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Virtea repertorio: Disidentes a pesar de todo

Repudiados por los suyos, desde el toque de emergencia y para siempre enemigos, se veían cercados por una beligerancia de tierra quemada en un avance arrasador. Aunque firmes en su posición largamente meditada, eran conscientes que tenían las de perder en esa disputa sin árbitro imparcial, sin asistencia equitativa ni igualdad de tratamiento informativo en unos medios de comunicación dirigidos en su contra y tendentes a empujarlos al vacío previa la pena de escarnio y el desprecio público que acompaña a los reprobados.

    Negada la voz y anulada la presencia, su paso por los cauces de la opinión pública carecía de eco, apenas de rumor cuando el chorro del principio, sonoro y potente, se ha convertido en goteo y las últimas gotas repican agotadas en un baldío. Las declaraciones que tanto revuelo causaron —que no deberían haber causado ese revuelo en ninguna parte ilustrada porque se conocían de antiguo las fisuras en la estructura de la organización política y a nadie escapaba que podían llegar a resquebrajarla provocando el derrumbe y luego, eso sí que ingenuamente creído, una sanadora refundación—, que en su momento sacudieron los cimientos de una institución sólida y cuando fue preciso apuntalada por obra y gracia de los poderes fácticos para evitar su caída y probable desaparición, venían precedidas de actos en secuencia creciente que también entonces y de modo gradual incomodaron, molestaron, alertaron y quitaron el sueño a los responsables en el partido del orden interno y la propaganda externa.

    Era imperativo cortar de raíz esos brotes disidentes, esas malas hierbas, esos hierbajos con pincho y veneno, para que no germinaran proliferando el fruto allende el límite de la prohibición. Los trapos sucios se lavan en casa, recordaban con cáustica advertencia los encargados de vetar la libre circulación de propuestas y oposiciones. Querían decir los encargados del redil que la discordancia no pasara de cuestionamiento retórico, algo así como una pincelada muy al margen en un lienzo que destacaba la pluralidad en la organización, dando modelo hipócrita de conducta al orbe político. En vista de los sucesos, el simple recordatorio, a guisa de toque de atención, había sido insuficiente; las medidas profilácticas en otras ocasiones bastantes, exigían en esta peculiar y de grave riesgo contaminador el complemento de la sajadura. Se hacía imprescindible un cortafuegos quirúrgico.

    El aparato dispuso el mecanismo demoledor simultaneando el bombardeo y las cargas de profundidad, coincidiendo la puntería de las armas en la zona de impacto, anteriormente debilitada a base de ataques preventivos en un intento de silenciar las protestas y en su defecto, el plan alternativo, de minimizar la repercusión social. Un escape puede ser controlado a tiempo por los operarios de la fontanería, pero un desbordamiento acaba en inundación.

    Los repudiados habían asistido como meros espectadores a las demostraciones de poder despótico y violencia física contra el tildado de enemigo, y asimismo contemplaron en calidad de estatuas prendidas a la obediencia el reverso de la moneda: la aceptación, el consentimiento, la tolerancia, la excusa ante los recurrentes dichos y hechos de los aliados. Un contraste de vértigo. Hasta que ese vértigo reclamó estridente una determinación que les sacara del atolladero donde estaban metidos: o te opones y te la juegas o te arrastras y te mantienes sometido en el abrigadero.

    Decidido. Se opusieron, se la jugaron. Aplicaron la máxima de que sobre los cobardes no hay nada escrito, ignorando a fuer de voluntad y convencimiento de sus razones que tal cosa hacía referencia al pasado, cuando el valiente suscitaba admiración y marcaba la pauta, que en el presente los mentirosos y los cobardes no sólo escribían el relato propagandista, sino que eliminaban el estudio de la historia —la que remanecía de las quemas—, para evitar los cotejos.  Sufrieron lo que otros sufrían, puede que más sañudamente por la todavía proximidad, sintiendo en ánimo y cuerpo el dolor de la injuria, la calumnia, el acoso y la agresión lanzados desde varias direcciones hacia la concentración de empecinados. Al estilo de la advertencia mafiosa. En esa misma senda de la utilidad pendenciera, los intimidadores simultanearon la tortura con el castigo de la soledad. Aislados se vieron en el interior de un cerco flamígero, semejante a un confinamiento de infecciosos, tras las puertas cerradas y el implacable silencio del hermetismo ahormado en torno.

