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Me atrae tu insinuación

En las calles soplaba un viento modelador. ¡Qué fortuna la mía! Cerciorado de mi interés por descubrir en el mundo en torno soplaba el alegre viento de las prendas ceñidas, el florido viento de las pieles tersas y el espléndido viento de las formas sugerentes. Para mi deleite contemplativo, el meteoro llegado del paraíso vestía los cuerpos que mis sentidos atrapaban al vuelo. Magnífico panorama depositado ante mí.

    Un beso y una flor.

    El viento llenaba los huecos de puro aroma y cubría las oquedades, las recónditas y las insinuadas, con amoroso tacto. Maestro configurador de ilusiones, el viento satisfacía en mí una demanda de las que no caducan.

    —De las que no prescriben.

    —De las que no cesan, Música.

    Pedía observar veinte o treinta metros de vida enfundada en viento, la delicada tela que viste de atracción el cuerpo soñado, el vaporoso tejido que escapa sin huir de los dedos, de las ansias, de las perturbadoras imaginaciones. Modisto de alta costura, organizador mitificado de insinuante pasarela a precios inasequibles; fragancia de novedad lejana reducida a las intersecciones: un deseo y su opuesto. La perfecta comunión de la luz ardiente con la sombra fresca, generoso impulso y feliz alivio. Sólo el tiempo que transcurre del primer al antepenúltimo paso, del primer al penúltimo arco de pierna, de la primera a la última torsión de cuello, de hombros, de caderas. Con las intencionadas ráfagas de viento interpretando la exquisita melodía que amansa las procelosas aguas del cuadro en los incógnitos abismos, el irreprimible señuelo donde las criaturas caen inconscientemente atrapadas. Dulces sueños, víctimas ingenuas.

    Dualidad fascinadora. Mi yo contra mí. Agua y aire, cuadros de creación; fuego y tierra, cuadros de consumación. La melodía del viento sonaba en tu voz, Música. ¿Cuántas apariencias tienes? ¿Cuántos incentivos concedes en cada una de las vidas que se recorren de principio a fin, de orto a cénit, de ayer a mañana?

    —Descúbrelo. Arriésgate.

    ¡Sube!

    —Sí.

    —Siente el vértigo.

    El ganador se lo lleva todo.

    La fascinación y el hechizo están en el vacío. Miro abajo, arriba, miro hacia el envoltorio de aire. Tu insinuación, Música, me atrae. La posibilidad que sugieres me llama. Es el estreno.

    Es el anverso de la literatura, Música.

    —Mira, siente, comprende.

    —Así lo haré.

    Tengo que irme.

    Libre al partir como una vela en el viento.

    Tengo que regresar al origen.

    —Buen viento te lleve.

    —Solicito tu influencia para culminar los afanes de mi espíritu y para completar de manera exitosa mi obra de arte. Nada de vulgaridades ni de saltos al vacío.

    —Buen velo te acoja.

    —Gracias, Música.

    La veo por todas partes, poesía improvisada, una criatura radiante muestrario de belleza en panoplia de orfebre, ofrecida a sí misma como regalo donde elige y bajo el signo de sus atribuciones. Ataviada de viento, artista de la prístina silueta, camina por delante diseminando estelas sobre mis contradicciones.

    —¿Has encontrado la respuesta a la única pregunta?

    —Tengo dos versiones de ella.

    Veo como me mira, oigo como me escucha. Sincronizo mis pasos a los suyos. Me habla, me incita, me exige. Le sigo el juego.

    —Suficiente para ir. ¿Te vas?

    —Me voy. 

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