La vocación de Domingo de Guzmán y Aza, natural de la burgalesa villa de Caleruega, donde nació en 1170, fue la de ganar almas para Cristo; logro por el cual obtuvo la recompensa de la santidad.
En la pila bautismal donde el futuro santo Domingo de Guzmán recibió el bautismo es la misma que se conserva en la iglesia de San Sebastián y en la que, junto a otros fieles, siglo tras siglo son bautizados miembros de la Familia Real española. Domingo le llamaron, que significa hombre del Señor, en honor al santo abad de Silos.
La infancia de Domingo discurrió en la casa familiar, que asimismo era iglesia y escuela; su madre se ocupó de su educación esa época. Ella le inculcó el valor y el poder de la oración, que él niño Domingo elevó a la categoría de diálogo con Dios y de prédica de Dios.
A los siete años fue a vivir con su tío el arcipreste de la burgalesa localidad de Gumiel de Hizán (Burgos), estancia previa a su ingreso en la Escuela diocesana de Palencia, antecedente de la primera universidad de España. Hasta los veinticuatro años de edad permanecerá en Palencia dedicado al estudio de Letras, Dialéctica, Teología, Sagrada Escritura, a la vida contemplativa y a su amada oración, viviendo el Evangelio de la caridad y asistiendo a cuantas personas lo necesitaran por hambre, miseria o enfermedad.
En 1196 se trasladó a la soriana villa obispal de Osma, para integrarse en el Capítulo catedralicio y convertirse en canónigo regular. Allí entablará una firme amistad con el obispo Diego de Acebes (o Diego de Acebedo), entonces prior del cabildo. Domingo siguió transitando por el culto al silencio, a la contemplación y al estudio compaginado con la actividad ministerial. En Osma residirá hasta 1203 desempeñando los cargos de sacristán del cabildo, de subprior y participando en la reforma iniciada en la comunidad con el propósito de recuperar el ideal de vida de los apóstoles. Cuando Alfonso VIII de Castilla encargó al obispo Diego de Acebes la misión de viajar a Dinamarca para organizar los esponsales con la princesa danesa, que falleció antes de consumarse, Domingo le acompañó. De regreso a España la comitiva real, el obispo Diego y Domingo invirtieron tiempo y ganas en visitar el país de los cátaros o albigenses, lugar de herejes gnósticos dualistas para el sentir de católicos y papistas, establecido en el mediodía de la actual Francia. Conocieron de aquella tierra la mixtura política, social y religiosa que le confería carácter y provocaba el fracaso de las evangelizaciones. Domingo apreció las carencias de la doctrina profesada con extremada interpretación por lo que decidió quedarse a evangelizar, con una pedagogía adecuada, a la masa calificada de ignorante y errada.
En junio de 1206 Diego y Domingo se encontraron en Montpellier con tres legados papales de la Orden cisterciense, exponiéndoles la clave para la conversión de los herejes: unir vida y doctrina, palabras y hechos, practicar humildemente las recomendaciones de Cristo a sus apóstoles. Desde aquel momento Domingo se convirtió en predicador de la Gracia y de la obra de Jesucristo, imitando el ejemplo de los apóstoles. Pronto la nueva doctrina predicada por el grupo de Domingo extendió su fuerza por los núcleos cátaros de Montpellier, Servian, Béziers, Carcasonne, Toulouse y Prouille (Prulla), villa donde se instaló Domingo en 1207. Tuvo que combatir la herejía en la esfera religiosa y popular con su método persuasivo, amable y paciente en la didáctica, y oponerse al ejercicio feudal de las aristocracias locales. Para ello contó, puede que sorpresivamente, con el apoyo de mujeres la mayoría nobles, renuentes a la disciplina cátara y a la obediencia paterna, en grupo creciente. Domingo poseía un tacto especial con las mujeres, atestiguado por las posteriores beatas dominicas, de modo que supo forjar la futura realidad de las monjas dominicas de clausura patente en los monasterios de Prulla, Fanjeaux, Toulouse, Roma, Bolonia y Madrid; a las de Prulla y Madrid estipuló una regla de vida en caridad y comunión.