    Pronto, era una apuesta segura en el manual de la contraprogramación, de aquellos apóstatas —con el espinoso sambenito de traidores— no quedaría ni la anécdota. Por el canal apropiado se dio la orden de una expeditiva resolución del inconveniente.

El idilio de los ahora arrepentidos con las siglas venía de nacimiento en unos casos, por afinidad en unión de ciertos motivos cambiantes que en la vida se producen en otros casos, y en todos con ganas de contribuir a la conformación de un sistema social aglutinante en el igualitarismo, reparador de los desequilibrios, las diferencias empobrecedoras y el influjo de las oligarquías y las endogamias.

    Con la perspectiva que da el tiempo, la utopía sacralizada explosionó quedando hecha añicos delante de su pasmo; mejor hubiera sido que implosionara para lograr una auténtica renovación. Mirando el cráter donde su idealismo un día puso los cimientos de la sociedad perfecta, el vértigo y la nube tóxica los zarandeó. En el fondo yacían desintegradas ilusiones y esperanzas, víctimas de una fabulación hartamente repetida de instancia a instancia, de programa a programa, de congreso a congreso, de gobierno a gobierno. Temblorosos vieron una vida de esfuerzo participativo y obediencia arrojada al sumidero. Muy triste y doloroso el cuadro que sin buscarlo protagonizaban.

    Pero no cayeron en ese pozo de resignación que suponía arrimarse a la postura fácil extrayendo algún beneficio útil para mitigar la tremenda desazón y, nadando a favor de corriente, adaptarse a una realidad que no era nueva ni mágica. No apostaron por ceder a la inercia. Los lazos con la organización se habían aflojado en ellos al punto de permitir soltar amarras —si te he conocido no me acuerdo—; no obstante, los recuerdos seguían condicionando el camino a tomar. Además de presentar una obstinada batalla reafirmando su compromiso con los postulados que escribían las páginas retóricas alardeadas a los cuatro vientos.

    Recuerdos y deseos obraron en ellos una actitud parental. Creyeron que podían revertir la situación ensalzando su capacidad pedagógica, sintiendo el respaldo de unas bases urgidas de asirse al cordón umbilical como si nada de lo sucedido en décadas hubiese tenido efecto; como si pudiera achacarse la deriva de la amada organización, dirigida férreamente por sus líderes, a un error interpretativo, a una mera falta de aptitud comprensiva.

    La suma de explicaciones vertidas por la dirección en sus múltiples tribunas traslucía la sentencia inapelable de que el agredido tiene su parte de culpa, o mucha culpa, por lo que le sucede. La organización tenía sus normas, y por encima una estrategia adaptativa; las normas, de obligado cumplimiento a partir del tercer peldaño y en descenso, eran necesarias, pero la estrategia, surgida de la alta esfera, era la guía imprescindible para llegar y luego perpetuarse. Los objetivos mandaban, había que asumirlo como un dogma, y perteneciendo a una organización jerárquica, implantada y protegida, los dogmas no se cuestionan. La palabra de la dirección va a cada oído para quedarse vocinglera.

    Hablando en plata y con ademán chulesco: o con nosotros o contra nosotros, a ver quién gana el pulso.

    Los cabecillas de la voz disonante, llámese arrepentimiento, deserción, traición o disidencia, contaban seguidores en los que respaldarse, llámeseles arrepentidos, desertores, traidores o disidentes, y conocían las técnicas y recursos de la contingencia porque habían sido alumnos aplicados y observadores atentos. Molestaban a la jefatura porque tenían un nombre. Cabecillas y seguidores sintieron alrededor el fragor de la alarma, esta vez con ellos perfilados en la diana. Se habían convertido en la presa a batir. De nada les valía invocar unos principios que en el partido tildaban de luces fundidas. Los merecimientos de antaño eran un convenio en papel mojado y con la fecha de caducidad sobrepasada.

