“Ni olvido ni renuncio”, aseveraba Goyo Miravé en cuanto la ocasión era propicia a su contundencia. Lo dejaba bien claro: “Yo no soy de los que olvida o renuncia. No soy de los que agacha la cabeza, ni de los que se pone de perfil para que la visión estremezca apenas, ni de los que comulga con ruedas de molino ni transige con la componenda”. A los que escuchaban no hacía falta que el meridiano Goyo, amigo de sus amigos y enemigo acérrimo de sus enemigos, explicitara a qué se refería con su vehemente declaración de principios.
Los noveles en el trato con el sociable, instruido y modoso Goyo Miravé, sin duda movidos por la inercia de la frase, preguntaban al rotundo si cabía en sus negativas el perdón.
“Perdonar sin el cese de funciones del olvido caería en saco roto, no resultaría sincero ni creíble, sonaría cínico y tramposo cual una mentira enfundada de engaño”, despachaba esa curiosa bachillería el aludido. Y a otra cosa.
A otra cosa de enjundia, digna de alabanza y recuerdo, como a Goyo gustaban las conversaciones, los descubrimientos y las visitas: tres alicientes de la vida. En la parte opuesta del cuadro, patentizaba su disgusto con esas faramallas y farfollas proclives a encandilar mentes de pocas luces o con demasiado enfoque egoísta, tan malo el inmoderado interés propio como la escasez de cultivo.
En lo tocante a las visitas, Goyo Miravé solía echar una mirada intrépida y errante a la persona o al lugar con el propósito indisimulado de cribar las impurezas apartando lo superfluo, aun decorativo y utilitario, de lo mollar. Le sobraban los adornos, despreciaba las veleidades, le molestaban los humos; pero acogía de buen grado el deseo averiguador al límite de la impertinencia si desafiaba sanamente al intelecto, disfrutaba con los requerimientos a la ampliación de saberes y opiniones fundadas en el estudio o la experiencia, toleraba los destellos de vanidad si los consideraba justificados y aplaudía el criterio personal tendiendo puentes de sólida erección.
En lo tocante a los descubrimientos, también denominados revelaciones, Goyo Miravé andaba en su busca de día y de noche, por aquí y por allá, movido por el afán de la suma y la resta, es decir, de sumar grano y de restar paja, de añadir certezas y de sustraerse a incertidumbres que provocaban incordios. Las noticias que le llegaban por vía pertinente dando cuenta de asuntos de su incumbencia eran siempre gratamente admitidas a trámite; presto a validar la información —no había que perder un segundo para ganar el aprovechamiento o, en su defecto, proceder al descarte sin paliativos—, marchaba raudo a inquirir abiertas las puertas a la novedad.
En lo tocante a las conversaciones es donde la máxima de Goyo Miravé, “ni olvido ni renuncio”, se manifestaba en todo su esplendor. Menudo era Goyo con la insolente introducción de neologismos pescados a lo bruto de un eco remoto que en su curso trompicado lo había ido distorsionando hasta lo irreconocible, grotesco y cómico por soltar la risa en vez del llanto. “Con el idioma más perfecto del mundo y andan esos aficionados de la modernidad desarraigada salivando por extranjerizar la fonética y la dicción”, protestaba ondeando la completitud y dignidad del idioma español. Lo mismo al replicar los discursos vacuos que los circunloquios, Goyo esgrimía el arte sencillo de emplear la palabra adecuada, la frase directa, la definición correcta y el párrafo didáctico, para luego disertar a voluntad sobre lo divino y lo humano en el mejor ambiente de correspondencia.
Alumno con renovada matrícula de la escuela en la que se da las gracias, se pide por favor y rige la disculpa por los errores cometidos, y maestro de las bellas disciplinas que no se resignan a morar en la nostalgia y que atienden a la calidad en detrimento de la cantidad, mientras pudiera elegir, aprender y enseñar, por tiempos o a la vez, el predecible libérrimo Goyo Miravé sentía el abrazo de la felicidad.
Era una persona insoportable para los que no podía ni quería soportar.