Tras varias colisiones dolorosas con el muro de la realidad, aprendió Mateo
Cano Vega a evitar contender en más de dos frentes a un tiempo. Lo sensato,
amén de fructífero, era dirigir su capacidad aisladora a suprimir la amenaza de
uno de esos dos frentes enardecidos para centrar luego el poder de su arsenal sobre
el otro. Rectificado el error inicial, un pecado de juventud, gracias a las
lecciones asimiladas, el letrado Cano Vega, insidiosamente calificado por sus
primeros detractores, veteranos de la praxis judicial, con el remoquete
aprendiz de brujo, tan burlesco como despreciativo, anduvo más estable por
la cuerda floja y seguro de caer en blando si el tropiezo lo sacaba de la línea
marcada.
Zafado del estrellarse
inútilmente, a lo que nunca en el futuro iba a renunciar Cano Vega, en
cualquiera de sus manifestaciones, era a desenvolverse según su ahormado criterio,
soplara el viento por donde soplase. Había izado las velas del ejercicio
profesional durante el tránsito universitario, una etapa de lozanía en la
proyección a pesar de algunas vacilaciones con atisbo premonitorio que situaba
en el marco del cuidado diligente, activando en las disciplinas y las prácticas
llevadas a cabo mecanismos de estilo propio que a no tardar lo identificaron en
una competencia entonces amistosa y didáctica. Los enfrentamientos simulados y en
ocasiones con jurado ficticio entre los partidarios de la estricta sujeción a
los procedimientos originados en el Derecho Romano y esos otros, en minoría,
osados en cuanto irreverentes, abogando por una derivación en el desempeño
judicial hacia el modo discursivo anglosajón, registrado en las películas, las
obras de teatro y las novelas, animaban a forzar las posturas al límite
esgrimiendo toda clase de argumentos para convencer al oponente y a ese jurado
ocasional, atento cuan intrigado, compuesto rotatoriamente por alumnos e
invitados entusiastas de asistir a la liza, de los beneficios o inconvenientes
de la tendencia elegida más que del acierto en la exposición, verbal o escrita,
de los respectivas conducciones y, por ende, protagonismos.
Años después, quienes con su
título en ristre se habían colegiado contendieron en tertulias y camarillas, y
en menor medida en los tribunales, para dirigir el curso de los procesos hacia un
interés apostillado de progresista o, auspiciado en grado superior, dirimir litigios
sin considerar su relevancia en los escaques de la inteligencia turbadora. Cano
Vega, inscrito en este prodigio nada ilegal, nada secreto ni nada acrático,
escuchaba con disgusto las alegaciones evolutivas en la perfidia y con una huella
molesta la promoción del uso alternativo del Derecho y ese postularse acrítico
en favor de medidas y resoluciones acordes con una visión política de las leyes
extraída del abono programado en la esfera del pensamiento único. El inmenso
poder de la desinformación suministrada en dosis hipnóticas, denunciaba Cano
Vega en su turno de réplica, añadiendo que someterse a la imposición difería del
acatamiento a la ley y los jueces como la luz de la oscuridad.
El asamblearismo propugnado desde
una organización ramificada le parecía una maniobra ideada a modo de tapadera
para que el grupo dominante, sentado en el centro del corro o presidiendo en la
tarima, recogiera adhesiones masivas a partir de sus declaraciones, consignas y
actividades de utilidad exclusiva: en crónica resumida, del tropel y la patulea
al servicio de la nueva casta.
Ni en calidad de estudiante universitario
ni ya en su condición de jurista criminólogo en el ámbito de la profesión
liberal, Cano Vega amistaba con esos colegas y a menudo rivales tendentes al
encomio e imitación de burócratas y funcionarios, asidos con triple nudo al
manual de instrucciones y guía de usuario adquiridos por precio de entrada, recriminando
a la cara de esos inmutables su reducción acomodaticia de las vías procesales.