    Anticipándose a cualquier movimiento desestabilizador, la nota de gastos que informaba sobre los cabecillas daba miedo: en resumen, le debían al partido hasta la existencia. Lo siguiente para los desafectos era el desahucio, pero tan solo como providencia de apremio; lo gordo, de no ceder, de no esfumarse como un dibujo animado, de no acatar el dictado del órgano rector, dejaría en paños menores a los más celosos agentes del fisco.

    La propaganda oficial contraponía infundios a los argumentos pulcramente expuestos para variar el rumbo de la dirección, o al menos para entablar un debate que admitiera errores y soluciones. Ni pensarlo. Diseminado el racimo de bombas con la porquería elaborada en el laboratorio de contaminantes, entraba en la fase de remisión la simpatía generada por el verso suelto en la militancia y el público. Romanticismo desfasado. El parecer ajeno por la contradicción en las versiones, desigualmente escuchadas, se iba alejando con la marea de la orilla crítica, augurando el fracaso de la tentativa y el pago a tocateja de las consecuencias.

    Lo habían visto y ahora lo vivían esos disconformes rodeados: cuando el monstruo agarra la presa no la suelta, se divierte jugando con ella a los títeres y la arrastra por el barro antes de quebrarla y devorarla.

    Fueron cerradas a cal y canto las puertas que necesitaban abrir los disidentes. Rastreando una oportunidad en los sembrados de la gran organización, vez tras vez daban con su gozo en un pozo; si se la concedían, individualizada, selectiva y matizada a gusto del entrevistador, el enfoque maldito de las preguntas anulaba las respuestas que el entrevistado quería manifestar a la audiencia; si no se la concedían, el efecto era similar, pues las preguntas lanzadas subjetivamente al aire las recogía una conclusión sectaria y definitiva.

    Mucho esfuerzo silenciador abocaron a la pira los jueces. Tanto que, mirase por donde se mirara, el empeño de los que aspiraban a justificar sus acciones y enderezar lo que para ellos era un rumbo torcido lo sofocaba el viento censor.

    Un viento que surcaba los ambientes transportando a volumen de ruptura la consigna: rendición o muerte. El cielo se oscureció sobre los disidentes anunciando males terribles y duraderos: cabeza agachada o cortada.

    El placer de la pertenencia a un grupo numeroso, sólidamente estructurado, influyente, activo y orientado a los objetivos que en cada época ambicionara, otorgaba una seguridad envidiable. Salvo que te desviaras de la ruta marcada por los dirigentes, con los que había que identificarse desde una lealtad sirviente, se toleraba la discrepancia mínima, inadvertida en el exterior, y pasajera; en formato muy vendible de una supuesta controversia enriquecedora de la acción conjunta y final.

    La obcecación se disculpa en los enamorados; se perdonan las tonterías, los caprichos, las maniobras que impulsa el amor locuelo; se condonan los débitos que el amor acarrea con sus veleidades; se absuelve la desinhibición entusiasta de los enamorados, los pardillos y los aprendices cuyo pecado se mide en grados de inexperiencia y precipitación. Las ansias de satisfacer a la autoridad conllevan esos deslices posibles de redimir. Radiante en su papel didáctico, la autoridad expondría a los descarriados sin ánimo de perjuicio los límites de las actuaciones impetuosas, de manera que al concluir el programa de adaptación los alumnos supieran ver a través de su ceguera los objetivos y los instrumentos para alcanzarlos.

    Obviamente, con los desertores el curso de orientación había fallado.

    No sentían los arrepentidos que fueran errores sus demandas y acciones informativas. Al contrario, calificaban ellos su posición de acierto, de higiénico enmendar lo que resultaba inasumible para la conciencia.

