jueves, 28 de abril de 2016

Autoridad y poder

 

Ejercicio diferenciador en el gobierno de una sociedad.

La tradición jurídica romana, que informa el pensamiento europeo, distingue entre autoridad y poder. También, en los tiempos que corren, las fuentes con solvencia abundan en la distinción y explicitan desde la génesis de los conceptos y desde la aplicación a lo largo de la historia qué es y de donde nace la autoridad y lo mismo para el poder.
    En consecuencia, la autoridad es definición y se traduce en leyes de obligado cumplimiento para que la convivencia de las personas cívicas sea posible y justa.
    La etimología de la palabra poder nos sitúa en el concepto de potestad, que significa coerción y justifica su existencia en la incapacidad de los ciudadanos, por sí mismos, de asegurar el cumplimiento de las leyes.
    Por tanto, la ley es la norma de convivencia imprescindible e ineludible para procurarla.
    De lo anterior se infiere que, jurídica y socialmente, el autoritarismo no impide el desarrollo libre de la persona mientras que la prepotencia, como ejercicio desmedido sistemático del poder concedido o adjudicado, constituye per se una amenaza -quizá la peor e inmediata a la propia negación del libre albedrío y las capacidades inherentes a la condición humana- contra la libertad de las personas.

* * *

Compendio de ambos conceptos
Somero análisis, a modo indicativo, para situar en el tiempo la evolución y deriva de la autoridad y el poder.
Autoridad:

Con este término se expresa el conjunto de cualidades reconocidas que confluyen en una institución o persona a la que los individuos (desde su individualidad, su libre albedrío) se someten por acuerdo para desarrollar y conseguir determinadas finalidades sociales (en el marco de una sociabilidad elegida).
    Este es el punto de partida.
    A partir del cual en la época moderna, la autoridad se concibe como el conjunto de las prerrogativas sociales y jurídicas que permiten el ejercicio del poder. Quedando establecido el vínculo entre autoridad y poder, la una como esencia, el otro como plasmación.
    El pensamiento liberal expone que la libertad y la igualdad formales son derechos originarios y naturales de la persona, y como tales condicionan el ejercicio de la autoridad y constituyen su fundamento.
    Bajo esta concepción, mayoritaria en las sociedades denominadas libres a todos los efectos de los siglos XIX y XX, la autoridad pasa de ser una prerrogativa de un poder político impuesto a ser emanación de la voluntad general de la ciudadanía.
    La autoridad se convierte en la guía del progreso humano.
    Cosa lógica ya que el concepto de autoridad queda vinculado con la necesidad de reglamentar las relaciones sociales y adscrito a la racionalidad, puesto que un incremento de ésta postula el de la autoridad como garante de derechos y libertades y reguladora de la convivencia.
    Siempre y cuando la autoridad sea legal, aquella legitimada por un sistema de leyes formales decretadas para regular el modo de vida y para alcanzar los objetivos propuestos; sea tradicional, la autoridad legitimada por la tradición; y carismática, que es la autoridad legitimada por las características extraordinarias del jefe o líder, responsable en definitiva de una misión.
    En las orientaciones sociológicas contemporáneas, la autoridad suele considerarse indispensable para el funcionamiento de cualquier organización compleja, ya que abrevia el tiempo de respuesta a las exigencias ambientales.
Poder:

Con este término se designa la posesión por parte de un sujeto individual o colectivo de la capacidad de obtener sus propios fines en una esfera específica de la vida social a pesar de la voluntad contraria de otros.
    El poder debe ser ejercido al menos intermitentemente para mantener sus efectos de forma estable, ya que la posesión continua del poder está asegurada sólo por el ejercicio recurrente, aunque sea discontinuo, del mismo.
    Un repaso a la fenomenología del poder lo define según dos concepciones: la distributiva y la generativa. Según la concepción distributiva del poder, éste es visto como una magnitud finita, por lo que todo el poder que un sujeto determinado posee en un momento dado se presenta como sustraído a otro; y viceversa. Por su parte, la concepción generativa del poder considera a éste como una capacidad que puede crecer en base a los recursos que una colectividad confiere a un sujeto determinado con el fin de conseguir ciertos objetivos de interés común. De hecho, en cualquier situación concreta se pueden observar los dos supuestos.
    Toda forma de poder conlleva una mayor disponibilidad de recursos por parte de un sujeto determinado respecto a otros. El catálogo de recursos es el siguiente: la fuerza, el conocimiento técnico y científico, el capital o los medios de producción, la ley y la organización. La combinación simultánea de varios tipos de recursos multiplica el poder, como ocurre con el Estado, que es el máximo sujeto de poder en el mundo moderno y contemporáneo, en cuya capacidad de organización y de control de la vida social se conjuga el monopolio de la fuerza legítima y los grandes medios capitales, el saber burocrático y ciertas normas fundamentales de derecho.
    Las principales clases de poder son el poder político y el poder económico. El poder ideológico, referencia constante en los discursos del socialismo aunque la práctica contradiga a la teoría, es reducible a uno y a otro o bien a alguna forma de autoridad o de influencia, pues es un comodín o pieza de encaje que viste de apariencia el verdadero trasfondo. Ambas clases, la política y la económica, presentan dos vertientes: una volcado a la afirmación y a la conservación y la otra a la transformación del sistema político y económico existente.
    El poder es una de las dimensiones fundamentales de la estratificación social, relacionada de manera distinta con otras dimensiones como la riqueza y el prestigio: quien tiene mucho poder suele intentar conquistar un grado proporcional de riqueza y de prestigio, mientras éstos son utilizados con igual frecuencia para incrementar el poder de un individuo o de una colectividad.

martes, 26 de abril de 2016

Antes quemados que rendirnos

 
La Torre Óptica de Colón o de Pinto, que por ambas denominaciones era conocido este puesto de vigía, estaba situada a cuatro leguas de la ciudad de Puerto Príncipe, en la isla de Cuba.
    El mirador o puesto avanzado del Ejército español, fue atacado al amanecer del 20 de febrero de 1871 por una tropa de 500 insurrectos al mando de los coroneles cubanos Agramonte, Yaguajay y Rodríguez.
 
