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La séptima


Suena la Sinfonía n.º 7 en la mayor, Op. 92, de Ludwig van Beethoven


Mi aventura será mayor si la corona el éxito de un hallazgo.
    Es lo que he venido pensando desde que un día reparé en la existencia del recuerdo sucesivo y constante. Ese día cualquiera entre los que contabilizo fue hace años, casi tantos como los que cumple mi cuerpo, la materia que me envuelve y me diferencia, a primera vista, de mis congéneres y de mis hermanos en la flora y en la fauna; aun no sé bien si el aspecto cambiante del relieve terrenal tiene parentesco exterior conmigo.
    Me he empeñado en satisfacer la antigua y nada original aspiración, probablemente heredada, de conquistar un número indeterminado de voluntades ajenas coincidentes o dispares con la mía, espíritus afines, almas gemelas y enemigos con porte, con el propósito de aprender y luego aplicar esas lecciones en el tablero de juego. Valga la metáfora.
    Sople el viento a favor o se oponga con fuerza irremediable a mi afán, estoy en ello, inmerso en la evaluación de mi probabilidad.
    Atraído por el mar, sobre cuyas olas me alzo al borde del rompiente, admirado y erguido, oteando el horizonte. También atento a la orilla, que como mi pensamiento va y viene, entra y sale, absorbe, delimita.
    Ave entretenida en la centinela fronteriza. Ha de ser mi modelo. Para ella es fácil, como lo es para el agua verdeazulada: un impulso y ya está. La corriente tira, eleva, empuja y desciende; nada de pies en el barro y a disfrutar de lo mínimo, nada de muelle alfombra y a otra cosa.
    Reflexiono, sopeso, analizo. Me digo que hay un momento que rompe el molde, un momento que no tuvo antecedente y de cuya consecuencia dará cuenta un hecho afortunado. Debo ayudar a su publicación. Ensayo con el modelo elegido.
    Bato las alas, las pruebo; deslizo mi fe por una rampa a propósito, escucho voces de ánimo. También recomendaciones de prudencia: despacio, tiento, paciencia.
    Determinación, de lo contrario no remonto el miedo y me vuelvo a quedar a las puertas del gran deseo. Lo es, respondo a la pregunta de un cronista llegado a tiempo para cubrir las incidencias del antes. Anota lo que le he dicho y un añadido que leeré a mi vuelta. Voy a superar mi condición, idéntica sobre el papel a la de quienes han empezado a escribir por el final, con una coda sentida, singular perfume evasivo que dura unos pocos segundos, un aleteo.
    Los extremos de mi envergadura agitan el aire, bien marcada la ruta hacia el cielo. Primero el cielo, la prioridad a la que me someto es la de conquistar el cielo. Un cielo que para mí empieza en el mar. Ya tengo las dos inquietudes orientadas adelante. En línea recta, en paralelo. Asuntos análogos que provocan una obsesión equivalente.
    Vuelo.
    Sobre la inmensidad rumorosa, entre dos vientos, bajo una capa de rutilante celeste que cada invariable tránsito alterna su color y destellos con el manto del sueño. Dos tonos, dos estilos de rielar el lienzo de misterio insondable, como infinita es la circunvalación del cielo.
    Vuelo.
    Capítulo aparte.
    Ahora vuelvo para empezar de nuevo, para de nuevo estrenar mis alas. Todo un hallazgo.

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