Más que decepcionado, pues tal frontera había quedado lejos de palabras y gestos, estaba molesto con la burla y enfurecido por la mentira. La suya no era una indignación pasajera, sino veterana y bien asida a la racionalidad; de las que profundizan en la herida frustrando que restañe. Otra vez pasaba lo mismo, otra vez le golpeaba en la frente, y no se acostumbraba a dejarlo correr, a ponerse de perfil o a sacar tajada ya puestos. Qué ganas de amargarse la vida luchando contra los mecanismos de rotación; qué ganas de hervir la sangre con un fuego pertinaz nutrido a través de los conductos distribuidores del personal seleccionado —cada elemento provisto de su certificado de eficiencia, la marca del amo—; qué ganas de tragar quina con el recuento de eslabones en tareas de zapa —menos arduas de lo que parece—, allanando el terreno hacia el objetivo final.
Aunque quisiera o pudiera evitarlo, la reiteración
le consumía.
—Según lo mires, es replantar las plantas que
dan fruto cumplido el plazo de maduración en el semillero.
Dicho sin ironía.
—Según lo veo, es quitar obstáculos, léase
tipos irreductibles, para ir colocando los peones idóneos en ruta a la
pretensión máxima.
Es difícil volver al punto de partida —ese
lugar mitificado que casi nadie ahora sabe ubicar— cuando se ha perdido la
afición por los descubrimientos; es imposible
salir de un pozo sin fondo con las paredes filosas y engrasadas por un
contemporizar sistemático —si no puedes con tu enemigo, únete a él—, por esa
tolerancia nefasta que pastorean los creadores de opinión favorable —sigue la
corriente y no pierdas el compás—, por la atrofia en la voz crítica de una
respuesta que lanzara el ánimo.
—Omisiones vienen, omisiones van.
Marea que sube, marea que baja, los dos
fenómenos habituales controlados a su debido tiempo.
—Para mí la omisión es una conducta
perversa.
Por mucho que se la justificara, y
justificaciones disponía para regalar y vender, la ausencia de respuesta cívica,
sanamente rebelde y decidida, pasaba factura a necios, por ser carne de cañón,
y a listos, por buscar la mamandurria doquiera se forme una cola servil; cobraba
tributo progresivo a sensibles y amorfos indistintamente, y acarreaba desdicha
a la pirámide social de por sí cargada de tribulaciones que traían al pairo a
los organizadores del concierto.
Le costaba digerir ese guiso maloliente al
olfato, podrido al gusto, que periódicamente tragaba a solas.
—No sabes disimular. Tu cara es un mapa.
—No tengo porque fingir, ni cara con que
sostener eso tan ominoso que me revuelve las tripas.
Le desesperaba la impotencia de querer y no
poder, condenándose a una lucha vana contra el mundo de la aceptación. Esos
individuos profesionales de la errancia no los gestaba una pesadilla, no eran
seres ficticios con imagen antropomorfa, sino monstruos habitando una dimensión
exacerbante. El cerrojo y las bisagras de la caja de los truenos habían cedido —¡por
fin una buena noticia con la que echar las campanas al vuelo!— liberando una
lucidez resolutiva en dos frases: o se remedia el mal causado o se impide que
continúe el perjuicio.
—Me suena a una sola frase, porque al
remediar se impide la vuelta de lo despreciado y al impedir se remedia la
venida de lo despreciable.
Dicho así sonaba a fluctuación
especulativa.
—La cosa es ponerse manos a la obra para al
menos restringir el trasiego nepotista de cargos de confianza.
Sin dilaciones, con la urgencia de extirpar
el tumor maligno ya que con el sajado no bastaba para eliminar las impurezas.
Lo de calificar a la usurpación de impureza
era un eufemismo de índole acomodaticia.
—En la semántica léxica donde te has metido,
enfurruñado objetor del quitar y poner a la carta, el concepto al uso es el de modificar.
Una agenda modificadora de mayorías,
sentencias y actuaciones; una modificación en las cláusulas, en los acuerdos,
en el organigrama, el consejo de administración y el equipo ejecutivo.
Soltada la retahíla de locutor que lee al
pie de la letra un texto, monocorde la voz y la postura yerta del cadáver
embalsamado, como si para ese autómata en nómina de grupo obediente y para el
público adocenado que sólo atiende lo que circula a horas determinadas por el
canal de suministro, el apropiarse a la manera política —que es un revuelto de
poder fáctico e ideología estrepitosa— de empresas e instituciones fuera la
cosa más natural del mundo cuando se ha conseguido acceder al gobierno que dicta
sobre personas físicas y jurídicas, sobre recursos y haciendas y sobre el
presente y el futuro del territorio y sus empadronados; además de adjudicar
sobres con el alias, desempeño o cargo orgánico del destinatario.
Un gobierno, no obstante su poder y descaro,
a expensas de unos mandatarios de efigie pétrea dirigiendo desde la esfera
superior, inaccesible para el común de los mortales, donde se fabrican y
redactan las agendas que utilizan los subordinados.
—Metido en la maraña sofística para
entretenimiento de comentaristas ociosos, ratifico mi denuncia contra las
disposiciones colocadoras de títeres en
empresas privadas y públicas, instituciones nacionales e internacionales con
capacidad legislativa y judicial, organismos de gestión y cooperación, y
asociaciones de brega en segunda línea para las épocas de menor influencia en
los diferentes ámbitos.
Estaba harto de la corriente de
aire generada por las puertas giratorias —aerogeneradores primarios— que en su
día denunciaron con alharaca los que después han redoblado esfuerzos para engrandecer
la metáfora y su plasmación ordinaria. Se agitaba en fase eruptiva con la
derrisión que le provocaba la pasarela que traslada del poder político a la
política del poder y viceversa.
Risa y llanto del espectador
ante el desfile obsceno de apoderados con las instrucciones memorizadas.
Eran tantas las gotas que desbordaban
el vaso que habían empapado el subsuelo, falso techo y paneles de la estructura
social, provocando una humedad patológica. El cerco de malestar iba en aumento,
directamente proporcional su tamaño al del erial de indiferencia; la otra
guerra con mal pronóstico.