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Los Jardines del Palacio Real

Suena el Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta, de Joaquín Rodrigo.

Con certeza puede afirmarse de las lecturas y las conferencias que enseñan. En cuanto al asunto de aprender, que debiera estar implícito en el ejercicio de lo anterior, depende de quien ponga ojos y oídos en el aprendizaje o de quien pretenda descubrir y saber para aplicarlo en la vida o de quien, libre y capaz, actúe bajo el mandato de la conciencia en aras a disponer de un patrimonio moral e intelectual digno de la mejor acepción en tales adjetivos.

    El lector y el escuchante conocen del gran número de relatos, escritos y orales, donde se mencionan tesoros, paraísos y ambientes al alcance de la mano, entiéndase voluntad, o sólo posibles al acceso de la imaginación y el sueño. Estos citados son temas recurrentes e inagotables en el tiempo que del pasado viaja al futuro con escala, más o menos prolongada, en el presente; buenas vías de distribución para el ocio, que es cultura, y la fantasía, que es un apoyo necesario con el debido control.

    Cualquier día que se contemple aporta noticias de hallazgos y revelaciones, que no por supuestas e incluso perfiladas en el contraluz, van a ser menos cotizadas; no suelen prodigarse en cantidad, pero e veces lo hacen en calidad y reclamo. Vista su influencia en el receptor, surge el espíritu de la coincidencia, pues las relaciones existen y cabe, en toda ocasión, ponerlas sobre la mesa de las disecciones, lugar de los cotejos, para dar con las similitudes percibidas y las diferencias enriquecedoras. Luego acude el sueño o la imaginación en auxilio del refrendo o del barrido, el uno o el otro indefectiblemente, ya que ambos criterios, aunque parezca extraño e hijo de la paradoja, son complementarios y subsidiariamente dependientes de la racionalidad empleada.

    Soñar o imaginar fortunas es un augurio de carácter, también un acicate de los que generan, en su desarrollo, mundos en el mundo. Soñar o imaginar el camino a la fortuna significa algo pretencioso, enmarcado en un pretender de aspiración legítima, o algo mal avenido con el ideal del esfuerzo que pone triste y maldice al buscador de tesoros y al cazador de fortunas, así como al avaro retenedor de tesoros y al dilapidador de fortunas costosamente adquiridas e incrementadas por los transmisores. Cuenta el sabio que tanto supone robo el guardar con avaricia como el encontrar sin trabajo.

    Los tesoros que aparecen sin dueño y dan la fortuna a quien los recoge tienen un origen, tienen una causa, tienen unos antecedentes, y ese origen, causa y antecedentes oscilan sin alumbramiento entre la virtud y el pecado, por utilizar expresiones comprensibles a todas las edades y en todos los niveles. Si proviene de una bondad, bendito sea el hallazgo y su propagación; si, por el contrario, nace de un daño y menoscabo, maldita la gracia de su alarde. Claro que la decisión respecto a su favor o su perjuicio corresponde tras la primera instancia, que es la personal, a varias instancias que con sus parciales veredictos decantan la apreciación y el interés subjetivo hacia los distantes extremos de una longitud casi infinita.

    La moraleja del relato para el lector y el escuchante fluctúa como el miedo y la alegría: ahora me toca a mí, ahora te toca a ti. El tesoro refulge y se apaga con cada parpadeo del afortunado y del infortunado; en el fondo, por la vanidad asociativa que lo envuelve, quiere estar y no estar, salir a flote para deleitar y conmover a unos espectadores fascinados y, con la misma intensidad, permanecer oculto para seguir en el catálogo de maravillas imperecederas e inasibles a salvo de la codicia y la perversión. El tesoro recela miedoso de su intrínseca belleza mientras las luces diurnas y las nocturnas proyectan alrededor la sombra de los cuerpos próximos y remotos. 

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