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El saludo del que pasa


Anda el viajero los caminos que interesan y aquellos otros, tantos o muchos, que atraen la curiosidad o despiertan emociones que habrán de conocerse al cabo. Los caminos se muestran según se mire: discretos, evocadores, desafiantes; también se ofrecen: amables, sinuosos, recónditos o quebrados; según se recorran.
Una vez anduve por tierra antigua, memoria de los episodios que forjan historia; esa vez que traveseaba por el urbanismo estrecho y pino de una villa con nombre solemne y gráfico parangón, sin prisa, con asueto, es la que recoge este apunte.
Varios fueron los paseos por el lugar hasta dar mis ojos, en una vuelta y a poca distancia, con una mujer sentada a la puerta de lo que tal visión me sugería como antesala de la cultura. La figura sedente, vestida de largo oscuro, ataviada de encanto, posaba apenas sus manos sobre el regazo, sin aproximarse los dedos, sin definir el dorso o la palma de cada una.
Era una mujer que mi gusto calificó de hermosa y ajena a edad alguna. Sus ojos, al pretender su atención los míos, miraban con una fijeza intrigante, poderosa y velada a la par. Toda ella miraba así.
Desapareció a la vuelta siguiente y aun deseoso no me atrevía a girar la cabeza para encontrarla donde la había dejado.
Aquella fascinadora mujer tenía sus detractores, y a buen seguro que contaba con admiradores que mi pesquisa no cuantificó; ya se sabe que el rumoreo cunde si la hablilla difama.
“Es una aparición.”
“Es un mal presagio.”
“Es un recuerdo.”
“Es la ilusión.”
Sonaba en la villa un estribillo enmarcando a la enigmática mujer en su postración, cual estatua de sí misma pero trasladada de una época a otra. Libre de sus enemigos porque nadie, ni queriendo, era capaz de asirla durante el tránsito de lo anterior a lo venidero y viceversa.
Aquella mujer, interpreté en privado conciliábulo, era un símbolo de variado augurio.
Dominando la villa se yergue un símbolo hoy en ruinas, no obstante aún timbrado de altivez, imponente y poderoso. La morada en la cumbre divisa un paisaje apegado a sus naturales y recuerda, vagamente, en el sentido del vagar viajero, por concatenación de estampas, la residencia de la Dama. Eso me ha parecido al evocarlos a ambos.
Los naturales de la villa y alrededor se ufanaban del entronque de la sangre con la mística, pero sin que ésta ocupara la plaza de privilegio que en mí había conseguido. Una cosa era el hogar y otra bien distinta la mujer vista y no vista.
La mística deviene en misterio si al propósito se añaden, en adecuada proporción, las especias que lo distinguen. Aquellos señores dueños de la altura eran gentes de atávicos sucesos, dominadores de las leyendas, instauradores de magias, hechicerías y encantamientos. Señores y dueños del mundo en torno y de la admiración generalizada; aunque también del temor, el recelo y la sospecha; que lo uno siempre acarrea lo otro. El porte de los antaño regidores juega con su peso cierto, dibujando en el imaginario colectivo la gravedad de las facciones, la mesura de los gestos y la parquedad y autoridad de las palabras en ellos.
Tal vez ella, la mujer sedente con sus manos díscolas mostrando y ocultando, indicando y confundiendo, con una sonrisa aflorada a su cautivador rostro o sin esa sonrisa presidiéndolo; con un matiz de lejano, muy lejano, vacío, leído por el intrépido caminante en su ir y venir seducido; una tristeza que no es tal o una alegría concisa como la frase que define una emoción, breve como la palabra que define sin acompañamiento la fascinación.
La mujer volvió a encontrarme en una vuelta de pendiente y a distancia de admiración. La mía por la dama, por su efigie ambivalente. Un símbolo elocuente toda ella.
Algo quería decir su guarda avizorada.
Desde la voz que quiere preguntar para saber compuse esta frase: “Señora, ¿usted ha visto cuánto se me ocurre imaginar?”
Abstraída, la mujer erraba su mirada por sobre las crestas del contorno arquitectónico, puede que más allá, como quien enseña a un viajero curioso y amable pruebas de su esplendor combinadas con las tonalidades que el Sol y la Luna dispensan en sus alternadas regencias.
No respondió directamente a mi pregunta, si es que llegué a formularla; probablemente no hacía falta. La mujer, me advirtieron los lugareños, no respondía al saludo de los que pasaban.
Pero sus ojos sí estaban al tanto de las idas y las venidas del tiempo y los caminantes de corto y de largo recorrido; sus ojos abarcaban el mundo mientras sus manos lo modelaban.
Di en hacerme notar subiendo y bajando las vueltas que la accedían, aunque, a fuer de ser sincero, confieso que mi pretensión era más prosaica que vanidosa: deseaba verme en sus ojos. En los ojos de la historia quería verme, esos que exponen terrores y grandezas, gestas y miserias de la especie común. El miedo, la audacia y la curiosidad se heredan. Pero ejerciendo hay pocos viajeros sin prisa.

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