Entre España y América vivió el extraordinario astrónomo, notable
empresario y asiduo viajero José Joaquín Ferrer y Cafranga, natural de la villa
guipuzcoana de Pasajes donde nació en 1763.
Empleado de la Real Compañía de
Guipuzcoana marchó a Caracas al terminar sus estudios. Pero apresado el barco
por los piratas ingleses fue a dar a la isla británica, aunque merced a la
influencia de su familia allí prosiguió estudios de matemáticas y astronomía,
además de aprender el idioma nativo.
De regreso a España, su padre,
que era contador de la Real Armada, lo envió a Cádiz para embarcar hacia Perú
en 1787. Aprovechó esa estancia para prosperar en los negocios emprendidos,
ganando fama y abriéndole las puertas de una importante firma comercial.
Viajó de nuevo a Cádiz y volvió
a partir a América, ahora con destino a Veracruz, en la costa atlántica de
Nueva España, al mando de una expedición financiada por la citada firma.
Durante su estancia en Méjico fijó la posición exacta y la altura de las cimas
de Onzaba, Perote, Xalapa y Enceo.
Otra vez a Cádiz para
relacionarse con los destacados marinos científicos Dionisio Alcalá Galiano —quien
publicó en 1858 la Biografía del astrónomo español Don José Joaquín de
Ferrer y Cafranga— y José de Mazarredo, compartiendo los tres saberes y
experiencias.
Los negocios le condujeron a
Nueva York y allí quedó instalado. En esta ciudad norteamericana llevó a cabo
importantes observaciones astronómicas mientras las compaginaba con su
actividad empresarial. Determinó la posición exacta de varios lugares de
Estados Unidos y concluyó, tras seguir desde la localidad de Kinderhook un
eclipse total de Sol acaecido el 16 de junio de 1806, que la aureola visible
alrededor de la Luna no correspondía, cual era creencia, a la atmósfera del
satélite, sino que se debía a un efecto solar.
Todas sus observaciones
aparecieron en la prestigiosa publicación Transactions of the American
Philosophical Society, radicada en Filadelfia, titulándolo como uno de los
grandes astrónomos de su tiempo.
En 1811 se trasladó a Cuba, donde determinó la posición geográfica de la
isla, de Puerto Rico, del canal de Bahama y las islas caribeñas de Barlovento.
Dos años después regresó a España, para no tardar en desplazarse a Londres con
el propósito de seguir los avances del Observatorio de Greenwich.
Fue a París en 1814, terminada
la Guerra de la Independencia española, continuando el ejercicio de su
actividad astronómica.
Tras una estancia en el
Observatorio de San Fernando acabó sus días en Bilbao.
Artículos complementarios
Los primeros Observatorios españoles