En vista del éxito de la predicación del español Domingo de Guzmán y Aza, el obispo Fulco de Toulouse le confía la parroquia de Fanjeaux, y él va congregando en torno a su obra a religiosos animados del mismo espíritu apostólico, germen de la comunidad de Hermanos Predicadores; una orden religiosa caracterizada por la indisociable labor del monje y el apóstol. Pedro Seila, prohombre de Toulouse, ofreció a Domingo unas viviendas para realizar su proyecto. Surgió la comunidad de predicadores diocesanos, dirigidos por el español, aprobada por el obispo Fulco y regida por los votos de pobreza, castidad y obediencia destinados en cuerpo y alma a la predicación de Jesucristo. La Predicación de Toulouse, así denominada, fue el principio; pero estaba limitado a una demarcación geográfica, y Domingo aspiraba superar para la Iglesia católica todas las fronteras.
En 1215 Inocencio III convocó el IV Concilio de Letrán. Domingo y el obispo Fulco marcharon a Roma esperando del papa la concesión de mayores competencias para el flamante grupo de predicadores que Domingo quería titular con el eufónico nombre de Orden de Predicadores. Accedió Inocencio III y mandó a Domingo que eligiera una Regla de vida ya aprobada y que después de un tiempo prudencial le visitara para rendir su informe.
Con este impulso, de inmediato Domingo crea comunidades de predicadores en la iglesia de san Román de Toulouse, en Pamiers y en Puylaurens, que al cabo se extenderá por toda la región de Albí. La Regla de vida que adoptaron fue la de san Agustín, añadiendo una serie de prescripciones reguladores de la cotidianidad de los monjes, base de la legislación dominicana, de la Orden de Predicadores, que aprobará el pontífice romano Honorio III, sucesor del fallecido Inocencio III en 121. Expone la bula: “Aquél que insistentemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la palabra de Dios, evangelizando a través del mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.
Fundada la Orden de Predicadores, Domingo de Guzmán se dispuso a extenderla merced a sus frailes; unos se dirigieron a España, otros a París y a Prulla y un tercer grupo menor permaneció en Toulouse.
Con nuevas bulas papales, en 1218 fundó convento en Bolonia y se encaminó hacia España para dejar su impronta predicadora en conventos de Segovia, Salamanca, Brihuega, Vitoria y Madrid, ciudad donde sus monjes han obrado eficazmente desde que llegaron.
Al año siguiente retorna a Toulouse y visita el convento de Santiago en París a cargo de su discípulo fray Mateo de Francia. Envía frailes a Orleans, Limoges y Poitiers y atrae a la Orden a Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor al frente de la Orden. Este mismo año fue venerado en Bolonia, comunidad regida por fray Reginaldo de Orleans, y envió monjes a predicar erradicando la herejía al norte de la península itálica, y a fundar conventos en tierra húngara, evangelizando a los cumanos, la vasta región escandinava y los territorios germanos de Centroeuropa.
Reunido con Honorio III en Viterbo, el papa le encargó organizar la vida religiosa de monjas romanas y una campaña evangelizadora en Lombardía.
Honorio III entregó a Domingo la basílica de Santa Sabina, en Bolonia, sede de la curia general de la Orden de Predicadores, y donde presidió en 1220 el primer Capítulo General de la Orden. Con los capitulares venidos de los diferentes lugares de Europa con implantación dominica, el fundador instituyó las Constituciones rectoras de los conventos. El segundo y último Capítulo General al que asistió Domingo se celebró en 1221, también en Bolonia, completándose la legislación dominica anterior a la par que fueron creadas nuevas Provincias de la Orden de Predicadores; entre ellas las españolas.
Santo Domingo de Guzmán
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Por su labor intelectual, predicadora y organizativa, fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234.