Componían la guarnición el alférez Cesáreo Sánchez Sánchez, el sargento José Garabito Fernández, tres cabos, un corneta y 21 soldados, auxiliados por tres paisanos.
    El enemigo trató de incendiar la Torre, pero pudieron ser rechazados a bayonetazos a pesar de la intensa humareda y la consiguiente asfixia. Muertos o heridos gravemente más de la mitad de los defensores, entre ellos el alférez jefe del destacamento, el resto se juramentó para morir abrasados antes que rendir la posición y sus personas.
    La reiteración en el ataque enemigo y la escasez de municiones hizo plantear una alternativa a la heroica resistencia. El corneta Máximo Garrido Andreu se ofreció para tratar de sobrepasar el cerco y las líneas enemigas a continuación para, ya en territorio propio, solicitar auxilio a los suyos.
    Triunfó la estrategia y el arrojo del corneta Garrido. Llegaron los refuerzos a tiempo y los sitiadores huyeron a la desbandada.
    Durante la defensa de la Torre resultaron muertos dos cabos y dos soldados; el alférez, un cabo y 11 soldados heridos y el resto de la guarnición contusa. Al cabo de unos días, el alférez Sánchez dirigió al Comandante general del Departamento el siguiente informe sobre lo acaecido en la Torre Óptica de Colón.
"No habiendo podido por el estado de mi salud participar a V.E. oportunamente lo ocurrido en la mañana del día 20 en la Torre Colón, cuyo puesto me hallaba mandando, tengo la honra hoy, repuesto ya algún tanto, de elevar a V.E. el siguiente parte detallado.
    El 19 por la tarde, observé que por las inmediaciones del punto, aunque fuera del alcance de nuestras armas y en además hostil, cruzaron seis o siete hombres a caballo, y con este motivo determiné redoblar la vigilancia durante la noche, manteniendo la mitad de la gente en pie sobre las armas y la otra mitad sentada al pie de ellas; y alternando de esta forma se pasó la noche sin más novedad que un disparo de un centinela de la parte superior de la Torre, con motivo de un ruido extraño que se oyó en un palmar inmediato.
    Media hora antes de hacerse de día, coloqué toda la fuerza en los sitios que debía ocupar en caso de un ataque al amanecer, destinando a las clases el sitio más conveniente. Estando en esta disposición, amaneció, y al ver que no se oía ruido alguno ni se alcanzaba con la vista nada que hiciera sospechar podíamos ser atacados, dispuse que saliera el ranchero que debía hacer el café de la tropa; pero al mismo tiempos e destacaron del palmar arriba citado algunos hombres a caballo, haciendo señas con un pañuelo blanco. Yo les contesté en la misma forma, creyendo que serían presentados como otras veces se había verificado, pero ellos, moviendo sus sombreros y a las voces de Cuba libre, emprendieron su marcha precipitadamente hacia la Torre. Instantáneamente, y como obedeciendo a este primer movimiento, se precipitaron, saliendo de la Manigua y envolviendo la Torre por todos los frentes, como unos 500 hombres, y éstos lo hicieron con tal rapidez que las tres familias que se hospedaban en los Conucos inmediatos a la Torre no tuvieron lugar de salir de sus casas y únicamente tres hombres pudieron llegar a tiempo para entrar en el fuerte, y aún el último de éstos recibió en el corto trayecto que tuvo que recorrer dos heridas de machete, causadas por los insurrectos que tenía delante; esta circunstancia impidió levantar el puente en la forma más conveniente para que sirviera de blindaje a la puerta y tuvo que levantarse hacia uno de los lados.
    Al propio tiempo que el enemigo se precipitaba sobre la Torre, se rompió el fuego por nuestra parte de la manera más eficaz, y tuve ocasión de observar que el enemigo adelantaba en tres líneas: la primera la constituían en su mayor parte negros que venían escudados con faginas de rellenar, llevando además escalas y herramientas; la segunda estaba formada por los blancos mulatos y chinos a pie; y la tercera y última por la gente a caballo. A retaguardia de cada una de estas líneas marchaba uno a caballo con bandera desplegada. La primera línea consiguió su principal objeto, que era colocar las faginas para que les sirviera de defensa contra los fuegos de la Torre y arrojar algunas al foso para cegarlo y facilitar el asalto, pues el número considerable de bajas que experimentaban a consecuencia del certero y nutrido fuego que desde la Torre se les hacía, no les permitía aproximarse lo bastante para arrojar aquellos objetos al foso ni colocarlos convenientemente alrededor de la estacada. A consecuencia de esto, vimos que los dos Jefes que mandaban la primera y segunda línea, que se habían ya confundido en una sola, alrededor de la Torre, se adelantaron animando a su gente con las voces de "a ellos que no son más que veinte", y hostigándolos y castigándolos de la manera más bestial, consiguieron que se arrojaran algunos negros al foso salvando todos los inconvenientes.
    Este nuevo aspecto que tomaba el ataque no fue motivo para que nuestros soldados se desanimaran en lo más mínimo, a pesar de que habían ya caído mortalmente heridos dos cabos y un soldado, y de mucha gravedad el sargento y tres soldados. En esta disposición, mandé que los dos paisanos que quedaban útiles de los tres que se habían guarecido en la Torre, cogiesen dos armas y suplieran a los que con tanta abnegación y patriotismo acababan de sucumbir.
    Los negros que habían conseguido llegar hasta el foso incendiaron algunas faginas y trataron de aproximarlas a las maderas de la Torre, pero nuestros soldados les obligaban, clavándoles las bayonetas en la cara o en el pecho, a descender otra vez al foso para no volver a subir; yo me coloqué en la puerta en aquellos momentos, por considerar aquél el punto más débil, y fui herido en una pierna; este nuevo incidente exasperó más y más el ánimo de mis subordinados y motivó el que se redoblará su energía y su entusiasmo.
    En esta forma continuó el combate por una y por otra parte por espacio de cerca de una hora, hasta que el enemigo se vio precisado a  distraer una gran parte de su gente para retirar e internar en la Manigua sus muertos y sus heridos, en cuyo tiempo se notó habían disminuido notablemente sus fuegos. Pero después que vieron conseguido esto, volvió a empezar de nuevo, hasta que con motivo de haber caído del caballo uno de sus mandarines, se declararon todos en retirada en distintas direcciones, siéndome absolutamente imposible evitar que en su retirada se llevaran sus heridos ni la mayor parte de los efectos de guerra pertenecientes a las bajas que habían tenido; pues de los 26 hombres que constituían este destacamento, habían sido muertos dos cabos y un soldado, y heridos un sargento, un cabo y once soldados, la mayor parte de gravedad, y los restantes casi todos contusos o lastimados con las astillas o residuos que despedían las balas. Sin embargo, dejaron en la estacada y en el foso cuatro hombres muertos, tres armas de fuego, algunas cartucheras y macutos con municiones, cuatro machetes y algunos efectos de su uso particular, más unas doscientas faginas y dos escalas.
    Al retirarse dejaban también en los Conucos inmediatos a la Torre las señales más convincentes de su salvaje y feroz instinto: habían asesinado un hombre y una mujer y herido tres mujeres y un niño de corta edad; llevándose otra mujer por espacio de un cuarto de hora, hasta que la infeliz pudo escaparse por lo precipitado con que huían. Con referencia a ésta, se sabe que en su retirada llevaban muchos heridos cruzados en sus caballos y algunos muertos arrastrando; también manifiesta aquella señora que le pareció ver entre los insurrectos a Espinosa, Madriñales y Manuel Agramonte.
    Debo manifestar a V.E., para que conste de una manera solemne, que al continuar los insurrectos su ataque con mayor empeño por última vez, los soldados que quedaban en pie decidieron libre y espontáneamente carbonizarse dentro del Torreón antes que consentir que ninguno de aquellos salvajes profanara el estrecho recinto donde estaban tendidos sus compañeros. Y, por último, debo citar al corneta Máximo Garrido, que voluntariamente se prestó a llevar el aviso de la ocurrencia al puesto más inmediato a fin de que por la superioridad se mandaran los recursos y auxilios que se necesitaban y que con tanta oportunidad V.E. se dignó hacer llegar a la Torre aquel mismo día.
    Todo lo que me honro en poner en superior conocimiento de V.E. Dios guarde a V.E. muchos años. Puerto Príncipe, febrero de 1871".
 
 
Al alférez Cesáreo Sánchez le fue concedida la Cruz laureada de San Fernando en octubre de 1871; y al conjunto de los defensores, individualizada, en septiembre de 1880.
 
