Escribió en una hoja blanca y suelta: “Hoy, día del patrón de España y mi onomástica, doy cuenta de un propósito que habré de cumplir al menos en buena medida antes de que un óbito surgido de las circunstancias lo frustre”.
Una proclama que Santiago Yáñez
Viver, industrial jubilado, guardó con cierta solemnidad en la carpeta de los
documentos imprescindibles, custodiada por sus dos testamentos. Tan legal,
juicioso y categórico lo manifestado en la hoja como en su momento fueron las
declaraciones de voluntades en la notaría. Su propósito, madurado en una
estricta intimidad de ojos abiertos y cerrados, era recuperar para sí y el
mundo la historia de España viviendo los diferentes paisajes y las distintas costumbres
a solas con su coche. El hombre y la máquina servicial transitando un camino
largo, apasionante por su lustrosa diversidad; una ruta entretenida con un marcado
carácter didáctico y un legado que deja impronta; además de una reivindicación
—el punto de apoyo que todo lo mueve es personal— llevada a gala en la cabeza y
el corazón.
Liberado del factor tiempo, ajeno
a las urgencias, incluso aquellas propias del entusiasmo, y, a ser posible —era
una petición a la divina providencia— ninguna amarra que le tironeara perturbando
su bien ahormada finalidad, el rescatador Santiago actuaría con las evidencias en
ristre para sacar la historia de España —y por ende a la nación española, porque
adulterada o desaparecida la historia de igual manera sucede con el sentimiento
nacional— del marasmo y las capas de iniquidad vertidas para consumar la
asfixia. Se lo debía a los suyos, se lo debía al bosque de genealogías, se lo
debía a los hijos de la madre historia. El reencuentro con la historia a través
de las imágenes y sonidos de un muestrario grandioso suponía una tarea fascinante,
amén de necesaria, para el tesonero arqueólogo Santiago a quien no se
relacionaba, ni jamás se había relacionado, con labores investigadoras inherentes,
por ejemplo, al historiador refractario a las ofertas tentadoras de los
patrocinadores del nuevo orden —el que cuenta la historia desde la posverdad
que omite los episodios inconvenientes— o al viejo periodismo, de vocación y conducta
similares al modelo anterior, que loaba en diálogos que venían al caso. No era
Santiago en el presente de retiro pensionado, ni fue durante su dilatada
trayectoria laboral, un buscador de noticias ocultas que encerraban verdades de
calado e incontestables, y que por sacarlas a la luz, en honor a su cometido, o
al menos intentar su publicación, corría peligros de variada especie y
resultado previsible. Ese periodista hecho al riesgo —al que asimilaba en sus
cuitas y por el que profesaba admiración—, guiado por su instinto y fiel a una
encomienda plenamente asumida —no precisamente un abanderado en la propalación de
bulos—, iba detrás de la noticia sorteando los impedimentos —en grado superior
a la imposición de cortapisas y limitaciones— dispersados por las influyentes agencias
de noticias y las poderosas corporaciones de medios. Ese periodista honrado que
no se cansaba de alabar, cuya profesión no abrazaba pariente alguno ni atinaba
a verlo en un pedestal estable, luchaba quijotescamente, pensaba Santiago,
contra los que despreciaban lo cierto sustituyéndolo por lo conveniente; esos
mismos, afirmaba Santiago, que echando lastres a la libertad —por su raigambre
individual era el enemigo número uno del colectivismo— pretendían anularla o,
en su defecto, arrastrarla hacia la misma decadencia globalizante en la que tenían
inmersa a la sociedad.
En un santiamén, valga la
expresión, el autónomo Santiago iniciaría una etapa en resumen más breve pero más
intensa y apasionante e instructiva que una vida convencional. De
convencionalismos metidos a capón por el doctrinario progresista andaba desbordado;
y como era consciente de lo que indefenso perdía arrebatado por un poder envolvente,
predador de energía, mientras no ganara en tiempo, espacio y memoria, en
definitiva, mientras no fuera otra vez libre para elegir a pesar de su edad y
los achaques y en contra de un conformismo militante y una resignación inoculada
desde las instancias subsidiarias de ese temido poder, la luz que alumbra fenecería
absorbida por la oscuridad que esconde.
