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Orden y concierto (VI)

El consejo que no engaña.

La añagaza del manejo político —impertinente para el receptor, pertinente para el emisor— que mejor cala en la mentalidad de la obediencia al escalafón social adjudicada por conveniencia, es la de cumplir con el elevado propósito de la mediación: una labor de titanes que requiere, en justificación de los elegidos, la aceptación de cuanto se obra y cuanto se oculta, de cuanto se expone y de cuanto se silencia. Y con tanto secreto y componenda avenido al terreno de la creencia pastueña y la actitud servil del administrado, la experiencia personal queda diluida en el magma de la colectivización de planes y poses, de imágenes y textos, de difusiones y propagandas: demasiada sombra para tan poca oposición.

    La única validez absoluta es la que dicta la voz del poder, suma de poderes, devorador de legitimidades, unificador de trazados que van y vienen de parte alguna a ninguna parte. Hágase el lector a la idea de que quien manda. Impone; de que quien impone, somete; y de que quien somete, a veces usurpa, a veces reemplaza, a veces desdobla, a veces bifurca, disloca, emborrona, pervierte, a veces coge y se queda, y siempre manda por todos los canales que existan en el mundo real tanto como en el imaginario.

    Saturado el paisaje de consignas, reflejos y anuncios, la conciencia oscila de extremo a extremo de su restringido campo de acción. Y eso la que se mantiene vigorosa, al menos crítica, quizá en un grado de alerta y réplica digno de evaluarse en positivo. La conciencia es un elemento distorsionador de la práctica política ejercida por los que presumen de lo que carecen y de los que hablan palabras de humo y de quienes detestan hasta la eliminación al individuo que esgrime su derecho natural a ser, estar, pensar y decidir libre de cautelas adjudicadas y de insolvencias punibles; un individuo, adscrito a la categoría de persona cuyos análisis son verosímiles, sus juicios críticos y atinados en tiempo y forma, y su orden esencialmente hostil al establecido por el omnímodo poder político recolector de miserias y nulidades tan parejas ellas, de envidias y arribismos tan frecuentes ambos, de vicios, perezas y rencores que cubren con manto falso la ausencia de honesta iniciativa y deseo de lógica prosperidad ganada a pulso.

    Cuestión aparte, que también merece un análisis por lo que supone de adversidad a un sistema harto consolidado, es el de la reducción —no al absurdo— del espacio de maniobra del profesional de la política sin otro oficio ni beneficio que el suministrado copiosa y fluidamente por la tabla a la que asirse con uñas, dientes y mentiras: de tal modo que el hacedor de políticas deviene en representante de ambiciones de muy diversa índole, surgidas con tino o farfolla de cada representado.

    El orden constituido por las diferentes experiencias, irrenunciables ellas a su libertad e independencia generativa frente a rivalidades y alianzas, crea y sedimenta principios, estimula la autenticidad y favorece la inmediatez.

    Claro que, y aquí está la trampa, la experiencia individual, el individuo, de nuevo cae en terreno baldío pues excluida por definición social absorbente la primacía del sr erigido en lo que es y no quiere perderlo, el representante aboga con retórica de manual por la adaptación del uno al resto, es decir, de esa individualidad descollante por decisión propia a la inmersión bautismal en las aguas públicas de los muchos afluentes encauzados desde el manantial. El argumento que pesa es el de la protección de los demás, el de la igualdad igualitaria en aras del igualitarismo, camino del aprisco a marchas forzadas pero con la sintonía alegre de la esperanza sonando estridente de suelo a subsuelo.

    Paradoja de los tiempos que corren, muy útil para los guías en la oscuridad programada: la unión fraternal preconizada desde la autoridad universalista deriva de la separación —léase apartamiento— minuciosa y constante —léase con cajas destempladas— de las individualidades —léase tanto personas como instituciones— empeñadas en demostrar su valía merced a la separación de poderes, al principio de legalidad, a la anteriormente citada conciencia y al libre albedrío. 

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