Relación de los componentes de la heroica guarnición de la Torre de Colón:
    Alférez: Cesáreo Sánchez Sánchez.
    Sargento segundo: José Garabito Fernández.
    Cabo primero: José Suárez Cruz.
    Cabo segundo: José Brías Vizcarri y Lucio Herrero Herranz.
    Corneta: Máximo Garrido Andreu.
    Soldados: Rafael Ariza Castellanos, Juan Capell Morales, Álvaro Cebriola Blanes, Ángel García Rodríguez, José Gual Abril, Joaquín Izquierdo Villanueva, José López Cabello, Juan López Sanz, Juan Murgui Murgui, Gregorio Oché Targa, Clemente Puig Casadems, Pedro Puig Doménech, Pedro Ridao Martín, Andrés Rodríguez Chamizo, José Rodríguez Moreno, Manuel Solá Galera, Miguel Tirado casado, Eugenio del Valle Rico, Luis Ventura Vel, Juan Vilá Piñeiro y Mateo Vilella Llansas.
    Paisanos: Pedro Esquivel, Carlos Junco Gómez y José Martínez Quesada.

 

Artículo basado en la obra Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), de José Luis Isabel Sánchez, publicación del Ministerio de Defensa.





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viernes, 15 de abril de 2016

La promesa del caballero andante


Plácido discurre el camino posterior a una aventura y anterior a la siguiente. Atardece en la floresta olorizada de campo limpio, recortadas al Sur y a Poniente las cresterías hechizadas donde moran los magos de malas artes y encubiertos propósitos que siguen la azarosa ruta de los justicieros. Llaman las aves a la recogida con el trino breve mientras la sombra heredada del Sol duplica tenue a los jinetes en sus monturas.



Gustavo Doré: Ilustración para Don Quijote de la Mancha (h. 1863). Grabado en madera por Héliodore Joseph Pisan.


 

Es momento de asueto en la honrosa dedicación de deshacer entuertos para el héroe y su escudero, circunstancia que al buen Sancho, a lomos de su rucio, parece idónea para concretar el asunto que le ocupa las mientes: "Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar por grande que sea."
    Humana preocupación que a nadie puede sorprender. Lo dicho por un hidalgo de la nobilísima estirpe del afamado Don Quijote tiene valor de ley. De ahí la respuesta balsámica a la cuita del villano: "Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos, hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas y reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza; antes pienso aventajarme en ella, porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o por lo mucho de marqués de algún valle o provincia de poco más o menos; pero, si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese a otros a él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno de ellos. Y no lo tengas a mucho que cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo."
    La palabra de tan principal actor no admite duda ni antes ni entre ni después. No es lo que se dice sino quien lo pronuncia, porque espíritu y letra son uno y lo mismo en la intención de quien procura que haya lo mejor para corresponder al servicio leal, a la compañía esforzada y al recto proceder.
    Continúa Sancho el diálogo con Don Quijote y viceversa, de cara el escudero a su señor y éste a aquél, acordando los pormenores del futuro próximo:
    Si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo vendría a ser reina y mis hijos infantes.
    ¿Pues quién lo duda?
    Yo lo dudo, porque tengo para mí, que aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguna asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedíes para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.
    Encomiéndalo tú a Dios, Sancho, que él le dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.
    No haré, señor mío, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.
    Preocupa a Sancho la empresa del porvenir, pues quiere merecer tal distinción para él y los suyos, que también son él y de los que no va a prescindir al amor de los lauros con los sones de dignidad musicalizando el gobierno.
    Sosiégale el ánimo y atempérale la disposición el juicioso Don Quijote. Todo llega si ha de llegar, y a su tiempo y a su debida forma la obra se realiza a la vez que el hombre designado para la alta instancia se consagra en cuerpo y alma a ese destino.
    El camino de ambos sigue una jornada más, distinta a la de ayer, diferente a la que será mañana; cada cual con su encomienda y a ratos, cuando las circunstancias lo permiten, compartiendo lo que es del uno y del otro por voluntad del que da y del que recibe.

miércoles, 13 de abril de 2016

¡Esto no es nada!

 
Cabo habilitado para sargento del Regimiento de San Marcial n.º 45. Cruz Laureada de San Fernando.
Guerra Civil 1936-1939. Defensa de Bizcardi (Vizcaya), el 15 de mayo de 1937.
 
Al mando de una sección se encontraba el cabo habilitado para sargento Anfiloquio González García defendiendo la posición de Bizcardi (Frente de Vizcaya), que venía siendo duramente atacada los días anteriores.
    El 15 de mayo, superándose a sí mismo, rechazó el impetuoso asalto del enemigo, que vino precedido de una intensa preparación artillera, dando a su tropa constante ejemplo de abnegación y heroísmo.
    Un proyectil le seccionó el brazo izquierdo y, sin el menor titubeo y con pasmosa serenidad lo cogió con la otra mano y diciendo: "¡Esto no es nada!", lo levantó y enarboló para continuar dirigiendo y alentando a sus hombres; permaneciendo aún en su puesto durante algún tiempo sin consentir ser acompañado para realizarse las curas pertinentes, al objeto de no restar hombres a la defensa.
Nacido en 1918, alcanzó el empleo de subteniente en el Cuerpo de Mutilados en 1960.



Artículo basado en la obra Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), de José Luis Isabel Sánchez, publicación del Ministerio de Defensa.







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lunes, 11 de abril de 2016

Los espacios abiertos

 
La sensación de haber vivido algo semejante, pero en otro lugar que no guarda parecido. La imagen llena la escena, y una imagen complementaria acude rauda a identificar el momento, la situación, el estado de ánimo. Entre una imagen  y la otra median varios capítulos de la propia historia, algunos forzadamente archivados y con pocas probabilidades de adquirir esa relevancia que un día tuvieron. En cambio, el resto, un tanto adornados en su ubicación deferente, surge con brío conquistador más que con estilo académico, de refrendo o corrección o analogía. Atropello jovial de los elegidos, taciturno reencuentro con los postergados.
    En un espacio abierto las coincidencias escasean, a diferencia de lo que sucede en un espacio cerrado; más aún si el espacio cerrado es fácilmente identificable y conserva la huella de los asiduos visitantes. Los espacios abiertos, sin embargo, fraternizan en grado óptimo con las casualidades; con las casualidades impredecibles, con las casualidades sin causa impulsora; con esas casualidades que disciernen sin concesión alguna al figurante del protagonista.
    Sea cual sea el motivo o la disposición sensorial, de repente apreciamos, percibimos, distinguimos, en el orden que se prefiera, lo que sin ocultarse ni ayer ni hoy no convocaba nuestra atención. Lo digo por experiencia. En las postrimerías de un atardecer de cielo cárdeno, de nubes desgajadas de un idílico lienzo, me di cuenta que aquel hombre sentado en el banco de madera junto a la única farola con la pantalla de cristal entera de la plazuela era la misma persona que veía cada día, un poco antes o bastante después de la hora descrita. Al día siguiente aprecié en la escena, además de los elementos ya habituales: el hombre, la única farola con la pantalla de cristal entera, el banco de madera y la plazuela, aprecié, como digo, la luz blancuzca emitida por la única farola en funcionamiento, iluminando apenas las viviendas circundantes y la silueta de un hombre indiferente a su observación.
    Aguijado por la indócil picadura de la curiosidad, las jornadas sucesivas me entretuve en averiguar la razón última de comportamiento tan inusual, personándome con discreta mirada y desde diferentes ángulos (los que permite la zona) sin decidirme, quizá imbuido de vergüenza propia y ajena por introducirme en un espacio acotado, convenido entre los elementos constantes desde el crepúsculo al alba. No fui capaz de satisfacer mi ansia curiosa con una simple pregunta, o dos, o a partir de una conversación afable de cinco minutos, de quince o más ociosos minutos.
    Al despuntar la mañana, cada mañana, traspasada la iluminación de la farola al Sol, el hombre cargaba su íntima encomienda y desaparecía por calle conocida hasta la reincorporación, camino a la inversa, cuando el Sol traspasa el cometido iluminador a la farola de bombilla y pantalla conservadas.

