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El reconocimiento implícito del fracaso (I)


La vida y el mundo que vestían colores andan desnudos en su fealdad y penando con la culpa difundida.


Bien mirado, no me da qué pensar la tendencia a la negatividad y la proclividad al vacío en el régimen social de innovación en el arte, la cultura, en el aprendizaje y en el comportamiento orientado en general; siendo estos dos últimos campos, el de la enseñanza —ocupando por infiltrados del nuevo orden la educación que corresponde a la familia y a la persona en sus estudios y experiencia— y el de la conducta —abducida del ámbito individual hacia el cercado donde arde con avivado fuego dialéctico la hoguera de la colectivización— los de mayor incidencia por abordar y abarcar todas las edades y todos los estamentos, con lo que el círculo vicioso de la atrofia y la sumisión queda completado a falta de sello.
    En la historia se han sucedido las épocas de esplendor, a todos los niveles, con las de oscurantismo, en los niveles perentorios, y de tal manera, con dispendio de adjetivos, son presentadas a examen en la actualidad que sine die nos contempla. Al respecto del penúltimo cambio de siglo, probablemente de una trascendencia superior al reciente y último, cabe destacar la mutación producida en la visión del mundo, aunque más por aquellos elevados a timoneles en la travesía unitaria por los mares de la vida que por esos otros, la inmensa mayoría de los humanos, a quienes la opinión, por personal, y el análisis, por privado, se les escabulle del refrendo, a modo de condena por la audacia de plantar cara y oponer argumento a la doctrina expansionista, y abrazada por las jerarquías y factores que deciden y mandan por el resto y para los restos, de los arúspices en nómina global. Un cambio radical: ayer el mundo y la vida vestían de colores y hoy andan los dos desnudos y penando; un cambio de escalofrío: ayer la música era armonía y la pintura belleza —genéricamente indicado— mientras hoy se instaura a golpe de imposición materialista la fealdad con el advenimiento lúgubre y estrepitoso de los sonidos atonales y dodecafónicos en fraterna unión devastadora con los efluvios disolventes de las vanguardias artísticas en pintura y literatura.
    Dado que, a mi juicio, superar el pretérito en el arte —en el selectivo catálogo de artes—, la moral, la estética y el espíritu de principios y valores enraizados en la tradición, es tarea colosal para la caterva de alfeñiques con el ansía al límite por recibir de la voluntad dirigente emolumentos y prebendas en reciprocidad por los infatigables servicios prestados, nunca desinteresados ni exigentes de inteligencia, a la causa de la dominación, lo fácil, y por lo apuntado también, y mucho, rentable, es subirse al carro que circula por la vía única proclamando el gobierno de la angustia existencial y la deriva hacia el relativismo de la inmediata novedad dictada y sancionada por una subjetividad colegiada, la autoproclamada “voluntad general”, extraña a la razón y al sentido y enemiga de la persona, por cuanto voluntad particular, independiente de revoluciones e ideologías de cariz y efecto invasor.

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