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El don de la ubicuidad

Hace años, y por pura curiosidad al caerle en las manos, Efe leyó una tesis doctoral sobre el movimiento voluntario e involuntario de los párpados. La circunstancia presente de inapreciable movimiento en los párpados del ser bípedo atirantado, que como si flotara en el aire —porque no dejaba huella de su paso— de una mañana distinta a la que presidía el área de servicio le guiaba campo a traviesa, le devolvió la memoria de aquel estudio científico firmado por un neuropsiquiatra.

    Aquella tesis, como poco interesante, demandaba de lector y estudioso una reflexión ajena a prejuicios, al margen de ideas preconcebidas y de la estricta aplicación intelectiva de una lógica elemental. Esta de ahora exigía de Efe una justicia análoga.

    Pero la comparación que urde un rehén es engañosa, es fraudulenta, supone una usurpación de personalidad. Un rehén de fantasía gasta el tiempo que le adjudica en pensar posibilidades que le confieran realismo y una justificación en las deducciones brotadas de la trama.

    “Detente.”

    Además de recuperar los hechos dirimentes como argumento creíble para exponer el desarrollo de la historia.

    —¿Quién tiene la llave?

    —La tengo yo.

    Efe recordaba el destello filiforme de la estrella fugaz en la oscuridad de la noche por la carretera secundaria invadida de figuraciones extravagantes.

    Sin duda, infirió Efe, ese individuo ubicuo de aspecto inédito quería enseñarle algo significativo y sólo a él, con un propósito que era confidencial. Pero aceptar seguir el juego sin una previa garantía, sin una condición de seguridad ante lo que pudiera avecinarse, a un hombre que no parpadea o que sincroniza a la perfección su parpadeo con quien le mira propiciaba una situación de grave riesgo.

    Para decantarse por acceder a su guía, Efe tuvo que admitir que ese individuo estoico aparentaba ser tan humano como él.

                                                                                                              De la obra La frontera.

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