(De la obra Piezas sueltas)

viernes, 8 de abril de 2016

Mermando la moral del enemigo


Protegiendo un convoy a Tizi Azza y estando al mando del carro de asalto n.º 9, se le ordenó avanzar sobre las trincheras enemigas. siendo recibido con nutridísimo fuego consiguiendo, no obstante, desalojarlas causando numerosas bajas.
    Una vez alcanzado el objetivo propuesto por el mando, y ya rebasada la línea de trincheras, ordenó al conductor que hiciese alto con el doble propósito de evitar el consumo de combustible y hacer fuego con mayor precisión contra un grupo de moros parapetado en un morabito. Apenas iniciado el fuego, un proyectil disparado a muy corta distancia penetró por la mirilla de la torre desde la que el sargento García Esteban observaba al enemigo., produciéndole heridas que le causaron en el acto la pérdida del ojo derecho y una grave lesión en el izquierdo, con pérdida total de la vista.
    Sobreponiéndose al intenso dolor y conservando la imagen y situación del enemigo, demostrando una fortaleza de espíritu y una abnegación difícilmente igualable, continuó disparando por ráfagas hasta consumir toda la munición de la ametralladora para evitar el efecto moral que hubiera proporcionado al enemigo si el carro cesaba en el fuego. Finalmente regresó a la segunda línea desde la que el sargento García Esteban fue evacuado.



En el combate del 5 de junio de 1923, se le propuso para el ascenso y para la Medalla Militar, que le fue concedida "por su brillante actuación en el combate librado para abastecer Tizi Azza, en el que tomó parte como ametrallador del equipo del carro blindado n.º 9, y al ser gravemente herido en los dos ojos por proyectil enemigo, pediendo la vista, y a pesar del intenso dolor que le causaban las heridas, ordenando al cabo conductor seguir el avance hasta alcanzar el objetivo, continuó disparando la ametralladora para evitar que la moral del enemigo aumentara al suponer al carro fuera de combate."
    En 1928 recibió la Medalla Militar y la Cruz Laureada de San Fernando.
    Mariano García Esteban paso al Cuerpo de Inválidos en 1924, ya ciego, alcanzando el empleo de general de brigada con antigüedad de 1960. Falleció en su Teruel natal (localidad de Báguenas), en 1971. Había nacido en 1894.
 

Artículo basado en la obra Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando (Infantería), de José Luis Isabel Sánchez, publicación del Ministerio de Defensa.





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miércoles, 6 de abril de 2016

Patrulla Azul

 
Sin lugar a dudas, el piloto más famoso y condecorado de la Guerra Civil española fue el Comandante Joaquín García Morato, héroe de dicha guerra y mito de nuestra aviación militar, pues a lo largo de la contienda totalizó 1012 horas de vuelo, 511 servicios de guerra, 122 ametrallamientos y 144 combates con 40 derribos; un palmarés impresionante.
    Pero no solo por esta brillantísima hoja de servicios merece el reconocimiento. Fue el primer aviador español en combatir con el Fiat CR32, avión de caza, y creador de la famosa Patrulla Azul (o Grupo Azul), de la que surgió en todo su esplendor y eficacia la moderna aviación militar española; culminando su misión formadora con la Brigada Hispana, también durante la guerra y, posteriormente, en el actual  Ejército del Aire. Merece la pena recordar, aunque tan sucintamente, el inicio de nuestra moderna aviación a la par que se rinde homenaje a tan señera figura y quienes con él forjaron el Arma.
    Nacido en Melilla, el año 1904, su trayectoria como piloto evidencia unas dotes portentosas. Los diferentes destinos le acogen con satisfacción y da más que cumplida cuenta de las misiones que se le encomiendan; y le motiva la enseñanza de cuanto ha aprendido y aplicado. Escribe el coronel de Aviación e historiador militar, Emilio Herrera Alonso, que en 1935, ascendido a capitán García Morato, fue adscrito al Ministerio de la Gobernación para organizar la Sección Aérea de la Dirección general de Seguridad; y a finales de ese mismo año se le destinó como profesor a la Escuela de Vuelo y Combate. Por aquel entonces publicó dos obras: Vuelo sin visibilidad exterior y Acrobacia aérea.
 
Llegamos al periodo bélico y en él, muy resumido, se destaca la figura humana y militar de García Morato.
    Joaquín García-Morato y Castaño, Julio Salvador y Díaz-Benjumea y Narciso Bermúdez de Castro y Zafra-Vázquez, forman en diciembre de 1936 la Patrulla Azul, siendo los primeros pilotos españoles que entonces manejan cazas de última generación, por ejemplo el Fiat CR32 conocido como Chirri, aparatos no obstante inferiores a los suministrados por la Unión Soviética que fueron utilizados por la aviación republicana: los biplanos I-15, Chatos y los cotizadísimos I-16, Moscas o Ratas.
    Pronto conocida la escuadrilla grupo de combate en tierra y en el aire como la Patrulla Azul, los tres pilotos combaten en Andalucía, luciendo en los respectivos fuselajes el distintivo que les haría famosos: el halcón por Morato, la avutarda por Bermúdez de Castro y el mirlo por Salvador. Este lema no se incorporó inmediatamente, sino que nació fruto de la casualidad, cuenta la anécdota el propio Morato en su libro Guerra en el aire, dice:
"Había un piloto que deseaba unirse a mi patrulla y siempre estaba dándome la lata, así que para quitármelo de encima le dije que si adivinaba el lema le admitiría, a sabiendas de que no teniendo ninguno, nunca podría adivinarlo. Pero el interesado no dejó de preguntar a todo el mundo al respecto, hasta que alguien, para quitárselo de encima le dijo que era vista, suerte y al toro. Muy ufano, vino a decírmelo y me gustó tanto que decidí a adoptarlo y admitir al piloto."
    Aunque no dice quién, es de suponer que se trataba de Miguel García-Pardo de Prado, que se integró en la Patrulla el mes de  enero de 1937.
    Así quedó completado el escudo: redondel azul, las tres aves y el lema también en azul sobre fondo blanco. Este escudo ha sido el más deseado por todos los aviadores españoles, siendo actualmente el emblema del Ala 11 de Eurofighter.
    El gran primer momento de la Patrulla se produjo el 18 de febrero de 1937, cuando en plena batalla del Jarama la unidad es enviada desde Andalucía al frente de Madrid. La aviación republicana mantenía el dominio del aire debido a una superioridad material y a tener concentrada la mayoría de sus I-16 en dicho frente, por lo que los bombardeos nacionales eran muy dificultosos; añadido a esto el que la aviación legionaria (pilotos italianos) tenía orden de no rebasar la línea del frente, por lo que los bombarderos quedaban a merced del enemigo. Pero ese día la Patrulla Azul decide lanzarse al ataque contra no menos de 30 cazas republicanos que acosan a los JU52 nacionales de bombardeo, interponiéndose entre ellos y el enemigo. Ante esta situación, los cazas italianos rompen la orden y se lanzan en apoyo de sus compañeros españoles, dando lugar a un gran combate, donde junto  a Morato, Salvador y Bermúdez, destacan batiéndose los italianos Ricci y Degli Incerti. No quedó claro el número de aparatos enemigos abatidos, pero estuvo en torno a los 15, de ellos uno seguro por García Morato.
    Así la refiere Emilio Herrera Alonso en su libro Cien aviadores de España:
"El 18 por la mañana, al ver Morato que las dos escuadrillas CR-32 de la caza legionaria permanecían impasibles ante el ataque de la caza republicana a los aviones de bombardeo nacionales, que apenas cruzar las líneas para internarse en territorio enemigo fueron atacados por los cazas republicanos, fiel a su principio de que atacar aún en inferioridad numérica aumenta la moral y rebaja la del enemigo, se lanzó con su patrulla en medio del enjambre de aviones enemigos, entablando un disparatado combate de tres aviones contra veintiséis y seis ametralladoras contra ciento cuatro.
    "Al presenciar el hecho, y viendo el tremendo peligro que afrontaban los aviadores españoles, el capitán Nóbile, poniendo por encima de las órdenes recibidas su sentido del Honor y del compañerismo, se lanzó al combate seguido por sus dos escuadrillas, logrando equilibrarlo inicialmente y que terminara la lucha con el muy positivo resultado de seis aviones republicanos derribados por dos nacionales perdidos.
    "Por esta acción, el capitán García Morato fue propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando, que le sería concedida el 12 de mayo e impuesta con toda solemnidad por el general Kindelán, en el aeródromo de campaña de Castejón del Puente el 18 de marzo de 1938."
    Esta gran acción no solo devolvió la moral a la aviación nacional sino que fue el inicio de la superioridad aérea, sobre todo con la llegada de los Messer 109 B alemanes, de los He 111 y otro material alemán e italiano, que equilibró la pugna con los modelos rusos. Como cifra significativa indicamos que los Chirris abatieron aproximadamente 500 aviones republicanos o frentepopulistas, siendo 73 los aparatos propios perdidos.
    Por la acción del Jarama, como se ha descrito, el capitán Morato recibió la Laureada y sus compañeros la Medalla Militar individual, y la unidad la colectiva. Nacía el mito de la Patrulla y forzó a los italianos a entregar los aviones Fiat a los españoles, creándose la escuadrilla 1-E-3 y, posteriormente, la 2-E-3, juntándose en el Grupo 2-G-3 y, posteriormente la Brigada Hispana, formada por pilotos españoles y que daría lugar a nuestro posterior Ejército del Aire.
    Desgraciadamente, de la patrulla inicial solo sobrevivió el posteriormente jefe de la Escuadrilla Azul en Rusia y Ministro del Aire, Julio Salvador Díaz- Benjumea, pues Narciso Bermúdez de Castro moriría durante la batalla de Brunete y Joaquín García Morato el 4 de abril de 1939 mientras ensayaba para el gran Desfile de la Victoria. Pero el mito de la Unidad y sus componentes se mantiene hoy día al margen de adscripciones ideológicas como los grandes entre los grandes y sobre todo la figura señera de Joaquín García Morato, a quien le fue concedida a título póstumo la Medalla Militar, que fue impuesta sobre su cadáver; y fue ascendido a comandante por estar en posesión de la Cruz Laureada de San Fernando.
Reseña histórica de Carlos Juan Gómez Martín, complementada por los editores de la página Miguel Ángel Olmedo Fornas y Luz Trujillo y Trujillo Bosque.

