglamento que determine los derechos de cada una de las dos Naciones en los mares del Sur y en el océano Pacífico, absteniéndose los barcos ingleses de acercarse a las costas y puertos de soberanía española.
3.º Sometimiento a las respectivas Cortes y Parlamento de todo lo concerniente a quejas e infracciones de los artículos precedentes, con la severa advertencia a los oficiales de ambas naciones de que se abstengan de cometer violencia alguna
4.º Queda señalado un plazo de seis semanas a partir de la fecha de entrega de este documento para ratificar sus artículos, lo que al suceder suspenderá de común acuerdo los preparativos de guerra.   
La propuesta, con matizaciones, se elevó a tratado, firmado en Madrid el 24 de julio de 1790 (Tratado de Madrid); pero su vigencia fue mínima, pues continuaron las redacciones en paralelo hasta concluir un nuevo tratado, con intención duradera, pero sólo eso y sobre el papel, firmado en El Escorial el 28 de octubre de ese mismo año (Tratado de El Escorial).
 
Una vida de servicio
Esteban José Martínez cambió de paisajes en 1792 con su regreso a España. Había cumplido satisfactoriamente todas y cada una de sus obligaciones en ultramar y ahora, ascendido a teniente de fragata, emprendía otras nuevas aquende.
    Durante tres años actuó como oficial de escolta en convoyes de azogue, al cabo de los cuales, en 1975, solicitó volver al apostadero de San Blas. Le fue concedida la petición y de inmediato se incorporó a su destino. Pero sólo dispuso de tres años más para navegar con pertrechos y suministros las derrotas del océano Pacífico más transitado por la flota española. Falleció el 28 de octubre de 1798.

Rutas del Pacífico septentrional americano.
Imagen de www.soymapas.com
 
Su nombre ha quedado inscrito en la nómina de protagonistas de la expansión española en el Pacífico septentrional americano. Sus continuas navegaciones por las rutas del Noroeste, plenas de anotaciones e ideas, contribuyeron a perfeccionar la cartografía de ese indómito litoral.

Sello en honor de Esteban José Martínez.
Imagen de www.sellosmundo.com  


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viernes, 17 de febrero de 2017

Trazos delatores

 

Dícese que siempre hay un roto para un descosido, igual que siempre prolifera una justificación ad hoc para un hecho que exigiría un juicio objetivo y severo.

 

La curiosidad compete a los seres vivos, los racionales y los catalogados de irracionales, impulso que suele preceder al afán por descubrir la verdad sólo la verdad y nada más que la verdad, ímproba tarea, que en una u otra medida siempre afecta.
    Conocer a alguien y desvelar algo allende la puesta en escena, estudiada o improvisada, son ambiciones con que la naturaleza en activo nos apremia a encarar y resolver los enigmas que a pensamiento e instinto acechan y hurgan. Misterios introducidos de rondón en la vida cotidiana, la más expuesta a infiltraciones y aleccionamientos dada su celeridad ejecutiva y el férreo, aunque encubierto, dirigismo que la proyecta, que antes o después despiertan el atrevimiento y guían a la consulta transfronteriza: la que se desliza por una pasarela decorada de la primera a la tercera persona del singular masculino, femenino y neutro.
    ¿Quién es? ¿En qué nos parecemos? ¿Por qué hace lo que hace y por qué no hace lo que dijo, lo que debe, lo que se le pidió?
    Tiempo ha, la política registraba candidatos de fuste y reconocimiento social (¡O tempora, o mores!) en vez de los hoy (un presente insustancial y egoísta con raíces seculares) adeptos serviles originados en factorías de utilidad manejadas por intereses contrapuestos, irreconciliables, cíclicos o encaminados deprisa y corriendo a la supervivencia; con loables excepciones que tan bajo listón permite descollar en la opinión versada.
    El panorama duele, visto a ojos críticos, y sus efectos, traídos por las causas, laceran hasta tocar neuronas si quedan en disposición de producir la reacción (de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto a la acción). Y lo peor es que la impunidad mediática que va por barrios, un mesianismo prefabricado áureo por fuera, plúmbeo por dentro y la aceptación tácita que lejos de ser un mal menor es un perjuicio mayor consiguen izar a los señalados por encima de sus electores y de los abstencionistas a la hora de emitir un voto; léase: aceptación de la impostura.
    Obras son amores y no buenas razones, cierto, pero a la par denostado por las leyes de la equivalencia y el propósito latente y manifiesto. Dícese que siempre hay un roto para un descosido, igual que siempre prolifera una justificación ad hoc para un hecho que exigiría un juicio objetivo y severo.
    ¡Qué bien si pudiéramos echar en cara, o alabar de viva voz y ante el individuo, tal o cual gestión, ingestión y digestión que al cabo lo califica!
    ¿A quién someter a consulta, interrogatorio u ordalía? Vean y elijan. ¿Por dónde empezar? Apunten y disparen su atinada dialéctica.
    Dígame, don..., doña...
    Dime, tú...
    ¡Suelta por esa boca!
    Depende el tono y la fórmula de trato de la compañía, también del lugar y de la situación: un paseo, una cena, un proceso.
    Firme su declaración.
    ¡Firma!
    Con esa baza de estudio, mi amigo y colega Pablo Méndez escruta el arcano de quienes siendo mucho, poco o por debajo de algo, de quienes callan y fingen, de quienes marean la perdiz hasta la náusea y bailan al despiste una pavana despojados de cobertura, de quienes fueron y obraron consecuentes a ideologías, principios o componendas (inefables musas de la distracción ellas), de quienes amagan en el soslayo y se envuelven de ideal cuarteado, trenzan y destejen el porvenir de una sociedad completa.
    Pregunta Pablo al lector (y a mí opinión), grafología en ristre, con quién preferiría cenar una noche de estas ponga usted la fecha, el lugar y la cartera a la luz de la Luna o puestos los focos y los taquígrafos por testigos, para recabar del interrogado una verdad temerosa de la publicidad pero obvia, por demostrable, como el brillo del Sol en un día de cielo despejado. La ventaja del lector es que sabe lo que el confidente laborando en la caligrafía le ha contado, y eso le ayuda, llegado el caso, a contraponer ideas y reafirmar conceptos.
    No es así.
    ¡No va por ahí!
    Mi conocimiento de la grafología forense, estudiada en el aula pertinente de Criminología cuando la novedad venía de lejos, esboza una mueca amable, incluso cómplice, que alterna la ciencia con la indiferencia. Los personajes de antaño no son los de hogaño, digamos los de la hornada reciente: unos remontados a los brumosos albores del siglo XX, que conjugaron la revolución con el aniquilamiento y los muros; otros investidos de un eclecticismo perpetuado en los salones, en las cámaras y en las capillas y camarillas que juega un papel relevante en el subsuelo. Los personajes de antaño, que llegan a la orilla del siglo XXI y penetran tierra adentro a pasos o trancos, disponen de un bagaje reconocible, legado con o sin fortuna, y arrostran una memoria que conviene mantener vigente y reverdecer si se ha mustiado por falta de riego y connivencia dolosa de los medios de comunicación.
    Yo, a esos personajes sometidos a análisis grafológico, los conduciría a juicio, individualizados, eso sí, pues soy enemigo de las colectivizaciones. El autor del estudio grafológico los entrega al lector acompañados de sus deducciones para que decida, para que los premie o los castigue o los ignore, después de la cena, si le es posible pasar página.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El impulso del jefe


Miguel Rodríguez Bescansa, militar español bilaureado.
 
Primera Laureada
Siendo capitán de la Harka Indígena de Melilla, le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando por los méritos contraídos en el combate de Sidi Dauetz, el 17 de julio de 1925. Campañas de Marruecos.
    Decidida por el Alto Mando una operación que había de realizar el general Saro con su columna y dispuesta por éste la concurrencia de todos sus elementos, entre ellos, y en primer término, las harkas, el capitán Rodríguez Bescansa recibió la orden de salir hacia Malalien, a las dos de la madrugada; lo que efectuó en vanguardia de su Harka con una Mía (equivalente a una compañía), dirigiéndose con ella a la localidad de Silleras. Una vez allí, a las siete de la mañana se inició el avance sobre el bosque de Sidi Dauetz. Realizado con tal celeridad y decisión que, salvando en poco minutos la distancia que les separaba del enemigo y sufriendo sólo tres bajas en su tropa, sorprendió a éste y lo arrojó del bosque con bombas de mano, tras lo que fueron ocupadas unas posiciones defensivas en las que se mantuvo repeliendo los sucesivos contraataques.
    Ataques que se prolongaron durante toda la mañana, pues el terreno, accidentado y cubierto, favorecía las incursiones enemigas. Frente a la tropa española se situó un contingente formado por las cabilas de retaguardia, los de Beni Ider y nutridos grupos de rifeños mandados por Abd el Krim el Hach Alf Loch.
    El enemigo aunado intentó varias veces romper la línea española, sin conseguir su empeño, hasta que mediada la tarde, cubriéndose en las barrancadas y espesa gaba (terreno alfombrado de matorral), todavía más numeroso y más resuelto, se lanzó sobre toda ella. Nuestras fuerzas vacilaron ante tamaño empuje e iniciaron el retroceso, pero los jefes y oficiales lograron imponer la disciplina y el recomponer el valor, con lo que el enemigo fue contenido. Pero no fue suficiente para arredrarlo. De nuevo embistieron y lograron ocupar una parte del bosque. A consecuencia de este cambio de posiciones la línea defensiva fluctuó y en algunos sectores cedió; el enemigo presionaba fuertemente el flanco izquierdo, el de menos efectivos pues sólo contaba con la Harka Bescansa, para desbordar y cortar la retirada del resto de las fuerzas.
    En confusa lucha cuerpo a cuerpo se batían ambas facciones por la posesión del bosque, teniendo las de perder los españoles. Entonces acudió en su ayuda la aviación, lanzando unas bombas contra el enemigo, pero erradas en la dirección fueron a caer sobre los harqueños que huyeron a la desbandada. La situación, de por sí dramática, empeoraba con este suceso; lo que motivó al capitán Rodríguez Bescansa, consciente de su deber y dueño de sus nervios, pistola en mano a frenar el caos, imponiéndose a su tropa. Tomó en sus manos el banderín de la Harka, se puso al frente de los suyos, los arengó en árabe, avanzó a por el enemigo y los harqueños le siguieron espoleados, y con ese impulso arrollador que emanaba del jefe provocaron su retroceso y la inmediata persecución que posibilitó alcanzar unas peñas desde las que, a lo largo del día e impunemente por hallarse en ángulo muerto, habían sido hostilizados. En dicha posición cogieron al enemigo pertrechos y munición, además de cadáveres. Por el momento la situación se tornaba menos comprometida.
    Un breve paréntesis, pues rehecho de la sorpresa, el enemigo volvió a la carga queriendo reconquistar el terreno perdido. El capitán Rodríguez Bescansa estaba herido, pero había ocultado tal contingencia para no mermar el ánimo de su tropa. Afianzados en la posición, una tras otra rechazaron las acometidas de un enemigo muy superior en número, y con arrojo pudieron sostenerse hasta la llegada primero de la Mehalla de Tetuán, luego de dos Tabores de Regulares y a continuación de una Bandera del Tercio; entonces el auxilio fue efectivo. El número de bajas, la mayoría muertos, puso en evidencia la extrema dureza del combate.
    Es de señalar que carente de más oficialidad, en el capitán Rodríguez Bescansa recayeron todas las contingencias inherentes al mando.
 
Segunda Laureada
Siendo capitán de la Harka Indígena de Melilla, le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando por los méritos contraídos en el combate de las estribaciones de Yebel Malmusi, el 22 de septiembre de 1925. Campañas de Marruecos.
    Ordenado por el Alto Mando a las harcas un reconocimiento ofensivo para situar concretamente las posiciones del enemigo, así como su fuerza, disposiciones de combate y atrincheramientos, salieron en dirección Este Noreste dos tabores del comandante Muñoz Grandes y, como reserva, el Tabor del capitán Bescansa.
    Avanzando los dos tabores llegaron a corta distancia del enemigo, a la espera y oculto en las oquedades de un terreno sinuoso, que les recibió con nutrido fuego de fusilería, ametralladoras y bombas de mano, provocando la vacilación en la tropa y, al cabo de breve lucha, su retirada en desorden.
    En presencia de lo cual, el capitán Rodríguez Bescansa con su Tabor a resguardo de la vista y el fuego enemigo, sin esperar indicación ni medir el riesgo, tomó la iniciativa ignorando, además, lo numeroso de los efectivos en contra, las sólidas posiciones desde las que atacaban y la abundancia de armas y munición, y avanzó rápidamente al frente de sus soldados para auxiliar a las fuerzas comprometidas. Pero sus hombres también vacilaron ante la formidable presión e intenso y bien dirigido fuego enemigo, desorganizándose. En este crítico momento el capitán Rodríguez Bescansa, enarbolando el banderín del Tabor y arengando a los suyos, consiguió que le siguieran y juntos entablar lucha cuerpo a cuerpo, rechazar al enemigo y adueñarse, él en primer lugar, de las posiciones que arduamente sostenían. Las pérdidas entre la oficialidad y la tropa fueron cuantiosas.
    Una vez en las posiciones conquistadas organizó la defensa, y gracias a su valor y perseverancia, alentando constantemente a sus hombres, rechazó cuantos contraataques sucedieron para la reconquista. Hasta que le llegó la orden de retirada que cumplió ordenadamente, también desalojando a las bajas habidas. Pero poco después, ya efectuada la retirada, supo que faltaba por recuperar el cadáver de un kaid. Cosa que quiso remediar volviendo atrás, ayudado por alguno de sus soldados todavía indemne, ocasión que propició su muerte al recibir un balazo en la cabeza.
    En esta heroica acción, también destacó el capitán Miguel Zabalza de la Fuente con mérito idéntico al capitán Rodríguez Bescansa, misma suerte corrida y la misma máxima distinción, la Cruz Laureada de San Fernando.
 
