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La Gran Vía

Suena la Zarzuela en un acto y cinco cuadros, de Federico Chueca.

Qué portento de urbanismo, cuán inmensa la vía, bárbaro el discurrir, colosal y extraña concatenación de ambiciones.

    ¡Ahí va eso!

    Delirio de muchos pases, arriba, abajo, voy y vengo; comparsa de pocas dudas: es y punto, siga y sigue; manía escénica de teatro ambulante con los actores a salto de mata y el público de viene y va al vuelo.

    ¡Ahí queda eso!

    Al que no le guste que aparte la vista; y el que se pique ajos coma.

    Póngase la muletilla por delante y por detrás, burlesca por esencia, satírica por efecto, notoria y pegadiza que para eso ha nacido de calle en calle, de tiento en tiento, se asombro a pasmo y de sorpresa a comentario. Lo que la autoridad ha dispuesto, por el bien común a plazo largo, que nadie a menor altura lo tache de megalomanía y dispendio que mejor sirviera para otra cosa, ni como dique de los que frenan, y de resultas contienen, la avalancha de opiniones, dicterios y laudos en caída y subida según le dé el aliento.

    Al principio, ya se sabe.

    Dícese del impacto, entiéndase la conmoción, compréndase lo que en acto simultáneo, y también reflejo de las circunstancias y los circunstantes, tira o empuja, suelta o arrastra.

    Es el juego de los pareceres.

    La apariencia impone, ya impuso el proyecto e impondrá el resultado que a la luz y a la sombra dictará sentencia en instancia de apelación, la segunda, la suprema y el juicio final.

    Alguno, en tránsito, quizá decidido a imprimir su sello en la armonía de las líneas, en la recién estrenada gracia, avistó las hechuras de la plenitud de aquello a la vuelta de la esquina, valga la presciencia; alguno, en la réplica que tañe discordia, con tanta razón y sentido, como sentido y razón adornan al precedente, indica, anuncia y señala, en orden intercambiable, que ahoga tanta desmesura y confunde el trueque, a la sazón en progreso, de la belleza por la utilidad sin viceversa.

    ¡Vaya con el propósito!

    ¿Qué será lo siguiente?

    A ciencia cierta, saberlo nadie lo sabe; la incógnita tiene su encanto y permite especular a diestra y siniestra ignorando el calado de los yerros.

    Cosa de acostumbrarse.

    A la fuerza ahorcan; el tiempo, que actúa como barrera y burladero, pone y quita argumentos, alivia los sinsabores y agrava las dolencias que en la juventud fueron picores y en la edad provecta cirugías huérfanas de anestesia. Los mayores suelen repetirse en la frase lapidaria, en la excusa que tanto sirve para un barrido como para un fregado; los jóvenes son prolijos en la insistencia y ceden ante la desidia en el pleito.

    No vale la pena discutir cuando pesan los años; no vale la pena discutir mientras se expande el horizonte; no vale la pena discutir por lo que no tiene remedio al alcance de la mano o la palabra. Y así hasta los restos, andando las épocas y sus aparejados criterios. Concierto va, concierto viene y la obra pervive a sus detractores igual que a sus proselitistas; presente o ausente, incorporada o apartada, la memoria del hecho recuerda pero no confirma si la cita es con racimos de presencias o con gajos de ausencias.

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