Concluida la perorata —un remedo de balance de gestión formalmente aplaudido—, sin solución de continuidad retumba en los oídos presentes la arenga —un tropel de consignas, acusaciones disparadas a los cuatro vientos y burlas de obsceno hilvanado, entusiásticamente aplaudida—, pronunciadas ambas con el oficio aprendido de la maestra Discordia. Al fervor de los adictos y dependientes, en el auditorio rezuma un silencio de expectativa, focalizada en el estrado, precursor de los grandes anuncios.
Disimulando en lo posible la impaciencia —puede que también la fatiga de las horas atentas e inmóviles—, los adictos y los dependientes se buscan de reojo en señal de apoyo llegado el momento de conocer el destino que se les tiene reservado. Los hijos del Olvido y nietos de la Posverdad aceptarán del primero al último lo que se ventila para cada uno de ellos. La Discordia, el Olvido y la Posverdad han acabado con las alternativas, las elecciones y los anhelos. La Discordia en la jefatura y el Olvido y la Posverdad en la ejecución, gobiernan sobre todos los aspectos del sumiso cotarro universal.
La genealogía de esta tríada imperante se manifiesta a partir de un desarrollo previsto.
Discordia surgió del caos primigenio.
Olvido, hija de la Discordia, llegó al mundo en una guarida sombría. Los sinsabores del parto fueron asistidos por alcahuetas taimadas y fulleros melindrosos que cobraban en los plazos estipulados por contrato una suculenta retribución dineraria —a tocateja, nada de promesas que se lleva el viento—, bajo cuerda y con el lema hoy es mi día, lo aprovecho. Al cabo del periodo de gestación, la criatura ya formada según el canon humano y en su peso, a saber el motivo no atinaba con la salida o, dando pábulo a los mal pensados, remoloneaba anticipando el carácter con el que iba a presentarse en sociedad. Impetraba la sufriente Discordia un empujón liberador de comadre, negociando el precio del extra con accesos dolorosos de diversa naturaleza.
Al fin nació entera y viva la criatura de la Discordia, el cachazudo fruto de sus entrañas. Lo primero que espetó a la neonata, digamos el preámbulo al inmediato aleccionamiento, fue que obedeciera siempre las estrictas normas que le iría dictando su madre. Y luego la retahíla de conceptos armados de instrucción: “Eres hija de tu madre, únicamente de tu madre. Tu madre te manda. Tu madre es un todo indivisible. Tu madre es infalible. Has nacido de mi voluntad incuestionable. Yo soy la causa y el efecto. Cuidarás de mí sin rechistar. Acatarás mis decisiones y compartirás mis objetivos. Tu madre es sabia. Tu madre es experta. Tu madre no concede espacio a los sentimentalismos. Tú quieres lo que yo quiero. Respeta y teme a tu madre por encima de todas las cosas. Cuando me muera heredarás lo que te deje si te comportas como es debido, y me venerarás todos los días de tu licenciosa existencia. Si me asesinas te desposeeré de fortuna y mi albacea contratará un comando de sicarios que te harán suplicar la muerte antes de rematarte con sañuda lentitud”.
El puerperio había trastornado el de por sí irascible carácter de la Discordia, pero eso no influyó en la decisión del nombre. A la hija la llamó Olvido, con doblez. La niña Olvido creció dócil y aplicada a los ojos de su madre, cizañera y retorcida, caprichosa y entrometida a los ojos del mundo; una joya para la recalcitrante Discordia que atosigó a su vástago hasta la menarquia. Su obra estaba consumada.
Con pesar fotogénico, la hija de la Discordia depositó una rama de laurel en el sepulcro de su madre. Terminado el ritual, a rienda suelta, procedió meticulosa con su labor heredada: la de cundir desmemoria y omisiones; la Discordia estaría orgullosa de aquella trayectoria invariable.
Olvido había premeditado su aportación a la demografía: una hija, la hija aprestada con un histrión. Cumplimentado el censo de renuevos con el sexo atribuido, la impúber nieta de la Discordia, de rasgo definitorio Posverdad, con pericia heredada urde la trama de su irrenunciable cometido.
Posverdad irrumpe en el teatro exhibicionista y cortesana, como deseaba su madre. La vocación le ha llegado con el destete y para asegurarle un porvenir, y para desamarrarla de la familia —predica con el ejemplo—, la mandó formar con profesionales demagogos en distorsión, fraude, argucia y componenda. Alumna aplicada la Posverdad, igual que lo fuera su madre el Olvido, muestra una carrera triunfante en cuantos escenarios pone su huella.
Periódicamente visita a su retirada madre, explicitándole su progresión, y con ella acuden a venerar a la intransigente Discordia, la matriarca, en su lugar de culto. Estos encuentros discretos fijados por un calendario adaptado a la necesidad, suponen para el vehículo de la Apuesta Culminante una revisión de mantenimiento.
De pasado a futuro la decadencia circula por una ruta expedita de obstáculos.