Exposición de motivos en la Real Orden de concesión de la Laureada:
Como recompensa ejemplar e inmediata a su extraordinario y distinguido comportamiento en el reconocimiento ofensivo practicado sobre la vertiente Norte de Yebel Malmusi (Alhucemas) el día 22 de septiembre pasado, en cuyo día el citado Capitán, en los momentos difíciles del combate que se entabló, dio pruebas de extraordinario valor, colocándose en los sitios donde era más inminente el riesgo para animar con el ejemplo a los harqueños, recibiendo heridas tan graves que falleció en la madrugada del día siguiente.
 
Otros méritos en la carrera militar de Miguel Rodríguez Bescansa
En 1915, el entonces soldado voluntario del Regimiento de Ceriñola, en Melilla, Rodríguez Bescansa, tomó parte en la conquista de Hassi Berkan y operaciones de Zeluán; recibiendo por el valor y la eficacia demostrados la Cruz del Mérito Militar.
El teniente Rodríguez Bescansa participó el año 1920 en la ocupación de la zona de Tafersit y el establecimiento de un campamento base en Dar Drius, combatiendo a continuación en las posiciones rifeñas de Dar Akoba y Kerikera al frente de tropas de Policía Indígena hasta su pase a Regulares con los que combatió en la batalla de Wad Lau, siendo citado como "Distinguido".
    Al año siguiente tomó parte en todas las acciones relevantes acaecidas en la zona, recibiendo heridas en la acción de Draa el Assef sin que consintiera su retirada del combate.
    En 1922 fue ascendido a capitán por méritos de guerra y nuevamente herido en la posición del Zoco el Sebt. Poco después destacó en los combates de Buharras y Beni Hosmar, acciones por las que el mando le felicitó públicamente.
    Ya en posesión de su primera Cruz Laureada de San Fernando, intervino en el desembarco de Alhucemas siendo el primer español que puso pie en tierra.
    Como nota biográfica última, reseñamos que Miguel Rodríguez Bescansa era hijo del coronel laureado José Rodríguez Casademunt, quien consiguió la Cruz Laureada de San Fernando por los méritos contraídos en la defensa del poblado de Arayat, en Cuba, los días 19 y 20 de julio de 1897.

Artículo basado en la obra Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), de José Luis Isabel Sánchez, publicación del Ministerio de Defensa.




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lunes, 13 de febrero de 2017

Invocación


Vamos, susurra la voz interior que en algunas personas es conciencia y para otras necesidad y remedio. Queda menos, falta poco, hay que llegar para empezar de nuevo. A una todos, juntos superando el trance, en favor y en contra de las inclemencias, de la incertidumbre y los temores. Ayer queda atrás, mañana todavía no aparece pero llegará, y a lo mejor diferente y puede que hasta mejor. Intrincados en las pertenencias dialogan la esperanza y el miedo. La racionalidad golpea, la irracionalidad soporta.

Francisco de Goya y Lucientes: La nevada (o El invierno), 1786. Museo Nacional del Prado, Madrid.


Sígueme, incita un deseo postergado que tras ser ambición fue curiosidad y al cabo dependencia. Algo que nunca fue inocente pero tampoco reo de iniquidad ni registro de vesania cuando es imposible probar a sentir lo contrario. Cierra los ojos, duerme, sueña, despierta, abre los ojos. Dibuja y escribe la aventura, sólo aquello que de intriga haya, únicamente esa que de fabulosa novedad crezca, y nada más que de fantasía tenebrosa vista y hable. La racionalidad abruma, la irracionalidad atiende.

Francisco de Goya y Lucientes: El sueño de la razón produce monstruos (Capricho n.º 43), 1797-1799. Museo Nacional del Prado, Madrid.


En marcha, truena la pasión desatada que piel con piel alienta. Camino de la idea última, después de ella ninguna como antes, si la consumación llega. Malo si no es así, fracaso y disgusto, tentativa fallida; si así es, y llega, quizá bueno o quizá no tanto porque la comparación acecha, juez implacable, y la oportunidad viene huérfana de hermanas. Como fuere, puestos a galope, ciña el revuelo un efímero quebranto. La racionalidad sucumbe, la irracionalidad domina.

Francisco de Goya y Lucientes: El caballo raptor (Disparate n.º 10), 1815-1819. Museo Nacional del Prado, Madrid.


Mientras el tiempo pueda medirse siempre habrá un día después. Lo que no significa un cambio de fortuna, de percepción o de anhelo.

viernes, 10 de febrero de 2017

La más gallarda defensa de un puesto comprobada en la historia militar. Los últimos de Filipinas


Saturnino Martín Cerezo, Segundo teniente de la Escala de Reserva del Batallón de Cazadores Expedicionario n.º 2. Le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando por su actuación al frente del destacamento de Baler, del 30 de junio de 1898 al 2 de junio de 1899, durante la guerra de Filipinas.

Saturnino Martín Cerezo.

Saturnino Martín Cerezo (fotografía tras el sitio)

Imagen de www.memoriablau.foros.ws

Este es un hecho donde los españoles dieron cima a una de las hazañas bélicas más asombrosas entre las acometidas por los hombres de cualquier época y país, resaltan los historiadores Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March, en su obra Héroes de Filipinas, inclusa en el 2º tomo de Episodios Nacionales Contemporáneos.
    Al fallecer el jefe de la posición de Baler (pequeña población ubicada en la costa occidental de la isla de Luzón) en noviembre de 1898, se hizo cargo del mando el teniente Saturnino Martín Cerezo. A pesar de las bajas tenidas, tanto causadas por el enemigo, como por las enfermedades epidémicas, la escasez de víveres y el mal estado de las provisiones, la falta de vestuario y comunicaciones, pudo prolongar la notoria defensa de Baler el teniente Martín Cerezo manteniendo la disciplina, reprimiendo los intentos de sublevación en su tropa, imponiendo duro correctivo a los promotores y rechazando las repetidas intimaciones de rendición.
    El destacamento de Baler estaba compuesto en los albores de julio de 1898 por 50 hombres del Batallón de Cazadores Expedicionarios n.º 2, al mando del segundo teniente Juan Alonso Zayas, quien, además, tenía a sus órdenes al de igual empleo Saturnino Martín Cerezo, al médico provisional Rogelio Vigil de Quiñones y a un cabo y un soldado indígenas y otro europeo, los tres del Cuerpo de Sanidad.
    Era comandante político-militar del distrito del Príncipe, con residencia en Baler, el capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, reduciéndose la población europea a los ya citados y al cura párroco fray Cándido Gómez Carreño.
    Desde que el destacamento se había establecido en aquel lugar del Distrito del Príncipe, rara vez hubo comunicación con la capital, y llegado el mes de junio cesó por completo, momento en que desertaron los sanitarios indígenas y un cazador, y era evidente que los vecinos del poblado lo abandonaban día tras día. Lo que convenció al comandante del destacamento de que allí, y en toda la isla, iban a producirse sucesos de importancia; por lo dispuso lo necesario para defender el puesto que le había confiado.
    Aquella guarnición no podía creer que España hubiera sido derrotada y que Manila, la capital del archipiélago Filipino, estaba en manos de los norteamericanos, cuando ellos no habían recibido comunicación de abandonar el puesto. De ahí que, avanzando en el relato, la cincuentena de soldados y la oficialidad restante, refugiada en la iglesia, resistiese trescientos treinta y tres días el cerco de los tagalos, casi sin víveres, sin hacer caso a las incitaciones a una rendición honrosa y menos aún a las noticias de que España había abandonado la lucha. Esta hazaña asombrosa, más que por la violencia del cerco por la presión psicológica de un aislamiento prolongado, de nuevo demuestra esa cualidad del español, tantas veces incomprensiblemente denostada a lo largo de la Historia, de no rendirse aunque se haya perdido la esperanza de triunfar. Este es, simple y llanamente, el ejemplo que el teniente Saturnino Martín Cerezo y sus hombres dieron al mundo; ellos no conocían la palabra rendición y por eso, además de no rendirse, fueron los únicos españoles que no conocieron la derrota del 98 y dieron un digno final a la presencia de España en ultramar.

Mapa de situación de Baler.
Imagen de http://herenciaespanola.wordpress.com

El pueblo de Baler contaba unos dos mil habitantes, tagalos en su totalidad, y su situación entre la cordillera de Caraballo y la costa occidental de Luzón dificultaba enormemente la comunicación con Manila y también con toda la provincia.
    Al amanecer del día 27 de junio, Baler registró la fuga de sus habitantes junto a la deserción de los dos sanitarios indígenas de la guarnición y la de un soldado europeo.
    La iglesia de Baler fue ocupada por la guarnición española, y en ella se almacenaron los víveres (raciones militares y cuarenta sacos de arroz sin descascarillar) y municiones existentes; era el bastión defensivo ante la amenaza de cerco y ataque. Los acogidos a los muros del edificio (de piedra y mampostería) construyeron fosos y aspilleras para dotarlos de protección, y se extremó la vigilancia de los alrededores practicando reconocimientos diarios. La descubierta del día 30 confirma la presencia de grupos insurrectos al acecho, lo que impuso la retirada a la iglesia.
    El primero de julio se presentaron en el poblado numerosas partidas con gran aparato de guerra y algunos cañones antiguos, conminando a la rendición del destacamento mediante esta demostración de fuerza y las noticias al respecto de lo acaecido con otras guarniciones de la zona que ya se habían rendido. A esta demanda de capitulación se adjunta, valga la expresión, una oferta de alimentos y cigarrillos. La respuesta del capitán Las Morenas consistió en una enérgica negativa a la demanda y la oferta, que no daba lugar a dudas, acompañada de una caja de puros y una botella de Jerez, obsequio del mando español a los sitiadores, y de inmediato comenzó el fuego de cañón y fúsil, quedando la iglesia rodeada por un círculo de trincheras. A raíz del episodio, nadie en el destacamento volvió a creer en las noticias difundidas por el enemigo.
    Dispuestos a sostener la posición hasta el final, suponiendo la dureza e intensidad de los ataques, los sitiados racionaron las provisiones. Tenían agua, arroz, algunos centenares de cajas de sardinas y abundante munición; pero faltaba carne y sal.

Segundo teniente Saturnino Martín Cerezo, teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones y capitán Enrique de Las Morenas y Fossi.

Los meses de julio y agosto fueron de continua respuesta al fuego enemigo, noche y día, sin que decayese el espíritu de los sitiados.
    Calixto Villacorta, al frente de la columna sitiadora, el 19 de julio amenaza al destacamento con un ataque masivo si no se rinde; al día siguiente el mando español confirma que seguirán cumpliendo con su deber, y que si logra entrar el enemigo en la iglesia no encontrará más que cadáveres.
    El día 7 de agosto los tagalos intentaron asaltar la iglesia mediante un golpe de mano e incendiarla, sin lograrlo.
    El 20 de agosto, Villacorta recurre a dos presos españoles para entablar parlamento con los sitiados. Estos presos eran los franciscanos Félix Minaya y Juan López, que habían sido capturados en Casiguran por los "katipuneros", a modo de bandoleros indígenas, enemigos a muerte de los "castila" o españoles y anticleriales, desde donde fueron enviados a Baler. Pero en vez de parlamentar, los frailes se sumaron a la guarnición dentro de los muros de la iglesia. Félix Minaya, que era escribano, se convirtió en un cronista de excepción de los acontecimientos. Los dos frailes asistieron en su muerte, provocada por el beriberi, al párroco de Baler, fray Cándido Gómez Carreño. Minaya igualmente registra en sus memorias la enfermedad que aquejaba al capitán De Las Morenas: "anemia cerebral que le hacía soñar y delirar, en conversaciones imaginadas, con su esposa e hijos allá en España".

En septiembre se generalizó la epidemia de beriberi, a consecuencia de la cual también fallecieron el segundo teniente Alonso Zayas, el 18 de octubre, y el capitán De las Morenas, el 22 de noviembre; y las heridas por los sucesivos combates afectaron a varios soldados, al médico Vigil de Quiñones y al segundo teniente Martín Cerezo que, desde la muerte del capitán, mandaba el destacamento compuesto entonces por 35 soldados, 3 cabos y un corneta, el médico Vigil de Quiñones y los dos frailes.
    Iniciado diciembre, cumplían cinco meses y medio cercados y soportando las frecuentes intimidaciones provenientes del campo enemigo, y difusión de informaciones referentes a la rendición de Manila, a lo que los españoles continuaban haciendo oídos sordos y redoblando el espíritu que les movía desde el principio del asedio. Pero el acoso de las enfermedades y la carencia de alimentos en condiciones incrementaban el castigo y los padecimientos; la carne se había consumido a fecha de 6 de julio, por lo que el teniente Martín Cerezo ordenó una salida que aliviara la presión sobre la iglesia y procurara víveres renovados para la guarnición.
    Fue el día 14 cuando una sección de asalto formada por 15 hombres, mandada por el cabo José Olivares Conejero, abandonaba el recinto defensivo para incendiar algunas casas del poblado, a base de trapos empapados con petróleo, con la finalidad de eliminar las que servían de parapetos (bahais) y trincheras a los sitiadores y despejar las líneas de tiro; lo que meritoriamente consiguieron en un radio de 200 metros. Una oportuna requisa de fruta fresca: calabazas, naranjas, otras provisiones en menor cuantía y útiles para reforzar la estructura como maderas y clavos, añadido a la ampliación de la zona excluida de enemigo, que permitió abrir los portalones de la iglesia para que corriera el aire, contribuyó a la mejoría inmediata de sanos, heridos y enfermos. Escribe el padre Minaya: "La apertura del aire fue ovacionada, los enfermos fueron sacados al sol por vez primera en casi un año, y comieron con fruición tallos de plátano, hojas de calabaza, fuertes pimientos conquistados y otros vegetales, que hicieron casi el milagro de que desaparecieran las hinchazones de aquellos esqueletos ambulantes".
    Desde esa jornada y hasta los primeros días del nuevo año, 1899, la situación se mantuvo. Los disparos desde las trincheras, algo más lejanas, seguían sonorizando el ambiente, pero el principal problema de los sitiados era la falta de provisiones, que se terminaron pronto, y la acción irrefrenable de las enfermedades, a la que no había manera de poner fin.
    La Nochebuena se celebró con los instrumentos musicales que había en la iglesia y un menú extraordinario compuesto por  dulce de cortezas de naranjas y café. Hubo pasos de teatro, números de zarzuela y equilibristas. Minaya relata admirado el esfuerzo por despedir el año 1898 con camaradería e ilusión por la llegada de tiempos mejores. Participaron en la improvisada fiesta los dos heridos graves, los quince enfermos de beriberi, los enfermos de disentería y los dos con calenturas tropicales. Al día siguiente, Navidad, Calixto Villacorta anuncia que acuden como parlamentarios al capitán del ejército español, Belloto, y un franciscano, portadores de sendas cartas. Gestión infructuosa porque los "defensores seguían creyendo que todas aquellas noticias sobre la pérdida de Filipinas eran añagazas".