* * *

El piloto de caza debe ser: joven, sano, fuerte, acróbata y voluntario en su destino; de alto espíritu combativo y gran acometividad.

Joaquín García-Morato, Guerra en el aire.

 
Guerra en el aire tiene el sonido tiene el sonido de algo romántico y emocionante. Aviador desde los veinte años, un enamorado de la aviación, y nunca se me ocurrió soñar siquiera que algún día pudiera tomar parte en un combate aéreo.

Joaquín García-Morato, Guerra en el aire.



En repetidas ocasiones, ojeando las páginas de la prensa, he podido contemplar, con el natural halago, mi nombre seguido de frases de alabanza hacia mi persona, exagerando generalmente mi modesta actuación en servicios de guerra realizados personalmente por mí o en unión de mis compañeros de unidad. Todos los que me rodean, todos los queme han hecho el honor de citarme en sus cuartillas, no tienen más que palabras de homenaje para mis actuaciones, y entre todos se destacan frases de afecto y cariño, que siendo casi general es lo que siempre más me ha satisfecho. De mí forman una figura destacada en la guerra, quizás por ser el más adelantado en el número de victorias sobre el enemigo, y creador u originario de la caza española con sus características propias de combate, que tan buenos resultados ha dado.

Joaquín García-Morato, Guerra en el aire.



Mi crónica de hoy va dirigida, más que a los españoles de la Zona Nacional, a los de la zona roja.
    Es la segunda llamada que se hace a los jefes de la aviación republicana en nombre de la esposa del heroico capitán Carlos Haya. Esta atribulada mujer de España quiere tener el consuelo de recoger el cadáver de su esposo.
    Con este noble objeto, otro héroe de la Aviación Nacional, el comandante García Morato, ha dirigido una carta a los coroneles Hidalgo de Cisneros y Camacho, jefes de la aviación republicana. Para que les llegara a ellos, García Morato cogió un avión y se paseó por el frente de Huesca. Eligió un campo de aviación del enemigo y descendió a diez metros de altura para arrojar el mensaje. Mensaje digno del Romancero, digno de un Caballero del Aire español, y que no puede quedar sin respuesta si las personas a quienes va dirigido guardan respeto a los emblemas que llevaron en sus uniformes.
   Con la autoridad y prestigio del comandante García Morato y con unas breves líneas llenas de hidalguía y caballerosidad, se hace la demanda, demanda que es bien atendible.
    Dice García Morato en su mensaje: "Si alguna vez nos encontramos en el aire, antes de comenzar la lucha os saludaré reconocido". El merecer el saludo de un caballero como este prestigioso Comandante de la Aviación Nacional, ya es un buen premio y ya es para que se atienda la demanda.
    Los que vistieron el uniforme de los Caballeros del Aire no pueden desatender esta petición.
   ¿Desatenderán la petición? No lo creemos. Al fin nacieron en España y no creemos que desaprovechen la ocasión que se les brinda de demostrar que pueden proceder como caballeros.

    El Tebib Arrumi (Víctor Ruiz Albéniz), cronista de guerra

 

Nota de los editores: La petición fue ignorada.





 



 



 



Leyenda, antes que canas; romance, antes que arrugas.

 
 
