El bullicio venía impetuoso del otro lado, de la parte concurrida, de la zona dispuesta para las proclamas en el homenaje a los criminales. Al otro lado de la frontera sectaria, trazada con sangre, injurias y desprecio, el estrépito intencionado devoraba cualquier protesta formulada por los cauces legal y legítimo.
El acto de homenaje a las víctimas del terrorismo no pudo ser omitido ni distanciado por la delegación del Gobierno ni las organizaciones afines al método de los victimarios, que gustosamente lo hubieran prohibido de acuerdo a la política de alianzas vigente y proyectada; era un acto sobrante, mal visto en la demarcación, culpado con acritud de impregnar resentimiento, de dividir a la gente enfrentándola; por eso el homenaje a las víctimas de esos terroristas que ahora decidían con su participación la línea ejecutiva a seguir se había silenciado en aplicación de una condena próxima a la supresión.
A diario y en privado, o en manifestaciones de alcance limitado pese al esfuerzo invertido en su difusión, quienes homenajeaban a las víctimas del terror en fechas señaladas obraban de igual modo con la memoria de los héroes nacionales, honrándola y perpetuándola. Por voluntad inquebrantable sostenían a las víctimas y a los héroes en el pedestal que no lograba demoler la tiranía de la corrección política y del nuevo orden para el hombre nuevo.
Las honras de obligada vindicación y desagravio explican el papel de una nación en el mundo por su verdadera historia, de trascendencia universal, por el carácter de sus protagonistas, que abrieron caminos y fundaron instituciones, y por una definición ajena a lo voltario.
De madrugada, los asistentes al acto de homenaje perseguido y aislado, miraban con ojos insomnes desde los balcones y las ventanas un cielo apagado, por debajo del cual se bosquejaba un paisaje desfallecido y en torno un ambiente opresor.
Amaneció un día triste, propio del recuerdo luctuoso, una mañana de luz remisa con tinte siniestro en la estridencia de júbilo amenazador circundante harto ensayada para la ocasión: eran los sones contrapuestos de dos homenajes dispares.
La austeridad del cementerio regía si cabe más solemne en la jornada de visita protegida. Un cordón policial grueso, frío y en exceso severo con el grupo sereno que visitaba a sus muertos, a sus héroes, trazaba un itinerario invariable alejado del casco urbano, de las calles principales y de las plazas con aposento para el espectador adherido; una ligadura de asociados y retribuidos con cargo al contribuyente indefenso balizaba el paso con vocerío y gesticulación de índole coactiva, antecedente del lanzamiento de objetos, camuflada en un fingido interés de convivencia, ciñendo aún más la comitiva del homenaje molesto.
“Rápido y callados”, decían las expresiones de la seguridad.
Algunos balcones y ventanas de la periferia escupían improperios, otros miradores rendían tributo de aflicción.
Gritos de ¡asesinos! y ¡fuera de nuestra tierra!, restallaban desde los altavoces enfilados a la exigua procesión cívica.
“Sin provocar, chitón”, exigían los encargados de la vigilancia.
Puede que esa provocación supuesta viniera de los ramos de flores vivas portados en brazos, o de la memoria reivindicativa de las víctimas del terror nombradas una a una, o de las frases La dignidad no muere, La rendición es abominable, corrosivas al propósito de los silenciadores, o de la reincidencia en el homenaje proclamada por los considerados deudos de la magna obra. O por todo a la vez. Y por el contraste a uno y otro lado de la frontera amañada, con acelerada descomposición en la cara y la cruz de la ruina.
Avanzaba la comitiva del homenaje a las víctimas del terror sorteando emocionalmente el riesgo palmario de una losa en disposición de aplastar toda muestra de vida honorable en cualquier recodo y a la primera confianza. Ante el peligro inminente, que todavía parece evitable por la mediación nada gratuita ni afectiva de la cinta aislante, algunas personas sienten el imperativo de la narración y a él se prodigan alrededor, otras cuentan el sentimiento en exclusiva y confidencia a los allegados, algunas más optan por la vía silente y, por último, las hay que en un trance comprometido van trasluciendo su intimidad a la percepción que se preste. La oratoria es un arte selectivo.
Los curados de espantos que, no obstante, guardan respeto a la muerte sea cual fuere su procedencia, sosteniendo la mirada en los puntos calientes mostraban su desprecio a la mentira y a los sofistas de intelectualidad promocionada, a los cobardes, acomodaticios e hipócritas, a los arribistas y falsarios empadronados en la trápala, a los cebados mentores de la maraña y la trifulca, al procomún abyecto y a los ingratos.
La desazón espolvoreada con macerado enojo añadía niebla al fumífero ambiente. La antaño sospecha de que una epidemia de miedo se había instalado en la sociedad era ya una realidad abrumadora. Un miedo propagado en reguero con mezcla de veneno. El miedo se hereda con menos trabas y conflictos que el valor.
El cortejo acechado siguió su curso fúnebre en el homenaje silencioso y silenciado a las víctimas del terrorismo. Muy cerca, casi tocándose los cuerpos, una multitud a la que ninguna autoridad puso coto ni sordina, se arremolinaba festiva y groseramente burlona para refrendar a los victimarios y en ellos reconocerse.