El 14 de enero de 1899, tras reiterados intentos de los tagalos de establecer una comunicación con los españoles, en el que destaca el protagonizado por el español capitán Barbudo, prisionero desde la rendición de Nueva Écija (provincia en la región central de la isla de Luzón), el identificado como Miguel Olmedo, capitán de Infantería español, a modo de parlamentario consiguió hablar con el teniente Martín Cerezo desde la explanada exterior de la iglesia. El capitán Olmedo dijo que venía comisionado por el capitán general Diego de los Ríos para dialogar con el capitán Las Morenas, al que conocía personalmente. El teniente Martín Cerezo no accedió, considerando aquella intervención como una estratagema para rendirlos; ante lo que el capitán Olmedo entregó unos documentos en los que se comunicaba la rendición de Manila, y por ende de todo el archipiélago.  Martín cerezo les negó validez, al tenerlos por apócrifos; así lo explica en el Diario de operaciones de la defensa de Baler: "La comunicación adolecía para mí de algunas faltas o trámites burocráticos, tal como número de orden, y el de haberse registrado en el libro de salida, el pie de ella no era tampoco el usado en Dependencias Militares".

Cinco meses más duró tan épica lucha que llenara de orgullo a cuantos contribuyeron a ella; no se dio oído a las proposiciones de los contrarios mientras quedaron víveres y municiones. Hubo en este tiempo un intento de sedición que, descubierto y conocidos los autores, un cabo y dos soldados, fueron mandados arrestar por Martín Cerezo por incitar a sus compañeros a la sedición y a la rendición; uno de ellos logró escapar del confinamiento, mientras que los otros dos, por continuar su actitud rebelde en circunstancia de extrema gravedad para la guarnición, fueron ejecutados el 31 de mayo, en el epílogo del asedio.

Entre el 30 de marzo y el 3 de abril se recrudeció el ataque de los tagalos. Fuego intensísimo que alternó con peticiones de parlamento para negociar un fin deseable para ambas partes, al que no accedía el destacamento español. Los tagalos mostraron a Martín Cerezo  periódicos y documentos que demostraban que ellos, los tagalos, ahora compartían amistad e intereses con los españoles, al declarar enemigos por traición a sus anteriores aliados norteamericanos. Mientras, como era inevitable, las raciones se iban agotando, por lo que a partir del 8 de abril la comida se redujo a unos puñados de arroz y habichuelas más una lata de sardinas por persona y día.
    La noche del 11 de abril se produjo un cañoneo en la costa, que oyeron tanto sitiados como sitiadores. A la mañana siguiente, los vigías españoles encaramados a la torre de la iglesia, avistaron un barco que realizaba un intento de desembarco, a no tardar abortado por el fuego enemigo desde posiciones terrestres en el litoral. Martín Cerezo lo consigna en su Diario de operaciones: "El día 12 cuando intentó desembarcar una tropa los tagalos lo impidieron por el fuego, produciéndose un duelo artillero entre el buque y el castillejo donde estaba el mando del enemigo y alguna pieza de artillería".
    Los españoles realizaron descargas de fusilería para hacerse notar, pero el barco, que era el Yorktown, enviado por el almirante Dewey a instancia del arzobispo de Manila para ponerse en contacto con los sitiados y comunicarles el fin de la guerra, desapareció el día 13 mar adentro.
    Tras este episodio, el asedio prosiguió como hasta entonces, con bombardeos, hostigamiento continuado de fusilería y proposiciones de rendición honrosa.
    El 8 de mayo, una granada que impacta en uno de los muros hiere levemente a los tres presos que allí permanecen confinados, reos de sedición. Mientras Vigil les atiende se les coloca en el centro del templo para reparar el boquete. Al rebajarse la vigilancia, uno de ellos, José Alcaide, logra quitarse los aflojados grilletes y salta por una ventana; y aunque tiroteado por la guardia, logra alcanzar la línea enemiga.
    El jefe de la columna sitiadora es el Teniente coronel Tecson, quien ofrece nuevas de paz y digna rendición a los españoles, "y que aceptaría las condiciones que se propusieran". Añade Minaya que las voces contrarias ofrecían amistad, porque ahora filipinos y españoles luchaban juntos contra el nuevo enemigo común, los Estados Unidos. Como no se creen esas palabras no reciben respuesta de consideración. Tecson se impacienta y el día 27 ordena un ataque en toda regla que la guarnición rechaza con el mismo estilo.
    La bandera que ondea en el campanario está rasgada por la metralla, y el viento y descolorida por los aguaceros y el sol, por lo que es preciso sustituirla con las sotanas rojas de los monaguillos y con una tela amarilla de mosquitero; sin bandera no tiene sentido el sacrificio. Se coloca la renovada enseña nacional en lo alto con la solemnidad requerida, formada la tropa a sus pies.
    El día 28 de mayo el intento enemigo consiste en impedir el acceso al pozo de agua potable que se había construido en el centro del patio de la iglesia al comenzar la defensa, y que dotaba de agua a la guarnición. Los tagalos abrieron durante la noche aspilleras en uno de los muros del patio de la iglesia, desde donde podían batir el pozo. Pero el teniente Martín Cerezo, alertado sin desmayo, escuchó el ruido esa noche. Por la mañana apostó a sus mejores tiradores en la trinchera que mejor enfilaba los movimientos de la vanguardia enemiga con la orden de disparar a discreción; conseguido el enmudecimiento de las armas enemigas, él y algunos soldados cruzaron a la carrera el patio con cubos de agua hirviendo, oportunamente preparados, y llegados a la tapia donde se habían abierto las aspilleras, los arrojaron a los sorprendidos tiradores que inmediatamente huyeron.

Todas las incidencias y carencias de un asedio tan prolongado, tanto físicas como psíquicas, sumadas a la falta de noticias en un sentido u otro, se iban superando gracias al ingenio, astucia y energía del teniente Martín Cerezo, que supo mantener un alto espíritu durante toda la defensa bien secundado por su fiel y eficaz ayudante el cabo Olivares, el valor y la sobriedad de los soldados y el callado e incesante trabajo del teniente médico Vigil de Quiñones.
    Pero una vez agotados los víveres, teniendo a casi todos los supervivientes heridos y anémicos, y ya sin municiones para garantizar mínimamente la defensa de la posición, obligaba a Martín Cerezo a una resolución final que oscilaban entre rendirse, perecer de hambre o intentar a la desesperada una salida hacia el bosque para llegar a Manila o a un puesto español. Sobre la viabilidad de esas alternativas meditaba el teniente, cuando el día 29 de mayo se presentó ante los dura y largamente castigados muros de la iglesia el teniente coronel de Estado Mayor Cristóbal Aguilar y Castañeda, enviado por el capitán general en funciones de las fuerzas en el Archipiélago, Diego de los Ríos, para convencer de una vez por todas al irreductible grupo de valientes que depusiera las armas. Fracasada de nuevo la misión, pues Martín Cerezo no acababa de creer en la autoridad del emisario. Sin embargo, las penalidades y las carencias exigían determinarse entre las posibilidades que se ofrecían a la guarnición; sólo quedaban cuatro cajas de latas de sardinas por todo alimento y apenas munición. Por lo que el día 31 de mayo, Martín Cerezo optó por una salida hacia el bosque en busca del primer puesto español que encontraran. Comunicó esta resolución a sus hombres, distribuyó la munición restante y tras destruir la documentación que no podía acarrear consigo preparó la salida para la noche siguiente.
    Maniobra que no pudo ejecutarse porque la intensificación de la vigilancia enemiga la imposibilitaba. Sin embargo, esta circunstancia a todas luces adversa resultó favorable en definitiva.
    El historiador militar, general Andrés Mas Chao, en su obra La guerra olvidada de Filipinas 1896-1898 relata que el teniente Martín Cerezo, imposibilitado de actuar como había previsto, e informado a la guarnición a sus órdenes, necesitado de hallar otra salida a la terrible situación, a solas en un rincón de la iglesia se puso a leer el periódico El Imparcial que le había dejado el teniente coronel Aguilar. De repente, leyó una noticia que le convenció de la veracidad del mensaje del que era portador el oficial para ellos: en el periódico figuraba el destino de un compañero suyo que Martín Cerezo sabía que quería solicitar al llegar a la Península. Inmediatamente reunió a sus hombres para comunicarles esta información, de la que no le cupo duda era verdadera, y a consecuencia de la misma la irremisible capitulación. Así lo cuenta Martín Cerezo en su diario: "Conté lo sucedido y les manifesté sin rodeos que me parecía llegado el momento de pactar con el enemigo. Alguno de aquellos valientes, con los ojos arrasados en lágrimas, todavía no se mostraban convencidos... Ahogándome también de llanto y de coraje, insistí... en que no quedaba otro puerto de salvación. Pues entonces, me respondieron, haga Vd. lo que mejor le parezca". Con esta aprobación expresa los veintinueve hombres útiles y un herido de los cincuenta y siete que formaban el destacamento cuando se inició el asedio, en el que hubo dos muertos por herida de bala, dos heridos que quedaron inútiles, varios más de diversa consideración (entre ellos el propio Martín Cerezo y el médico Vigil de Quiñones), tres muertes por disentería y once por beriberi, culminaron su hazaña.
    Félix Minaya, respecto a la actitud de los soldados, anota en su diario: "no querían entregarse, de ninguna manera" y llega a mencionar "aquella especie de sublevación". Menciona que fue el soldado José Giménez Berro quien invocó la confianza que le inspiraban los dos frailes: "el bien que nos han hecho en un año; ellos saben mejor que nosotros lo que hacer"... Y convenció al resto sobre la decisión del teniente, del médico y de los frailes. Avisado el Teniente Martín Cerezo por Juan López de la determinación de la tropa, aquél ordenó al corneta el toque de parlamento. La corneta vibró con rabia, con dolor: "¡Qué trance! ¡Qué hora!"
   Señala el historiador Pedro Ortiz Armengol, una autoridad en los asuntos de Filipinas, que merece una sentida reflexión el que el Teniente Comandante de la posición, Saturnino Martín Cerezo, permitiera que a solas deliberara la tropa respecto a tan decisiva cuestión, de la que no había posible retorno en uno u otro sentido. "En el trágico cierre del gran incendio hispánico, he aquí que se pide la aquiescencia del pueblo para tomar la decisión última, y el pueblo opina. Y la Iglesia, como desde hacía cuatrocientos años, inclina con su fuerza y su prestigio la opinión del pueblo, en este caso la tropa, y se llega al final acuerdo. El trágico colofón de Baler está lleno de significados y de grandeza, la que correspondería en justicia".  

Sin apurar más tiempo, el teniente Martín Cerezo preparó las condiciones a solicitar para la capitulación. Dentro de los muros de la iglesia alzó la bandera blanca de parlamento al despuntar la mañana. Martín Cerezo, jefe de los sitiados, se puso en contacto con el jefe de los sitiadores y expuso sus condiciones. Era el 1 de junio de 1899, fecha histórica en la que el enemigo aceptó las condiciones impuestas por los asediados convencido de que el destacamento de Baler era irreductible de no mediar factores ajenos a la lucha sostenida durante casi un año.
    El dos de junio se firmó una honrosísima capitulación que más tarde sería refrendada por el presidente de la República de Filipinas, general Emilio Aguinaldo, que a su vez honra al hombre y a la nación que representa.
    Los efectivos del destacamento no fueron hechos prisioneros, saliendo en triunfo de la iglesia donde quedaron enterrados sus compañeros muertos. Atravesaron la isla de Luzón para llegar a Manila donde recibieron muestras de admiración por parte de cuantos les habían combatido o conocieron entonces la bravura de aquellos valientes, cuyos nombres y, singularmente el de su jefe, asociados al poblado de Baler, jamás serán olvidados por los que de corazón amen las glorias de España.

Destacamento español en la iglesia de Baler.
Imagen de http://heroesygestas.blogspot.com

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Emilio Aguinaldo, presidente de la República de Filipinas, firmó el siguiente decreto:
Habiéndose hecho acreedores a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres, aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del Ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a  propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente:
          ARTÍCULO ÚNICO
          Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak a 30 de junio de 1899.
          El Presidente de la República, Emilio Aguinaldo.
          El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores.

Decreto de Emilio Aguinaldo.
Imagen de http://sumidosenladecandencia.blogspot.com

Rindiendo honores a los defensores de Baler.

