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El reconocimiento implícito del fracaso (y VIII)

La ignorancia no exime de responsabilidad

Sinceridad obliga: nos gustaría que hubiera un reconocimiento del fracaso. No se lo pediremos a quienes lo han provocado, por supuesto negando participación alguna en el fracaso, ni siquiera admitiendo que el planteamiento y la ejecución han fracasado. El tiempo es muy valioso y muy escaso para malgastarlo contra el muro.

    Nosotros a lo nuestro: la crisis tarda en calar en el seno de la sociedad puesto que los grupos dirigentes —creemos que todavía hay más de grupo dirigente aunque parezca lo contrario— controlan los medios de comunicación-difusión-información/desinformación. Tal control facilita la ignorancia, el engaño y la distracción de la realidad.

    Pero llegará el despertar casi conjunto que tiempo ha empezó individualmente.

    La tardía comprensión de lo que sucede, originado capítulos atrás en el escondido libro de la historia, y el no menos moroso entendimiento de la realidad, no evitará la demanda de explicaciones —a enemigo que huye puente de plata— y la exigencia de responsabilidades por la aplicación de unas políticas erróneas, tendenciosas y, en definitiva, perversas; en ocasiones a sabiendas de su resultado a todos los plazos contemplados.

    Si son apreciables los efectos, piénsese que existen las causas responsables. Cierto que cabe la equivocación, pero no menos cierto es que también cabe la intención como motor de la ruta al abismo, a la cárcel, a la esclavitud.

    Sonará la alarma en los oídos permanentemente sordos; esa misma alarma que lleva sonando décadas y más. Llegará la conciencia de la crisis al corazón y a la cabeza de la sociedad que la sufre.

    Desconocemos el futuro, pero sabemos que alguien con criterio independiente lo historiará, y puede que varios autores, cronistas y estudiosos al margen de la nómina política darán razón de lo sucedido y alumbrarán la línea de pasado a presente que proyecta el futuro. 

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