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El pintor de la mística. Francisco de Zurbarán

Francisco de Zurbarán, nacido en la villa pacense de Fuente de Cantos el año 1598, es uno de los más destacados artistas barrocos españoles e insigne representante de la pintura de temática religiosa; pintor de la vida monástica, de los santos y de la Inmaculada Concepción.
    Su genial destreza en los efectos de color y de luz y en la evocación de la unción religiosa, identifican inmediatamente su obra al espectador.

Autorretrato

Imagen de sellosdelmundo.com

Etapas
Zurbarán inició su actividad artística en el taller de Juan de Roelas, sito en su localidad natal; hasta que en 1614 viajó a Sevilla para continuar formándose en el taller de Pedro Díaz de Villanueva. Durante esta etapa conoció y se relacionó, en diferente grado de trato e influencia, con Francisco Pacheco, Juan Sánchez Cotán, Francisco Herrera el Viejo, Alonso Cano y Diego Velázquez.
    De Sevilla parte a Llerena, en la provincia de Badajoz, donde comienza una etapa artística con taller propio, prolongada hasta el año 1628. Enseguida recibe encargos de órdenes religiosas, siendo el principal el de los dominicos de San Pablo el Real de Sevilla, con la solicitud de veintiún cuadros. La meticulosa representación de los tejidos y el color blanco -rasos turquesa o violáceos, gruesos terciopelos rojos, ricos bordados, o las telas blancas y densas de los hábitos de los monjes-, evidencian no sólo la maestría de su pincel sino su interés por el mundo real; también trasladado a los bodegones y las naturalezas muertas, que pinta con un realismo mágico y equilibrio en la ordenación de los objetos. Por otra parte, es en esta época extremeña cuando empieza a cultivar el género de pintura sobre los santos.

Cristo en la Cruz (1627)


En 1628 vuelve a Sevilla para instalarse y confirmarse como un gran pintor. Ha recibido otro encargo de enjundia, esta vez de la Orden de la Merced Calzada de la capital hispalense, para que decorar con veintidós lienzos el claustro de los Bojes. Un año después, Zurbarán, que se presentaba como maestro pintor de la ciudad de Sevilla, pretensión, puede que también vanidad, conducente a disputas y enemistades, realizó cuatro pinturas para el Colegio Franciscano de San Buenaventura de Sevilla; y otras, con varios destinos, principalmente de santos. Cuida especialmente en las dedicadas a las santas que el dolor del martirio quede diluido y que la vestimenta simbolice la calidad espiritual de la protagonista.

Santa Casilda (1630)


Santa Faz (1631)


De esta época sevillana son sus bodegones, género nada desdeñable en su producción por el detalle en las texturas y la fuente de luz en los propios objetos representados.

Plato con limones, cesta con naranjas y taza con una rosa (1633)


Zurbarán alternaba su residencia sevillana con estancias de aprendizaje y trabajo en Madrid a partir de 1634. Abandona el tenebrismo para encaminarse al claroscuro manierista, por lo que sus cielos se aclaran y la combinación de colores es menos contrastada. Participa en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro con La defensa de Cádiz contra los ingleses, uno de los doce cuadros de batallas, que inmortaliza el hecho acaecido en 1625. Y se le concede el título de Pintor del Rey.

La defensa de Cádiz contra los ingleses (1634)


Crece la fama de Zurbarán y de su mano los encargos, muchos de los cuales con destino a América. En 1636, y de nuevo en su taller sevillano, ha de pintar once cuadros para el altar mayor de la Cartuja de Santa María de la Defensión de Jerez de la Frontera; entre ellos destaca La Adoración de los Magos.

La Adoración de los Magos (1640)


Varias y muy bellas, además de esta época, son sus Inmaculadas.

Inmaculada Concepción (1636)


En 1640 pinta Agnus Dei, una de sus obras significativas por la impresión del carácter trascendental.

Agnus Dei (1640)


Entre 1639 y 1645 Zurbarán atendió el encargo de los jerónimos del monasterio de Guadalupe de pintar ocho frescos para la soberbia sacristía barroca, entre grutescos y motivos florales, y tres para la capilla adyacente.
Esta prolífica y exitosa etapa se trunca en la década de los cuarenta del siglo XVII, a consecuencia de la decadencia general que afecta a España. Disminuyen muy considerablemente los encargos interiores, no obstante aumentan los provenientes de América, remitidos por altos funcionarios, comerciantes y las órdenes religiosas, en especial de las ciudades de Lima y Buenos Aires. Pese al esfuerzo que supuso dar salida a tanto cuadro, Zurbarán viajó a Madrid entre 1650 y 1652, por compromisos adquiridos; su estilo experimenta cambios hacia el difuminado de los tonos y las formas. Y de regreso a Sevilla pinta en 1655 San Hugo en el refectorio de los cartujos, un compendio de virtuosismo.

San Hugo en el refectorio de los cartujos (1655)


Su cuarta y última etapa radica en Madrid, y comprende de 1658 a 1664, año de su fallecimiento. Diego Velázquez acoge a Zurbarán que no abrirá taller. Su estilo torna delicado e intimista, la pincelada es blanda y el colorido luminoso y transparente.

San Francisco arrodillado con una calavera (1659)



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