Los sitiadores rinden honores a los defensores de Baler.

Imagen de www.belt.es
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Los últimos días del asedio narrados por Saturnino Martín Cerezo en su obra documental El sitio de Baler
 
Al decir yo que obedecería las órdenes del General Ríos si él acudía personalmente a dármelas, no me inspiraba otra idea que la de ganar algunos días. Tenía pleno convencimiento de que se me trataba de burlar, y ya dejo expuesto cómo se había ido laborando en mi cerebro juicio tan desdichado, en el cual acabé de ratificarme y afirmarme oyendo a los frailes retenidos por el difunto Las Morenas, que bien podía ser cierto lo del Ministerio de la Guerra, pues creían haber oído que dicho General estaba casado con una filipina.
    Mientras le avisan y viene, calculaba yo, se pasa una semana, durante la cual nos dejarán tranquilos esta gente. Aprovechando la calma nos largamos al bosque, y cuando menos lo esperen se hallan con la iglesia vacía porque después de todo, si nos consideran engañados y resueltos a capitular, no es muy difícil que descuiden la vigilancia y podamos tomar las de Villadiego sin tropiezo.
    Luego que se retiró el señor Aguilar mandé recoger el paquete de periódicos y nos pusimos a confrontarlos detenidamente con otros que por casualidad poseíamos. Recuerdo que la más importante de las comparaciones tuvo por objeto varios números de El Imparcial, entre los cuales no pudimos hallar otras diferencias que las naturales de redacción. Mucho nos maravilló la semejanza tipográfica, lo exacto del tamaño y aun la calidad del papel; mas recordando la notable destreza que tienen para la imitación aquellos insulares, decía yo, al reparar e todo ello: "Nada; como estos chongos disponen de materiales a propósito, se han dedicado a copiar nuestros diarios en el afán de que nos traguemos el anzuelo". Sucede con la desconfianza lo mismo que suele ocurrir con el entusiasmo y con el miedo: es contagiosa, y ninguno de mis soldados deseaba la rendición. Acabamos, pues, en lo que menos hubiera podido suponerse, dentro de lo racional y ordinario: en reputar de apócrifos todos aquellos apelotes, desdeñar su lectura, no hacerles caso y apercibirnos para la evasión que meditábamos.
    Mandé primeramente quitar dos lámparas que había colgadas ante otros tantos altares de la iglesia y preparar cuidadosamente los cordeles que debían servirnos para el paso de los muchos ríos que seguramente hallaríamos. Algunos individuos no sabían nadar, y yo había proyectado que al llegar ante una corriente invadeable la cruzara un buen nadador llevando él un extremo de aquellas cuerdas y el encargo de amarrarla, ganando la opuesta margen, a un árbol o piedra que ofreciese la conveniente resistencia. Sujetas de nuestro lado en igual forma, y establecida la necesaria tirantez, pasaría el destacamento cogiéndose al pasamanos resultante. Otro nadador cerraría la marcha, y cuando todos hubiéramos salvado el obstáculo, desharía el amarre y se nos reuniría fácilmente.
    Dispuse también que se hiciesen abarcas con las carteras y correajes de los muertos, a fin de sustituir las inútiles y calzar a los que no tuviesen ninguna, fijé la salida para la noche del 1º de junio, y en la mañana de este día procedí a quemar todos los fusiles sobrantes, más un Remington y un rifle que habíamos hallado en la Comandancia político-militar; distribuí las municiones que aún quedaban, entregué a cada cual una manta nueva, y en uso de las atribuciones que me conferían los artículos 35 y 36 del Código de Justicia Militar, cediendo, muy contra mi voluntad y sentimientos, a la presión de las circunstancias, mandé fusilar inmediatamente al cabo Vicente González Toca y al soldado Antonio Menache Sánchez, convictos y confesos del delito de traición en puesto sitiado e incursos además en la pena de muerte ordenada por el Capitán General del Archipiélago, D. Basilio Augustí, en su bando terminante del 23 abril 1898.
    La ejecución se realizó sin formalidades legales, totalmente imposibles, pero no sin la justificación del delito. Era una medida terrible, dolorosa, que hubiera yo podido tomar a raíz del descubrimiento de los hechos y que hubiese debido imponer sin contemplaciones cuando la intentona de fuga, que había ido aplazando con el deseo de que otros la decidieran y acabasen, pero que ya era fatal y precisamente ineludible. Mucho me afligió el acordarla; busqué un resquicio por donde poder librarme de semejante responsabilidad, y no pude hallarlo si contraer yo mismo la de flojedad en el mando, y, sobre todo, la muy grave y suprema de comprometer nuestra salvación al retirarnos. Fue muy amargo, pero fue muy obligado. Procedí serenamente, cumpliendo mi deber, y por esto, sin duda, ni un solo instante se ha turbado jamás la tranquilidad de mi conciencia.
    Para evitar que los enemigos pudieran aprovechar resto ninguno de los armamentos destruidos, hice poner el herraje, antes que los cadáveres de los fusilados, en el hoyo que hubo de hacerse para enterrarlos, y las piezas menudas fueron tirándose por los alrededores de la iglesia. Con esto quedamos aguardando la noche. Mis soldados, tanta era su necesidad, rasaron aquel día todo lo comestible, hojas y tallos, que aún había en nuestras pequeñas plantaciones, y aunque la empresa era de las que sólo pudo aconsejar nuestra desesperación extremada, todos evidenciaron su impaciente alegría porque llegase la hora y abandonar aquella posición lúgubre, donde ya no faltaba, para estar e carácter, ni siquiera el horror de un triste cementerio de ajusticiados.
    Obscureció por fin y con el reposo nocturno vimos que se aumentaba de una manera extraordinaria la vigilancia por las trincheras insurrectas. No había luna, pero el cielo estaba completamente despejado y vertía claridad suficiente para que no pudiésemos evadirnos sin ser inmediatamente descubiertos. No hubo, pues, más remedio que hacer de tripas corazón y dejar nuestra marcha para la noche venidera, con la esperanza de que nos favoreciese algún descuido y la firme resolución de que, si no conseguíamos desfilar inadvertidos, cargaríamos desde luego sobre la parte mejor fortificada, esto es, por donde menos era de suponer que buscáramos la salida. Con tal propósito hice jurar a todos que si alguno, desgraciadamente, quedaba en manos del enemigo, no diría palabra ni haría gesto que pudiese indicar la dirección por donde fuésemos [dirección que todos ignoraban].
    A la mañana siguiente, no bien amaneció, volví a repasar los periódicos. Toda la noche había estado preocupándome lo extraño del asombroso parecido con que habían logrado hacerlos; pero algo instintivo me aconsejaba su lectura. Sin esperanza, pues, de que se desvaneciesen mis recelos, comencé a ojear sus columnas, maravillándome la imaginación que se había gastado en ellas con el intento de reducirnos y engañarnos. Admirándolo estaba, cada vez a mi juicio más penetrado en lo habilidoso de la obra, cuando un pequeño suelto, de sólo un par de líneas, me hizo estremecer de sorpresa. Era la sencilla noticia de que un segundo Teniente de la Escala de Reserva de Infantería, D. Francisco Díaz Navarro, pasaba destinado a Málaga; pero aquel oficial había sido mi compañero e íntimo amigo en el Regimiento de Borbón; le había correspondido ir a Cuba, y yo sabía muy bien que al finalizarse la campaña tenía resuelto pedir su destino a la mencionada población, donde habitaba su familia y su novia. Esto no podía ser inventado. Aquellos papeles eran, por lo tanto, españoles, y todo cuanto decían verdadero. No era, pues, falso que se habían perdido las Colonias; que habíamos sido villanamente despojados; que aquel pedazo de tierra que habíamos defendido con tanto tesón ya no era nuestro, y, como decía el señor Aguilar, ya no tenía razón de ser nuestra obstinación en conservarlo.
    Aquello fue para mí como el rayo de luz que ilumina de súbito la mortal cortadura en que íbamos a caer precipitados. Al retirarme desesperadamente al bosque, no estaba e mis propósitos quedarnos en él como los salvajes igorrotes; y lo de llegar a Manila, sabía yo muy bien que era empresa tan imposible como la de subir hasta las montañas de la Luna; pero esperaba ganar la costa; quedar allí en cualquier refugio solitario esperando el paso de alguno de nuestros barcos de guerra, que desde lo del Yorktown me figuraba que navegarían libremente; llamar, a tiros e izando una bandera muy grande que al efecto habíamos arreglado con los restos de los materiales disponibles, la atención del primero que acertase a pasar, y hacer que nos recogiera y nos salvara. El desastre ocurrido, que ya no me ofrecía duda ninguna, desvanecía también esta última esperanza; y llevar mis soldados a las espesuras de los bosques, era como entregarnos miserablemente a la muerte.
    No hallé, pues, más remedio que la capitulación, y acto seguido hice reunir a la tropa; conté lo sucedido, y les manifesté sin rodeos que me parecía llegado el momento de pactar con el enemigo. Alguno de aquellos valientes, con los ojos arrasados en lágrimas, todavía no se mostraban convencidos, y otros me argumentaron "que se hallaba muy reciente lo del agua hirviendo, y que nos iban a quemar vivos". Ahogándome también de llanto y de coraje, insistí en convencer a los primeros de que ya no nos quedaba otro puerto de salvación; y para desvanecer los temores que aducían los otros, muy fundamentadamente por cierto, les vine a contestar lo siguiente:
    El Teniente Coronel Aguilar es, indudablemente, el jefe de las fuerzas que nos rodean. Desde luego habréis advertido que parece persona distinguida y muy perito en cuestiones militares. Creo lo mismo y tengo la seguridad, por tanto, de que no ha de permitir se maltrate a quienes únicamente merecen, como nos ocurre a nosotros, el calificativo de beneméritos soldados, víctimas del amor a la Patria. Lo tenaz de nuestra defensa está fundado en el riguroso cumplimiento de lo prevenido en el Reglamento de Campaña, en el Código de Justicia Militar y en el del Honor; e nuestras Ordenanzas y en los Bandos, por último, del Capitán general del Archipiélago, señor Augustí: no hemos hecho, pues, otra cosa que cumplir con nuestros deberes lealmente, dando, si acaso, un ejemplo más digno de admiración que de castigo; y, finalmente, aunque no lo consideren así, yo soy, después de todo, el único responsable de cuanto ha sucedido, y yo solo he de ser quien pague, máxime habiendo mandado quemar los armamentos.
    Pues entonces, me respondieron, haga usted lo que mejor le parezca; usted es quien lo entiende.
    Les hice inmediatamente una brevísima nota de las condiciones en que debíamos capitular, proponiéndoles que si no eran aceptadas saldríamos a muerte o a vida, como Dios nos diese a entender; y habiéndolas aprobado por unanimidad, mandé al instante enarbolar la bandera blanca, e hice al corneta que tocase atención y llamada. ¡Momento inolvidable!
    Se adelantó en seguida uno de   los centinelas insurrectos, y le grité que llamase al Teniente Coronel Aguilar. Poco después, un Comandante, indígena también, se aproximó y nos dijo que ya no estaba con ellos aquel jefe, pero que al punto venía su Teniente Coronel, que había quedado acabándose de vestir y era quien mandaba las fuerzas sitiadoras.
    Tampoco se hizo esperar este último señor, y, cuando estuvo al habla, le participé nuestros deseos, pero apercibiéndole con estas palabras terminantes: No se figuren ustedes que me encuentro con el agua al cuello: todavía me quedan víveres para unos días; y si no acceden ustedes a las bases que pienso proponer, tengan muy por seguro que antes que capitular con otras me marcho al bosque asaltando sus trincheras.
    Me contestó que formulase la capitulación en los términos que yo tuviera por conveniente, siempre que no fuesen denigrantes para ellos, y espontáneamente me dijo que se me permitiría la conservación de las armas hasta el límite de su jurisdicción, donde las entregaríamos. Tan generosa oferta, que simboliza el honor más distinguido que se puede hacer en semejantes ocasiones, desvaneció en gran parte nuestros recelos, y no hay que decir si la hubiésemos aceptado con entusiasmo; pero yo, que veía por momentos decaer a mis soldados, cuyas fuerzas parecían abandonarles según íbamos llegando a la solución del arreglo, comprendí lo imposible de que pudiéramos hacer una sola jornada llevando aquellas armas, las cuales, además, podían servir de pretexto para cualquier tropelía, y no quise admitir la propuesta.
    Extendí, pues, el acta siguiente, que fue aceptada sin vacilación ni discusiones:
    En Baler, a los dos días del mes de junio de mil ochocientos noventa y nueve, el 2º Teniente Comandante del Destacamento Español, D. Saturnino Martín Cerezo, ordenó al corneta que tocase atención y llamada, izando bandera blanca en señal de Capitulación, siendo contestado acto seguido por el corneta de la columna sitiadora y reunidos los Jefes y Oficiales de ambas fuerzas transigieron en las condiciones siguientes:
    PRIMERA. Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes beligerantes.
    SEGUNDA. Los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también los equipos de guerra y demás efectos pertenecientes al Gobierno Español.
    TERCERA. La fuerza sitiada no queda prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas adonde se encuentren fuerzas españolas o lugar seguro para poderse incorporar a ellas.
    CUARTA. Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a las personas.
    Y para los fines a que haya lugar, se levanta la presente acta por duplicado, firmándola los señores siguientes: El Teniente Coronel Jefe de la columna sitiadora, Simón Terson. - El Comandante Nemesio Bartolomé. - Capitán Francisco T. Ponce. - Segundo Teniente Comandante de la fuerza sitiada, Saturnino Martín. - El Médico, Rogelio Vigil.
    Así terminó el sitio de la iglesia de Baler, a los trescientos treinta y siete días de iniciado, cuando ya no teníamos nada comestible que llevar a la boca, ni cabía en lo humano sostener uno solamente su defensa.