Eran tres amigos, tres capitanes con su uniforme azul brillante y su alma encendida como un volcán. ¡Uno, Dios le llamó y tiró de él hacia su trono!; Narciso Bermúdez de Castro. ¡Otro, ay ese otro!: ese también se fue y le esperamos para siempre. Otro: Joaquín García Morato. Guerra y chatos de Montilla en Córdoba. Miaja dominaba con sus hordas de haraganes, ávidos de botín, de sangre de españoles y de españolas (pálidas españolas como lirios, nietas de tribunos romanos y califas árabes y soldados visigóticos), las tierras con monasterios de jardines misteriosos y con viejas ciudades enterradas y ermitaños y cortijos de toreros. Abajo, Córdoba, seria y señora, avanzada de la Andalucía hacia La Mancha, donde los sacros caminos estaban profanados, preparaba su defensa entre himnos de patriotas, rezos de mujeres y luces de aceite a un Arcángel. Y toses y tacos de un bravo coronel. Y entre alegría de capitanes de uniforme azul y brillante.
    El teniente Vigueras rondaba el trío de los capitanes. Él quería formar parte de aquella escuadrilla elemental de cazas primitivos que iban a lanzarse a la aventura de luchar con los primeros aviones rojos enviados a Madrid y que eran ya unos magníficos aviones modernos. Morato no sabía cómo disuadir a aquel valiente. Y por fin encontró un subterfugio.
    Mira, Vigueras, ¿cómo quieres venir a la caza si no sabes el lema?
    ¿Pues cuál es?
    ¡Ah, averígualo!
    Vigueras recurrió al bondadoso Bermúdez de Castro
    Oye, Bermúdez, ¿cuál es el lema de la caza?
    Bermúdez no lo sabía porque, en realidad, no existía tal lema. Pero Morato lo inventó en el acto:
    Pero, hombre, si eso lo sabe todo el mundo: "Vista, Suerte y al Toro".
    Así nació este lema, en apariencia pueril, pero que por inspiración muy española resume las tres características del vuelo de caza de guerra.
    Este lema se ha cubierto de gloria. En la "paridera" ya explicaremos algún día lo que es la "paridera" y el alto significado poético y heroico de esta humilde choza de las sierras ibéricas, donde hoy se encuentra Morato con sus escuadras, terror del rojo, habrá un timón de un caza enemigo en el que figuran los nombres de los camaradas muertos pocos por fortuna y tantos aeroplanos pintados como unidades han sido abatidas al enemigo; cuando yo vi ese timón la última vez, en una inolvidable noche de mayo, había cerca de 150 "aeroplanitos". Hoy casi debe estar doblada la cifra.
...................
Morato es de una modestia tal que jamás habla de sí mismo. En cambio, con qué orgullo, con qué entusiasmo de chiquillo me contaba la hazaña del comandante Salas, esa otra maravilla de la caza, que había derribado el día anterior, él solo, en un servicio, tres aviones enemigos.
    Chico, me decía, daba gloria verlo. ¡Uno, otro, otro! Parecía que hacía la cadena por la regularidad con que caían. En un minuto se pobló el aire de puntos blancos: eran los paracaídas de los que pudieron utilizarlos.
...................
Leyenda antes que canas. Eso es Morato. Romance antes que arrugas.

Víctor de la Serna.

Sur, 24-11-1938



As de ases

Una personalidad famosa entre los aviadores de nuestros días es el comandante Joaquín García Morato, "as de ases" de la Aviación Nacional.
    Su récord militar de guerra, sus cualidades relevantes como piloto militar de caza y su suerte asombrosa, le han dado el carácter de una figura legendaria Piloto aviador desde sus primeros años, habiendo seguido la carrera militar, se hizo un nombre propio mucho tiempo antes de que comenzara la guerra como profesor de la Escuela de Aviación Militar de Los Alcázares y como ganador de concursos de acrobacia, tanto en España como en el extranjero.
    Volando un Fiat, hasta la fecha ha derribado 30 aparatos enemigos, la mayoría en combate, en los que las probabilidades estaban francamente en contra suya; en realidad, con frecuencia ha entablado combate solo, contra cualquier número de aparatos rojos. Un hombre joven, de unos treinta y cuatro años, de buena apariencia, sencillo, sólo tiene adoración por la aviación. El comandante Morato es el piloto de caza ideal. Para él, la caza es lo mejor de la Aviación, y sus múltiples conocimientos en esta rama de la Aviación le han hecho una autoridad indiscutible en ella.
    Afecto a la primera Brigada del Aire, es el fundador de la Patrulla Azul, que más tarde fue ampliada, convirtiéndose en el Grupo Azul. Estas unidades, creadas por él, seleccionando cuidadosamente cada uno de los pilotos, se han convertido en unidades tan temidas y famosas como las nunca olvidadas de la Patrulla de Amanecer y la Escuadrilla Endiablada, de la guerra europea. Su emblema está formado por un círculo con tres aves: un halcón, una avutarda y un mirlo, pintados en azul sobre fondo blanco. Y su lema reza: "Vista, suerte y al toro."
    Es interesante el encontrarse y charlar con el comandante Morato. Enemigo de hablar de sus éxitos en la guerra, suele hablar, sin embargo, con gran entusiasmo de las acciones gloriosas del Grupo Azul. De apretársele un poco, describe unas cuantas de las acciones en las cuales ha tomado parte; acciones que en total suman unas ciento veinte. Un detalle curioso del comandante Morato es el cinturón de cuero que lleva; en él aparecen treinta muecas, que significan treinta aparatos derribados al enemigo por él.
    Volar es un placer para el comandante Morato. Pero volar como piloto de caza constituye para el comandante la mayor de las emociones. Con frecuencia, de no haber servicios de guerra, despega solo en su Fiat y pasa sobre las líneas enemigas en busca de detalles que pudieran ser de interés para acciones futuras. Algunas veces, volando en servicios de este tipo, se ha encontrado aparatos enemigos de bombardeo o caza, con los que al punto ha entablado combate. Su aparato ha sido tocado muchísimas veces; pero jamás se ha visto obligado a tomar tierra o ha sido herido.
    Todos sus momentos de descanso los dedica a la lectura y a escribir, siendo el objeto de la lectura por él preferido el de Aviación. Cuantos libros se imprimen sobre aparatos o vuelos, tarde o temprano acaban por caer en sus manos. Su talento literario, indudablemente bueno, lo dedica a escribir sobre acciones de guerra en las que ha tomado parte. Últimamente ha terminado una historia llamada Guerra en el cielo. Escrita en un tono sencillo, pero emocionante, describe un gran número de combates en los que ha tomado parte; la vida de los pilotos militares en tierra, sus reacciones en vuelo y combate... En resumen: ha escrito algo que un lector de historias de aventuras describiría como un material perfecto.
    Es un admirador de los Estados Unidos, país que espera visitar algún día, habiendo escrito esta historia con el objetivo principal de ser publicada en América. Desprovista de toda propaganda, la historia está llena de interés y emoción, y cree será algo interesante para los amantes de la Aviación, que de este modo podrán vivir con él los momentos de peligro, de broma y de placer de su vida de piloto de guerra.
    El comandante García Morato, "as de ases" de la guerra de España, simboliza en nuestra generación todas las emociones, coraje y valía técnica que Richthofen simbolizó para la generación de la guerra europea.
Edward G. de Pury.
Corresponsal de United Press.



Aviación de asalto
En todas las guerras surgen nuevos métodos de combate. En la guerra española ha ocurrido igual, especialmente en lo que a Aviación se refiere, convirtiendo a los rápidos cazas en nuevos instrumentos de ataque, potencialidad conocida con el nombre de Aviación de Asalto. Se debe este nuevo método (la cadena para ametrallar y el ataque rasante con bombas) al comandante Joaquín García Morato, as de ases de la Aviación Nacional. Un magnífico técnico y una autoridad en caza, que ha volado del lado del general Franco desde el principio de la guerra, utilizó este nuevo método por él ideado en el frente Sur, debido a la falta de aparatos de bombardeo que colaboraban con la Infantería.
    Su idea consistió en cargar su caza con seis bombas, que podían ser lanzadas independientemente, al picar sobre un objetivo determinado. Hay que picar a toda velocidad sobre los nidos de ametralladoras enemigos, llegando hasta casi tocarlos; varios picados para conseguir la máxima efectividad.
    Los técnicos de guerra de todo el mundo han encontrado mucho que aprender en los campos de batalla españoles. Pero especialmente los pilotos militares encontrarán un especial interés en convivir con el comandante Morato en las acciones de guerra; sus hechos durante la campaña han dejado ensombrecidos los de otros cazadores del pasado.
Edward G. de Pury.
Corresponsal de United Press.


* * *
 

En tierras de arados muertos

doce espigas brotarán;

¡doce trimotores duermen

presagios de Eternidad!...

 

Uralitas y bidones

junto al trigo de Aragón;

¡primavera de petróleos

y margaritas en flor!...