En cambio, desde el principio de su carrera, buscó la compañía y docencia de
quienes, elevaban la investigación, el proceder indagador, a la máxima categoría,
y de los que aprendió no sólo a valorar y distinguir acciones sino también
reacciones. Cano Vega era un abogado que investigaba con independencia de la
entidad del caso y la retribución que suponía para su minuta. A oídos propios y
ajenos repetía con paciencia e insistencia que la causa genera el efecto y que
no puede contemplarse aisladamente el efecto de su causa.
Para algunos oídos tales aserciones
eran como el sonido de la lluvia cuando no se quiere escuchar, y aunque su
labia incidiera exponiendo con pelos y señales no lograba destaponar los obturados
canales auditivos; o debía enfrentarse a combates retóricos y semánticos de
nula prosperidad. Una imperdonable pérdida de energía.
Tampoco contaba entre sus
favoritos a los fiscales que además de jerarquizados traslucían su dependencia
política, igual que sucedía con los abogados del Estado; la diferencia
estribaba en que con los fiscales laboreaba a diario, mientras que de uvas a
peras con los abogados del Estado y porque no rehuía adentrarse en mares
procelosos. Con los jueces sin manifestación política ni hilo político se
llevaba correctamente, sin pisar callos. Chocaba con los policías que lejos de
investigar se atenían a cubrir el expediente, sus espaldas y los desmanes del
gremio. Apreciaba a los médicos forenses que escuchaban exentos de prejuicio y
que atendían a las causas que provocaban los efectos.
Capítulo aparte en su análisis
personal cíclico merecía, y no por competer al terreno de la dignidad, el
reparto político de los jueces, las filtraciones de sumarios y los cauces
abiertos para el tránsito en ida y vuelta de la política a la judicatura, de la
política a la empresa pública y privada, del consejo de ministros al consejo de
administración, de las misiones prestadas dentro y fuera a los favores
prometidos fuera y dentro, y la implantación de avalistas y seguidamente mediadores
en los negocios que por tratarse con agentes del terror y el totalitarismo requerían
de mucha discreción y un velo tupido.
Atesoradas cuatro décadas de
práctica y debate, fatigas, decepciones y alegrías, Cano Vega probaba la
certeza de que el mejor interrogatorio es el que contabiliza destacadamente las
afirmaciones y negaciones manejadas por el interrogador, y que es fina y
quebradiza la divisoria entre ser víctima y convertirse en verdugo y viceversa,
intencionadamente esta última transición. La certeza de las sucesivas
adaptaciones de los códigos a las leyes vertidas con traza ideológica más que
jurídica —si el sueño de la razón produce monstruos, la ideología provoca
abominaciones— cuyo reflejo dogmático borbotea en los calderos de las
asociaciones de jueces y fiscales desvirtuando hasta la anulación la
imparcialidad de la justicia. La certeza del pulso de las togas asociadas en
una y otra orilla del cauce jurisdiccional y el de las independientes contra
los grupos de presión apostados en las dos orillas queda extendido al retórico espacio
de la higiene, sucias y ajadas a propósito con la miseria pestilente de los
acuerdos suscritos en un túnel. La certeza de que las vertientes de la
componenda atenúan o disipan la responsabilidad de las violencias sobre
personas, bienes y haciendas, a la par que acentúan el castigo a las reacciones
defensivas por mor de las vigías de la corrección política y la técnica
envolvente de un buenismo irradiado por transformación y aplicado solamente en
favor de individuos concretos y facciones específicas.
En tan luengo periodo por
delante y detrás del sistema, las penas se habían rebajado o, incluso,
eliminado a conveniencia del cada vez menos domeñable poder político,
interpretado por sus adalides como la única expresión democrática, garante de
todas las realizaciones, patrocinio de todas las derivas de su revolucionario seno
emanadas. El negocio de la política fue ascendiendo peldaños en la escalera a
la cúspide del control hegemónico y del dominio absoluto, estaciones término
contiguas y equivalentemente compartimentadas para la colocación de ejecutivos
y ejecutores, legisladores incultos reclutados en la militancia obediente y pendenciera
a toque de pito y jurisconsultos de extracción arbitraria. Cimientos del laboratorio
progresista hendidos en el sustrato del edificio, fabricados deprisa pero con
las series numeradas, para el establecimiento sólido y perdurable de una
soberanía popular detractora de la soberanía parlamentaria nacional promulgada
en la Constitución, de una justicia popular adversa al Estado de Derecho y de
un ejército popular enemigo de las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad
tradicionales. La plasmación de estos movimientos de fondo en la cotidianidad
de los tribunales, a diferencia de aquellos pleitos de salón en la época
estudiantil, enfrentaba a pleitistas bisoños y talludos con legisperitos de
escuela clásica en una pugna obviamente desigual, como la que va del razonamiento
a la faramalla, pero con resultado incierto en la posterior sentencia debido a
la inclinación y balanceadores de quien la dicta. Un horizonte de compendio
legislativo habilitante se cernía a ojos de los que antes que después serían
expulsados de su habitual cometido por interferir en la marcha del progreso.