Los últimos de Filipinas desfilando.

Fotograma de la película Los últimos de Filipinas: desfile final.

Imagen de www.elcorreodepozuelo.com

Nada hubo de faltarnos en aquel humilde recinto, preparado no más que para escuchar la plegaria religiosa, ni las inclemencias del cielo, ni el rigor del asedio, ni los golpes de la traición y la epidemia. El hambre con su dogal irresistible, la muerte sin auxilios, y el aislamiento con su abrumadora pesadumbre, la decepción que abate las energías más vigorosas del espíritu, y el desamparo enloquecedor que desconsuela; todo concurrió allí para sofocarnos y rendirnos.
    Mucho supone en el fragor de la batalla el ataque a la batería formidable; mucho el cruzarse con las bayonetas enemigas; pero aún hay algo más pavoroso, irresistible y difícil en la tenaz resistencia del que, una hora y otra hora, un día y otro día, sabe luchar contra la obsesión que el persigue: sostenerse tras la pared que le derriban y no ceder a los desfallecimientos del cansancio.
    Tal es el mérito de los defensores de Baler, de aquella pobre iglesia, donde aún seguía flameando la vadera española diez meses después de haberse perdido nuestra soberanía en Filipinas.
    Los que hablan de fantasías, que mediten; los hombres de corazón, que lo valoren.

Frente de la iglesia de Baler concluido el sitio.

Frente de la iglesia de Baler concluido el sitio.

Imagen extraída del libro El sitio de Baler, escrito por Saturnino Martín Cerezo, reedición ampliada de la obra original publicada en España el año 2000 por el Ministerio de Defensa.

Post Scriptum
He terminado mi narración, y creo haberla escrito con la sinceridad prometida. Leal e imparcialmente, limpio mi espíritu de bastardas intenciones, he ido refiriendo los acontecimientos y episodios tal como sucedieron, y he procurado bosquejar las circunstancias tal como las sufrimos.
    Quizá en algunos momentos, al recordar nuestras decepciones y amarguras, evocando tantas y tantas horas de mortales angustias y de abrumadoras inquietudes, la fibra dolorida se haya dejado manifestar con su gemido, inspirando a mis frases una viveza extraordinaria, bien que reflejo pálido de los estados de mi alma; pero esta misma viveza sólo demuestra la ingenuidad de mi relato. Séame perdonada, en gracia siquiera de lo natural del desahogo.
    Por lo que se refiere a los hechos, su misma notoriedad acredita desde luego los de tiempo, situación y recursos, que son los principales ante la Historia; y en cuanto a los demás, no testifico solamente con difuntos: aún alientan por ahí la mayoría de mis animosos compañeros, gozando, casi todos, en la tradicional estrechez del veterano, los gajes de su heroísmo y sufrimiento; aún deben de vivir la mayoría de nuestros sitiadores; y aún, si fuere preciso, creo que no faltarían los documentos comprobativos necesarios.
    De propio intento no he determinado censuras: me ha parecido inútil. Cuya sea la culpa del abandono y las contingencias, de la imprevisión y penuria que hubimos de padecer, no soy yo quien debe decirlo: reflexione quienquiera, y, examinado con tranquila imparcialidad lo sucedido, falle después ante su razón y su conciencia.
    Respecto de mí, sólo debo añadir lo que ya dije al principio: que me hallo tranquilo y completamente satisfecho, dando muchas gracias a Dios por haberme reservado aquel trance de honor donde pude cumplir mis obligaciones militares. Cuando me vestí el uniforme, supe que contraía con mi Patria una deuda sagrada: la de mi vida, la de mi porvenir, la de toda mi sangre y todos mis alientos. Creo haber demostrado, y esto me basta, que no rehúyo el pago. Y sólo deseo ahora que se me vuelva pronto a pedir la satisfacción de aquel débito, pero que hagan los Cielos sea en la cuesta de la prosperidad y de la grandeza nacional.
    Pues para la una y la otra, tenga por seguro esta España tan desdichada que, a pesar de todos los desvanecimientos de leyendas que por ahí se pregonan, no han de faltarle nunca soldados como los soldados de Baler, alguno de los cuales, dicho sea de paso, bien puede ser que tenga que mendigar una limosna.

Lado izquierdo de la iglesia de Baler.

Lado izquierdo de la iglesia de Baler concluido el sitio.

Imagen extraída del libro El sitio de Baler.
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Conducidos por el trasatlántico Alicante, el 1 de septiembre desembarcaron en Barcelona, y al día siguiente fue licenciada la tropa del destacamento. Tres días después, el alcalde de Barcelona, Antonio Martínez Domingo, saludaba y felicitaba al destacamento con las siguientes palabras dirigidas a Martín Cerezo por medio de oficio:
El Excmo. Ayuntamiento que me honro en presidir, al hacer constar en actas la intensa satisfacción con que vio la llegada a esta capital de los 33 defensores de Baler, resto del heroico destacamento que tan alto sostuvo el pabellón español en Filipinas, en consistorio del día 1º del actual acordó que una Comisión de su seno, en relación con la autoridad militar superior de Cataluña, les visitase para ofrecerles el testimonio de admiración de este Cabildo municipal y les transmitiese el acuerdo de referencia.
    La perentoriedad con que dicho destacamento abandonó esta ciudad no dio lugar a que se llevase a cumplimiento el transcrito acuerdo, y por ello esta Presidencia desea que llegue a conocimiento de los interesados, por considerarlo genuina expresión de los sentimientos que en los barceloneses todos produjeron los señalados hechos por ellos realizados, lo notifica a V.S. como digno jefe que fue de aquella fuerza, felicitando al propio tiempo en el de V.S., el heroísmo de todos sus individuos que, en medio de los desastres que han afligido a España, supieron añadir una página más al libro de oro de su Historia.
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El 4 de septiembre (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 195) el general Camilo García de Polavieja, ministro de la Guerra, firmó la siguiente Real Orden:
Enterada S.M. (q.D.g.) de que han llegado a la Península los oficiales y soldados que restan de los que formaron parte de la guarnición de Baler (Filipinas), al mando del segundo teniente de la escala de reserva D. Saturnino Martín Cerezo; considerando que dicha guarnición ha sufrido más de un año de riguroso asedio incomunicada con la Patria y dando señaladas pruebas de su amor a ella y de su culto al honor de las armas; considerando que a las muchas intimidaciones que se le hicieron para rendirse contestó negativamente con heroica entereza hasta que, agotados los víveres y municiones, capituló con todos los honores de la guerra, el Rey (q.D.g.), y en su nombre la Reina Regente del Reino, se ha servido disponer que sin perjuicio de recompensar a cada uno de los oficiales, cabos y soldados del destacamento según sus merecimientos, se les den las gracias en su Real nombre, y se publique en la Orden general del Ejército la satisfacción con que la Patria ha visto su glorioso comportamiento, para que sirva de ejemplo a cuantos visten el honroso uniforme militar. Es asimismo voluntad de S.M., que se abra juicio contradictorio en la Capitanía general de Castilla la Nueva para poder acordar la concesión de la cruz de la real y militar Orden de San Fernando a los que se hubiesen hecho acreedores a ella, según su reglamento.
    La Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración española al valor, se concedería al ascendido por méritos de guerra capitán Saturnino Martín Cerezo en julio de 1901. El 28 de septiembre de 1899 se concedió a los dos cabos, corneta y 28 soldados supervivientes la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo pensionada y vitalicia.

Cédula de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a Saturnino Martín Cerezo.

Cédula de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a Saturnino Martín Cerezo.

Imagen extraída del libro El sitio de Baler.

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Se sumaron a los homenajes y nombraron hijo adoptivo a Saturnino Martín Cerezo, el Ayuntamiento de Miajadas (localidad natal de Saturnino Martín Cerezo), 25 de octubre de 1899: "Con el Alto propósito de honrar al heroico jefe del destacamento de Baler, D. Saturnino Martí Cerezo, a quien este pueblo tiene el legítimo orgullo de contar entre sus hijos, perpetuando a su vez la memoria de los heroicos hechos llevados a cabo por el digno hijo de este pueblo"; el de Cáceres: "Deseando dar a V. (D. Saturnino Martín Cerezo) una prueba de la estimación que le merece por su heroico comportamiento en el Archipiélago filipino"; y el de Trujillo: "Haciéndose eco de los deseos iniciados en el banquete dado en esta ciudad en obsequio al héroe de Baler, D. Saturnino Martín Cerezo, gloria del valor y honra de la historia legendaria de España".
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En 1904, Saturnino Martín Cerezo publicó su obra El Sitio de Baler (Notas y Recuerdos), primera edición a la que han seguido otras.

Panteón de los Héroes de Cuba y Filipinas en el Cementerio de N.ª S.ª de la Almudena en Madrid.

Panteón de los Héroes de Cuba y Filipinas en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena en Madrid.

Imagen extraída del libro El sitio de Baler.

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Proposición de ley que el diputado José Rosado Gil presentó al Congreso el 3 de mayo de 1911.
Meritorio fue conceder una pensión anual de 5.000 pesetas a la viuda, transmisibles a los hijos, del Comandante político-militar del distrito del Príncipe, D. Enrique de las Morenas y Fossi, que falleció el 22 de noviembre de 1898 (en la primera mitad del sitio de Baler, en Filipinas), sufriendo, por consiguiente, una parte de él; y meritorio, en justo y sumo grado, es que se haya concedido otra pensión mensual de 60 pesetas a la pobre tropa del destacamento, que tuvo que arrostrar las privaciones y penalidades más terribles conocidas, en aquella lucha tan desesperada, constante y desigual (100 contra 1), donde desnudos y sin apenas dormir ni comer perdieron más de la mitad de su existencia, quedando casi imposibilitados para poderse dedicar a las rudas tareas de su profesión, constituyendo, a la par que una gloria, una calamidad para sus familias que, faltas de recursos, tenían que sufrir la doble pena de verlos morir por no poder costear los gastos que ocasionan enfermedades tan largas.
    El destacamento de Baler sufrió más de un año de riguroso asedio, incomunicado por completo, y desde el 30 de junio de 1898 al 2 de junio de 1899, el enemigo estrechó tanto el cerco que la acción de nuestras fuerzas quedó reducida a defenderse en la iglesia.
    El Capitán Las Morenas contaba con la iniciativa de los dos oficiales del destacamento y el concurso eficaz del ilustrado médico provisional D. Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, mientras que el entonces Teniente Martín Cerezo, sin contar más que con la suya (puesto que el Comandante del referido destacamento, también Teniente D. Juan Alonso Zayas, había fallecido el 18 de octubre de 1898, encargándose este día del mando del mismo), prolongó al defensa seis meses y medio más, durante los cuales tuvo que hacer titánicos esfuerzos, realizando acometividades, las más arriesgadas empresas de quema del pueblo, salidas, emboscadas y sorpresas, que unidas a la perseverancia inquebrantable en la prolongación del sitio, hicieron alcanzar a éste las cumbres de la fama en el mundo entero, que se extrañaba de cómo un pequeño destacamento que empezó con 50 hombres se había podido defender hasta diez meses después de perdido el Archipiélago de una insurrección triunfante y dueña de todo el territorio donde se había rendido nuestro Ejército, facilitándola en abundancia armamento de todas clases, municiones y pertrechos de guerra; y, en cambio, en el destacamento, a medida que el tiempo transcurría, los escasos recursos disminuían hasta acabarse, haciendo cada vez más penosa e imposible la defensa.
    Y como los pueblos se honran tanto al perpetuar en mármoles y bronces la memoria de sus muertos ilustres, como al enaltecer y premiar en vida de sus hijos distinguidos los extraordinarios servicios que éstos les prestan, para subsanar al mismo tiempo la omisión de que han sido objeto los dos oficiales y el precitado médico al concederse gracias extraordinarias a todos los demás del destacamento, y con el fin de alejar la idea de que en nuestro país existe el preconcebido propósito de preterir a los que a España dieron gloria, no dedicando la debida atención ni concediéndose la merecida importancia a nuestros hechos heroicos, que reverdecen los laureles de la Patria, el Diputado que suscribe tiene el honor de rogar al Congreso se sirva tomar en consideración y aprobar la siguiente
          PROPOSICIÓN DE LEY
          Artículo único. Se concede una pensión anual de 5.000 pesetas, compatible con cualquier otro haber que perciban del Estado y transmisibles a sus esposas e hijos, a los dos oficiales del destacamento de Baler (islas Filipinas) D. Saturnino Martín Cerezo y D. Juan Alonso Zayas, así como al médico director de la enfermería D. Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro; siendo transmisible dicha pensión a la esposa e hijos de los que hubieran muerto o fallezcan en lo sucesivo, y de no tenerlos a sus padres.

Parece ser que esta proposición de ley no prosperó.
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La iglesia de Baler, entre cuyos muros tuvo lugar la heroica defensa, fue reconstruida, fijándose en 1939 en su fachada principal una placa recordatorio de los hechos, en la que en lengua inglesa se recoge el siguiente texto:
          ASEDIO DE LA IGLESIA DE BALER
Una guarnición española de cuatro oficiales y cincuenta hombres fue asediada en esta iglesia por insurgentes filipinos desde el 27 de junio de 1898 hasta el 2 de junio de 1899. Ofertas de paz y peticiones de rendición fueron rechazadas en cinco ocasiones. Por los periódicos arrojados dentro del patio por un emisario del general Ríos el 29 de mayo, la guarnición supo por primera vez que España había perdido las Filipinas y que desde hacía muchos meses no había ninguna bandera española en Luzón, excepto la que ondeaba sobre la iglesia de Baler, Destrozado por el hambre y por las enfermedades tropicales, el agotado grupo acordó una tregua con los insurgentes, abandonó la iglesia y se dirigió a través de las montañas hacia Manila el 2 de junio de 1899. De la guarnición original dos oficiales, el capellán y doce hombres habían muerto de enfermedad; dos hombres habían muerto por balas insurgentes; dos hombres habían sido ejecutados; dos oficiales y catorce hombres habían sido heridos; seis hombres habían desertado. La resistencia de esta guarnición fue alabada por el general Aguinaldo en un documento público enviado a Tarlac el 20 de junio de 1899. A su regreso a España, los supervivientes fueron recompensados por la Reina Regente en nombre de Alfonso XIII y de la Nación Española.