    Apareció la entrometida conciencia, ese vestigio soberbio de la tradición, bufaron de rabia en el comité de disciplina. Alerta roja.

    La conciencia dicta, la conciencia manda, la conciencia mata y muere, según quien la estime o la padezca. La guerra desatada sólo permitía un vencedor.

    Metidos en harina regeneradora, los arrepentidos cultivaron en los pequeños espacios proclives a brindar espacio, siquiera por la raigambre de los solicitantes, la imagen de tener la razón en el pleito que les mortificaba y que a otros en adelante de no modificarse la práctica, auguraban, también causaría estrago. Poseedores los cabecillas de soltura en el trato y labia —habilidades adquiridas con años de aprendizaje en la escuela del aleccionamiento—, el ascendiente creció rápido, tanto como cayó al intervenir sin miramientos la brigada apagafuegos. En paralelo, la brigada escombrera fue señalando las privacidades de los disidentes, del primero al último, del sobresaliente al comparsa, para ahogar en un pantanal de miasma iniciativas y comercios de parientes o allegados con tirón de popularidad. El que osara frecuentar los lugares de esas gentes marcado con una equis roja, súbitamente asediados por oscuras tramas de corrupción que un machaqueo publicitario inculcaba a las audiencias, quedaría excluido de la protección y el reparto.

    Con este nuevo disparo a la línea de flotación de los rebeldes con causa, se generalizaba el daño afectando a las parcelas queridas e inocentes de la vida.

    Manos blancas no ofenden, aducían los arrepentidos.

    Vocación de hada o de genio benefactor les asistía en su fantasía de seres puros y bellos rescatados de la incógnita. De tal suerte que fiados a la confianza transmitida en las reuniones por ciertos sectores, unos gestos altamente valorados de los que ellos, formando piña defensiva en sus intervenciones, desprendieron cual fruto en sazón la perspectiva de estar ganando terreno y adeptos. Jóvenes y adultos a coro entonaban la alabanza de su conducta, mientras la tarea de zapa proseguía asechando su candidez.

    Nunca imaginaron sufrir un calco de los males que denunciaban e idéntico padecimiento, vejación, dicterios, ensañamiento y abandono. Nunca previeron el enfrentamiento con los suyos, y aún menos en las condiciones de inferioridad que habían contemplado desde la barrera, poniéndose de perfil y acatando las órdenes de la organización hasta que el bochorno los desintoxicó del marasmo.

    Entonces la necesidad de marcar distancias los lanzó al ruedo para declarar con luz y taquígrafos su arrepentimiento, y fue cuando la purga giró sus visores hacia ellos, los desertores, los disidentes, los traidores, los que pretendían desmantelar el viejo sistema patentado.

    El canto heroico del pequeño grupo fue remitiendo hasta convertirse en el estertor del cisne, hermoso y vibrante presagiando la bajada del telón. Frágiles y marchitos se les evaporaba su industria y la mejor esencia de ellos que estaba por conocerse. Allá donde nacieron todos a una moría el destino y la felicidad del individuo y el clan; donde les habían colocado unas alas ficticias, la realidad amputaba un vuelo jamás programado.

Hostigados por el concierto de maniobras de la furia totalitaria progresista, los arrepentidos entendieron que habían aprendido tarde la lección. Era fácil recordar mientras sucumbían al asedio que en el pasado —ayer como quien dice— cualquier acto que contrariaba al progresismo recibía una estruendosa denuncia y el inmediato castigo al nivel disponible; un acto plenamente justificado y merecedor de premio si en cambio lo ejecutaba el progresismo.

    Una vez reducida la disidencia y sus protestas, acusaciones y arrepentimientos a la mínima expresión, persistía sañudo el eco de que si en adelante, a título individual o en comandita, denunciaban a la organización, esa denuncia sería una minucia comparada con la represalia.

    Sepa el mundo que el progresismo totalitario no admite deserciones.

 

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