Dramaturgo innovador de elevado
aprecio popular y prestigio en su época, colaborador habitual en los festejos
dramáticos cortesanos y municipales, el madrileño José de Cañizares y Suárez de
Toledo, nacido en 1676, orientó la estética de la creación dramática nacional
durante medio siglo. Gran conocedor del teatro del Siglo de Oro, en sus obras tomó
ejemplo de Lope de Vega en cuanto al planteamiento de libertad y amplitud de
fuentes para la creación, y también de Calderón de la Barca en la ruptura de
barreras entre espectador y actor, el agrandamiento de la realidad escénica y
la escenografía desbordante. Caracterizado por una imaginación desbordante, la
obra de Cañizares muestra una amplia variedad temática.
Refundió las obras de Lope de Vega y
Jiménez de Enciso, adaptó algunos temas de Miguel de Cervantes y tradujo la Ifigenia
de Racine y el Temístocles de Metastasio.
Antes de abundar en la dimensión literaria
con sus piezas dramáticas y comedias a partir de 1686, José de Cañizares
ingresó en la milicia alcanzando el grado de teniente de Caballería. Después
pasó a trabajar en la contaduría de la casa del duque de Osuna y a continuación
desempeñó el cargo de fiscal de comedias, o censor de comedias, de Casa y Corte
desde 1702 hasta 1747, con la tarea de supervisar la calidad de las obras
dramáticas que se representaban en los teatros de Madrid.
En 1736 fue nombrado compositor de Letras
Sagradas de la Real Capilla, apareciendo entonces los poemas áulicos: Pompa
funeral y reales exequias en la muerte de los Príncipes delfines de Francia,
de 1711, España llorosa sobre la funesta pira el augusto mausoleo y
regio túmulo, de 1711, Serenata a los reales desposorios de don Carlos
de Borbón y doña María Amalia de Sajonia, de 1738.
Autor prolífico, José de
Cañizares creó de su puño y letra un centenar aproximado de piezas dramáticas
en la línea de la tradición barroca, adaptadas al gusto del público y a la escenografía
estética del llamado teatro popular.
Cultivó todos los géneros dramáticos:
comedias de santos, de magia, históricas, de figurón, de capa y espada; musicales:
la zarzuela, la tonadilla escénica y el sainete lírico; y el teatro breve con
una veintena de obras.
La comedia histórica o heroica,
que frecuentó con suficiencia, llevaba en su representación un componente
prioritario de espectacularidad. Destacan en este apartado: Las cuentas del
Gran Capitán, El pleito de Hernán Cortés con Pánfilo de Narváez, de
1716; La heroica Antonia García, El rey don Enrique III llamado
el Enfermo, A un tiempo rey y vasallo, La banda de Castilla y duelo
contra sí mismo, de 1727, y Carlos V sobre Túnez, de 1730. Otras
tres obras combinan el suceso histórico con la aventura desatada: El
pastelero de Madrigal, de 1706, El falso nuncio de Portugal, El
picarillo de España y Señor de la Gran Canaria, de 1747.
Las comedias de santos tuvieron una
aceptación sobresaliente, reflejando en ellas el sentimiento de piedad en las
gentes y la intervención milagrosa de la divinidad; muchas de ellas incluyendo
números musicales que coadyuvaban al entusiasmo y recuerdo del público. Títulos
como: A un tiempo monja y casada, Santa Francisca Romana, de 1719,
Lo que vale ser devoto de San Antonio de Padua, La más amada de
Cristo Santa Gertrudis la Magna y Santa Catalina, virgen, mártir y doctora,
de 1730.
Un apéndice, por así decir, a las comedias
de santos eran las de tema principalmente mitológico: Amor aumenta el valor,
Fiesta real para los desposorios del príncipe de Asturias, de 1728, Amor
es todo invención y el melodrama Júpiter y Anfitrión.
Las comedias de magia provocaban la
atracción hechizada del espectador. Cañizares les otorgó una categoría ignorada
hasta la fecha. Utilizando los medios de la época, las puestas en escena eran
espectaculares, acompañadas de una musicalidad acorde a lo representado. El desarrollo
de las obras, de corte barroco, se produce en tres jornadas, aunque
complementado por diversas acciones secundarias. Citamos la serie: Don Juan
de Espina en Madrid, de 1714, y Don Juan de Espina en Milán, de 1715;
y la historia del pastor Giges que llega a ser rey de Lidia, recogida en El
anillo de Giges y El mágico rey de Lidia.
Las comedias de figurón, con
carácter didáctico en su trama, de moral y de crítica junto a lo burlesco,
resultaban cercanas y creíbles por el modelo de personaje cercano que
encarnaban; la identificación gozaba del aplauso y la advertencia a un tiempo: De
los hechizos de amor la música es el mayor, El montañés en la corte,
El asturiano en Madrid y observador instruido, y la famosa El dómine
Lucas.
Pese a sus reiterados éxitos en la
producción de comedias enumerada, el mayor lo obtuvo Cañizares con su serie de
comedias mágicas, continuadoras afortunadas de la tradición celestinesca y
transformadas por los pliegos de cordel y la picaresca. En 1716 estrenaba en el
madrileño Teatro del Príncipe (que fue Corral de la Pacheca y luego sería
Teatro Español) El asombro de Francia, Marta la Romarantina: la
presencia de este personaje real, ambiguo y temible por sus poderes mágicos, se
convierte, se transforma en un espectáculo circense con autómatas, mutaciones,
vuelos y efectos cómicos. Repitió protagonismo la maga en El asombro de
Jerez, Juana la Rabicortona, estrenada en 1741, versión de adopciones
gitanas y hechicerías.
Supo manejarse
diestramente José de Cañizares con los libretos de zarzuela, que él denomina
drama armónico. Compuso una cuarentena, la mayoría de asunto mitológico, con
otras de vidas de santos y motivos históricos: A cual mejor confesada y
confesor, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, Accis y
Galatea (1708), Amando bien no se ofenderá un desdén, Las
amazonas de España (1720), Eurotas y Diana (1721), De los
encantos de amor, la música es el mayor (1725), Angélica y Medoro, Con
amor no hay libertad (1731), y Cuerdo delirio de amor (1733). Restaurado
el Teatro del Príncipe de Madrid en 1745, su inauguración ofreció la zarzuela
de Cañizares titulada Cautelas contra cautelas o El rapto de Ganimedes,
con música de José de Nebra.
Una veintena de piezas teatrales breves se
conservan de Cañizares, entre ellas introducciones o loas: Loa para la
compañía de José Prado (1719); mojigangas: Alejandro Magno, El
antojo de la gallega; entremeses: Bartolo Tarasca, El caballo,
La cuenta del gallego; sainetes: La estatua de Prometeo; bailes: Baile
de empezar, El reloj de repetición; y fines de fiesta: El
vizcaíno en Madrid.
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