Placa homenaje al destacamento español en la iglesia de Baler.
Imagen de www.wikiwand.com
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En 1954, con ocasión de la visita del ministro del Ejército de Tierra español, teniente general Agustín Muñoz Grandes, a Washington, el Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra de los Estados Unidos, el general Matthew Rigdway, dijo con relación a la epopeya de Baler: "La resistencia de aquella guarnición prolongada largos meses después de haberse firmado la paz en aquella guerra es un ejemplo admirable y expresivo de la capacidad de heroísmo y de la firmeza del soldado español". Añadió el general Rigdway que años antes había recomendado a sus oficiales y subordinados la lectura de un libro escrito por un oficial español detallando la famosa hazaña de la guarnición de Baler símbolo de un gran espíritu.
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Durante los años 1998 y 1999, en distintos ámbitos y con variados protagonistas, hubo en España, principalmente, y en Filipinas, celebraciones conmemorativas del centenario de la gesta de Baler.
    El 14 de abril de 2000 tuvo lugar en Baler un emocionante acto al que asistió el embajador de España en Filipinas, durante el cual fue este templo declarado Patrimonio Artístico Nacional.

Sello homenaje a Saturnino Martín Cerezo.
Imagen de www.todocoleccion.net

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Concluye su citado libro el general Andrés Mas Chao con la siguiente reflexión que es, a la par, un encomio de la abnegación, el sacrificio, el patriotismo y el valor del buen soldado:
Contra tantos infundios y descalificaciones que entonces y ahora se hacen de los hombres que protagonizaron el triste episodio del 98, y aun reconociendo los graves fallos de determinados altos mandos españoles, el valor y la entrega del Ejército español en Filipinas fue digno de su tradición e Historia. Este fue el espíritu del soldado español que luchó en Cuba y Filipinas, su pérdida no se les puede achacar pues combatieron más allá de lo imaginable por su bandera y por mantener aquellas tierras para España, aunque ellos no comprendieran las razones por las que tantos otros jóvenes se libraban de aquella terrible guerra pagando un poco de dinero; si a pesar de ellos se perdieron, sólo se puede sentir admiración por su valor y pena por el sacrificio inútil que realizaron por su Patria.

Los últimos de Filipinas de regreso a España.
Imagen de www.grandesbatallas.es
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Bando del general Augustí
 
Don Basilio Augustí y Dávila, Teniente General de los Ejércitos Nacionales, Gobernador y Capitán General de las islas Filipinas y General en Jefe de su Ejército,
    Ordeno y mando:
    Art. 1.º Serán juzgados por los Consejos de Guerra, en juicio sumarísimo, y condenados a muerte como reos del delito de traición:
    1.º Los que se concierten con representantes de los Estados Unidos, con individuos de sus ejércitos o escuadras, con ciudadanos norteamericanos o con extranjeros que estén al servicio de dicha nación, para favorecer el triunfo de sus armas o perjudicar las operaciones de los ejércitos españoles de mar y tierra.
    2.º Los que faciliten el desembarco de fuerzas norteamericanas en territorio español.
    3.º Los que provean al enemigo de provisiones de boca, municiones de guerra, carbón o cualquiera otros elementos que contribuyan a su subsistencia o a mejorar su situación.
    4.º Los que le faciliten datos o noticias que le permitan rehuir combate con las fuerzas nacionales, o provocarlo en condiciones más favorables, o realizar algún ataque a puesto militar, plaza, buque de la Armada o de la Marina mercante española.
    5.º Los que intenten seducir tropas o marinería que esté al servicio de España con objeto de que deserte.
    6.º Los que intercepten canales, esteros, caminos, vías telegráficas o telefónicas, retardando de este modo, o intentando retardar el curso de las operaciones de la escuadra o del ejército nacionales.
    7.º Los que promueven rebelión o desórdenes públicos en cualquier parte del territorio de esta Capitanía general.
    8.º Los que mantengan con el enemigo relaciones de cualquiera clase, directamente o por medios indirectos; y
    9.º Los que reciban armas o municiones de guerra facilitadas por el enemigo.
    Art. 2.º Serán también juzgados en juicio sumarísimo y condenados como reos del mismo delito de traición a la pena de cadena perpetua o a la de muerte, según las circunstancias:
    1.º Los que propongan la capitulación o rendición al enemigo de plaza, barco o puesto militar o de fuerzas que se encuentren sitiadas, bloqueadas o amenazadas por las enemigas.
    2.º Los que viertan noticias o especies que tiendan a desalentar a los defensores de la Patria.
    Manila, 23 de abril de 1898. El General en Jefe, Basilio Augustí y Dávila.
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Resumen de artículos publicados en la prensa relativos a los acontecimientos de Baler
 
El destacamento de Baler
 
HEROICA DEFENSA
Nos consta de una manera positiva que el día 11 del actual se estaba aún defendiendo con heroísmo incomprensible el reducido destacamento de Baler (Distrito del Príncipe)
    Extrañeza grande causará al mundo entero la resistencia prolongada de aquel puñado de españoles que, sin perspectiva alguna de auxilio, y aislados del resto del universo, sostienen con rigor inaudito y con serenidad imperturbable el honor de la bandera jurada, sin más aliento que el recuerdo querido de la Patria ni otra esperanza que la de sucumbir peleando.
    Pero más extrañeza que este valor extraordinario causará el abandono en que nuestros gobernantes han tenido y siguen teniendo a aquel puñado de valientes, como si fuese necesario demostrar hasta el último momento de nuestra dominación en Filipinas, la incapacidad de las autoridades llamadas a velar por los intereses españoles en estas Islas.
    Sabemos que, por quien corresponde, se telegrafió hace días al Gobierno de Madrid, exponiendo la aflictiva situación en que debe encontrarse el referido destacamento, e indicando la conveniencia de que fuese en seguida un barco de guerra a recoger a aquellos valerosos soldados; y sabemos también que por el Gobierno de la Metrópoli se preguntó dónde estaba Baler, contestándose inmediatamente que en la contracosta de Luzón y señalando al propio tiempo la longitud y la latitud de dicho punto.
    El silencio más profundo ha sido la resolución del desdichado gabinete del señor Sagasta.
    Por otra parte, se ha telegrafiado también al General Ríos, rogándole despachara para Baler uno de los buques de guerra que en Llo-Llo tiene a sus órdenes, y, a semejanza de nuestro Gobierno, ha dado la callada por respuesta.
    ¡Qué bien debe gobernarse así!
    Pero, dejando ahora aparte las censuras, no debe transcurrir ni un solo momento sin que todos los españoles residentes en Manila gestionemos, por cuantos medios se hallen a nuestro alcance, el auxilio inmediato de aquellos émulos de Numancia y de Sagunto.
    Firmada ya la paz entre España y los Estados Unidos, y renunciada por nuestra nación la soberanía sobre Filipinas, resulta un crimen espantoso dejar abandonados a aquellos infelices que, por lo visto, han decidido morir antes que entregarse, y aunque también sabemos que por las fuerzas revolucionarias se ha mandado a un oficial español de los que tienen prisioneros en Nueva Écija para participar al destacamento de Baler el verdadero estado de las cosas, a fin de que cesen en su obstinada resistencia y se rindan al Gobierno filipino, es también muy probable que aquellos valientes no hagan caso de emisario ninguno hasta que reciban noticias oficiales por conducto que aquéllos suponga bastante autorizado. Por esto creemos de urgente necesidad la adopción por nuestras Autoridades d cuantos recursos se hallen a su alcance para libertar al heroico destacamento mencionado.
    A nuestro modo de ver, el General Francisco Rizzo [Gobernador militar interino de Filipinas] debería visitar al Almirante M. Dewey y exponerle la desesperada situación en que se hallan aquellos españoles, al propio tiempo que la falta de medios con que él cuenta para poder enviar allí un buque de guerra, solicitando, a este fin, el envío de uno americano que fuera a recoger a los dignos defensores de la cabecera del Príncipe.
    Firmada la paz entre España y los Estados Unidos, no hay desdoro alguno para el general Rizzo en obrar como dejamos indicado, y estamos seguros que, tratándose como de trata de una labor humanitaria, el Almirante americano acudiría gustoso a lo solicitado, y los valientes soldaos de Baler podrían llegar en breve a esta capital.
    Hay que hacer algo, hay que sacudir esa prolongada inercia de nuestros gobernantes, y ya que ni el Gobierno de Madrid, ni el General Ríos han hecho caso alguno de los avisos recibidos, procure el General Rizzo no aparecer como cómplice en aquel modo de obrar y acepte nuestra modesta indicación, abandonado, por un momento, el solitario retiro donde se ha refugiado.
    Proseguir por más tiempo sin auxiliar al heroico destacamento de Baler, constituiría un crimen inaudito y nosotros creemos bastante honrado al General Rizzo para abrigar la esperanza de que procurará a todo trance no se cometa aquél.
    Aguardaremos el resultado de nuestra excitación con verdadera ansiedad, pues no podemos alejar de nosotros, ni por un solo instante, las penalidades que deben sufrir los heroicos soldados de Baler.
    Asediados constantemente por un enemigo que es dueño absoluto de todo el territorio de la isla de Luzón, excepto de ese pequeño pedazo de tierra, donde todavía ondea orgullosa la bandera de la Patria; sin municiones casi, pues no es posible que las tengan abundantes después de tantos meses de sitio; sin más víveres acaso que los que les proporcione la pesca; con numerosas bajas, ya de enfermos, ya de heridos, el sufrimiento de aquel puñado de valerosos españoles debe ser tan grande como su heroísmo.
    Acúdase pronto a su auxilio y no hagamos, con nuestro abandono, estériles tales sacrificios; ya que el destacamento de Baler tiene la gloria de ser el único de Luzón que se sostiene a los cuatro meses de capitulada Manila y de perdida toda la isla, tenga también la satisfacción de ser el único de Luzón que no ha tenido que entregar sus armas.
 