Sabía por experiencia que la
respuesta a la pregunta de a quién beneficia —¿cui prodest?— era la
clave para resolver cualquier trama, y asimismo era consciente de que una determinada
versión respecto a sucesos e informaciones de máxima trascendencia, harto publicada
en el conjunto de los medios agrupados en torno a esa directriz, lograba
figurar en cabeza de las apuestas para salir dictada como sentencia; el titular
resumen del trabajo de campo, y de zapa, para la verdad universal lanzada con
el aparato preciso para golpear en blando constituía el veredicto final: culpabilidad
o inocencia del procesado a conveniencia; lo que significaba que el fallo estaba
previamente escrito en letra gruesa, subrayada, y pronunciado a voz tonante en
escenarios donde la reprobación y la bondad alternaban ajenas a los códigos y
la jurisprudencia en función del personaje enjuiciado, su vínculo y su sombra.
Al margen de las sentencias,
los recursos y las recusaciones que le afectaban, Cano Vega leía y escuchaba el
listado de la atribución de derechos y de la elusión de obligaciones remitido
desde esa corrección política fomentada por la autoridad progresista que atacaba
al humor y a las leyes con evidente propósito coactivo, en el más benevolente de
los supuestos de su actuación represiva.
De una sociedad parcelada en facciones avivadas por el conflicto y de una
civilización en declive progresivo era imposible sustraerse transitando dentro
de sus límites. En ese catálogo de sociedad crispada y de civilización revuelta,
el antagonismo dominaba un ambiente impreciso que con su turbulencia fomentaba
la agresividad de palabra y obra y el desbarajuste en las piezas del mecanismo.
Fruto de un plan detenidamente urdido para agitar los elementos de la
composición hasta llevarlos a la vía muerta, lugar estancado y término del
viaje, cuya ejecución era trompicada, imperfecta por el aporte díscolo del
factor humano, cambiante aun en su proceso alterador, y por el ritmo de una
vida hecha a las oscilaciones. Una vida en algunas partes reacia al dictado.
La reluctancia de la vida en tiempo
de zozobra satisfacía a Mateo Cano Vega. En un plano teórico, no obstante, pues
tal engallada renuencia era un pobre combustible doméstico para ignorar una
nota de aviso, una llamada telefónica nada casual, una invitación taimada de
las que sitúan al elegido en un aprieto.
Así es el juego, fastidioso por
turnos de oficio o selección. No le asistía en su apoyo una vuelta de hoja
libradora del ardid, sino que las vueltas le ataban de la cabeza a los pies. El
juego investido de trato le convocaba a desenvolverse como ínclito jugador por
ser Cano Vega, el jurista que ganaba muchas más partidas de las que se recordaba
perdía, un desafío de calibre aparatoso —léase
de caza mayor, léase munición de asalto para una canallada exterminadora—, pero
como no le venía de nuevo ni estaba lo que se dice inerme, jugaría sus bazas
con ingenio y decisión; dos actitudes que suelen aplacar las ínfulas y
falsedades del jugador fullero, del asociado rufianesco y del colaborador fulero.