 

Todas las hélices duermen

con sincronismo a los vientos;

mecanismo, matemática, disciplina en cada acero,

unísono en los latidos,

exactitud en los cerebros;

doce trimotores saltan

con galopar de luceros.

 

Allá va García Morato;

madres, dejad de llorar,

que allá va García Morato

con rumbo y velocidad.

 

Siete cazas enemigos

se divisan a lo lejos...

Son siete, cual los pecados

capitales del infierno.

Una sagita de plata

va cruzando el Universo,

y va escribiendo un romance

en la página del cielo.

 

Aeródromo. La corneta

canta el Angelus. Silencio...

Doce trimotores duermen

pesadillas de misterios

 

Forja canciones el whisky

allá en el fondo del bar.

Un gramófono salpica estridencias de jazz-band.

En el hall está Morato;

en el rincón de un sofá.

¡Silencio, que ya se duerme,

que los ojos cierra ya,

como un niño cansado de jugar!...

Apagad todas las luces

y callad,

¡que Morato está soñando

reinos de un cielo Imperial!

Felipe de Vierna, Aeródromo.

 

Codiciosa de todo lo que sube,

enarbolé mis ojos a los cielos

sobre la ronda altiva de unos vuelos

que atravesaron la dorada nube.

 

Las alas y la luz juntas las tuve

desde el raudo temblor de unos anhelos

que allá, estrella fugaz, le daban celos

en los brazos ardientes del querube.

 

Trascendía el hechizo de la Victoria

Que España ofrece al mundo como ornato

De una Raza, de un Tiempo, de una Historia.

 

Era en los aires toque de rebato,

clarín que brinda su canción de gloria

a la sublime caza de Morato.

Concha Espina, Soneto a García Morato.

 

Joaquín García-Morato y Castaño





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lunes, 4 de abril de 2016

Brigada de Investigación Criminal (y 3): Los perros policía


La memoria es una balanza con los platillos compitiendo por elevarse encima del otro, pugnaces ambos, con razones y argumentario extenso ambos; uno con memoria amarga, el otro con memoria feliz; uno brioso, el otro circunspecto; el uno y el otro dispensando cordura.    Pendientes del magisterio en el aula abierta, los allegados y el invitando silente ignoran sin desprecio el tañido del reloj de la torre. Ignoran porque no oyen más sonido que el que quieren escuchar. Ignoran porque lo inevitable ya no tiene remedio, y únicamente la memoria va y viene con la más preciada impunidad.

    El viejo policía revista su parroquia con indisimulada complacencia, lúcida la expresión, marcada la piel con el meticuloso cincel de la vida, acomodado el cuerpo al trascender de la propia figura. A hurtadillas, como un chavalillo travieso con el músculo eléctrico, hurta las volutas de humo de los cigarrillos dilatando las aletas de la nariz; puede que para aspirar los olores de aquella época que se relata al amor de la expresa solicitud, o para consolarse de la ineludible prohibición. De algo hay que morir, apunta la campana del reloj de la torre. Memento mori.

    Ante la trascendencia, y con el debido respeto, por aquello de aliviar la congoja por un futuro imperfecto, vaya una noticia pintoresca: "Al salir del hospital, en el cual había sido internado a causa de una frustrada tentativa de suicidio, G. C., de T, en S., fue detenido por haber utilizado, a fin de dispararse una bala en la cabeza, una pistola automática para cuyo uso no tenía la indispensable licencia. (Verídico).

 

Sí, ha sido un paréntesis, porque no siempre sabe a triunfo y novedad lo que se añade al diario de ruta. Al viejo policía, servidor público por bien ganada oposición, le irritan esos homólogos de nuevo cuño, esas enajenaciones de la intelectualidad al uso, esos figurines de la publicidad institucionalizada y otras gentes de turbia procedencia que perjuran del Estado mientras en él y por él medran, que vierten  ponzoña y bilis junto al plato que les alimenta. Si el juego sale limpio y la trampa no se descubre, estos procaces individuos son al mismo tiempo académicos de reputadas Academias y entusiastas defensores de la tiranía, partidarios de la disidencia y secretarios, ministros y diputados, varillas intercambiables del abanico parlamentario; funcionarios, asimilados y arribistas que ponen una vela a Dios al de siempre y otra al diablo de rasgos mudables, esos harto publicitados que quieren nadar y cuidar de la ropa, en la procesión y repicando, en la cocina y a la mesa, valedores de la mediocridad y consejeros de sociedades oficiosas, liberados del cotidiano esfuerzo y propietarios de extensas redes de comunicación, editorialistas y opinantes de inconfundible tendencia. Si los pillan, si alguien osa desenmascararlos o el edificio se derrumba por un providencial terremoto, sólo se paga con una despedida a volapié y una medalla de gran mérito y distinción que prende en la ignominia y escarnece a los legítimos poseedores; sin rubor los personajillos, con tufo, vileza y mentira. Y, lo peor: la pésima, la nefasta influencia social para los que debieran abrirse camino por las vías tradicionales de la responsabilidad, la dignidad, el estudio, la aplicación y el esfuerzo.   

    Antiguo concepto, tristemente desacreditado: "El sentido moral nos impulsa a distinguir el bien del mal y a escoger lo bueno en lugar de lo malo. En este supuesto, cuando el sentido moral no estaba ausente para la persona, la cárcel era una venganza y por ello la pena sobre aquella moral humana ejercía una coacción efectiva. Por otra parte, la vida tenía un sentido mayor de permanencia, y así se tenía un mayor apego a la misma, ejerciendo las condenas largas -sin la perspectiva de indultos o amnistías- una eficaz labor intimidante. La vida actual presenta un ritmo acelerado. Los múltiples conflictos de toda índole y las convulsiones sociales han modificado profundamente el concepto de moral colectiva hasta un límite insospechado, y al modificarlo han abierto las puertas a los instintos primarios contenidos para dar paso a los delitos en sus más amplias manifestaciones. A la juventud no le preocupa ahora una vida larga sino cómoda, y con ese objetivo no importa que en la lucha por la vida las armas empleadas sean o no lícitas si cumplen su finalidad".   

    Quien cabalga un tigre será devorado a la cuenta de cien trancos. Lástima que largo me lo fiéis, señor.

 

El viejo policía guarda las medallas en un joyero que apenas consulta, junto a humildes pero entrañables alhajas, escapularios, insignias y estampas con más historia que él. Y más valor, aduce con la confianza del que puede presumir. Al viejo policía se le renueva la vocación cada cumpleaños, cierto, pero también se le incrementa el temor a un vacío ilimitado, presumiblemente imbatible. Mueve despacio la cabeza, carraspea con añosa rugosidad, otea con la vista cansada el horizonte en un estar plácido que concita afecto y homenaje. La percepción no engaña pero la materia ya no obedece a compás y los sentidos prefieren recrearse en paisajes de luz y color. Al viejo policía también se le entiende desde el silencio.

    Placenteramente roto por el ladrido casual o no de un perrillo alborotador impaciente en el entreacto. Razón tienes, amigo; esta historia también te pertenece: "El humo blanco de las retamas ascendía lentamente; en la aldea había cesado de llover una hora antes. El guía dejó libre a Rex pronunciando las siguientes palabras: ‘Busca y avisa'. El perro se internó corriendo entre la maleza". Al viejo policía le acompaña una fotografía en blanco y negro de Rex, su primer perro, emparentado con aquel Rex en servicio rural, que a su vez emparentaba con el perro Rex que llegó a España junto a sus colegas Ingram, Arnos y Arras.    