Artículo de El Diario de Manila excitando se acuda en auxilio de los sitiados, publicado en diciembre de 1898.
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 Lo de Baler
Desde las primeras horas de la mañana de ayer no se habla de otra cosa en los círculos españoles de Manila que de la fracasada misión del Teniente coronel señor Aguilar y de la actitud, al parecer incomprensible, del oficial y de los soldados que componen el destacamento, heroico de toda suerte, que aún defiende la cabecera del Príncipe.
    Y como quiera que la opinión anda algo extraviada, vamos a permitirnos algunas observaciones que aclaren las referencias, a nuestro juicio con muy poco acogidas por los periódicos españoles en esta capital.
    Como indicábamos ayer, no es posible formarse todavía una idea exacta de lo que ocurre en la cabecera del Príncipe; por eso no quisimos hacernos eco de los mil rumores que, cual bola de nieve, según la frase vulgar, iban de boca en boca, desfigurando los hechos y exaltando las imaginaciones calenturientas.
    Pero ya que, como decimos antes, algunos periódicos han cogido esos rumores, creemos un deber nuestro hacer lo posible para que la opinión reaccione y no se deje llevar por impresiones del momento.
    Por eso, pasada la agitación que las primeras noticias produjeron, rogamos a nuestros lectores que suspendan todo juicio hasta que pueda éste ser exacto, sometiendo, mientras llega ese día, las siguientes reflexiones a su consideración.
    Claro es que todas nuestras observaciones serán hipotéticas, pero no se podrá tampoco negar que son perfectamente lógicas. Y antes de entrar en materia vamos a permitirnos algunas notas aclaratorias.
    En primer lugar, no es cierto que la cortesía obligue, como supone un colega, a recibir inmediatamente a un parlamentario que viene del campo enemigo, como era, para el destacamento de Baler, el señor Aguilar.
    Y en segundo lugar, tampoco es cierto que de lo sublime a lo vulgar no hay más que un paso, muy fácil de dar, que puede convertir una epopeya dramática y gloriosa en suceso vulgar y corriente, como supone otro periódico. Porque sea cuales fueren los móviles que impulsan a los héroes de Baler a prolongar su defensa, ésta nunca será un suceso vulgar y corriente, sino extraordinario y sublime. ¡Suceso vulgar y corriente la defensa de un poblado por 33 hombres, después de un año de sitio!
    Hechas estas dos observaciones, vayamos al grano poniendo el dedo en la llaga.
    ¿Se ha hecho por nuestras autoridades todo lo posible para salvar a ese famoso destacamento? ¡No y mil veces no! Vamos a demostrarlo.
    Desde la misión del capitán Olmedo, en febrero último, si no recordamos mal, esto es, desde el primer emisario enviado por nuestras autoridades y no reconocido por el destacamento, han transcurrido tres meses. ¿Y no es lógico suponer que aquéllos héroes habrán tenido la perfecta convicción de que Olmedo no era enviado de Ríos, cuando han pasado tres meses sin que recibieran nuevas noticias de nuestras autoridades? ¿No es lógico suponer que creyeran a Olmedo un enviado de los filipinos, como lo fue Belloto? ¿No es lógico suponer que el incidente Yorktown les habrá hecho más y más recelosos? ¿No es lógico suponer que al ver al señor Aguilar desarmado se acentuaran sus sospechas? ¿No es lógico suponer que, al ver el Uranus, un buque mercante, aumentaran sus recelos? Pónganse los lectores en su lugar y tengamos todos un poco de sentido común. Si Martín fuese un loco, habría desde luego rechazado el parlamento solicitado por el señor Aguilar, como rechaza todos los que los filipinos solicitan. El hecho de querer ver el vapor Uranus, ¿indica obcecación? ¿No es más lógico suponer que signifique una justificada desconfianza?
    Seamos razonables: ¿cuántos parlamentarios han enviado a Baler nuestras autoridades? Dos. Uno, Olmedo, en febrero. Otro, Aguilar, en mayo. Pues bien, si el destacamento de Baler, fíjense bien nuestros lectores, tiene sentido común, para él, Olmedo fue un enviado de los filipinos. Porque es contra el sentido común el que, si Olmedo era realmente enviado por el general Ríos, hayan transcurrido tres meses sin nuevas intimaciones. ¿Qué culpa tiene el destacamento de Baler de que nuestras autoridades carezcan de sentido común? ¿Cómo pueden pensar aquellos héroes que aquí se haya obrado tan torpemente?
    El Teniente coronel señor Aguilar iba ya con más garantías, y nótese bien que fue mucho mejor atendido que el señor Olmedo. Ahora bien, como el general Ríos no va a Baler, creerán otra vez los defensores de esta plaza que el señor Aguilar no iba de parte del General Ríos o que el General Ríos carece de libertad.
    No se nos diga que el General Ríos no podía ir a Baler, porque, aunque sea ya desgraciadamente demasiado tarde, vamos a demostrar lo contrario.
    Si Ríos, al salir hoy de Manila, se hubiese dirigido a Baler con el P. de Satrústegui; si al llegar allí solicitase parlamento con el jefe de las fuerzas filipinas; si, de acuerdo con éste, desembarcase en la ría de Baler y se dirigiera, con cuatrocientos o quinientos soldados, hacia el convento al grito de ¡Viva España!, ¿no creería el destacamento que aquellos eran sus libertadores? Imbécil sería el que dudara ni un momento siquiera de la facilidad con que entonces se verificaría la evacuación.
    Y si, lo que es absolutamente imposible, así no sucediera, entonces sí que se habría cumplido con todos los deberes que la Patria impone.
    Pero no, ni un solo momento vacilarían aquellos heroicos defensores de nuestra gloriosa bandera al ver a sus compatriotas armados que iban a libertarlos.
    Porque, ¿puede nadie creer que estén allí por gusto? ¡Debe ser muy divertido estar sitiados tanto tiempo!
    ¡Debe ser muy consolador el ver que de los 54 que comenzaron el sitio sólo quedan 33!
    "¡Oh! dicen algunos es que hay algo que los impide volver a España, por el temor del castigo." Antes de refutar esa absurda calumnia, que no vacilamos en calificarla de tal, hemos de hacer constar que si tratamos de ella es sólo porque algún periódico se ha hecho ya eco de la misma.
    Eso de que el teniente Martín tiene ocho de los treinta y tres soldados que componen el destacamento a su favor, y que esos nueve hombres imponen su voluntad a los otros veintidós, nos parece evidentemente una bola, y permítasenos la frase, tan enorme que no comprendemos cómo haya podido caber en ningún cerebro bien organizado.
    Porque, por acobardados que estuviesen los veintidós ante la entereza de los nueve, no sería tan difícil a los primeros desarmar a los segundos, ya cuando estuviesen durmiendo, ya aprovechando cualquiera de sus descuidos, que algunos tendrán por muy vigilantes que sean. En segundo lugar, sería absolutamente imposible que los nueve pudieran sostenerse contra el enemigo exterior y contra los supuestos veintidós descontentos de dentro, a menos que se les suponga dioses. Y, por último, si existiesen esos veintidós descontentos disidentes, ¿no habría aprovechado el parlamento del Sr. Aguilar para ponerse a las órdenes de éste? Cuando Martín estaba haciendo la siesta, ¿por qué los centinelas no dejaron pasar al enviado del General Ríos? Y no se diga que esos centinelas eran de los ocho adictos a Martín, porque es imposible que los veintidós del cuento no oyeran los toques de parlamento y no se apercibieran de la llegada de Aguilar.
    Creemos haber dejado suficientemente pulverizada la novela de los veintidós. Sin embargo, aún vamos a permitir otras observaciones.
    El heroico y ya legendario destacamento de Baler ha tenido durante el sitio tres jefes: el Capitán señor Las Morenas; el Teniente Sr. Alonso y el actual. Pues bien: al Capitán Sr. Las Morenas le intimó la rendición el coronel filipino Calixto Villacorta, intentando enviarle, como parlamentario, al Capitán español Sr. Belloto. Las Morenas se negó rotundamente a admitir el parlamento. Falleció, según parece, Las Morenas, y se encargó del mando, por sustitución reglamentaria, el teniente Alonso, a quien entregó Olmedo los pliegos del General Ríos., ordenándole la evacuación. Alonso recibió a Olmedo pero no le hizo caso. Muere Alonso y le sustituye Martín. Este recibe a Aguilar, quiere cerciorarse de la legitimidad de los poderes que ostenta el parlamentario, y finalmente, vacila y pide que vaya el General Ríos como prueba de que es cierto lo que dice Aguilar.
    Nótese bien que es evidente la unanimidad de criterio de los tres oficiales que han tenido sucesivamente el mando del destacamento. Es indudable que a esa unanimidad de criterio en los tres jefes distintos que ha tenido la guarnición de Baler, corresponde la unanimidad de criterio de ésta. Si hay descontentos deben ser evidentemente en minoría. Y nótese otra cosa más singular aún, y que prueba victoriosamente que no existe esa pretendida obstinación sino sólo un plausible espíritu militar y una exagerada desconfianza que han hecho posible los desaciertos de nuestras autoridades. El hecho singular a que nos referimos es el siguiente: Las Morenas, en diciembre, se niega a recibir a Belloto; Alonso, en febrero, recibe a Olmedo, pero no le contesta; Martín, en mayo, recibe y pide pruebas a Aguilar. ¿Dónde está la obcecación? ¿No se ve claramente la actitud correcta del destacamento?
    Queda probado, pues, que no hay nada de lo que se dice por ahí.
    Vamos, sin embargo, a refutar la más absurda de todas las verdades acogidas por la prensa.
    Dícese que algunos cazadores, desertores del destacamento, y que actualmente se hallan formando parte de las tropas filipinas han dicho algo muy triste sobre la muerte de los Sres. Las Morenas y Alonso. (Entre los insurrectos y traidores que se les unieron, nada tiene de particular que hiciesen circular ciertas manifestaciones como estratagema vulgar para mancillar el nombre de España y empañar el brillo de la defensa; lo raro y lo incomprensible es que tales infamias hayan podido tener eco entre españoles, estimándose por algunos malos patriotas como hechos ciertos y ni siquiera verosímiles, pretendiendo de este modo privar a los defensores de Baler del laurel con que la Patria ciñe las sienes de sus más esforzados defensores).
    Suponiendo, y ya es mucho suponer que esto sea cierto, ¿qué crédito merecen esos desertores? Claro está que si han desertado del destacamento tratarán de disculpar su deserción de mil maneras. Porque es absurdo suponer que esos desertores digan que el destacamento cumple con su deber y que ellos son unos traidores. Bastaría, por tanto, que lo dijeran esos desertores para que se pusiera en cuarentena.
    Pero aún hay más: suponiendo que fuese cierta esa versión, no explica tampoco la porfiada resistencia del destacamento. Porque si éste creyera que está imposibilitado para volver a España, ¿sostendría con tanto heroísmo el honor de nuestra bandera? ¿Arrostraría las mil penalidades de un sitio tan prolongado por defender el terreno de una nación a la que según los que acogen esas versiones no podrían volver? ¿No es natural que en este caso se hubieran pasado a los filipinos, quienes les hubieran recibido con los brazos abiertos? Esto suponiendo que no pudiesen declarar lo que a todos conviniera, ya que lo que se haya hecho lo habrá sido con el consentimiento de todos.
    Y a parte de que, dada la actitud del destacamento, sólo se concibe que hubiera hecho lo que alguien supone, en el caso de que Las Morenas y Alonso hubieran querido rendirse, y entonces nadie podría acusarle, pues Martín había cumplido con su deber fusilando a quien predicaba la entrega, con arreglo a todas las leyes militares y en particular al bando del General Augustí del 21 de abril de 1898.
    Creemos, pues, que deben desecharse todas esas novelas, porque lo único que hay en Baler es una leyenda y como tal rodeada de misterios.
    No es que creamos nosotros que es vulgar y corriente lo que ocurre en Baler; ¡cómo ha de parecernos corriente una defensa tan heroica!
    Pero lo que sí decimos es que carecemos todos, absolutamente todos, de datos suficientes para juzgar estos hechos con el conocimiento de causa necesario.
    Entre tanto, locos o héroes, o ambas cosas a la vez, los defensores de la cabecera del Príncipe están demostrando al mundo entero que todo eso de: la leyenda ha concluido; PASARON YA AQUELLOS TIEMPOS; la raza ha degenerado, es música, pura música.
    ¡Pregúntese a los sitiadores de Baler si ha degenerado la raza!
 
Artículo de El Noticiero de Manila, publicado el 3 de julio de 1899, impugnando rumores y calumniosas versiones contra el Destacamento.
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Los norteamericanos en Baler
Con el título Un recuerdo, se publica en el Heraldo de Madrid de 5 de octubre de 1900, un telegrama de Filipinas da cuenta de que las fuerzas norteamericanas destacadas en Baler se han rendido a los insurrectos.
    Y a continuación se añade el siguiente texto de acompañamiento y complementación:
La rendición de esas fuerzas en el mismo sitio donde un pobre destacamento español, sin municiones, sin víveres, sin esperanza de auxilio, contuvo a una enorme masa de enemigos durante muchos meses es un contraste consolador para España.
    La abnegación espartana de aquel puñado de héroes, casi desnudos, hambrientos, pero indomables imponiendo terror y respeto a fuerzas cien veces mayores, escribiendo en la historia de la Patria una de sus páginas más admirables, resulta ahora doblemente grande, doblemente hermosa. Baler está consagrado por la sangre de mártires y de héroes, y hazañas como aquélla no se repiten, no puede ostentarlas nación alguna; la orgullosa Norteamérica podrá tener riquezas inmensas, posesiones dilatadas; pero un sitio de Baler no lo tiene, no lo tendrá nunca.
    Tras largos meses de ensañada lucha; de resistir las inclemencias y angustias de la fiebre y del hambre; de rechazar vigorosos y terribles ataques, el destacamento español salió de Baler a banderas desplegadas, victorioso, invencible.
    Era un destacamento de agonizantes, de rostros cadavéricos, de cuerpos devorados por la calentura.
    Pero debajo de aquellos uniformes rotos, en aquellos pechos que temblaban con el frío febril, el corazón de la Patria latía formidable y entero, capaz, como siempre, de producir asombro al mundo con su valor supremo.
    Nos han arrebatado tierras y sangre; justo es que este recuerdo, avivado por la rendición del Baler norteamericano, nos haga volver los ojos, llenos aún con el llanto de la derrota, hacia aquellos hijos que realizaron allí tan bizarra defensa.
    Eso no podrán arrebatárselo nunca a España; podrá caer en la desventura, pero sus sitios de Baler la han impuesto y la impondrán en el respeto del mundo.
* * *

El 8 de noviembre de 1910, el periódico El Mercantil, de Manila, publica la carta del general norteamericano Frederic Funston, en la que agradecía se le hubiese remitido una traducción al inglés del libro de Martín Cerezo. Esto dice el general Funston del autor y su obra:
El relato tiene especial interés para mí por dos razones: Yo estaba en San Fernando de la Pampanga en julio de 1899, cuando los 32 supervivientes de aquel heroico puñado de soldados españoles pasaron las líneas norteamericanas en dirección de Manila, y siete meses más tarde establecí la primera guarnición norteamericana en Baler, en cuya pequeña iglesia, de piedra, contemplé con asombro y admiración el escenario de lo que probablemente ha sido la más gallarda defensa de un puesto comprobada en la historia militar. Por centenares de yardas a todos lados, la tierra había sido materialmente removida con trincheras, defensas y reductos, algunas de las primeras a 40 metros de la misma iglesia.
    En cuanto a ésta, no había en sus paredes exteriores un solo hueco tan ancho como la palma de la mano que no estuviera acribillado de balazos, ni un metro cuadrado que no presentara las señales de una granada. En este reducido espacio y entre las paredes arruinadas del convento adjunto, un pequeño puñado de héroes, menos de cincuenta al comenzar, con raciones que consumiéndose ordinariamente habrían durado tres meses, se sostuvo por once meses terribles contra una fuerza de 200 a 800 hombres, provistos de media docena de piezas de artillería, una de ellas de modelo moderno. Durante ese tiempo no hubo tregua un solo día en el fuego de Artillería e Infantería. Un oficial filipino que tomó parte en el sitio me dijo en 1901 que los filipinos perdieron, entre muertos y heridos, durante esos once meses, seis veces el número de la fuerza sitiada.
    La ropa de éstos se les caía literalmente a pedazos; tenían que hacer salidas para proveerse de grama y hierbas que comer, pero no daban oídos a términos de rendición. Por último, cuando el teniente Cerezo, el único sobreviviente de los tres oficiales de aquel destacamento se convenció por números de los periódicos de Madrid, enviados por los sitiadores, que la soberanía de España en las islas Filipinas ya había cesado hacía varios meses, consintió, no en rendirse sino en una evacuación del puesto, lo que se le permitió, quedándose con su bandera y sus papeles y todos los honores de la guerra, y estipulando que se le dejaría rebasar las líneas americanas para Manila.
    Los insurrectos, para honra suya, respetaron estos términos y los cumplieron, y aquel pequeño puñado de bravos retornó a España para recibir los merecidos honores, después de haber dado a su patria uno de los más gloriosos episodios de la historia.
Deseo que cada uno de los oficiales y soldados de nuestro Ejército lea este libro. El que no se sienta animado a grandes hechos por este modesto y sencillo relato de heroísmo y devoción al deber debe verdaderamente tener el corazón de liebre.
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Una epopeya al modo español
Transcripción no literal del apartado Los últimos de Filipinas, correspondiente al capítulo La pérdida de Filipinas, de la obra documental del historiador Agustín Ramón Rodríguez González que lleva por título Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica.
Soldado español destacado en Baler.

