Cada uno por su lado y de manera personal anticipó un encuentro en la distancia organizado; expresamente querido por ambos según confesión mutua.
La ciudad, capital de provincia, que abandonaron uno después del otro, empujados por esas circunstancias que mandan e ilusionados con un cambio a mejor en un lugar con mayores recursos y horizontes más amplios, en la actualidad de recepción ufana era parecida la impresión a la que el recuerdo amable preservaba, similar el ambiente hospitalario en las zonas antaño frecuentadas, fiel la actitud cordial de los vecinos en esos parajes concretos, no exenta de una asumida curiosidad por lo extraño, lo nuevo o lo lejano, y análogo el lienzo conservado en el cofre portador de memoria, con sus sentimientos acendrados y sus meras anécdotas; y eso que algunos cambios serían inevitables en su comprobación transcurrida una década.
“En diez años nos prometemos volver.”
“Prometido queda.”
Algunos cambios podían ser convenientes después de vivir otra vida.
Poco antes de distinguir en la figura que acude al encuentro la imagen prístina de los buenos tiempos, de la época a la que se ha decidido erigir un monumento, se da repaso a los acontecimientos que han marcado la historia propia, pero vistos en perspectiva doble como si la memoria hubiera grabado idénticas sensaciones en los dos protagonistas. Una reciprocidad tejida a cuatro manos.
Una de las historias que iban camino de enfrentarse a la promesa de antaño miraba alrededor en busca de un destello, una guía privada; su vida no suscitaba el interés ajeno ahora, tampoco entonces cual alguien ubicado en la confusa multitud. Miraba con ahínco descubridor en su paso lento, rayano en la timidez, el surgimiento, impetuoso o pausado, de una cara antigua de la que sentirse heredero.
Cerca ya de la consumación del plazo, la hora solar alumbraba por delante de su escrutar ansioso una efigie añorada. “Es”, se dijo; “podría ser”, moderó su seguridad; “tiene que ser”, evaluó con duda.
Fuera o no la persona deseada quien venía en sentido opuesto, caminaba distraída con una ausencia de cansancio, aunque conociendo el suelo que pisaba. Reflejando toda ella una fatiga acumulada por el trasiego de las mudanzas. Una sucesión de cambios en alternancia de voluntad y débito, creyó advertir el observador.
En ese momento le asaltó la pregunta: “¿cuánto tiempo ha pasado en realidad?” A la realidad de los sucesos y las conclusiones, se refería.
La otra historia citada, concernida por un mundo del que no cabía sustraerse, se iba formulando en creciente la pregunta de dónde estaba.
En vanguardia la expectación, se vieron sin cruzar las miradas.
Vieron un compendio de las dos edades en el aire mundano y en la forma de patentar el invento en el que cada cual se había materializado.
De repente se esfumó la bondad de ayer, se desvaneció en la fantasía la añoranza de un periodo venerado y la lectura pasional de las apostillas introducidas en la carta.
“Cuánto hace”, se convencen las dos historias.
En un instante sólo quedaba un cabo por desamarrar. Excesiva la velocidad de fuga de esos dos cuerpos volátiles de andar escrupuloso, de movimiento tangente, de señales modificadas que tienden a cicatrizar y de incógnitas a resguardo. Eran dos estampas que por casualidad el viento de poniente devolvía a la noticia y al comentario añadido que pronunciaron únicamente los espectadores que la rutina había citado en ese lugar de encuentro diario.
“Cuánto tiempo”, del episodio inconcluso.
El espacio elegido para el concierto era limitado y por cada uno de los extremos tocaba a su fin. Luego, acabada la pista de aterrizaje, la de los años vencidos, doblando una esquina se perfilaba una pista para el despegue de los años venideros.
“Ahora o nunca.”
Comprobadas las intuiciones respectivas, fue ampliado el hueco de un extremo a otro del espacio elegido.
“¿Me he convencido?”
“¿Estoy convencido?”
La hermosura es efímera. La relevancia es subjetiva. Aquellos dos elementos móviles del paisaje se alejaban del centro de gravedad en direcciones contrarias. Probablemente recorrían un sueño conscientes de que llegaba a su definitivo final.
“Ahora o nunca.”
A la desesperada, sin que se note, buscan en la memoria y en el instinto un motivo, un símbolo idealizado, una pertenencia compartida que les aboque por lo menos a una sincera muestra de afecto.
“Quién será”, se interrogan dándose el perfil, situándose de espalda.
De esta manera enfrentados descubrieron la ausencia de vínculos, las nulas ganas de excusarse por haberlos perdido.
“Ha sido un viaje muy largo.”
Una de las historias, desde su extremo, dijo, sin abrir la boca, que no quería venir.
La otra historia, desde su confín, dijo, con los labios cerrados, que no estaba esperando.
Con tales mimbres, cuya naturaleza permanecerá hermética a los inquiridores futuros, el mundo inmediato adquirió una tonalidad de adiós nada fingida ni condescendiente.