Al crítico Santiago no le pasaba
desapercibido nada que a su juicio mereciera atención, en todos los ámbitos de
la vida. Tal actitud representativa en su mundo y en los mundos colindantes, de
trato ineludible, no le había otorgado popularidad ni tampoco una repulsa de las
que condenan al enfermo declarado contagioso a la pena de aislamiento. Ayuno de
curiosidad a esas alturas por descubrir en el prójimo coincidencias, el
metódico Santiago preparaba su partida ajeno a la rueda y a los comentarios que
soplaban racheados. Nadie a su alrededor tenía argumentos de peso que oponerle,
ni familia ni amigos ni vecinos, ni su fallecida esposa —diez años ya de
ausencia— ni sus padres y abuelos muertos, ni animal pendiente de sus
exclusivos cuidados, ni plantas que no recibieran la solicitada ayuda a
domicilio. Ningún impedimento.
Debía gobernar su exigencia. Quería hacerse
cargo de su salud mental y física, de su espíritu y del ánimo para emprender
aventuras, del gusto, tacto y olfato, de la vista y del oído. Era
autosuficiente en lo posible, y con eso le bastaba para trazar el itinerario;
era el ingeniero de su corriente vital, y no ponerse manos a la obra significaría
haber perdido su ser.
La penúltima verificación confirmaba a
Santiago el itinerario trazado y la puesta a punto. La penúltima verificación le
recordaba que ciertas decisiones cuestan de tomar porque antes ha costado
plantearlas, pero una vez acogidas lo que en realidad cuesta, y duele, es negar
su validez relegándolas al olvido.
Una mirada a su coche, luego al cielo,
después al paisaje infinito, le insuflaba una reserva de dignidad y valor.
Sentíase joven, es decir, no sentíase viejo, y henchido de ilusión apostaba a
que nada en el mundo modificaría sus planes. Nada ni nadie iba a obstaculizar
su renovación.
Aunque no hiciera falta por sabido y
sentido dijo a su coche, luego al cielo, después al paisaje infinito, que o se
renovaba o moría.
Tan sencillo de entender como eso: cobrar
energía para vivir.
La concreción era pertinente en el momento
del repaso previo al viaje. En la vida de Santiago hubo alicientes,
obligaciones y deberes de índole moral. Contemplada objetiva y
desapasionadamente, como en un análisis retrospectivo a los sones de una
campana anunciadora, la vida de Santiago se asemejaba a la de cualquier persona
que estudia, decide y actúa; una existencia responsable y útil idéntica,
matices aparte, a la de cuantos están limitados únicamente por su insoslayable condición
humana.
Llegaba el día de aprestar los bártulos con
los que sobre la marcha, improvisando para mejor satisfacer la idea original, pondría
su máximo empeño en coser la nación descosida eliminando fronteras y superando
distancias. Le aseguró al coche, luego al cielo y después al paisaje infinito,
que con esa fórmula mágica aún tenía remedio el mal causado.
Cada día transcurrido restaba una fecha del
calendario a su anhelo viajero. Sin restricciones acechando el mal augurio, sólo
debía atenerse a una espera calma y nerviosa con ratos de paciencia y ratos
impacientes conglobados; una espera que nunca figuró diuturna en su cuaderno de
operaciones; una espera de calidad amenizada por el discurrir espabilado de la inventiva
en competencia con los trajines ordinarios de una preparación importante, que se
alternaban diligentes en el tapiado del hueco por el que pudiera colarse la vanguardia
de la duda y a su rebufo la bronca comitiva del miedo.
¿Miedo a qué?
A perder su viaje, no. Santiago no temía perder
el avión, el barco, el tren, el autocar o el billete; no temía el fallo del
motor al accionar la llave de contacto, ni a una avería grave, de pronóstico
reservado, nada más salir a la carretera; no temía la desaparición fantasmal
del equipaje, de los efectos personales, ni de la ilusión por llevar adelante
su magnífico proyecto.
Santiago el confeccionador iría tejiendo en
su itinerario el mundo destejido; un mundo de habitantes reducidos a la circulación
de tramos mínimos, llevados y traídos con las escalas programadas y las
orejeras caladas.
El obstetra provisional Santiago
coadyuvaría al sostenimiento de los asediados que orgullosos de su herencia no
se rendían ni se dejaban matar; improvisando, ahora que su libertad creaba con esa
maravillosa habilidad de músico experto e inspirado.
Estaba absolutamente convencido de que su
viaje era de liberación; de liberaciones sucesivas, para ser exacto. La forma
plural calificaba adecuadamente su iniciativa.
¿Quién osaría contrariar la realización de
su deseo?
Le traían al pairo los conatos para impedir
su despegue y las tentativas para ocasionarle un clamoroso fracaso, que los
aparatos de intervención y propaganda utilizarían hasta la saciedad como aviso
a futuros navegantes.
Calentaba motores silenciando los ruidos
molestos. De hecho, Santiago ya había abandonado la dimensión muerta.