    "Estos perros descendían de un lote huido de Francia durante la segunda guerra mundial y que pertenecía al ejército de ocupación alemán. En noviembre de 1944 llegaron a Madrid los primeros perro-policía, fecha en la que se implanta esta novedosa y cada vez más socorrida modalidad en apoyo de muchos y diversos menesteres. Eran perros con obediencia y no sabían vivir fuera de la costumbre a que habían sido sujetos. Fueron los primeros que hubo en España y, naturalmente, había que hablarles en el idioma que entendían. Luego y también porque está demostrada la eficacia del sistema alemán se continuó educando a los animales con bastantes vocablos de ese idioma, palabras simples o frases cortas con el significado de adiestrar o reprender o gratificar".   

   El adiestramiento de los perros policía comenzaba al cumplir el año de edad, inculcando en el instinto del perro la costumbre de una ciega obediencia. El perro debía caminar al lado izquierdo del guía para dejar suelto el brazo derecho que es el más suelto y el que mejor utiliza el hombre (se comprende que en el caso de un guía zurdo la regla se exceptuaba).    

    La primera etapa educativa consistía en enseñarle a sentarse, a levantarse, deslizarse por el suelo y saltar; usando siempre las mismas palabras para los mismos ejercicios. Eran palabras cortas, y dos de ellas se destinaban, cada una por su lado, a premiar o a castigar. Al perro jamás se le pegaba ni se le concedía un premio en alimentos (para no inducirle a realizar su trabajo por el simple hecho de comer, mera supervivencia; el perro policía debe obedecer. Y obedece hasta extremos incomprensibles. La palabra designada para premiar la buena conducta era "braaf", alargando las vocales; les sonaba muy bien porque significaba que había hecho bien su trabajo y suponía la mejor satisfacción que se le podía dar. En el extremo opuesto, la palabra "¡fuí!", pronunciada la última letra muy alargada les dolía tanto como una paliza; el sonido agudo hiere el oído y parece que molesta más que un golpe.    La segunda parte del adiestramiento es la más difícil. Los perros eran seleccionados por los sentidos que tienen más despiertos. Los fuertes y con mucho nervio se destinaban a la defensa y el ataque "entra y ataca"; los de espléndido olfato, a la localización de pistas (rastreo) "busca y avisa"; los de mejor vista, más rápida y a mayor distancia, a descubrir heridos: (se apoderan de cualquier prenda del accidentado y la llevan en la boca hasta donde espera el guía; son perros éstos con una pertinaz y total entrega al servicio de la persona que se encuentra en situaciones apuradas; algunos eran enseñados a trasladar municiones o a llevar medicamentos o a conducir cables telefónicos sobre un rollo acomodado a su cuerpo; otros eran enseñados para el cometido de recuperar objetos "vuelve". También se les adiestraba para que supieran arrastrarse a través de una zona batida por el enemigo, de modo que pudieran actuar como correos o enlaces llevando y trayendo partes a los puestos de mando.     "Se llama guía al funcionario al que están vinculados; el guía debe ser amigo inseparable del perro, sólo a él obedece, sólo a él quiere de verdad".

    Se les alimentaba una vez al día, poco antes del anochecer, con 250 gramos de una harina especial y seca compuesta de avena, cebada, maíz, huesos de pescado molidos y levadura de cerveza; a continuación se completaba la dieta con 500 gramos de carne asada.    

    Los guías los lavaban y los peinaban cada mañana, un veterinario vigilaba su salud y vivían individualizados en su pequeña habitación durmiendo sobre una tabla o sobre un suelo caliente.

 

Un episodio trágico reveló la valía del perro policía en situaciones tan extremas como imprevistas: "Un día en el que volcó un camión en el que viajaban cuatro guardias con un perro adiestrado en la localización de heridos, murieron en el accidente el chófer del vehículo y tres de los pasajeros. El cuarto quedó herido de gravedad y el perro resultó con varias costillas rotas. A pesar de ello, el animal sacó fuerzas, quién sabe de dónde, para arrastrar al herido grave, la única persona con vida, fuera del camión. Y después, a costa de un sacrificio inmenso, logró llegar hasta un pueblo cercano donde los vecinos, reconociendo la clase de animal que aullaba lastimeramente ante ellos, acudieron en seguida en ayuda del único superviviente permaneciendo atrapado en el camión".    Dada su extraordinaria obediencia, estos perros también fueron "estrellas de cine", o, modestamente, actores de reparto con una disciplina encomiable para facilidad del director y alivio del productor. Actuaban en las películas siempre junto a su guía correspondiente; uno de los mejores actores se llamaba "Brando" y había sido regalado a la policía por Staton Griffis, el primer embajador norteamericano que vino a España después de la última guerra civil. (Su película más destacada fue Sierra Maldita).

   

Y de unas estrellas a otras, que asoman discretas en un cielo amable, permisivo con esos momentos que retoman la senda de la grata nostalgia en la que nadie se lleva a engaño. El perro Rex de la fotografía es historia. Nosotros lo seremos el día menos pensado y quizá merezcamos el privilegio de los héroes sin tumba, los leales de latido acelerado y los soportales de arquitectura barroca. Los sentados a la mesa somos conscientes de nuestra precariedad: algún día desapareceremos físicamente. Pero puede que al cabo, inmediatamente después y por mucho tiempo, el tañido de una campana cite entre sones familiares fragmentos de la memoria viva de los que jamás mueren porque no lo permitimos.       

    El invitando silente, cazador de instantes, advierte que el reloj de la torre habla como un poeta y que tejido de poesía habla el cielo que preside el anunciado reencuentro. Cree que también a él le corresponde una glosa precedida de una pregunta tan breve y concisa como el diálogo entre el animal y su guía. Pudiera ser egoísmo o la interpretación de una deuda de afecto. Cree que la punzada de frío antiguo exige formular la pregunta y a ello se dispone cuando la mirada comprensiva y atenta del viejo policía cruza la suya para destinar una negativa únicamente a él perceptible. El aludido amaga una protesta tan tenue como la exclusiva petición, siente que el anterior frío repentino es anticipo del recurrente desvelo y prólogo de la secuencia que remanece invocada a cada impulso. Sí, acepta, ha pasado tiempo, mucho tiempo; puede que incluso se haya diluido el ansia, o las ansias, en un remanso de acordado olvido. Pero pervive el instante como pervive la memoria. Y quizá, lo peor, es que después, cuando no hay remedio, cuando la imposibilidad se convalida de latente a manifiesta, se desea volver siquiera un instante para vencer el instante aquel que difuminó la secuencia de polvillo blanco, de polvo ocre, de humo negro; en una madrugada sacudida.    De la pregunta que da pie al comentario, al imposible comentario, se accede al ruego en un hilo de voz: "Cuéntalo".    "Cuéntamelo".    

    Su mirada dice que hay mucho por contar si se quiere contar y ocasiones no faltan si se buscan. Ahora, no.     El reloj de la torre habla al cielo en la lengua cordial de los poetas que traducen el puro sentimiento. A todos nos ha de llegar: memento mori.    Pero entre tanto llega esa fecha que no siempre avisa, ante la que no siempre reina la disposición, la vida se impone. La vida de los presentes tanto como la de los añorados ausentes, y con ella el recuerdo de lo que no se quiere olvidar, quizá echando mano de una fotografía o acudiendo a esos lugares que legítimamente son nuestros, donde cualquier momento es bueno para vencer las inexorables distancias sentados a la mesa del honrado.

 

Que las tutelares alas del Santo Ángel de la Guarda protejan a los dignos servidores públicos.