Ubicado en un lugar propicio
a su cometido, el observatorio se asoma al mundo para informar de los sucesos
incontrovertibles. Su competencia magnífica brinda una visión despejada de
cuanto es posible contemplar y escuchar en el cielo y en la bajura terráquea
con el potente instrumental allí emplazado.
Mirando con natural intriga el paisaje que por
debajo abarca la vista hora tras hora una vez situados en la eminencia, los
pares de ojos en turno de vigía en el observatorio descubren un grupo humano nutrido
y obediente en zona de angostura, dirigido por un grupo humano de mucho menor
número, diseminada su notoria presencia a lo largo y ancho de la extensa fila que
sigue cumplidoramente los decretos de una autoridad que ni forzado el examen
aparece manifiesta en el mismo plano; aunque tal comportamiento adocenado de la
fila revela la simbiosis entre el uno, invisible, los siguientes en jerarquía y
los demás en orden. Los pares de oídos agudos en el observatorio captan voces
que orientan los movimientos de la corriente, y hasta pudiera creerse en un
clamor quejumbroso, la agonía de una demanda, una súplica ahogada o una
resignada letanía marmullada; pero los oídos afortunados escuchan el maridaje
del viento con las ramas de los árboles: una música diáfana de sonoridad
evocadora. Los olfatos sensibles en el observatorio, incluso a tanta distancia,
perciben un aire enrarecido cercando la muchedumbre.
La inmensa columna cuyos límites se pierden
en el horizonte del pasado y en el horizonte del futuro, transita su atonía desde
los occidentales bosques de aerogeneradores, mares de paneles y montañas de
baterías inútiles, con rumbo fijo, a la oriental estructura mastodóntica de tapias
y parapetos custodiados, minas de fósiles y humo de industrias cedidas. En esa
zona occidental donde nace la columna, su origen, los precisos instrumentos de
observación registran en la masa sesiones continuas de bailes y recitativos y
la prohibición de contaminar el ambiente, sin especificar las características
de los agentes contaminantes; mientras en la zona oriental, adonde va la
columna a fenecer, el registro informa de una sociedad inerme, taciturna y
permisiva con el emponzoñamiento ambiental surgido de la actividad fabril transferida.
Pero, en realidad, la inmensa columna que ocupa todo el paisaje no se mueve un
ápice.
La tremenda columna devasta a su paso el
suelo fértil donde aún germina la cosecha, aniquilándola, y las parcelas
bucólicas inspiración de artistas, refugio de independencia y alivio de
fatigados, desfigurándolas en modo irreconocible. Los simbiontes apostados en
cabeza y cola de la columna, metidos de lleno en su papel ejecutor del mandato,
conducen al rebaño de miras rasantes prodigando la verborrea que lleva implícita
el cargo. A este aluvión doctrinario que loa el progresismo —un plan, un
camino, un resultado, su lema totalitario atrapado al vuelo por los operadores
de radioescucha en el observatorio— no se opone réplica o consulta en la
trayectoria supuesta de atrás adelante, preservada de cualquier influencia con
calificación de obstruccionista y retrógrada por el servicio itinerante de
control y verificación de noticias. Esta infame columna, no obstante aglutinada
por espejismos, en realidad carece de movimiento; lo que significa desprovista
de vida; lo que significa, sin género de duda, que la jefatura del plan rechaza
que los eslabones de la cadena descomunal abandonen el lugar estricto que les
ha sido intencionadamente adjudicado.
El negocio de la dependencia occidental a los
gobiernos de las tiranías limita, empobrece y esclaviza a la otrora próspera sociedad
del bienestar, pero enriquece y consolida al oligopolio de los plutócratas que
abrazan expresivos y ufanos a sus homólogos de poder a poder, fraguando la
maciza cadena de unión progresista. Cogidas con puño de excusa las banderas del
feminismo radical, la ecología fanática, el igualitarismo rasante y la uniformidad
de actitudes, el socialismo real, ni siquiera mínimamente atildado para su
vuelta a la escena, ha resurgido de sus cenizas, producto de una combustión
incompleta y de los cascotes que parecían haberle dado sepultura, más fortalecidos,
absueltos y omnipresentes con su abrumador envoltorio de propaganda y el
delirio por satisfacer antes que después los objetivos marcados periódicamente.
Lo que no se aprecia por
ninguno de los sentidos ni instrumentos en el discurrir sinuoso de la columna es
que alguien de primera o segunda fila pueda elegir su marcha y su destino, una
y otra impuestas por el órgano superior de las decisiones sociales.