Soldado español destacado en Baler.

Imagen de www.guadanews.es

Entre tantos rasgos de valor y decisión que contrastan con la pasividad, errores y derrotismo de los mandos superiores, el mayor, sin duda es el de los heroicos defensores de Baler.
    El pueblo situado en la costa de Luzón opuesta a Manila, y aislado de ella por bosques y cadenas montañosas, ya se había hecho tristemente famoso en la guerra anterior, la de 1986, al ver diezmado el destacamento allí situado de 50 soldados, al que evitó de su completo aniquilamiento la oportuna llegada de dos transportes de la Armada que desembarcaron su marinería y la de una columna de Infantería.
    Pese a los precedentes, y con una insistencia poco explicable, la autoridad militar española volvió a destacar al mismo lugar otros 50 hombres del Batallón Expedicionario de Cazadores núm. 2.º, unidad que se distinguiría poco tiempo después en Manila al mando del Teniente Ovide.
    El pequeño destacamento, mandado por el Capital Enrique de Las Morenas se posicionó tras los muros de la iglesia del pueblo, único lugar que ofrecía garantías para la reducida guarnición. El primer ataque de los insurrectos tagalos tuvo efecto el 27 de junio, fecha en la que dio comienzo un asedio que se prolongaría, para asombro y desespero de unos y gloria y penalidad de otros, hasta el 2 de junio de 1899.
    Un asedio con proporciones nada parejas entre los atacantes y los defensores: alrededor de 800 sitiadores, artillados con algunos viejos cañones y uno nuevo, capturado en Cavite, contra esa cincuentena de asediados. Y aparte de la masa humana, suficientemente temible y decisiva, el destacamento tuvo que resistir viviendo en el pequeño edifico carente de comodidades e higiene, con escasos víveres, muy pronto echados a perder, muy pocas medicinas y un vestuario mínimo, el uniforme puesto, o la ropa encima de los sanitarios, el civil, el capellán y los frailes; ninguna muda de recambio.
    Pese a tanta adversidad, la guarnición de Baler no se limitó a resistir tras los muros, sino que efectuó varias salidas que aliviaron la presión del enemigo y la del hambre, estrictamente racionadas las semipodridas viandas almacenadas, salvo la reserva de  latas de sardinas, que no la también mortífera presión de las enfermedades, al requisar alimentos frescos y cazar tres carabaos que hubo que ingerir en seguida al faltarles la sal como medio de conserva.
    Catorce sitiados fallecieron por enfermedad, entre ellos el Capitán Las Morenas, su sustituto, el Teniente Alonso Zayas, y el párroco de Baler, Cándido Gómez Carreño, quedando al mando desde octubre el Teniente Saturnino Martín Cerezo. Otros dos hombres murieron por el fuego enemigo y dos más quedaron inválidos a consecuencia de las heridas (Jesús García Quijano y Miguel Pérez Leal), igualmente causadas por los disparos de la columna sitiadora.
    La guerra ya había acabado, al menos en lo que se refería a España, reanudándose ahora entre los norteamericanos y los filipinos. Pero en el destacamento, creyendo que tales noticias eran fruto de una estrategia para rendirlos, no les dieron crédito. Y sólo cuando en unos periódicos españoles, pudiendo comprobar que lo eran ya que el Katipunán (asociación secreta fundada por Andrés Bonifacio para liberar Filipinas de la colonización extranjera, en concreto la española) contaba con muchos y excelentes tipógrafos, Martín Cerezo comprendió que el dominio español en el archipiélago había terminado meses atrás, de acuerdo con el resto de la guarnición que en un principio mostró su enérgica negativa, y a la que hubo que convencer con razonamientos lógicos, alejados de los sentimientos que permitieron a todos mantenerse firmes en la defensa de España, se decidió parlamentar con los sitiadores para conseguir una capitulación honrosa. Lo que se logró de inmediato.
    Los 31 españoles de clase y tropa supervivientes, más el médico Rogelio Vigil de Quiñones, dos frailes capturados por los tagalos ates de comenzar el sitio y pasados a la iglesia aprovechando su envío como emisarios para ofrecer la rendición,  y el Teniente Comandante de la posición de Baler, Saturnino Martín Cerezo, salieron con honor y sus armas, mientras los sitiadores les presentaban las suyas.
    El entonces presidente de la República Filipina ratificó el acuerdo con la firma de un decreto al respecto el 30 de junio de 1899, haciendo constar que los defensores se habían hecho acreedores de la admiración del mundo y que no serían considerados como prisioneros sino como amigos.

Los supervivientes de Baler.

Los supervivientes de Baler.

Imagen de www.abc.es

Tales hechos, si es que son recordados, sólo provocan hoy en algunos una imagen de celuloide rancio y poco más, aunque de haber sido protagonizados por cualquier otra nación serían allí jubilosamente conmemorados y, a no dudarlo, difundidos y puestos de continuo como ejemplo.
    Probablemente, estos mismos que en España afloran críticas, desprecios y tendencioso olvido, en cambio sí se conmueven, admiran y halagan la gesta de El Álamo, que, como debiera saberse, apenas resistió unos pocos días el ataque del ejército mejicano, o desconocen, con gusto y ganas, que la gran fiesta tradicional de la Legión Extranjera francesa, el 30 de abril, el "día de Camerone", celebra que un destacamento de 62 hombres resistiera unas horas parapetado en unos edificios a una fuerza de caballería mejicana antes de ser aniquilado.
    No se trata de poner en cuestión el heroísmo derrochado en estas y otras ocasiones por norteamericanos y franceses, con independencia del tiempo resistido y del resultado. De lo que sí tenemos serias dudas, y pruebas sobran, es de que muchos españoles, demasiados, por desgracia, sean capaces de valorar adecuadamente nuestras propias gestas. Claro que para ello es preciso sentirse español, conocer la verdadera historia de España y rendir homenaje a los españoles que en el pasado, con el orgullo del deber cumplido, han dado su genio, su sangre y su vida por la Patria.

Cartel de la película Los últimos de Filipinas.
Imagen de www.diccionariosdigitales.net
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Relación nominal de los sitiados

Enrique de Las Morenas y Fossi, capitán de Infantería, fallecido por enfermedad.
Juan Alonso Zayas, segundo teniente, fallecido por enfermedad.
Saturnino Martín Cerezo, segundo teniente, herido.
Vicente González Toca, cabo, fusilado.
José Chaves Martín, cabo, fallecido por enfermedad.
Jesús García Quijano, cabo, herido grave.
José Olivares Conejero, cabo.
Santos González Roncal, corneta.
Félix Herrero López, soldado 2.ª, desertor.
Félix García Torres, soldado 2.ª, desertor.
Julián Galvete Iturmendi, soldado 2.ª, fallecido por heridas.
Juan Chamizo Lucas, soldado 2.ª
José Hernández Arocha, soldado 2.ª
José Lafarga Abad, soldado 2.ª, fallecido por enfermedad.
Luis Cervantes Dato, soldado 2.ª
Manuel Menor Ortega, soldado 2.ª
Vicente Pedrosa Carballeda, soldado 2.ª
Antonio Bauza Fullana, soldado.
Antonio Menache Sánchez, soldado, fusilado.
Baldomero Larrode Paracuello, soldado, fallecido por enfermedad.
Domingo Castro Camarena, soldado.
Eustaquio Gopar Hernández, soldado.
Eufemio Sánchez Martínez, soldado.
Emilio Fabregat Fabregat, soldado
Felipe Castillo Castillo, soldado.
Francisco Rovira Mompó, soldado, fallecido por enfermedad.
Francisco Real Yuste, soldado.
Juan Fuentes Damián, soldado, fallecido por enfermedad.
José Pineda Turán, soldado.
José Sanz Meramendi, soldado, fallecido por enfermedad.
José Jiménez Berro, soldado.
José Alcaide Bayona, soldado, desertor.
José Martínez Santos, soldado.
Jaime Caldentey Nadal, soldado, desertor.
Loreto Gallego García, soldado.
Marcos Mateo Conesa, soldado.
Miguel Pérez Leal, soldado, herido grave.
Miguel Méndez Expósito, soldado.
Manuel Navarro León, soldado, fallecido por enfermedad.
Marcos José Petanas, soldado, fallecido por enfermedad.
Pedro Izquierdo Arnaiz, soldado, fallecido por enfermedad.
Pedro Vila Garganté, soldado.
Pedro Planas Basagañas, soldado.
Ramón Donat Pastor, soldado, fallecido por enfermedad.
Ramón Mir Brils, soldado.
Ramón Boades Tormo, soldado.
Román López Lozano, soldado, fallecido por enfermedad
Ramón Ripollés Cardona, soldado.
Salvador Santa María Aparicio, soldado, fallecido por heridas.
Timoteo López Larios, soldado.
Gregorio Catalán Valero, soldado.
Rafael Alonso Medero, soldado, fallecido por enfermedad.
Marcelo Adrián Obregón, soldado.
Rogelio Vigil de Quiñones Alfaro, médico provisional, herido.
Alfonso Sus Fojas, cabo indígena, desertor.
Tomás Paladio Paredes, sanitario indígena, desertor.
Bernardino Sánchez Cainzos, civil.
Fray Cándido Gómez Carreño, párroco de Baler, fallecido por enfermedad.
Félix Minaya López, fraile franciscano, acogido en la iglesia de Baler para sumarse a los sitiados.
Juan López, fraile franciscano, acogido en la iglesia de Baler para sumarse a los sitiados.

Fotografía de los supervivientes del destacamento de Baler a su llegada a Manila el 7 de julio de 1899
Los supervivientes de Baler.
Imagen de www.memoriablau.foros.ws

1.       Saturnino Martín Cerezo, oficial comandante del destacamento.
2.      Gregorio Catalán Valero
3.      Vicente Pedrosa Carballeda
4.      Loreto Gallego García
5.      Ramón Boades Tormo
6.      Miguel Méndez Expósito
7.      José Jiménez Berro
8.     Felipe Castillo Castillo
9.      José Pineda Turán
10.  José Martínez Santos
11.   Eufemio Sánchez Martínez
12.  Ramón Ripollés Cardona
13.  Timoteo López Larios
14.  Pedro Planas Basagañas
15.   Francisco Real Yuste
16.  Luis Cervantes Dato
17.   Juan Chamizo Lucas
18.  Manuel Menor Ortega
19.  Marcelo Adrián Obregón
20. Marcos Mateo Conesa
21.  Antonio Bauza Fullana
22. José Hernández Arocha
23. Eustaquio Gopar Hernández
24. Santos González Roncal
25.  Miguel Pérez Leal
26. José Olivares Conejero
27.  Emilio Fabregat Fabregat
28. Jesús García Quijano
29. Bernardino Sánchez Cainzos
30. Domingo Castro Camarena
31.  Pedro Villa Garganté
32. Ramón Mir Brils

En la histórica fotografía faltan el médico Vigil de Quiñones y los frailes Minaya y López, por no haber estado presentes en el momento de tomarla.
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Deseamos que no caiga en el olvido, cual perniciosa costumbre que lejos de crear destruye y sólo beneficia a sus interesados y exclusivos patrocinadores, la gesta de Baler; una hazaña propia de héroes, los últimos de Filipinas y de ese desastroso 98 que, pese a todo, enarbola este episodio como referente de pasadas y futuras glorias de España. La grandeza de una nación radica en la obra de sus gentes.
    El sufrimiento y penalidades de aquellos españoles han de permanecer inmarcesibles en la memoria y el corazón de sus compatriotas, y también en el admirado respeto del mundo. En Baler se supo defender hasta el límite a la Patria, luciendo la bandera en lo más alto para muestra de valor y resistencia.
    Aquellos soldados cumplieron con su deber; eso fue lo extraordinario, lo que destaca la historia: cumplir con el deber. Así lo refrendo la reina regente María Cristina al recibir en audiencia a Saturnino Martín Cerezo, dándole las gracias. "Únicamente he cumplido con mi deber, Majestad"; a lo que ella replicó: "¡Ay!, Martín, si todos hubieran cumplido con su deber".
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Fuentes
Saturnino Martín Cerezo, El sitio de Baler. La historia de los últimos de Filipinas relatada por su más destacado protagonista. Publicación del Ministerio de Defensa.
Andrés Mas Chao, La guerra olvidada de Filipinas 1896-1898. Publicación de la Editorial San Martín.
José Luis Isabel Sánchez, Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería). Publicación del Ministerio de Defensa.
Agustín Ramón Rodríguez González, Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica. Publicación de Editorial Actas.
Pedro Ortiz Armengol, La defensa de la posición de Baler (Junio 1898-Junio 1899). Una aproximación a la Guerra de las Filipinas. Publicación del Ministerio de Defensa en Revista de Historia Militar n.º 68.
Pedro Ortiz Armengol y Félix Minaya, Breve comentario sobre el sitio de Baler. Resumen de Marcos Mateo Conesa en www.tronchon.info



Artículo complementario

    Los últimos de Filipinas. Homenaje literario  

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