El desayuno era a diario un buen momento en la rutinaria vida
de María de las Nieves Villalobos Quesada; tan buen momento, en general, como la
hora previa y la hora posterior a la medianoche. La bondad de los minutos matinales
y de las horas nocturnas estribaba para Nieves en que propendían a la
idealización de los deseos alcanzables. Despacio preparaba el desayuno,
centrada en la tarea, y lo comía sentada a una mesa dispuesta con lo esencial,
sin decorado superfluo, escuchando la radio; bien alimentado, el ánimo responde
mejor a los esfuerzos que deparará la jornada. Las horas previa y posterior a
la medianoche guardaban una consonancia apetecida; en ellas, puntuales a una
cita por invitación expresa, actuaba su fantasía. Durante ese tiempo íntimo promovido
imaginaba con mayor audacia y placidez que en el desayuno, aunque tampoco
entonces, a veces también en compañía de la radio, poco o nada rebasaba la frontera
del comedimiento.
La radio le brindaba
una información precisa y un recreo apetecido, y aun convertida en analista
sesuda que llega al fondo del asunto, repudiando quedarse en la superficie o en
una delicuescencia de medias tintas, sobre todo, muy a su satisfacción, la
investía de heroicidad vengadora.
Cuando certera y
beneficiosa le alcanzaba el venablo del sueño, si persistía en sus neuronas la
intensidad de lo escuchado Nieves dormía despierta, profundamente dormida,
vigorosamente espabilada, y merced a esta transición mágica continuaba
absorbiendo una existencia digna y valerosa en la que ella lanzaba los dardos.
Al levantarse de
la cama o incorporarse un tanto soñolienta en el adaptado a su cuerpo sofá, donde
había sucumbido al goce de permitírselo, notaba el fluir de la vitalidad
arrastrando pendiente abajo pesares y problemas. Casi siempre volvía de la
pausa con espíritu renovado y humor en ristre, segura de poder afrontar lo que de
positivo o negativo fuera a sucederle. Porque como no se engañaba —quizá por
falta de práctica— sabía que dichas y desdichas alternaban sus movimientos en
el tablero, igual que pasaba con las obligaciones y las devociones, de manera
que estaba garantizada la elección entre seguir la corriente, cerrando los
ojos, cruzando los brazos, silenciando la conciencia, o variar el rumbo,
jugándose el presente y el futuro.
Las heroínas vengadoras,
con nombre en la mitología o anónimas, de las que tomaba ejemplo Nieves, rechazaban
los caminos trillados y las direcciones únicas.
A menudo se
preguntaba durante el desayuno y el contorno de la medianoche si verdaderamente
conocía sus deseos: “¿Sabes lo que quieres?” Era una indagación ritual, no
obstante exigente, con la respuesta aprendida: “Sé lo que no quiero”. Esos
momentos de ocio cultivado le aligeraban las cargas indefectibles —unas más
llevaderas que otras— con una solución del dinamismo reparador característico
de una heroína vengadora, fantásticamente poderosa, que se esmeraba en propagar
hacia todas las dimensiones necesitadas de tamaña regeneración.
Conociendo lo indeseado,
para la realista Nieves igual que para la fantasiosa Nieves los descartes eran
inmediatos.
“¿Por dónde
empiezo hoy?”
Por lo mismo de
ayer y de anteayer. Por la implantación progresiva de un estado del miedo,
justificando las medidas liberticidas tomadas sin admitir en abierto que tengan
ese carácter ni la trama parcialmente oculta ni a los tramoyistas parcialmente
escondidos, en la humosa locución de las portavocías oficiales con los pases embelecadores
del birlibirloque. A la tiranía por el miedo.
“¿Por dónde sigo
ahora?”
Por la sinuosa pista
de huellas. Por las enfermedades larvadas en el cercado orbe de la complaciente
mediocridad, periódicamente vaciado de lacería para difundir, anejo a la
propaganda, el contagio. El terreno abonado a la vileza y de riego con filtrado
de miasma pronto recupera el nivel de exportación. Gruesos tallos de envidia
así cebados renuevan para la siguiente cosecha el programa de acusaciones,
persecuciones y variadas clases de eliminación. Al paraíso por las cloacas.
“¿Dónde actuaré la
próxima sesión?”
Escuchado en la emisora de las revelaciones que van de lo digno a lo
valiente. Desobedeciendo la consigna de valorando el procedimiento de
actuación comunitaria esperen instrucciones, vulgo no intervención, vulgo
que se responsabilicen otros, vulgo que la solución nos venga dada, dos
respetables funcionarios de la carrera diplomática por su cuenta y riesgo se
personaron, encabezando una pequeña comitiva en favor de sus nacionales, con
ayuda básica, noticias actualizadas y aliento comprometido en la zona de
retenciones donde, en mala situación, los transportistas de largos recorridos soportaban
una angustiosa espera.
Nieves aplaudió la honrosa
iniciativa, y desde la distancia expresó su solidaridad con aquellas víctimas
de un interés político velado y de la boca llena de conceptos vacíos de
significado por el uso fraudulento.
“¿Qué
me deparará el panorama?”
Algo nuevo, algo
viejo, algo predecible y lo que pusiera de su parte para revertir la deriva
perniciosa.
Cada mañana durante el aseo y luego el desayuno, por puro
deseo, la vida empezaba un peldaño por encima de la jornada precedente. Cada
noche, transitando del pasado al futuro, a continuación del balance cotidiano
Nieves rendía explicación de sus actos a sí misma y soñaba. Al dirigirse a su
obligación todo empezaba con un color brillante, al volver de su obligación
todo empezaba con un color cálido; yendo y viniendo todo empezaba con la gama
de colores que su esperanza desplegaba. La feliz esperanza de transformar los
buenos momentos exprimidos hasta la médula en una realidad tan fúlgida como la
energía cósmica.