Los vigías del observatorio persiguen con
denuedo un indicio revelador de vida inteligente en la columna. Recorrida de
atrás adelante y viceversa por turnos, dada su colosal dimensión, no puede
registrarse una muestra congruente de libertad crítica y temeraria. Pero los
vigías, concienciados de su responsabilidad con el prójimo, no desisten en el
empeño de encontrar al menos un atisbo de señal, ya sea acústica o física, durante
las horas diurnas y las nocturnas, comprendidas alternativamente en el campo
visual, que renueve la ilusión por su búsqueda. Los vigías andan a la caza del
espectro inteligente que incorporar al proyecto del agujero blanco, oscilando
su labor afanosa entre la certidumbre del panorama anodino, con impedimentos
reiterados a la movilidad de los individuos, y la fantasía de dar razón al
deseo.
Al prójimo cautivo se le podría suministrar
un relato diferente, piensan y comentan desde el otero los sucesivos turnos de
vigía, adverso a la posverdad, al relativismo prejuicioso y a la
desnaturalización de la persona; un relato en las antípodas del odio a la
historia documentada y a la historia patente. La vigía de los individuos libres,
cuya definición desde antiguo es la de personas, constata la deriva:
Esos caminantes de fila
y dependencia observados por la vigía de quienes, aunque rodeados por un espacio
tenebroso diseñado para propagar la ceguera contra el que pugnan sin desmayo, no
avanzan hacia un deseado espacio de luz. Ese ejército de autómatas
ensombrecidos ignora la corriente luminosa y el después clarificador de la
oscuridad impuesta.
Al observatorio se ha
trasladado la suma del conocimiento y de la iniciativa personal en aras de
proteger todo aquello susceptible de acabar destruido por la agenda ideológica —ese
índice del futuro preconizado cual vía única de tránsito por el mundo—,
reuniendo en unas dependencias habilitadas la obra civilizadora en sus
vertientes artísticas, literarias, científicas, humanistas, filosóficas, en sus
aspectos didácticos y eruditos, en sus versiones originales tal y como fueron
concebidas. Al observatorio, también convertido en museo, ha sido incorporada
una colección ingente de sabiduría intemporal de consulta inmediata y cotidiana
puesta a salvaguarda de la cirugía ideológica: ese sofisticado negocio que
mutila o altera con propósito desvirtuador, y del apartamiento ideológico con
su pretensión excluyente en la forma y en el fondo.
Esta magna obra es la vida, es el mundo
conocido; es la imaginación y la esperanza; son las pertenencias y el equipaje
de cada persona que, en definitiva, constituye la sociedad. Es la respuesta a una
conjetura, es la confirmación de la existencia.
La expectación crece en
el observatorio a medida que el proyecto se va transformando en un agujero
blanco.
Cada una de las muchas personalidades allí
congregadas experimenta a plena intensidad un trance feliz, opuesto al trance
de miedo que asola la masiva e inánime cuenta de varones y mujeres, separados los
sexos por la fe progresista, engastada en el agujero negro. Un miedo transmudado,
como el enfrentamiento, por motivos de furor ideológico y para justificar la
adopción de medidas liberticidas; el equivalente a prescribir un fármaco que someta
el virus inoculado previamente. Pero no es un dislate de megalomanía la agenda
del futuro progresista, sino la consumación por fases del gran plan urdido por
la sintonía de totalitarios y plutócratas que, a las claras, desprecian los
escrúpulos, aborrecen la alternativa, execran la libertad de la persona, la
propiedad privada y la memoria individual.
La propaganda que inunda la columna,
audible a miles de kilómetros a la redonda y de punta a punta, canta las
excelencias de la miseria, del subsidio y la dependencia; anuncia en tono jovial
la erradicación del dolor y la tristeza al desaparecer las informaciones y las
páginas de la historia, factores enemigos del pueblo; prescribe la autoridad del
gobierno progresista, suprema e incuestionable en la faz de la Tierra.
Con su paso demoledor, los
peones de segundo y tercer nivel en la columna remueven los cimientos legales
aboliendo la seguridad jurídica, a la par que ocupan lo que tiene dueño y
denuestan la ética en política y comunicación; pues, al fin y al cabo, son
estorbos en la marcha arrasadora.
Sin perder ripio de la
marea invasora, los reunidos en el observatorio deducen que para atajar el mal
es preciso que produzca consecuencias nefastas y universales en horizontal y en
vertical, pues es una característica humana la de reiterarse en el perjuicio
ajeno que sólo se aprende desde el ejemplo administrado por la caída y el
hundimiento. Los optimistas creen que servirá de acicate esta moraleja; sin
embargo, los pesimistas, adscritos al realismo de las lecciones inmarcesibles de
la historia, no confían en sanar por la evidencia palmaria el síndrome de
quienes desprecian cuanto ignoran y envidian el talento.