Se puso a discurrir su estrategia a puerta
cerrada. La inquietud corría al otro lado y se dejaba sentir, algo previsible y
útil para el investigador que conoce el terreno minado que le obligan a recorrer,
que conoce por instinto el paño, la filigrana y la destilación que le aguarda al
mínimo descuido. El yerro se paga caro. Al otro lado de la puerta el emisario
consumía agitado en el acecho su escasa paciencia; se la jugaba en el juego —en
aquel juego se la jugaban muchos—, le estomagaba la demora que deducía teatralizada
ex profeso.
Al otro lado de la puerta un sigiloso Cano Vega
lee, anota, piensa, sopesa, relee y apostilla. Finalizada la lectura y los
escritos, la conclusión remanecía invariable: el doble de todo y la mitad de
nada continuaban siendo todo y nada. Flotando panza arriba en un mar oleado por
diatribas e intemperancias, Cano Vega jugaba a desesperar a los visitadores de
la coerción. Era su privilegio, su licencia otorgada unánime por abanderar el
sindicato de los presionados. El riesgo contraído en plenitud de facultades
merecía la pena.
Al otro lado de la puerta asediada, una
geometría a ras de suelo con los surcos elípticos del rencor y la disgregación delataba
impaciencia. Del enemigo que arrasa con su propaganda y cubre las salidas cabía
esperar un enmascaramiento protocolario, un somero artificio que tendiera,
aunque umbroso y desganado, a cierta apariencia de licitud en el comunicado de
sus órdenes. Fiado a la seguridad de un éxito garantizado, al visitador ansioso
no le pasaba por la imaginación que su embajada pudiera fracasar, ni qué fuera
la primera o la más difícil de sus tareas, curtido en esas misiones de coto y
dirección en las que sencillamente presentando el recado al destinatario
bastaba para obtener la complacencia.
Irónicamente, en la periferia de amarguras
y resignaciones, contentos e indiferencias, esos destinatarios a los que se trasladaba
la orden, la indicación o la sugerencia, citaban en confianza el recado como la
llegada del aviso para ingresar en las filas del paro. De obedecer, el señalado
debía parar la gestión en curso; de incumplir el mandato verbalizado o escrito,
el paso siguiente para el díscolo era variar la calificación en consonancia con
el simultáneo desvío de la puntería del objetivo apartándolo de la diana
mediática y procesal; de subordinarse, el propenso a dar por bueno lo que se le
mandase despachaba el asunto sin roce ni reparo, y mañana será otro día y al
que le disguste que vaya a protestar en rogativa.
El representante del sindicato de los resistentes,
Mateo Cano Vega, había recibido las mismas prescripciones operativas que llegaban
periódicamente a través del conducto dispuesto para los abogados del Estado,
fiscales, magistrados y técnicos de la Administración general del Estado, y por
conductos accesorios a juristas de profesión liberal y mandos militares y
policiales. La orden taxativa delimitaba el carácter de las acciones en cada
momento procesal y su realización efectiva en interés a detener la
investigación que pudiera alumbrar un suceso inconveniente para sus
patrocinadores o, en su defecto, impedir el avance de tal investigación
conducente a esclarecer la comisión de un delito y, en consecuencia, evitar la
condena de los acusados, de manera que sea innecesario aplicar indultos
políticos y suprimir políticamente artículos de las legislaciones vulneradas a
posteriori.
Los serviles y los afectos procedían a cursar
en su negociado el aval exigido, y a otra cosa hasta nueva orden. Sin embargo, los indóciles
en su afán estorbador seguían rutas distintas, clamorosamente de impacto. Cano
Vega, instado a desasirse de la presión denunciando todos y cada uno de los apéndices
opresores, instaba a su vez a denunciar las perversas influencias de los acusadores
coordinados en el movimiento y su publicidad.
Abstraído con el paso del tiempo que
incordiaba al emisario, en progresiva confusión por culpa de la espera —con lo
fácil que era aceptar y si te he visto no me acuerdo— Cano Vega pulsaba el
cronómetro de la resolución.
Cuando no se tiene todo atado se teme la
repercusión, y del miedo a la necesidad no hay trecho por el que colar un bulo
a los críticos. A ese poder de largos y absorbentes tentáculos le acuciaba la
prisa. Las aberraciones elevadas a la categoría de ley dañaban la línea de
flotación hundiendo en el abismo y el marasmo la obra muerta de ese pomposo
buque; en tanto que las deudas pendientes, tegumento de las alianzas, exigían el
cobro en los términos estipulados allá por la fecha del concierto. Para colmo
de males, se interponía en la feliz conclusión del plan de contingencia alguien
sin sujeción funcionarial y sin temor a las represalias del aparato propagandístico
ni a la muerte civil; alguien contra el que se estrellaban inocuas las
instrucciones del gobierno a la dependiente Fiscalía General del Estado y de
esta correa de transmisión a la judicatura.
Apurar el tiempo que debilita al enemigo es
un placer. Seguro de la respuesta que daría al deseo-mandato del poder político,
en el aislamiento tutelar de la espera, Cano Vega rememoraba su espléndida
capacidad para generar alegatos y proponer alternativas. Ahora no precisaba de
su añeja destreza para contestar al requerimiento, con su fama y pericia le
sobraba lindero en el ínterin nervioso que batía del otro lado advirtiendo que
ninguna muralla erigida con principios, valor y ética podría resistir la
acometida de leviatán. Palo y anuncio y palo: el aliento del monstruo definía con
irónica amargura esa fuerza irradiada en círculos.
Del otro lado de la muralla llegaba nítido
el temor al cese, a la dimisión forzada: los yerros, estupideces, torpezas,
descuidos, perversiones, dislates y demás faltas de los jefes recaían en el
expediente de los subordinados y a ellos se les endilgaba ese mochuelo. La
culpa echada hacia abajo.
Cano Vega la estaba echando al lado, a la
excrecencia del amo —que mascullaba improperios a velocidad de estropicio—, y
que corriera como reguero de pólvora hacia arriba. Con suerte, pensaba, la
magnitud de las reparaciones permitiría que la civilización se librara unas
décadas de yacer extinta; soñar no cuesta dinero ni esfuerzo a la persona
dinámica. La posibilidad de atajar la demoledora inercia era una fantasía, más
aún al trajinar con esa apariencia de legalidad que va difuminando la seguridad
jurídica.
El obstinado Cano Vega, tildado
laudatoriamente para él de individuo peligroso, no iba a subirse al carro triunfal
—donde llenando el cuadro espejeaba un asiento vacío— pese a los masajes de algunos
colegas —vencidos por el miedo a “desaparecer del medro” si no “avalaban” o
doblegados a la parcialidad que “retuerce” la ley— y las advertencias de opinadores
y editorialistas con patente de corso gubernamental y el manual de consignas
memorizado del índice a la posdata. Con su peligrosa reputación andaba erguido
y orgulloso, si bien menos adinerado y con la proyección más acotada que los ligados
a la corriente, a esa altura de su vida tales aspectos le sonaban a tintineo
frívolo de esquila borreguil. Los adictos a la tiranía son muy susceptibles y
prontos a la irritación con los peones —quién no es un simple peón oteado desde
la atalaya totalitaria— que incomprensiblemente no se pliegan al designio
supremo de los constructores de sociedades perfectas, de ahí que para aislar a esos
réprobos contagiosos, agentes de la rebeldía intolerable, practiquen castigos
que sirvan de ejemplo de la ciudad al mundo. En definitiva, la dominación por
el miedo.
Mateo Cano Vega había completado su escrito
de ratificación de la querella; a la vieja usanza, con el protocolo
indispensable en el adorno del texto. En paralelo, jugando con las
circunstancias, Mateo Cano Vega había redactado su propuesta dirigida al
sindicato de presionados resistentes. Ambas misivas consignadas en la
legalidad.
La jornada ha terminado al otro lado de la
puerta.
Una respuesta indeseada en sobre lacrado
corre a encocorar a su camuflado destinatario.
A este lado de la puerta nuevamente cerrada,
el letrado anota en su cuaderno de viaje las impresiones de un día turbulento,
a guisa de memorando para en concisa relación dejar constancia del perfil de
los sitiadores, de las cuestiones previas al establecimiento de la coacción y
del manejo personal y profesional adecuado a la superación de la crisis.